F. Carácter Férreo (noEmotivo-noActivo-Primario)
Es dócil y nada polémico, no resiste a la autoridad, es conciso y exacto, objetivo y observador
1. Descripción de los rasgos más característicos.
Tenemos que partir del hecho de que este carácter, junto con el conservador, es el más pobre de todos porque le faltan los tres elementos positivos: no tiene la riqueza interior de la emotividad; no tiene el poder y la fuerza de la actividad y no tiene el equilibrio y la discreción de la secundariedad.
Su rasgo característico más fuerte es la pereza. No siente internamente su falta de actividad, más bien, ésta va acompañada de cierta alegría y satisfacción. Se deja arrastrar fácilmente por el ambiente, es indolente para todo y poco aseado. Su incapacidad de esfuerzo es modesta, pero no nula.
Carece de miras elevadas, se contenta con poco, se consuela enseguida ante las contrariedades, no tiene grandes aspiraciones, le basta con vivir al nivel ordinario. No tiene temor ante los peligros y las desgracias, por lo tanto es valiente al máximo. No es aprensivo, ni pesimista, está protegido contra las enfermedades nerviosas y mentales que en el mundo actual es una gran ventaja, es sociable en grado sumo. Es dócil y nada polémico, no resiste a la autoridad, es conciso y exacto, objetivo y observador. Este es su secreto de éxito en el trabajo y en la sociedad. Le gustan los deportes.
Se deja llevar por los deseos del cuerpo, es comelón, dormilón y fácilmente se deja llevar por sus bajos instintos; está sometido a las excitaciones del instante. Es indiferente a todo, aunque es inteligente no sobresale, a causa de su inercia y baja curiosidad. Razona con mucha lentitud y de forma superficial. Está incapacitado para el pensamiento abstracto. Se muestra indeciso, torpe, desordenado, abúlico e inadaptado.
No vibra por ningún ideal, ni se esfuerza ante una acción noble, no experimenta ningún sentimiento porque tiene un vacío interior, al no poseer nada de afectividad se deja llevar por el egoísmo. Vive en y del momento presente; es superficial, se deja llevar por el medio ambiente.
2. Comportamiento religioso.
Carece de fervor religioso. Es él más frío de todos los caracteres. El sentimiento religioso es muy débil y superficial. No se inclina a la piedad. Cumple las prácticas cuando debe seguir a los demás.
No siente deseo de perfeccionarse. No se preocupa del más allá. Está situado en las cosas de este mundo. El misterio y el sentido sobrenatural no encuadran en su psicología. Carece de vitalidad personal para comenzar por propia iniciativa un trabajo espiritual.
Su oración es interesada, para pedir. Aunque es fiel a la práctica de la confesión, hace una acusación vaga de sus culpas. Su contrición es superficial, confesarse significa: "quedarse tranquilo". Reduce la meditación a una lectura, se duerme con facilidad. Prefiere una lectura amena, profana o una conversación cualquiera, a una visita al Santísimo.
3. Pedagogía pastoral.
San Benito Labre es el más elocuente y eficaz modelo de este carácter.
a. Actitud del formador.
El carácter Férreo no siente necesidad de la dirección espiritual, hay más pasividad que docilidad cuando acude a ella. Escucha y acepta los consejos que se le dan, no pone resistencia alguna ni manifiesta ninguna reacción. Por eso hay que exponerle un ideal de vida sobrenatural de acuerdo a sus capacidades.
La bondad y confianza, por una parte, y darle ánimos, por otra, con consejos oportunos impartidos con firme pero paternal insistencia, pueden dar efectos sorprendentes en el alma de un amorfo. Ante un formador fuerte y cariñoso cede y se deja formar Dado que el amorfo es insensible y flojo, el formador debe poseer mucha fuerza de carácter y virtud para avivar su corazón en una actividad continua. No se deben esperar milagros, ni que se vaya a entusiasmar con ideales demasiado elevados, pero sí debe lograr un esfuerzo consciente y ordenado, a través de metas sucesivas y fáciles de alcanzar.
Por tanto, primero hay que hacerle ver su carácter, su manera de ser, con los defectos, peligros, tentaciones y también sus cualidades con las que podrá alcanzar el éxito. Segundo, que experimente el gusto interior que proporciona toda actividad bien llevada.
En la dirección espiritual hay que recordarle que el mundo sensible es caduco, efímero y no puede llenar las ansías del corazón. Hay que insistir mucho en la parte activa de la vida espiritual; en la entrega a Dios y a las cosas de Dios, motivarlo a romper la rutina diaria egoísta. Alentarlo y hacerle ver el fruto de la dirección espiritual para despertar en él la emotividad.
b. Vida espiritual.
Proponerle un ideal de vida sobrenatural, adaptado a su capacidad y mantenerle metas inmediatas. Para despertar en él la necesidad de la oración, apoyarse en las inclinaciones positivas que tiene; por ejemplo: oración de petición, oración litúrgica, cantos; después pasará poco a poco a la oración personal.
Al ser esclavo de su propio cuerpo, hay que empezar su trabajo espiritual por el dominio de sus sentidos interiores y exteriores; que se ejercite en los pequeños sacrificios corporales para robustecer la voluntad.
Ayudarle a la entrega a los demás picándole su amor propio y aprovechando su capacidad intelectual; incluso que se sensibilice poco a poco con el dolor y las miserias humanas.
En el campo de la castidad, dado que es el más expuesto a las tentaciones de los sentidos: gula, pereza, sensualidad, comodidad... Se le debe motivar a una práctica seria y metódica de la mortificación de los sentidos.
c. Apostolado.
Como no le atrae el apostolado por su pereza y egoísmo, hay que insistir en dos aspectos: la motivación del sentido del deber y la necesidad y nobleza del trabajo por el prójimo. Motivarlo continuamente y ayudarle a organizarse, porque de lo contrario no hará nada. Se puede conseguir de él un esfuerzo consciente y ordenando, cuando se le propone algo atrayente y fácil de lograr.
Finalmente conviene anotar que este carácter no es para grandes empresas, porque le faltan elementos fundamentales positivos, pero no es un enfermo incurable. Debe ser valorado por el formador. La experiencia enseña como han existido ejemplos de carácter amorfo, de radical conversión psicológica, lo que demuestra que una naturaleza humana, por muy pobre que sea, cuando es dócil a la gracia divina, puede llegar a la santidad.
Herramientas del Artículo:
Ver más artículos del tema
Envíalo a un amigo
Formato para imprimir
Descargar en PDF
domingo, 24 de agosto de 2008
sábado, 23 de agosto de 2008
10.G.- CARÁCTER ADAPTABLE
G. Carácter Adaptable ( noEmotivo-Activo-Secundario)
El signo más característico del carácter flemático es su frialdad y su excepcional calma, es poco expresivo, franco y sencillo; su curiosidad es sin entusiasmo
1. Descripción de los rasgos más característicos.
El signo más característico del carácter flemático es su frialdad y su excepcional calma, es poco expresivo, franco y sencillo; su curiosidad es sin entusiasmo.
Su valor dominante esta en la firme constancia con que lleva a cabo sus obras. Se aplica al trabajo con método y constancia; su actividad es fría y sin calor, pero profunda, vigorosa, tenaz y eficaz. Se propone fines determinados y precisos y no descansa hasta haberlos terminado. Actúa con convicción y en silencio.
Sus intereses son intelectuales, sus juicios incipientes, precisos y categóricos. El flemático es autónomo, circunspecto, tenaz, firme, puntual, regular y sistemático. Es ordenado y limpio. No está apegado ni al dinero, ni a las cosas, ni a los atractivos del mundo. Lleva una vida muy sencilla y aprovecha muy bien el tiempo.
Su principal cualidad es una calma especial que lo hace tener una templanza perfecta y una sabiduría sexual muy marcada. Son muy laboriosos debido a la tenacidad y constancia. Son adaptables en cualquier ambiente, no riñen.
La inteligencia del flemático es lenta, pero profunda; es de tipo conceptual, con buena aptitud para comprender lo esencial, ordenar, clasificar y sistematizar. Posee también buena memoria y capacidad de concentración; en cambio, tiene poca imaginación. Ama la lectura y se aplica seriamente al estudio.
En sus relaciones sociales, le falta espontaneidad y desenvoltura; es reservado, pero no tímido. Parece indiferente a los acontecimientos exteriores y por ello, lo juzgan como insensible. No le gusta participar en grupo, no se abre ante las personas. Le choca renunciar a sus puntos de vista, o aceptar lo que no había previsto. Posee un orgullo frío, duro, conscientemente fundado en su inteligencia, es un orgullo de indiferencia, como si los demás no existieran, de origen intelectual, sin nada de emotividad.
2. Comportamiento religioso.
Aprecia las directrices de la religión. Ve a Dios con un fin determinado, como la Providencia que gobierna con sabiduría. Considera la religión como un sistema doctrinal, cumple la voluntad de Dios por deber y no por amor verdadero. Considera a la Iglesia como un sistema bien ordenado.
Ningún fervor religioso, poco sentimiento, egoísmo, sin espíritu de colaboración. Su religión es como un imperativo categórico. Presta poca atención a la intimidad con Dios, a la amistad con Cristo, al calor de la vida sobrenatural. No ve que la religión se basa en el amor, para él es fría, árida, reducida a un esquema legislativo.
Cumple con las prácticas de piedad de una manera convencional y formalista. Su oración es impersonal, como el estudio de una tesis de teología o la lectura de un tratado, trabajo más de la mente que del corazón. Psicológicamente no da importancia a la Persona viva de Jesucristo o de Dios.
Prefiere el trabajo y el estudio a la oración, la cual considera poco menos que como una pérdida de tiempo. No siente atracción hacia la confesión frecuente y la aplaza. La confesión es para él como una acusación y reparación de la ley, no llega a ser expresión de dolor por haber ofendido a Dios.
3. Pedagogía pastoral.
Ejemplos de santos con este tipo de carácter son san Juan Fisher y san Pedro Canisio.
a. Actitud del formador.
El flemático no busca un corazón que lo comprenda ni alguien a quién imitar; para él, el formador tiene poca importancia. Lo que tiene mucha importancia, y por lo que va a la dirección espiritual, es para que se le sugieran ideas y el método para progresar espiritualmente. No busca en la dirección espiritual un camino para el encuentro con Cristo: exige directrices precisas y sistemáticas para su formación espiritual, aunque no se somete a ellas, ni se deja guiar fácilmente.
Él necesita un formador paciente, que le abra nuevas perspectivas apostólicas, para que su vida no se diseque en sus manías y en su frialdad. No hay que imponerle nada, sino presentarle nuevos horizontes. Para infundir calor en su vida espiritual hay que aconsejarle la oración, y el apostolado, para que nutra su vida exterior.
No cambia por nada sus ideas: sólo después de un convencimiento personal y si va de acuerdo a sus intereses; por ello requiere suavidad y una dirección moral que no sea sólo de prohibiciones categóricas, sino motivaciones que pueda aceptar. Se necesita un procedimiento persuasivo y no coercitivo que crearía reacciones de oposición frías y duras: la simpatía y el afecto no se imponen, sino que es necesario que nazcan casi espontáneamente.
b. Vida espiritual.
Presentarle lo sobrenatural no como un sistema de verdades reveladas, sino como una adhesión de la inteligencia a la Palabra revelada y una donación del propia vida a Dios. Hacerle reflexionar que ser creyente quiere decir abandonarse en Dios. Hay que conseguir que llegue a tener una relación personal con Jesús en la Eucaristía. Que se acostumbre a ensanchar el horizonte de la oración para convertirla en una fusión de amor con la voluntad de Dios.
Deberá esforzarse por sentir con el corazón lo que cree con la inteligencia y lo que práctica fríamente llevado por el razonamiento. Exponerle un ideal concreto, preciso y elevado. Conducirle para que abra su corazón a la caridad con el prójimo. Hacerle comprender que la moral es un compromiso adquirido, una respuesta de amor a una ley de amor dada por Dios. Por ejemplo, presentarle la confesión como reparación que conlleva un dolor profundo por haber ofendido a un Dios, que a pesar de todo, lo ama.
Enseñarle a comprender la profundidad espiritual que supone la adhesión a la voluntad de Dios en todas las ocupaciones del día. Y por último, hay que combatir su orgullo (que sabe defender fríamente con mil razones), hacerle comprender los límites de sus posibilidades y que considere todos sus defectos bajo una luz sobrenatural.
c. Apostolado.
Para el flemático todo trabajo ha de tener un sentido. No piensa que el apostolado tiene como objetivo la salvación de cada hombre en particular, y que no es cuestión de administración o de organización técnica.
Hay que formarlo iluminando su inteligencia, haciéndole comprender la necesidad de ayudar a los demás, despertar en él la emotividad. Lo que le cuesta en definitiva es darse a los demás, considerarlos como personas en vez de cosas indiferentes a los que juzga duramente. Crearle disposiciones favorables que provoquen sentimientos de compasión y delicadeza.
Se inclina más por el apostolado intelectual. Ama los cargos de organización o administración. No es la persona adecuada para crear o atender relaciones sociales, él mismo se reconoce como incapaz de ejercer una influencia inmediata sobre los demás. Cuando llega a ser administrador de una obra se vuelve conservador, poco flexible y sin espíritu de adaptación a las exigencias del momento o poco comprensivo con los demás.
La síntesis de su preparación al apostolado es: amor a Cristo y comprensión a las almas.
d. Vitalizar su vida.
Es conveniente introducir en su vida la diversidad, abrir su carácter y su inteligencia, no tolerar que viva replegado sobre sí mismo, sin entregarse.
1) Utilizar un método persuasivo, para hacerlo comprender a los demás por medio de la simpatía y el afecto.
2) Hay que motivarlo continuamente para que pase de la comprensión abstracta, a la experiencia vivida. Que no se irrite por causa de las deficiencias ajenas. Tiene que acostumbrarse, por tanto, a la práctica de la comprensión, soportando los defectos de los demás, con el cual hará un servicio de amor.
3) Hacerle comprender que la entrega no sólo se hace por amor a los principios (la ley, lo objetivo, lo justo), sino también se hace por amor a los demás, según las circunstancias de cada caso.
4) Prevenirle contra el automatismo, que lo llevaría a la excesiva meticulosidad, a la dureza y al formalismo.
5) Acostumbrarlo a la práctica de las virtudes altruistas: atenciones para los demás, simpatía, sacrificio, caridad, con acciones concretas.
6) Aconsejarle sobre la desconfianza en sí mismo; que no se crea nunca demasiado seguro, pues el orgullo es mal consejero y fácilmente puede jugarle una mala pasada. El orgullo intelectual termina frecuentemente por caer en el orgullo de la carne
7) Conviene aconsejarle la lectura de libros que se centren en la figura y persona de Jesús, con el fin de formarle en una espiritualidad cristocéntrica, o de libros que traten a fondo sobre el problema de la salvación de las almas (obras sociales, misiones) y de esta forma educarle en el verdadero celo por las almas.
El flemático es un carácter del cual se pueden obtener muchos elementos positivos, porque si es cierto que tiene graves deficiencias naturales, no por esto deja de poseer cualidades excelentes. Todo el trabajo de la formación en la vida sobrenatural del flemático deberá centrarse en dar vida a su psicología: que ponga sentimiento en su acción; que la luz de su inteligencia se convierta en fuego para el corazón; que su fría moralidad se encauce en una vida que reproduzca y refleje la voluntad de Dios
Herramientas del Artículo:
Ver más artículos del tema
Preguntas o comentarios
Envíalo a un amigo
Formato para imprimir
Descargar en PDF
El signo más característico del carácter flemático es su frialdad y su excepcional calma, es poco expresivo, franco y sencillo; su curiosidad es sin entusiasmo
1. Descripción de los rasgos más característicos.
El signo más característico del carácter flemático es su frialdad y su excepcional calma, es poco expresivo, franco y sencillo; su curiosidad es sin entusiasmo.
Su valor dominante esta en la firme constancia con que lleva a cabo sus obras. Se aplica al trabajo con método y constancia; su actividad es fría y sin calor, pero profunda, vigorosa, tenaz y eficaz. Se propone fines determinados y precisos y no descansa hasta haberlos terminado. Actúa con convicción y en silencio.
Sus intereses son intelectuales, sus juicios incipientes, precisos y categóricos. El flemático es autónomo, circunspecto, tenaz, firme, puntual, regular y sistemático. Es ordenado y limpio. No está apegado ni al dinero, ni a las cosas, ni a los atractivos del mundo. Lleva una vida muy sencilla y aprovecha muy bien el tiempo.
Su principal cualidad es una calma especial que lo hace tener una templanza perfecta y una sabiduría sexual muy marcada. Son muy laboriosos debido a la tenacidad y constancia. Son adaptables en cualquier ambiente, no riñen.
La inteligencia del flemático es lenta, pero profunda; es de tipo conceptual, con buena aptitud para comprender lo esencial, ordenar, clasificar y sistematizar. Posee también buena memoria y capacidad de concentración; en cambio, tiene poca imaginación. Ama la lectura y se aplica seriamente al estudio.
En sus relaciones sociales, le falta espontaneidad y desenvoltura; es reservado, pero no tímido. Parece indiferente a los acontecimientos exteriores y por ello, lo juzgan como insensible. No le gusta participar en grupo, no se abre ante las personas. Le choca renunciar a sus puntos de vista, o aceptar lo que no había previsto. Posee un orgullo frío, duro, conscientemente fundado en su inteligencia, es un orgullo de indiferencia, como si los demás no existieran, de origen intelectual, sin nada de emotividad.
2. Comportamiento religioso.
Aprecia las directrices de la religión. Ve a Dios con un fin determinado, como la Providencia que gobierna con sabiduría. Considera la religión como un sistema doctrinal, cumple la voluntad de Dios por deber y no por amor verdadero. Considera a la Iglesia como un sistema bien ordenado.
Ningún fervor religioso, poco sentimiento, egoísmo, sin espíritu de colaboración. Su religión es como un imperativo categórico. Presta poca atención a la intimidad con Dios, a la amistad con Cristo, al calor de la vida sobrenatural. No ve que la religión se basa en el amor, para él es fría, árida, reducida a un esquema legislativo.
Cumple con las prácticas de piedad de una manera convencional y formalista. Su oración es impersonal, como el estudio de una tesis de teología o la lectura de un tratado, trabajo más de la mente que del corazón. Psicológicamente no da importancia a la Persona viva de Jesucristo o de Dios.
Prefiere el trabajo y el estudio a la oración, la cual considera poco menos que como una pérdida de tiempo. No siente atracción hacia la confesión frecuente y la aplaza. La confesión es para él como una acusación y reparación de la ley, no llega a ser expresión de dolor por haber ofendido a Dios.
3. Pedagogía pastoral.
Ejemplos de santos con este tipo de carácter son san Juan Fisher y san Pedro Canisio.
a. Actitud del formador.
El flemático no busca un corazón que lo comprenda ni alguien a quién imitar; para él, el formador tiene poca importancia. Lo que tiene mucha importancia, y por lo que va a la dirección espiritual, es para que se le sugieran ideas y el método para progresar espiritualmente. No busca en la dirección espiritual un camino para el encuentro con Cristo: exige directrices precisas y sistemáticas para su formación espiritual, aunque no se somete a ellas, ni se deja guiar fácilmente.
Él necesita un formador paciente, que le abra nuevas perspectivas apostólicas, para que su vida no se diseque en sus manías y en su frialdad. No hay que imponerle nada, sino presentarle nuevos horizontes. Para infundir calor en su vida espiritual hay que aconsejarle la oración, y el apostolado, para que nutra su vida exterior.
No cambia por nada sus ideas: sólo después de un convencimiento personal y si va de acuerdo a sus intereses; por ello requiere suavidad y una dirección moral que no sea sólo de prohibiciones categóricas, sino motivaciones que pueda aceptar. Se necesita un procedimiento persuasivo y no coercitivo que crearía reacciones de oposición frías y duras: la simpatía y el afecto no se imponen, sino que es necesario que nazcan casi espontáneamente.
b. Vida espiritual.
Presentarle lo sobrenatural no como un sistema de verdades reveladas, sino como una adhesión de la inteligencia a la Palabra revelada y una donación del propia vida a Dios. Hacerle reflexionar que ser creyente quiere decir abandonarse en Dios. Hay que conseguir que llegue a tener una relación personal con Jesús en la Eucaristía. Que se acostumbre a ensanchar el horizonte de la oración para convertirla en una fusión de amor con la voluntad de Dios.
Deberá esforzarse por sentir con el corazón lo que cree con la inteligencia y lo que práctica fríamente llevado por el razonamiento. Exponerle un ideal concreto, preciso y elevado. Conducirle para que abra su corazón a la caridad con el prójimo. Hacerle comprender que la moral es un compromiso adquirido, una respuesta de amor a una ley de amor dada por Dios. Por ejemplo, presentarle la confesión como reparación que conlleva un dolor profundo por haber ofendido a un Dios, que a pesar de todo, lo ama.
Enseñarle a comprender la profundidad espiritual que supone la adhesión a la voluntad de Dios en todas las ocupaciones del día. Y por último, hay que combatir su orgullo (que sabe defender fríamente con mil razones), hacerle comprender los límites de sus posibilidades y que considere todos sus defectos bajo una luz sobrenatural.
c. Apostolado.
Para el flemático todo trabajo ha de tener un sentido. No piensa que el apostolado tiene como objetivo la salvación de cada hombre en particular, y que no es cuestión de administración o de organización técnica.
Hay que formarlo iluminando su inteligencia, haciéndole comprender la necesidad de ayudar a los demás, despertar en él la emotividad. Lo que le cuesta en definitiva es darse a los demás, considerarlos como personas en vez de cosas indiferentes a los que juzga duramente. Crearle disposiciones favorables que provoquen sentimientos de compasión y delicadeza.
Se inclina más por el apostolado intelectual. Ama los cargos de organización o administración. No es la persona adecuada para crear o atender relaciones sociales, él mismo se reconoce como incapaz de ejercer una influencia inmediata sobre los demás. Cuando llega a ser administrador de una obra se vuelve conservador, poco flexible y sin espíritu de adaptación a las exigencias del momento o poco comprensivo con los demás.
La síntesis de su preparación al apostolado es: amor a Cristo y comprensión a las almas.
d. Vitalizar su vida.
Es conveniente introducir en su vida la diversidad, abrir su carácter y su inteligencia, no tolerar que viva replegado sobre sí mismo, sin entregarse.
1) Utilizar un método persuasivo, para hacerlo comprender a los demás por medio de la simpatía y el afecto.
2) Hay que motivarlo continuamente para que pase de la comprensión abstracta, a la experiencia vivida. Que no se irrite por causa de las deficiencias ajenas. Tiene que acostumbrarse, por tanto, a la práctica de la comprensión, soportando los defectos de los demás, con el cual hará un servicio de amor.
3) Hacerle comprender que la entrega no sólo se hace por amor a los principios (la ley, lo objetivo, lo justo), sino también se hace por amor a los demás, según las circunstancias de cada caso.
4) Prevenirle contra el automatismo, que lo llevaría a la excesiva meticulosidad, a la dureza y al formalismo.
5) Acostumbrarlo a la práctica de las virtudes altruistas: atenciones para los demás, simpatía, sacrificio, caridad, con acciones concretas.
