No siembres vientos, porque cosecharás tempestades
Siempre presuponemos la buena voluntad de los esposos. No estamos hablando aquí de personas o casos en los que existen deseos o intenciones de hacer el mal. Pero incluso dentro de esta categoría hay algunos casos de matrimonios que rayan, de verdad, en la ingenuidad más absoluta. Son gente que, a pesar de su "buena voluntad" se olvidan de las cosas más elementales de la educación, de lo que es un hombre y una mujer, de lo que son los sentimientos humanos. Sus comportamientos no pueden sino asesinar el matrimonio. * Diciembre 24. Me dejó plantada con mis hijos después de esperarle toda la tarde. No llegó. Casi siempre es así. Y dije: ¡hasta aquí!Si es verdad que la felicidad emocional de una persona es algo muy delicado y que está expuesta incluso a las contingencias de la comunicación y a posibles malentendidos, con cuanta más razón se debe evitar cosas que son bombas emocionales, creyendo, además, que nada va a pasar. El amor delicado exige evitar, en la medida de lo posible, todo lo que molesta a la otra persona. Cuanto más se deben evitar faltas de educación, de respeto, etc.* Una mañana, el señor saca una camisa, se la pone y ve que le falta un botón. Se pone furioso. Se la quita y se la arroja a su mujer que está todavía dormida. Sale dando un portazo y no regresa en todo el día a casa. * Conozco una pareja de la cual una es la servidora y el otro el servido. Y así se acostumbraron muchos años aunque, lógicamente, la servidora nunca estuvo de acuerdo. La gota que derramó el vaso fue cuando un día ella estuvo enferma y, a pesar de esto, tuvo que servirle a él, y subirle la cena a la habitación pues él estaba viendo un programa muy interesante. El problema está en que esto es así desde hace mucho tiempo y no se ha podido cambiar.Objetivamente menos grave es el caso siguiente. Sin embargo es un buen ejemplo de la psicología de la mujer que busca no información sino seguridad. No hay que hacer cosas buenas que parezcan malas. La falta de comunicación por parte de los maridos les hace sufrir mucho. * La última vez que tuvimos una discusión fuerte y que resultó ser la gota que derramó el vaso fue después de un viaje de mi marido que duró cuatro días, durante los cuales no supe nada de él, pues no me dijo ni siquiera el hotel donde se iba a quedar. Después, avisó a su secretaria de que llegaba. Además, llegó un día después de lo que había dicho. Yo hice como si no hubiera pasado nada y lo recibí muy cariñosa. Nunca explicó nada. A los pocos días, con la mayor tranquilidad, se fue a jugar con amigos que ni siguiera conozco y llegó a las seis de la mañana. Ahí sí ya me transformé en una pantera.La vida sexual es otro tema sumamente delicado y es un campo en el que puede haber muchos "malentendidos". Como en ningún otro capítulo es necesario aquí el diálogo para asegurar que los sentimientos vayan de acuerdo con los actos externos. * Mi mujer siempre está cansada para ser cariñosa y hacer el amor. * Yo podría estar llorando y él no se daría cuenta.Antes de terminar este número quisiera hacer mención de un acto que es muy grave para el matrimonio. Es la violencia física. Es un acto que, independientemente de su grado, deja siempre una viva impresión interior, una herida difícil de curar. Es una "gota" que rápidamente colma la medida del vaso normal como sucedió en el siguiente caso contado por una mujer.* Un día hubo una discusión -una de muchas- y todo terminó cuando me golpeó. Al instante me fui a casa de mis padres. En la misma línea se encuentra la amenaza de divorcio. Por más difícil que sea la situación nunca se debe usar el tema del divorcio como arma. Crea una duda profunda y un miedo en todos (también en los hijos). Este medio o sospecha queda en el aire durante mucho tiempo y puede ser un fantasma que ronde el matrimonio por años. Un marido comentaba:* Si me lo dijo una vez, ¿cómo puedo saber que no lo sigue pensando?
lunes, 22 de septiembre de 2008
domingo, 21 de septiembre de 2008
5.-COMUNICACION ENTRE PADRES E HIJOS
Esperar a que aparezcan las crisis para tratar de iniciar procesos de comunicación es algo muy arriesgado y poco eficaz. Una verdadera comunicación implica diálogo, es decir, que se habla y se escucha, pero sobre todo esto último: se escucha, no solamente se oye, sino que se ponen en juego los oídos y la mente. Se busca: captar, comprender, sintonizarse con lo que la otra persona está queriendo decir, no solo a través de sus palabras, sino también por medio de su cuerpo, sus actitudes, miradas, e incluso, por medio de sus silencios. Los padres tienen que darse la oportunidad y tomarse el tiempo necesario para hacer un alto en el camino, y analizar la forma como se están manejando los momentos de comunicación con cada uno de los hijos. Es válido preguntarse si esos momentos realmente son de dialogo, o se han convertido en un monólogo, en sermones, en críticas o en regaños. Errores en la comunicación con los hijos Muchas veces los problemas son un simple resultado que era de esperarse, pues simplemente son el fruto lógico de lo que se ha ido sembrando durante el proceso de desarrollo de los hijos. Por lo mismo, los padres deben estar conscientes de que es necesario sembrar para poder cosechar, y esa siembra se tiene que realizar, en forma continua, desde las primeras etapas del desarrollo de sus hijos. Suele suceder que cuando los hijos son pequeños, los padres no les prestan suficiente atención haciéndoles sentir que todo lo que dicen es irrelevante por ser pequeños. Se demuestra a los niños, una y otra vez, que hay muchas cosas que tienen mayor prioridad que dedicar tiempo a escuchar al hijo, o prestar atención a lo que éste quiere preguntar o compartir. Cuando ese tipo de comportamientos por parte de uno o ambos padres, se presenta en forma repetitiva, los hijos se dan cuenta de que no les resulta positivo buscar la opinión o el consejo de sus padres y aprenden a guardarse sus inquietudes y pensamientos, procurando acudir a sus amigos para comunicarse, sentirse escuchados y tomados en cuenta, y de esa manera, poco a poco, de forma casi imperceptible, se va construyendo un muro, una barrera que marca distancia entre padres e hijos impidiendo el flujo de la comunicación. Desgraciadamente, los padres muchas veces no se dan cuenta de eso hasta que ya es demasiado tarde, es decir, cuando comienzan a aparecer las situaciones problemáticas y las crisis, particularmente durante la adolescencia. Si se hace un análisis honesto de este tipo de situaciones, no debe resultar extraño que los hijos, especialmente al llegar a cierta edad, encuentren difícil y hasta molesto el comunicarse con sus padres. Por eso es muy importante sembrar un ambiente de apertura y receptividad, para poder cosechar disponibilidad y confianza por parte de los hijos. Abriendo Caminos De Comunicación Con Niños Querer formar caminos de comunicación cuando los hijos están en plena crisis resulta sumamente difícil, por eso es importante adelantarse y comenzar a desarrollar la apertura, la confianza y la comunicación desde mucho antes. Entre los medios que hay ayudado a algunas familias a establecer una comunicación abierta con sus hijos, desde que éstos eran pequeños, se pueden citar los siguientes: Contar con momentos especiales. Definir tiempos específicos, dedicados totalmente a “platicar en familia”. Aprovechar oportunidades. Capitalizar situaciones como las charlas de sobremesa para dejar que los niños hablen, sin que los interrumpan ni los adultos, ni sus hermanos y dando oportunidad a todos. Enfoque total. Cuando un hijo de manera espontánea se acerca a hablar con alguno de sus padres, dejar lo que se está haciendo y hacer contacto visual con él para escucharlo atentamente, demostrándole que lo que tiene que decir es realmente importante para sus padres. Tiempos individuales. Propiciar ocasiones para estar a solas con cada hijo en particular, y en forma espontánea pedirle que platique algo que sea de su interés: su deporte favorito, sus amigos, la película que vio. Abriendo Caminos De Comunicación Con Adolescentes Resulta incomprensible para los padres de adolescentes, el constatar que sus hijos prácticamente no hablan cuando están con ellos; pero cuando se comunican con sus amigos, sufren una verdadera transformación pues ya sea por teléfono o personalmente, hablan sin parar y el tiempo les resulta insuficiente para expresar todo lo que traen en mente. Parece ser que esa cultura de incomunicación con los padres va en aumento. ¿Qué es lo que está pasando? Estudios de investigación revelan que los niños y jóvenes actuales son más dependientes de sus amigos y compañeros de lo que sus predecesores solían ser. Los resultados de esos estudios, no son ningún consuelo para los padres, pero ponen en evidencia el hecho de que los padres de hoy, debemos esforzarnos mucho más, para poder comunicarnos con nuestros hijos adolescentes. Si se logra que la comunicación con los hijos sea buena, la relación en general será buena y tendremos mayores posibilidades de ayudarles. Aunque no se pueden conseguir resultados sin trabajo y esfuerzo, si se puede lograr que los esfuerzos se enfoquen adecuadamente, especialmente si se toma en cuenta lo siguiente: Crear momentos especiales. En cada familia se puede instituir que al menos una vez a la semana, haya un evento que congregue a la familia de manera informal y en un ambiente agradable para todos: preparar una carne asada, o mandar traer una pizza y hacer lo necesario para que ese evento sea un punto de convivencia y de plática tan atractivo, que todos los miembros de la familia estén esperando con gusto ese momento. Si el ambiente es realmente positivo, la comunicación se dará sin problemas, en forma espontánea y natural. Presencia física. Cuando los hijos se hacen más independientes y pasan más tiempo fuera de casa, es común que los padres aprovechen también para salir de casa. Sin embargo, es importante que los papás busquen “intencionalmente coincidir” para que al menos uno de ellos esté en casa cuando los hijos llegan. Los hijos se darán cuenta de que hay alguien que los recibe y está disponible para hablar con ellos cuando lo requieran. Y aunque en muchas ocasiones no se suscite un diálogo, con una vez que ocurra, la espera valdrá la pena, porque mantendrá vivo ese canal de comunicación. Quedarse un fin de semana en casa y demostrar que también en casa uno puede disfrutar de ocio, con los otros, sin recurrir a diversiones envasadas. Cultivar las oportunidades. Hay ocasiones, aunque no frecuentes, en que los hijos espontáneamente se acercan a alguno de los padres para comentar algo. Son oportunidades que hay que aprovechar para que el hijo se sienta escuchado, tomado en cuenta, respetado y apoyado. Pero para que eso suceda, los padres tienen que hacer lo necesario para que en ese momento el hijo sea su único centro de atención. Por desgracia, muchas veces ganan las ocupaciones y esas oportunidades, que difícilmente se repiten, se escapan de las manos. Aprovechar experiencias de alto impacto. A veces sucede que alguno de los hijos es sacudido por algún acontecimiento cercano a él, como: la muerte de un compañero; el arresto de algún conocido; el éxito espectacular de alguien cercano, o el embarazo de una compañera adolescente. Situaciones como las citadas, son oportunidades de oro par escuchar la opinión de los hijos, conocer su manera de pensar ante esos hechos, e inducirlos a que saquen conclusiones y aplicaciones prácticas. ¡Atrévete a hablar con tus hijos! Recordemos que todos los seres humanos somos únicos e irrepetibles. Y, por lo mismo, un hijo no es igual al otro. Hay que observar, estudiar y conocer a cada uno de ellos. Muchos padres desean, erróneamente, que todos los hijos sean iguales: quietos, estudiosos, cariñosos, deportistas. Pero Dios nos ha dado a cada uno determinadas habilidades o dones que hay que descubrir y explotar. Así poder exigir a cada uno de ellos según sus alcances y limitaciones. Por otro lado, a los padres se nos olvida que somos humanos con errores y aciertos, con defectos y virtudes, con limitaciones, sentimientos, en una palabra, somos personas, no dioses. Qué hermoso sería que nuestros hijos nos vean como se ve y acepta a un amigo y que digan: “Mis papás tienen errores como todos, pero los quiero así como son”. Es lógico que a nuestros hijos les gusta que sus padres sean personas, no dioses. Mucho menos, actores que están representando un papel pretendiendo ser algo que no son. También, no olvidemos que las palabras no educan, sino más bien las actitudes que los hijos observan a diario. Es decir, enseña más lo que hacemos que lo que decimos. Por esto, es importante ser congruentes entre lo que decimos y lo que hacemos. La comunicación conyugal es un factor necesario dentro de la comunicación familiar. Si la primera marcha bien, la segunda correrá sin tropiezos. Comunicación con los hijos según su edad. Para poder educar y comunicarse correctamente con cada uno de nuestros hijos conviene distinguir las características de cada uno, dependiendo en primer lugar de su edad, ya que las necesidades y manera de pensar serán diferentes. Primera etapa, (0-5 años): Que podríamos llamar preescolar, se están colocando los cimientos de todo el edificio; toda la información y vivencias del niño quedarán fuertemente grabadas como impresiones dotadas de carga emocional y afectiva, más que racional. En esta etapa es importante: * Aceptarlo con amor, desde antes de nacer, y al nacer, sin rechazar su sexo ni sus capacidades individuales. * Comprender y aceptar sus sentimientos, y ayudarlo a irlos controlando en forma creciente. * Iniciar suave y tolerante formación de horarios desde la cuna, ya que facilitará la adquisición posterior de hábitos de orden y templanza. * Estimular y dirigir su curiosidad natural, por medio de juegos, paseos, espectáculos en donde esté recibiendo mensajes positivos. ¡Cuidado con la televisión!, ya que el niño capta sin razonar. * Premiar y felicitar, reconocer y alentar sus acciones positivas, que él escuche cuando hablamos con otras personas, pero sin inventar. * Valorar y respetar sus opiniones ubicándolas en su edad, y ajustando o corrigiendo sus juicios erróneos con suavidad y sin menosprecio o burla. * Responder todas sus preguntas con veracidad y de acuerdo a su capacidad de comprensión. * Poner con firmeza, constancia y amor, límites razonables a su conducta y facilitarle las “reglas del juego”; cuando falte a las reglas, corregir y reconvenir, pero sin calificar negativamente a su persona (“eres malo, desobediente, burro”, etc.). * Si necesitamos privarlo de un bien deleitable, no ceder ante expresiones de tristeza, rabia o llanto. * Ir dando responsabilidades dependiendo de su edad; acomodo de juguetes, cajones, cuidado de una mascota, planta. etc. * En todas las etapas es importante lo que los padres hacen y no lo que predican; el niño capta por amor e imitación de aquellos a quienes admira. Segunda etapa, (6-11/12 años): Todas las consideraciones anotadas para la primera etapa, siguen siendo válidas, con la lógica adecuación de mayor capacidad racional para entender explicaciones más amplias y profundas. También se les debe fomentar el trabajo en equipo y virtudes como: responsabilidad, solidaridad, generosidad, humildad, fortaleza, justicia, templanza. Tercera etapa, (13-18/20 años): En esta etapa debemos conocer las características del adolescente: menos abierto, menos receptivo, búsqueda de la independencia, identificación con otros patrones de conducta, edad de los enamoramientos, busca al amigo íntimo que no lo critique, susceptible, busca sobresalir y ser mejor que sus padres, le gusta que le den confianza y seguridad. La mujer adopta actitud de coquetería y el hombre de jactancia. Algunos problemas de comunicación que pueden surgir entre padres e hijos Ordenando, dirigiendo, mandando. “No me importa lo que quieras hacer, entra a la casa en este instante“, “deja de molestar”, “no toques”, etc. Todos estos tipos de mensajes dicen a los hijos que sus sentimientos o necesidades no son importantes, no valen y que se deben conformar. Producen temor, resentimiento, hostilidad. Advirtiendo, amonestando, amenazando. “Si haces eso te pasará...”, “si no dejas de jugar a eso te pegaré”, etc. Estos mensajes pueden hacer que el hijo sienta miedo y se someta, pero también invitan a hacerlo para tantear a sus padres, si son capaces de cumplir las amenazas. Exhortando, moralizando, sermoneando. “Deberías”, “tendrías”, etc. Tales mensajes hacen que se practique en el hijo el poder de la autoridad, del deber, de la obligación y éste puede responder con resistencia, defendiendo su postura con terquedad. Además, el hijo piensa que su padre no confía en él, provocando sentimientos de culpa. Aconsejando, proporcionando sugerencias o soluciones. “Tu madre y yo sabemos qué es lo mejor para ti”. Estos mensajes con frecuencia hacen que el hijo piense que el padre no tiene confianza en el juicio o capacidad de él, puede ocasionar dependencia, o resistencia a todo lo que sus padres le digan. Juzgando, criticando, culpando. “Es que tú tienes la culpa; si hubieras...” Estos mensajes son sumamente graves, hacen que los hijos se sientan inferiores, estúpidos, sin ningún valor, malos, baja su propia estima etc. (“escuché tantas veces que era malo, que lo empecé a creer”, “si se lo digo me criticará”). Además, siempre se pondrán a la defensiva para protegerse, sentirán que no son amados, y llegarán a sentir odio por sus padres. Poniendo apodos, ridiculizando, avergonzando. “¡Mira qué sombras te pusiste en los ojos, te ves ridícula, pareces vampiro... o mujer de la calle!”, “¡Pareces vieja con esa greñas!”, etc. Dichos mensajes pueden tener un efecto devastador en la imagen que tiene de sí mismo. Pueden hacer que el hijo se sienta sin valor, malo, que no lo aman, y la respuesta más frecuente de los chicos hacia esos mensajes es la devolución del golpe (“este viejo ridículo, anticuado no se ha visto en el espejo”). Estos mensajes, que tratan de influir en el hijo, tienen menos posibilidades de hacerlo cambiar. Elogiando, estando de acuerdo en todo. Contrario a lo que se puede suponer acerca de lo elogios, cuando éstos son excesivos o no muy sinceros, pueden tener efectos negativos, sobre todo cuando el hijo no está muy de acuerdo con la idea que tiene de sí mismo, puede originar hostilidad. “no soy bonita, soy horrible”, “no jugué bien, fui un tonto”, etc.. El hijo piensa que se le quiere manipular, para que haga lo que sus padres quieren “sólo lo dices para que estudie más”. Además, en ocasiones se sienten avergonzados, incómodos, especialmente cuando están con sus amigos “¡Oh, papá, eso no es verdad!”. Por el otro lado pueden llegar a ser egoístas, soberbios, ególatras. Otros mensajes que pueden ser negativos: Como interpretar: “no tienes cita con esos chicos porque eres demasiado penosa”, interrogar “¿te lavaste las manos como te dije?”, preguntar “¿cuánto tiempo estudiaste?”. Es importante también consultar los siguientes artículos que hemos seleccionado sobre el tema de la comunicación con los hijos en sus diferentes etapas: Conversar con nuestros hijos: http://es.catholic.net/familiayvida/158/320/articulo.php?id=33339 en donde Guillermo Urbizu nos señala la importancia de estar pendientes de sus sentimientos, de sus amistades, de su ocio, de su formación cristiana... Papás que se hacen niños: http://es.catholic.net/familiayvida/158/320/articulo.php?id=9276 Fernando Pascual nos dice que el niño será más feliz con un papá y una mamá que juegan con él al escondite que con un costoso juego electrónico que usa sin que nadie disfrute de sus victorias. ¿Cómo debemos hablar de sexo con nuestros hijos?: http://es.catholic.net/familiayvida/158/287/articulo.php?id=21375Eduardo Armstrong, nos da un conjunto de sugerencias a los padres, que podrían ayudar a enfrentar la comunicación con más éxito en algunas de estas temidas ocasiones Lo que tu hijo adolescente desea oír de ti: http://es.catholic.net/familiayvida/158/154/articulo.php?id=2705 en donde Teresa Artola González nos dice que pesar de su aparente desapego, tu hijo adolescente espera mucho de ti, y necesita que le transmitas una serie de mensajes positivos. Roma no se hizo en un día y las cosas que valen la pena tampoco. Por lo mismo, para lograr una buena comunicación no basta con hacer uno o dos buenos intentos… La labor de formación, tiene su origen principalmente en la familia y requiere por parte de los esposos: primero que nada enfoque y acción, y luego, constancia y tiempo. SAN FRANCISCO DE ASIS “El amor es un ala que Dios le ha dado al hombre para volar hasta El”
sábado, 20 de septiembre de 2008
5.1.- CONVERSAR CON NUESTROS HIJOS
De hacerlo dependen cosas tan importantes como, por ejemplo, estar pendientes de sus sentimientos, de sus amistades, de su ocio, de su formación cristiana...
