domingo, 17 de agosto de 2008

14.- EDUCAR ES FASCINANTE

Educar es fascinante
Los pies bien en el suelo y con una gran esperanza de felicidad. ¿Quién se apunta?



Algunas corrientes, denominadas progresistas, animaban ya hace más de 30 años a renunciar a la autoridad. Se vivió entonces un clima de dejadez en el exigir. Actualmente, por contra, se ha puesto en valor el hecho de poder mandar-acompañar-liderar con determinación e ideas claras, evitando pasividades y proteccionismos.
Ahora, a principios de siglo XXI, es el tiempo donde la coherencia y la interpretación sincera del actuar humano son de vital necesidad. Vivir ha de significar una explicación, no una mera opinión o percepción simple de lo que parece ser propio al hombre.

Asimismo, puede ser muy enriquecedor considerar la autoridad, el derecho a recibir un servicio, desde el punto de vista de aquel que obedece o realiza una tarea para los demás. ¡Qué gran valor poder ejercer cualquier profesión honrada, para mejorar personalmente y poder elevar, a todos los niveles, a una sociedad, donde uno esté en cada momento. Y desde ese lugar, poder decir aquello de D. José Ortega Gasset “Yo soy yo y mis circunstancias y si no las salvo a ellas no me salvo yo”. Pues sí, realmente todos influimos de alguna manera, sea cual sea nuestro nivel de responsabilidad, influencia o prestigio. Y podemos y debemos aumentar la excelencia de las personas que tenemos al lado, pues son nuestra gran “circunstancia”.

En el amplio campo de la educación formal, familiar y no formal, habrá ocasiones en que será imprescindible exigir y dejarse exigir con fortaleza, siempre dentro de un ambiente amable y con espíritu deportivo. Esa fortaleza es muestra de verdadera estima, comprensión y confianza mutuas, entre padres e hijos, entre profesores y alumnos, entre amigos.

Esto no excluye la decisión firme, clara, de hacer y mandar hacer lo que se debe. Pero, en todo caso, los gritos o amenazas encendidas son las más de las veces innecesarias. Si esa actitud violenta menudea al ejercer la autoridad, será una muestra de falta de seguridad y preparación. Se descubre entonces una maravillosa ocasión para mostrarse más serenos, templados y prudentes.

También es verdad que en esos asuntos concretos y tan humanos, las cosas no son tan fáciles y evidentes. Pero hemos de poder fijar unos límites, en los que sí se debe actuar con una energía proporcionada a la necesidad educativa.
Al marcar límites ha de quedar manifiesto qué es lo que no se puede hacer, qué es un error, qué es una conducta inaceptable. Parafraseando a D. Julián Marías, esta limitación negativa es de suma importancia, porque elimina una larga serie de conductas injustificadas, inadmisibles, que hay que rechazar. Podrá quedar cierta vacilación respecto a la licitud o conveniencia de las conductas positivas; pero es muy grande el valor que encierra la evidencia de lo que no se debe ni puede hacer.

Importa mucho enunciar, y vivir y ver vividas, conductas que susciten estimación, adhesión sin reservas. Ellas serán sustento firme, posibilitarán seguir adelante sin vacilación, con la seguridad de que el punto de partida es justo y bien cimentado.

Así, aunque no tuviéramos seguridad ante el porvenir, que normalmente sí la habrá, siempre la tendremos respecto a nuestro punto de partida. Los pies bien en el suelo y con una gran esperanza de felicidad. ¿Quién se apunta?


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sábado, 16 de agosto de 2008

15.- AMOR DE HERMANOS

Amor de hermanos
Un problema real en algunas familias es la falta de amor entre los hermanos

El problema tiene muchas raíces y se produce por motivos distintos. En algunos casos, es debido a errores de los padres en la educación de sus hijos. En otros, a un problema surgido entre los mismos hermanos en un momento puntual de su desarrollo infantil o juvenil. En otros, a conflictos que aparecen ya en la edad adulta: peleas por la herencia, puntos de vista opuestos respecto a la religión o la política, disconformidad por el piso o el trabajo escogido por el otro, etc.

Cada situación merecería ser tratada de un modo específico. Quisiéramos ahora hacer una breve reflexión sobre la necesidad de suscitar, cuidar y acrecentar el amor entre los hermanos.

Lo primero es suscitar o promover. Un grave error en la vida familiar es suponer que por vivir en la misma casa y tener la misma sangre surgirá de modo espontáneo el afecto y cariño entre los hermanos. La realidad es que el amor se construye día a día, a base de educación, de renuncia al propio egoísmo, de apertura al otro, por medio de un trato que vaya más allá de los saludos habituales entre quienes viven bajo el mismo techo.

Los padres tienen una responsabilidad enorme en esta tarea. Desde que los niños son pequeños, buscan darles lo mejor y lograr que cada uno se sienta igual de amado que los otros. Este esfuerzo es un primer paso muy importante, pero hay que ir más allá: hay que conseguir que cada hijo aprecie, respete y ame a sus hermanos.

Desde el amor, los padres pueden ayudar mucho a que entre los hijos se promueva un clima de respeto. Es lícito que cada uno tenga su pequeño espacio de autonomía (donde las dimensiones de la casa lo permitan...). Pero es más importante educar a cada hijo a no encerrarse en su pequeño mundo y a abrirse a sus hermanos con el mismo cariño, o incluso superior, con el que se abren y tratan con sus amigos de escuela o de barrio.

Es muy hermoso, en ese sentido, ver cómo el padre o la madre se sientan junto a la hija de 10 años para explicarle que su hermano adolescente está pasando por una edad difícil, que necesita comprensión, que hay que respetar sus cosas, que hay que rezar por él. O que hablan con la hija universitaria para pedirle que nunca le grite al hermanito pequeño por el caos que provoca en casa, sino que más bien sepa buscar momentos para ayudarle en sus deberes, para enseñarle a ordenar las cosas en la habitación, para motivarle a participar en las mil tareas de casa.

Lo segundo, en parte ya mencionado, es cuidar el amor. La vida familiar implica continuos roces. La niña quiere poner la música a todo volumen mientras que el “niño” (ya tiene 15 años...) ha pedido silencio por las tardes para sacar sus problemas de matemáticas. O el hermano mayor no quiere saber nada de ayudar a limpiar platos, mientras la hermana que le sigue en edad considera eso una injusticia machista que debe desaparecer cuanto antes.

Que haya conflictos es lo más normal del mundo. Pero saber superarlos con paciencia y, sobre todo, con un respeto que nace del cariño y que va más allá de las simples reglas de justicia, lleva a restablecer en seguida los lazos que unen a los hermanos entre sí.

Habrá ocasiones en que antes de ir a misa los padres pedirán a sus hijos que si alguno tiene rencor o rabia hacia algún hermano, antes de ir al altar pida perdón y ofrezca su perdón. Sólo así tiene sentido pleno participar en la misa como familia verdaderamente cristiana.

Lo tercero es acrecentar el amor. Si en casa ha sido promovido el amor; si el amor ha sido preservado y custodiado, a veces también “curado”, a lo largo de los meses; si padres e hijos se sienten no sólo miembros de una misma familia, sino realmente amigos que se quieren y se ayudan... Entonces este tesoro de cariño, que es un don maravilloso de Dios, necesita incrementarse con el tiempo.

El paso de los años lleva, como consecuencia normal, a que cada hijo haga su propia vida. Escoge su carrera, busca un trabajo, empieza el noviazgo, llega al día de bodas, vuela del nido. Pero ese momento no debe convertirse en una despedida o una ruptura. Se trata más bien de un paso hacia la madurez, hacia la creación de una nueva familia, que no debe significar un perder el tesoro de cariño que existe entre los hermanos.

En el respeto a la autonomía normal de cada adulto, es muy hermoso interesarse por el hermano que tiene problemas en su trabajo, que no sabe cómo atender a un hijo nacido con una enfermedad peligrosa, que no alcanza a pagar la mensualidad para su piso... Las situaciones son infinitas, y los tipos de ayuda que se pueden ofrecer varían mucho de caso a caso.

Es cierto que quien está necesitado no puede “abusar” de sus hermanos ni pedir continuamente dinero u otras ayudas. Pero también es cierto que existen muchas maneras de mostrar y vivir el cariño mutuo, especialmente cuando los problemas son más graves y uno necesita sentirse apoyado por quienes son de la misma sangre y, sobre todo, por quienes han aprendido a vivir unidos como “buenos hermanos”.

En la oración se encontrarán fórmulas para lograr esa armonía que hace tan hermosa la vida familiar. El amor entre los hermanos será, entonces, el mejor fruto de la siembra paterna, la mejor manera de vivir el cariño hacia unos padres que supieron promover, en un hogar que quiso vivir con alegría el Evangelio, ese amor en el que cada uno deja de lado sus gustos para servir al prójimo más prójimo: el propio hermano.

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viernes, 15 de agosto de 2008

16.- ENVIDIAS ENTRE HERMANOS

Envidias entre hermanos
¡Mi hermano es el preferido! ¡A él le queréis más que a mí!...


Éstas, como otras muchas acusaciones semejantes, pueden llegar a cruzar, casi sin darnos cuenta, nuestra sala de estar una tarde cualquiera.

Son nuestros hijos. Esos niños a los que a pesar de quererles con toda el alma y aún demostrándoselo a diario no se sienten lo suficientemente seguros de sí mismos como para reconocer que en casa nadie prefiere a nadie.

En estos casos, lo mejor es analizar la situación: ¿Celos o simple pelusilla? Para descubrirla tendremos que buscar los motivos que han hecho pensar de este modo a nuestro hijo.

Aunque siempre hayamos intentado comportarnos justamente con nuestros pequeños, dando a cada hijo el cariño que necesita, cubriendo con afecto todas sus necesidades... Eso no quiere decir que uno de nuestros hijos, sobre todo en esta etapa escolar, no llegue a sentir en algún momento celos de sus hermanos.

Al fin y al cabo, todos los chicos de esta edad desean lo mismo, el “exclusivo” amor de sus padres. Para ellos, ser el orgullo de papá o mamá lo es todo en la vida y no conseguirlo o, suponer que no se ha conseguido, puede dar lugar a la aparición de envidias o celos.

Una experiencia

Este sentimiento, suele tener su origen en la falta de autoestima. El niño inseguro suele tener más propensión a sentir celos que aquel que se siente a gusto consigo mismo y optimista. En cualquier caso, estas situaciones son bastante normales.

Por ello, ante los celos de nuestro hijo es conveniente actuar con tranquilidad pues una vez atajado el problema lo más probable es que todo quede en una experiencia más que le ayude, incluso, a moverse mejor en sociedad el día de mañana.

Asimismo, conviene recordar que no es necesario que exista una situación concreta en casa para que nuestro hijo sienta celos de alguno de sus hermanos.

En algunos casos, es la propia inseguridad del niño la que le lleva a forjarse cientos de ideas totalmente equivocadas sobre quiénes son nuestros preferidos o a quién queremos más.

De ahí, esa tan habitual pregunta que muchos niños de estas edades suelen hacer a sus padres: ¿Cuánto me quieres papá?