6) Aconsejarle sobre la desconfianza en sí mismo; que no se crea nunca demasiado seguro, pues el orgullo es mal consejero y fácilmente puede jugarle una mala pasada. El orgullo intelectual termina frecuentemente por caer en el orgullo de la carne
7) Conviene aconsejarle la lectura de libros que se centren en la figura y persona de Jesús, con el fin de formarle en una espiritualidad cristocéntrica, o de libros que traten a fondo sobre el problema de la salvación de las almas (obras sociales, misiones) y de esta forma educarle en el verdadero celo por las almas.
El flemático es un carácter del cual se pueden obtener muchos elementos positivos, porque si es cierto que tiene graves deficiencias naturales, no por esto deja de poseer cualidades excelentes. Todo el trabajo de la formación en la vida sobrenatural del flemático deberá centrarse en dar vida a su psicología: que ponga sentimiento en su acción; que la luz de su inteligencia se convierta en fuego para el corazón; que su fría moralidad se encauce en una vida que reproduzca y refleje la voluntad de Dios
Herramientas del Artículo:
Ver más artículos del tema
Preguntas o comentarios
Envíalo a un amigo
Formato para imprimir
Descargar en PDF
viernes, 22 de agosto de 2008
10.H.- CARACTER CONSERVADOR
H. Carácter Conservador (noEmotivo-noActivo-Secundario)
El carácter Conservador goza de una objetividad e indiferencia poco comunes, es una persona de principios fijos y fríos; avaro, conservador
1. Descripción de los rasgos más característicos.
El carácter Conservador goza de una objetividad e indiferencia poco comunes, es una persona de principios fijos y fríos; avaro, conservador. Sus valores principales son la disciplina, la fidelidad y la rica imaginación. Casi siempre es sincero, honrado y digno de confianza.
El Conservador suele caracterizarse por una pasividad habitual en un total sometimiento al pasado y a los hábitos que va adquiriendo. Su vida está apagada, carece de fuerza interior, entusiasmo y alegría. Es el tipo rutinario, conservador y esclavo de las tradiciones y costumbres. Es el más terco de todos los caracteres.
El conservador es meditativo y lento; se separa de cuanto lo rodea para insistir en su pesimismo y carencia. Es un carácter pobre y está sometido a las necesidades orgánicas y al automatismo. La pereza es algo constitucional en el apático, es retraído y solitario, no se interesa por nada. No siente necesidad de trabajar. No tiene iniciativas.
En cuanto a la vida social tienen pocas cualidades, pues siente un atractivo especial por la soledad y el aislamiento. Le gusta la tranquilidad, la vida monótona. Es cerrado, independiente, insensible y egoísta. Su lema es: "Pensar en sí mismo y quejarse".
Carece del estímulo de la emotividad y de la ayuda de la actividad. Por está razón permanece casi en estado potencial, sin movilizar, prácticamente sin tensión. Es una inteligencia muy mal dotada para extraer lo esencial, para la abstracción y para el establecimiento de relaciones lógicas. El pensamiento es incoherente y pobre de ideas.
2. Comportamiento religioso.
Tiene muy poca vivencia espiritual. Es indiferente en cuanto a religión. Tiene poco gusto por las prácticas de piedad. El apático sigue fácilmente a los demás en la oración y también es capaz de seguir con fidelidad un método de oración. Pero no tiene fervor interior, ni iniciativas, sobre todo para rezar personalmente.
Carece de energía espiritual por indolencia. Su inactividad y la no emotividad lo debilitan para alcanzar ideales de orden superior. Lleva por dentro un gran vacío interior.
Comprende que la dirección espiritual es muy útil para conocerse y ser mejor, pero no ve su conveniencia ni concibe su necesidad, por estar aferrado a sus ideas. Esto es una dificultad para cambiar su manera habitual de vivir.
3. Pedagogía pastoral.
También este carácter ha dado santos a la Iglesia, como san José de Cupertino.
a. Actitud del formador.
El formador puede tener mucha influencia en su formación, pues el apático necesita mucha simpatía, afecto y aliento. Muchas veces ha sido la falta de aliento y afecto durante su vida pasada lo que le ha causado una reacción de sombría tristeza. Una cara alegre, un corazón expansivo por parte del formador es la mejor manera de ganárselo. Esto le inducirá a la confianza y a la simpatía.
Con el Conservador hay que combinar la motivación con la exigencia. Estimularle en su trabajo, interesarse por lo que hace y proponerle metas de dificultad progresiva. Por otra parte, hay que fomentar hábitos de trabajo y actitudes de apertura y colaboración con sus compañeros de equipo.
Sus dos grandes defectos son la insensibilidad y su inactividad. Conviene poner remedio a base de un trabajo serio y con mucha paciencia y constancia; pero además, con mucho afecto y firmeza.
b. La vida espiritual.
Después de haberle mostrado con mucha delicadeza el lado débil de su carácter, hacerle comprender -sin desanimarle- que también él puede corregirse y progresar mucho en la vida espiritual. Hacerle comprender que la secundariedad para él constituye una verdadera fuerza espiritual, esto le animará y le infundirá confianza.
Por tanto, conviene que realice frecuentes actos de virtud: buscar la manera de transformar su instintiva inhibición en actos de voluntad. Que adquiera hábitos buenos en los distintos campos de las virtudes; que se acostumbre a vivirlas profundamente y no sólo a ejercitarlas rutinariamente.
Hay que proponerle la vida espiritual como un llamado amoroso de Dios a participar en la vida divina que es misericordia y amor. Hacerle comprender que la esencia de la religión se resume en el amor a Dios y al prójimo. Tampoco exponerle grandes metas o elevados ideales a alcanzar, sino irlo llevando poco a poco.
Motivar la confianza en la misericordia de Cristo y que él también puede llegar a santificarse mediante la oración. Hay que aprovechar su preferencia por lo que es habitual, para darle a conocer, antes que nada, un buen método de oración y una organización vital, no formalista, de la piedad: que ponga en ella toda la vida de su alma, y no la reduzca a una simple recitación vocal de algunas oraciones. Acostumbrarle a oraciones en las que pida por los demás o se ofrezca a sí mismo a Dios. Presentarle a Dios, bajo el aspecto de la bondad, como misericordia y verdadero refugio de los miserables y de los pecadores; a Jesucristo como Mediador, Salvador de los pecadores y consolador de los afligidos y de los necesitados.
No conviene exponerle la vida sobrenatural como un simple catálogo de reglas y prohibiciones, que cada vez le dejarían más indiferente, sino como un llamamiento amoroso de Dios a participar en la vida divina. Es conveniente, pues, hacerle comprender que toda la esencia de nuestra religión se resume en el amor de Dios y del prójimo. A través de una práctica dosificada de amor a Dios y al prójimo, se desarrollará necesariamente en él una cierta emotividad que contribuirá a crearle una tendencia a la actividad.
Hay que ejercitarle en obras que desarrollen el sentido de la obediencia por amor, y la aceptación de una responsabilidad que le comprometa sobrenaturalmente. Animarle mucho con el fin de demostrarle que también él, no obstante su gran debilidad, puede conseguir santificarse; que debe tener mucha confianza en la bondad y misericordia de Cristo.
c. El apostolado.
Se le facilita por su sentido del deber, su sentido de disciplina y su honradez y lealtad; sin embargo la indolencia es el gran obstáculo para el apostolado. No ve en él ninguna satisfacción. Ni comprende su necesidad. Carece de iniciativas. Tampoco tiene vitalidad ni fortaleza para hacer frente a las dificultades de toda obra de apostolado.
Hay que motivarle con el fin de suscitar un principio de inquietud por hacer algo. Así irá disminuyendo en él la dureza innata y la manera mecánica de comportarse. Conviene animarlo mucho y darle muestras de confianza, así irá saliendo de su inactividad y de su no-emotividad. Hacerle experimentar la satisfacción del esfuerzo y del éxito logrado para motivar el apostolado realizado por iniciativa personal, no por automatismo o por hábito, sino como fruto de su deliberación.
Hacerle trabajar en equipo con otro de carácter equilibrado, que llegue a ser como el "Ángel de la Guarda", para que se le abran la mente y el corazón a la emotividad y al trabajo. Sacar provecho de su inclinación a hacer las cosas por costumbre y de su tendencia a la terquedad, encauzándolas en una actividad fundada en el sentimiento y en la dócil colaboración.
El formador debe despertar el gusto y la satisfacción que proporciona la entrega a un ideal elevado. Hay que desarrollar las virtudes altruistas. Inducirle a considerar las necesidades del prójimo, e interesarle por los demás.
El secreto del éxito del apático estriba especialmente en la formación de la vida espiritual puesto que en su interior no existe nada que le empuje a la acción, habrá que estimularle por medio de los elementos exteriores. Según su capacidad, poco a poco hay que irle insinuando maneras con las cuales puede poner en juego su emotividad y actividad en el plano natural y sobrenatural. Cuando el apático haya despertado de ese letargo en que naturalmente vive y se dé perfecta cuenta de que solamente los que trabajan se hacen merecedores de una recompensa, como los obreros a la hora undécima y que recibieron luego la misma paga y la misma alabanza que los que habían trabajado todo el día; a pesar de sus modestas dotes naturales, si las emplea como debe, con la ayuda de la gracia, recibirá de Dios la recompensa y la gloria que durarán eternamente.
Herramientas del Artículo:
Ver más artículos del tema
Preguntas o comentarios
Envíalo a un amigo
Formato para imprimir
Descargar en PDF
El carácter Conservador goza de una objetividad e indiferencia poco comunes, es una persona de principios fijos y fríos; avaro, conservador
1. Descripción de los rasgos más característicos.
El carácter Conservador goza de una objetividad e indiferencia poco comunes, es una persona de principios fijos y fríos; avaro, conservador. Sus valores principales son la disciplina, la fidelidad y la rica imaginación. Casi siempre es sincero, honrado y digno de confianza.
El Conservador suele caracterizarse por una pasividad habitual en un total sometimiento al pasado y a los hábitos que va adquiriendo. Su vida está apagada, carece de fuerza interior, entusiasmo y alegría. Es el tipo rutinario, conservador y esclavo de las tradiciones y costumbres. Es el más terco de todos los caracteres.
El conservador es meditativo y lento; se separa de cuanto lo rodea para insistir en su pesimismo y carencia. Es un carácter pobre y está sometido a las necesidades orgánicas y al automatismo. La pereza es algo constitucional en el apático, es retraído y solitario, no se interesa por nada. No siente necesidad de trabajar. No tiene iniciativas.
En cuanto a la vida social tienen pocas cualidades, pues siente un atractivo especial por la soledad y el aislamiento. Le gusta la tranquilidad, la vida monótona. Es cerrado, independiente, insensible y egoísta. Su lema es: "Pensar en sí mismo y quejarse".
Carece del estímulo de la emotividad y de la ayuda de la actividad. Por está razón permanece casi en estado potencial, sin movilizar, prácticamente sin tensión. Es una inteligencia muy mal dotada para extraer lo esencial, para la abstracción y para el establecimiento de relaciones lógicas. El pensamiento es incoherente y pobre de ideas.
2. Comportamiento religioso.
Tiene muy poca vivencia espiritual. Es indiferente en cuanto a religión. Tiene poco gusto por las prácticas de piedad. El apático sigue fácilmente a los demás en la oración y también es capaz de seguir con fidelidad un método de oración. Pero no tiene fervor interior, ni iniciativas, sobre todo para rezar personalmente.
Carece de energía espiritual por indolencia. Su inactividad y la no emotividad lo debilitan para alcanzar ideales de orden superior. Lleva por dentro un gran vacío interior.
Comprende que la dirección espiritual es muy útil para conocerse y ser mejor, pero no ve su conveniencia ni concibe su necesidad, por estar aferrado a sus ideas. Esto es una dificultad para cambiar su manera habitual de vivir.
3. Pedagogía pastoral.
También este carácter ha dado santos a la Iglesia, como san José de Cupertino.
a. Actitud del formador.
El formador puede tener mucha influencia en su formación, pues el apático necesita mucha simpatía, afecto y aliento. Muchas veces ha sido la falta de aliento y afecto durante su vida pasada lo que le ha causado una reacción de sombría tristeza. Una cara alegre, un corazón expansivo por parte del formador es la mejor manera de ganárselo. Esto le inducirá a la confianza y a la simpatía.
Con el Conservador hay que combinar la motivación con la exigencia. Estimularle en su trabajo, interesarse por lo que hace y proponerle metas de dificultad progresiva. Por otra parte, hay que fomentar hábitos de trabajo y actitudes de apertura y colaboración con sus compañeros de equipo.
Sus dos grandes defectos son la insensibilidad y su inactividad. Conviene poner remedio a base de un trabajo serio y con mucha paciencia y constancia; pero además, con mucho afecto y firmeza.
b. La vida espiritual.
Después de haberle mostrado con mucha delicadeza el lado débil de su carácter, hacerle comprender -sin desanimarle- que también él puede corregirse y progresar mucho en la vida espiritual. Hacerle comprender que la secundariedad para él constituye una verdadera fuerza espiritual, esto le animará y le infundirá confianza.
Por tanto, conviene que realice frecuentes actos de virtud: buscar la manera de transformar su instintiva inhibición en actos de voluntad. Que adquiera hábitos buenos en los distintos campos de las virtudes; que se acostumbre a vivirlas profundamente y no sólo a ejercitarlas rutinariamente.
Hay que proponerle la vida espiritual como un llamado amoroso de Dios a participar en la vida divina que es misericordia y amor. Hacerle comprender que la esencia de la religión se resume en el amor a Dios y al prójimo. Tampoco exponerle grandes metas o elevados ideales a alcanzar, sino irlo llevando poco a poco.
Motivar la confianza en la misericordia de Cristo y que él también puede llegar a santificarse mediante la oración. Hay que aprovechar su preferencia por lo que es habitual, para darle a conocer, antes que nada, un buen método de oración y una organización vital, no formalista, de la piedad: que ponga en ella toda la vida de su alma, y no la reduzca a una simple recitación vocal de algunas oraciones. Acostumbrarle a oraciones en las que pida por los demás o se ofrezca a sí mismo a Dios. Presentarle a Dios, bajo el aspecto de la bondad, como misericordia y verdadero refugio de los miserables y de los pecadores; a Jesucristo como Mediador, Salvador de los pecadores y consolador de los afligidos y de los necesitados.
No conviene exponerle la vida sobrenatural como un simple catálogo de reglas y prohibiciones, que cada vez le dejarían más indiferente, sino como un llamamiento amoroso de Dios a participar en la vida divina. Es conveniente, pues, hacerle comprender que toda la esencia de nuestra religión se resume en el amor de Dios y del prójimo. A través de una práctica dosificada de amor a Dios y al prójimo, se desarrollará necesariamente en él una cierta emotividad que contribuirá a crearle una tendencia a la actividad.
Hay que ejercitarle en obras que desarrollen el sentido de la obediencia por amor, y la aceptación de una responsabilidad que le comprometa sobrenaturalmente. Animarle mucho con el fin de demostrarle que también él, no obstante su gran debilidad, puede conseguir santificarse; que debe tener mucha confianza en la bondad y misericordia de Cristo.
c. El apostolado.
Se le facilita por su sentido del deber, su sentido de disciplina y su honradez y lealtad; sin embargo la indolencia es el gran obstáculo para el apostolado. No ve en él ninguna satisfacción. Ni comprende su necesidad. Carece de iniciativas. Tampoco tiene vitalidad ni fortaleza para hacer frente a las dificultades de toda obra de apostolado.
Hay que motivarle con el fin de suscitar un principio de inquietud por hacer algo. Así irá disminuyendo en él la dureza innata y la manera mecánica de comportarse. Conviene animarlo mucho y darle muestras de confianza, así irá saliendo de su inactividad y de su no-emotividad. Hacerle experimentar la satisfacción del esfuerzo y del éxito logrado para motivar el apostolado realizado por iniciativa personal, no por automatismo o por hábito, sino como fruto de su deliberación.
Hacerle trabajar en equipo con otro de carácter equilibrado, que llegue a ser como el "Ángel de la Guarda", para que se le abran la mente y el corazón a la emotividad y al trabajo. Sacar provecho de su inclinación a hacer las cosas por costumbre y de su tendencia a la terquedad, encauzándolas en una actividad fundada en el sentimiento y en la dócil colaboración.
El formador debe despertar el gusto y la satisfacción que proporciona la entrega a un ideal elevado. Hay que desarrollar las virtudes altruistas. Inducirle a considerar las necesidades del prójimo, e interesarle por los demás.
El secreto del éxito del apático estriba especialmente en la formación de la vida espiritual puesto que en su interior no existe nada que le empuje a la acción, habrá que estimularle por medio de los elementos exteriores. Según su capacidad, poco a poco hay que irle insinuando maneras con las cuales puede poner en juego su emotividad y actividad en el plano natural y sobrenatural. Cuando el apático haya despertado de ese letargo en que naturalmente vive y se dé perfecta cuenta de que solamente los que trabajan se hacen merecedores de una recompensa, como los obreros a la hora undécima y que recibieron luego la misma paga y la misma alabanza que los que habían trabajado todo el día; a pesar de sus modestas dotes naturales, si las emplea como debe, con la ayuda de la gracia, recibirá de Dios la recompensa y la gloria que durarán eternamente.
Herramientas del Artículo:
Ver más artículos del tema
Preguntas o comentarios
Envíalo a un amigo
Formato para imprimir
Descargar en PDF
jueves, 21 de agosto de 2008
10.I.- diversos test
EMOTIVIDAD Referencias
Evaluación Del Sujeto
1.¿Es usted impresionable, se turba ante un jefe?
¿Se sobresalta y se le acelera el corazón cuando oye
un ruido repentino? 9
¿Se turba a medias y sólo ante acontecimientos
chocantes? 5
¿Se mantiene frío, cualesquiera que sean las
circunstancias? 1 ______
2.¿Se siente nervioso en cuanto le parece que le
ofenden o se le discute? 9
¿Es preciso que surja una dificultad seria para que
se ponga nervioso? 5
¿Conserva la calma poco más o menos en todas las
ocasiones? 1 ______
3.¿Su humor es muy variable? 9
¿Bastante estable? 5
¿Muy estable? 1 ______
4.¿Monta usted en cólera con facilidad? 9
¿O sólo en las grandes ocasiones? 5
¿O se mantiene tranquilo siempre? 1 ______
5.¿Se siente inquieto cuando tiene que hacer una
gestión o una visita al médico? ¿Siente angustia? 9
¿O domina fácilmente esa inquietud? 5
¿O la ignora por completo? 1 ______
1.En el teatro o en el cine, ¿se emociona ante una
escena trágica? 9
¿O logra dominarse? 5
¿O permanece insensible? 1 ______
7.¿Se entusiasma con facilidad? 9
¿O casi nunca? 1
¿O precisa que le ocurra algo extraordinario? 5 ______
8.¿Es usted expresivo? Pronuncia palabras como
“formidable,estupendo, maravilloso, sensacional”
con vehemencia? 9
¿O en ocasiones muy raras? 1
¿O son necesarias para ello ocasiones extraordinarias? 5 ______
9.¿Palidece o enrojece con facilidad? 9
¿O nunca? 1
¿O solamente en ocasiones extraordinarias? 5 ______
10.¿Experimenta miedo (aunque sepa dominarlo)? 9
¿O en absoluto? 1
¿O sólo en circunstancias dramáticas? 5 ______
TOTAL DE PUNTOS:
Dividido por 10= Evaluación de la emotividad.
ACTIVIDAD Referencias
Evaluación del Sujeto
1.Después de su trabajo, ¿busca siempre otras
tareas? 9
¿O nunca? 1
¿O algunas veces? 5 ______
2.¿Realiza su trabajo con gusto y ánimo? 9
¿O por deber solamente? 1
¿O mitad por deber y mitad por gusto? 5
3.¿Tiende a realizar en seguida un trabajo
penoso y al mismo tiempo, necesario? 9
¿O lo aplaza? 1
¿O lo hace pero con cierta desgana y fastidio? 5 ______
4.Si se le presentan obstáculos, ¿le estimulan? 9
¿O abandona enseguida? 1
¿O ni uno ni lo otro? 5 ______
5.En caso de dificultad (olvido, pérdida, avería),
¿encuentra rápidamente una solución y sale del
paso fácilmente? 9
¿O aún siendo competente y hábil en su oficio, se
encuentra a menudo en aprietos que no sabe cómo
solucionar? 1
¿O ni lo uno ni lo otro? 5 _____
6.Si asiste a una disputa o riña, ¿tiende a mezclarse
con ella? 9
¿O se limita a observarla o volver la espalda? 1
¿O bien, domina con facilidad la tendencia a intervenir 5 _____
7.Si se encuentra ante una tarea nueva o difícil o con
una jornada complicada y llena de trabajo, ¿se siente
contento en el fondo? 9
¿O inquieto e inclinado a buscar ayuda? 1
¿O hace usted el trabajo, pero con cierto esfuerzo? 5 _____
8.¿Aprecia en los demás su entusiasmo por el trabajo? 9
¿O no piensa en ello jamás? 1
¿O lo considera como una cualidad cualquiera? 5 ______
9.¿Se levanta con agrado? 9
¿O le gusta quedarse en la cama? 1
¿O ambas cosas, según los días? 5 ______
10.¿Le gustan solamente las películas y novelas en las
que hay acción? 9
¿O las reposadas? 1
¿O unas u otras? 5 ______
TOTAL DE PUNTOS
Divido por 10= Evaluación de la Actividad.
RESONANCIA Referencias
Evaluación del Sujeto
1.¿Busca resultados a largo plazo (alto cargo, seguro
de vida, casa para retirarse o para sus hijos)? 9
¿O prefiere resultados rápidos (mañana o pronto)? 1
¿O ambas cosas, según las circunstancias? 5 ______
2.Tras una afrenta, ¿se reconcilia difícilmente? 9
¿O fácilmente? 1
¿O bien, al cabo de algún tiempo? 5 ______
3.¿Obra según sus principios, cualesquiera que sean
las circunstancias? 9
¿O bien, según las circunstancias? 1
¿O trata de conciliar los principios y las
circunstancias? 5 ______
4.¿Sigue un horario muy regular y preciso? 9
¿O esto carece de importancia para usted? 1
¿O se halla entre los dos extremos? 5 ______
5.¿Es amable con los viejos recuerdos, de sus costumbres,
de la misma casa, de la misma ciudad, de la misma manera
de pasar sus vacaciones? 9
¿O bien le gusta la novedad, la sorpresa, los cambios? 1
¿O una cosa y otra alternativamente? 5 ______
6.¿Es constante en sus amistades, simpatías y fiel a
sus compañeros de infancia? 9
¿O se cansa de sus amigos al cabo de algún tiempo? 1
¿O mitad y mitad? 5 ______
7.¿Tiene apego a los objetos que posee? 9
¿O le gusta modificar su morada, cambiar de ambiente
de barrio, de automóvil? 1
¿O mitad y mitad? 5 ______
8. En una nueva máquina, ¿le interesa el mecanismo más
que el resultado? 9
¿O sólo el resultado? 1
¿O ambas cosas a la vez? 5 ______
9.¿Es usted fiel a sus ideas y tradiciones? 9
¿O es abierto a las ideas de los demás y a las nuevas
modas también? 1
¿O se deja influir mucho por las novedades? 5 ______
10.Después de un pleito o de un grave trastorno, se
consuela difícilmente y reanuda con mucha lentitud
su vida habitual? 9
¿O la rehace pronto? 1
¿O se halla entre los dos extremos? 5 ______
TOTAL DE PUNTOS:
Divido entre 10= Evaluación de la Resonancia
Evaluación Del Sujeto
1.¿Es usted impresionable, se turba ante un jefe?