Conversar con nuestros hijosSaber conversar con los hijos es para mí algo fundamental. Una de las bellas artes más desconocidas. Dejémonos de tanta mojigatería teórica y saquemos tiempo para hablar con ellos. ¿De qué? Pues de todo. De to-do. Con esa naturalidad propia del cariño. Esas conversaciones son necesarias para ellos… y para nosotros, los padres. Por favor, no convoquemos unos miedos innecesarios. Porque una cosa es la prudencia y el ir por delante de ellos, y otra muy distinta el pavor que se refleja en esos ojos como platos de algunas madres, cuando de pronto un día se enteran -¡cuánta ingenuidad!- de que tienen un hijo o una hija en edad adolescente, capaz de las estupideces más alucinantes. Claro, los problemas y las rarezas siempre acaecían a las demás familias. ¿A nosotros, a nuestros hijos? Si son unos benditos, y que si esto y que si lo otro. Ya.¿Tan difícil es? Un paseo basta. Un paseo detrás de otro quiero decir. O un tomar algo juntos. O hacer deporte. O lo que sea que ayude a entablar un diálogo distendido y sincero. Sin que se nos note en exceso la angustia, o ese querer solucionarlo todo con dos o tres frases rotundas, adornadas por alguna cita que hemos leído u oído en el folleto de turno. Porque nada agobia más que un padre (o madre) cuadriculado por la vehemencia del que se cree que lo sabe todo. Y no lo sabemos todo. Muchas veces no sabemos casi nada de nuestros hijos (que también creen saberlo todo). Estamos tan embebidos en lo intrascendente material, o en lo profesional, o hasta en sus mismísimas notas, que olvidamos lo fundamental de nuestros chavales. ¿Y qué es lo fundamental? Pues esto de qué es lo fundamental va por barrios. La casuística es tan heterogénea como abracadabrante. Pero yo me ciño a lo mío. Si los padres son católicos -o dicen serlo, y aunque no sean cristianos seguirá siendo lo más crucial-, ¿qué será lo más importante? Habrá quien incluso dude a estas alturas. ¿No será el alma? Sí señores, el alma. En el alma de nuestros hijos está el impulso de su felicidad, el centro donde se dirimirán las más importantes batallas de su vida. Aquellas en donde se jugarán su alegría y su destino eterno. Sé que suena fuerte, pero la realidad no es otra. O somos coherentes con nuestra creencia o el futuro de los hijos será tan endeble como nuestra propia abulia. Luchar por la buena formación es cuidar de su alma -y de la nuestra- con perseverancia y solicitud. De hacerlo así dependen cosas tan importantes como, por ejemplo, estar pendientes de sus sentimientos, de sus amistades, de su ocio, de su formación cristiana, o elegir un colegio que se adecue a nuestra fe (no sólo al inglés, o a la cercanía), a ese ir moldeando con disciplina y delicadeza sus hábitos. Crecen físicamente e intelectualmente. Pero ¿y espiritualmente? ¿Para cuándo las virtudes? ¿O van a quedar tullidos interiormente? Bueno, pues de esos sentimientos, amistades, etc, es de lo que debemos hablar con nuestros hijos. Quizá al principio les dé vergüenza, un lógico apuro. Es entonces cuando debemos hablar nosotros, contar de lo nuestro, hacerles partícipes de anhelos y problemas familiares. Poco a poco se irán abriendo a esa confianza que les ofrecemos. Con naturalidad. Sin escandalizarnos ni clamar al cielo si nos ofrecen en bandeja su confidencia. Por rara que esta sea. Hablar, hablar, hablar. Mejor dicho: escuchar, escuchar, escuchar. Sin caer en la desesperación o en la paranoia. Y si dudamos, pedir consejo, y cultivar la amistad de los padres de sus amigos… La adolescencia es una ocasión única para hacerles fuertes en el bien y en la verdad. Casi nada.Comentarios al autor: mailto:guilleurbizu@hotmail.com?subject=Comentario
Conversar con nuestros hijosSaber conversar con los hijos es para mí algo fundamental. Una de las bellas artes más desconocidas. Dejémonos de tanta mojigatería teórica y saquemos tiempo para hablar con ellos. ¿De qué? Pues de todo. De to-do. Con esa naturalidad propia del cariño. Esas conversaciones son necesarias para ellos… y para nosotros, los padres. Por favor, no convoquemos unos miedos innecesarios. Porque una cosa es la prudencia y el ir por delante de ellos, y otra muy distinta el pavor que se refleja en esos ojos como platos de algunas madres, cuando de pronto un día se enteran -¡cuánta ingenuidad!- de que tienen un hijo o una hija en edad adolescente, capaz de las estupideces más alucinantes. Claro, los problemas y las rarezas siempre acaecían a las demás familias. ¿A nosotros, a nuestros hijos? Si son unos benditos, y que si esto y que si lo otro. Ya.¿Tan difícil es? Un paseo basta. Un paseo detrás de otro quiero decir. O un tomar algo juntos. O hacer deporte. O lo que sea que ayude a entablar un diálogo distendido y sincero. Sin que se nos note en exceso la angustia, o ese querer solucionarlo todo con dos o tres frases rotundas, adornadas por alguna cita que hemos leído u oído en el folleto de turno. Porque nada agobia más que un padre (o madre) cuadriculado por la vehemencia del que se cree que lo sabe todo. Y no lo sabemos todo. Muchas veces no sabemos casi nada de nuestros hijos (que también creen saberlo todo). Estamos tan embebidos en lo intrascendente material, o en lo profesional, o hasta en sus mismísimas notas, que olvidamos lo fundamental de nuestros chavales. ¿Y qué es lo fundamental? Pues esto de qué es lo fundamental va por barrios. La casuística es tan heterogénea como abracadabrante. Pero yo me ciño a lo mío. Si los padres son católicos -o dicen serlo, y aunque no sean cristianos seguirá siendo lo más crucial-, ¿qué será lo más importante? Habrá quien incluso dude a estas alturas. ¿No será el alma? Sí señores, el alma. En el alma de nuestros hijos está el impulso de su felicidad, el centro donde se dirimirán las más importantes batallas de su vida. Aquellas en donde se jugarán su alegría y su destino eterno. Sé que suena fuerte, pero la realidad no es otra. O somos coherentes con nuestra creencia o el futuro de los hijos será tan endeble como nuestra propia abulia. Luchar por la buena formación es cuidar de su alma -y de la nuestra- con perseverancia y solicitud. De hacerlo así dependen cosas tan importantes como, por ejemplo, estar pendientes de sus sentimientos, de sus amistades, de su ocio, de su formación cristiana, o elegir un colegio que se adecue a nuestra fe (no sólo al inglés, o a la cercanía), a ese ir moldeando con disciplina y delicadeza sus hábitos. Crecen físicamente e intelectualmente. Pero ¿y espiritualmente? ¿Para cuándo las virtudes? ¿O van a quedar tullidos interiormente? Bueno, pues de esos sentimientos, amistades, etc, es de lo que debemos hablar con nuestros hijos. Quizá al principio les dé vergüenza, un lógico apuro. Es entonces cuando debemos hablar nosotros, contar de lo nuestro, hacerles partícipes de anhelos y problemas familiares. Poco a poco se irán abriendo a esa confianza que les ofrecemos. Con naturalidad. Sin escandalizarnos ni clamar al cielo si nos ofrecen en bandeja su confidencia. Por rara que esta sea. Hablar, hablar, hablar. Mejor dicho: escuchar, escuchar, escuchar. Sin caer en la desesperación o en la paranoia. Y si dudamos, pedir consejo, y cultivar la amistad de los padres de sus amigos… La adolescencia es una ocasión única para hacerles fuertes en el bien y en la verdad. Casi nada.Comentarios al autor: mailto:guilleurbizu@hotmail.com?subject=Comentario
viernes, 19 de septiembre de 2008
5.2.- PAPAS QUE SE HACEN NIÑOS
Papás que se hacen niños
¿Que es la cosa más grande que un papá puede dar a sus hijos?
Papás que se hacen niños
“Mi padre es grande, grande de verdad, cada vez que se convierte nuevamente en un niño”. Así cantaba un coro infantil en un festival no hace mucho tiempo. Y es que dentro de cada padre, de cada madre, se esconde siempre el haber sido un niño. A veces sale a la luz este “niño escondido”. Otras veces ese niño permanece oculto, invisible, pero no por eso deja de estar allí.¿Qué significa que un padre “se convierte en un niño”? La pregunta implica responder a otra pregunta: ¿qué significa ser niño? El niño es siempre explosión de vida, de alegría, de aprendizaje, de juego, de iniciativa, de sorpresas, de lágrimas que desaparecen pronto o de alegrías más o menos estables. El niño es cariño, aunque a veces también algo de egoísmo. El niño es observación, curiosidad, búsqueda. El niño es inquietud incontenible, actividad incansable, movimiento extenuante...De nuevo, la pregunta: ¿cómo debería ser un papá que se convierte en niño? Pues está claro: debería ser capaz de dejar el traje que lo aprisiona, los asuntos importantes que lo tienen siempre ocupado, las prisas por cumplir toda una serie de requisitos... Dejar de lado tantas cosas para sentarse en el suelo y jugar, con un coche en miniaturas, a carreras con su hijo, o a doctor de las muñecas de la hija, o a veterinario de las tortugas del más pequeño...Para muchos la idea de que uno ha llegado a adulto es sinónimo de estabilidad, de algo de aburrimiento, de monotonía. No hay tiempo para convertirse en un niño, si es que a veces no se cae en el triste peligro de no tener ni tiempo para estar con los hijos... Hay niños que sólo ven a sus padres en la noche, antes de acostarse, y, por las prisas y los cansancios de la jornada, apenas si hay tiempo para un saludo y un “hasta mañana”. El fin de semana, quizá, los padres están algo de tiempo en casa, pero es el momento en que los chicos salen fuera con los amigos, o van a un club, o simplemente quedan pegados al aparato de la televisión o a un juego electrónico para no molestar a los papás.Sin embargo, ¡qué bonita es la familia en la que tanto papá como mamá dedican lo mejor de su tiempo a sus hijos! Hoy es papá quien coge una novela y la lee a quien, con sus pocos años, empieza a pelearse con las letras. Mañana es mamá quien juega a la niñera con la hija pequeña, y las dos peinan juntas a la muñeca favorita. Pasado mañana son los dos, papá y mamá, que acompañan a los pequeños a cazar mariposas, perseguir lagartijas o tirar piedras a la superficie de un estanque... Y cada día, al caer la noche, pequeños y grandes saben rezar juntos, como si todos fuesen igualmente niños e igualmente grandes, oraciones sencillas y cariñosas como el “Jesusito de mi vida” o el “Dulce Madre...”Los padres, ciertamente, tienen que ganar el pan para sus hijos. Hacen bien en trabajar y luchar para que los niños puedan tener lo mejor. En ese esfuerzo por ayudarles también hay que encontrar maneras para compartir cariño (que es la cosa más grande que un papá puede dar a sus hijos). El niño será más feliz con un papá y una mamá que juegan con él al escondite que con un costoso juego electrónico que usa sin que nadie disfrute de sus victorias.Sí: los padres son grandes cuando se hacen como niños. Es entonces cuando también los niños aprenden que es posible ser grandes dando todo el cariño y las energías a los demás. ¿No es esta la mejor educación que podemos ofrecer a nuestros hijos?Comentarios al autor: Fernando PascualEste artículo es parte del libro "La vida como don. Reflexiones humanas y cristianas para un milenio que inicia" de Fernando Pascual
¿Que es la cosa más grande que un papá puede dar a sus hijos?