Cariño y paciencia

El origen de estos celos, de esta necesidad de ser el más querido suele ser distinto en cada caso. Muchos niños se sienten celosos de sus hermanos por culpa de algún complejo. Es decir, si nuestro hijo lleva aparato en los dientes o es "un pato mareado" montando en bicicleta y en cambio su hermano mayor no sólo es un “as” del deporte sino que además es atractivo, no es extraño que el chico en su inseguridad sienta celos del primogénito.

En ambas situaciones las reacciones suelen ser de lo más variado: rabietas, mal humor, mentiras, una especial propensión a “chinchar” al hermano envidiado... En cualquier caso, para todas ellas existe una excelente medicina: la calma.

Alegría

Asimismo, es conveniente que recordemos que los niños suelen imitar las conductas de sus padres. Por ello, siempre es bueno que evitemos hacer delante de ellos ciertos comentarios.

Si el ascenso injusto de nuestro compañero de trabajo nos sienta mal, por ejemplo, procuraremos no manifestar nuestro malestar delante del niño. Al fin y al cabo, podría hacer una generalidad de lo que no deja de ser una mera anécdota.

Para evitar que nuestro hijo se convierta en un envidioso el día de mañana conviene despertar en él la capacidad de admiración por otras personas, entre ellas sus hermanos, así como la necesidad de sentir y demostrar alegría por el triunfo de los demás.

Aunque eso suponga que tengamos que esforzarnos por esbozar una gran sonrisa cada vez que nuestro hijo pierda un partido. A cada hijo debemos aceptarlo tal y como es. Con sus puntos débiles y fuertes. Eso sí, siempre intentando potenciar sus cualidades, haciéndole ver cuántas tiene y lo mucho que le queremos.

Si aún así nuestro hijo siente cierta envidia de sus hermanos, tendremos que hacerle entender cuando esté tranquilo cuáles son las consecuencias de su desmesurada actitud: que no disfruta de nada, que sus hermanos lo están pasando mal por su culpa...

Si nuestro hijo siente celos de su hermano mayor, por ejemplo, conviene que durante una temporada no exageremos nuestros halagos o recompensas hacia aquel delante del niño.

Las comparaciones entre hermanos suelen dar lugar a que surjan rencillas. Para evitarlo podemos intentar descubrir las cualidades de cada uno elogiándolas por igual y por separado.

Por lo general, a estas edades los chicos son mucho más sutiles a la hora de expresar sus enfados. Por ello, no nos debe extrañar que nuestro hijo no dude en esperar a que nos demos la vuelta para "chinchar" a sus hermanos.

¡Fuera comparaciones!

En cualquier caso, antes de que estas situaciones se produzcan es conveniente evitar ciertas formas de actuar.

Las comparaciones entre hermanos, por ejemplo, suelen dar lugar a que surja el gusanillo de la envidia entre ellos. Por ello, intentaremos buscar cosas en las que destaque cada uno para elogiar individualmente sus cualidades.

En cuanto a las peleas, debemos procurar no tomar partido por ninguno de nuestros hijos por mucho que seamos conscientes de que la paciencia del mayor tenía que tener un límite. Si lo hiciésemos estaríamos dando lugar a posibles acusaciones como: ¡Siempre le defiendes a él! Aunque esto no sea del todo cierto.

Por último, conviene que recordemos que cuando nuestro hijo se siente celoso, sufre. Por ello, no es conveniente que aumentemos su pesar con castigos, regañinas o recordándole constantemente lo envidioso que es. En esta tarea también pueden participar sus hermanos.

Si nadie le acusa de ser celoso, si poco a poco consigue entender cuanto le queremos y la gran cantidad de cualidades que posee, lentamente su personalidad se irá afianzando.

Pronto su pelusilla no será más que una anécdota de la que el mismo se reirá dentro de unos años.

Un buen método para conseguir que nuestro hijo supere sus celos es ofreciéndole responsabilidades que sepamos con antelación que puede llevarlas a cabo con éxito.

Si se le dan muy bien las manualidades, por ejemplo, podemos proponerle que nos ayude a realizar pequeñas chapuzas en casa: dar una capa de pintura a unas sillas viejas, cambiar las cortinas del cuarto de baño... De este modo, poco a poco, su personalidad se irá afianzando al irse dando cuenta de que cada uno destaca en una determinadas capacidades y que nadie es globalmente mejor que otro.

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jueves, 14 de agosto de 2008

17.- LA FAMILIA: PRIMERA ESCUELA DE VIRTUDES

LA FAMILIA: PRIMERA ESCUELA DE VIRTUDES

La madurez natural del ser humano es resultado del desarrollo armónico de las virtudes humanas. Y es difícil pensar conseguirlo sin contar con la familia, ya que en ésta, se puede lograr que las personas las desarrollen motivadas por el amor, por saber que todo miembro de la familia tiene el deber de ayudar a los demás miembros a mejorar.
El hogar y la vida en familia son la primera escuela de virtudes donde se trasmiten de forma natural a través de la vida cotidiana.

Virtud viene del latín vir que significa fuerza, e incluye todo aquello que perfecciona a la persona.

Es un hábito operativo bueno, una disposición estable en el individuo para la acción.
Es fuente de riqueza espiritual y perfección para el hombre que la practica.

En esta repetición de actos, lo más importante es:

* que hacen ser más y obrar mejor
* que potencian y engrandecen la capacidad de actuar
* que facilitan el uso correcto de la libertad.

El ser humano, formado por cuerpo y espíritu en una unidad sustancial, se ve sometido constantemente a impulsos que tiran de él en direcciones opuestas: por un lado, su parte material o sensible lo inclina fuertemente a la obtención de los bienes materiales; y por otro, su razón y su voluntad lo llevan a la búsqueda de la verdad y del bien.
Las virtudes actúan como un principio de unidad que permite al hombre integrar la razón y sentimientos, de modo que ambos converjan en un justo medio, subordinando las tendencias inferiores a las tendencias dictadas por la razón (superiores).
Cuando la persona carece del mando unificador (virtudes), puede fácilmente “absolutizar” el aspecto sensible de la realidad, ya que es el más inmediato y gratificante a corto plazo, pero lleva en sí mismo el germen del descontrol y la dispersión.
Aunque la sensibilidad es lo que permite disfrutar de la realidad viva, es la razón la que está diseñada para dirigir el accionar humano.

Dijimos que la virtud es un hábito operativo bueno, que orienta nuestras acciones al bien de manera continua e implica repetición. Pero esta repetición no puede ser una rutina de actitudes y comportamientos, es necesaria la presencia activa de la inteligencia y de la voluntad para conseguir en cada momento la verdad y la bondad.

Las virtudes son valores hechos vida. Son actos humanos nacidos del amor.
El estudio sistemático de las virtudes tuvo sus inicios en la época de Aristóteles, quien investigó científicamente el funcionamiento de las mismas como base de las perfecciones del hombre.

Hay tres Virtudes Teologales: Fe, Esperanza y Caridad. Siguiendo a Santo Tomás, se pueden considerar como “hábitos operativos infundidos por Dios en las potencias del alma, para disponerlas a obrar según el dictamen de la razón iluminada por la fe”. Tienen por objeto al mismo Dios y son infusas, es decir, recibidas directamente por Dios.

Hay cuatro Virtudes Cardinales: Prudencia, Justicia, Fortaleza y Templanza. Estas son adquiridas, es decir, el hombre puede esforzarse para desarrollar la virtud más y mejor a nivel natural. En torno a ellas giran todas las demás.

A todos los padres de familia les gustaría que sus hijos fueran ordenados, generosos, sinceros, responsables, leales, etc., pero existe mucha diferencia entre un deseo reflejado en la palabra “ojalá”, y un resultado deseado, previsto y alcanzable. Los padres tendrán que poner mucha “intencionalidad” en su desarrollo, para lo que pueden apoyarse en estos aspectos:

a) La intensidad con la que se vive
b) La rectitud de motivos al vivirla
c) La aclaración intelectual de lo que significa cada virtud
d) El ejemplo de la persona que está luchando por superarse personalmente.

Para decidir qué virtudes deberían considerarse prioritarias para cada edad, hace falta tener en cuenta:

1) los rasgos de la edad en cuestión
2) la naturaleza de cada virtud
3) las características y posibilidades reales de quien estamos educando
4) las características y necesidades de la familia y de la sociedad en la que se vive
5) las capacidades personales de los padres.

PRUDENCIA

Toda virtud es prudente. La prudencia es la virtud que nos ayuda en el conocimiento de la realidad objetiva, de lo que es verdad, y en la realización de lo que consideramos bueno.

Tiene una doble función:

* Conocer la realidad objetiva
* Ordenar nuestro querer y obrar para realizar el bien que deseamos.

Al conocer la realidad, la virtud facilita la reflexión adecuada antes de enjuiciar cualquier hecho o situación y, como consecuencia, se podrá tomar la decisión más acertada de acuerdo con criterios rectos y verdaderos.

Se trata por lo tanto de enseñar a discernir, a formar dichos criterios, a enjuiciar y decidir.

Para el conocimiento de la realidad (primera función), será necesario fomentar:

1. La disposición para conocer la realidad y ser coherente con ella.
2. Docilidad y humildad para aceptar lo que nos dicen y reconocer las propias capacidades y limitaciones.
3. Una gran objetividad para afrontar la realidad y decidirse por el bien, venciendo toda tentación de cobardía, injusticia e intemperancia.

Para ordenar nuestro querer y obrar hacia el bien (segunda función), es necesario:

1. Formar criterios rectos y verdaderos.
2. Desarrollar la capacidad crítica para apreciar los acontecimientos de acuerdo a esos criterios. Saber enjuiciar correctamente.
3. Tener la capacidad de decidir, de poner en marcha nuestro querer y obrar para realizar el bien de acuerdo con un enjuiciamiento correcto.

El fin de la prudencia más que conocer, es ayudarnos a decidir correctamente.
Es el modo que el hombre tiene de poseer, mediante sus decisiones y acciones, el bien propiamente humano: la verdad.
Es la madre de las virtudes y conductora de todos los hábitos buenos.

Lo contrario, o el vicio de la prudencia, es la Imprudencia, que incluye la precipitación, la inconsideración y la inconstancia y está relacionada con la falta de dominio sobre las pasiones.

Cuando nuestros hijos empiecen a tomar decisiones personales dentro de una zona limitada de autonomía, necesitarán de la Prudencia. Cuando esto sucede tenemos que guiarlo para que sepa en qué cosas debe obedecer y pedir consejo, y en cuáles puede decidir libremente. Necesitará de nosotros en situaciones nuevas donde no tenga la información adecuada, aunque poco a poco, se tendrá que enfrentar a un mayor número de decisiones que tomar.
Preparar a nuestros hijos para la etapa de toma de decisiones, que por lo general se da en la adolescencia, requiere de un adiestramiento previo por nuestra parte, en el desarrollo de una serie de capacidades en los hijos:

· de observación
· de distinguir entre hechos y opiniones
· de buscar información, distinguiendo entre lo importante y lo secundario
· de seleccionar fuentes
· de reconocer los propios prejuicios
· de analizar críticamente la información recibida y comprobar cualquier aspecto dudoso
· de relacionar causa y efecto
· de reconocer qué información es necesaria en cada caso
· de recordar.