¿Se sobresalta y se le acelera el corazón cuando oye
un ruido repentino? 9
¿Se turba a medias y sólo ante acontecimientos
chocantes? 5
¿Se mantiene frío, cualesquiera que sean las
circunstancias? 1 ______
2.¿Se siente nervioso en cuanto le parece que le
ofenden o se le discute? 9
¿Es preciso que surja una dificultad seria para que
se ponga nervioso? 5
¿Conserva la calma poco más o menos en todas las
ocasiones? 1 ______
3.¿Su humor es muy variable? 9
¿Bastante estable? 5
¿Muy estable? 1 ______
4.¿Monta usted en cólera con facilidad? 9
¿O sólo en las grandes ocasiones? 5
¿O se mantiene tranquilo siempre? 1 ______
5.¿Se siente inquieto cuando tiene que hacer una
gestión o una visita al médico? ¿Siente angustia? 9
¿O domina fácilmente esa inquietud? 5
¿O la ignora por completo? 1 ______
1.En el teatro o en el cine, ¿se emociona ante una
escena trágica? 9
¿O logra dominarse? 5
¿O permanece insensible? 1 ______
7.¿Se entusiasma con facilidad? 9
¿O casi nunca? 1
¿O precisa que le ocurra algo extraordinario? 5 ______
8.¿Es usted expresivo? Pronuncia palabras como
“formidable,estupendo, maravilloso, sensacional”
con vehemencia? 9
¿O en ocasiones muy raras? 1
¿O son necesarias para ello ocasiones extraordinarias? 5 ______
9.¿Palidece o enrojece con facilidad? 9
¿O nunca? 1
¿O solamente en ocasiones extraordinarias? 5 ______
10.¿Experimenta miedo (aunque sepa dominarlo)? 9
¿O en absoluto? 1
¿O sólo en circunstancias dramáticas? 5 ______
TOTAL DE PUNTOS:
Dividido por 10= Evaluación de la emotividad.
ACTIVIDAD Referencias
Evaluación del Sujeto
1.Después de su trabajo, ¿busca siempre otras
tareas? 9
¿O nunca? 1
¿O algunas veces? 5 ______
2.¿Realiza su trabajo con gusto y ánimo? 9
¿O por deber solamente? 1
¿O mitad por deber y mitad por gusto? 5
3.¿Tiende a realizar en seguida un trabajo
penoso y al mismo tiempo, necesario? 9
¿O lo aplaza? 1
¿O lo hace pero con cierta desgana y fastidio? 5 ______
4.Si se le presentan obstáculos, ¿le estimulan? 9
¿O abandona enseguida? 1
¿O ni uno ni lo otro? 5 ______
5.En caso de dificultad (olvido, pérdida, avería),
¿encuentra rápidamente una solución y sale del
paso fácilmente? 9
¿O aún siendo competente y hábil en su oficio, se
encuentra a menudo en aprietos que no sabe cómo
solucionar? 1
¿O ni lo uno ni lo otro? 5 _____
6.Si asiste a una disputa o riña, ¿tiende a mezclarse
con ella? 9
¿O se limita a observarla o volver la espalda? 1
¿O bien, domina con facilidad la tendencia a intervenir 5 _____
7.Si se encuentra ante una tarea nueva o difícil o con
una jornada complicada y llena de trabajo, ¿se siente
contento en el fondo? 9
¿O inquieto e inclinado a buscar ayuda? 1
¿O hace usted el trabajo, pero con cierto esfuerzo? 5 _____
8.¿Aprecia en los demás su entusiasmo por el trabajo? 9
¿O no piensa en ello jamás? 1
¿O lo considera como una cualidad cualquiera? 5 ______
9.¿Se levanta con agrado? 9
¿O le gusta quedarse en la cama? 1
¿O ambas cosas, según los días? 5 ______
10.¿Le gustan solamente las películas y novelas en las
que hay acción? 9
¿O las reposadas? 1
¿O unas u otras? 5 ______
TOTAL DE PUNTOS
Divido por 10= Evaluación de la Actividad.
RESONANCIA Referencias
Evaluación del Sujeto
1.¿Busca resultados a largo plazo (alto cargo, seguro
de vida, casa para retirarse o para sus hijos)? 9
¿O prefiere resultados rápidos (mañana o pronto)? 1
¿O ambas cosas, según las circunstancias? 5 ______
2.Tras una afrenta, ¿se reconcilia difícilmente? 9
¿O fácilmente? 1
¿O bien, al cabo de algún tiempo? 5 ______
3.¿Obra según sus principios, cualesquiera que sean
las circunstancias? 9
¿O bien, según las circunstancias? 1
¿O trata de conciliar los principios y las
circunstancias? 5 ______
4.¿Sigue un horario muy regular y preciso? 9
¿O esto carece de importancia para usted? 1
¿O se halla entre los dos extremos? 5 ______
5.¿Es amable con los viejos recuerdos, de sus costumbres,
de la misma casa, de la misma ciudad, de la misma manera
de pasar sus vacaciones? 9
¿O bien le gusta la novedad, la sorpresa, los cambios? 1
¿O una cosa y otra alternativamente? 5 ______
6.¿Es constante en sus amistades, simpatías y fiel a
sus compañeros de infancia? 9
¿O se cansa de sus amigos al cabo de algún tiempo? 1
¿O mitad y mitad? 5 ______
7.¿Tiene apego a los objetos que posee? 9
¿O le gusta modificar su morada, cambiar de ambiente
de barrio, de automóvil? 1
¿O mitad y mitad? 5 ______
8. En una nueva máquina, ¿le interesa el mecanismo más
que el resultado? 9
¿O sólo el resultado? 1
¿O ambas cosas a la vez? 5 ______
9.¿Es usted fiel a sus ideas y tradiciones? 9
¿O es abierto a las ideas de los demás y a las nuevas
modas también? 1
¿O se deja influir mucho por las novedades? 5 ______
10.Después de un pleito o de un grave trastorno, se
consuela difícilmente y reanuda con mucha lentitud
su vida habitual? 9
¿O la rehace pronto? 1
¿O se halla entre los dos extremos? 5 ______
TOTAL DE PUNTOS:
Divido entre 10= Evaluación de la Resonancia
miércoles, 20 de agosto de 2008
11.-RELACIONES FAMILIARES
Relaciones familiares. Entre esposos. Entre padres e hijos. Entre hermanos.
El ámbito natural donde se acoge al ser humano sin reservas, por el mero hecho de ser persona, es justo la familia. En cualquier otra institución —en una empresa, pongo por caso— resulta legítimo, y a menudo necesario, que se tengan en cuenta determinadas cualidades o aptitudes, sin que al rechazarme por carecer de ellas se lesione en modo alguno mi dignidad (el igualitarismo que hoy intenta imponerse para «evitar la discriminación» sería aquí lo radicalmente injusto).
Por el contrario, una familia genuina acepta a cada uno de sus miembros teniendo en cuenta, sí, su condición de persona, como el resto de las instituciones (de ahí el famoso precepto kantiano); y además… su condición de persona. Y basta. Y, al acogerlos, les permite entregarse y cumplirse como personas.
Por eso cabe afirmar que sin familia no puede haber persona o, al menos, persona cumplida, llevada a plenitud. Y ello, según acabo de sugerir, no primariamente a causa de carencia alguna, sino al contrario, en virtud de la propia excedencia, que «nos obliga» a entregarnos… o quedar frustrados, por no llevar a término lo que demanda nuestra naturaleza, nuestro ser.
La realización y la madurez de la persona dependen en gran medida de la armonía que logre en sus diversas relaciones, y en primer lugar, en las que se refieren a la vida de familia.
Las relaciones en familia tienen características que las hacen únicas: son íntimas, continuas, variadas y complejas.
Existen diversas formas de relaciones familiares:
1. Relaciones entre esposos (conyugales).
2. Relaciones entre padres e hijos
3. Relaciones entre hermanos
1. RELACIONES ENTRE ESPOSOS
La primera relación familiar es entre los cónyuges. Es una relación entre dos personas que, libre y voluntariamente, por amor, decidieron unir sus vidas para formar una nueva familia, y que se han comprometido ante Dios Nuestro Señor, a amarse y respetarse todos los días de la vida. Esta unión es bendecida por el mismo Jesucristo a través del sacramento del matrimonio.
La armonía familiar depende de que esta relación sea amorosa, amable y sólida. Si los esposos se aman, se comprenden y se apoyan mutuamente, la unión familiar se dará. Cada uno de ellos aportará al matrimonio y a la familia su riqueza personal, él como hombre, ella, como mujer.
Si esa relación conyugal brilla por la entrega, la generosidad y el amor, los hijos crecerán sanamente, llenos de seguridad, pues saben que sus padres se aman.
Desgraciadamente, en muchos matrimonios, se olvida la relación conyugal como base de la armonía familiar, se olvidan de que primero son esposos, antes que ser padres. Se centran en ser padre o madre y destruyen su matrimonio y a la familia entera.
La relación conyugal mantiene el diálogo entre esposos, aumenta el cariño, el amor, la ternura y la confianza. Si padre y madre están unidos como esposos y como padres, la familia quedará revestida del verdadero amor, y los hijos crecerán aprendiendo a amar al ver el amor de sus padres.
Para este inciso consulta El Edificio del Matrimonio de P. Antonio Rivero.
http://es.catholic.net/familiayvida/159/319/articulo.php?id=25704
Un misterio llamado matrimonio de Guillermo Urbizu.
http://es.catholic.net/familiayvida/159/319/articulo.php?id=26805
Además de la relación de marido y mujer, deberán conjuntar armónicamente otro papel: el de SER PADRES. Ante la disyuntiva de ser padres o cónyuges en determinado momento, la respuesta es por vía de la CONFLUENCIA, más que por el de la incompatibilidad. Deben esforzarse por lograr la armonía de ambas funciones y que para ambos sea de interés común la familia y la educación de los hijos.
2. RELACION ENTRE PADRES E HIJOS.
Para que los hijos se sientan amados y aceptados en la familia, hay que dedicarles un tiempo especial. Convivir con ellos. El padre con todos y cada uno de los hijos, al igual que la madre. Cada hijo es una persona única e irrepetible y necesita atención personal.
Ser cariñoso y atento con todos y cada uno de los hijos. Cuando los padres lleguen del trabajo o de otras actividades, aunque estén cansados, jugar con ellos, escucharlos, atenderlos. Que se sientan amados y aceptados. ¡Que descubran en el rostro de sus padres la alegría y el deseo de estar con ellos!. Cuando un hijo se siente rechazado por el padre o la madre, sufrirá mucho en las diferentes etapas de su vida.
Que esa relación esté llena de cariño, paciencia, interés, amabilidad, detalles. No dejar que la comodidad, la flojera o el egoísmo dominen sobre estos sentimientos. Si los padres están cansados, pedirle a Dios fuerzas para darle el mejor tiempo a los hijos.
Aceptar a los hijos tal cual son, con sus cualidades y sus defectos; dar gracias a Dios por tenerlos, ser cariñosos, afectuosos, amorosos; respetarlos, comprenderlos y tenerles mucha paciencia.
Ser responsables de su educación, ser justos con ellos y tratarlos según su edad.
Deberes de los padres
El papel de los padres en la educación de sus hijos tiene tanto peso que, cuando falta, difícilmente puede suplirse. Lo que sus padres no hagan por ellos, nada ni nadie lo hará. De ahí que el derecho y el deber de los padres de educar a sus hijos sean la primera obligación que no se la pueden delegar a nadie. Ellos son los que deben realizarla.
Para llevar a cabo esta educación a los hijos, los padres deben de verlos como hijos de Dios, como imágenes y semejanza de Dios. Más aún, ver al mismo Jesucristo en ellos:
Nos dice San Mateo:Porque tuve hambre, y ustedes me alimentaron; tuve sed y ustedes me dieron de beber;... Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, sediento y te dimos de beber,... ? ... En verdad les digo que, cuando lo hicieron con alguno de estos más pequeños, a mí me lo hicieron.
Así, al ver a Jesucristo mismo en esas caritas inocentes de los hijos, los padres de familia los educarán respetando ante todo su dignidad como personas.
Los padres son los primeros responsables de la educación de sus hijos. Al crear el hogar adquieren esta responsabilidad. Por tanto, un hogar, especialmente si es cristiano, tendrá como normas a la ternura entre todos sus miembros, el perdón sincero y amoroso ante los errores, el respeto en el trato entre todos, la fidelidad y el servicio desinteresado a los demás miembros del hogar.
a)La educación de las virtudes
El lugar más apropiado para que los hijos crezcan en las virtudes es la familia. Será necesario su esfuerzo constante y asiduo por dar buen ejemplo constantemente. Pues es parte de su gran responsabilidad. Pero, ¿cómo podrán los padres educar a sus hijos en algunas virtudes que ellos mismos no tengan, si se ha dicho que es fundamental educar con el ejemplo?. No es necesario ser perfecto. Basta a los hijos ver que los padres también se esfuerzan en practicar esa virtud. El ejemplo del esfuerzo es lo que arrastrará a los hijos.
Al reconocer ante los hijos los propios defectos, un padre de familia se hace más apto para guiarlos y corregirlos.
Nos dice la Sagrada Escritura:
“El que ama a su hijo, le corrige sin cesar... el que enseña a su hijo, sacará provecho de él” (Si 30, 1-2).
“Padres, no exasperéis a vuestros hijos, sino formadlos más bien mediante la instrucción y la corrección según el Señor” (Ef 6,4).
El hogar es un medio natural para que los hijos aprendan a vivir en sociedad. Aprovechen los padres esta realidad para enseñar a sus hijos a guardarse de los peligros, riesgos y degradaciones que amenazan a las sociedades humanas.
b)La educación en la fe
Por la gracia del sacramento del matrimonio, los padres han recibido la responsabilidad y el privilegio de evangelizar a sus hijos. Los papás serán los primeros mensajeros de la fe para sus hijos. ¡Qué hermoso es ver a una madre y a un padre que, desde los primeros años de vida de su hijo, le empiezan a hablar de Dios! ¡Qué alegría le da al Señor ver a aquellos niños muy pequeños acercarse a Él en la Iglesia y mandarle un beso cariñoso! ¡Benditos los padres que van introduciendo poco a poco a sus hijos al contacto personal con Dios!
¿Cómo será la vida de fe del niño cuando sea adulto? Será según los cimientos que sus padres le dieron de niño.
Los padres tienen la misión de enseñar a sus hijos a orar y a descubrir su vocación de hijos de Dios. Así, en ese contacto con Dios, la familia crecerá como cristianos. ¡La familia que reza unida, permanecerá unida!.
c)Proveer a las necesidades físicas y espirituales de los hijos
El respeto y el afecto de los padres se traducen, durante la infancia de los hijos, ante todo en el cuidado y la atención que consagran para educar a sus hijos, y para proveer a sus necesidades físicas y espirituales.
No basta procrear a los hijos. Es necesario proveerles de todo lo necesario para que puedan desarrollarse integralmente como personas. Esfuércense los padres en dar a sus hijos, en la medida de sus posibilidades, todo lo que requieran: casa, comida, sustento. No escatimen los esfuerzos para lograrlo.
Dentro de las necesidades espirituales se encuentra el enseñar a los niños a pensar bien, para que sean capaces de decidir por lo mejor. Esto es educarlos para la vida.
Finalmente, será deber de los padres, apoyar a sus hijos cuando sean mayores al elegir su profesión y estado de vida. Ellos decidirán lo que crean más conveniente, siempre que sea algo honesto. En esos momentos, los padres, en un ambiente de confianza y respeto, den sus consejos y pareceres a los hijos. Al igual, no presionen a sus hijos en la elección de su futuro cónyuge. Sin embargo, ayuden a sus hijos con consejos juiciosos.
Deberes de los hijos
Dado que la paternidad humana tiene su fuente en la paternidad divina, los hijos honren a sus padres. El respeto de los hijos a sus padres se nutre del afecto natural nacido de la familia. Es exigido por el precepto divino, el cuarto mandamiento de la ley de Dios: honrarás a tu padre y a tu madre
La piedad filial, es decir, el respeto a los padres, está hecho de gratitud para quienes con su amor, su trabajo y su vida, han traído a sus hijos al mundo y les han ayudado a crecer en estatura, en sabiduría y en gracia.
Recordemos lo que dice el libro del Eclesiástico, en las Sagradas Escrituras:
Con todo tu corazón honra a tu padre, y no olvides los dolores de tu madre. Recuerda que por ellos has nacido, ¿cómo les pagarás lo que contigo han hecho?. (Si 7, 27 - 2
El respeto de los hijos se expresa sobretodo en la docilidad y la obediencia verdaderas.
Guarda, hijo mío, el mandato de tu padre y no desprecies la lección de tu madre. Grábalos constantemente en tu corazón, cuélgalos a tu cuello. Ellos guiarán tus pasos, te velarán cuando duermas, y te hablarán al despertar (Proverbios 6,20-22).
Mientras el hijo vive con sus padres, debe obedecer a todo lo que éstos dispongan para su bien o el de la familia.
San Pablo en su carta a los colosenses: Hijos, obedezcan en todo a sus padres, porque esto es grato a Dios en el Señor(Col. 3,20).
El cuarto mandamiento de la ley de Dios, recuerda a los hijos cuando ya sean mayores de edad su responsabilidad para con sus padres. En la medida de sus posibilidades han de prestarles toda la ayuda material y moral en los años de vejez y durante sus enfermedades, incluso en momentos de soledad y de abatimiento.
Nos dice la Sagrada Escritura:
El Señor glorifica al padre en los hijos, y afirma el derecho de la madre sobre su prole. Quien honra a su padre expía sus pecados; como el que atesora es quien da gloria a su madre. Quien honra a su padre recibirá contento de sus hijos, y en el día de su oración será escuchado. Quien da gloria al padre vivirá largos días, obedece al Señor quien da sosiego a su madre (Si. 3,2-6).
Hijo, cuida de tu padre en su vejez, y en su vida no le causes tristeza. Aunque haya perdido la cabeza, sé indulgente, no le desprecies en la plenitud de tu vigor... Como blasfemo es el que abandona a su padre, maldito del Señor quien irrita a su madre (Si 3,12-13.16).
Educar es fascinante Emilio Aviles.
http://es.catholic.net/familiayvida/158/320/articulo.php?id=33419
3. RELACIONES ENTRE HERMANOS
Los hermanos deben aprender a cultivar la solidaridad entre ellos. Los padres deben ayudar y fomentar el amor entre los hermanos, el respeto entre ellos y sobre todo, el sentido de amor por el más débil. Son los hermanos el principal sostén cuando uno de ellos pasa una dificultad económica, de salud o trabajo y si no aprenden a ayudarse desde pequeños, de mayores les será más difícil.
El gran fruto de las relaciones familiares será el amor, la confianza, el cariño, la unión familiar, la alegría de vivir.
Buscar el ejemplo de la Sagrada Familia: en la Biblia, en San Lucas 1-3, se puede observar a José dedicado a su familia, María educando a Jesús, y el niño Jesús sujeto a sus padres.
Contemplar la relación amorosa de Jesús con su Padre Celestial. Siempre dialogando con Él a través de la oración, contándole todas sus alegrías y sus penas. (Oración en el Huerto de Getsemaní: San Lucas 22, 39-46)
Lo propio de las relaciones fraternas es estar unidos, debe ser fuente de amor y solidaridad entre ellos. Suelen ser extensas y profundas, abarcan las distintas etapas del desarrollo.
La amistad entre hermanos no siempre se da, aunque exista un fuerte lazo de cariño. Es necesario enseñarles a ser buenos hermanos, hablando con ellos sobre el valor de la fraternidad. Si nosotros tenemos hermanos, poner de ejemplo situaciones positivas.
Es también labor de los padres prevenir situaciones conflictivas y de rivalidad, que se originan muchas veces por competir por el amor de los padres o por las preferencias que perciben. Por ello es muy importante evitar siempre las comparaciones.
Cuando se dan conflictos, debemos saber actuar:
· Tolerando algunos conflictos cuando no sean de importancia.
· Hablando con cada hijo por separado para escuchar su versión.
· Enseñándoles a resolver sus conflictos mediante el perdón.
· No tomando partido ni involucrándose.
· Aprovechando los conflictos para educar en valores y virtudes.
· Propiciando un ambiente de alegría, aceptación y cariño.
· Reforzando conductas positivas: promoviendo proyectos en común, viajes, visitas, jugando juntos, compartiendo, haciéndose favores entre sí, ayudándose a realizar alguna tarea.
Debemos cuidar algunas obligaciones que los hijos deben cumplir con sus hermanos:
Amor incondicional, comprensión, respeto, ayuda material y espiritual.
Los hermanos mayores ayudan a la transmisión y cumplimiento de normas y costumbres con su buen ejemplo.
Amor de hermanos P. Fernando Pascual
http://es.catholic.net/familiayvida/158/320/articulo.php?id=33777
Envidias entre hermanos Irene Gutiérrez.
http://es.catholic.net/familiayvida/158/287/articulo.php?id=7157
Para terminar, retomemos la función de los padres que corresponde a SERVIR.
En nuestra sociedad, pareciera que existe un rechazo al servir o al sacrificio. Tendemos a pasarla bien a cualquier precio. Cada vez es menos frecuente que nos enseñen que también se aprende sufriendo o renunciando, si las circunstancias así lo exigen.
Lograr dar trato personal en la vida de familia, cuidar y hacer crecer la intimidad de cada uno, implica necesariamente esfuerzo y una continua actitud de servicio de los padres (sin hacer por los hijos lo que ellos pueden hacer).
El SERVICIO, con el sacrificio que implica, se justifica por el AMOR. Basta con preguntar a una mamá que se despierta en la madrugada varias veces a dar de comer a su bebé, si se cuestiona el sacrificio que implica. Pierde su calidad de “víctima” porque lo hace por amor. El significado positivo de servir, es poner a disposición de otros, lo que somos, sabemos y tenemos, para ayudarlos a crecer y a ser felices.
El ámbito natural donde se acoge al ser humano sin reservas, por el mero hecho de ser persona, es justo la familia. En cualquier otra institución —en una empresa, pongo por caso— resulta legítimo, y a menudo necesario, que se tengan en cuenta determinadas cualidades o aptitudes, sin que al rechazarme por carecer de ellas se lesione en modo alguno mi dignidad (el igualitarismo que hoy intenta imponerse para «evitar la discriminación» sería aquí lo radicalmente injusto).
Por el contrario, una familia genuina acepta a cada uno de sus miembros teniendo en cuenta, sí, su condición de persona, como el resto de las instituciones (de ahí el famoso precepto kantiano); y además… su condición de persona. Y basta. Y, al acogerlos, les permite entregarse y cumplirse como personas.
Por eso cabe afirmar que sin familia no puede haber persona o, al menos, persona cumplida, llevada a plenitud. Y ello, según acabo de sugerir, no primariamente a causa de carencia alguna, sino al contrario, en virtud de la propia excedencia, que «nos obliga» a entregarnos… o quedar frustrados, por no llevar a término lo que demanda nuestra naturaleza, nuestro ser.
La realización y la madurez de la persona dependen en gran medida de la armonía que logre en sus diversas relaciones, y en primer lugar, en las que se refieren a la vida de familia.
Las relaciones en familia tienen características que las hacen únicas: son íntimas, continuas, variadas y complejas.