Papás que se hacen niños
“Mi padre es grande, grande de verdad, cada vez que se convierte nuevamente en un niño”. Así cantaba un coro infantil en un festival no hace mucho tiempo. Y es que dentro de cada padre, de cada madre, se esconde siempre el haber sido un niño. A veces sale a la luz este “niño escondido”. Otras veces ese niño permanece oculto, invisible, pero no por eso deja de estar allí.¿Qué significa que un padre “se convierte en un niño”? La pregunta implica responder a otra pregunta: ¿qué significa ser niño? El niño es siempre explosión de vida, de alegría, de aprendizaje, de juego, de iniciativa, de sorpresas, de lágrimas que desaparecen pronto o de alegrías más o menos estables. El niño es cariño, aunque a veces también algo de egoísmo. El niño es observación, curiosidad, búsqueda. El niño es inquietud incontenible, actividad incansable, movimiento extenuante...De nuevo, la pregunta: ¿cómo debería ser un papá que se convierte en niño? Pues está claro: debería ser capaz de dejar el traje que lo aprisiona, los asuntos importantes que lo tienen siempre ocupado, las prisas por cumplir toda una serie de requisitos... Dejar de lado tantas cosas para sentarse en el suelo y jugar, con un coche en miniaturas, a carreras con su hijo, o a doctor de las muñecas de la hija, o a veterinario de las tortugas del más pequeño...Para muchos la idea de que uno ha llegado a adulto es sinónimo de estabilidad, de algo de aburrimiento, de monotonía. No hay tiempo para convertirse en un niño, si es que a veces no se cae en el triste peligro de no tener ni tiempo para estar con los hijos... Hay niños que sólo ven a sus padres en la noche, antes de acostarse, y, por las prisas y los cansancios de la jornada, apenas si hay tiempo para un saludo y un “hasta mañana”. El fin de semana, quizá, los padres están algo de tiempo en casa, pero es el momento en que los chicos salen fuera con los amigos, o van a un club, o simplemente quedan pegados al aparato de la televisión o a un juego electrónico para no molestar a los papás.Sin embargo, ¡qué bonita es la familia en la que tanto papá como mamá dedican lo mejor de su tiempo a sus hijos! Hoy es papá quien coge una novela y la lee a quien, con sus pocos años, empieza a pelearse con las letras. Mañana es mamá quien juega a la niñera con la hija pequeña, y las dos peinan juntas a la muñeca favorita. Pasado mañana son los dos, papá y mamá, que acompañan a los pequeños a cazar mariposas, perseguir lagartijas o tirar piedras a la superficie de un estanque... Y cada día, al caer la noche, pequeños y grandes saben rezar juntos, como si todos fuesen igualmente niños e igualmente grandes, oraciones sencillas y cariñosas como el “Jesusito de mi vida” o el “Dulce Madre...”Los padres, ciertamente, tienen que ganar el pan para sus hijos. Hacen bien en trabajar y luchar para que los niños puedan tener lo mejor. En ese esfuerzo por ayudarles también hay que encontrar maneras para compartir cariño (que es la cosa más grande que un papá puede dar a sus hijos). El niño será más feliz con un papá y una mamá que juegan con él al escondite que con un costoso juego electrónico que usa sin que nadie disfrute de sus victorias.Sí: los padres son grandes cuando se hacen como niños. Es entonces cuando también los niños aprenden que es posible ser grandes dando todo el cariño y las energías a los demás. ¿No es esta la mejor educación que podemos ofrecer a nuestros hijos?Comentarios al autor: Fernando PascualEste artículo es parte del libro "La vida como don. Reflexiones humanas y cristianas para un milenio que inicia" de Fernando Pascual
jueves, 18 de septiembre de 2008
5.3.-HABLAR DE SEXO CON LOS HIJOS
¿Cómo debemos hablar de sexo con nuestros hijos?
Presentamos un conjunto de sugerencias a los padres, que podrían ayudar a enfrentar con más éxito algunas de estas temidas ocasiones
¿Cómo debemos hablar de sexo con nuestros hijos?Parece una pregunta simple y natural, pero en ocasiones la pregunta de un(a) niño(a) nos puede inundar de temores ante el desconcierto que produce no saber los alcances de lo que ellos quieren o requieren; o por el temor a hablar de un tema en el que no nos sentimos tan capacitados como quisiéramos.A continuación presentamos un conjunto de sugerencias a los padres, que podrían ayudar a enfrentar con más éxito algunas de estas temidas ocasiones:- La familia es la primera y principal escuela del amor para los hijos, por lo tanto nadie ni nada puede reemplazar el valor de las conversaciones francas y honestas realizadas entre una madre o un padre y su hijo(a). La educación afectiva y sexual debe comenzar en la familia, porque es el medio que ellos consideran más seguro, y el mejor para exponer sus inquietudes en un contexto natural y emocional.- La verdad no tiene sustituto. A veces actuamos según lo que quisiéramos para ellos y olvidamos que la realidad en que viven determina muchas de sus reales necesidades. Traicionar su confianza no tiene explicación válida, aún menos, cuando ellos deberán enfrentar a un mundo hostilmente competitivo y erotizado; lleno de mensajes desviados que los invitarán a disfrutar de sueños y promesas que aparentan ser reales. Ocultarles parcialmente la verdad que ellos nos pidan es entregarlos a riesgos desconocidos e innecesarios, es desarmarlos para poder tomar decisiones más libres y en consciencia cuando deban decidir por si mismos, y sin sus padres.- La sexualidad nace con ellos, por lo tanto su conocimiento debe ir de acuerdo y con las exigencias de su crecimiento. Para lograr esto sin exederse y dañarlos, hay que responder a sus preguntas e inquietudes objetivas y no a lo que creemos interpretar como adultos, entregando detalles innecesarios; en general, es más efectivo asegurarnos de qué es lo que desean saber antes de responder, y si es necesario, preguntarles: “¿Qué deseas saber exactamente y porqué?, ya que el tema es amplio y quiero asegurarme de responderte en forma adecuada”. En general, a corta edad (5-7 años) se interesan más por conocer los hechos biológicos, en cambio desde la pre-adolescencia (10-11 años) se inicia su curiosidad por las materias afectivas y sexuales, de relación de pareja y matrimonio.- El momento adecuado lo deciden los hijos. Nosotros los padres debemos estar atentos, disponibles, cercanos, y si es posible, lo más preparados que nos sea posible. Es mejor respetar sus momentos y su intimidad, sin adelantarnos ni extendernos con explicaciones más allá de lo que requieren, ya que podríamos causarles algún daño.- No es necesario inventar ni avergonzarse por no tener de inmediato una respuesta adecuada. Es más, el reconocer que la pregunta nos interesa y que necesitamos un poco de tiempo para pensar la mejor manera de responderla (y averiguarla), les puede entregar valiosas enseñanzas para aprender a relacionarse con los demás aceptando que nunca lo sabremos todo, y que en ocasiones hay que saber decir “no estoy seguro”, y darse un tiempo para investigar y encontrar la respuesta adecuada.- Muchas respuestas se pueden encontrar en los propios hijos. A veces ellos tienen dudas que desean confirmar o conversar. No necesitan una cátedra, menos aun si es sobre un tema del cual es posible que ya sepan bastante. En estos casos, lo que se sugiere es iniciar una grata conversación; ayudándoles a encontrar sus propias respuestas mediante preguntas que les permitan visualizar las consecuencias de cada acción consultada para su propia vida y las de los demás, en el supuesto caso de actuar en una u otra forma. ( Especial importancia tiene este punto para tratar temas como adicciones, embarazo, relaciones sexuales, abuso de libertades,... )- Si la pregunta nos incomoda, no olvidemos que a ellos también. Y no olvidemos el hecho de que si están interesados en conocer más sobre un tema, ello no significa que estén, o que deseen vivirlo en ese momento. Si de malicia se trata, no le atribuyamos nuestra malicia de adultos a nuestros hijos cuando ellos piden alguna información “sensible”.- El ejemplo de una vida vale más que mil palabras o explicaciones. Lo que los hijos han visto en el hogar durante sus vidas y las expresiones de afecto recibido de los padres en sus diversas formas, determina fuertemente su forma de actuar y de valorar lo que vean y escuchen de otros a futuro; como la forma en que ellos recibieron el cariño y amor de sus padres, o la ternura manifestada en gestos paternos y maternos, los que validan el aprecio al sentimiento de pertenencia (o dependencia mutua). Por otro lado, los influye también el cómo ellos vieron la aplicación de estas mismas conductas entre los mismos padres y como solucionaron o manejaron sus divergencias y desacuerdos para reconstruir y mantener sus lazos afectivos, cómo se expresaron y transmitían su efecto y cariño en forma física, con palabras, gestos y acciones, o cómo se cuidaban entre ellos... transmitiéndoles con ello el valioso mensaje: “Obras son amores”. Ya que, no lo son las solas razones, palabras o buenas intenciones, menos aun nuestros simples buenos deseos.- El centro de toda conversación es el hijo(a). En toda conversación debemos tratar de ayudarles a ver la realidad desde su punto de vista, considerando el efecto o resultado previsto de cada acción consultada para su vida presente y futura, como su impacto esperado para su entorno social y familiar. Tratemos de despertar su espíritu crítico, ayudándoles a darse cuenta por sí mismos de que lo que otros hagan, o lo que la mayoría pueda hacer en un momento, no les asegura necesariamente que sea verdad o para su beneficio personal. A evaluar las conductas ajenas en virtud de la realidad; no de sueños o ilusiones, por buenas que inicialmente puedan parecer o sólo por lo que otras opiniones digan.- Todo lo que existe tiene una razón natural de ser. ¿Para qué existe tal o cual cosa? Intentemos guiarlos para que ellos lleguen a las conclusiones naturales; las que son extremadamente importantes ya que influyen la orientación de nuestras acciones y en la forma de vida, pasando a ser parte de sus fundamentos. Todo tiene una razón de ser, pero todo puede ser también deformado o alterado, especialmente cuando nos situamos en conductas egocéntricas, extremas o fuera de momento. Por ejemplo: El momento para la sexualidad activa es el matrimonio, porque el buen desarrollo sexual requiere de una relación estable. ¿Cuál es tu proyecto de vida? ¿Deseas formar a futuro una familia? ¿Qué tipo de familia deseas? ¿Arriesgarías tu proyecto de vida futuro por adelantar algunos momentos de satisfacciones puntuales?...- Ellos deben saber ser responsables. Especialmente desde la adolescencia, es necesario reconocer su derecho a decidir por sí mismos: que son libres. Por lo mismo, es necesario que se sientan y sean responsables de sus acciones, pero considerando su falta de medios y de autonomía como para involucrarse en decisiones donde no puedan responder adecuadamente a sus posibles consecuencias. Deben saber el beneficio de respetar su propia vida (mental, biológica y espiritual), la que necesariamente sigue un curso natural en el tiempo, donde todo tiene su momento. Alterar los momentos puede alterar una vida para siempre, o al menos crear insospechadas dificultades y nuevas limitaciones. Ser responsable es reconocer el precio de lo que se hace y de lo que no se hace; el ocio o la falta de actividades que los ocupen y motiven facilita enormemente que acepten conductas de riesgo y adquirir los sentimientos de llevar una vida sin sentido y estéril, de sentirse poco útil a los demás y por ende, poco apreciado...¿Para qué existen nuestros hijos? ¿Quiénes son? ¿Qué pueden hacer hoy? ¿Cómo pueden ser más felices? Ellos se hacen las mismas preguntas. Ellos necesitan saber que existen para compartir la felicidad, que la felicidad se crea principalmente compartiendo amor. Ellos deben saber que son seres, personas, con la capacidad de dar y recibir amor durante toda su existencia. Ellos necesitan saber que viven en un mundo lleno de oportunidades, porque está lleno de valiosas tareas pendientes esperando que alguien las realice. Ellos deben sentir que su futuro se construye en el hoy, y que la realización de los sueños depende de lo que ahora estén dispuestos a realizar. Ellos necesitan saber que la felicidad es su meta diaria, y que se obtiene por medio de su relación con los demás, cuando se comprende que la mayor felicidad de muchos de quienes los rodean depende de ellos; de su cuidado y atención por el otro, de esos detalles que manifiestan nuestra preocupación por el prójimo... como un ¿Cómo estás? ¿Te puedo ayudar en algo? Y luego hacerlo. Eso es amar.Comenarios al autor: earmstrong@usec.cl
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¿Cómo debemos hablar de sexo con nuestros hijos?Parece una pregunta simple y natural, pero en ocasiones la pregunta de un(a) niño(a) nos puede inundar de temores ante el desconcierto que produce no saber los alcances de lo que ellos quieren o requieren; o por el temor a hablar de un tema en el que no nos sentimos tan capacitados como quisiéramos.A continuación presentamos un conjunto de sugerencias a los padres, que podrían ayudar a enfrentar con más éxito algunas de estas temidas ocasiones:- La familia es la primera y principal escuela del amor para los hijos, por lo tanto nadie ni nada puede reemplazar el valor de las conversaciones francas y honestas realizadas entre una madre o un padre y su hijo(a). La educación afectiva y sexual debe comenzar en la familia, porque es el medio que ellos consideran más seguro, y el mejor para exponer sus inquietudes en un contexto natural y emocional.- La verdad no tiene sustituto. A veces actuamos según lo que quisiéramos para ellos y olvidamos que la realidad en que viven determina muchas de sus reales necesidades. Traicionar su confianza no tiene explicación válida, aún menos, cuando ellos deberán enfrentar a un mundo hostilmente competitivo y erotizado; lleno de mensajes desviados que los invitarán a disfrutar de sueños y promesas que aparentan ser reales. Ocultarles parcialmente la verdad que ellos nos pidan es entregarlos a riesgos desconocidos e innecesarios, es desarmarlos para poder tomar decisiones más libres y en consciencia cuando deban decidir por si mismos, y sin sus padres.- La sexualidad nace con ellos, por lo tanto su conocimiento debe ir de acuerdo y con las exigencias de su crecimiento. Para lograr esto sin exederse y dañarlos, hay que responder a sus preguntas e inquietudes objetivas y no a lo que creemos interpretar como adultos, entregando detalles innecesarios; en general, es más efectivo asegurarnos de qué es lo que desean saber antes de responder, y si es necesario, preguntarles: “¿Qué deseas saber exactamente y porqué?, ya que el tema es amplio y quiero asegurarme de responderte en forma adecuada”. En general, a corta edad (5-7 años) se interesan más por conocer los hechos biológicos, en cambio desde la pre-adolescencia (10-11 años) se inicia su curiosidad por las materias afectivas y sexuales, de relación de pareja y matrimonio.- El momento adecuado lo deciden los hijos. Nosotros los padres debemos estar atentos, disponibles, cercanos, y si es posible, lo más preparados que nos sea posible. Es mejor respetar sus momentos y su intimidad, sin adelantarnos ni extendernos con explicaciones más allá de lo que requieren, ya que podríamos causarles algún daño.- No es necesario inventar ni avergonzarse por no tener de inmediato una respuesta adecuada. Es más, el reconocer que la pregunta nos interesa y que necesitamos un poco de tiempo para pensar la mejor manera de responderla (y averiguarla), les puede entregar valiosas enseñanzas para aprender a relacionarse con los demás aceptando que nunca lo sabremos todo, y que en ocasiones hay que saber decir “no estoy seguro”, y darse un tiempo para investigar y encontrar la respuesta adecuada.- Muchas respuestas se pueden encontrar en los propios hijos. A veces ellos tienen dudas que desean confirmar o conversar. No necesitan una cátedra, menos aun si es sobre un tema del cual es posible que ya sepan bastante. En estos casos, lo que se sugiere es iniciar una grata conversación; ayudándoles a encontrar sus propias respuestas mediante preguntas que les permitan visualizar las consecuencias de cada acción consultada para su propia vida y las de los demás, en el supuesto caso de actuar en una u otra forma. ( Especial importancia tiene este punto para tratar temas como adicciones, embarazo, relaciones sexuales, abuso de libertades,... )- Si la pregunta nos incomoda, no olvidemos que a ellos también. Y no olvidemos el hecho de que si están interesados en conocer más sobre un tema, ello no significa que estén, o que deseen vivirlo en ese momento. Si de malicia se trata, no le atribuyamos nuestra malicia de adultos a nuestros hijos cuando ellos piden alguna información “sensible”.- El ejemplo de una vida vale más que mil palabras o explicaciones. Lo que los hijos han visto en el hogar durante sus vidas y las expresiones de afecto recibido de los padres en sus diversas formas, determina fuertemente su forma de actuar y de valorar lo que vean y escuchen de otros a futuro; como la forma en que ellos recibieron el cariño y amor de sus padres, o la ternura manifestada en gestos paternos y maternos, los que validan el aprecio al sentimiento de pertenencia (o dependencia mutua). Por otro lado, los influye también el cómo ellos vieron la aplicación de estas mismas conductas entre los mismos padres y como solucionaron o manejaron sus divergencias y desacuerdos para reconstruir y mantener sus lazos afectivos, cómo se expresaron y transmitían su efecto y cariño en forma física, con palabras, gestos y acciones, o cómo se cuidaban entre ellos... transmitiéndoles con ello el valioso mensaje: “Obras son amores”. Ya que, no lo son las solas razones, palabras o buenas intenciones, menos aun nuestros simples buenos deseos.