Un ejercicio que ayuda a nuestros hijos a desarrollar estas habilidades es la lectura, pues implica un análisis mental, memoria, reconocimiento del tema principal y secundario, asimilar y sintetizar. Fomentemos con nuestro ejemplo este hábito sugiriendo lecturas formativas para la familia.
El contacto con el arte es otra manera indirecta de desarrollar la capacidad de observación y de sensibilizar, analizando un poco el contexto y vida del artista en cuestión, así como los elementos gráficos que constituyen la obra; investigar sobre ello amplia la información con que contamos.
Otro ejercicio útil es el análisis de programas de TV o anuncios, señalando los valores y antivalores que encontramos bajo un criterio correcto. El juicio nos lleva a poner sobre la mesa los valores, hacerlos tangibles y asimilarlos a nuestros criterios de actuación.

Educar en la prudencia es también permitir que asuma las consecuencias de sus errores, no tratar de resolverles la vida. Un buen consejo oportuno es valioso, pero tomar la decisión por ellos, no los hará madurar.
Se notará que un hijo está desarrollando la virtud de la prudencia, porque pide consejo, porque busca las fuentes adecuadas para documentarse, porque pondera esa información y la discute con sus padres y otras personas, porque llega a ser una persona de criterio y porque actúa o deja de actuar después de considerar las consecuencias del acto para él y para los demás.

JUSTICIA

Es dar a cada cual lo que le corresponde y supone un derecho previo que no puede ir en contra del derecho natural (por ejemplo, la ley del aborto: alegar “este es mi cuerpo y hago con él lo que quiero”, va en contra del derecho a la vida de otro ser humano).
Ser justo significa reconocer al otro en cuanto a otro, que tiene derecho a lo suyo; hacer el bien o el mal significa dar o retener lo que pertenece a otra persona con la que estoy comprometida de alguna forma. No basta la intención de nuestros actos, debe hablar de justicia.
El hombre que merece ser llamado el mejor, es el que es el más justo. La justicia tiene una supremacía sobre la Templanza y la Fortaleza, en cuanto a que no sólo ordena al hombre en sí mismo, sino también la convivencia con los demás.
La más auténtica perversión del bien humano es la injusticia y tiene su origen en dos causas: la falsa prudencia del sabio y la violencia del poderoso.
Como vemos la Justicia se realiza en función de los demás, por lo que no podemos desligarla de la Caridad.
La Justicia reside en la voluntad, no en el entendimiento y encuentra su pleno cumplimiento en tres estructuras:

1. La relación de los individuos entre sí (Justicia Conmutativa)
2. El todo social con los individuos (Justicia Distributiva)
3. Los individuos con el todo legal (Justicia Legal)

El niño pequeño realiza en ocasiones, actos injustos porque no los considera como tales. Pero en cuanto empieza a razonar, reconoce la injusticia al tratar que todos reciban lo mismo. Esto es alrededor de los siete u ocho años.
Hacia los once años se da cuenta que lo justo no es necesariamente el trato igualitario, sino más bien un trato de equidad, teniendo en cuenta la responsabilidad y las circunstancias de cada persona.
Los padres empezamos a mostrar a los pequeños las reglas del juego, luego vendrán las reglas impuestas por el grupo.

¿Qué herramientas son útiles para la construcción de esta virtud?

De 7 a 9 años:

· Aprender a establecer un acuerdo con un hermano o amigo y cumplirlo.
· Aceptar reglas, una vez conocidas.
· Respetar la propiedad ajena.
· Respetar las necesidades y derechos ajenos: las habitaciones de los hermanos, el silencio en momentos de estudio, llamar a la puerta, no interrumpir conversaciones.

De 9 a 13 años:

· Seguir insistiendo en actuaciones justas, explicando lo que es injusto.
· Ayudarles a comprender los motivos para ser justos.
· Aclarar las diferentes condiciones y circunstancias de cada persona.
· Enseñarles a rectificar y por lo tanto, a reparar.
· Ayudarles a reflexionar sobre la actuación adecuada, después de sufrir una injusticia de otro. Esto es muy doloroso, pero tenemos que fomentar el perdón, no la venganza, pues a quien más daña es a él mismo.
· Hablar de los demás con respeto, buscando lo positivo. Evitar el chisme y la calumnia.
· Devolver lo que nos prestan, en buenas condiciones.
· Hacerles ver las posibilidades que tiene los demás de realizar un acto bueno.
· Cumplir con las órdenes de los papás y otras autoridades.
· Evitar actos de injusticia, aunque sean pequeños y parezcan no tener importancia, paro repetidos crean un ambiente en el que es difícil realizar actos positivamente (contar pequeñas mentiras, colarse en la fila del cine, entrar al cine cuando no tienen edad, etc.).
· Fomentar su capacidad de reparar o rectificar ante el error, pedir perdón.

Es importante ser justo con cada uno de nuestros hijos, de acuerdo a su condición y circunstancias: edad, necesidades, estados de ánimo.

Aprovechemos el sentido de idealismo de los jóvenes, por ejemplo, para involucrarlos en alguna labor social. Es importante que nos vean que forma parte de nuestro diario actuar.
Al adolescente también es importante enseñarle lo que implica su papel de hijo, de hermano, de compañero y de ciudadano en su diario actuar, ayudarlo a comprender lo que es justo en cada momento. Esto es el derecho al respeto por parte de los demás, el derecho a la ayuda para alcanzar una mayor plenitud humana, derecho de participar de acuerdo en sus capacidades, derecho a convivir en orden y derecho a la intimidad. Obviamente compensados con el deber de actuar en congruencia, asumiendo las consecuencias lógicas de sus actos, ya sea en el cumplimiento o en la transgresión de sus deberes.

FORTALEZA

Esta virtud admite que el hombre es vulnerable. Tanto la Fortaleza como la Templanza suponen la debilidad del hombre y la existencia del mal que hacemos o que padecemos.
La función de esta virtud es el combatir este mal, nos ayuda a resistir y a cometer en situaciones dolorosas.
Consiste en aceptar el riesgo de sufrir o ser herido por la realización del bien. No es el peligro lo que busca, sino la realización del bien que la razón le demuestra.
La Fortaleza le exige al hombre lo más difícil, sin embargo no es la dificultad ni el esfuerzo lo que constituyen la virtud, sino únicamente la consecución del bien.
La Fortaleza se subordina a la Prudencia y a la Justicia: es una entrega de sí mismo de acuerdo con lo que dicta la razón.
Supone el temor del hombre al mal y el hacerle frente presenta los dos actos capitales de la fortaleza: Resistir y Acometer.
El acto más propio de la Fortaleza es el resistir y exige una enérgica actividad, un valeroso acto de perseverancia en la adhesión y obtención del bien. Y en el acometer, ayuda la iniciativa y la perseverancia.
Otros ingredientes necesarios son la paciencia, que significa no perder la serenidad; la confianza que el hombre pone en sí mismo.
Es la virtud de los convencidos capaces de luchar por un ideal. Como cristianos, es hacer por amor las pequeñas cosas de cada día; que en cada cosa que tenemos que lograr, pongamos todo nuestro esfuerzo.

Si tenemos clara la idea de la necesidad de formar a nuestros hijos, ¡a luchar! entonces por eso aún en contra de mi cansancio, de mi irritabilidad o de la búsqueda de mis propios intereses. Qué importante es enseñarles a esforzarse, a dominarse por lograr el bien; que sepan reconocerlo a pesar de las influencias de su propio medio, a resistir las tentaciones y a luchar por lo que quieren conseguir.

¿Qué podemos hacer como padres por nuestros hijos?

· Dejarlos luchar contra la frustración, no resolverles mágicamente sus problemas.
· Enseñarles a controlar sus impulsos.
· Retrasar los satisfactores inmediatos.
· Cumplir hasta el final con sus tareas asignadas.
· Practicar algún deporte.
· Enseñarles a decir que no ante un peligro.
· No decirles siempre que sí ni ceder a sus caprichos.
· Permitirles medir las consecuencias de sus actos.
· Evitar sobreprotegerlos.
· Permitirles la iniciativa.
· Educar en la perseverancia, de hábitos y de actividades.

Los tres vicios que se oponen a la Fortaleza son:

1. El temor. Se contrapone al valor que tenemos que tener para atacar (la injusticia, por ejemplo). Cuántas veces, por el temor al rechazo social, los jóvenes son incapaces de luchar por sus valores.
2. La osadía. Cuando actuamos con osadía, no tenemos prudencia, no medimos el riesgo. Es el acometer, simplemente por el acometer mismo, sin un bien ulterior buscado.
3. La indiferencia. Por no reconocer el deber de mejorar o por no querer enterarse de las influencias perjudiciales, adoptan una actitud pasiva, cómoda o perezosa.

Por lo que debemos:

* Proporcionar a nuestros hijos posibilidades, no sólo para que hagan un esfuerzo, sino para que aprendan a resistir.
* Estimularlos para que por su propia iniciativa, emprendan caminos de mejora que supongan un esfuerzo continuado.
* Enseñarles la congruencia entre lo que creen y lo que hacen, a pesar del medio en que se desenvuelven.
* Como padres, formarnos y superarnos continuamente, poniendo ejemplo de lucha diaria por un ideal.

El desarrollo de esta virtud les dará la fuerza interior para sobrevivir como personas, reconociendo la situación que los rodea, tanto para resistir como para acometer, haciendo de sí mismos personas sin miedo al dolor. Hombres y mujeres que saben sufrir callando, que no buscan la compasión, sin miedo al sacrificio o a la lucha, que no se rinden ante las dificultades, sin miedo al miedo, sin timideces ni complejos imaginarios, incompatibles con la frivolidad, que no se escandalizan con lo que ven ni oyen. En una palabra, personas enteras.

TEMPLANZA

La templanza tiene un sentido y un fin: poner orden en el interior del hombre, de donde brota la tranquilidad del espíritu. Se refiere al orden en el propio yo.
Lo que distingue a la templanza de las demás virtudes es que opera exclusivamente sobre el sujeto que actúa; se revierte sobre la persona misma.

La tendencia natural hacia el placer sensible (que se obtiene en la comida, la bebida, la inclinación sexual), es el reflejo de las fuerzas naturales más potentes que actúan en la conservación del hombre. Cuando se desordenan pueden sobrepasar a las otras energías en forma destructora.
La templanza regula el orden y medida de estas tendencias naturales. Así, aparece como castidad, sobriedad, humildad y mansedumbre; en contra de la lujuria, el desenfreno, la soberbia o la cólera.
La falta de templanza descompone la estructura moral de las personas.
La virtud que se ve más afectada es la prudencia, ya que provoca una especie de ceguera del espíritu que incapacita para ver el bien y quita la fuerza de voluntad.
La templanza prepara a la inteligencia y a la voluntad para captar la verdad y el bien y capacita para la entrega en el amor.
Unicamente por la templanza se llega al goce de las cosas sensibles, sin reducirlos a su propio placer.

La castidad modera el instinto sexual por medio de un orden dictado por la razón.
La sobriedad distingue entre lo razonable y lo inmoderado en cuanto al uso del dinero, del tiempo y del esfuerzo, de acuerdo con criterios rectos y verdaderos. Se consigue un autodominio.
La humildad implica reconocer nuestros propios límites, aceptar una realidad primaria y definitiva, aceptar la condición del hombre de “ser creado”. La humildad no es otra cosa que la verdad. Está acompañada de la magnanimidad, es decir, el ser capaz de aspirar a lo extraordinario y hacernos dignos de ello; y no porque confiemos en nuestras propias fuerzas, sino porque el hombre se abandona en la fuerza de Dios.
La mansedumbre hace al hombre dueño de sí mismo, debilita la fuerza de sus pasiones, modera la ira y la ordena según la razón.