Existen diversas formas de relaciones familiares:
1. Relaciones entre esposos (conyugales).
2. Relaciones entre padres e hijos
3. Relaciones entre hermanos
1. RELACIONES ENTRE ESPOSOS
La primera relación familiar es entre los cónyuges. Es una relación entre dos personas que, libre y voluntariamente, por amor, decidieron unir sus vidas para formar una nueva familia, y que se han comprometido ante Dios Nuestro Señor, a amarse y respetarse todos los días de la vida. Esta unión es bendecida por el mismo Jesucristo a través del sacramento del matrimonio.
La armonía familiar depende de que esta relación sea amorosa, amable y sólida. Si los esposos se aman, se comprenden y se apoyan mutuamente, la unión familiar se dará. Cada uno de ellos aportará al matrimonio y a la familia su riqueza personal, él como hombre, ella, como mujer.
Si esa relación conyugal brilla por la entrega, la generosidad y el amor, los hijos crecerán sanamente, llenos de seguridad, pues saben que sus padres se aman.
Desgraciadamente, en muchos matrimonios, se olvida la relación conyugal como base de la armonía familiar, se olvidan de que primero son esposos, antes que ser padres. Se centran en ser padre o madre y destruyen su matrimonio y a la familia entera.
La relación conyugal mantiene el diálogo entre esposos, aumenta el cariño, el amor, la ternura y la confianza. Si padre y madre están unidos como esposos y como padres, la familia quedará revestida del verdadero amor, y los hijos crecerán aprendiendo a amar al ver el amor de sus padres.
Para este inciso consulta El Edificio del Matrimonio de P. Antonio Rivero.
http://es.catholic.net/familiayvida/159/319/articulo.php?id=25704
Un misterio llamado matrimonio de Guillermo Urbizu.
http://es.catholic.net/familiayvida/159/319/articulo.php?id=26805
Además de la relación de marido y mujer, deberán conjuntar armónicamente otro papel: el de SER PADRES. Ante la disyuntiva de ser padres o cónyuges en determinado momento, la respuesta es por vía de la CONFLUENCIA, más que por el de la incompatibilidad. Deben esforzarse por lograr la armonía de ambas funciones y que para ambos sea de interés común la familia y la educación de los hijos.
2. RELACION ENTRE PADRES E HIJOS.
Para que los hijos se sientan amados y aceptados en la familia, hay que dedicarles un tiempo especial. Convivir con ellos. El padre con todos y cada uno de los hijos, al igual que la madre. Cada hijo es una persona única e irrepetible y necesita atención personal.
Ser cariñoso y atento con todos y cada uno de los hijos. Cuando los padres lleguen del trabajo o de otras actividades, aunque estén cansados, jugar con ellos, escucharlos, atenderlos. Que se sientan amados y aceptados. ¡Que descubran en el rostro de sus padres la alegría y el deseo de estar con ellos!. Cuando un hijo se siente rechazado por el padre o la madre, sufrirá mucho en las diferentes etapas de su vida.
Que esa relación esté llena de cariño, paciencia, interés, amabilidad, detalles. No dejar que la comodidad, la flojera o el egoísmo dominen sobre estos sentimientos. Si los padres están cansados, pedirle a Dios fuerzas para darle el mejor tiempo a los hijos.
Aceptar a los hijos tal cual son, con sus cualidades y sus defectos; dar gracias a Dios por tenerlos, ser cariñosos, afectuosos, amorosos; respetarlos, comprenderlos y tenerles mucha paciencia.
Ser responsables de su educación, ser justos con ellos y tratarlos según su edad.
Deberes de los padres
El papel de los padres en la educación de sus hijos tiene tanto peso que, cuando falta, difícilmente puede suplirse. Lo que sus padres no hagan por ellos, nada ni nadie lo hará. De ahí que el derecho y el deber de los padres de educar a sus hijos sean la primera obligación que no se la pueden delegar a nadie. Ellos son los que deben realizarla.
Para llevar a cabo esta educación a los hijos, los padres deben de verlos como hijos de Dios, como imágenes y semejanza de Dios. Más aún, ver al mismo Jesucristo en ellos:
Nos dice San Mateo:Porque tuve hambre, y ustedes me alimentaron; tuve sed y ustedes me dieron de beber;... Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, sediento y te dimos de beber,... ? ... En verdad les digo que, cuando lo hicieron con alguno de estos más pequeños, a mí me lo hicieron.
Así, al ver a Jesucristo mismo en esas caritas inocentes de los hijos, los padres de familia los educarán respetando ante todo su dignidad como personas.
Los padres son los primeros responsables de la educación de sus hijos. Al crear el hogar adquieren esta responsabilidad. Por tanto, un hogar, especialmente si es cristiano, tendrá como normas a la ternura entre todos sus miembros, el perdón sincero y amoroso ante los errores, el respeto en el trato entre todos, la fidelidad y el servicio desinteresado a los demás miembros del hogar.
a)La educación de las virtudes
El lugar más apropiado para que los hijos crezcan en las virtudes es la familia. Será necesario su esfuerzo constante y asiduo por dar buen ejemplo constantemente. Pues es parte de su gran responsabilidad. Pero, ¿cómo podrán los padres educar a sus hijos en algunas virtudes que ellos mismos no tengan, si se ha dicho que es fundamental educar con el ejemplo?. No es necesario ser perfecto. Basta a los hijos ver que los padres también se esfuerzan en practicar esa virtud. El ejemplo del esfuerzo es lo que arrastrará a los hijos.
Al reconocer ante los hijos los propios defectos, un padre de familia se hace más apto para guiarlos y corregirlos.
Nos dice la Sagrada Escritura:
“El que ama a su hijo, le corrige sin cesar... el que enseña a su hijo, sacará provecho de él” (Si 30, 1-2).
“Padres, no exasperéis a vuestros hijos, sino formadlos más bien mediante la instrucción y la corrección según el Señor” (Ef 6,4).
El hogar es un medio natural para que los hijos aprendan a vivir en sociedad. Aprovechen los padres esta realidad para enseñar a sus hijos a guardarse de los peligros, riesgos y degradaciones que amenazan a las sociedades humanas.
b)La educación en la fe
Por la gracia del sacramento del matrimonio, los padres han recibido la responsabilidad y el privilegio de evangelizar a sus hijos. Los papás serán los primeros mensajeros de la fe para sus hijos. ¡Qué hermoso es ver a una madre y a un padre que, desde los primeros años de vida de su hijo, le empiezan a hablar de Dios! ¡Qué alegría le da al Señor ver a aquellos niños muy pequeños acercarse a Él en la Iglesia y mandarle un beso cariñoso! ¡Benditos los padres que van introduciendo poco a poco a sus hijos al contacto personal con Dios!
¿Cómo será la vida de fe del niño cuando sea adulto? Será según los cimientos que sus padres le dieron de niño.
Los padres tienen la misión de enseñar a sus hijos a orar y a descubrir su vocación de hijos de Dios. Así, en ese contacto con Dios, la familia crecerá como cristianos. ¡La familia que reza unida, permanecerá unida!.
c)Proveer a las necesidades físicas y espirituales de los hijos
El respeto y el afecto de los padres se traducen, durante la infancia de los hijos, ante todo en el cuidado y la atención que consagran para educar a sus hijos, y para proveer a sus necesidades físicas y espirituales.
No basta procrear a los hijos. Es necesario proveerles de todo lo necesario para que puedan desarrollarse integralmente como personas. Esfuércense los padres en dar a sus hijos, en la medida de sus posibilidades, todo lo que requieran: casa, comida, sustento. No escatimen los esfuerzos para lograrlo.
Dentro de las necesidades espirituales se encuentra el enseñar a los niños a pensar bien, para que sean capaces de decidir por lo mejor. Esto es educarlos para la vida.
Finalmente, será deber de los padres, apoyar a sus hijos cuando sean mayores al elegir su profesión y estado de vida. Ellos decidirán lo que crean más conveniente, siempre que sea algo honesto. En esos momentos, los padres, en un ambiente de confianza y respeto, den sus consejos y pareceres a los hijos. Al igual, no presionen a sus hijos en la elección de su futuro cónyuge. Sin embargo, ayuden a sus hijos con consejos juiciosos.
Deberes de los hijos
Dado que la paternidad humana tiene su fuente en la paternidad divina, los hijos honren a sus padres. El respeto de los hijos a sus padres se nutre del afecto natural nacido de la familia. Es exigido por el precepto divino, el cuarto mandamiento de la ley de Dios: honrarás a tu padre y a tu madre
La piedad filial, es decir, el respeto a los padres, está hecho de gratitud para quienes con su amor, su trabajo y su vida, han traído a sus hijos al mundo y les han ayudado a crecer en estatura, en sabiduría y en gracia.
Recordemos lo que dice el libro del Eclesiástico, en las Sagradas Escrituras:
Con todo tu corazón honra a tu padre, y no olvides los dolores de tu madre. Recuerda que por ellos has nacido, ¿cómo les pagarás lo que contigo han hecho?. (Si 7, 27 - 2
El respeto de los hijos se expresa sobretodo en la docilidad y la obediencia verdaderas.
Guarda, hijo mío, el mandato de tu padre y no desprecies la lección de tu madre. Grábalos constantemente en tu corazón, cuélgalos a tu cuello. Ellos guiarán tus pasos, te velarán cuando duermas, y te hablarán al despertar (Proverbios 6,20-22).
Mientras el hijo vive con sus padres, debe obedecer a todo lo que éstos dispongan para su bien o el de la familia.
San Pablo en su carta a los colosenses: Hijos, obedezcan en todo a sus padres, porque esto es grato a Dios en el Señor(Col. 3,20).
El cuarto mandamiento de la ley de Dios, recuerda a los hijos cuando ya sean mayores de edad su responsabilidad para con sus padres. En la medida de sus posibilidades han de prestarles toda la ayuda material y moral en los años de vejez y durante sus enfermedades, incluso en momentos de soledad y de abatimiento.
Nos dice la Sagrada Escritura:
El Señor glorifica al padre en los hijos, y afirma el derecho de la madre sobre su prole. Quien honra a su padre expía sus pecados; como el que atesora es quien da gloria a su madre. Quien honra a su padre recibirá contento de sus hijos, y en el día de su oración será escuchado. Quien da gloria al padre vivirá largos días, obedece al Señor quien da sosiego a su madre (Si. 3,2-6).
Hijo, cuida de tu padre en su vejez, y en su vida no le causes tristeza. Aunque haya perdido la cabeza, sé indulgente, no le desprecies en la plenitud de tu vigor... Como blasfemo es el que abandona a su padre, maldito del Señor quien irrita a su madre (Si 3,12-13.16).
Educar es fascinante Emilio Aviles.
http://es.catholic.net/familiayvida/158/320/articulo.php?id=33419
3. RELACIONES ENTRE HERMANOS
Los hermanos deben aprender a cultivar la solidaridad entre ellos. Los padres deben ayudar y fomentar el amor entre los hermanos, el respeto entre ellos y sobre todo, el sentido de amor por el más débil. Son los hermanos el principal sostén cuando uno de ellos pasa una dificultad económica, de salud o trabajo y si no aprenden a ayudarse desde pequeños, de mayores les será más difícil.
El gran fruto de las relaciones familiares será el amor, la confianza, el cariño, la unión familiar, la alegría de vivir.
Buscar el ejemplo de la Sagrada Familia: en la Biblia, en San Lucas 1-3, se puede observar a José dedicado a su familia, María educando a Jesús, y el niño Jesús sujeto a sus padres.
Contemplar la relación amorosa de Jesús con su Padre Celestial. Siempre dialogando con Él a través de la oración, contándole todas sus alegrías y sus penas. (Oración en el Huerto de Getsemaní: San Lucas 22, 39-46)
Lo propio de las relaciones fraternas es estar unidos, debe ser fuente de amor y solidaridad entre ellos. Suelen ser extensas y profundas, abarcan las distintas etapas del desarrollo.
La amistad entre hermanos no siempre se da, aunque exista un fuerte lazo de cariño. Es necesario enseñarles a ser buenos hermanos, hablando con ellos sobre el valor de la fraternidad. Si nosotros tenemos hermanos, poner de ejemplo situaciones positivas.
Es también labor de los padres prevenir situaciones conflictivas y de rivalidad, que se originan muchas veces por competir por el amor de los padres o por las preferencias que perciben. Por ello es muy importante evitar siempre las comparaciones.
Cuando se dan conflictos, debemos saber actuar:
· Tolerando algunos conflictos cuando no sean de importancia.
· Hablando con cada hijo por separado para escuchar su versión.
· Enseñándoles a resolver sus conflictos mediante el perdón.
· No tomando partido ni involucrándose.
· Aprovechando los conflictos para educar en valores y virtudes.
· Propiciando un ambiente de alegría, aceptación y cariño.
· Reforzando conductas positivas: promoviendo proyectos en común, viajes, visitas, jugando juntos, compartiendo, haciéndose favores entre sí, ayudándose a realizar alguna tarea.
Debemos cuidar algunas obligaciones que los hijos deben cumplir con sus hermanos:
Amor incondicional, comprensión, respeto, ayuda material y espiritual.
Los hermanos mayores ayudan a la transmisión y cumplimiento de normas y costumbres con su buen ejemplo.
Amor de hermanos P. Fernando Pascual
http://es.catholic.net/familiayvida/158/320/articulo.php?id=33777
Envidias entre hermanos Irene Gutiérrez.
http://es.catholic.net/familiayvida/158/287/articulo.php?id=7157
Para terminar, retomemos la función de los padres que corresponde a SERVIR.
En nuestra sociedad, pareciera que existe un rechazo al servir o al sacrificio. Tendemos a pasarla bien a cualquier precio. Cada vez es menos frecuente que nos enseñen que también se aprende sufriendo o renunciando, si las circunstancias así lo exigen.
Lograr dar trato personal en la vida de familia, cuidar y hacer crecer la intimidad de cada uno, implica necesariamente esfuerzo y una continua actitud de servicio de los padres (sin hacer por los hijos lo que ellos pueden hacer).
El SERVICIO, con el sacrificio que implica, se justifica por el AMOR. Basta con preguntar a una mamá que se despierta en la madrugada varias veces a dar de comer a su bebé, si se cuestiona el sacrificio que implica. Pierde su calidad de “víctima” porque lo hace por amor. El significado positivo de servir, es poner a disposición de otros, lo que somos, sabemos y tenemos, para ayudarlos a crecer y a ser felices.
martes, 19 de agosto de 2008
12.- EL EDIFICIO DEL MATRIMONIO
El Edificio del Matrimonio
El matrimonio como un gran edificio se va construyendo día a día, minuto a minuto, segundo a segundo
Quiero comparar el matrimonio a un gran edificio que se va construyendo día a día, minuto a minuto, segundo a segundo. El día del casamiento se pone el primer ladrillo. Y el día de la muerte, el último.
Del esposo y de la esposa, junto con los hijos, depende:
· La solidez de ese edificio.
· La belleza de ese edificio.
· La luminosidad de ese edificio.
· La limpieza de ese edificio.
· La altura de ese edificio.
1. Solidez del edificio
¿De qué depende la solidez del edificio matrimonial?
De los cimientos y columnas. La solidez de una casa no depende de los cuadros que colgamos en la pared, ni de la antena parabólica, ni de la hermosa chimenea que hermosea y calienta el rincón de nuestra casa. Para que un matrimonio sea sólido, resistente a todos los vientos, huracanes y sismos, es necesario que tenga unos cimientos bien sólidos, graníticos, macizos.
¿Cuáles son esos cimientos y columnas sólidos y macizos en el matrimonio?
La piedad, esa virtud hermosa que reúne a toda la familia en torno a Dios todos los domingos, que junta todos los días a padres e hijos junto a un cuadro o una imagen de la Virgen a quien rezan un poco. La piedad es la que mueve a esa familia a bendecir los alimentos antes de las comidas.
La fe es otro cimiento y columna sólida en el matrimonio. La fe que les permite ver todas las cosas que les ocurren a la luz de Dios, es más, ven la mano de Dios en todo. La fe les hace superar las crisis y posibles vaivenes de la vida.
El amor es una columna sin la cual el edificio del matrimonio se derrumba. El amor como entrega, sacrificio, donación, capacidad de comprensión y bondad.
La fidelidad no puede faltar como cimiento que sostiene toda la casa matrimonial. La fidelidad a la palabra dada. La fidelidad al otro cónyuge. Fidelidad a los deberes del propio estado. Fidelidad en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad.
Y sacrificio, como cimiento macizo del edificio matrimonial. ¿Qué es el sacrificio? Es ese saber sufrir, soportar, aguantar todos los contratiempos de la vida. Ese poner buena cara a lo que nos cuesta o nos desagrada. La vida matrimonial y cualquier vida humana está llena de sacrificio, porque el sacrificio es ingrediente del devenir humano. Es el sacrificio el que nos hace madurar y va quitando de nosotros esas actitudes egoístas y caprichosas.
Si estos son los buenos y sólidos cimientos, ¿cuáles serían los cimientos débiles, de paja, de barro? Los gustos, los caprichos, el egoísmo, la indiferencia religiosa.
2. Belleza del edificio
La belleza de una casa depende del buen gusto en las dimensiones, proporciones, simetría.
Y la belleza de un matrimonio, ¿de qué depende? Del amor. El amor es el embellece al matrimonio, le da sus perfiles hermosos, permite la serenidad en cada rincón de casa, hace sonreír a padres e hijos.
¿Qué es el amor? Es difícil definir el amor, pues el amor no es para explicar. El amor es para vivir, para dar, para recibir. El amor es esa fuerza interior que me hace salir de mí mismo para darme a los demás, para entregarme a mi amado, sin buscar compensaciones, sin obligarle ni forzarle a que me ame. El amor es saber callar los defectos del otro, salir al encuentro del otro cuando lo necesita, es ofrecerme al otro, perdonar al otro, comprender al otro, ofrecerle limpiamente mi cariño. El amor exige una buena cuota de desprendimiento personal, de sacrificio y de renuncias por la persona a quien amo.
¿Por qué el amor embellece el edificio matrimonial? Porque va quitando aristas que sobran, puliendo superficies rugosas, limpiando azulejos sucios, empapelando con buen gusto paredes descarapeladas o en mal estado. El amor se fija en el detalle bello del ramo de flores para mi esposa, en ese dejar la ropa olorosa a mi esposo. El amor es el perfume del hogar. El amor es afecto, es decir, ternura, acercamiento cariñoso al estado del otro. El amor es amistad, es decir, quiere el bien del otro y une las personas. El amor no se empolva. El amor verdadero embellece el hogar. El amor hace crecer sanos física y psicológicamente a los hijos. El amor rejuvenece al matrimonio.
La falta de amor afea el matrimonio, desteje el paño familiar, raya las escaleras que hermosean la casa, quiebra las lámparas colgantes, ensucia las alfombras de los recibidores y exhala un mal olor en toda la casa. La falta de amor provoca las discusiones, hace subir el tono, hiere los sentimientos de las personas a quien más deberíamos amar. La falta de amor distancia los corazones, las almas y los cuerpos. La falta de amor descuida los detalles y le hace a uno ser grosero. La falta de amor envejece al matrimonio.
El amor es fuego que calienta esa casa. La primera que lo enciende es la madre, que es el corazón de la familia y es la primera en levantarse. Ese fuego que el marido, el papá, debe mantener a lo largo del día, desde su trabajo, llamando por teléfono a su mujer, trayendo a casa siempre y todos los días, algo de leña para alimentar ese fuego del amor en el hogar. ¡Que no traiga el cubo de agua de sus disgustos, para echarlo encima y apagar ese fuego! Ese fuego del que se alimentan los hijos, les hace crecer sanos, física, psicológica y espiritualmente. Este fuego hay que colocarlo en el centro del hogar y desde ahí se irradiará a todos los rincones. Ese fuego se alimenta cada día con la piedad, el rezo en familia, la devoción mariana.
Que no pase un día sin alimentar y acrecentar ese fuego con la oración en familia. A veces cuesta encender ese fuego en los hogares, sobre todo, si se dejan todas las puertas y ventanas abiertas a todos los aires, o se cuela el hielo del invierno y de la indiferencia. ¡Familias, enciendan el fuego del amor durante su vida, poniendo cada uno la leña del sacrificio que han ido consiguiendo a base de esfuerzo y trabajo! ¡Defiendan ese fuego, aunque tengan que quemarse las manos y el corazón! Sin el fuego del corazón, se destruye el hogar, la familia, los matrimonios
3. Luminosidad del edificio
¿De qué depende la luminosidad de una casa? De los ventanales. Una casa sin ventanas al exterior se convierte en una casa lúgubre, oscura y propensa a la humedad.
Lo mismo en el matrimonio. La luminosidad en el matrimonio depende de los grandes ventanales. ¿Para qué los grandes ventanales? Los grandes ventanales permiten airearse todos los rincones de la casa, para que no se acumulen los malos olores. Los grandes ventanales permiten la entrada de luz al hogar...y entrando la luz mueren las bacterias, la humedad, los hongos. Entrando la luz, se puede percibir mejor el polvo y las cosas sucias, y así poder limpiarlas, barrer bien todo. Los grandes ventanales permiten descansar la vista y alargarla hacia los anchos horizontes, ver las necesidades del mundo y de los hombres. ¡Familias, construyan en sus hogares grandes ventanales! No para que dejen meter los malos aires que hoy soplan por ahí: el aire del egoísmo que quiere limitar los nacimientos por medios ilícitos, artificiales, porque –según dicen- “familia pequeña, vive mejor”; ¡esto es egoísmo!; el aire del hedonismo, que busca el placer por el placer mismo; el aire del consumismo, que prefiere una heladera o un nuevo apartamento, a un nuevo hijo; los aires de la emancipación y liberación de la mujer, a quien se le obliga trabajar fuera de casa todo el día “porque así se realiza mejor, profesionalmente”, pero nunca está en casa para educar a sus hijos, para convivir con sus hijos; los aires de matrimonios a prueba, mientras tanto, a ver si funciona; los aires divorcistas, separatistas, para hacerse un nuevo amigo sentimental. ¡Grandes ventanales para que entre el aire renovado del Espíritu que sopla donde quiere y trae aromas del cielo! ¡Grandes ventanales para que la brisa suave de la oración matutina y vespertina consuele a toda la familia! ¡Grandes ventanales para poder ver la Iglesia de nuestra zona y acordarnos de ir a misa en familia y rezar antes de las comidas, o ante una imagen de la Virgencita! ¡Grandes ventanales para ver lo mucho que sufren nuestros hermanos, los hombres, y poderles echar una mano! ¡Grandes ventanales como los del portal de Belén, que era todo ventanal para mirar a todos los hombres y permitir que todos se acercaran a adorar al Salvador! ¡Que no haya recovecos en nuestros hogares, puertas secretas y oscuras, teléfonos escondidos desde donde llamar a piratas que quieren destruir nuestro hogar, nuestra familia, nuestros hijos!
Luminosidad en el matrimonio, y no mentira, falsedad, apariencia, infidelidad.
4. Limpieza del edificio
¿De qué depende la limpieza del matrimonio? De los mil detalles de cada día. De quitar cada día lo que ensucie, ese polvo que cae casi sin percibirlo. De no dejar acumulada ropa sucia, ni arrinconada la basura.
Limpieza en el dormitorio. Nada debe haber ahí que manche la intimidad del matrimonio. Limpieza de palabras, de gestos, de miradas. ¡Qué conversaciones tan limpias deberían hablarse ahí! La oración común, en el dormitorio va limpiando a la pareja cada noche y la va fortaleciendo en sus vínculos.