- El centro de toda conversación es el hijo(a). En toda conversación debemos tratar de ayudarles a ver la realidad desde su punto de vista, considerando el efecto o resultado previsto de cada acción consultada para su vida presente y futura, como su impacto esperado para su entorno social y familiar. Tratemos de despertar su espíritu crítico, ayudándoles a darse cuenta por sí mismos de que lo que otros hagan, o lo que la mayoría pueda hacer en un momento, no les asegura necesariamente que sea verdad o para su beneficio personal. A evaluar las conductas ajenas en virtud de la realidad; no de sueños o ilusiones, por buenas que inicialmente puedan parecer o sólo por lo que otras opiniones digan.- Todo lo que existe tiene una razón natural de ser. ¿Para qué existe tal o cual cosa? Intentemos guiarlos para que ellos lleguen a las conclusiones naturales; las que son extremadamente importantes ya que influyen la orientación de nuestras acciones y en la forma de vida, pasando a ser parte de sus fundamentos. Todo tiene una razón de ser, pero todo puede ser también deformado o alterado, especialmente cuando nos situamos en conductas egocéntricas, extremas o fuera de momento. Por ejemplo: El momento para la sexualidad activa es el matrimonio, porque el buen desarrollo sexual requiere de una relación estable. ¿Cuál es tu proyecto de vida? ¿Deseas formar a futuro una familia? ¿Qué tipo de familia deseas? ¿Arriesgarías tu proyecto de vida futuro por adelantar algunos momentos de satisfacciones puntuales?...- Ellos deben saber ser responsables. Especialmente desde la adolescencia, es necesario reconocer su derecho a decidir por sí mismos: que son libres. Por lo mismo, es necesario que se sientan y sean responsables de sus acciones, pero considerando su falta de medios y de autonomía como para involucrarse en decisiones donde no puedan responder adecuadamente a sus posibles consecuencias. Deben saber el beneficio de respetar su propia vida (mental, biológica y espiritual), la que necesariamente sigue un curso natural en el tiempo, donde todo tiene su momento. Alterar los momentos puede alterar una vida para siempre, o al menos crear insospechadas dificultades y nuevas limitaciones. Ser responsable es reconocer el precio de lo que se hace y de lo que no se hace; el ocio o la falta de actividades que los ocupen y motiven facilita enormemente que acepten conductas de riesgo y adquirir los sentimientos de llevar una vida sin sentido y estéril, de sentirse poco útil a los demás y por ende, poco apreciado...¿Para qué existen nuestros hijos? ¿Quiénes son? ¿Qué pueden hacer hoy? ¿Cómo pueden ser más felices? Ellos se hacen las mismas preguntas. Ellos necesitan saber que existen para compartir la felicidad, que la felicidad se crea principalmente compartiendo amor. Ellos deben saber que son seres, personas, con la capacidad de dar y recibir amor durante toda su existencia. Ellos necesitan saber que viven en un mundo lleno de oportunidades, porque está lleno de valiosas tareas pendientes esperando que alguien las realice. Ellos deben sentir que su futuro se construye en el hoy, y que la realización de los sueños depende de lo que ahora estén dispuestos a realizar. Ellos necesitan saber que la felicidad es su meta diaria, y que se obtiene por medio de su relación con los demás, cuando se comprende que la mayor felicidad de muchos de quienes los rodean depende de ellos; de su cuidado y atención por el otro, de esos detalles que manifiestan nuestra preocupación por el prójimo... como un ¿Cómo estás? ¿Te puedo ayudar en algo? Y luego hacerlo. Eso es amar.Comenarios al autor: earmstrong@usec.cl
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miércoles, 17 de septiembre de 2008
5,4.-LO QUE TU HIJO ADOLESCENTE QUIERE OIR DE TI
Lo que tu hijo adolescente desea oír de ti
A pesar de su aparente desapego, tu hijo adolescente espera mucho de tí, y necesita que le transmitas una serie de mensajes
Lo que tu hijo adolescente desea oír de ti¿De qué hablas con tu hijo adolescente? Es posible que la mayor parte de las conversaciones se reduzcan a retarlo y criticarlo por su aspecto descuidado, por la hora de llegar a la casa, por las notas, por estar todo el día colgado del teléfono....Cierto es que tenemos el deber de corregir pero, si nos descuidamos, nuestra relación puede reducirse a reproches y críticas.A pesar de su aparente desapego, de su afán por ser independiente, tu hijo adolescente espera aún mucho de ti y necesita que le transmitas una serie de mensajes. Un adolescente necesita oír de sus padres que están orgullosos de él, y no sólo cuando saca buenas notas o cuando gana el partido de fútbol, sino también cuando:1. Se esfuerza por conseguir un objetivo, aunque no lo logre.2. Toma sus propias decisiones.3. Lo intenta de nuevo a pesar de haber fallado.4. Lucha por superarse.Debes hacer ver a tu hijo que estás orgulloso de él o de ella, a pesar de todo, porque es tu hijo.Que le aceptas y apruebas como persona, aunque en ocasiones no apruebes su comportamiento.Muchos adolescentes de hoy en día no tienen la suerte de escuchar con frecuencia este mensaje.El segundo mensaje tiene que ver con la disponibilidad. Tu hijo necesita saber que estás ahí, disponible para cuando le haga falta, que siempre puede contar contigo. Aunque aparente que no te necesita, en los momentos difíciles necesita saber que cuenta contigo. Si no consigues transmitirle este mensaje buscará consejo y ayuda en otros lugares.Debes estar disponible para cuando te necesite, lo que no es lo mismo que atosigarle con preguntas. La intimidad no se impone, se gana.Otro mensaje que debe captar tu hijo es tu interés por comprenderle.Es frecuente que los adolescentes acusen a sus padres de no entenderles, de vivir en otra galaxia, de no enterarse de nada.A veces simplemente nuestro hijo está intentando manipularnos: confunde el comprender con el estar de acuerdo.Debes procurar tomarte el tiempo necesario para intentar descubrir los motivos que hay detrás de las afirmaciones de tu hijo, y escucharle poniéndote «en su pellejo» antes de formarte una opinión. Al menos tu hijo debe darse cuenta de que intentas comprenderle, respetando su personalidad, su peculiar forma de ser.Procurando estar al día: películas, canciones, famosos, deportes...Sabiendo ser flexibles en lo que no es sustancial: horarios, vestido, orden...Dando importancia a cada hijo individualmente: exámenes, salidas, amigos, diversiones...Descubriendo al hijo callado, triste enfadado...Sabiendo perdonar, dando una segunda oportunidad.Sabiendo pedir perdón cuando sea necesario: no se pierde autoridad y se gana prestigio.Para ello es fundamental que hagas ver a tu hijo que confías en él, de esta forma le animarás a querer estar a la altura de esa confianza.No obstante, esta confianza no implica que le permitamos hacer cosas para las que aún no está preparado o que le permitamos enfrentarse a situaciones en las que el grado de riesgo es más elevado que su nivel de madurez.Debemos hacerle ver que esa confianza se irá desarrollando gradualmente a medida que él vaya adquiriendo más experiencia y nos vaya demostrando que es capaz de actuar de forma responsable.El último mensaje, y también el más importante, que los hijos desean oír de sus padres es que lo quieren. Cuando un adolescente no está seguro del cariño de sus padres, los demás mensajes no significan nada.Necesita que le digas que le quieres y que se lo demuestresTomado del libro "Cómo resolver situaciones cotidianas de tus hijos adolescentes", editorial Palabra, Madrid, 2.000.
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A pesar de su aparente desapego, tu hijo adolescente espera mucho de tí, y necesita que le transmitas una serie de mensajes
Lo que tu hijo adolescente desea oír de ti¿De qué hablas con tu hijo adolescente? Es posible que la mayor parte de las conversaciones se reduzcan a retarlo y criticarlo por su aspecto descuidado, por la hora de llegar a la casa, por las notas, por estar todo el día colgado del teléfono....Cierto es que tenemos el deber de corregir pero, si nos descuidamos, nuestra relación puede reducirse a reproches y críticas.A pesar de su aparente desapego, de su afán por ser independiente, tu hijo adolescente espera aún mucho de ti y necesita que le transmitas una serie de mensajes. Un adolescente necesita oír de sus padres que están orgullosos de él, y no sólo cuando saca buenas notas o cuando gana el partido de fútbol, sino también cuando:1. Se esfuerza por conseguir un objetivo, aunque no lo logre.2. Toma sus propias decisiones.3. Lo intenta de nuevo a pesar de haber fallado.4. Lucha por superarse.Debes hacer ver a tu hijo que estás orgulloso de él o de ella, a pesar de todo, porque es tu hijo.Que le aceptas y apruebas como persona, aunque en ocasiones no apruebes su comportamiento.Muchos adolescentes de hoy en día no tienen la suerte de escuchar con frecuencia este mensaje.El segundo mensaje tiene que ver con la disponibilidad. Tu hijo necesita saber que estás ahí, disponible para cuando le haga falta, que siempre puede contar contigo. Aunque aparente que no te necesita, en los momentos difíciles necesita saber que cuenta contigo. Si no consigues transmitirle este mensaje buscará consejo y ayuda en otros lugares.Debes estar disponible para cuando te necesite, lo que no es lo mismo que atosigarle con preguntas. La intimidad no se impone, se gana.Otro mensaje que debe captar tu hijo es tu interés por comprenderle.Es frecuente que los adolescentes acusen a sus padres de no entenderles, de vivir en otra galaxia, de no enterarse de nada.A veces simplemente nuestro hijo está intentando manipularnos: confunde el comprender con el estar de acuerdo.Debes procurar tomarte el tiempo necesario para intentar descubrir los motivos que hay detrás de las afirmaciones de tu hijo, y escucharle poniéndote «en su pellejo» antes de formarte una opinión. Al menos tu hijo debe darse cuenta de que intentas comprenderle, respetando su personalidad, su peculiar forma de ser.Procurando estar al día: películas, canciones, famosos, deportes...Sabiendo ser flexibles en lo que no es sustancial: horarios, vestido, orden...Dando importancia a cada hijo individualmente: exámenes, salidas, amigos, diversiones...Descubriendo al hijo callado, triste enfadado...Sabiendo perdonar, dando una segunda oportunidad.Sabiendo pedir perdón cuando sea necesario: no se pierde autoridad y se gana prestigio.Para ello es fundamental que hagas ver a tu hijo que confías en él, de esta forma le animarás a querer estar a la altura de esa confianza.No obstante, esta confianza no implica que le permitamos hacer cosas para las que aún no está preparado o que le permitamos enfrentarse a situaciones en las que el grado de riesgo es más elevado que su nivel de madurez.Debemos hacerle ver que esa confianza se irá desarrollando gradualmente a medida que él vaya adquiriendo más experiencia y nos vaya demostrando que es capaz de actuar de forma responsable.El último mensaje, y también el más importante, que los hijos desean oír de sus padres es que lo quieren. Cuando un adolescente no está seguro del cariño de sus padres, los demás mensajes no significan nada.Necesita que le digas que le quieres y que se lo demuestresTomado del libro "Cómo resolver situaciones cotidianas de tus hijos adolescentes", editorial Palabra, Madrid, 2.000.
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martes, 16 de septiembre de 2008
6.- EL MATRIMONIO-SACRAMENTO
Hay un dicho italiano que dice que el “matrimonio es milagroso” porque “cuando uno se casa es ciego y después se te abren los ojos”. Se pueden hacer muchas bromas sobre eso pero, con mucha frecuencia, no captamos todo lo que hay detrás del momento, del instante de lo que es el sacramento del matrimonio y de lo que significa. Dentro de todo este ciclo de conferencias y reuniones que ustedes tienen como “Crecer en Familia”, la reflexión que hoy quiero tener, viene un poco a intentar explicar este hecho que ustedes tienen que vivir todos los días. Quisiera hacer una breve referencia a la historia. Cuando Dios crea al hombre y a la mujer, lo hace con un plan maravilloso. Al leer la Biblia se ve lo que Dios pensó originalmente del matrimonio: Adán y Eva son creados a imagen y semejanza de Dios y para la comunión. El hebreo tiene una expresión muy hermosa. Para nosotros las palabras hombre y mujer son como dos palabras distintas. Sin embargo, el escritor de la Sagrada Escritura quien escribe en hebreo, pone al hombre y a la mujer en el matrimonio, en una perspectiva de comunión (se refiere a ellos como “varón y varona”). También Dios los creó para que todo lo que fuese la vivencia de su fecundidad, lo viesen como una bendición, como algo que los va a enriquecer; por eso cuando bien dice la Biblia: “...y los bendijo Dios diciendo: multiplíquense y llenen la tierra...”, está hablando de que los hijos y lo que va a ser la vida familiar, se convierten en una bendición. Y por último, cuando Dios crea al hombre y a la mujer, les entrega la tierra, por eso dice: “...dominen la tierra...”. Pero, ¿qué sucede con el pecado? El pecado viene a romper todo esto. Viene a destruir totalmente todo este orden: + de comunión entre los dos + de bendición en la fecundidad + del dominio de la tierra. Y entonces, lo que era una comunión entre el hombre y la mujer se convierte en una situación de dominio. Si ustedes leen el capítulo 3 del Génesis, Dios le dice a Eva: “...por haber hecho esto, tu deseo será hacia tu marido y él te dominará...”. Ese desequilibrio que existe entre el hombre y la mujer dentro del matrimonio, no es fruto de otra cosa sino del pecado original. Cuando le dice a Eva: “...darás a luz a tus hijos con dolor...”, lo que está diciendo en el fondo es que la fecundidad, que era una bendición, se convierte también en una situación de conflicto, de problema y de dolor. Cuando le dice a Adán: “,,,comerás el pan con el sudor de tu frente...”, lo que está diciéndole es que la tierra ya no va a estar sometida a él, ni los bienes materiales. Sino que él quedará sometido a ellos. Entonces el pecado viene a romper totalmente este orden que originalmente estaba presente en el matrimonio. Es así, que al leer la Biblia, nos damos cuenta de que existe un tremendo desorden en muchos campos dentro del matrimonio. Los judíos le preguntaron a Jesús si es lícito divorciarse y tomar otra esposa, y Él les responde que no, porque “...al principio Dios los hizo hombre y mujer y por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne...”. Lo que hace Jesucristo (y es precisamente nuestro punto de arranque), es volver a restituir la posibilidad de un amor auténtico, de un amor complementario, fecundo y dueño de las cosas de la creación en toda la tierra. Y esto, ¿qué tiene que ver con la vida matrimonial? Si ustedes se fijan, cuando USTEDES se casan, tienen planes, ideas, proyectos, ilusiones. Cuando empiezan a “rodar la carretita”, nos damos cuenta que las ruedas no son tan perfectas y que las “llantas” aparecen más de lo debido y que los “animales” que tiran de la carreta son bastante pesados, y que el caminito no jala como pensábamos que iba a jalar, y entonces empieza a generarse una “desarmonía” dentro del matrimonio. Incluso pasa una cosa muy curiosa: con el paso del tiempo, cosas que antes eran perfectamente tolerables al inicio, empiezan a ser intolerables. (Al principio, cuando tu marido roncaba, decías: “¡Ay mira qué curioso como ronca mi marido!”. Hoy las cosas han cambiado ligeramente y le pones la almohada encima). El punto importante es darnos cuenta que el camino de la vida matrimonial es un camino que a veces, en teoría, tendría que caminar muy armónico, como un reloj. Sin embargo, en la vida diaria se van generando ciertos desequilibrios que van rompiendo la comunión conyugal. Se pueden llegar a situaciones como las que nos hablaba el capítulo 3 del Génesis donde en lugar de haber equilibrio, hay dominio de él sobre ella, de ella sobre él (en el fondo da igual). La vida de familia se convierte en una carga, en un peso sobre uno y entonces vienen las fugas. Cuántas veces el marido se refugia en el trabajo (¡qué flojera llegar a la casa, ahí está mi mujer que me va a dar lata”). O la mujer en cosas como el gimnasio, con las amigas, las compras o la nada (“a ver cómo me escapo de la casa porque las paredes se me caen encima”). De pronto, la vida matrimonial es más importante por las cosas que tenemos, que por las personas que las vivimos. Entonces, la casa es “muy bonita” porque tiene cosas, no porque viven personas dentro de la casa; o “en casa estamos muy a gusto porque ya compramos...”