La ideología del mundo de hoy nos pone, y sobretodo a los jóvenes, una gran cantidad de estímulos en pro de la satisfacción de sus deseos, ya sea vía placer o consumismo. Suele tomar frases como:

· “¿Qué hay de malo en pasarla bien?”
· “Si yo trabajo, porqué no gastar mi tiempo y dinero como quiero...”
· “Cuando me divierto, no le hago daño a nadie...”
· “La moda es...”

No se trata de censurar esta actitud, sino de buscar un fin más importante que rija el modo de actuar del ser humano. Que no se quede en el actuar sólo por el placer. No se trata de no hacer daño solamente, sino de hacer el bien, gastar el dinero en nuestro bien y el de los demás. La “moda” no es justificación suficiente para dejar de lado las decisiones personales, sólo por el hecho de no ser diferente y de quedar aislado.
La sociedad de consumo hace difícil distinguir entre lo necesario y lo superfluo y nos crea necesidades.

El hombre sobrio no se engaña, disfruta de lo que tiene pero no se ata a ello. Controla sus pasiones sin permitir que sus caprichos lo controlen a él.
Vivir la sobriedad con alegría reflejará el testimonio que de esta virtud demos a los hijos: enseñarles a valorar lo que tienen y el esfuerzo que supone conseguirlo.
Si se entiende al trabajo únicamente como una manera de ganar dinero, es probable que la finalidad del tiempo libre sea gastarlo. De ahí la revalorización que debemos hacer no sólo del trabajo, sino del uso de nuestro tiempo.

¿Cómo educar esa sobriedad?
Enseñándoles:

1. A valorar lo que poseen y lo que pueden poseer.
2. A dominar sus caprichos con alegría.
3. A reflexionar el porqué de sus gastos.
4. La importancia que tiene no estar atado al placer.
5. A controlar ciertas apetencias.
6. Ideales elevados que lleven a una satisfacción profunda, en lugar de buscar lo superficial.
7. A actuar congruentemente con lo que perseguimos con voluntad.
8. Que nuestros reconocimientos a sus logros no son materiales.

miércoles, 13 de agosto de 2008

18.- VIRTUDES HUMANAS

Tema: TEMA VII. SEGUNDA PARTE. VIRTUDES HUMANAS

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Las virtudes humanas son los hábitos operativos buenos que giran alrededor de las cuatro virtudes cardinales.
Teniendo en cuenta que cada familia es diferente, y que cada hijo y cada padre requiere una atención diferente, vamos a considerar con brevedad, un esquema de virtudes por edades, teniendo en cuenta los rasgos estructurales de las edades y la naturaleza de las virtudes.

HASTA LOS 7 AÑOS

* Obediencia
* Sinceridad
* Orden

Antes de los siete años los niños apenas tienen uso de razón, y por tanto, lo mejor que pueden hacer es obedecer a sus educadores, intentando vivir este deber con cariño. Se tratará de animarles a cumplir por amor, para ayudar a sus padres y, así, comenzar los primeros pasos de la virtud de la generosidad.

A la vez, debemos de desarrollar en los hijos la virtud de la sinceridad, porque esta exigencia en el hacer tiene que traducirse paulatinamente en una exigencia en el pensar.

El orden es importante por varios motivos:

1. Si no se desarrolla desde pequeños, es mucho más difícil después.
2. Es una virtud necesaria para una convivencia feliz.
3. Tranquiliza a las madres de familia.

Estas tres virtudes formarán una base sólida para luego abrirse a más virtudes en la próxima etapa.

DESDE LOS 8 HASTA LOS 12 AÑOS

* Fortaleza
* Perseverancia
* Laboriosidad
* Paciencia
* Responsabilidad
* Justicia
* Generosidad

Los chicos de estas edades pasan por una serie de cambios de tipo biológico con la llegada de la pubertad, y parece conveniente desarrollar de un modo especial la voluntad para hacer más fuerte su propio carácter. Ahora los hijos empiezan a tomar más decisiones personales, pero necesitan criterios para saber si se dirigen bien al objeto de su esfuerzo.

La perseverancia es importante porque es la edad de los retos (pero razonables). Se trata de “soportar molestias”, de “esforzarse continuamente para dar a los demás”, de “alcanzar lo decidido”, de “resistir influencias nocivas”, etc.
Esta es una edad para “tirar hacia arriba”. Y con esto se quiere decir elevar la vista de los niños hacia Dios.
Quizá parezcan muchas virtudes para perseguir simultáneamente, pero están muy relacionadas. Si se concentra en una o dos de ellas, es muy probable que el niño mejore en las demás.

DE LOS 13 HASTA LOS 15 AÑOS

* Pudor
* Sobriedad
* Sencillez
* Sociabilidad
* Amistad
* Respeto
* Patriotismo

Desde los ocho hasta los doce años aproximadamente, hemos destacado virtudes relacionadas con la fortaleza y con la justicia, en cuanto supone la adaptación del comportamiento a unas indicaciones concretas.
Desde los trece hasta los quince años, parece conveniente, de acuerdo con el descubrimiento más claro de la propia intimidad, insistir de un modo preferente en unas virtudes relacionadas con la templanza en primer lugar. Y esto para no perder de vista EL BIEN a causa de las pasiones incontroladas.

Si anteriormente hemos insistido en la fortaleza, ahora se trata de utilizar esta fuerza para proteger lo más precioso de cada ser: su intimidad. Y con la intimidad, nos referimos al alma, a los sentimientos, a los pensamientos y no sólo a los aspectos del cuerpo. Las virtudes del pudor y de la sobriedad podrían resumirse en llegar a reconocer el valor de lo que uno posee para luego utilizarlo bien, de acuerdo a los criterios rectos y verdaderos.

Es importante darles razones. Nuestros hijos no están dispuestos a imitar nuestro comportamiento como nosotros lo hacíamos con nuestros educadores. NUESTROS HIJOS PIDEN RAZONES. Y se sugiere que se de la información a los jóvenes, de acuerdo con cuatro “C”: una información CLARA, CORTA, CONCISA Y CAMBIAR DE TEMA.

Aparte de estas virtudes, relacionadas con la templanza, hay que insistir en otras que tienen que ver con la persona y sus relaciones con los demás. Se destacan la sociabilidad, amistad, respeto y patriotismo. Se debe orientar a los jóvenes para que lleguen a concretar sus inquietudes hacia los demás, en actos concretos de servicio, ya que son idealistas y también necesitan vivir nuevas experiencias.

Se incluye la virtud de la sencillez, porque es lo que el adolescente necesita para comportarse congruentemente con sus ideales y también para que llegue a aceptarse tal como es.

DESDE LOS 16 HASTA LOS 18 AÑOS

* Prudencia
* Flexibilidad
* Comprensión
* Lealtad
* Audacia
* Humildad
* Optimismo

Las primeras virtudes que destacamos para esta edad, se basan en una capacidad de razonar inteligentemente, es decir, intelectual. En la edad anterior, hemos destacado la importancia que tiene dar una información a los jóvenes sobre el significado de estos conceptos. Ahora, habrá que repetir lo mismo, pero con mayor insistencia.

Los problemas en relación con las pasiones, vendrán seguramente, por unas ideas erróneas. Aquí hace falta la flexibilidad para poder aprender de distintas situaciones pero sin abandonar los criterios de actuación personal. La prudencia, para que el joven abra los ojos a su entorno y busque la información adecuada ponderando las consecuencias antes de tomar decisiones. Hay que obligar a los jóvenes a plantearse seriamente el porqué de sus propias vidas, para que lleguen a actuar coherentemente con unos valores. Aquí la importancia de la lealtad.

También el reconocimiento realista de sus propias posibilidades como persona, que es la humildad. Y una actuación audaz para conseguir un auténtico bien, que es la audacia.

Una virtud muy importante para una sociedad caracterizada por el odio y la desesperación es la del optimismo. Esta es una virtud que hay que desarrollar en niños pequeños y en todas las edades, pero lo incluimos de un modo preferente ahora, porque con la voluntad, se puede adquirir el hábito de ver lo positivo en primer lugar, de ver lo mejor en los demás y ayudarles a mejorar.

Por último, no tiene gran importancia el hecho de destacar una virtud u otra. El conjunto de las virtudes en desarrollo es lo que nos interesa. Por eso, se pide a los padres, una lucha de superación personal, respecto a las virtudes que quieren desarrollar en sus hijos.
De todas formas cada persona tendrá sus preferencias. ¿Cuáles son las tres virtudes que recomendaríamos especialmente para los padres de familia? Perseverancia, paciencia y optimismo.

Se incluye una breve descripción operativa de las virtudes humanas arriba comentadas y también un cuadro de virtudes por edad.

AMISTAD

Llegar a tener con algunas personas que ya conoce previamente por intereses comunes, de tipo profesional o de tiempo libre, diversos contactos periódicos personales, a causa de una simpatía mutua, interesándose ambos, por la persona del otro y por su mejora.

AUDACIA

Emprender y realizar distintas acciones que parecen poco prudentes, convencido, a partir de la consideración serena de la realidad, con sus posibilidades y con sus riesgos, de que pueda alcanzar un auténtico bien.

COMPRENSIÓN

Reconocer los distintos factores que influyen en los sentimientos o en el comportamiento de una persona, y profundiza en el significado de cada factor y en su interrelación, ayudando a los demás a hacer lo mismo, y adecua su actuación a esa realidad.

FLEXIBILIDAD

Adaptar el comportamiento con agilidad, a las circunstancias de cada persona o situación, sin abandonar por ello los criterios de actuación personal.

FORTALEZA

En situaciones ambientales perjudiciales a una mejora personal, es resistir las influencias nocivas, soportar las molestias y entregarse con valentía, en caso de poder influir positivamente para vencer las dificultades y para acometer empresas grandes.
Echar a volar de Alfonso Aguiló
http://es.catholic.net/familiayvida/158/287/articulo.php?id=32960

GENEROSIDAD

Actuar a favor de otras personas desinteresadamente y con alegría, teniendo en cuenta la utilidad y la necesidad de la aportación para esas personas, aunque les cueste un esfuerzo.
¡Viva el prójimo! de P.P. Antonio Rivero, L.C
http://es.catholic.net/familiayvida/158/320/articulo.php?id=26907

HUMILDAD

Reconocer sus propias insuficiencias, sus cualidades y capacidades y aprovecharlas para obrar el bien, sin llamar la atención ni requerir el aplauso ajeno.

JUSTICIA

Esforzarse continuamente para dar a los demás lo que les es debido, de acuerdo con el cumplimiento de sus deberes y de acuerdo con sus derechos como personas (a la vida, a los bienes culturales y morales, a los bienes materiales), como padres, como ciudadanos, como profesionistas, etc. Y a la vez, intenta que los demás hagan lo mismo.

LABORIOSIDAD

Cumplir diligentemente las actividades necesarias para alcanzar progresivamente su propia madurez natural y sobrenatural. Ayudar a los demás a hacer lo mismo, en el trabajo y en el cumplimiento de los demás deberes.