Limpieza en la mesa. Es la mesa la que va a unirnos varias veces al día a los miembros de la familia, para compartir el pan, las alegrías, las lágrimas, los proyectos. En la mesa se da el banquete familiar. Por eso, ahí debe haber limpieza suma. Allí en la mesa, nos miramos mutuamente, sonreímos, charlamos, disfrutamos de ese gozo de sabernos amados, queridos. En la mesa tenemos la oportunidad de practicar y crecer en muchas virtudes: apertura, respeto, servicialidad, moderación, generosidad. Sobre la mesa se pone el pan, las flores y el cariño. El pan que se parte, se reparte, se comparte. Las flores que adornan y embellecen la mesa familiar. Ahí se ofrece el cariño, que es esa corriente cordial que electrifica a todos los miembros y les permite el darse mutuamente, el abrirse, el comprenderse, el perdonarse. En la mesa hay que evitar el discutir, el pelearse, el encerrarnos en nosotros mismos...., pues todo esto ensuciaría el amor del matrimonio e impediría una buena digestión, creando un clima de crispación y rivalidad. En la mesa hay que evitar el querer comer a solas, en un rincón, o después de todos...como islas...; así simplemente se corta con esa corriente afectiva y familiar, y se convierte uno en su misma casa en un huésped extraño que entra y sale. Ha convertido su casa en un hotel, o posada, donde se va a comer, a dormir, a tomar una ducha o a cambiarse de traje, cuando se quiere.
Limpieza en la sala de estar. No permitir hablar mal de nadie, cuando vienen huéspedes o amigos. La sala de estar debe estar limpia de envidias, maledicencias, calumnias. La sala de estar debe tener siempre el florero lleno de flores olorosas: el buen humor, la benedicencia, el respeto, la jovialidad, la alegría. No la sala de estar no debe acumularse el humo de cigarrillos de la frivolidad y de la chabacanería. La sala de estar debe vista al patio o al jardín, para que allí se vea lo que se hace sin intenciones torcidas.
Limpieza en el patio, porque ahí deben jugar los niños. Que haya árboles y columpios y jardín. Pero todo limpio. La limpieza ayuda a los hijos a oxigenarse, airearse y a crecer sanos.
5. Altura del edificio
La altura del edificio matrimonial depende de la generosidad en el amor fecundo, abierto a la vida. Dios dijo a la primera pareja de la historia, Adán y Eva: “Creced y multiplicaos”.
Así como Dios es generoso con nosotros, así también los matrimonios deben ser generosos en transmitir la vida. ¡Qué hermoso es ver esas familias numerosas, donde los hijos alegran cada rincón de la casa! ¡Cómo se ejercitan en el cariño, en la donación, en la preocupación de unos por otros...cuando son muchos hermanos! Comparten todo, juegan juntos. También a veces se pelean, pero después se reconcilian. Si sólo hay un hijo en casa, ¿con quién juega, con quién comparte sus cosas, a quién sonríe, con quién se pelea, con quién hace las paces? No tiene hermanos. El niño que no tiene hermanitos es más propenso a la tristeza, al egoísmo, al aislamiento. Se le acorta el crecimiento afectivo y psicológico.
Familias, sean generosas. ¡Amen, sean portadoras de amor, defiendan el amor, protejan el amor, den amor!
Herramientas del Artículo:
Ver más artículos del tema
Preguntas o comentarios
Envíalo a un amigo
Formato para imprimir
Descargar en PDF
El matrimonio como un gran edificio se va construyendo día a día, minuto a minuto, segundo a segundo
Quiero comparar el matrimonio a un gran edificio que se va construyendo día a día, minuto a minuto, segundo a segundo. El día del casamiento se pone el primer ladrillo. Y el día de la muerte, el último.
Del esposo y de la esposa, junto con los hijos, depende:
· La solidez de ese edificio.
· La belleza de ese edificio.
· La luminosidad de ese edificio.
· La limpieza de ese edificio.
· La altura de ese edificio.
1. Solidez del edificio
¿De qué depende la solidez del edificio matrimonial?
De los cimientos y columnas. La solidez de una casa no depende de los cuadros que colgamos en la pared, ni de la antena parabólica, ni de la hermosa chimenea que hermosea y calienta el rincón de nuestra casa. Para que un matrimonio sea sólido, resistente a todos los vientos, huracanes y sismos, es necesario que tenga unos cimientos bien sólidos, graníticos, macizos.
¿Cuáles son esos cimientos y columnas sólidos y macizos en el matrimonio?
La piedad, esa virtud hermosa que reúne a toda la familia en torno a Dios todos los domingos, que junta todos los días a padres e hijos junto a un cuadro o una imagen de la Virgen a quien rezan un poco. La piedad es la que mueve a esa familia a bendecir los alimentos antes de las comidas.
La fe es otro cimiento y columna sólida en el matrimonio. La fe que les permite ver todas las cosas que les ocurren a la luz de Dios, es más, ven la mano de Dios en todo. La fe les hace superar las crisis y posibles vaivenes de la vida.
El amor es una columna sin la cual el edificio del matrimonio se derrumba. El amor como entrega, sacrificio, donación, capacidad de comprensión y bondad.
La fidelidad no puede faltar como cimiento que sostiene toda la casa matrimonial. La fidelidad a la palabra dada. La fidelidad al otro cónyuge. Fidelidad a los deberes del propio estado. Fidelidad en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad.
Y sacrificio, como cimiento macizo del edificio matrimonial. ¿Qué es el sacrificio? Es ese saber sufrir, soportar, aguantar todos los contratiempos de la vida. Ese poner buena cara a lo que nos cuesta o nos desagrada. La vida matrimonial y cualquier vida humana está llena de sacrificio, porque el sacrificio es ingrediente del devenir humano. Es el sacrificio el que nos hace madurar y va quitando de nosotros esas actitudes egoístas y caprichosas.
Si estos son los buenos y sólidos cimientos, ¿cuáles serían los cimientos débiles, de paja, de barro? Los gustos, los caprichos, el egoísmo, la indiferencia religiosa.
2. Belleza del edificio
La belleza de una casa depende del buen gusto en las dimensiones, proporciones, simetría.
Y la belleza de un matrimonio, ¿de qué depende? Del amor. El amor es el embellece al matrimonio, le da sus perfiles hermosos, permite la serenidad en cada rincón de casa, hace sonreír a padres e hijos.
¿Qué es el amor? Es difícil definir el amor, pues el amor no es para explicar. El amor es para vivir, para dar, para recibir. El amor es esa fuerza interior que me hace salir de mí mismo para darme a los demás, para entregarme a mi amado, sin buscar compensaciones, sin obligarle ni forzarle a que me ame. El amor es saber callar los defectos del otro, salir al encuentro del otro cuando lo necesita, es ofrecerme al otro, perdonar al otro, comprender al otro, ofrecerle limpiamente mi cariño. El amor exige una buena cuota de desprendimiento personal, de sacrificio y de renuncias por la persona a quien amo.
¿Por qué el amor embellece el edificio matrimonial? Porque va quitando aristas que sobran, puliendo superficies rugosas, limpiando azulejos sucios, empapelando con buen gusto paredes descarapeladas o en mal estado. El amor se fija en el detalle bello del ramo de flores para mi esposa, en ese dejar la ropa olorosa a mi esposo. El amor es el perfume del hogar. El amor es afecto, es decir, ternura, acercamiento cariñoso al estado del otro. El amor es amistad, es decir, quiere el bien del otro y une las personas. El amor no se empolva. El amor verdadero embellece el hogar. El amor hace crecer sanos física y psicológicamente a los hijos. El amor rejuvenece al matrimonio.
La falta de amor afea el matrimonio, desteje el paño familiar, raya las escaleras que hermosean la casa, quiebra las lámparas colgantes, ensucia las alfombras de los recibidores y exhala un mal olor en toda la casa. La falta de amor provoca las discusiones, hace subir el tono, hiere los sentimientos de las personas a quien más deberíamos amar. La falta de amor distancia los corazones, las almas y los cuerpos. La falta de amor descuida los detalles y le hace a uno ser grosero. La falta de amor envejece al matrimonio.
El amor es fuego que calienta esa casa. La primera que lo enciende es la madre, que es el corazón de la familia y es la primera en levantarse. Ese fuego que el marido, el papá, debe mantener a lo largo del día, desde su trabajo, llamando por teléfono a su mujer, trayendo a casa siempre y todos los días, algo de leña para alimentar ese fuego del amor en el hogar. ¡Que no traiga el cubo de agua de sus disgustos, para echarlo encima y apagar ese fuego! Ese fuego del que se alimentan los hijos, les hace crecer sanos, física, psicológica y espiritualmente. Este fuego hay que colocarlo en el centro del hogar y desde ahí se irradiará a todos los rincones. Ese fuego se alimenta cada día con la piedad, el rezo en familia, la devoción mariana.
Que no pase un día sin alimentar y acrecentar ese fuego con la oración en familia. A veces cuesta encender ese fuego en los hogares, sobre todo, si se dejan todas las puertas y ventanas abiertas a todos los aires, o se cuela el hielo del invierno y de la indiferencia. ¡Familias, enciendan el fuego del amor durante su vida, poniendo cada uno la leña del sacrificio que han ido consiguiendo a base de esfuerzo y trabajo! ¡Defiendan ese fuego, aunque tengan que quemarse las manos y el corazón! Sin el fuego del corazón, se destruye el hogar, la familia, los matrimonios
3. Luminosidad del edificio
¿De qué depende la luminosidad de una casa? De los ventanales. Una casa sin ventanas al exterior se convierte en una casa lúgubre, oscura y propensa a la humedad.
Lo mismo en el matrimonio. La luminosidad en el matrimonio depende de los grandes ventanales. ¿Para qué los grandes ventanales? Los grandes ventanales permiten airearse todos los rincones de la casa, para que no se acumulen los malos olores. Los grandes ventanales permiten la entrada de luz al hogar...y entrando la luz mueren las bacterias, la humedad, los hongos. Entrando la luz, se puede percibir mejor el polvo y las cosas sucias, y así poder limpiarlas, barrer bien todo. Los grandes ventanales permiten descansar la vista y alargarla hacia los anchos horizontes, ver las necesidades del mundo y de los hombres. ¡Familias, construyan en sus hogares grandes ventanales! No para que dejen meter los malos aires que hoy soplan por ahí: el aire del egoísmo que quiere limitar los nacimientos por medios ilícitos, artificiales, porque –según dicen- “familia pequeña, vive mejor”; ¡esto es egoísmo!; el aire del hedonismo, que busca el placer por el placer mismo; el aire del consumismo, que prefiere una heladera o un nuevo apartamento, a un nuevo hijo; los aires de la emancipación y liberación de la mujer, a quien se le obliga trabajar fuera de casa todo el día “porque así se realiza mejor, profesionalmente”, pero nunca está en casa para educar a sus hijos, para convivir con sus hijos; los aires de matrimonios a prueba, mientras tanto, a ver si funciona; los aires divorcistas, separatistas, para hacerse un nuevo amigo sentimental. ¡Grandes ventanales para que entre el aire renovado del Espíritu que sopla donde quiere y trae aromas del cielo! ¡Grandes ventanales para que la brisa suave de la oración matutina y vespertina consuele a toda la familia! ¡Grandes ventanales para poder ver la Iglesia de nuestra zona y acordarnos de ir a misa en familia y rezar antes de las comidas, o ante una imagen de la Virgencita! ¡Grandes ventanales para ver lo mucho que sufren nuestros hermanos, los hombres, y poderles echar una mano! ¡Grandes ventanales como los del portal de Belén, que era todo ventanal para mirar a todos los hombres y permitir que todos se acercaran a adorar al Salvador! ¡Que no haya recovecos en nuestros hogares, puertas secretas y oscuras, teléfonos escondidos desde donde llamar a piratas que quieren destruir nuestro hogar, nuestra familia, nuestros hijos!
Luminosidad en el matrimonio, y no mentira, falsedad, apariencia, infidelidad.
4. Limpieza del edificio
¿De qué depende la limpieza del matrimonio? De los mil detalles de cada día. De quitar cada día lo que ensucie, ese polvo que cae casi sin percibirlo. De no dejar acumulada ropa sucia, ni arrinconada la basura.
Limpieza en el dormitorio. Nada debe haber ahí que manche la intimidad del matrimonio. Limpieza de palabras, de gestos, de miradas. ¡Qué conversaciones tan limpias deberían hablarse ahí! La oración común, en el dormitorio va limpiando a la pareja cada noche y la va fortaleciendo en sus vínculos.
Limpieza en la mesa. Es la mesa la que va a unirnos varias veces al día a los miembros de la familia, para compartir el pan, las alegrías, las lágrimas, los proyectos. En la mesa se da el banquete familiar. Por eso, ahí debe haber limpieza suma. Allí en la mesa, nos miramos mutuamente, sonreímos, charlamos, disfrutamos de ese gozo de sabernos amados, queridos. En la mesa tenemos la oportunidad de practicar y crecer en muchas virtudes: apertura, respeto, servicialidad, moderación, generosidad. Sobre la mesa se pone el pan, las flores y el cariño. El pan que se parte, se reparte, se comparte. Las flores que adornan y embellecen la mesa familiar. Ahí se ofrece el cariño, que es esa corriente cordial que electrifica a todos los miembros y les permite el darse mutuamente, el abrirse, el comprenderse, el perdonarse. En la mesa hay que evitar el discutir, el pelearse, el encerrarnos en nosotros mismos...., pues todo esto ensuciaría el amor del matrimonio e impediría una buena digestión, creando un clima de crispación y rivalidad. En la mesa hay que evitar el querer comer a solas, en un rincón, o después de todos...como islas...; así simplemente se corta con esa corriente afectiva y familiar, y se convierte uno en su misma casa en un huésped extraño que entra y sale. Ha convertido su casa en un hotel, o posada, donde se va a comer, a dormir, a tomar una ducha o a cambiarse de traje, cuando se quiere.
Limpieza en la sala de estar. No permitir hablar mal de nadie, cuando vienen huéspedes o amigos. La sala de estar debe estar limpia de envidias, maledicencias, calumnias. La sala de estar debe tener siempre el florero lleno de flores olorosas: el buen humor, la benedicencia, el respeto, la jovialidad, la alegría. No la sala de estar no debe acumularse el humo de cigarrillos de la frivolidad y de la chabacanería. La sala de estar debe vista al patio o al jardín, para que allí se vea lo que se hace sin intenciones torcidas.
Limpieza en el patio, porque ahí deben jugar los niños. Que haya árboles y columpios y jardín. Pero todo limpio. La limpieza ayuda a los hijos a oxigenarse, airearse y a crecer sanos.
5. Altura del edificio
La altura del edificio matrimonial depende de la generosidad en el amor fecundo, abierto a la vida. Dios dijo a la primera pareja de la historia, Adán y Eva: “Creced y multiplicaos”.
Así como Dios es generoso con nosotros, así también los matrimonios deben ser generosos en transmitir la vida. ¡Qué hermoso es ver esas familias numerosas, donde los hijos alegran cada rincón de la casa! ¡Cómo se ejercitan en el cariño, en la donación, en la preocupación de unos por otros...cuando son muchos hermanos! Comparten todo, juegan juntos. También a veces se pelean, pero después se reconcilian. Si sólo hay un hijo en casa, ¿con quién juega, con quién comparte sus cosas, a quién sonríe, con quién se pelea, con quién hace las paces? No tiene hermanos. El niño que no tiene hermanitos es más propenso a la tristeza, al egoísmo, al aislamiento. Se le acorta el crecimiento afectivo y psicológico.
Familias, sean generosas. ¡Amen, sean portadoras de amor, defiendan el amor, protejan el amor, den amor!
Herramientas del Artículo:
Ver más artículos del tema
Preguntas o comentarios
Envíalo a un amigo
Formato para imprimir
Descargar en PDF
lunes, 18 de agosto de 2008
13.- UN MISTERIO LLAMADO MATRIMONIO
Ante las dificultades objetivas nuestra actitud de entrega, de pureza y de generosidad serán el ejemplo y el impulso cristiano que necesita el mundo
Un misterio llamado matrimonio
El matrimonio necesita de nuestro constante compromiso. Es decir, del amor. Amor diario, esforzado, alegre. Ante las dificultades objetivas nuestra actitud de entrega, de pureza y de generosidad serán el ejemplo y el impulso cristiano que necesita el mundo.
Un hombre y una mujer se enamoran, encuentran su unidad, su destino en común. Insisto: un hombre y una mujer. Así ha sido desde el principio de los tiempos, desde que el hombre es hombre y no esta especie de casuística amorfa, de dirección única, en el que algunos lo quieren convertir. El enamoramiento comienza en la mirada, y transforma todo nuestro existir en un acto infinito. Ya nada es lo mismo. El corazón late desbocado. Queremos al otro en cada detalle de su voluntad, en cada gesto, por nimio que sea. Para siempre. No podemos pasar sin él, sin ella. Nos basta con su presencia, con su perfil, con la gracia de su figura, con la elegancia de su nombre. Desde luego que ya nada es lo mismo. Hemos nacido de nuevo. A un amor limpio, que nos impulsa a ser mejores, a entregar nuestra vida. Es un “camino de perfección” que nos devuelve a la alegría, quizá perdida hace tiempo en el laberinto del yo y sus pasiones alucinógenas. Y poco a poco nos vamos desnudando de nuestro capricho y acariciamos la entraña de la felicidad.
El matrimonio es un conocimiento y un convencimiento, una clara vocación por la espeleología del alma, un sacramento que brota del perfume de los cuerpos. Es una ternura inviolable por la que no pasan los años, ni la unción de las arrugas. Es un noviazgo constante, un compromiso que va mucho más allá de la rutina y del cansancio. Nada que ver con la burocracia, el padrón o las fotocopias del libro de familia. Es un ofrecimiento responsable, un milagro que engendra vida. A pesar de los disgustos y de las lágrimas. Hombre y mujer se entregan al sentido del sacrificio, sin exhibicionismos sospechosos, sin amaneramientos extraños. Y sin vacilaciones. Juntos, sin miedo al camino. La condición masculina se complementa con la femenina (y viceversa), en un misterio solemne e inmemorial. Se funden los labios, se consuman las palabras, en un abrazo tan prodigioso como necesario.
Nuestras sociedades necesitan hoy más que nunca del matrimonio -raíz de la familia- si quieren seguir subsistiendo como tales. Si quieren conservar un ápice de cordura, de esperanza para el futuro. Precisamente ahora es cuando virtudes como la fidelidad, el pudor o la sinceridad son más necesarias, adquieren un sentido más poderoso. A pesar del desuso, de las costumbres viciadas, de la tiranía que ejerce a nuestro alrededor la anomalía. El amor cabal de un hombre y de una mujer se basa en la abnegación, y es la fuente desde donde mana la más urgente solidaridad que necesita el mundo. Esto, y no otra cosa, es el matrimonio.
Herramientas del Artículo:
Ver más artículos del tema
Preguntas o comentarios
Envíalo a un amigo
Formato para imprimir
Descargar en PDF
Un misterio llamado matrimonio
El matrimonio necesita de nuestro constante compromiso. Es decir, del amor. Amor diario, esforzado, alegre. Ante las dificultades objetivas nuestra actitud de entrega, de pureza y de generosidad serán el ejemplo y el impulso cristiano que necesita el mundo.
Un hombre y una mujer se enamoran, encuentran su unidad, su destino en común. Insisto: un hombre y una mujer. Así ha sido desde el principio de los tiempos, desde que el hombre es hombre y no esta especie de casuística amorfa, de dirección única, en el que algunos lo quieren convertir. El enamoramiento comienza en la mirada, y transforma todo nuestro existir en un acto infinito. Ya nada es lo mismo. El corazón late desbocado. Queremos al otro en cada detalle de su voluntad, en cada gesto, por nimio que sea. Para siempre. No podemos pasar sin él, sin ella. Nos basta con su presencia, con su perfil, con la gracia de su figura, con la elegancia de su nombre. Desde luego que ya nada es lo mismo. Hemos nacido de nuevo. A un amor limpio, que nos impulsa a ser mejores, a entregar nuestra vida. Es un “camino de perfección” que nos devuelve a la alegría, quizá perdida hace tiempo en el laberinto del yo y sus pasiones alucinógenas. Y poco a poco nos vamos desnudando de nuestro capricho y acariciamos la entraña de la felicidad.
El matrimonio es un conocimiento y un convencimiento, una clara vocación por la espeleología del alma, un sacramento que brota del perfume de los cuerpos. Es una ternura inviolable por la que no pasan los años, ni la unción de las arrugas. Es un noviazgo constante, un compromiso que va mucho más allá de la rutina y del cansancio. Nada que ver con la burocracia, el padrón o las fotocopias del libro de familia. Es un ofrecimiento responsable, un milagro que engendra vida. A pesar de los disgustos y de las lágrimas. Hombre y mujer se entregan al sentido del sacrificio, sin exhibicionismos sospechosos, sin amaneramientos extraños. Y sin vacilaciones. Juntos, sin miedo al camino. La condición masculina se complementa con la femenina (y viceversa), en un misterio solemne e inmemorial. Se funden los labios, se consuman las palabras, en un abrazo tan prodigioso como necesario.
Nuestras sociedades necesitan hoy más que nunca del matrimonio -raíz de la familia- si quieren seguir subsistiendo como tales. Si quieren conservar un ápice de cordura, de esperanza para el futuro. Precisamente ahora es cuando virtudes como la fidelidad, el pudor o la sinceridad son más necesarias, adquieren un sentido más poderoso. A pesar del desuso, de las costumbres viciadas, de la tiranía que ejerce a nuestro alrededor la anomalía. El amor cabal de un hombre y de una mujer se basa en la abnegación, y es la fuente desde donde mana la más urgente solidaridad que necesita el mundo. Esto, y no otra cosa, es el matrimonio.
Herramientas del Artículo:
Ver más artículos del tema
Preguntas o comentarios
Envíalo a un amigo
Formato para imprimir
Descargar en PDF
domingo, 17 de agosto de 2008
14.- EDUCAR ES FASCINANTE
Educar es fascinante
Los pies bien en el suelo y con una gran esperanza de felicidad. ¿Quién se apunta?
Algunas corrientes, denominadas progresistas, animaban ya hace más de 30 años a renunciar a la autoridad. Se vivió entonces un clima de dejadez en el exigir. Actualmente, por contra, se ha puesto en valor el hecho de poder mandar-acompañar-liderar con determinación e ideas claras, evitando pasividades y proteccionismos.
Ahora, a principios de siglo XXI, es el tiempo donde la coherencia y la interpretación sincera del actuar humano son de vital necesidad. Vivir ha de significar una explicación, no una mera opinión o percepción simple de lo que parece ser propio al hombre.
Asimismo, puede ser muy enriquecedor considerar la autoridad, el derecho a recibir un servicio, desde el punto de vista de aquel que obedece o realiza una tarea para los demás. ¡Qué gran valor poder ejercer cualquier profesión honrada, para mejorar personalmente y poder elevar, a todos los niveles, a una sociedad, donde uno esté en cada momento. Y desde ese lugar, poder decir aquello de D. José Ortega Gasset “Yo soy yo y mis circunstancias y si no las salvo a ellas no me salvo yo”. Pues sí, realmente todos influimos de alguna manera, sea cual sea nuestro nivel de responsabilidad, influencia o prestigio. Y podemos y debemos aumentar la excelencia de las personas que tenemos al lado, pues son nuestra gran “circunstancia”.