. El punto importante aquí es que existe una solución a esta realidad, la posibilidad de que esto se arregle y se recomponga. He ahí la clave del Sacramento del Matrimonio. En el Sacramento del Matrimonio, como en otros sacramentos, hay elementos que nos hablan de una presencia especial. En el Bautismo, detrás del acto de “echar agüita” en la cabeza, está el hecho de que Dios se está uniendo al alma de ese niño. Hay una presencia real de Dios. En la Confesión, no es simplemente que digo mis pecados, me absuelven y quedo limpio; sino que existe la certeza de una presencia “limpiadora” (por así decirlo) de Dios en mi vida. El Sacramento del Matrimonio es, antes que nada, la certeza de una presencia de Dios. Los seres humanos podemos a veces decir: “será o no será que Dios está en mi vida”. Pero este sacramento nos da esa certeza. ¿Y esto, para qué sirve? Todo el tema del matrimonio es siempre una carga, es algo que se tiene que sacar adelante. Lo que ustedes se prometieron el día que se casaron, no es precisamente una cosa fácil: 1. “Yo te acepto a ti...” Esto es lo primero y no eras una monada precisamente (aunque en ese momento lo fueras, los años se han encargado de mostrar la real situación). Aceptar tu persona no es fácil, aceptar tu vida, tu pasado, tu futuro sobretodo. Aceptar... aceptarte...aceptar todo lo que tu seas, todo lo que tu tengas. Eso no es cosa fácil. ¿Se puede llevar a cabo? 2. “...Y prometo serte fiel...” Es una promesa muy seria. La promesa de la fidelidad, y todos lo sabemos, no es sencilla ni para el hombre, ni para la mujer. No es fácil. Porque hoy en día, hay una gran corriente que dice: ¿qué tiene de malo? ¿qué problema hay? ¿quién se entera?. Es más, cuántas veces sucede que nos quieren vender como moderno lo que es una deformación tremenda. Habrán escuchado con bastante frecuencia, todo este “rollo” del show de “Sólo para Mujeres”. Hace veinte años era simplemente impensable. Hoy es posible y hasta llena teatros, cines, gracias a que se ha ido metiendo en el corazón, en este caso de la mujer, el mismo pensamiento que tenía el hombre sobre el tema: “¿qué tiene de malo?...es arte...”. El problema es que ese pensamiento se va metiendo poco a poco y entonces, ese “prometo serte fiel” ya no es tan sencillo, no es tan fácil y se pone como entre corchetas, como entre paréntesis para ver si funciona o no. 3. “...En lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad...” Es decir, en todas las circunstancias materiales o personales que tengamos que atravesar. Y uno diría, el ser fiel en lo próspero no debería costar. Y yo diría, ¡quién sabe!. Cuántas veces la prosperidad material viene acompañada de muchos problemas conyugales. Por ejemplo: el marido puede decir, “no me reconocen, yo me mato, yo trabajo, yo me desvelo, yo me quedo calvo por ustedes...soy un papá económico nada más...”. Y lo que debería ser positivo por la prosperidad material, se convierte en un motivo de litigio. Para los hijos, nunca es “bastante” lo que el papá les da (“ya no sólo tenemos una tele, tenemos tres... ya tenemos DVD... y cómo es posible que todavía no tengamos el perrito “Poochie”...”). Es curioso que lo que debería servir para unirlos (un coche, casa, poder comer todos los días, salud, un buen colegio para los niños, etc.) es motivo de pleito. La prosperidad material puede acabar separando. Y también en lo adverso, porque cuando tenemos que empezar a “apretarnos el cinturón” prescindiendo de algunas cosas, nos olvidamos de aquel antiguo refrán: “Contigo, pan y cebolla”. O sea, “si contigo somos pobres, ¿qué problema hay? Si lo importante es estar contigo”. Y también en la adversidad social, humana, psicológica. La salud, la enfermedad, lo próspero, lo adverso, son situaciones donde el ser humano es probado. En ese momento se sabe de qué material está hecho. Y generalmente es de un material bastante endeble. Y el problema no es que descubramos que es endeble o frágil, sino, ¿qué hacemos con eso? Podemos decir, “es que soy de un temperamento fuerte, o flojo, o delicado, o simplón, o complicado”. Sin embargo, el ser como tú eres, no es el problema. Sino ¿qué hacer con esa forma tuya de ser?. Eso sí es el problema. Los discapacitados en el campo físico, han hecho un reto de lo que para muchos es un problema (el no tener manos, pies, vista), lo han hecho una posibilidad de superación personal. Esto lo entendemos muy bien en este campo. Pero en el campo interior, ¿cuáles son tus discapacidades?. Pueden ser psicológicas (“me cuesta el perdonar, el aceptar, el verme humillado, el comunicarme contigo...”). Y tienes dos opciones: sentarte a llorar tu discapacidad, o vencerla. ...En la salud, en la enfermedad, en lo próspero, en lo adverso... Todo esto en el fondo es un reto. Es un reto en el cual, nosotros como seres humanos, no estamos solos. Tenemos alguien que nos apoya. Es la gracia de Dios. 4. “...Y prometo amarte y respetarte todos los días de mi vida...” Prometer algo, no significa que lo tenga, no significa que no me cueste. A veces pensamos que el prometer amarte y respetarte, es un “easy going” (ahí nos vamos... siento bonito...). No, amarte y respetarte significa luchar, no contra otros, pero sí contra nosotros mismos. Amar y respetar es una decisión que nosotros tomamos. Tu y yo tomamos la decisión de amarnos. No es un bonito sentimiento, no es “porque me caes bien te respeto”, sino que YO DECIDO respetarte, igual que YO DECIDO amarte. Por eso cuando decimos “se me acabó el amor”, no es verdad: el amor no se acaba; lo que se te acabaron fueron tus decisiones. Es muy distinto. Lo que se acaba es el hecho de que yo decido seguirte amando. Aquí lo importante es: quiero decidirlo o no lo quiero decidir (“tú quieres a quien quieres y no quieres a quien no quieres”). Es como cuando dos personas no te hablaron para felicitarte en el día de tu santo. De una piensas: “...de seguro tuvo mucho trabajo y no pudo...”. Pero de la otra piensas: “...¡claro!, seguro que se le olvidó...” De una lo quisiste aceptar y de la otra no. ¿Cuántas cosas toleramos porque las queremos tolerar? Y ¿Cuántas cosas no toleramos porque no nos da la gana tolerar? En este punto, viene lo que algunos autores llaman la importancia en el matrimonio de generar una “ley de convergencia”, es decir, de crear un esfuerzo en uno y en otro de querer converger. Es un esfuerzo de querer seguir haciendo las cosas. Ese es el amor. El amor no es la “calentura emocional” que yo siento cuando veo a alguien enfrente. Eso todavía no es amor. Me puede gustar esa persona, me puede atraer, pero ninguna de esas dos cosas es amor. Amor es entregarse, es don de mí. Pero, ¿de dónde saco yo fuerzas para seguir queriendo, para seguir teniendo los detalles que tenía, para seguirte siendo fiel, para seguirte respetando, para seguirte amando? ¿Qué pasa el día en que mi rencor se mete a mi voluntad? ¿Qué pasa el día en que mi sensibilidad se quiera sobreponer a mi inteligencia y racionalidad? Es ahí donde entra el sacramento. La gracia del sacramento es como un suplemento que te sostiene en los momentos en que sientes que tú ya no puedes. Obviamente que esto no es mágico, sino que tú tienes que prepararte para poder recibir la fuerza y la gracia que te va a ser necesaria. Cuando estás preparado, puedes recibir el don de Dios que te permite ser fuerte. (Precisamente este taller de Crecer en Familia surgió de esa necesidad de prepararse para ser mejores familias). Los retos van siendo cada vez más difíciles y las pruebas también van a venir. Pueden estar en los hijos, en el temperamento de ustedes mismos, en las dificultades del ambiente, en los problemas del país, etc. ¿Estoy listo o lista para enfrentarlas? ¿Estoy preparándome para que el día que tenga que enfrentarme a esa prueba, la gracia de Dios pueda derramarse sobre mí y pueda saltar ese obstáculo? A veces vivimos sin previsión de las pruebas o dificultades que podemos encontrar. A veces seguimos pensando que todo va a ser como hoy, que no va a haber ningún problema. ¿Cuál es tu fortaleza aparte de tu inteligencia y sagacidad para enfrentar esas pruebas? ¿Cómo mantener el vínculo matrimonial? No es fácil. Tengo que irme capacitando. Y esa capacitación me la da precisamente la gracia de Dios en el Sacramento del Matrimonio. El vínculo y la estabilidad matrimonial se sostendrán por la riqueza interior que yo tenga. Sería un error muy grande descuidar la riqueza interior. Por preocuparnos de la riqueza exterior, nos olvidamos de la interior y hasta nos hacemos “discapacitados” hacia ella. No ejercitamos la capacidad de enriquecerla, de practicarla. ¿Cuándo ha sido la última vez que dijiste “voy a trabajar en mi persona para que mi matrimonio vaya mejor”? Lo hacemos cuando estamos en crisis. No lo hacemos normalmente (¿diagnóstico o autopsia?). Como pareja, todos los días trabajen por crecer interiormente, según sus necesidades: si mi matrimonio necesita comunicación, ¿qué voy a hacer para mejorarla?. Espiritualidad, diálogo, dominio de la impaciencia, etc. Hay que elaborar un plan en el cual voy a trabajar en mi matrimonio. Y son siete grandes campos o líneas en los que todo matrimonio tendría que trabajar para que en esas capacidades esté presente la gracia de Dios: 1. Área de mi temperamento (mi psicología). 2. Área de la afectividad, emotividad y sexualidad. 3. Área de los hijos ¿Sé perfectamente lo que voy a hacer con mis hijos el próximo año y tengo un plan de trabajo con ellos, en cuanto a valores, diversiones, ambiente, etc.? 4. Área de la familia política. 5. Área del ambiente, amigos, amistades, diversiones. ¿Nos ayudan a nuestro plan de vida? 6. Área del dinero, de lo material. ¿Cuál es el manejo que como pareja vamos a hacer? 7. Área espiritual. Es fundamental que los dos crezcan espiritualmente. Es el eje de la vida de pareja. Una vez elaborado el plan de trabajo comentar: ¿Cómo nos puede ayudar en nuestro matrimonio el tener este plan de trabajo?
lunes, 15 de septiembre de 2008
6.1.- LA FAMILIA FUNDADA EN EL MATRIMONIO
La familia tiene su génesis en esta relación fundamental que es el matrimonio. Es el encuentro entre el hombre y la mujer lo que revela el poder de originar su propia familia. “La familia y la persona humana caminan indisolublemente unidas.
La familia, antes que lugar de íntima convivencia, antes que organismo nuclear de la sociedad, antes que ser una forma celular tributaria de un modelo socioeconómico, es la revelación al hombre de su propia identidad de hombre. Es el primero, el más específico, el más real y concreto encuentro humano del hombre.” El matrimonio, como la primera y más radical de las instituciones sociales humanas, tiene el poder de generar la vida, concibiéndola y albergándola dentro de una previa humanización de la dualidad sexual. La unión conyugal es así la gran articulación que nos prueba el nexo esencial entre matrimonio y familia. Esto es, la comunión conyugal actúa como núcleo amoroso previo del que surgen articulaciones de consanguinidad, paternidad, maternidad, filiación y fraternidad, constituyendo todo, un conjunto de única comunidad de vida y amor.
La entrega única, total y exclusiva de los esposos y su forma de amar incondicional (es un “te quiero a ti, sólo a ti y para siempre”), se permea a la familia, a sus amigos y finalmente a la sociedad. De ahí su importancia como esperanza para una sociedad más humanizada. ¿Por qué la familia? Tomás Melendo Granados Para querer más… ser mejor Hace algunos meses impartí una conferencia a un grupo de empresarios bastante selecto, bastante internacional… y bastante atípico. Tan atípico como para pedirme, justo como empresarios —lo único que los unía—, que les hablara del amor conyugal. Al terminar la exposición, un mexicano inició algo a caballo entre una pregunta y una reflexión pública: «Si no he entendido mal, la calidad del amor entre los esposos no se juega solo dentro del matrimonio. Quien quiera amar de veras tiene que esforzarse por mejorar en toda su vida».
Un sexto sentido me llevó a contener las ganas de responderle y a permanecer en silencio. Y, en efecto, prosiguió: «Solo si voy siendo mejor persona podré querer más a mi mujer, pues tendré mucho más que darle cada vez que me entregue a ella». Resistí de nuevo la tentación de intervenir… y añadió: «Presiento además que si no encamino ese perfeccionarme a la entrega, en el fondo lo estoy despilfarrando. Y me parece que eso constituye un claro deber: cuanto mejor voy siendo, más obligado estoy a darme a mi mujer y a mis hijos». El silencio se tornó más denso, acaso porque ni por él mismo ni por los que le estaban oyendo —todos volcados en cuerpo y alma en los negocios—, se atrevía a sacar la conclusión inevitable. Pero lo hizo: «Lo cual quiere decir que mi verdadera y más radical realización no la encuentro en la empresa, sino en mi familia».
Una inversión definitiva Audaz, además de agudo. Sabía lo que se estaba jugando y sabía de lo que hablaba: de la necesidad de instaurar una modificación profunda en el modo de entender y vivir las relaciones entre familia y persona (y, como consecuencia, muchas otras, como las propiamente laborales). Durante bastante tiempo, aunque no de manera exclusiva, la necesidad de la familia se ha explicado enfatizando la múltiple y clara precariedad del hombre. Por ejemplo, respecto a la mera supervivencia venía a decirse que, mientras la dotación instintiva permite a los animales manejarse desde muy pronto por sí mismos, el niño abandonado a sus propios recursos perecería inevitablemente. O se aducían razones psicológicas, como la ineludible conveniencia de superar la soledad, de distribuir las funciones en casa, el trabajo o los ámbitos del saber para lograr una mayor eficacia…
Siendo todo esto cierto, me parece que no alcanza el núcleo de la cuestión. Si desde antiguo se considera la persona como lo más perfecto que existe en la naturaleza (perfectissimum in tota natura); si hoy es difícil hablar del ser humano sin subrayar su dignidad y su grandeza… ¿no resulta extraño que los animales no necesiten familia, mientras que al hombre le sea imprescindible solo o principalmente en función de su «inferioridad» respecto a ellos? El cambio radical que pretendo subrayar con estas líneas es que toda persona requiere de la familia justamente en virtud de su eminencia o valía: de lo que en términos metafísicos podría llamarse su excedencia en el ser. Un-ser-para-el-amor Por eso la persona está llamada a darse; por eso puede definirse como principio (y término) de amor… siendo la entrega el acto en que ese amor culmina.
Las plantas y los animales, por su misma escasez de realidad, actúan de forma casi exclusiva para asegurarse la propia pervivencia y la de su especie. Porque gozan de poco ser, cabría decir, tienen que dirigir toda su actividad a conservarlo y protegerlo: se cierran en sí mismos o en su especie en cuanto suya. A la persona, por el contrario, justo por la nobleza que su condición implica, «le sobra ser». De ahí que su operación más propia, precisamente en cuanto persona, consista en darse, en amar. (Y de ahí que solo cuando ama en serio y se entrega sin tasa —«la medida del amor es amar sin medida»—, alcanza la felicidad).
La persona como regalo En esto tenía razón mi contertulio mexicano. Y también al unir esa exigencia de entrega con la familia. Porque para que alguien pueda darse es menester otra realidad capaz y dispuesta a recibirlo o, mejor, a aceptarlo libremente. Y «eso» sólo puede ser otro alguien, otra persona. A menudo explico que, a pesar de la conciencia que solemos tener de la propia pequeñez y de la ruindad de algunos de nuestros pensamientos y acciones, es tanta la grandeza de nuestra condición de personas que nada resulta digno de sernos regalado… excepto otra persona. Cualquier otra realidad, incluso el trabajo o la obra de arte más excelsa, se demuestra escasa para acoger la sublimidad ligada a la condición personal: ni puede ser «vehículo» de mi persona, ni está a la altura de aquella a la que pretendo entregarme. De ahí que, con total independencia de su valor material, el regalo sólo cumple su cometido en la medida en que yo me comprometo —me «integro»— en él. («¿Regalo, don, entrega? / Símbolo puro, signo / de que me quiero dar», escribió magistralmente Salinas).
Pero decía que, además de ser capaz, la otra persona tiene que estar dispuesta a acogerme de manera incondicional: de lo contrario, mi entrega quedaría en mera ilusión, en una especie de aborto. Si nadie me acepta, por más que me empeñe, resulta imposible entregarme (actio est in passo, podría afirmarse tras las huellas de Aristóteles: la acción de la entrega «está» —se cumple o actualiza— en la medida en que el otro me acepta gustoso).
El porqué de la familia, pues bien, el ámbito natural donde se acoge al ser humano sin reservas, por el mero hecho de ser persona, es justo la familia. En cualquier otra institución —en una empresa, pongo por caso— resulta legítimo, y a menudo necesario, que se tengan en cuenta determinadas cualidades o aptitudes, sin que al rechazarme por carecer de ellas se lesione en modo alguno mi dignidad (el igualitarismo que hoy intenta imponerse para «evitar la discriminación» sería aquí lo radicalmente injusto).
Por el contrario, una familia genuina acepta a cada uno de sus miembros teniendo en cuenta, sí, su condición de persona, como el resto de las instituciones (de ahí el famoso precepto kantiano); y además… su condición de persona. Y basta. Y, al acogerlos, les permite entregarse y cumplirse como personas. Por eso cabe afirmar que sin familia no puede haber persona o, al menos, persona cumplida, llevada a plenitud. Y ello, según acabo de sugerir, no primariamente a causa de carencia alguna, sino al contrario, en virtud de la propia excedencia, que «nos obliga» a entregarnos… o quedar frustrados, por no llevar a término lo que demanda nuestra naturaleza, nuestro ser.