LEALTAD

Aceptar los vínculos implícitos en su adhesión a otros (amigos, jefes familiares, patria, instituciones, etc.), de tal modo que refuerza y protege, a lo largo del tiempo, el conjunto de valores que representan.

OBEDIENCIA

Aceptar, asumiendo como decisiones propias, las de quien tiene y ejerce la autoridad, con tal de que no se opongan a la justicia, y realizar con prontitud lo decidido, actuando con empeño para interpretar fielmente la voluntad del que manda.
¿Porqué mis hijos no me obedecen?
http://es.catholic.net/familiayvida/158/320/articulo.php?id=19970

OPTIMISMO

Confiar razonablemente en sus propias posibilidades, y en la ayuda que le pueden prestar los demás y confiar en las posibilidades de los demás, de tal modo que en cualquier situación, distinga en primer lugar, lo que es positivo en sí y las posibilidades de mejora que existen y, a continuación, las dificultades que se oponen a esa mejora, y los obstáculos, aprovechando lo que se puede y afrontando lo demás con deportividad y alegría.

ORDEN

Comportarse de acuerdo con unas normas lógicas, necesarias para el logro de algún objetivo deseado y previsto, en la organización de las cosas, en la distribución del tiempo y en la realización de las actividades, con iniciativa propia sin que sea necesario recordárselo.

PACIENCIA

Una vez conocida o presentida una dificultad a superar o algún bien deseado que tarda en llegar, soportarlas molestias presentes con serenidad.

PATRIOTISMO

Reconocer lo que la patria le ha dado y le da. Tributarle el honor y servicio debidos, reforzando y defendiendo el conjunto de valores que representa, teniendo a su vez por suyos, los afanes nobles de todos los países.

PERSEVERANCIA

Una vez tomada una decisión, llevar a cabo las actividades necesarias para alcanzar lo decidido, aunque surjan dificultades internas o externas o pese a que disminuya la motivación personal a través del tiempo transcurrido.

PRUDENCIA

En su trabajo y en las relaciones con los demás, recoger información que enjuicia de acuerdo con criterios rectos y verdaderos, ponderar las consecuencias favorables y desfavorables para él y para los demás, antes de tomar una decisión, y luego actuar o deja de actuar de acuerdo con lo decidido.

PUDOR

Reconocer el valor de su intimidad y respetar la de los demás. Mantener su intimidad a cubierta de extraños, rechazando lo que puede dañarla y descubrirla únicamente en circunstancias que sirvan para la mejora propia o ajena.
Elogio al Pudor Jorge Peña Vial
http://es.catholic.net/familiayvida/158/2429/articulo.php?id=30950

RESPETO

Actuar o dejar de actuar, procurando no perjudicar ni dejar de beneficiarse a sí mismo ni a los demás, de acuerdo con sus derechos, con su condición y con sus circunstancias.
Educar en el Respeto de P. Fernando Pascual.
http://es.catholic.net/familiayvida/158/154/articulo.php?id=30829

RESPONSABILIDAD

Asumir las consecuencias de sus actos intencionados, resultado de las decisiones que tome o acepte; de tal modo que los demás queden beneficiados lo más posible o , por lo menos, no perjudicados, preocupándose a la vez de que las otras personas en quienes puede influir hagan lo mismo.

SENCILLEZ

Cuidar de que su comportamiento habitual en el hablar, en el vestir, en el actuar, esté en concordancia con sus intenciones íntimas, de tal modo que los demás puedan conocerle claramente, tal como es.

SINCERIDAD

Manifestar, si es conveniente, a la persona idónea y en el momento adecuado, lo que ha hecho, lo que ha visto, lo que piensa, lo que siente, etc., con claridad y respeto a su situación personal o a la de los demás.

SOBRIEDAD

Distinguir entre lo que es razonable y lo que es inmoderado y utilizar razonablemente sus cinco sentidos, su dinero, esfuerzo, etc., de acuerdo con criterios rectos y verdaderos.

SOCIABILIDAD

Aprovechar y crear los cauces adecuados para relacionarse con distintas personas y grupos, consiguiendo comunicarse con ellas a partir del interés y preocupación que muestra por lo que son, por lo que dicen, por lo que hacen, por lo que piensan y por lo que sienten.

martes, 12 de agosto de 2008

18.1.- FORTALEZA

Echar a volar
Que daño sufren, al comienzo de su vida, quienes tienen todo demasiado resuelto y nada les fuerza a emplear sus propios recursos

Un rey recibió como obsequio dos pequeños halcones y los entregó a uno de sus hombres para que los cuidara. Pasado un tiempo, el instructor comunicó al rey que uno de los halcones estaba ya perfectamente entrenado, pero al otro no sabía qué le pasaba, pues desde el primer día estaba posado en una rama y no había forma de que echara a volar, hasta el punto de que tenían que llevarle su alimento a ese lugar.

El rey mandó llamar a varios curanderos y sanadores, pero nadie lograba hacer volar a aquel pequeño animal. Pidió consejo a otros sabios de la corte, pero no hubo forma de moverlo de allí. Por la ventana de una de sus habitaciones, el monarca podía ver que el halcón permanecía inmóvil.

A la mañana siguiente, vio al halcón volando ágilmente por los jardines. «¿Cómo lo han conseguido? Traedme al autor de ese milagro», dijo el rey. Enseguida le presentaron a un sencillo campesino. «¿Tú hiciste volar al halcón? ¿Cómo lo lograste? ¿Eres mago, acaso?». Aquel hombre contestó: «Alteza, lo único que hice fue cortar la rama sobre la que reposaba. El pájaro no tuvo más remedio que empezar a emplear sus alas y echar a volar.»

Este sencillo relato trae a nuestra consideración el daño que muchas veces sufren, al comienzo de su vida, quienes tienen todo demasiado resuelto y nada les fuerza a emplear sus propios recursos. En cambio, en cuanto las necesidades reales se ponen frente a ellos, demuestran enseguida con satisfacción todo el despliegue de sus destrezas y cualidades.

Cuando se facilitan demasiado las cosas a los niños o a los jóvenes, cuando los adultos se adelantan siempre a resolverles sus problemas, o a protegerles de cualquier peligro, o a satisfacer en seguida sus demandas, o a darles la razón en cualquier conflicto con sus amigos o en la escuela, se dificulta seriamente su desarrollo y se fomenta su indiferencia y su pasividad.

Aprender a decir que no, o a decirse a uno mismo que no, es parte importante de la educación. Sobre todo cuando se vive en una sociedad en la que el progreso económico ha llevado a la gente joven a vivir demasiado expuesta ante las solicitaciones de la industria del consumo. Por eso ha llegado a decir Susanna Tamaro que «para ser padre hoy en día hay que ser un héroe y atreverse a decir que no constantemente. La clase dirigente del mañana serán los niños a los que se les haya dicho que no. Serán los únicos que habrán conservado la capacidad autónoma de pensar.»

El futuro de mucha gente depende de que en la familia y en la escuela seamos capaces de resistir frente a esas oleadas de apetencias y de falsas necesidades que despierta y explota el marketing consumista. El éxito de muchos afanes educativos depende en gran medida de que logremos imponer un estilo de vida fundamentado en la alegría y la satisfacción que provienen del esfuerzo, de la austeridad y del servicio a los demás.

Hemos de perder un poco el miedo a que, desde muy pronto, cada uno afronte por sí mismo los pequeños sufrimientos y desengaños que la vida trae consigo. De entrada, porque muchas de esas contrariedades o decepciones que al principio percibimos como negativas, al final resultan ser un estímulo positivo y traen una enseñanza. Y sobre todo, porque superar obstáculos desarrolla capacidades, potencia la tolerancia a la frustración y permite alcanzar lo que realmente se quiere. Porque si tantos chicos y chicas fracasan en la escuela, sin que les falten capacidad intelectual ni recursos personales para rendir bien en sus estudios, parece claro que el problema, el núcleo de lo que les pasa, no es que no puedan, sino que, como a aquel halcón perezoso al que llevaban la comida hasta su rama, no se les ha ayudado lo suficiente a desarrollar su capacidad de querer, es decir, su capacidad de aplazar la gratificación inmediata para alcanzar un objetivo mejor a largo plazo.


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lunes, 11 de agosto de 2008

18.2.- EDUCAR A LOS HIJOS EN LA GENEROSIDAD

¡Viva el prójimo!
Sería bueno preguntarnos: ¿estoy educando a mis hijos para el amor, para la generosidad, para la entrega o, por el contrario, para el egoísmo, el desinterés por el prójimo, para el bienestar y la comodidad?

Si observamos nuestro mundo actual y le tomamos la temperatura para ver cuál es el grado de caridad que tiene, creo que el termómetro acusaría baja presión.

Explíquenme, si no, el porqué del hambre, de las injusticias, las violencias, los asesinatos, las divisiones en la familia, los abortos abiertos o clandestinos, las riñas, las envidias. ¿Por qué existen indiferencias ante las cosas de los demás; por qué nos hemos acostumbrado a pasar como si nada pasase ante el sufrimiento del prójimo, ante el dolor de los demás, ante las heridas físicas o morales de los demás? ¿Por qué se reacciona con tanto desinterés ante los triunfos de los demás? Malos tratos, falta de amabilidad y cortesía, rencores, murmuraciones. No hemos todavía creado la civilización del amor, que tanto anhelaba Pablo VI. La causa es clarísima: no vivimos el mandamiento del amor, de la caridad. Han pasado 20 siglos de Cristianismo y este mandamiento nuevo sigue casi sin ser estrenado.

Y dado que nosotros somos padres de familia sería bueno preguntarnos: ¿estoy educando a mis hijos para el amor, para la generosidad, para la entrega o, por el contrario, para el egoísmo, el desinterés por el prójimo, para el bienestar y la comodidad? Ellos tienen el derecho de ver en sus padres este ejemplo de donación, entrega, amor al prójimo porque "las palabras mueven, pero los ejemplos arrastran".

La Sagrada Escritura es muy clara al respecto. Podríamos resumir su mensaje en esta frase: la caridad es la señal característica del cristiano; tan es así, que quien vive la caridad ese es el verdadero cristiano y quien no la vive, no es cristiano. Así de sencillo y así de claro.

Espiguemos algunos textos que prueben lo que hemos dicho:

"Si hablando lenguas de ángeles...si no tengo caridad, nada soy" (1Cor 13)
"En esto conoceréis que sois mis discípulos" (Jn 13,34)
"Quien dice amara a Dios, pero no ama, es un mentiroso" (1 Jn 4,20).
"Quien no ama, permanece en las tinieblas (1 Jn 2,9).
"En esto se conocen los hijos de Dios y los hijos del diablo" (1 Jn 3,10).

Merecería todo un artículo la explicación de la parábola sobre el buen samaritano, ejemplo de caridad desinteresada, generosa y heroica (Lucas 10,30ss). Los personajes los podríamos dividir en dos grupos: “Los del viva yo”, el homo sapiens, el tío listo; a este grupo de listos pertenecen los bandoleros, los transeúntes y el mesonero. En el segundo grupo está el homo bonus, el hombre bendito pero un poco tonto para esta vida, el que no dice "viva yo" y va por ahí un poco despistado preocupándose por los demás; es el samaritano que recoge, cura y cuida al herido.