En el amplio campo de la educación formal, familiar y no formal, habrá ocasiones en que será imprescindible exigir y dejarse exigir con fortaleza, siempre dentro de un ambiente amable y con espíritu deportivo. Esa fortaleza es muestra de verdadera estima, comprensión y confianza mutuas, entre padres e hijos, entre profesores y alumnos, entre amigos.
Esto no excluye la decisión firme, clara, de hacer y mandar hacer lo que se debe. Pero, en todo caso, los gritos o amenazas encendidas son las más de las veces innecesarias. Si esa actitud violenta menudea al ejercer la autoridad, será una muestra de falta de seguridad y preparación. Se descubre entonces una maravillosa ocasión para mostrarse más serenos, templados y prudentes.
También es verdad que en esos asuntos concretos y tan humanos, las cosas no son tan fáciles y evidentes. Pero hemos de poder fijar unos límites, en los que sí se debe actuar con una energía proporcionada a la necesidad educativa.
Al marcar límites ha de quedar manifiesto qué es lo que no se puede hacer, qué es un error, qué es una conducta inaceptable. Parafraseando a D. Julián Marías, esta limitación negativa es de suma importancia, porque elimina una larga serie de conductas injustificadas, inadmisibles, que hay que rechazar. Podrá quedar cierta vacilación respecto a la licitud o conveniencia de las conductas positivas; pero es muy grande el valor que encierra la evidencia de lo que no se debe ni puede hacer.
Importa mucho enunciar, y vivir y ver vividas, conductas que susciten estimación, adhesión sin reservas. Ellas serán sustento firme, posibilitarán seguir adelante sin vacilación, con la seguridad de que el punto de partida es justo y bien cimentado.
Así, aunque no tuviéramos seguridad ante el porvenir, que normalmente sí la habrá, siempre la tendremos respecto a nuestro punto de partida. Los pies bien en el suelo y con una gran esperanza de felicidad. ¿Quién se apunta?
Herramientas del Artículo:
Ver más artículos del tema
Preguntas o comentarios
Envíalo a un amigo
Formato para imprimir
Descargar en PDF
Los pies bien en el suelo y con una gran esperanza de felicidad. ¿Quién se apunta?
Algunas corrientes, denominadas progresistas, animaban ya hace más de 30 años a renunciar a la autoridad. Se vivió entonces un clima de dejadez en el exigir. Actualmente, por contra, se ha puesto en valor el hecho de poder mandar-acompañar-liderar con determinación e ideas claras, evitando pasividades y proteccionismos.
Ahora, a principios de siglo XXI, es el tiempo donde la coherencia y la interpretación sincera del actuar humano son de vital necesidad. Vivir ha de significar una explicación, no una mera opinión o percepción simple de lo que parece ser propio al hombre.
Asimismo, puede ser muy enriquecedor considerar la autoridad, el derecho a recibir un servicio, desde el punto de vista de aquel que obedece o realiza una tarea para los demás. ¡Qué gran valor poder ejercer cualquier profesión honrada, para mejorar personalmente y poder elevar, a todos los niveles, a una sociedad, donde uno esté en cada momento. Y desde ese lugar, poder decir aquello de D. José Ortega Gasset “Yo soy yo y mis circunstancias y si no las salvo a ellas no me salvo yo”. Pues sí, realmente todos influimos de alguna manera, sea cual sea nuestro nivel de responsabilidad, influencia o prestigio. Y podemos y debemos aumentar la excelencia de las personas que tenemos al lado, pues son nuestra gran “circunstancia”.
En el amplio campo de la educación formal, familiar y no formal, habrá ocasiones en que será imprescindible exigir y dejarse exigir con fortaleza, siempre dentro de un ambiente amable y con espíritu deportivo. Esa fortaleza es muestra de verdadera estima, comprensión y confianza mutuas, entre padres e hijos, entre profesores y alumnos, entre amigos.
Esto no excluye la decisión firme, clara, de hacer y mandar hacer lo que se debe. Pero, en todo caso, los gritos o amenazas encendidas son las más de las veces innecesarias. Si esa actitud violenta menudea al ejercer la autoridad, será una muestra de falta de seguridad y preparación. Se descubre entonces una maravillosa ocasión para mostrarse más serenos, templados y prudentes.
También es verdad que en esos asuntos concretos y tan humanos, las cosas no son tan fáciles y evidentes. Pero hemos de poder fijar unos límites, en los que sí se debe actuar con una energía proporcionada a la necesidad educativa.
Al marcar límites ha de quedar manifiesto qué es lo que no se puede hacer, qué es un error, qué es una conducta inaceptable. Parafraseando a D. Julián Marías, esta limitación negativa es de suma importancia, porque elimina una larga serie de conductas injustificadas, inadmisibles, que hay que rechazar. Podrá quedar cierta vacilación respecto a la licitud o conveniencia de las conductas positivas; pero es muy grande el valor que encierra la evidencia de lo que no se debe ni puede hacer.
Importa mucho enunciar, y vivir y ver vividas, conductas que susciten estimación, adhesión sin reservas. Ellas serán sustento firme, posibilitarán seguir adelante sin vacilación, con la seguridad de que el punto de partida es justo y bien cimentado.
Así, aunque no tuviéramos seguridad ante el porvenir, que normalmente sí la habrá, siempre la tendremos respecto a nuestro punto de partida. Los pies bien en el suelo y con una gran esperanza de felicidad. ¿Quién se apunta?
Herramientas del Artículo:
Ver más artículos del tema
Preguntas o comentarios
Envíalo a un amigo
Formato para imprimir
Descargar en PDF
sábado, 16 de agosto de 2008
15.- AMOR DE HERMANOS
Amor de hermanos
Un problema real en algunas familias es la falta de amor entre los hermanos
El problema tiene muchas raíces y se produce por motivos distintos. En algunos casos, es debido a errores de los padres en la educación de sus hijos. En otros, a un problema surgido entre los mismos hermanos en un momento puntual de su desarrollo infantil o juvenil. En otros, a conflictos que aparecen ya en la edad adulta: peleas por la herencia, puntos de vista opuestos respecto a la religión o la política, disconformidad por el piso o el trabajo escogido por el otro, etc.
Cada situación merecería ser tratada de un modo específico. Quisiéramos ahora hacer una breve reflexión sobre la necesidad de suscitar, cuidar y acrecentar el amor entre los hermanos.
Lo primero es suscitar o promover. Un grave error en la vida familiar es suponer que por vivir en la misma casa y tener la misma sangre surgirá de modo espontáneo el afecto y cariño entre los hermanos. La realidad es que el amor se construye día a día, a base de educación, de renuncia al propio egoísmo, de apertura al otro, por medio de un trato que vaya más allá de los saludos habituales entre quienes viven bajo el mismo techo.
Los padres tienen una responsabilidad enorme en esta tarea. Desde que los niños son pequeños, buscan darles lo mejor y lograr que cada uno se sienta igual de amado que los otros. Este esfuerzo es un primer paso muy importante, pero hay que ir más allá: hay que conseguir que cada hijo aprecie, respete y ame a sus hermanos.
Desde el amor, los padres pueden ayudar mucho a que entre los hijos se promueva un clima de respeto. Es lícito que cada uno tenga su pequeño espacio de autonomía (donde las dimensiones de la casa lo permitan...). Pero es más importante educar a cada hijo a no encerrarse en su pequeño mundo y a abrirse a sus hermanos con el mismo cariño, o incluso superior, con el que se abren y tratan con sus amigos de escuela o de barrio.
Es muy hermoso, en ese sentido, ver cómo el padre o la madre se sientan junto a la hija de 10 años para explicarle que su hermano adolescente está pasando por una edad difícil, que necesita comprensión, que hay que respetar sus cosas, que hay que rezar por él. O que hablan con la hija universitaria para pedirle que nunca le grite al hermanito pequeño por el caos que provoca en casa, sino que más bien sepa buscar momentos para ayudarle en sus deberes, para enseñarle a ordenar las cosas en la habitación, para motivarle a participar en las mil tareas de casa.
Lo segundo, en parte ya mencionado, es cuidar el amor. La vida familiar implica continuos roces. La niña quiere poner la música a todo volumen mientras que el “niño” (ya tiene 15 años...) ha pedido silencio por las tardes para sacar sus problemas de matemáticas. O el hermano mayor no quiere saber nada de ayudar a limpiar platos, mientras la hermana que le sigue en edad considera eso una injusticia machista que debe desaparecer cuanto antes.
Que haya conflictos es lo más normal del mundo. Pero saber superarlos con paciencia y, sobre todo, con un respeto que nace del cariño y que va más allá de las simples reglas de justicia, lleva a restablecer en seguida los lazos que unen a los hermanos entre sí.
Habrá ocasiones en que antes de ir a misa los padres pedirán a sus hijos que si alguno tiene rencor o rabia hacia algún hermano, antes de ir al altar pida perdón y ofrezca su perdón. Sólo así tiene sentido pleno participar en la misa como familia verdaderamente cristiana.
Lo tercero es acrecentar el amor. Si en casa ha sido promovido el amor; si el amor ha sido preservado y custodiado, a veces también “curado”, a lo largo de los meses; si padres e hijos se sienten no sólo miembros de una misma familia, sino realmente amigos que se quieren y se ayudan... Entonces este tesoro de cariño, que es un don maravilloso de Dios, necesita incrementarse con el tiempo.
El paso de los años lleva, como consecuencia normal, a que cada hijo haga su propia vida. Escoge su carrera, busca un trabajo, empieza el noviazgo, llega al día de bodas, vuela del nido. Pero ese momento no debe convertirse en una despedida o una ruptura. Se trata más bien de un paso hacia la madurez, hacia la creación de una nueva familia, que no debe significar un perder el tesoro de cariño que existe entre los hermanos.
En el respeto a la autonomía normal de cada adulto, es muy hermoso interesarse por el hermano que tiene problemas en su trabajo, que no sabe cómo atender a un hijo nacido con una enfermedad peligrosa, que no alcanza a pagar la mensualidad para su piso... Las situaciones son infinitas, y los tipos de ayuda que se pueden ofrecer varían mucho de caso a caso.
Es cierto que quien está necesitado no puede “abusar” de sus hermanos ni pedir continuamente dinero u otras ayudas. Pero también es cierto que existen muchas maneras de mostrar y vivir el cariño mutuo, especialmente cuando los problemas son más graves y uno necesita sentirse apoyado por quienes son de la misma sangre y, sobre todo, por quienes han aprendido a vivir unidos como “buenos hermanos”.
En la oración se encontrarán fórmulas para lograr esa armonía que hace tan hermosa la vida familiar. El amor entre los hermanos será, entonces, el mejor fruto de la siembra paterna, la mejor manera de vivir el cariño hacia unos padres que supieron promover, en un hogar que quiso vivir con alegría el Evangelio, ese amor en el que cada uno deja de lado sus gustos para servir al prójimo más prójimo: el propio hermano.
Herramientas del Artículo:
Ver más artículos del tema
Preguntas o comentarios
Envíalo a un amigo
Formato para imprimir
Descargar en PDF
Un problema real en algunas familias es la falta de amor entre los hermanos
El problema tiene muchas raíces y se produce por motivos distintos. En algunos casos, es debido a errores de los padres en la educación de sus hijos. En otros, a un problema surgido entre los mismos hermanos en un momento puntual de su desarrollo infantil o juvenil. En otros, a conflictos que aparecen ya en la edad adulta: peleas por la herencia, puntos de vista opuestos respecto a la religión o la política, disconformidad por el piso o el trabajo escogido por el otro, etc.
Cada situación merecería ser tratada de un modo específico. Quisiéramos ahora hacer una breve reflexión sobre la necesidad de suscitar, cuidar y acrecentar el amor entre los hermanos.
Lo primero es suscitar o promover. Un grave error en la vida familiar es suponer que por vivir en la misma casa y tener la misma sangre surgirá de modo espontáneo el afecto y cariño entre los hermanos. La realidad es que el amor se construye día a día, a base de educación, de renuncia al propio egoísmo, de apertura al otro, por medio de un trato que vaya más allá de los saludos habituales entre quienes viven bajo el mismo techo.
Los padres tienen una responsabilidad enorme en esta tarea. Desde que los niños son pequeños, buscan darles lo mejor y lograr que cada uno se sienta igual de amado que los otros. Este esfuerzo es un primer paso muy importante, pero hay que ir más allá: hay que conseguir que cada hijo aprecie, respete y ame a sus hermanos.
Desde el amor, los padres pueden ayudar mucho a que entre los hijos se promueva un clima de respeto. Es lícito que cada uno tenga su pequeño espacio de autonomía (donde las dimensiones de la casa lo permitan...). Pero es más importante educar a cada hijo a no encerrarse en su pequeño mundo y a abrirse a sus hermanos con el mismo cariño, o incluso superior, con el que se abren y tratan con sus amigos de escuela o de barrio.
Es muy hermoso, en ese sentido, ver cómo el padre o la madre se sientan junto a la hija de 10 años para explicarle que su hermano adolescente está pasando por una edad difícil, que necesita comprensión, que hay que respetar sus cosas, que hay que rezar por él. O que hablan con la hija universitaria para pedirle que nunca le grite al hermanito pequeño por el caos que provoca en casa, sino que más bien sepa buscar momentos para ayudarle en sus deberes, para enseñarle a ordenar las cosas en la habitación, para motivarle a participar en las mil tareas de casa.
Lo segundo, en parte ya mencionado, es cuidar el amor. La vida familiar implica continuos roces. La niña quiere poner la música a todo volumen mientras que el “niño” (ya tiene 15 años...) ha pedido silencio por las tardes para sacar sus problemas de matemáticas. O el hermano mayor no quiere saber nada de ayudar a limpiar platos, mientras la hermana que le sigue en edad considera eso una injusticia machista que debe desaparecer cuanto antes.
Que haya conflictos es lo más normal del mundo. Pero saber superarlos con paciencia y, sobre todo, con un respeto que nace del cariño y que va más allá de las simples reglas de justicia, lleva a restablecer en seguida los lazos que unen a los hermanos entre sí.
Habrá ocasiones en que antes de ir a misa los padres pedirán a sus hijos que si alguno tiene rencor o rabia hacia algún hermano, antes de ir al altar pida perdón y ofrezca su perdón. Sólo así tiene sentido pleno participar en la misa como familia verdaderamente cristiana.
Lo tercero es acrecentar el amor. Si en casa ha sido promovido el amor; si el amor ha sido preservado y custodiado, a veces también “curado”, a lo largo de los meses; si padres e hijos se sienten no sólo miembros de una misma familia, sino realmente amigos que se quieren y se ayudan... Entonces este tesoro de cariño, que es un don maravilloso de Dios, necesita incrementarse con el tiempo.
El paso de los años lleva, como consecuencia normal, a que cada hijo haga su propia vida. Escoge su carrera, busca un trabajo, empieza el noviazgo, llega al día de bodas, vuela del nido. Pero ese momento no debe convertirse en una despedida o una ruptura. Se trata más bien de un paso hacia la madurez, hacia la creación de una nueva familia, que no debe significar un perder el tesoro de cariño que existe entre los hermanos.
En el respeto a la autonomía normal de cada adulto, es muy hermoso interesarse por el hermano que tiene problemas en su trabajo, que no sabe cómo atender a un hijo nacido con una enfermedad peligrosa, que no alcanza a pagar la mensualidad para su piso... Las situaciones son infinitas, y los tipos de ayuda que se pueden ofrecer varían mucho de caso a caso.
Es cierto que quien está necesitado no puede “abusar” de sus hermanos ni pedir continuamente dinero u otras ayudas. Pero también es cierto que existen muchas maneras de mostrar y vivir el cariño mutuo, especialmente cuando los problemas son más graves y uno necesita sentirse apoyado por quienes son de la misma sangre y, sobre todo, por quienes han aprendido a vivir unidos como “buenos hermanos”.
En la oración se encontrarán fórmulas para lograr esa armonía que hace tan hermosa la vida familiar. El amor entre los hermanos será, entonces, el mejor fruto de la siembra paterna, la mejor manera de vivir el cariño hacia unos padres que supieron promover, en un hogar que quiso vivir con alegría el Evangelio, ese amor en el que cada uno deja de lado sus gustos para servir al prójimo más prójimo: el propio hermano.
Herramientas del Artículo:
Ver más artículos del tema
Preguntas o comentarios
Envíalo a un amigo
Formato para imprimir
Descargar en PDF
viernes, 15 de agosto de 2008
16.- ENVIDIAS ENTRE HERMANOS
Envidias entre hermanos
¡Mi hermano es el preferido! ¡A él le queréis más que a mí!...
Éstas, como otras muchas acusaciones semejantes, pueden llegar a cruzar, casi sin darnos cuenta, nuestra sala de estar una tarde cualquiera.
Son nuestros hijos. Esos niños a los que a pesar de quererles con toda el alma y aún demostrándoselo a diario no se sienten lo suficientemente seguros de sí mismos como para reconocer que en casa nadie prefiere a nadie.
En estos casos, lo mejor es analizar la situación: ¿Celos o simple pelusilla? Para descubrirla tendremos que buscar los motivos que han hecho pensar de este modo a nuestro hijo.
Aunque siempre hayamos intentado comportarnos justamente con nuestros pequeños, dando a cada hijo el cariño que necesita, cubriendo con afecto todas sus necesidades... Eso no quiere decir que uno de nuestros hijos, sobre todo en esta etapa escolar, no llegue a sentir en algún momento celos de sus hermanos.
Al fin y al cabo, todos los chicos de esta edad desean lo mismo, el “exclusivo” amor de sus padres. Para ellos, ser el orgullo de papá o mamá lo es todo en la vida y no conseguirlo o, suponer que no se ha conseguido, puede dar lugar a la aparición de envidias o celos.
Una experiencia
Este sentimiento, suele tener su origen en la falta de autoestima. El niño inseguro suele tener más propensión a sentir celos que aquel que se siente a gusto consigo mismo y optimista. En cualquier caso, estas situaciones son bastante normales.
Por ello, ante los celos de nuestro hijo es conveniente actuar con tranquilidad pues una vez atajado el problema lo más probable es que todo quede en una experiencia más que le ayude, incluso, a moverse mejor en sociedad el día de mañana.
Asimismo, conviene recordar que no es necesario que exista una situación concreta en casa para que nuestro hijo sienta celos de alguno de sus hermanos.
En algunos casos, es la propia inseguridad del niño la que le lleva a forjarse cientos de ideas totalmente equivocadas sobre quiénes son nuestros preferidos o a quién queremos más.
De ahí, esa tan habitual pregunta que muchos niños de estas edades suelen hacer a sus padres: ¿Cuánto me quieres papá?
Cariño y paciencia
El origen de estos celos, de esta necesidad de ser el más querido suele ser distinto en cada caso. Muchos niños se sienten celosos de sus hermanos por culpa de algún complejo. Es decir, si nuestro hijo lleva aparato en los dientes o es "un pato mareado" montando en bicicleta y en cambio su hermano mayor no sólo es un “as” del deporte sino que además es atractivo, no es extraño que el chico en su inseguridad sienta celos del primogénito.
En ambas situaciones las reacciones suelen ser de lo más variado: rabietas, mal humor, mentiras, una especial propensión a “chinchar” al hermano envidiado... En cualquier caso, para todas ellas existe una excelente medicina: la calma.
Alegría
Asimismo, es conveniente que recordemos que los niños suelen imitar las conductas de sus padres. Por ello, siempre es bueno que evitemos hacer delante de ellos ciertos comentarios.
Si el ascenso injusto de nuestro compañero de trabajo nos sienta mal, por ejemplo, procuraremos no manifestar nuestro malestar delante del niño. Al fin y al cabo, podría hacer una generalidad de lo que no deja de ser una mera anécdota.
Para evitar que nuestro hijo se convierta en un envidioso el día de mañana conviene despertar en él la capacidad de admiración por otras personas, entre ellas sus hermanos, así como la necesidad de sentir y demostrar alegría por el triunfo de los demás.
Aunque eso suponga que tengamos que esforzarnos por esbozar una gran sonrisa cada vez que nuestro hijo pierda un partido. A cada hijo debemos aceptarlo tal y como es. Con sus puntos débiles y fuertes. Eso sí, siempre intentando potenciar sus cualidades, haciéndole ver cuántas tiene y lo mucho que le queremos.
Si aún así nuestro hijo siente cierta envidia de sus hermanos, tendremos que hacerle entender cuando esté tranquilo cuáles son las consecuencias de su desmesurada actitud: que no disfruta de nada, que sus hermanos lo están pasando mal por su culpa...
Si nuestro hijo siente celos de su hermano mayor, por ejemplo, conviene que durante una temporada no exageremos nuestros halagos o recompensas hacia aquel delante del niño.
Las comparaciones entre hermanos suelen dar lugar a que surjan rencillas. Para evitarlo podemos intentar descubrir las cualidades de cada uno elogiándolas por igual y por separado.
Por lo general, a estas edades los chicos son mucho más sutiles a la hora de expresar sus enfados. Por ello, no nos debe extrañar que nuestro hijo no dude en esperar a que nos demos la vuelta para "chinchar" a sus hermanos.
¡Fuera comparaciones!
En cualquier caso, antes de que estas situaciones se produzcan es conveniente evitar ciertas formas de actuar.
Las comparaciones entre hermanos, por ejemplo, suelen dar lugar a que surja el gusanillo de la envidia entre ellos. Por ello, intentaremos buscar cosas en las que destaque cada uno para elogiar individualmente sus cualidades.
En cuanto a las peleas, debemos procurar no tomar partido por ninguno de nuestros hijos por mucho que seamos conscientes de que la paciencia del mayor tenía que tener un límite. Si lo hiciésemos estaríamos dando lugar a posibles acusaciones como: ¡Siempre le defiendes a él! Aunque esto no sea del todo cierto.
Por último, conviene que recordemos que cuando nuestro hijo se siente celoso, sufre. Por ello, no es conveniente que aumentemos su pesar con castigos, regañinas o recordándole constantemente lo envidioso que es. En esta tarea también pueden participar sus hermanos.
Si nadie le acusa de ser celoso, si poco a poco consigue entender cuanto le queremos y la gran cantidad de cualidades que posee, lentamente su personalidad se irá afianzando.
Pronto su pelusilla no será más que una anécdota de la que el mismo se reirá dentro de unos años.
Un buen método para conseguir que nuestro hijo supere sus celos es ofreciéndole responsabilidades que sepamos con antelación que puede llevarlas a cabo con éxito.
Si se le dan muy bien las manualidades, por ejemplo, podemos proponerle que nos ayude a realizar pequeñas chapuzas en casa: dar una capa de pintura a unas sillas viejas, cambiar las cortinas del cuarto de baño... De este modo, poco a poco, su personalidad se irá afianzando al irse dando cuenta de que cada uno destaca en una determinadas capacidades y que nadie es globalmente mejor que otro.
Herramientas del Artículo:
Ver más artículos del tema
Preguntas o comentarios
Envíalo a un amigo
Formato para imprimir
Descargar en PDF
¡Mi hermano es el preferido! ¡A él le queréis más que a mí!...
Éstas, como otras muchas acusaciones semejantes, pueden llegar a cruzar, casi sin darnos cuenta, nuestra sala de estar una tarde cualquiera.
Son nuestros hijos. Esos niños a los que a pesar de quererles con toda el alma y aún demostrándoselo a diario no se sienten lo suficientemente seguros de sí mismos como para reconocer que en casa nadie prefiere a nadie.