Estimo que esta inversión de perspectivas (que no niega la verdad del punto de vista complementario), tiene abundantes repercusiones. Por ejemplo, en el ámbito doméstico, explica que la familia no sea una institución «inventada» para los débiles y desvalidos (niños, enfermos, ancianos…); sino que, al contrario, cuanto más perfección alcanza un ser humano, cuanto más maduro es el padre o la madre, más precisa de su familia, justamente para crecer como persona, dándose y siendo aceptado: amando… con la guardia baja, sin necesidad de «demostrar» nada para ser querido. Una buena teoría… para una vida buena-
Por otra parte, esta forma de comprender a la persona repercute en el modo de legislar, en la política, en el trabajo… Solo si se tiene en cuenta la grandeza impresionante del ser humano podrán establecerse las condiciones para que se desarrolle adecuadamente… y sea feliz.
A menudo se oye que el problema del hombre de hoy es el orgullo de querer ser como Dios. No lo niego. Pero estimo que es más honda la afirmación opuesta: el gran handicap del hombre contemporáneo es la falta de conciencia de su propia valía, que le lleva a tratarse y tratar a los otros de una manera bufa y absurdamente infrahumana. Schelling afirmaba que «el hombre se torna más grande en la medida en que se conoce a sí mismo y a su propia fuerza». Y añadía: «Proveed al hombre de la conciencia de lo que efectivamente es y aprenderá enseguida a ser lo que debe; respetadlo teóricamente y el respeto práctico será una consecuencia inmediata». Para concluir: «el hombre debe ser bueno teóricamente para devenirlo también en la práctica». ¿Exageración de un joven escritor? Estimo que no, si el conocer lo entendemos adecuadamente, de modo que algo no llega a saberse (simplemente a saberse) hasta que uno lo hace vida de la propia vida. En lo estrictamente humano, como quería de nuevo Aristóteles, la teoría —¡encaminada al amor!— ostenta una prioridad absoluta. «Mini-personas»… que ni conocen ni aman Ahora bien, el modelo que rige buena parte de las Constituciones de los países «desarrollados» de nuestro entorno resulta a menudo una suerte de mini-hombre, de persona reducida, casi contrahecha.
Quiero decir que, con más frecuencia de la deseada, al hombre de hoy se le niegan —teórica y vitalmente: en la legislación y en la estructura social— justo las características que definen la grandeza de su humanidad; por ejemplo, la capacidad de conocer, de manera siempre imperfecta, pero real.
Desde tal punto de vista, una democracia auténtica tendría como base, junto con el reconocimiento de la limitación del entendimiento humano, y mucho más fuerte que él, la convicción de que la realidad es cognoscible. Por eso estaría basada en el diálogo auténtico, genuino, de unos ciudadanos persuadidos de que con la suma de las aportaciones de muchos podrán llegar a descubrir lo que cada realidad efectivamente es y, por tanto, el comportamiento que reclama.
Por el contrario, bastantes democracias actuales parecen basarse en un relativismo escéptico: en la casi contradictoria convicción de que la realidad no puede conocerse y, como consecuencia, en la apelación al simple número y, con él, —mientras no se corrija el planteamiento, que puede y debe corregirse— en el más tiránico y sutil de los totalitarismos. ¿Otros ejemplos de lo que acabo de calificar como modelo «constitucional» de mini-persona?
Apenas se concibe que el hombre actual pueda amar a fondo, con un compromiso de por vida, jugándose a cara o cruz, a una sola carta, como Marañón expusiera, el porvenir del propio corazón (de ahí el avance de la admisión legal del divorcio, que impide casarse de por vida); o que sea capaz de dar sentido al dolor, no por masoquismo, sino porque el sufrimiento es parte integrante de la vida del hombre, y, cuando se rechaza visceral y obsesivamente, junto con él se suprime la propia vida humana, cuyo núcleo más noble lo constituye la capacidad de amar… (en el estado actual, el sufrimiento es parte ineludible del amor: negado a ultranza el «derecho» a padecer, se invalida simultáneamente la posibilidad de amar de veras).
Conclusión Lo que acabo de apuntar refuerza tres de mis más arraigadas convicciones.
a) La primera, una fe absoluta en el ser humano, en su capacidad de rectificar el rumbo y superarse a sí mismo. No debe confundirse el diagnóstico con la terapia.
Como la filosofía, el diagnóstico no es nunca optimista o pesimista, ni debería ser interesante o despreciable o lucrativo o desdeñable… sino solo verdadero o falso. ¡Qué daños traería consigo el «optimismo» que lleva a diagnosticar y tratar como simple cefalea un tumor cerebral maligno!
b) En segundo término, que el hombre actual necesita advertir su propia excelsitud para actuar de acuerdo con ella… y alcanzar la propia perfección y la dicha consiguiente.
c) Por fin, que el «lugar natural» para «aprender a ser persona», el único verdaderamente imprescindible y suficiente, es la familia. No solo el niño, sino el adolescente que aparenta negarlo, el joven ante el que se abre un abanico de posibilidades deslumbrante, el adulto en plenitud de facultades, el anciano que parece declinar…, todos ellos forjan y rehacen su índole personal, día tras día, en el seno del propio hogar. Y, así templados y reconstituidos, son capaces de darle la vuelta al mundo, de humanizarlo. Por eso la familia.
Comenarios al autor tmelendo@masterenfamilias.com --- Nuestras responsabilidades Que el modelo a seguir sea el de la estabilidad de la familia de padre y madre con sus hijos, y si es posible, con una cadena de abuelos, tíos y primos, extendiendo una red de amor mutuo.
Que sea el ambiente natural y mejor para la formación saludable y para el buen funcionamiento de las personalidades humanas y sus relaciones familiares; donde se aprenda naturalmente el amor de la existencia humana, que sirve a otros y a Dios.
¿Qué podemos hacer para proteger a la familia? Debemos reconocer y asumir los siguientes compromisos:
1. El primer compromiso es el matrimonio por sí mismo. Los cónyuges debemos asumir nuevamente el deseo de dedicarnos el uno al otro, promover la fidelidad marital y la apertura a la vida.
2. La familia requiere de un compromiso mutuo. Es importante que reflexionemos sobre ello para poder encontrar así el tiempo necesario que permita a la familia estar juntos, comunicarse entre sí, confiar mutuamente, orar juntos, etc.
3. La familia es el santuario de la vida. En este sentido el compromiso se dirige a la protección y proyección de la vida desde el momento de la concepción, complementándolo con una paternidad responsable. Consulta para este tema ¿Cuáles son tus graves razones? de Lucrecia Rego de Planas
4. El compromiso de elegir el tipo de educación que consideren oportuna para sus hijos, rechazando la imposición de ideologías, de programas, modelos o métodos que despojan a los padres del derecho que tienen de ser agentes de educación de los hijos. Por ejemplo, en el campo de la sexualidad, en el que el hogar es primeramente el lugar donde se enseña el testimonio de amor y el proyecto de vida, y no es meramente biología pura como en los libros de texto gratuitos donde se maneja el concepto de género.
5. El compromiso de lograr que la familia sea un campo donde se de la satisfacción de necesidades vitales, trato personal; que sea una escuela de virtudes, una escuela de sociabilización.
6. Es compromiso de los matrimonios dar un buen ejemplo, amor incondicionalmente, ejercer la autoridad, lograr la comunicación interpersonal, saber motivar. Todos podemos hacer algo para que la familia sea lo que puede ser, lo que está llamada a ser. Con familias sanas el mundo se hace grande y hermoso.
Pero, sobre todo, con familias sanas cada uno se siente seguro, respetado, amado por aquellos que viven a su lado. Lo cual es siempre la mejor manera de comprometernos para ayudar y amar también a los que no son de la propia familia, y que también necesitan recibir el testimonio y el apoyo de quienes saben lo hermoso que es vivir enamorados en familia.
La familia, antes que lugar de íntima convivencia, antes que organismo nuclear de la sociedad, antes que ser una forma celular tributaria de un modelo socioeconómico, es la revelación al hombre de su propia identidad de hombre. Es el primero, el más específico, el más real y concreto encuentro humano del hombre.” El matrimonio, como la primera y más radical de las instituciones sociales humanas, tiene el poder de generar la vida, concibiéndola y albergándola dentro de una previa humanización de la dualidad sexual. La unión conyugal es así la gran articulación que nos prueba el nexo esencial entre matrimonio y familia. Esto es, la comunión conyugal actúa como núcleo amoroso previo del que surgen articulaciones de consanguinidad, paternidad, maternidad, filiación y fraternidad, constituyendo todo, un conjunto de única comunidad de vida y amor.
La entrega única, total y exclusiva de los esposos y su forma de amar incondicional (es un “te quiero a ti, sólo a ti y para siempre”), se permea a la familia, a sus amigos y finalmente a la sociedad. De ahí su importancia como esperanza para una sociedad más humanizada. ¿Por qué la familia? Tomás Melendo Granados Para querer más… ser mejor Hace algunos meses impartí una conferencia a un grupo de empresarios bastante selecto, bastante internacional… y bastante atípico. Tan atípico como para pedirme, justo como empresarios —lo único que los unía—, que les hablara del amor conyugal. Al terminar la exposición, un mexicano inició algo a caballo entre una pregunta y una reflexión pública: «Si no he entendido mal, la calidad del amor entre los esposos no se juega solo dentro del matrimonio. Quien quiera amar de veras tiene que esforzarse por mejorar en toda su vida».
Un sexto sentido me llevó a contener las ganas de responderle y a permanecer en silencio. Y, en efecto, prosiguió: «Solo si voy siendo mejor persona podré querer más a mi mujer, pues tendré mucho más que darle cada vez que me entregue a ella». Resistí de nuevo la tentación de intervenir… y añadió: «Presiento además que si no encamino ese perfeccionarme a la entrega, en el fondo lo estoy despilfarrando. Y me parece que eso constituye un claro deber: cuanto mejor voy siendo, más obligado estoy a darme a mi mujer y a mis hijos». El silencio se tornó más denso, acaso porque ni por él mismo ni por los que le estaban oyendo —todos volcados en cuerpo y alma en los negocios—, se atrevía a sacar la conclusión inevitable. Pero lo hizo: «Lo cual quiere decir que mi verdadera y más radical realización no la encuentro en la empresa, sino en mi familia».
Una inversión definitiva Audaz, además de agudo. Sabía lo que se estaba jugando y sabía de lo que hablaba: de la necesidad de instaurar una modificación profunda en el modo de entender y vivir las relaciones entre familia y persona (y, como consecuencia, muchas otras, como las propiamente laborales). Durante bastante tiempo, aunque no de manera exclusiva, la necesidad de la familia se ha explicado enfatizando la múltiple y clara precariedad del hombre. Por ejemplo, respecto a la mera supervivencia venía a decirse que, mientras la dotación instintiva permite a los animales manejarse desde muy pronto por sí mismos, el niño abandonado a sus propios recursos perecería inevitablemente. O se aducían razones psicológicas, como la ineludible conveniencia de superar la soledad, de distribuir las funciones en casa, el trabajo o los ámbitos del saber para lograr una mayor eficacia…
Siendo todo esto cierto, me parece que no alcanza el núcleo de la cuestión. Si desde antiguo se considera la persona como lo más perfecto que existe en la naturaleza (perfectissimum in tota natura); si hoy es difícil hablar del ser humano sin subrayar su dignidad y su grandeza… ¿no resulta extraño que los animales no necesiten familia, mientras que al hombre le sea imprescindible solo o principalmente en función de su «inferioridad» respecto a ellos? El cambio radical que pretendo subrayar con estas líneas es que toda persona requiere de la familia justamente en virtud de su eminencia o valía: de lo que en términos metafísicos podría llamarse su excedencia en el ser. Un-ser-para-el-amor Por eso la persona está llamada a darse; por eso puede definirse como principio (y término) de amor… siendo la entrega el acto en que ese amor culmina.
Las plantas y los animales, por su misma escasez de realidad, actúan de forma casi exclusiva para asegurarse la propia pervivencia y la de su especie. Porque gozan de poco ser, cabría decir, tienen que dirigir toda su actividad a conservarlo y protegerlo: se cierran en sí mismos o en su especie en cuanto suya. A la persona, por el contrario, justo por la nobleza que su condición implica, «le sobra ser». De ahí que su operación más propia, precisamente en cuanto persona, consista en darse, en amar. (Y de ahí que solo cuando ama en serio y se entrega sin tasa —«la medida del amor es amar sin medida»—, alcanza la felicidad).
La persona como regalo En esto tenía razón mi contertulio mexicano. Y también al unir esa exigencia de entrega con la familia. Porque para que alguien pueda darse es menester otra realidad capaz y dispuesta a recibirlo o, mejor, a aceptarlo libremente. Y «eso» sólo puede ser otro alguien, otra persona. A menudo explico que, a pesar de la conciencia que solemos tener de la propia pequeñez y de la ruindad de algunos de nuestros pensamientos y acciones, es tanta la grandeza de nuestra condición de personas que nada resulta digno de sernos regalado… excepto otra persona. Cualquier otra realidad, incluso el trabajo o la obra de arte más excelsa, se demuestra escasa para acoger la sublimidad ligada a la condición personal: ni puede ser «vehículo» de mi persona, ni está a la altura de aquella a la que pretendo entregarme. De ahí que, con total independencia de su valor material, el regalo sólo cumple su cometido en la medida en que yo me comprometo —me «integro»— en él. («¿Regalo, don, entrega? / Símbolo puro, signo / de que me quiero dar», escribió magistralmente Salinas).
Pero decía que, además de ser capaz, la otra persona tiene que estar dispuesta a acogerme de manera incondicional: de lo contrario, mi entrega quedaría en mera ilusión, en una especie de aborto. Si nadie me acepta, por más que me empeñe, resulta imposible entregarme (actio est in passo, podría afirmarse tras las huellas de Aristóteles: la acción de la entrega «está» —se cumple o actualiza— en la medida en que el otro me acepta gustoso).
El porqué de la familia, pues bien, el ámbito natural donde se acoge al ser humano sin reservas, por el mero hecho de ser persona, es justo la familia. En cualquier otra institución —en una empresa, pongo por caso— resulta legítimo, y a menudo necesario, que se tengan en cuenta determinadas cualidades o aptitudes, sin que al rechazarme por carecer de ellas se lesione en modo alguno mi dignidad (el igualitarismo que hoy intenta imponerse para «evitar la discriminación» sería aquí lo radicalmente injusto).
Por el contrario, una familia genuina acepta a cada uno de sus miembros teniendo en cuenta, sí, su condición de persona, como el resto de las instituciones (de ahí el famoso precepto kantiano); y además… su condición de persona. Y basta. Y, al acogerlos, les permite entregarse y cumplirse como personas. Por eso cabe afirmar que sin familia no puede haber persona o, al menos, persona cumplida, llevada a plenitud. Y ello, según acabo de sugerir, no primariamente a causa de carencia alguna, sino al contrario, en virtud de la propia excedencia, que «nos obliga» a entregarnos… o quedar frustrados, por no llevar a término lo que demanda nuestra naturaleza, nuestro ser.
Estimo que esta inversión de perspectivas (que no niega la verdad del punto de vista complementario), tiene abundantes repercusiones. Por ejemplo, en el ámbito doméstico, explica que la familia no sea una institución «inventada» para los débiles y desvalidos (niños, enfermos, ancianos…); sino que, al contrario, cuanto más perfección alcanza un ser humano, cuanto más maduro es el padre o la madre, más precisa de su familia, justamente para crecer como persona, dándose y siendo aceptado: amando… con la guardia baja, sin necesidad de «demostrar» nada para ser querido. Una buena teoría… para una vida buena-
Por otra parte, esta forma de comprender a la persona repercute en el modo de legislar, en la política, en el trabajo… Solo si se tiene en cuenta la grandeza impresionante del ser humano podrán establecerse las condiciones para que se desarrolle adecuadamente… y sea feliz.
A menudo se oye que el problema del hombre de hoy es el orgullo de querer ser como Dios. No lo niego. Pero estimo que es más honda la afirmación opuesta: el gran handicap del hombre contemporáneo es la falta de conciencia de su propia valía, que le lleva a tratarse y tratar a los otros de una manera bufa y absurdamente infrahumana. Schelling afirmaba que «el hombre se torna más grande en la medida en que se conoce a sí mismo y a su propia fuerza». Y añadía: «Proveed al hombre de la conciencia de lo que efectivamente es y aprenderá enseguida a ser lo que debe; respetadlo teóricamente y el respeto práctico será una consecuencia inmediata». Para concluir: «el hombre debe ser bueno teóricamente para devenirlo también en la práctica». ¿Exageración de un joven escritor? Estimo que no, si el conocer lo entendemos adecuadamente, de modo que algo no llega a saberse (simplemente a saberse) hasta que uno lo hace vida de la propia vida. En lo estrictamente humano, como quería de nuevo Aristóteles, la teoría —¡encaminada al amor!— ostenta una prioridad absoluta. «Mini-personas»… que ni conocen ni aman Ahora bien, el modelo que rige buena parte de las Constituciones de los países «desarrollados» de nuestro entorno resulta a menudo una suerte de mini-hombre, de persona reducida, casi contrahecha.