Dos grupos que pueden a su vez dividirse en tres actitudes frente al prójimo necesitado de ayuda, de consuelo: la actitud de los ladrones (roban, desvalijan, muelen a palos, critican, matan); la de los indiferentes que pasan de largo para no comprometerse, y se desentienden totalmente porque están pensando en "sus cosas", en sus negocios, van a lo suyo...¿y los demás? "¡que los cuide el gobierno! ¡a mí qué!". Y la tercera actitud, la cristiana y la humana: llega hasta él, lo ve, se para, se compadece, se baja, venda, lo cura, lo sube, lo lleva a la posada, paga por él, se desvive. El, un samaritano, ¡qué contradicción!

¡Qué pocos samaritanos hay en este mundo! Si hubiera más, este planeta tierra sería más humano, más respirable, más amable.

Motivos de mi caridad

1) Cada hombre es hijo queridísimo de Dios, creado por amor, redimido por amor, a quien cuida con su Providencia amorosa. Por eso Dios considera hecho a él mismo todo mal inferido contra su hijo. ¿Acaso uno de ustedes, si matan a su hijo, se queda impasible, indiferente? Dios llora ante los atropellos e injusticias que a diario se cometen contra los hombres, sus hijos.

2) Cada hombre, además, es nuestro hermano. Si Dios es nuestro Padre común, creo que es fácil deducir el silogismo. Si se comprendiera esto no existiría el apartheid, es decir, la discriminación racial, ni los altercados entre los mismos hermanos carnales por la herencia dichosa.

3) Porque es el mandamiento nuevo que Cristo nos dejó. Motivo fuerte y decisivo porque nos define: o somos de Cristo o no somos de Cristo.

Hay que hacer una distinción importante entre caridad y filantropía. La filantropía es el amor que se dirige a los demás hombres sin pasar por Dios, por el simple hecho de que forman una sociedad humana; es puramente horizontal y se mueve por motivos humanos, buenos en sí y laudables en realidad: ayudar a los que están necesitados de dinero, de cultura, de cariño, de servicios...Y la caridad es el amor a los hombres en cuanto hijos de la gran familia de Dios.

Hay que tener presente que la caridad no excluye la filantropía, sino todo lo contrario, la eleva y ennoblece: podemos amar al prójimo como hijo de Dios y además por sus cualidades humanas.

Educar a los hijos para la caridad

¿Para qué estoy educando yo a mis hijos: para la caridad, la donación, la generosidad, la entrega, el aprecio por los demás...o para el egoísmo, la comodidad, la satisfacción de sus gustos y caprichos, antojos?

A cuantos padres de familia yo he visto que se desviven porque sus hijos tengan todo, viajen por todo el mundo, consigan los mejores puestos, las mejores notas; tengan más y mejor; que coman mucho, que se diviertan.

Y a pocos, a poquísimos padres de familia he visto que enseñen y eduquen a sus hijos para la caridad con el prójimo. ¡Ni ellos mismos les dan ejemplo de verdadera y auténtica caridad, porque están encerrados en su mundillo cómodo, facilitón, preocupados por el tener más y mejor.

Te ofrezco aquí unos consejos para que eduques a tu hijo para el amor a los demás y de esta manera podamos gozar de la civilización cristiana, la civilización del amor.

1) Enseña a tu hijo esta verdad: somos hijos de Dios y todos los hombres formamos una familia, y juntos tenemos que hacer más amable este mundo, más humano y respirable.
2) Dile que los demás merecen respeto, estima y aprecio: jamás les permitas criticar, matar la fama del prójimo.
3) Enséñale a estar siempre abierto a todas las necesidades de los hombres y a tratar de solucionarlas en la medida de sus posibilidades.
4) Incúlcale el saber perdonar las ofensas, pues esto es propio de un cristiano; a saber disculpar y comprender los defectos del prójimo.
5) Demuéstrale que la magnanimidad, el alegrarse por los triunfos del prójimo, el desvivirse por él, le acerca cada día más al ideal cristiano, y le ensancha los límites de su corazón. Y al contrario, que el egoísmo achica el alma, la empobrece y la avejenta.
6) Y esto lo conseguirás, si tú le das el ejemplo. Ahora bien, si en tu familia sólo priva el bienestar, la comodidad, el deseo de tener y poseer, de pasarla bien...entonces los hijos nunca tendrán las fuerzas para ser generosos con los demás.
7) Enséñale las obras de misericordia espirituales y corporales:enseñar al que no sabe, dar buen consejo al que lo necesita, corregir al que yerra, perdonar las injurias, consolar al triste, sufrir con paciencia los defectos del prójimo y rogar a Dios por los vivos y difuntos. Dar de comer, dar de beber, dar posada, procurar ropa a los necesitados, ayudar a los encarcelados y exiliados, acompañar a quienes sufren la muerte de un ser querido.

Pecados contra este amor

1) Odio: consiste en desear y hacer mal al prójimo.
2) Envidia: entristecerse de un bien o alegrarse de un mal ajeno.
3) Discordia: desacuerdo por no querer ceder, debido a mi amor propio.
4) Contienda: es el altercado o discusión violenta con las palabras.
5) Riña: discusión pero con golpes y heridas.
6) Escándalo: es una palabra o un hecho que proporciona a los demás ocasión de pecado.
7) cooperación al mal: ayudar a otro a realizar un pecado, p.e. robar, abortar, asesinar.

Conclusión

Vivamos este primer mandamiento.




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domingo, 10 de agosto de 2008

18.3.- ¿PORQUE NO ME OBEDECEN MIS HIJOS?

La obediencia de los hijos es el reflejo de la unidad conyugal


¿Porqué mis hijos no me obedecen?

Una tarde de otoño ya avanzado el hijo está por salir y la madre le dice: "Va a refrescar. Cuidado de no resfriarte. ponte un abrigo". El padre -delante del niño- interviene diciendo: "¡Déjalo que vaya como está! no hace tanto frío. Vas a hacer un débil de este chico". "¡Claro! -contesta la madre levantando la voz- como no eres tu quien lo cuida cuando se enferma". La escena continúa cada vez más violenta.

El niño observa y escucha. El padre amonesta severamente a su hijo. La madre -delante del niño- recrimina al padre diciéndole: "Eres muy exigente con el niño ¿no recuerdas lo que hacías a su edad?". El padre -casi gritando- le contesta "¡No te metas! yo sé lo que hago. ¿Qué se cree este niño? ¿Que va a hacer lo que quiera?". La madre no se queda atrás. El padre tampoco. El niño observa y escucha.

Un día domingo el padre y el hijo están por salir de paseo. La madre recomienda al primero que cuide que el niño coma. Van a un parque de diversiones y el padre accede a que el niño coma panchos con mostaza (Hot Dogs), etc., pero le advierte: "No se lo digas a mamá. Dile que comiste yogur. Si lo llega a saber nos come crudos". El niño observa y escucha.

"Ud. se queda en cama en penitencia hasta que yo regrese", le dice el padre a su hijo en castigo por alguna travesura. Luego se va al trabajo. Media hora después la madre se acerca a la cama del niño melosamente y le dice: "¡Pobrecito! Bueno -agrega con un gesto en el que trata de ser severa pero que no engaña al niño- Es la última vez que desobedeces a papá ¿De acuerdo?. Por hoy te vas a levantar pero antes que llegue te acuestas de nuevo". El niño observa y escucha. Harta de los desastres que el niño ha provocado, la madre le dice con tono amenazante: "¡Vas a ver cuando venga papá! Le voy a contar todo lo que hiciste. ¡Verás la paliza que te dará!". El padre regresa y su mujer cumple lo prometido. "Este niño estuvo insoportable. Hizo esto y estotro". El padre reacciona malhumorado: "¡Y acaso soy yo un ogro! ¡Por qué no lo has castigado tu misma!. Uno viene de su trabajo esperando encontrar tranquilidad y se encuentra con esto". La madre excitada replica: "¡Y todavía te quejas! Se ve que no tienes que soportarlo todo el día. Y además ¿Qué te crees que hago yo en casa? ¡Trabajo más que tu!". Las palabras van y vienen. Por último, el padre fuera de sí grita al niño y le da una paliza. El niño observa, escucha y llora.

Los padres socavan su autoridad

Las escenas que acabamos de leer ponen en evidencia un error que muchos padres cometen en la educación de sus hijos: socavan su autoridad al poner de manifiesto su falta de unión y entendimiento. Esos padres están derribando los pilares de la obediencia filial sin pensar en que mañana se les caerá en techo encima. Los padres que mutuamente han hecho añicos su autoridad no pueden pretender que sus hijos les obedezcan.

Hay que ponerse de acuerdo

El ejemplo de unidad conyugal facilita la obediencia de los hijos, en cambio, inclinan a la desobediencia los padres que con sus discusiones dan un ejemplo de discordia. En la mente del niño la familia es una unidad y los padres son una soca cosa -como idealmente debe ser-, actitudes opuestas sobre un problema lo desorientan. No puede haber disensiones entre los padres, y si las hay el niño tiene que ignorarlas. En ningún caso deben discutir en frente de los niños y mucho menos sobre problemas que atañen a su educación. La educación de los hijos debe ser encarada entes del matrimonio. Aquellos padres que no lo hicieron oportunamente deben hacerlo en la brevedad posible.

Si uno pierde la cabeza, que no la pierda el otro

Si uno de los cónyuges considera equivocada una medida tomada por el otro, no lo contradiga delante del niño, Si cree absolutamente necesario intervenir en ese momento que lo haga con serenidad y prudencia, y solamente para mitigar las consecuencias de lo que él considera un error. Las críticas, el cambio de ideas y por último concordar, armonizar y concertar una actitud educacional, vendrá después. Nada hay mas perjudicial para los que ejercen la autoridad que discutir frente a los niños. Si uno pierde la cabeza, que el otro la conserve. Así no dará a sus hijos el triste espectáculo de una discusión violenta ente los seres que más ama. Las consecuencias de un error educacional, salvo excepciones, nunca serán tan graves como la de una disputa conyugal delante de los hijos.

No hay que desautorizar al otro cónyuge

En ningún caso los esposos deben desautorizarse modificando una orden dada por el otro, otorgando un pedido negado o levantando una penitencia impuesta. Además de perder autoridad crean mutuos resentimientos -gérmenes de futuras discusiones- e incitan a niño a adoptar una actitud "astuta" frente a sus padres y a oscilar como un péndulo hacia uno y hacia el otro como mejor lo convenga a sus deseos. Igualmente, los padres no deben recurrir a la amenaza de contárselo al otro, en una confesión de impotencia que les quita autoridad moral.

La unidad conyugal solo puede ser producto del amor

La obediencia de los hijos es el reflejo de la unidad conyugal, y ésta es producto del amor que reine entre los padres, de ese amor que fundamentalmente es comprensión, sinceridad, confianza, tolerancia, sacrificio, y búsqueda de una auténtica felicidad de los seres que ama. Cuando en el hogar se vive ese amor, difícilmente llegan a ser un problema los hijos adolescentes. La unión y la buena voluntad de los padres permiten al adolescente superar las dificultades que normalmente se le presentan. Cuando un joven viven en un ambiente en el que se ama y se siente amado y comprendido, tiende a aunar su voluntad con los seres que lo aman y a quienes ama




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sábado, 9 de agosto de 2008

18.4.- ELOGIO AL PUDOR.