En estos casos, lo mejor es analizar la situación: ¿Celos o simple pelusilla? Para descubrirla tendremos que buscar los motivos que han hecho pensar de este modo a nuestro hijo.
Aunque siempre hayamos intentado comportarnos justamente con nuestros pequeños, dando a cada hijo el cariño que necesita, cubriendo con afecto todas sus necesidades... Eso no quiere decir que uno de nuestros hijos, sobre todo en esta etapa escolar, no llegue a sentir en algún momento celos de sus hermanos.
Al fin y al cabo, todos los chicos de esta edad desean lo mismo, el “exclusivo” amor de sus padres. Para ellos, ser el orgullo de papá o mamá lo es todo en la vida y no conseguirlo o, suponer que no se ha conseguido, puede dar lugar a la aparición de envidias o celos.
Una experiencia
Este sentimiento, suele tener su origen en la falta de autoestima. El niño inseguro suele tener más propensión a sentir celos que aquel que se siente a gusto consigo mismo y optimista. En cualquier caso, estas situaciones son bastante normales.
Por ello, ante los celos de nuestro hijo es conveniente actuar con tranquilidad pues una vez atajado el problema lo más probable es que todo quede en una experiencia más que le ayude, incluso, a moverse mejor en sociedad el día de mañana.
Asimismo, conviene recordar que no es necesario que exista una situación concreta en casa para que nuestro hijo sienta celos de alguno de sus hermanos.
En algunos casos, es la propia inseguridad del niño la que le lleva a forjarse cientos de ideas totalmente equivocadas sobre quiénes son nuestros preferidos o a quién queremos más.
De ahí, esa tan habitual pregunta que muchos niños de estas edades suelen hacer a sus padres: ¿Cuánto me quieres papá?
Cariño y paciencia
El origen de estos celos, de esta necesidad de ser el más querido suele ser distinto en cada caso. Muchos niños se sienten celosos de sus hermanos por culpa de algún complejo. Es decir, si nuestro hijo lleva aparato en los dientes o es "un pato mareado" montando en bicicleta y en cambio su hermano mayor no sólo es un “as” del deporte sino que además es atractivo, no es extraño que el chico en su inseguridad sienta celos del primogénito.
En ambas situaciones las reacciones suelen ser de lo más variado: rabietas, mal humor, mentiras, una especial propensión a “chinchar” al hermano envidiado... En cualquier caso, para todas ellas existe una excelente medicina: la calma.
Alegría
Asimismo, es conveniente que recordemos que los niños suelen imitar las conductas de sus padres. Por ello, siempre es bueno que evitemos hacer delante de ellos ciertos comentarios.
Si el ascenso injusto de nuestro compañero de trabajo nos sienta mal, por ejemplo, procuraremos no manifestar nuestro malestar delante del niño. Al fin y al cabo, podría hacer una generalidad de lo que no deja de ser una mera anécdota.
Para evitar que nuestro hijo se convierta en un envidioso el día de mañana conviene despertar en él la capacidad de admiración por otras personas, entre ellas sus hermanos, así como la necesidad de sentir y demostrar alegría por el triunfo de los demás.
Aunque eso suponga que tengamos que esforzarnos por esbozar una gran sonrisa cada vez que nuestro hijo pierda un partido. A cada hijo debemos aceptarlo tal y como es. Con sus puntos débiles y fuertes. Eso sí, siempre intentando potenciar sus cualidades, haciéndole ver cuántas tiene y lo mucho que le queremos.
Si aún así nuestro hijo siente cierta envidia de sus hermanos, tendremos que hacerle entender cuando esté tranquilo cuáles son las consecuencias de su desmesurada actitud: que no disfruta de nada, que sus hermanos lo están pasando mal por su culpa...
Si nuestro hijo siente celos de su hermano mayor, por ejemplo, conviene que durante una temporada no exageremos nuestros halagos o recompensas hacia aquel delante del niño.
Las comparaciones entre hermanos suelen dar lugar a que surjan rencillas. Para evitarlo podemos intentar descubrir las cualidades de cada uno elogiándolas por igual y por separado.
Por lo general, a estas edades los chicos son mucho más sutiles a la hora de expresar sus enfados. Por ello, no nos debe extrañar que nuestro hijo no dude en esperar a que nos demos la vuelta para "chinchar" a sus hermanos.
¡Fuera comparaciones!
En cualquier caso, antes de que estas situaciones se produzcan es conveniente evitar ciertas formas de actuar.
Las comparaciones entre hermanos, por ejemplo, suelen dar lugar a que surja el gusanillo de la envidia entre ellos. Por ello, intentaremos buscar cosas en las que destaque cada uno para elogiar individualmente sus cualidades.
En cuanto a las peleas, debemos procurar no tomar partido por ninguno de nuestros hijos por mucho que seamos conscientes de que la paciencia del mayor tenía que tener un límite. Si lo hiciésemos estaríamos dando lugar a posibles acusaciones como: ¡Siempre le defiendes a él! Aunque esto no sea del todo cierto.
Por último, conviene que recordemos que cuando nuestro hijo se siente celoso, sufre. Por ello, no es conveniente que aumentemos su pesar con castigos, regañinas o recordándole constantemente lo envidioso que es. En esta tarea también pueden participar sus hermanos.
Si nadie le acusa de ser celoso, si poco a poco consigue entender cuanto le queremos y la gran cantidad de cualidades que posee, lentamente su personalidad se irá afianzando.
Pronto su pelusilla no será más que una anécdota de la que el mismo se reirá dentro de unos años.
Un buen método para conseguir que nuestro hijo supere sus celos es ofreciéndole responsabilidades que sepamos con antelación que puede llevarlas a cabo con éxito.
Si se le dan muy bien las manualidades, por ejemplo, podemos proponerle que nos ayude a realizar pequeñas chapuzas en casa: dar una capa de pintura a unas sillas viejas, cambiar las cortinas del cuarto de baño... De este modo, poco a poco, su personalidad se irá afianzando al irse dando cuenta de que cada uno destaca en una determinadas capacidades y que nadie es globalmente mejor que otro.
Herramientas del Artículo:
Ver más artículos del tema
Preguntas o comentarios
Envíalo a un amigo
Formato para imprimir
Descargar en PDF
jueves, 14 de agosto de 2008
17.- LA FAMILIA: PRIMERA ESCUELA DE VIRTUDES
LA FAMILIA: PRIMERA ESCUELA DE VIRTUDES
La madurez natural del ser humano es resultado del desarrollo armónico de las virtudes humanas. Y es difícil pensar conseguirlo sin contar con la familia, ya que en ésta, se puede lograr que las personas las desarrollen motivadas por el amor, por saber que todo miembro de la familia tiene el deber de ayudar a los demás miembros a mejorar.
El hogar y la vida en familia son la primera escuela de virtudes donde se trasmiten de forma natural a través de la vida cotidiana.
Virtud viene del latín vir que significa fuerza, e incluye todo aquello que perfecciona a la persona.
Es un hábito operativo bueno, una disposición estable en el individuo para la acción.
Es fuente de riqueza espiritual y perfección para el hombre que la practica.
En esta repetición de actos, lo más importante es:
* que hacen ser más y obrar mejor
* que potencian y engrandecen la capacidad de actuar
* que facilitan el uso correcto de la libertad.
El ser humano, formado por cuerpo y espíritu en una unidad sustancial, se ve sometido constantemente a impulsos que tiran de él en direcciones opuestas: por un lado, su parte material o sensible lo inclina fuertemente a la obtención de los bienes materiales; y por otro, su razón y su voluntad lo llevan a la búsqueda de la verdad y del bien.
Las virtudes actúan como un principio de unidad que permite al hombre integrar la razón y sentimientos, de modo que ambos converjan en un justo medio, subordinando las tendencias inferiores a las tendencias dictadas por la razón (superiores).
Cuando la persona carece del mando unificador (virtudes), puede fácilmente “absolutizar” el aspecto sensible de la realidad, ya que es el más inmediato y gratificante a corto plazo, pero lleva en sí mismo el germen del descontrol y la dispersión.
Aunque la sensibilidad es lo que permite disfrutar de la realidad viva, es la razón la que está diseñada para dirigir el accionar humano.
Dijimos que la virtud es un hábito operativo bueno, que orienta nuestras acciones al bien de manera continua e implica repetición. Pero esta repetición no puede ser una rutina de actitudes y comportamientos, es necesaria la presencia activa de la inteligencia y de la voluntad para conseguir en cada momento la verdad y la bondad.
Las virtudes son valores hechos vida. Son actos humanos nacidos del amor.
El estudio sistemático de las virtudes tuvo sus inicios en la época de Aristóteles, quien investigó científicamente el funcionamiento de las mismas como base de las perfecciones del hombre.
Hay tres Virtudes Teologales: Fe, Esperanza y Caridad. Siguiendo a Santo Tomás, se pueden considerar como “hábitos operativos infundidos por Dios en las potencias del alma, para disponerlas a obrar según el dictamen de la razón iluminada por la fe”. Tienen por objeto al mismo Dios y son infusas, es decir, recibidas directamente por Dios.
Hay cuatro Virtudes Cardinales: Prudencia, Justicia, Fortaleza y Templanza. Estas son adquiridas, es decir, el hombre puede esforzarse para desarrollar la virtud más y mejor a nivel natural. En torno a ellas giran todas las demás.
A todos los padres de familia les gustaría que sus hijos fueran ordenados, generosos, sinceros, responsables, leales, etc., pero existe mucha diferencia entre un deseo reflejado en la palabra “ojalá”, y un resultado deseado, previsto y alcanzable. Los padres tendrán que poner mucha “intencionalidad” en su desarrollo, para lo que pueden apoyarse en estos aspectos:
a) La intensidad con la que se vive
b) La rectitud de motivos al vivirla
c) La aclaración intelectual de lo que significa cada virtud
d) El ejemplo de la persona que está luchando por superarse personalmente.
Para decidir qué virtudes deberían considerarse prioritarias para cada edad, hace falta tener en cuenta:
1) los rasgos de la edad en cuestión
2) la naturaleza de cada virtud
3) las características y posibilidades reales de quien estamos educando
4) las características y necesidades de la familia y de la sociedad en la que se vive
5) las capacidades personales de los padres.
PRUDENCIA
Toda virtud es prudente. La prudencia es la virtud que nos ayuda en el conocimiento de la realidad objetiva, de lo que es verdad, y en la realización de lo que consideramos bueno.
Tiene una doble función:
* Conocer la realidad objetiva
* Ordenar nuestro querer y obrar para realizar el bien que deseamos.
Al conocer la realidad, la virtud facilita la reflexión adecuada antes de enjuiciar cualquier hecho o situación y, como consecuencia, se podrá tomar la decisión más acertada de acuerdo con criterios rectos y verdaderos.
Se trata por lo tanto de enseñar a discernir, a formar dichos criterios, a enjuiciar y decidir.
Para el conocimiento de la realidad (primera función), será necesario fomentar:
1. La disposición para conocer la realidad y ser coherente con ella.
2. Docilidad y humildad para aceptar lo que nos dicen y reconocer las propias capacidades y limitaciones.
3. Una gran objetividad para afrontar la realidad y decidirse por el bien, venciendo toda tentación de cobardía, injusticia e intemperancia.
Para ordenar nuestro querer y obrar hacia el bien (segunda función), es necesario:
1. Formar criterios rectos y verdaderos.
2. Desarrollar la capacidad crítica para apreciar los acontecimientos de acuerdo a esos criterios. Saber enjuiciar correctamente.
3. Tener la capacidad de decidir, de poner en marcha nuestro querer y obrar para realizar el bien de acuerdo con un enjuiciamiento correcto.
El fin de la prudencia más que conocer, es ayudarnos a decidir correctamente.
Es el modo que el hombre tiene de poseer, mediante sus decisiones y acciones, el bien propiamente humano: la verdad.
Es la madre de las virtudes y conductora de todos los hábitos buenos.
Lo contrario, o el vicio de la prudencia, es la Imprudencia, que incluye la precipitación, la inconsideración y la inconstancia y está relacionada con la falta de dominio sobre las pasiones.
Cuando nuestros hijos empiecen a tomar decisiones personales dentro de una zona limitada de autonomía, necesitarán de la Prudencia. Cuando esto sucede tenemos que guiarlo para que sepa en qué cosas debe obedecer y pedir consejo, y en cuáles puede decidir libremente. Necesitará de nosotros en situaciones nuevas donde no tenga la información adecuada, aunque poco a poco, se tendrá que enfrentar a un mayor número de decisiones que tomar.
Preparar a nuestros hijos para la etapa de toma de decisiones, que por lo general se da en la adolescencia, requiere de un adiestramiento previo por nuestra parte, en el desarrollo de una serie de capacidades en los hijos:
· de observación
· de distinguir entre hechos y opiniones
· de buscar información, distinguiendo entre lo importante y lo secundario
· de seleccionar fuentes
· de reconocer los propios prejuicios
· de analizar críticamente la información recibida y comprobar cualquier aspecto dudoso
· de relacionar causa y efecto
· de reconocer qué información es necesaria en cada caso
· de recordar.
Un ejercicio que ayuda a nuestros hijos a desarrollar estas habilidades es la lectura, pues implica un análisis mental, memoria, reconocimiento del tema principal y secundario, asimilar y sintetizar. Fomentemos con nuestro ejemplo este hábito sugiriendo lecturas formativas para la familia.
El contacto con el arte es otra manera indirecta de desarrollar la capacidad de observación y de sensibilizar, analizando un poco el contexto y vida del artista en cuestión, así como los elementos gráficos que constituyen la obra; investigar sobre ello amplia la información con que contamos.
Otro ejercicio útil es el análisis de programas de TV o anuncios, señalando los valores y antivalores que encontramos bajo un criterio correcto. El juicio nos lleva a poner sobre la mesa los valores, hacerlos tangibles y asimilarlos a nuestros criterios de actuación.
Educar en la prudencia es también permitir que asuma las consecuencias de sus errores, no tratar de resolverles la vida. Un buen consejo oportuno es valioso, pero tomar la decisión por ellos, no los hará madurar.
Se notará que un hijo está desarrollando la virtud de la prudencia, porque pide consejo, porque busca las fuentes adecuadas para documentarse, porque pondera esa información y la discute con sus padres y otras personas, porque llega a ser una persona de criterio y porque actúa o deja de actuar después de considerar las consecuencias del acto para él y para los demás.
JUSTICIA
Es dar a cada cual lo que le corresponde y supone un derecho previo que no puede ir en contra del derecho natural (por ejemplo, la ley del aborto: alegar “este es mi cuerpo y hago con él lo que quiero”, va en contra del derecho a la vida de otro ser humano).
Ser justo significa reconocer al otro en cuanto a otro, que tiene derecho a lo suyo; hacer el bien o el mal significa dar o retener lo que pertenece a otra persona con la que estoy comprometida de alguna forma. No basta la intención de nuestros actos, debe hablar de justicia.
El hombre que merece ser llamado el mejor, es el que es el más justo. La justicia tiene una supremacía sobre la Templanza y la Fortaleza, en cuanto a que no sólo ordena al hombre en sí mismo, sino también la convivencia con los demás.
La más auténtica perversión del bien humano es la injusticia y tiene su origen en dos causas: la falsa prudencia del sabio y la violencia del poderoso.
Como vemos la Justicia se realiza en función de los demás, por lo que no podemos desligarla de la Caridad.
La Justicia reside en la voluntad, no en el entendimiento y encuentra su pleno cumplimiento en tres estructuras:
1. La relación de los individuos entre sí (Justicia Conmutativa)
2. El todo social con los individuos (Justicia Distributiva)
3. Los individuos con el todo legal (Justicia Legal)
El niño pequeño realiza en ocasiones, actos injustos porque no los considera como tales. Pero en cuanto empieza a razonar, reconoce la injusticia al tratar que todos reciban lo mismo. Esto es alrededor de los siete u ocho años.
Hacia los once años se da cuenta que lo justo no es necesariamente el trato igualitario, sino más bien un trato de equidad, teniendo en cuenta la responsabilidad y las circunstancias de cada persona.
Los padres empezamos a mostrar a los pequeños las reglas del juego, luego vendrán las reglas impuestas por el grupo.
¿Qué herramientas son útiles para la construcción de esta virtud?
De 7 a 9 años:
· Aprender a establecer un acuerdo con un hermano o amigo y cumplirlo.
· Aceptar reglas, una vez conocidas.
· Respetar la propiedad ajena.
· Respetar las necesidades y derechos ajenos: las habitaciones de los hermanos, el silencio en momentos de estudio, llamar a la puerta, no interrumpir conversaciones.
De 9 a 13 años:
· Seguir insistiendo en actuaciones justas, explicando lo que es injusto.
· Ayudarles a comprender los motivos para ser justos.
· Aclarar las diferentes condiciones y circunstancias de cada persona.
· Enseñarles a rectificar y por lo tanto, a reparar.
· Ayudarles a reflexionar sobre la actuación adecuada, después de sufrir una injusticia de otro. Esto es muy doloroso, pero tenemos que fomentar el perdón, no la venganza, pues a quien más daña es a él mismo.
· Hablar de los demás con respeto, buscando lo positivo. Evitar el chisme y la calumnia.
· Devolver lo que nos prestan, en buenas condiciones.
· Hacerles ver las posibilidades que tiene los demás de realizar un acto bueno.
· Cumplir con las órdenes de los papás y otras autoridades.
· Evitar actos de injusticia, aunque sean pequeños y parezcan no tener importancia, paro repetidos crean un ambiente en el que es difícil realizar actos positivamente (contar pequeñas mentiras, colarse en la fila del cine, entrar al cine cuando no tienen edad, etc.).
· Fomentar su capacidad de reparar o rectificar ante el error, pedir perdón.
Es importante ser justo con cada uno de nuestros hijos, de acuerdo a su condición y circunstancias: edad, necesidades, estados de ánimo.
Aprovechemos el sentido de idealismo de los jóvenes, por ejemplo, para involucrarlos en alguna labor social. Es importante que nos vean que forma parte de nuestro diario actuar.
Al adolescente también es importante enseñarle lo que implica su papel de hijo, de hermano, de compañero y de ciudadano en su diario actuar, ayudarlo a comprender lo que es justo en cada momento. Esto es el derecho al respeto por parte de los demás, el derecho a la ayuda para alcanzar una mayor plenitud humana, derecho de participar de acuerdo en sus capacidades, derecho a convivir en orden y derecho a la intimidad. Obviamente compensados con el deber de actuar en congruencia, asumiendo las consecuencias lógicas de sus actos, ya sea en el cumplimiento o en la transgresión de sus deberes.
FORTALEZA
Esta virtud admite que el hombre es vulnerable. Tanto la Fortaleza como la Templanza suponen la debilidad del hombre y la existencia del mal que hacemos o que padecemos.
La función de esta virtud es el combatir este mal, nos ayuda a resistir y a cometer en situaciones dolorosas.
Consiste en aceptar el riesgo de sufrir o ser herido por la realización del bien. No es el peligro lo que busca, sino la realización del bien que la razón le demuestra.
La Fortaleza le exige al hombre lo más difícil, sin embargo no es la dificultad ni el esfuerzo lo que constituyen la virtud, sino únicamente la consecución del bien.
La Fortaleza se subordina a la Prudencia y a la Justicia: es una entrega de sí mismo de acuerdo con lo que dicta la razón.
Supone el temor del hombre al mal y el hacerle frente presenta los dos actos capitales de la fortaleza: Resistir y Acometer.
El acto más propio de la Fortaleza es el resistir y exige una enérgica actividad, un valeroso acto de perseverancia en la adhesión y obtención del bien. Y en el acometer, ayuda la iniciativa y la perseverancia.
Otros ingredientes necesarios son la paciencia, que significa no perder la serenidad; la confianza que el hombre pone en sí mismo.
Es la virtud de los convencidos capaces de luchar por un ideal. Como cristianos, es hacer por amor las pequeñas cosas de cada día; que en cada cosa que tenemos que lograr, pongamos todo nuestro esfuerzo.
Si tenemos clara la idea de la necesidad de formar a nuestros hijos, ¡a luchar! entonces por eso aún en contra de mi cansancio, de mi irritabilidad o de la búsqueda de mis propios intereses. Qué importante es enseñarles a esforzarse, a dominarse por lograr el bien; que sepan reconocerlo a pesar de las influencias de su propio medio, a resistir las tentaciones y a luchar por lo que quieren conseguir.
¿Qué podemos hacer como padres por nuestros hijos?
· Dejarlos luchar contra la frustración, no resolverles mágicamente sus problemas.
· Enseñarles a controlar sus impulsos.
· Retrasar los satisfactores inmediatos.
· Cumplir hasta el final con sus tareas asignadas.
· Practicar algún deporte.
· Enseñarles a decir que no ante un peligro.
· No decirles siempre que sí ni ceder a sus caprichos.
· Permitirles medir las consecuencias de sus actos.
· Evitar sobreprotegerlos.
· Permitirles la iniciativa.
· Educar en la perseverancia, de hábitos y de actividades.
Los tres vicios que se oponen a la Fortaleza son:
1. El temor. Se contrapone al valor que tenemos que tener para atacar (la injusticia, por ejemplo). Cuántas veces, por el temor al rechazo social, los jóvenes son incapaces de luchar por sus valores.
2. La osadía. Cuando actuamos con osadía, no tenemos prudencia, no medimos el riesgo. Es el acometer, simplemente por el acometer mismo, sin un bien ulterior buscado.
3. La indiferencia. Por no reconocer el deber de mejorar o por no querer enterarse de las influencias perjudiciales, adoptan una actitud pasiva, cómoda o perezosa.
Por lo que debemos:
* Proporcionar a nuestros hijos posibilidades, no sólo para que hagan un esfuerzo, sino para que aprendan a resistir.
* Estimularlos para que por su propia iniciativa, emprendan caminos de mejora que supongan un esfuerzo continuado.
* Enseñarles la congruencia entre lo que creen y lo que hacen, a pesar del medio en que se desenvuelven.
* Como padres, formarnos y superarnos continuamente, poniendo ejemplo de lucha diaria por un ideal.
El desarrollo de esta virtud les dará la fuerza interior para sobrevivir como personas, reconociendo la situación que los rodea, tanto para resistir como para acometer, haciendo de sí mismos personas sin miedo al dolor. Hombres y mujeres que saben sufrir callando, que no buscan la compasión, sin miedo al sacrificio o a la lucha, que no se rinden ante las dificultades, sin miedo al miedo, sin timideces ni complejos imaginarios, incompatibles con la frivolidad, que no se escandalizan con lo que ven ni oyen. En una palabra, personas enteras.
TEMPLANZA
La templanza tiene un sentido y un fin: poner orden en el interior del hombre, de donde brota la tranquilidad del espíritu. Se refiere al orden en el propio yo.
Lo que distingue a la templanza de las demás virtudes es que opera exclusivamente sobre el sujeto que actúa; se revierte sobre la persona misma.
La tendencia natural hacia el placer sensible (que se obtiene en la comida, la bebida, la inclinación sexual), es el reflejo de las fuerzas naturales más potentes que actúan en la conservación del hombre. Cuando se desordenan pueden sobrepasar a las otras energías en forma destructora.
La templanza regula el orden y medida de estas tendencias naturales. Así, aparece como castidad, sobriedad, humildad y mansedumbre; en contra de la lujuria, el desenfreno, la soberbia o la cólera.
La falta de templanza descompone la estructura moral de las personas.