Quiero decir que, con más frecuencia de la deseada, al hombre de hoy se le niegan —teórica y vitalmente: en la legislación y en la estructura social— justo las características que definen la grandeza de su humanidad; por ejemplo, la capacidad de conocer, de manera siempre imperfecta, pero real.
Desde tal punto de vista, una democracia auténtica tendría como base, junto con el reconocimiento de la limitación del entendimiento humano, y mucho más fuerte que él, la convicción de que la realidad es cognoscible. Por eso estaría basada en el diálogo auténtico, genuino, de unos ciudadanos persuadidos de que con la suma de las aportaciones de muchos podrán llegar a descubrir lo que cada realidad efectivamente es y, por tanto, el comportamiento que reclama.
Por el contrario, bastantes democracias actuales parecen basarse en un relativismo escéptico: en la casi contradictoria convicción de que la realidad no puede conocerse y, como consecuencia, en la apelación al simple número y, con él, —mientras no se corrija el planteamiento, que puede y debe corregirse— en el más tiránico y sutil de los totalitarismos. ¿Otros ejemplos de lo que acabo de calificar como modelo «constitucional» de mini-persona?
Apenas se concibe que el hombre actual pueda amar a fondo, con un compromiso de por vida, jugándose a cara o cruz, a una sola carta, como Marañón expusiera, el porvenir del propio corazón (de ahí el avance de la admisión legal del divorcio, que impide casarse de por vida); o que sea capaz de dar sentido al dolor, no por masoquismo, sino porque el sufrimiento es parte integrante de la vida del hombre, y, cuando se rechaza visceral y obsesivamente, junto con él se suprime la propia vida humana, cuyo núcleo más noble lo constituye la capacidad de amar… (en el estado actual, el sufrimiento es parte ineludible del amor: negado a ultranza el «derecho» a padecer, se invalida simultáneamente la posibilidad de amar de veras).
Conclusión Lo que acabo de apuntar refuerza tres de mis más arraigadas convicciones.
a) La primera, una fe absoluta en el ser humano, en su capacidad de rectificar el rumbo y superarse a sí mismo. No debe confundirse el diagnóstico con la terapia.
Como la filosofía, el diagnóstico no es nunca optimista o pesimista, ni debería ser interesante o despreciable o lucrativo o desdeñable… sino solo verdadero o falso. ¡Qué daños traería consigo el «optimismo» que lleva a diagnosticar y tratar como simple cefalea un tumor cerebral maligno!
b) En segundo término, que el hombre actual necesita advertir su propia excelsitud para actuar de acuerdo con ella… y alcanzar la propia perfección y la dicha consiguiente.
c) Por fin, que el «lugar natural» para «aprender a ser persona», el único verdaderamente imprescindible y suficiente, es la familia. No solo el niño, sino el adolescente que aparenta negarlo, el joven ante el que se abre un abanico de posibilidades deslumbrante, el adulto en plenitud de facultades, el anciano que parece declinar…, todos ellos forjan y rehacen su índole personal, día tras día, en el seno del propio hogar. Y, así templados y reconstituidos, son capaces de darle la vuelta al mundo, de humanizarlo. Por eso la familia.
Comenarios al autor tmelendo@masterenfamilias.com --- Nuestras responsabilidades Que el modelo a seguir sea el de la estabilidad de la familia de padre y madre con sus hijos, y si es posible, con una cadena de abuelos, tíos y primos, extendiendo una red de amor mutuo.
Que sea el ambiente natural y mejor para la formación saludable y para el buen funcionamiento de las personalidades humanas y sus relaciones familiares; donde se aprenda naturalmente el amor de la existencia humana, que sirve a otros y a Dios.
¿Qué podemos hacer para proteger a la familia? Debemos reconocer y asumir los siguientes compromisos:
1. El primer compromiso es el matrimonio por sí mismo. Los cónyuges debemos asumir nuevamente el deseo de dedicarnos el uno al otro, promover la fidelidad marital y la apertura a la vida.
2. La familia requiere de un compromiso mutuo. Es importante que reflexionemos sobre ello para poder encontrar así el tiempo necesario que permita a la familia estar juntos, comunicarse entre sí, confiar mutuamente, orar juntos, etc.
3. La familia es el santuario de la vida. En este sentido el compromiso se dirige a la protección y proyección de la vida desde el momento de la concepción, complementándolo con una paternidad responsable. Consulta para este tema ¿Cuáles son tus graves razones? de Lucrecia Rego de Planas
4. El compromiso de elegir el tipo de educación que consideren oportuna para sus hijos, rechazando la imposición de ideologías, de programas, modelos o métodos que despojan a los padres del derecho que tienen de ser agentes de educación de los hijos. Por ejemplo, en el campo de la sexualidad, en el que el hogar es primeramente el lugar donde se enseña el testimonio de amor y el proyecto de vida, y no es meramente biología pura como en los libros de texto gratuitos donde se maneja el concepto de género.
5. El compromiso de lograr que la familia sea un campo donde se de la satisfacción de necesidades vitales, trato personal; que sea una escuela de virtudes, una escuela de sociabilización.
6. Es compromiso de los matrimonios dar un buen ejemplo, amor incondicionalmente, ejercer la autoridad, lograr la comunicación interpersonal, saber motivar. Todos podemos hacer algo para que la familia sea lo que puede ser, lo que está llamada a ser. Con familias sanas el mundo se hace grande y hermoso.
Pero, sobre todo, con familias sanas cada uno se siente seguro, respetado, amado por aquellos que viven a su lado. Lo cual es siempre la mejor manera de comprometernos para ayudar y amar también a los que no son de la propia familia, y que también necesitan recibir el testimonio y el apoyo de quienes saben lo hermoso que es vivir enamorados en familia.
domingo, 14 de septiembre de 2008
6.1.- ¿QUE ES LA FAMILIA?
Es preciso definir el núcleo de la existencia familiar, pues es el punto en el que habremos de incidir para elevar el nivel y la eficacia de las actividades de cualquier familia que aspire a ser lo que por esencia le corresponde.
En principio, determinar la sustancia y el objetivo de la institución familiar no parece complejo. Juan Pablo II los ha señalado con insistencia y claridad: «En una perspectiva que además llega a las raíces mismas de la realidad, hay que decir que la esencia y el cometido de la familia son definidos en última instancia por el amor. Por esto la familia recibe la misión de custodiar, revelar y comunicar el amor». El amor, por tanto, define y fundamenta la institución familiar; y el amor en su acepción más noble: de amistad o benevolencia. Pero, ¿entre quiénes? EL NÚCLEO PRIMORDIAL Primero los padres. Es frecuente que los padres no sientan la necesidad de formarse mejor hasta que alguno de los hijos plantea dificultades que los superan.
Acuden entonces al centro educativo para hablar con el preceptor o se inscriben en un curso de orientación familiar. El «problema», por decirlo con dramatismo, es el hijo.
Aquí, los cónyuges deben comprender que toda su actividad paterna resultará inútil hasta que, en el seno de la familia, no dirijan su mirada e influjo renovador hacia ellos mismos: son los padres quienes deben cambiar en primer término para provocar un perfeccionamiento en sus hijos. Cualquier progreso en la vida familiar es fruto de una modificación en la vida de los cónyuges, que se implican más, y más decididamente, en el seno del propio hogar. Sin ese radical compromiso, todo resulta inútil.
La familia es insustituible para la maduración y existencia de la persona en cada uno de sus niveles de desarrollo: desde la indigencia absoluta del recién concebido, pasando por la inseguridad y las dudas del niño o el adolescente, hasta la aparente firmeza autónoma del adulto, la plenitud del hombre y la mujer, y la fecunda pero frágil riqueza del anciano.
Desde este punto de vista, es imprescindible indicar a los padres que la familia es necesaria, no sólo para que sus hijos se perfeccionen; sino también, ¡y antes!, para que ellos —el padre y la madre—se santifiquen como personas (que es el objetivo terminal de cualquier existencia humana, sin cuyo logro no alcanza sentido).
La idea de la familia-refugio ha ocupado un papel preeminente en la sociedad occidental desarrollada: el ámbito familiar resultaría indispensable como remedio para la debilidad del ser humano y justo en la proporción en que sus miembros se encuentran necesitados de protección y apoyo. Pero esto, que no carece de verdad, no es lo más serio que puede afirmarse de la familia.
El hecho de que el Dios creador del Universo se nos haya revelado como familia, da una certera pista a la hora de ponderar las relaciones entre familia y persona. Si la Trinidad personal de Dios, en quien no falta ninguna perfección, «tiene que» constituirse como familia, queda claro que ésta no deriva de indigencia alguna, sino, al contrario, de la plenitud del ser personal que, por naturaleza, está llamado al don, a la entrega, y requiere un hábitat adecuado para poder ofrendarse. Análogamente, la persona humana está más llamada a entregarse conforme más se plenifica. Por eso, cuanto más perfecta es una persona, tanto más necesita de la familia como el ámbito en el que, sin reservas ni trabas, puede dar y darse. Por encima de todo, la familia.
Respecto a semejantes verdades, la orientación de Juan Pablo II no puede ser más diáfana: «El hombre, por encima de toda actividad intelectual o social por alta que sea, encuentra su desarrollo pleno, su realización integral, su riqueza insustituible en la familia. Aquí, realmente, más que en cualquier otro campo de su vida, se juega el destino del hombre».
Los padres pueden fácilmente caer en la cuenta de que equivocan el rumbo cuando —aun con la mejor de las voluntades— descuidan la atención directa e inmediata a los demás miembros de su familia, para dedicarse a otros menesteres, profesionales o sociales, en los que incluso alcanzan éxito absoluto. Porque ese triunfo no es capaz de ahogar la desazón íntima que les asalta siempre, en los momentos más humanos, por desatender el círculo familiar, en el que habrían de encontrar «su realización integral, su riqueza insustituible». Además de desatender al cónyuge, delegará en él la educación de los hijos o, cuando el otro consorte busque su propia realización fuera de casa, los encomendará a otras instituciones —colegio, club juvenil—, cuya misión es subsidiaria respecto a la de los padres y cuyo influjo eficaz en los chicos se torna limitado y epidérmico.
Los padres deben ver con claridad que la familia resulta imprescindible para el íntegro desarrollo de sus hijos, porque en primer término lo es también para él o ella como cónyuge y como padre o madre. Un padre insatisfecho por no desarrollarse en plenitud dentro de su propio hogar, no puede aportar auténtica vida ni apoyo sólido a sus hijos, que en ese hogar encuentran también la principal palestra para su robustecimiento personal y la base ineludible para el despliegue enriquecedor en cualquier otra esfera de su vivir. AMOR QUE SE DESBORDA.
. Centremos ahora nuestra atención en la necesidad que el padre y la madre tienen de la familia en función del crecimiento y la mejora de sus hijos. Con otras palabras: para cumplir sus deberes paternos, los componentes de un matrimonio no han de dirigir en primer lugar su atención hacia los hijos, sino hacia el otro cónyuge. Y la razón es muy simple: la primera —y casi única— cosa que un hijo necesita para ser educado es que sus padres se quieran entre sí. Se trata de una idea desarrollada con brillante sencillez por Carlos Llano: como la educación de los hijos no es sino la más genuina expresión del amor paterno, y como este amor no puede ser, a su vez, sino el despliegue del cariño entre los esposos, el que los cónyuges se amen de veras constituye la clave esencial, y casi el todo, de su misión dentro de la familia.
La marcha de la familia, en cada uno de sus componentes, está definida, casi completamente, por el amor que se ofrenden los padres. La calidad del amor familiar —del paterno-filial y del fraterno— está determinada por las características y la categoría del hábitat que origina el cariño de los cónyuges. Fuera de ese ambiente es muy difícil, si no imposible, que un muchacho se desarrolle pertinentemente.
Y el centro escolar o el club juvenil, a duras penas colmarán el déficit causado por el vacío de amor de los padres. Dentro de este contexto, me parecen concluyentes y luminosas las convicciones expresadas por Ugo Borghello: «Cuando se trae a un hijo al mundo, se contrae la obligación de hacerlo feliz. Para lograrlo […] existe sobre todo el deber de hacer feliz al cónyuge, incluso con todos sus defectos.
Para ser felices, los hijos necesitan ver felices a sus padres. El hijo no es feliz cuando se lo inunda de caricias o de regalos, sino sólo cuando puede participar en el amor dichoso de los padres. Si la madre está peleada con el padre, aun cuando luego cubra de arrumacos a su hijo, éste experimentará una herida profunda: lo que quiere es participar en la familia, en el amor de los padres entre sí. En consecuencia, engendrar un hijo equivale a comprometerse a hacer feliz al cónyuge».
El derecho esencial de los hijos Como consecuencia de ese querer recíproco, y apoyados en él, los padres podrán enderezar un afecto profundo y vigoroso hacia cada uno de los hijos. ¿Cuáles han de ser las características de tal amor? De acuerdo con la ya clásica descripción aristotélica, se ama a una persona cuando se procura y se le ofrenda lo que es realmente bueno para ella. No lo que viene a suplir la falta de auténtica dedicación al ser querido, sino lo que efectivamente lo hace crecer, lo mejora, lo perfecciona. A este amor nuestros hijos tienen un derecho absoluto. Pero no tienen derecho, porque implicaría una falsificación del genuino cariño, ni al premio desmesurado por las buenas calificaciones, ni a la paga desmedida, ni a la moto o al coche cuando todavía no son responsables en otros ámbitos de su existencia, etcétera. Porque a lo único que éstos tienen derecho es ¡a nuestra propia persona! O, si se prefiere, a lo más personal de nosotros: a nuestro tiempo, dedicación, interés, a nuestro consejo, a nuestro diálogo, al ejercicio razonado de nuestra autoridad, a la fortaleza para no flaquear cuando —por obligación inderogable— hemos de hacerles sufrir para provocar su maduración, a nuestra intimidad personal, a introducirse efectivamente en nuestras vidas...
Una hija que va creciendo —por ejemplo—, tiene derecho a que su padre le dé a conocer a su madre como mujer, a través de sus ojos de marido enamorado. Lo cual alimentará el cariño y la admiración de la joven por la madre, la confianza entre padre e hija; y también la preparará para su vida de relación con los chicos y su posible futuro como esposa y madre. De igual forma, desde muy pronto y más conforme pasan los años, los hijos severán enriquecidos cuando los hagamos partícipes de nuestros problemas personales no sólo en la medida en que estén capacitados para conocerlos, sino cuando sinceramente les pidamos su opinión y consejo.
Esta rigurosa relación interpersonal, en la que, por expresarlo de algún modo, «bajamos la guardia», les es asimismo debida en justicia, por cuanto resulta imprescindible para su crecimiento eficaz.
Todo lo que sea «intercambiar» esa entrega comprometida por regalos o concesiones irresponsables, equivale, en el sentido más fuerte y literal de la expresión, a comprar a nuestros hijos y, como consecuencia, a prostituirlos, tratándolos como cosas y no como personas.
Esto, dicho sea de paso, destruye cualquier ambiente familiar, porque la lógica del «intercambio», del do ut des mercantilista e interesado, es lo más opuesto a la gratuidad del amor que debe imperar en el hogar.
Confiar sin fingimientos Lo que el cariño hacia los hijos exige es que nos pongamos personalmente en juego, que estemos dispuestos a sufrir para poder amar y cumplir el cometido esencial que por naturaleza nos corresponde. Son muchísimas las personas que aseguran en la teoría y en la práctica esta ley fundamental: en la actual condición del ser humano, el sufrimiento, el dolor, es un medio imprescindible para purificar nuestro amor.
Tenemos un ejemplo paradigmático en Jesucristo. Baste con añadir estas palabras de Juan Pablo II: «En la intención divina los sufrimientos están destinados a favorecer el crecimiento del amor y, por esto, a ennoblecer y enriquecer la existencia humana. El sufrimiento nunca es enviado por Dios con la finalidad de aplastar, ni disminuir a la persona humana o impedir su desarrollo. Tiene siempre la finalidad de elevar la calidad de su vida, estimulándola a una generosidad mayor».
El proceso educativo, que es siempre fruto del amor, no puede concretarse sin una dosis de sufrimiento propio y ajeno. Ya que el amor —es una de las pocas verdades que entrevió claramente Freud— torna vulnerables a quienes aman.
Todos los que nos movemos en estas lides sabemos bien que sin confianza recíproca, cualquier intento de formación es vano. Pero se nos escapa a veces que semejante crédito debe ser real, sin fisuras, y justamente con ese hijo que nos plantea más problemas y en los aspectos en que más deja qué desear. Ahí, precisamente, es donde hemos de depositar nuestra esperanza, sin fingimientos, confiando con toda el alma en que el chico o la chica, dispuesto a luchar con todas sus fuerzas, podrá vencer, con la ayuda de Dios y con nuestro pobre auxilio. Y si fracasa, nosotros fracasamos también con él; y, echando mano de nuestros mayores recursos, nos rehacemos del fracaso y del dolor, rehacemos al muchacho, y volvemos a depositar en él toda nuestra confianza, sincera y eficaz.