Una excesiva visibilidad acaba por hacer opaca a una persona o una situación. El pudor es el signo indeleble de la dignidad de toda persona


Elogio del Pudor
El desenfado para hablar de lo íntimo y personal, la frivolidad y la desvergüenza, campean a sus anchas en los programas radiales y televisivos. Se exagera el valor moral de esta nueva franqueza. Se sostiene que lo no espontáneo es falso, calculador e hipócrita. Si a esta lógica unimos la muy en boga moral de la autenticidad, resultará que lo reflexivo y voluntario será siempre hipócrita y falso. Resulta arriesgado hablar hoy del pudor cuando la sociedad hace gala de haberlo superado y predomina la retórica de la explicitación total, el decirlo todo y a voz en grito. ¿Es el pudor algo obsoleto y prescindible, o más bien un valor siempre necesario, tanto personal como socialmente? No ha transcurrido mucho tiempo de cuando el pudor era algo vivo y operativo en el tejido social. Muchos recuerdan sus manifestaciones en todos los niveles: vestido, espectáculos, lenguaje, tono de las relaciones personales, etc.

Max Scheler, el entonces Karol Wojtyla, Giuseppe Savagnone, Jacinto Choza, por citar algunos estudios conocidos, han mostrado la profundidad antropológica del pudor. Choza en su ensayo "La supresión del pudor" lo considera como la tendencia y el hábito de conservar la propia intimidad a cubierto de los extraños. Así se dice que una persona carece de pudor cuando manifiesta en público situaciones afectivas o sucesos autobiográficos íntimos. Es que la intimidad puede quedar protegida o desamparada en función del lenguaje, del vestido y de la vivienda. Se da una proyección espacial de la propia intimidad en la casa y en la propia habitación. Y el cuerpo, si bien no es la proyección espacial de la intimidad tampoco es algo meramente neutro y yuxtapuesto, puesto que yo soy también mi propio cuerpo. El pudor más que natural o cultural es estricta y genuinamente personal: "el pudor es el modo como una persona se posee a sí misma y se entrega a otra concreta".

Pero hoy muchos consideran obsesiva y malsana toda discreción a la hora de vestir o de manifestar los propios deseos o impulsos. Sin embargo, una manifestación exagerada o indiscreta puede ocultar lo esencial. Una excesiva visibilidad acaba por hacer opaca a una persona o una situación. Es como si la auténtica personalidad quedase por completo oscurecida precisamente por la luz de los reflectores que les enfocan sin cesar. Máscaras vacías, tras lo cual no hay ningún rostro. Hay modos de exhibición de la realidad personal que en vez de desvelar un sentido acaban por banalizarlo y ocultar su verdad profunda. Mecánica fatal que reduce el sujeto a objeto, las personas a cosas.

Hoy existe una obsesión por "sacar a la luz", por "revelar", por "hacer al fin público" realidades que requerirían una saludable penumbra para poder sostener, hasta en lo malo, la propia dignidad. Pareciera que no hay perversión, retorcimiento o vicio que no requiriera ser expuesto al público, desdramatizado y homologado. Cuando George Orwell acuñó la expresión "El Gran Hermano" en su novela 1984, quería subrayar lo espantoso de un régimen totalitario que aplasta a las personas al someterlas a un despiadado control visual. Ahora el reality ha creado, bajo la forma de espectáculo, un pequeño campo de concentración en donde las personas se despojan de toda intimidad, y reducidas al rango de ratón de laboratorio, son objeto de incesante observación dentro de una caja de cristal transparente. Flujos íntimos y conversaciones triviales obtienen un éxito masivo. Lejos de constituir el último tabú de una mentalidad superada, el pudor es el signo indeleble de la dignidad de toda persona.

viernes, 8 de agosto de 2008

18.5.- EDUCAR EN EL RESPETO

Los niños y los adolescentes son un volcán de inquietudes que necesitan ser encauzadas a través del proceso formativo


Educar en el respeto
En muchos casos, los hijos reciben (alguno dirá “tenían”) una buena base educativa familiar que facilita la integración en la escuela, un sano autocontrol, una disciplina en la que el respeto hacia los demás (los coetáneos, los mayores, los más pequeños) resulta suficientemente maduro.

Pero hay otros muchos casos de niños y de adolescentes que carecen de los más mínimos modales, que muestran graves faltas de respeto hacia los demás.

Las noticias nos presentan casos extremos, quizá exagerados: un grupo de alumnos que filman a un profesor mientras se burlan de él; otros que tiran libros, cajas, incluso sillas a un compañero indefenso o débil; otros que golpean a un extranjero con violencia salvaje; otros que inundan de agua las aulas para obligar a los directores a que suspendan por uno o varios días la actividad escolar; otros que empiezan a fumar marihuana en los baños o incluso en el patio, con una desvergüenza que raya en el cinismo...

Los casos extremos son eso: casos extremos. Pero es preocupante que se den, porque seguramente son la señal de alarma de una situación que puede ser mucho más grave de lo previsto.

Notamos, en efecto, que hay muchos niños y adolescentes insensibles, fríos, incluso despectivos, hacia los mayores, o hacia los mismos compañeros (especialmente de edad inferior a la propia).

Esto es especialmente visible en la escuela. Los adultos ven cómo un grupo de muchachos ni se apartan cuando alguien quiere pasar, o no saludan, o gritan palabras vulgares para hacerse notar, o lanzan miradas altaneras, casi en señal de reto. Bromas pesadas, juegos peligrosos, algunas revistas o imágenes pornográficas, abusos del teléfono móvil, de los videojuegos o del i-pod, se han convertido en algo “normal” en escuelas donde los maestros llegan a sentir miedo de sus mismos alumnos.

Fuera de la escuela, es triste ver a muchachos que luchan por ocupar los asientos del tren o del autobús, sin ninguna señal de deferencia hacia personas ancianas o más necesitadas. O que juegan por las calles con grave riesgo de chocar y tirar a algún pasante. O que arrojan papeles y objetos al suelo sin el menor cuidado hacia la limpieza pública o el posible daño que otros puedan sufrir.

La sintomatología podría aumentarse. Ante hechos como los anteriores, no pocos maestros y especialistas se preguntan sobre la calidad de educación que esos niños y adolescentes hayan recibido en sus casas. También, es verdad, los padres de familia responden o se defienden acusando a la escuela. Lo que está claro es que ambas instituciones necesitan ayudarse, más cuando notamos que la situación, en algunos lugares, es realmente alarmante.

Hay que reconocer que la educación en el hogar tiene un valor insustituible para que el respeto se convierta en norma de vida de cada uno de los hijos, ya desde los primeros años.

Existen, gracias a Dios, muchos hogares en los que los padres saben promover una sana educación en este campo desde que los hijos son pequeños. A veces interviene el padre para corregir cualquier abuso o palabra disonante. Otras veces es la madre quien ofrece una indicación clara y la hace respetar. Los dos juntos se apoyan y se ayudan en la hermosísima tarea educativa, que da como resultado hijos capaces de autocontrol, disciplinados y, sobre todo, respetuosos.

Pero en otros casos los padres tienen cierto miedo a ser tachados de “autoritarios”. Parece como si esperasen que la educación llegase de modo espontáneo, sin dar normas, sin imponer correcciones, sin impedir pequeños abusos o caprichos que parecen “normales” y que, sin darse cuenta, pueden llegar a ser el inicio de problemas mucho más graves. O parece que desearían que la escuela asuma en solitario la tarea de formar a sus hijos, cuando los principios y reglas de conducta que más se fijan en los corazones son los recibidos en casa, desde los primeros años de vida.

Si el niño le falta al respeto a uno de los padres o al abuelo, si deja todo tirado para “otros” lo recojan, si se encierra en su habitación como si fuese un reino prohibido para sus mismos padres, si no hace el menor caso cuando le dicen que deje de jugar para iniciar el tiempo de estudio... ¿cómo no suponer que un niño así no sólo será maleducado e irrespetuoso, sino que incluso se habituará a vivir como si todos estuviesen a merced de sus caprichos?

No hay que tener miedo a ser exigentes con los hijos. Los niños pueden poner mala cara, tener momentos de tristeza o manifestar la disconformidad ante una orden. Pero si descubren que hay cariño y, sobre todo, que cada norma es para su bien, se someterán no “por la fuerza”, sino cada vez con mayor facilidad y, un día, con gratitud.

Educar al respeto es algo que inicia en casa. Desde la familia, y con el apoyo de la escuela, tendremos la dicha de encontrar más niños y adolescentes formales y respetuosos. Es decir, tendremos más corazones preparados para la vida en sociedad. Porque sabrán acoger con respeto a todos, porque serán capaces de vivir de modo armónico con los iguales y los distintos, con los grandes y los pequeños, con los sanos y los enfermos, con los que piensan lo mismo y con los que tienen ideas diferentes. ¿No vale la pena invertir a fondo en la educación para el respeto?

jueves, 7 de agosto de 2008

18.6.- BUEN HUMOR EN FAMILIA

Hagamos del buen humor, una forma de ser, una postura ante la vida. ¡Atrévete a reír en familia!


Buen humor en familia

Existe un dicho que afirma que "los hijos son la alegría del hogar". Y, sin embargo, todos los que tienen hijos pequeños -y no tan pequeños- han experimentado la tensión continua que supone el esfuerzo por educar bien a los hijos.

Puede que estemos tan centrados en ayudarles a portarse correctamente, a adquirir buenos hábitos que nos olvidemos que también necesitan bromear y reír..,a carcajada limpia.

Efectivamente, nuestros hijos necesitan autoridad y disciplina, pero la infancia también necesita un tiempo para reírse. Casi puede decirse que nuestros hijos se encuentran en la edad de la risa: fácil, espontánea, continua, por naderías... feliz.

Se encuentran en el período sensitivo para hacer del buen humor una forma de ser, una postura ante la vida.

Fomentárselo les ayudará a contar con recursos para superar problemas y disgustos.
Nuestros hijos han de ser capaces de enfrentarse a las dificultades de la vida, pero también han de ser capaces de recordar su infancia como una época feliz, unos años de risas continuas (junto a nuestra exigencia, que también es igual de necesaria). Y, para ello, hay que aprender a reírse en familia.

Hogares poco risueños

Los hijos necesitan un ambiente en el que, habitualmente, se esté de buen humor. Y, cuando no es así, ese hogar va cayendo poco a poco en un sopor parecido a la tristeza, que nunca es productiva ni libera en nada de los problemas.

Probablemente, no existan ya las severas familias decimonónicas que aparecen en las novelas de Charles Dickens, en las que las risas estaban prohibidas y se consideraban como algo casi profano.

Sin embargo, sí podremos reconocernos más en aquellos padres que llegan cansados de trabajar y que lo único que les apetece es ver el partido de la televisión, leer el periódico o limpiar la pipa.

O aquellos padres, quizá ya por encima de la cuarentena, que piensan que lo de jugar y reír son los hijos ya ha pasado para ellos. O aquellos padres, buenos, tranquilos, nada gruñones... pero serios habitualmente que no suelen sonreír.

Divertirse

Pero para ganarse el afecto de los hijos es necesario que nosotros colguemos los problemas en el perchero, al entrar a casa.

Y lo mismo que nos proponemos besar a nuestra mujer o marido al llegar, también nos decidamos a sonreír.