La virtud que se ve más afectada es la prudencia, ya que provoca una especie de ceguera del espíritu que incapacita para ver el bien y quita la fuerza de voluntad.
La templanza prepara a la inteligencia y a la voluntad para captar la verdad y el bien y capacita para la entrega en el amor.
Unicamente por la templanza se llega al goce de las cosas sensibles, sin reducirlos a su propio placer.
La castidad modera el instinto sexual por medio de un orden dictado por la razón.
La sobriedad distingue entre lo razonable y lo inmoderado en cuanto al uso del dinero, del tiempo y del esfuerzo, de acuerdo con criterios rectos y verdaderos. Se consigue un autodominio.
La humildad implica reconocer nuestros propios límites, aceptar una realidad primaria y definitiva, aceptar la condición del hombre de “ser creado”. La humildad no es otra cosa que la verdad. Está acompañada de la magnanimidad, es decir, el ser capaz de aspirar a lo extraordinario y hacernos dignos de ello; y no porque confiemos en nuestras propias fuerzas, sino porque el hombre se abandona en la fuerza de Dios.
La mansedumbre hace al hombre dueño de sí mismo, debilita la fuerza de sus pasiones, modera la ira y la ordena según la razón.
La ideología del mundo de hoy nos pone, y sobretodo a los jóvenes, una gran cantidad de estímulos en pro de la satisfacción de sus deseos, ya sea vía placer o consumismo. Suele tomar frases como:
· “¿Qué hay de malo en pasarla bien?”
· “Si yo trabajo, porqué no gastar mi tiempo y dinero como quiero...”
· “Cuando me divierto, no le hago daño a nadie...”
· “La moda es...”
No se trata de censurar esta actitud, sino de buscar un fin más importante que rija el modo de actuar del ser humano. Que no se quede en el actuar sólo por el placer. No se trata de no hacer daño solamente, sino de hacer el bien, gastar el dinero en nuestro bien y el de los demás. La “moda” no es justificación suficiente para dejar de lado las decisiones personales, sólo por el hecho de no ser diferente y de quedar aislado.
La sociedad de consumo hace difícil distinguir entre lo necesario y lo superfluo y nos crea necesidades.
El hombre sobrio no se engaña, disfruta de lo que tiene pero no se ata a ello. Controla sus pasiones sin permitir que sus caprichos lo controlen a él.
Vivir la sobriedad con alegría reflejará el testimonio que de esta virtud demos a los hijos: enseñarles a valorar lo que tienen y el esfuerzo que supone conseguirlo.
Si se entiende al trabajo únicamente como una manera de ganar dinero, es probable que la finalidad del tiempo libre sea gastarlo. De ahí la revalorización que debemos hacer no sólo del trabajo, sino del uso de nuestro tiempo.
¿Cómo educar esa sobriedad?
Enseñándoles:
1. A valorar lo que poseen y lo que pueden poseer.
2. A dominar sus caprichos con alegría.
3. A reflexionar el porqué de sus gastos.
4. La importancia que tiene no estar atado al placer.
5. A controlar ciertas apetencias.
6. Ideales elevados que lleven a una satisfacción profunda, en lugar de buscar lo superficial.
7. A actuar congruentemente con lo que perseguimos con voluntad.
8. Que nuestros reconocimientos a sus logros no son materiales.
La madurez natural del ser humano es resultado del desarrollo armónico de las virtudes humanas. Y es difícil pensar conseguirlo sin contar con la familia, ya que en ésta, se puede lograr que las personas las desarrollen motivadas por el amor, por saber que todo miembro de la familia tiene el deber de ayudar a los demás miembros a mejorar.
El hogar y la vida en familia son la primera escuela de virtudes donde se trasmiten de forma natural a través de la vida cotidiana.
Virtud viene del latín vir que significa fuerza, e incluye todo aquello que perfecciona a la persona.
Es un hábito operativo bueno, una disposición estable en el individuo para la acción.
Es fuente de riqueza espiritual y perfección para el hombre que la practica.
En esta repetición de actos, lo más importante es:
* que hacen ser más y obrar mejor
* que potencian y engrandecen la capacidad de actuar
* que facilitan el uso correcto de la libertad.
El ser humano, formado por cuerpo y espíritu en una unidad sustancial, se ve sometido constantemente a impulsos que tiran de él en direcciones opuestas: por un lado, su parte material o sensible lo inclina fuertemente a la obtención de los bienes materiales; y por otro, su razón y su voluntad lo llevan a la búsqueda de la verdad y del bien.
Las virtudes actúan como un principio de unidad que permite al hombre integrar la razón y sentimientos, de modo que ambos converjan en un justo medio, subordinando las tendencias inferiores a las tendencias dictadas por la razón (superiores).
Cuando la persona carece del mando unificador (virtudes), puede fácilmente “absolutizar” el aspecto sensible de la realidad, ya que es el más inmediato y gratificante a corto plazo, pero lleva en sí mismo el germen del descontrol y la dispersión.
Aunque la sensibilidad es lo que permite disfrutar de la realidad viva, es la razón la que está diseñada para dirigir el accionar humano.
Dijimos que la virtud es un hábito operativo bueno, que orienta nuestras acciones al bien de manera continua e implica repetición. Pero esta repetición no puede ser una rutina de actitudes y comportamientos, es necesaria la presencia activa de la inteligencia y de la voluntad para conseguir en cada momento la verdad y la bondad.
Las virtudes son valores hechos vida. Son actos humanos nacidos del amor.
El estudio sistemático de las virtudes tuvo sus inicios en la época de Aristóteles, quien investigó científicamente el funcionamiento de las mismas como base de las perfecciones del hombre.
Hay tres Virtudes Teologales: Fe, Esperanza y Caridad. Siguiendo a Santo Tomás, se pueden considerar como “hábitos operativos infundidos por Dios en las potencias del alma, para disponerlas a obrar según el dictamen de la razón iluminada por la fe”. Tienen por objeto al mismo Dios y son infusas, es decir, recibidas directamente por Dios.
Hay cuatro Virtudes Cardinales: Prudencia, Justicia, Fortaleza y Templanza. Estas son adquiridas, es decir, el hombre puede esforzarse para desarrollar la virtud más y mejor a nivel natural. En torno a ellas giran todas las demás.
A todos los padres de familia les gustaría que sus hijos fueran ordenados, generosos, sinceros, responsables, leales, etc., pero existe mucha diferencia entre un deseo reflejado en la palabra “ojalá”, y un resultado deseado, previsto y alcanzable. Los padres tendrán que poner mucha “intencionalidad” en su desarrollo, para lo que pueden apoyarse en estos aspectos:
a) La intensidad con la que se vive
b) La rectitud de motivos al vivirla
c) La aclaración intelectual de lo que significa cada virtud
d) El ejemplo de la persona que está luchando por superarse personalmente.
Para decidir qué virtudes deberían considerarse prioritarias para cada edad, hace falta tener en cuenta:
1) los rasgos de la edad en cuestión
2) la naturaleza de cada virtud
3) las características y posibilidades reales de quien estamos educando
4) las características y necesidades de la familia y de la sociedad en la que se vive
5) las capacidades personales de los padres.
PRUDENCIA
Toda virtud es prudente. La prudencia es la virtud que nos ayuda en el conocimiento de la realidad objetiva, de lo que es verdad, y en la realización de lo que consideramos bueno.
Tiene una doble función:
* Conocer la realidad objetiva
* Ordenar nuestro querer y obrar para realizar el bien que deseamos.
Al conocer la realidad, la virtud facilita la reflexión adecuada antes de enjuiciar cualquier hecho o situación y, como consecuencia, se podrá tomar la decisión más acertada de acuerdo con criterios rectos y verdaderos.
Se trata por lo tanto de enseñar a discernir, a formar dichos criterios, a enjuiciar y decidir.
Para el conocimiento de la realidad (primera función), será necesario fomentar:
1. La disposición para conocer la realidad y ser coherente con ella.
2. Docilidad y humildad para aceptar lo que nos dicen y reconocer las propias capacidades y limitaciones.
3. Una gran objetividad para afrontar la realidad y decidirse por el bien, venciendo toda tentación de cobardía, injusticia e intemperancia.
Para ordenar nuestro querer y obrar hacia el bien (segunda función), es necesario:
1. Formar criterios rectos y verdaderos.
2. Desarrollar la capacidad crítica para apreciar los acontecimientos de acuerdo a esos criterios. Saber enjuiciar correctamente.
3. Tener la capacidad de decidir, de poner en marcha nuestro querer y obrar para realizar el bien de acuerdo con un enjuiciamiento correcto.
El fin de la prudencia más que conocer, es ayudarnos a decidir correctamente.
Es el modo que el hombre tiene de poseer, mediante sus decisiones y acciones, el bien propiamente humano: la verdad.
Es la madre de las virtudes y conductora de todos los hábitos buenos.
Lo contrario, o el vicio de la prudencia, es la Imprudencia, que incluye la precipitación, la inconsideración y la inconstancia y está relacionada con la falta de dominio sobre las pasiones.
Cuando nuestros hijos empiecen a tomar decisiones personales dentro de una zona limitada de autonomía, necesitarán de la Prudencia. Cuando esto sucede tenemos que guiarlo para que sepa en qué cosas debe obedecer y pedir consejo, y en cuáles puede decidir libremente. Necesitará de nosotros en situaciones nuevas donde no tenga la información adecuada, aunque poco a poco, se tendrá que enfrentar a un mayor número de decisiones que tomar.
Preparar a nuestros hijos para la etapa de toma de decisiones, que por lo general se da en la adolescencia, requiere de un adiestramiento previo por nuestra parte, en el desarrollo de una serie de capacidades en los hijos:
· de observación
· de distinguir entre hechos y opiniones
· de buscar información, distinguiendo entre lo importante y lo secundario
· de seleccionar fuentes
· de reconocer los propios prejuicios
· de analizar críticamente la información recibida y comprobar cualquier aspecto dudoso
· de relacionar causa y efecto
· de reconocer qué información es necesaria en cada caso
· de recordar.
Un ejercicio que ayuda a nuestros hijos a desarrollar estas habilidades es la lectura, pues implica un análisis mental, memoria, reconocimiento del tema principal y secundario, asimilar y sintetizar. Fomentemos con nuestro ejemplo este hábito sugiriendo lecturas formativas para la familia.
El contacto con el arte es otra manera indirecta de desarrollar la capacidad de observación y de sensibilizar, analizando un poco el contexto y vida del artista en cuestión, así como los elementos gráficos que constituyen la obra; investigar sobre ello amplia la información con que contamos.
Otro ejercicio útil es el análisis de programas de TV o anuncios, señalando los valores y antivalores que encontramos bajo un criterio correcto. El juicio nos lleva a poner sobre la mesa los valores, hacerlos tangibles y asimilarlos a nuestros criterios de actuación.
Educar en la prudencia es también permitir que asuma las consecuencias de sus errores, no tratar de resolverles la vida. Un buen consejo oportuno es valioso, pero tomar la decisión por ellos, no los hará madurar.
Se notará que un hijo está desarrollando la virtud de la prudencia, porque pide consejo, porque busca las fuentes adecuadas para documentarse, porque pondera esa información y la discute con sus padres y otras personas, porque llega a ser una persona de criterio y porque actúa o deja de actuar después de considerar las consecuencias del acto para él y para los demás.
JUSTICIA
Es dar a cada cual lo que le corresponde y supone un derecho previo que no puede ir en contra del derecho natural (por ejemplo, la ley del aborto: alegar “este es mi cuerpo y hago con él lo que quiero”, va en contra del derecho a la vida de otro ser humano).
Ser justo significa reconocer al otro en cuanto a otro, que tiene derecho a lo suyo; hacer el bien o el mal significa dar o retener lo que pertenece a otra persona con la que estoy comprometida de alguna forma. No basta la intención de nuestros actos, debe hablar de justicia.
El hombre que merece ser llamado el mejor, es el que es el más justo. La justicia tiene una supremacía sobre la Templanza y la Fortaleza, en cuanto a que no sólo ordena al hombre en sí mismo, sino también la convivencia con los demás.
La más auténtica perversión del bien humano es la injusticia y tiene su origen en dos causas: la falsa prudencia del sabio y la violencia del poderoso.
Como vemos la Justicia se realiza en función de los demás, por lo que no podemos desligarla de la Caridad.
La Justicia reside en la voluntad, no en el entendimiento y encuentra su pleno cumplimiento en tres estructuras:
1. La relación de los individuos entre sí (Justicia Conmutativa)
2. El todo social con los individuos (Justicia Distributiva)
3. Los individuos con el todo legal (Justicia Legal)
El niño pequeño realiza en ocasiones, actos injustos porque no los considera como tales. Pero en cuanto empieza a razonar, reconoce la injusticia al tratar que todos reciban lo mismo. Esto es alrededor de los siete u ocho años.
Hacia los once años se da cuenta que lo justo no es necesariamente el trato igualitario, sino más bien un trato de equidad, teniendo en cuenta la responsabilidad y las circunstancias de cada persona.
Los padres empezamos a mostrar a los pequeños las reglas del juego, luego vendrán las reglas impuestas por el grupo.
¿Qué herramientas son útiles para la construcción de esta virtud?
De 7 a 9 años:
· Aprender a establecer un acuerdo con un hermano o amigo y cumplirlo.
· Aceptar reglas, una vez conocidas.
· Respetar la propiedad ajena.
· Respetar las necesidades y derechos ajenos: las habitaciones de los hermanos, el silencio en momentos de estudio, llamar a la puerta, no interrumpir conversaciones.
De 9 a 13 años:
· Seguir insistiendo en actuaciones justas, explicando lo que es injusto.
· Ayudarles a comprender los motivos para ser justos.
· Aclarar las diferentes condiciones y circunstancias de cada persona.
· Enseñarles a rectificar y por lo tanto, a reparar.
· Ayudarles a reflexionar sobre la actuación adecuada, después de sufrir una injusticia de otro. Esto es muy doloroso, pero tenemos que fomentar el perdón, no la venganza, pues a quien más daña es a él mismo.
· Hablar de los demás con respeto, buscando lo positivo. Evitar el chisme y la calumnia.
· Devolver lo que nos prestan, en buenas condiciones.
· Hacerles ver las posibilidades que tiene los demás de realizar un acto bueno.
· Cumplir con las órdenes de los papás y otras autoridades.
· Evitar actos de injusticia, aunque sean pequeños y parezcan no tener importancia, paro repetidos crean un ambiente en el que es difícil realizar actos positivamente (contar pequeñas mentiras, colarse en la fila del cine, entrar al cine cuando no tienen edad, etc.).
· Fomentar su capacidad de reparar o rectificar ante el error, pedir perdón.
Es importante ser justo con cada uno de nuestros hijos, de acuerdo a su condición y circunstancias: edad, necesidades, estados de ánimo.
Aprovechemos el sentido de idealismo de los jóvenes, por ejemplo, para involucrarlos en alguna labor social. Es importante que nos vean que forma parte de nuestro diario actuar.
Al adolescente también es importante enseñarle lo que implica su papel de hijo, de hermano, de compañero y de ciudadano en su diario actuar, ayudarlo a comprender lo que es justo en cada momento. Esto es el derecho al respeto por parte de los demás, el derecho a la ayuda para alcanzar una mayor plenitud humana, derecho de participar de acuerdo en sus capacidades, derecho a convivir en orden y derecho a la intimidad. Obviamente compensados con el deber de actuar en congruencia, asumiendo las consecuencias lógicas de sus actos, ya sea en el cumplimiento o en la transgresión de sus deberes.
FORTALEZA
Esta virtud admite que el hombre es vulnerable. Tanto la Fortaleza como la Templanza suponen la debilidad del hombre y la existencia del mal que hacemos o que padecemos.
La función de esta virtud es el combatir este mal, nos ayuda a resistir y a cometer en situaciones dolorosas.
Consiste en aceptar el riesgo de sufrir o ser herido por la realización del bien. No es el peligro lo que busca, sino la realización del bien que la razón le demuestra.
La Fortaleza le exige al hombre lo más difícil, sin embargo no es la dificultad ni el esfuerzo lo que constituyen la virtud, sino únicamente la consecución del bien.
La Fortaleza se subordina a la Prudencia y a la Justicia: es una entrega de sí mismo de acuerdo con lo que dicta la razón.
Supone el temor del hombre al mal y el hacerle frente presenta los dos actos capitales de la fortaleza: Resistir y Acometer.
El acto más propio de la Fortaleza es el resistir y exige una enérgica actividad, un valeroso acto de perseverancia en la adhesión y obtención del bien. Y en el acometer, ayuda la iniciativa y la perseverancia.
Otros ingredientes necesarios son la paciencia, que significa no perder la serenidad; la confianza que el hombre pone en sí mismo.
Es la virtud de los convencidos capaces de luchar por un ideal. Como cristianos, es hacer por amor las pequeñas cosas de cada día; que en cada cosa que tenemos que lograr, pongamos todo nuestro esfuerzo.
Si tenemos clara la idea de la necesidad de formar a nuestros hijos, ¡a luchar! entonces por eso aún en contra de mi cansancio, de mi irritabilidad o de la búsqueda de mis propios intereses. Qué importante es enseñarles a esforzarse, a dominarse por lograr el bien; que sepan reconocerlo a pesar de las influencias de su propio medio, a resistir las tentaciones y a luchar por lo que quieren conseguir.
¿Qué podemos hacer como padres por nuestros hijos?
· Dejarlos luchar contra la frustración, no resolverles mágicamente sus problemas.
· Enseñarles a controlar sus impulsos.
· Retrasar los satisfactores inmediatos.
· Cumplir hasta el final con sus tareas asignadas.
· Practicar algún deporte.
· Enseñarles a decir que no ante un peligro.
· No decirles siempre que sí ni ceder a sus caprichos.
· Permitirles medir las consecuencias de sus actos.
· Evitar sobreprotegerlos.
· Permitirles la iniciativa.
· Educar en la perseverancia, de hábitos y de actividades.
Los tres vicios que se oponen a la Fortaleza son:
1. El temor. Se contrapone al valor que tenemos que tener para atacar (la injusticia, por ejemplo). Cuántas veces, por el temor al rechazo social, los jóvenes son incapaces de luchar por sus valores.
2. La osadía. Cuando actuamos con osadía, no tenemos prudencia, no medimos el riesgo. Es el acometer, simplemente por el acometer mismo, sin un bien ulterior buscado.
3. La indiferencia. Por no reconocer el deber de mejorar o por no querer enterarse de las influencias perjudiciales, adoptan una actitud pasiva, cómoda o perezosa.
Por lo que debemos:
* Proporcionar a nuestros hijos posibilidades, no sólo para que hagan un esfuerzo, sino para que aprendan a resistir.
* Estimularlos para que por su propia iniciativa, emprendan caminos de mejora que supongan un esfuerzo continuado.
* Enseñarles la congruencia entre lo que creen y lo que hacen, a pesar del medio en que se desenvuelven.
* Como padres, formarnos y superarnos continuamente, poniendo ejemplo de lucha diaria por un ideal.
El desarrollo de esta virtud les dará la fuerza interior para sobrevivir como personas, reconociendo la situación que los rodea, tanto para resistir como para acometer, haciendo de sí mismos personas sin miedo al dolor. Hombres y mujeres que saben sufrir callando, que no buscan la compasión, sin miedo al sacrificio o a la lucha, que no se rinden ante las dificultades, sin miedo al miedo, sin timideces ni complejos imaginarios, incompatibles con la frivolidad, que no se escandalizan con lo que ven ni oyen. En una palabra, personas enteras.
TEMPLANZA
La templanza tiene un sentido y un fin: poner orden en el interior del hombre, de donde brota la tranquilidad del espíritu. Se refiere al orden en el propio yo.
Lo que distingue a la templanza de las demás virtudes es que opera exclusivamente sobre el sujeto que actúa; se revierte sobre la persona misma.
La tendencia natural hacia el placer sensible (que se obtiene en la comida, la bebida, la inclinación sexual), es el reflejo de las fuerzas naturales más potentes que actúan en la conservación del hombre. Cuando se desordenan pueden sobrepasar a las otras energías en forma destructora.
La templanza regula el orden y medida de estas tendencias naturales. Así, aparece como castidad, sobriedad, humildad y mansedumbre; en contra de la lujuria, el desenfreno, la soberbia o la cólera.
La falta de templanza descompone la estructura moral de las personas.
La virtud que se ve más afectada es la prudencia, ya que provoca una especie de ceguera del espíritu que incapacita para ver el bien y quita la fuerza de voluntad.
La templanza prepara a la inteligencia y a la voluntad para captar la verdad y el bien y capacita para la entrega en el amor.
Unicamente por la templanza se llega al goce de las cosas sensibles, sin reducirlos a su propio placer.
La castidad modera el instinto sexual por medio de un orden dictado por la razón.
La sobriedad distingue entre lo razonable y lo inmoderado en cuanto al uso del dinero, del tiempo y del esfuerzo, de acuerdo con criterios rectos y verdaderos. Se consigue un autodominio.
La humildad implica reconocer nuestros propios límites, aceptar una realidad primaria y definitiva, aceptar la condición del hombre de “ser creado”. La humildad no es otra cosa que la verdad. Está acompañada de la magnanimidad, es decir, el ser capaz de aspirar a lo extraordinario y hacernos dignos de ello; y no porque confiemos en nuestras propias fuerzas, sino porque el hombre se abandona en la fuerza de Dios.
La mansedumbre hace al hombre dueño de sí mismo, debilita la fuerza de sus pasiones, modera la ira y la ordena según la razón.
La ideología del mundo de hoy nos pone, y sobretodo a los jóvenes, una gran cantidad de estímulos en pro de la satisfacción de sus deseos, ya sea vía placer o consumismo. Suele tomar frases como:
· “¿Qué hay de malo en pasarla bien?”
· “Si yo trabajo, porqué no gastar mi tiempo y dinero como quiero...”
· “Cuando me divierto, no le hago daño a nadie...”
· “La moda es...”
No se trata de censurar esta actitud, sino de buscar un fin más importante que rija el modo de actuar del ser humano. Que no se quede en el actuar sólo por el placer. No se trata de no hacer daño solamente, sino de hacer el bien, gastar el dinero en nuestro bien y el de los demás. La “moda” no es justificación suficiente para dejar de lado las decisiones personales, sólo por el hecho de no ser diferente y de quedar aislado.
La sociedad de consumo hace difícil distinguir entre lo necesario y lo superfluo y nos crea necesidades.
El hombre sobrio no se engaña, disfruta de lo que tiene pero no se ata a ello. Controla sus pasiones sin permitir que sus caprichos lo controlen a él.
Vivir la sobriedad con alegría reflejará el testimonio que de esta virtud demos a los hijos: enseñarles a valorar lo que tienen y el esfuerzo que supone conseguirlo.
Si se entiende al trabajo únicamente como una manera de ganar dinero, es probable que la finalidad del tiempo libre sea gastarlo. De ahí la revalorización que debemos hacer no sólo del trabajo, sino del uso de nuestro tiempo.
¿Cómo educar esa sobriedad?
Enseñándoles:
1. A valorar lo que poseen y lo que pueden poseer.
2. A dominar sus caprichos con alegría.
3. A reflexionar el porqué de sus gastos.
4. La importancia que tiene no estar atado al placer.
5. A controlar ciertas apetencias.
6. Ideales elevados que lleven a una satisfacción profunda, en lugar de buscar lo superficial.
7. A actuar congruentemente con lo que perseguimos con voluntad.
8. Que nuestros reconocimientos a sus logros no son materiales.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