Sólo en semejante clima, incompatible con la despreocupación «ocupadísima» de quien no encuentra tiempo más que para sus actividades personales, es posible el crecimiento de nuestra familia.
Tanto en el interior del matrimonio como en las relaciones paterno-filiales, lo decisivo es «soportar», en el sentido vigorosamente solidario de servir de apoyo por amor.
Es lo que, elevando con fuerza el punto de mira, expone san Josemaría Escrivá: «Si tuviera que dar un consejo a los padres —escribe—, les daría sobre todo éste: que vuestros hijos vean […] que procuráis vivir de acuerdo con vuestra fe, que Dios no está sólo en vuestros labios, que está en vuestras obras, que os esforzáis por ser sinceros y leales, que os queréis y que los queréis de veras.
Es así como mejor contribuiréis a hacer de ellos cristianos verdaderos, hombres y mujeres íntegros, capaces de afrontar con espíritu abierto las situaciones que la vida les depare, de servir a sus conciudadanos y de contribuir a la solución de los grandes problemas de la humanidad, de llevar el testimonio de Cristo donde se encuentren más tarde, en la sociedad».
EN EL NÚCLEO DEL NÚCLEO
Un cambio de actitud personal... Insistamos, todos los problemas educativos son, en última instancia, cuestión de(falta de) buen amor. Así, resulta relativamente claro cómo debemos comportarnos ante las situaciones menos favorables que pudieran darse en el hogar: hemos de mirar, antes que nada, hacia nosotros mismos, hacia cada uno,para mejorar nuestra actitud, nuestras disposiciones y el calibre de nuestro querer.
La resolución de cualquier dificultad familiar encuentra por lo regular su punto de partida y su motor insustituible en un cambio estrictamente personal, que trae como consecuencia una elevación en la categoría y enjundia del amor recíproco.
Examinaremos el asunto sólo en lo relativo a la vida conyugal. Y, con el fin de arribar a un resultado satisfactorio, recordaré:
a)que la esencia del matrimonio es el amor;
b)que el momento resolutivo de todo amor es la entrega;
c)que esta se configura peculiar e intensamente entre los esposos, pues cada uno se ofrenda sin condiciones al otro, al tiempo que lo acoge sin reservas. Por tanto, la clave del éxito matrimonial consiste en liberarnos de las ligaduras que nos atan al propio yo, posibilitando una dádiva cabal y cada vez más intensa a nuestro cónyuge; y, a la par, en desprenderse y vaciarse de uno mismo para dar cabida en nuestro interior al ser querido.
Lo sugiere con agudeza José Pedro Manglano: «Los encendidos sentimientos del amor-enamorado van remitiendo en la medida en que el antiguo "Yo" vuelve a manifestarse vivo y a reclamar sus "derechos" y preferencias, su egoísmo.
En los primeros momentos, el yo se postraba y sometía voluntaria y alegremente ante el amado, pero pronto vuelve a levantarse. Parecía vencido y muerto por el arponazo del amor, pero resulta no estarlo tanto».
Esa es la auténtica traba para el despliegue perfectivo y la felicidad del matrimonio y de la vida familiar: los presuntos «derechos del yo»; o, con expresión de san Josemaría Escrivá: «la soberbia», a la que califica como «el mayor enemigo de vuestro trato conyugal».
Ahí, por tanto, debemos incidir cuando intentemos reformar el hogar. Se trata de un punto poco considerado, porque en las situaciones de crisis, y en los momentos menos dramáticos de roces o pequeñas incomprensiones cotidianas, lo instintivo es advertir los déficits de los demás, ignorando o poniendo entre paréntesis los propios.
Por eso, conviene prestar atención a estas tres sensatas advertencias de Borghello:
1. «Ante cualquier dificultad en la vida de relación todos deberían saber que existe una única persona sobre la que cabe actuar para hacer que la situación mejore: ellos mismos. Y esto es siempre posible. De ordinario, sin embargo, se pretende que sea el otro cónyuge el que cambie y casi nunca se logra».
2.«Resulta decisivo tener una voluntad radical de don de sí al otro. A menudo los cónyuges juzgan y "miden" el amor del otro, el don del otro, perdiendo de esta manera el don de sí incondicionado. El don de sí sólo puede exigirse a uno mismo. El del cónyuge es un problema suyo, de saber amar. Pero no se logrará exigiéndoselo, sino creando un clima de donación».
3. «Es inútil y contraproducente pretender en nuestro interior que el otro o la otra cambien del modo en que yo lo digo y porque yo se lo digo. Cabe favorecer y ayudar la mejora, pero no "pretenderla". Lo que tenga que ocurrir ha de valorarlo el otro o la otra».
El principio, por tanto, no puede presentarse más neto, y es el propio Borghello quien lo enuncia: «si quieres cambiar a tu cónyuge cambia tú primero en algo». Y explica: «Siempre existe algo [...] en que yo puedo mejorar.
Por lo común basta que yo lo haga para que la otra persona también cambie. Si no sucediera así, después de algunos días de mudanza real por mi parte, es conveniente hablar [...]
Lo importante, con el arte del diálogo, es que cada uno reconozca las propias deficiencias sin necesidad de encarnizarse en las de la pareja.
Quien no haya jamás probado a modificar el propio modo de obrar para ayudar a los demás a hacerlo, basta que lo intente y advertirá de inmediato una mejoría perceptible»… y en ocasiones asombrosa.
Se trata de un extremo aplicable no sólo a las situaciones más o menos complicadas, sino a todas aquellas que convierten nuestras casas —con expresión de san Josemaría— en ténticos «hogares luminosos y alegres».
La médula de una vida familiar lograda está entretejida por multitud de costumbres gozosas, que sofocan los momentos de tirantez y los pequeños rifirrafes que nunca están del todo ausentes. Por ejemplo: los detalles, también materiales, que dan intimidad y relieve a los días de fiesta; los regalos de los más pequeños a los familiares cuando celebran sus santos o cumpleaños; etcétera.
Esas y otras muchas tradiciones deben mantenerse para elevar progresivamente el tono de nuestros hogares. Y, cuando alguna de ellas parezca languidecer, es la propia reacción personal, con un compromiso ¡mío! más alegre y rejuvenecido, la que debe sacarla a flote.
Y con esta última advertencia nos situamos de nuevo en lo que considero el núcleo de los núcleos de toda labor orientadora: comprender que la clave para superar 99% de los problemas del hogar consiste en empeñarse personalmente —¡cada uno!— por aquilatar la categoría de su amor; olvidándose de sí y poniendo en sordina los propios «derechos».
Luchando por modificar nuestra conducta, haciendo más tersa y eficaz nuestra entrega, se enriquecerá antes que nada la vida conyugal y, potenciada por ella, la del conjunto de la familia; y, a la larga, la de la entera Humanidad. ...para transformar el mundo.
Casi en los inicios de su pontificado, en 1979, Juan Pablo II asentó este principio esclarecedor e incuestionable: «Cual es la familia, tal es la nación, porque tal es el hombre».
Y hace también más de un lustro que me esfuerzo en mostrar que, en efecto, de lo que hagamos en el seno del hogar depende no ya la buena salud de nuestros respectivos países, sino la de la Humanidad en su conjunto.
Los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001, más allá de los horrores que todos lamentamos, conllevan por fuerza algunas consecuencias positivas. Por una parte, muchísima gente de buena voluntad se ha sentido interpelada y se pregunta qué puede hacer, cada uno, para poner fin a una situación que ha mostrado su rostro más sombrío.
Por otro lado, resulta cada vez más patente que los «recursos institucionales» —política, organismos públicos nacionales o internacionales, violencia más o menos controlada— son insuficientes para remediar una debacle que exige, por el contrario y urgentemente, una auténtica conversión de los corazones: de cada uno, de todos.
Estimo, por eso, que el momento es muy oportuno para poner en primer plano lo que aquí he denominado el «núcleo» de la orientación familiar: que ennoblecer la calidad del propio amor, antes que nada en el interior del matrimonio, es importantísimo y goza de una eficacia insospechada para el perfeccionamiento de las relaciones entre todos los hombres. En tal sentido, resultan casi proféticas, y tremendamente operativas, las afirmaciones que Juan Pablo II hizo en uno de los jubileos de las familias: «Al ser humano no le bastan relaciones simplemente funcionales.
Necesita relaciones interpersonales, llenas de interioridad, gratuidad y espíritu de oblación. Entre estas, es fundamental la que se realiza en la familia: no sólo en las relaciones entre los esposos, sino también entre ellos y sus hijos».
Y añadió con el vigor y la penetración acostumbrados: «Toda la gran red de las relaciones humanas nace y se regenera continuamente a partir de la relación con la cual un hombre y una mujer se reconocen hechos el uno para el otro, y deciden unir sus existencias en un único proyecto de vida».
Todas las relaciones. No sólo las del propio hogar, sino también —aunque no alcancemos a advertirlo, y aunque el proceso que lleve a ello sea largo y nunca definitivo— las que componen esa prolongación de la familia: el propio país y la entera Humanidad.
Todo ello depende del acrisolamiento del amor conyugal; de lo que hagan con su cariño los esposos. Pero, por desgracia, el matrimonio no goza en nuestro tiempo de la buena salud que sería de desear.
Considero, por tanto, que la principal misión de los orientadores consiste en hacer eco a la exhortación de la Familiaris consortio: «Familia, ¡sé lo que eres!»; y en traducirla en esta otra más concreta y exigente, dirigida a cada cónyuge: «¡sé tú el que eres!, y consigue, mediante una purificación de tu amor, hacer de tu matrimonio lo que por naturaleza está llamado a ser». http://es.catholic.net/familiayvida/485/1057/articulo.php?id=2416 Es la forma más rápida, eficaz y asequible, de contribuir a la felicidad de todos los hombres.
sábado, 13 de septiembre de 2008
7.- EDUCACION
El significado vulgar de la palabra educación se refiere a un resultado: Es decir, una persona educada es una persona que actúa con modales y urbanidad. Este concepto de Educación no es al que nos vamos a referir durante la presente lección. Más bien haremos referencia a un significado más profundo: · Etimológicamente Educación viene de “Educare” que significa: conducir o guiar. · Semánticamente de “Educere” que significa: “sacar de” ó “extraer”, es la acción de sacar algo de adentro.
Es decir no estamos hablando de un resultado sino de un proceso en donde hay dirección (intervención) y desarrollo (perfeccionamiento). Es decir, la educación es en sentido estricto no sólo un proceso de modificación en el hombre, es la aparición de nuevas formas de comportamiento, actitudes y hábitos en el hombre dirigidos a un perfeccionamiento.
La formación por lo tanto es un concepto que subyace al de perfección. Por lo que, al decir de la educación que es una formación se dice implícitamente que comunica perfección. Por otro lado, estrechamente ligada con la noción de perfección está la de bien, ya que ambas hacen referencia a lo que le conviene a la naturaleza del ser.
Agregando a lo anterior, la educación, siempre está en función de la vida humana tanto en el significado vulgar como en el etimológico: · En el significado vulgar de educación lo único que se pretende es el disponer adecuadamente a los hombres para la convivencia armónica entre sí. · En el significado más profundo de educación considerando subyacentes los conceptos de formación, perfección y bien, vemos que la educación no es otra cosa que: El proceso de desarrollo del ser humano que le da las posibilidades de vivir en toda su dignidad de hombre en relación con los demás.
Partiendo de esta idea de Educación fundamentaremos la presente lección. Por lo anterior no se puede hablar de Educación de las personas, sin contemplar la formación en valores.
La vivencia de valores lleva a la institución de virtudes en la persona (hábitos buenos) indispensables para que los seres humanos nos dignifiquemos a plenitud: como hijos de Dios en el esfuerzo diario por ser mejores personas.
Por lo anterior vemos que la educación, es indispensable para el desarrollo de los individuos, de las familias, de la sociedad entera.
EDUCACIÓN DE LOS HIJOS: DEBER PRIMARIO E INALIENABLE.
La educación que se da a cada uno de los seres humanos es, sobre todo, un derecho y una obligación que compete en primera instancia a los padres.
Como recuerda el Concilio Vaticano II: “...puesto que los padres han dado vida a los hijos, tienen la gravísima obligación de educar a la prole y, por tanto, hay que reconocerlos como primeros y principales educadores de sus hijos...”
Nadie en la sociedad tiene un derecho primario sobre la educación de los hijos. Ni el Estado, ni la Iglesia, menciona Mons. Norberto Rivera, ni las instituciones educativas, pueden olvidar que la tarea educativa tiene su raíz en la vocación primordial de los esposos de participar en la obra creadora de Dios.
Cuando un ser humano carece de la educación en la familia, casi podríamos decir que resulta estéril toda la información que haya recibido. ¿De qué le sirven los conocimientos al ser humano si no están orientados para que sea esta una mejor persona en función de la sociedad?
La herencia afectiva, espiritual, y psicológica que transmite una familia es insustituible. Vemos a individuos muy inteligentes, que les faltó una formación en valores, como son capaces de resolver eficientemente problemas técnicos ó laborales, pero su vida personal y familiar es un desastre, son incapaces de dirigir su propia voluntad hacia la felicidad, ya que la falta de valores les impide tener una directriz clara de hacia donde dirigir su vida.
La familia logra esto cuando los esposos hacen del amor el motor guía de toda la labor educativa. El amor no como sentimiento o un estado emocional, sino en el sentido real de sacrificio, de la negación de uno mismo: El amor como deseo y habilidad de soportar y vencer cualquier privación o dificultad, por el bienestar y felicidad del otro. Implica generosidad y compromiso en la educación diaria tratando de ser un ejemplo de valores y corrigiendo oportunamente a los hijos.
Qué mejor educación que la que nace del padre que aconseja en la recta visión de la vida al hijo. Qué mejor guía para la vida, que la que siembra la madre al enseñarnos a vivir la caridad, la comprensión, la constancia, el fortalecimiento de la voluntad, la bondad, el servicio a los demás, etc… Qué escuela tan fecunda es la de la pareja que construya la persona del hijo en el servicio y la caridad, en un hombre integro comprometido con la verdad y el bien, ¿Qué mejor legado podemos dejar a la sociedad?
Qué importante es educar desde el amor los SENTIMIENTOS para que los hijos sepan aprovechar la riqueza que éstos aportan a la vida dentro de una recta jerarquía interior.
Educar su VOLUNTAD para que enfrente con certidumbre las dificultades de la vida
Educar su INTELIGENCIA para que sepan buscar siempre la verdad incluso cuando ésta no sea agradable o sea costosa de aceptar.
Educar su CONCIENCIA para que sean insobornables en la búsqueda del bien.
De modo especial, formar a los hijos con la confianza y valentía en los valores primordiales de la vida humana, en el contexto de una cultura invadida por el materialismo que, abrumada por el afán de tener, ciega y endurece el corazón; una cultura oprimida por la búsqueda del éxito a toda costa sin medir el precio que hay que pagar; un éxito, que muchas veces, se identifica con el crecimiento económico, aún a costa de los valores humanos.
Nosotros los padres, somos los que tenemos que invitar a los hijos a vivir la trascendencia de la libertad ante los bienes materiales, el sentido de la verdadera justicia, el respeto a la dignidad personal de todos y cada uno de los que nos rodean, el amor y servicio desinteresado a los demás, sabiendo dejar de lado el propio bienestar para ayudar a los demás.
Preguntémonos hoy si es lo que ven mis hijos en mí, ¿es así como yo actúo?
O tengo que empezar por formarme yo, por jerarquizar mis valores y actuar congruentemente. ¿Cómo queremos sociedades comprensivas, si no existe comprensión entre los esposos y los hijos?
¿Cómo queremos sociedades solidarias, si dentro de la casa uno se busca a sí mismo?
1. Si queremos construir una sociedad con valores empecemos a implementar los valores en nuestra familia.
2. Si queremos una sociedad en la que disminuya la violencia, hagamos de la familia una escuela de paz.
3. Si queremos una sociedad en la que brille la honestidad, hagamos de la familia una escuela de rectitud de vida.
4. Si queremos una sociedad en la que haya respeto, hagamos de la familia una fuente de consideración a los demás.
Comentarios al autor: crecerenfamilia@prodigy.net.mx
Tutores del Curso Emilio Avilés Cutillas. emilioaviles@es.catholic.net
P. Emilio Acosta Díaz. acostadi@msn.com
Salvador Casadevall. salvadorcasadevall@yahoo.com.ar
Marcela Velázquez. velazquezvmarce@gmail.com
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