Estar de buen humor no cuesta tanto y, además, es mucho más gratificante. Hay que esforzarse por sonreír, aunque a veces se haga difícil. Así acabarápor enraizarse en el carácter un sólido sentido del humor.

En definitiva, los hijos aman a aquellos que tienen tiempo no sólo para enseñarles, sino para divertirse con ellos. Por lo tanto, podemos buscar las mil y una ocasiones que presta la vida normal para convertirlas en carcajadas, es decir, para reírnos con nuestros hijos.

¿Cómo reir?

Cuando nuestros hijos eran más pequeños, incluso ya de bebés, nosotros les enseñamos a reír al hacerles caricias, cosquillas, masajes y cucamonas... Pues nosotros somos los mismos y ellos también, y quizáahora, con ocho o diez años, les sigan haciendo gracia esa mueca vuestra especial (cada uno tiene la suya), o veros despeinados.

Es el momento de continuar riéndose en familia, con más frecuencia y con las más simples "tonterías": ante las preguntas impertinentes o ingenuas de los pequeños, ante el desastroso resultado de un pastel casero preparado por ellos, en los viajes jugando a "el novio de Martita se parecerá al hombre que conduce el próximo coche"... Ver a sus padres riendo habitualmente -y serios y preocupados cuando haga falta, aunque sin perder la serenidad- les ayudará a adquirir las bases de una personalidad segura.

Humoristas profesionales

Los hijos son unos excelentes humoristas y tienen siempre muchas ganas de reír. Podemos aprovecharnos de esta característica continuamente. Una situación tirante, puede solucionarse con un gesto del padre simulando la terquedad del hijo o una frase maliciosa de la madre.

Muchas veces un rasgo de humor servirá para salvaguardar el tesoro de la autoridad al no tener que ejercerla. El humor sirve para relajar un ambientetenso y pone aceite lubricante al engranaje de la autoridad.

No pensemos que debemos ser muy ocurrentes y graciosos, o que nos pasemos todo el día contándonos chistes. Pero buscar, de vez en cuando, frases amables y divertidas, comparaciones precisas y oportunas, y hasta tratar de imitar sus actitudes, puede servirnos para que ellos comprueben lo desfasado y hasta
ridículo de muchos de sus comportamientos.

Por otro lado, tampoco puede acomplejarnos la realidad de nuestra carencia de dotes interpretativas y agudeza mental para contar chistes, o acertar con un gesto o frase. Actuamos ante un público predispuesto a favor.

Con confianza

El ambiente risueño es propicio a la confianza y a la confidencia. Quizá así podamos entrar en intimidades que de otra forma nos serían vedadas. Además, el humorismo nos permite siempre una salida airosa en nuestras reprimendas o castigos: el humor es un signo visible de cariño, que se trasluce en el deseo de hacer llegar suavemente un mensaje.
Porque la alegría y el optimismo de nuestro hogar
deben asentarse en el amor.

En resumen....

Siempre hay "momentos tontos" a lo largo del día (viajes, colas en la tienda) que puedes aprovechar para hacer reír los hijos, recordando anécdotas divertidas, contando algún chiste, diciendo alguna frase ocurrente...

Sorprende a tus hijos con "locuras": actúa como Romeo y Julieta con tu mujer o marido, pon voces raras imitando a ciertos personajes o gasta alguna broma en la cena.

No hace falta gastarse dinero para divertirse; podeis pedir prestada una tienda de campaña o iros a acampar al monte; o pelearos con globos de agua en verano.

El humor y el optimismo son factores formidables para avivar la inteligencia. Propón a tus hijos que organicen ellos una salida familiar, o una tarde especial... pero estate también dispuesto a aguantar de todo con sonrisa y buen humor.

Puede ocurrir que los chistes que cuenten los hijos no te hagan gracia. Al menos, puedes intentar escucharlos y reírte para que poco a poco vayan aprendiendo a soltarse. Es un buen medio para que se acostumbren a hablar en público.

Hay que enseñarles a disfrutar de las cosas sencillas y cotidianas presentes en la vida. Hacer de un simple paseo dominical toda una aventura, disfrutar de la conversación o de una cena... Para todo ello, hay que pasarlo bien en familia.

También hay que dejarles claro que la vida no es sólo reírse a todas horas; hay situaciones (visitas, momentos de descanso) en las que hay que saber comportarse, lo mismo que hay conversaciones serias (por ejemplo, sobre los estudios).

Realiza, de vez en cuando, una "supernoche familiar": podéis juntaros en la sala de estar contando historias, chistes, comiendo palomitas... Será muy divertido. Los más atrevidos pueden, incluso, acabar durmiendo allí en colchones o en sacos de dormir.

Los hijos necesitan un ambiente en el que, habitualmente, se esté de buen humor. Y, cuando no es así, ese hogar va cayendo poco a poco en un sopor parecido a la tristeza, que nunca es productiva ni libera en nada de los problemas.

miércoles, 6 de agosto de 2008

18.7.- EDUCAR EN VIRTUDES

No basta con educar en valores, al estilo de Jesucristo, estamos llamados a educar en virtudes.


Educar en virtudes, una guía para encontrar a Dios
La apelación continua a la educación en valores me deja habitualmente bastante perpleja. Ya entiendo que esta expresión, educación en valores, que se utiliza con frecuencia en los idearios de colegios e instituciones educativas católicas, en grupos de formación y catequesis, en los programas políticos, sociológicos, pastorales, no tiene un significado único. Pero en cualquier caso me parecía y me parece que ´´le falta algo a esto de educar en valores´´, y que no es ése el ideal educativo más completo de los católicos. Después de haber releído documentos del Magisterio y de las ciencias de la educación, después de haber hablado con personas con experiencia en este precioso campo, me atrevo a replicar, con el deseo de remover las conciencias de padres y educadores, que nosotros hemos de proponernos algo más que educar en valores. Al estilo de Jesucristo, estamos llamados a educar en virtudes.

El arzobispo de Pamplona, Fernando Sebastián, predica insistentemente en homilías, conferencias y visitas pastorales que los niños y jóvenes necesitan recibir de sus padres, educadores, catequistas, un testimonio claro de las virtudes a las que están llamados para desarrollar la vida nueva recibida en el Bautismo. No hay que tener miedo a proponerles y a vivir ante ellos la generosidad, la castidad, la humildad, la obediencia, el perdón, la sobriedad y la alegría. Hemos de atender este llamamiento de nuestro arzobispo. En su Carta desde la fe publicada en LA VERDAD el pasado 24 de abril, bajo el título de Educar, tarea urgente, nuestro arzobispo subraya que ´´es muy posible que las deficiencias actuales de la educación sean una de las cosas más negativas de nuestra sociedad y de nuestra Iglesia´´. Estas deficiencias se originan ya en la familia, crecen en la escuela, se amplían en la vida social y se consolidan con las debilidades y las omisiones de la educación religiosa... para los cristianos, Jesucristo es el educador principal e indispensable... punto de partida de la más depurada educación... nos ofrece por su Iglesia lo mejor de la conciencia humana, su conocimiento verdadero y definitivo de Dios, su manera de acoger y tratar a las personas, su forma de entender y valorar el mundo en las circunstancias más variadas de la vida... y la manera de hacerlo correctamente en libertad y justicia, amor y misericordia´´.

Hemos de educar como educaba Cristo, trabajar y rezar pidiendo para los niños y para nosotros, sus educadores, la gracia de convertirnos en verdaderos hijos de Dios, semejantes a Jesucristo en sus sentimientos, pensamientos y actuaciones. Eso es la educación en virtudes.

Pero ¿cuál es el problema? ¿Qué diferencia hay entre educar en valores y educar en virtudes? No hablamos de expresiones, sino del fondo del problema educativo el problema es grave, creo, pues la diferencia es abismal.

Diferencia en el contenido

La educación de toda la vida en nuestros países católicos, esto es, la educación en virtudes, sabía con certeza cuáles eran las virtudes a enseñar, pues éstas estaban inscritas en la naturaleza humana, y reafirmadas en el Evangelio, la Tradición y el Magisterio de la Iglesia. En nuestro Catecismo, en los números 1803-1832, se explica cada una de ellas: la fe, esperanza y caridad; la fortaleza, justicia, prudencia y templanza. Las virtudes son los hábitos, los modos de actuar contrarios a los pecados, a los vicios: humildad, generosidad, diligencia, sobriedad, paciencia, castidad. Además, las virtudes son perfeccionadas por los dones del Espíritu Santo, que llevan a su perfección estas virtudes, haciendo a la persona dócil para seguir los impulsos de la gracia.

Esto de los valores, en cambio, tiene más matices, es más relativo, pues los valores cambian o pueden cambiar en función de las culturas, las épocas, las condiciones de las personas a quienes se han de transmitir. No es sencillo decidir qué valores enseñar; en muchos casos los valores son sólo algunos aspectos de las virtudes, aparentemente al margen de ellas: la solidaridad o la tolerancia son aplicaciones de la caridad y de la generosidad; el optimismo y la alegría son frutos de la esperanza, de la fe; la responsabilidad y la laboriosidad son concreciones de la caridad, de la diligencia. Pero no se habla de las antiguas virtudes, sino de los nuevos valores. A fin de cuentas, consciente o inconscientemente, reina el relativismo llevado a la educación. Y lo peor de todo: la educación en valores no llega a producir buenos resultados; al contrario, vemos aumentar de año en año los problemas derivados de una educación defectuosa en jóvenes y adultos -alcoholismo, drogadicción, vandalismo, fracaso escolar, violencia doméstica, etc-. Se ´´salvan´´ sólo aquellos que reciben en su familia, o en otros ámbitos educativos, una educación en virtudes sólidas que contrarresta la debilidad y relatividad de la educación en valores.

Diferencia en los medios

La educación en valores no necesita a Dios para nada. Puede ser adoptada por colegios católicos, budistas o musulmanes, por la UNESCO y la UNICEF, por educadores ateos, por familias integradas o desestructuradas, por programas políticos de todos los partidos, de ultraderecha, democristianos, socialistas, ecologistas. Cierto es que en los idearios de los colegios católicos los valores suelen referirse a los valores evangélicos, a Cristo, a la Iglesia. Pero en sí misma, la expresión educación en valores proviene más bien de un sincretismo ateo o panteísta, que, por otra parte, encuentra muy difícil aplicación, como vemos por sus frutos.

En cambio la educación en virtudes tiene en cuenta la primacía de la gracia, la libertad del hombre, su verdad antropológica de criatura dependiente de Dios, caída y redimida por Cristo. Y los medios para lograr educar en virtudes a niños, jóvenes y adultos son los de siempre: oración, sacramentos, ejercicio de virtudes. La sinergia de la gracia de Dios y la libertad del hombre. Estos medios sí han producido frutos buenos: los santos son la prueba de que la educación en virtudes funciona. Que se lo digan a los pueblos evangelizados por Fray Juan de Zumárraga o por San Francisco Javier, a los discípulos de San Juan de Ávila o de Santa Micaela del Santísimo Sacramento, a los alumnos de San Juan Bosco o de Santa Edith Stein, a los feligreses del San Juan María Vianney o de San Pío X.

En realidad, a mi juicio, muchos de los educadores que hablan de educar en valores en realidad están a favor de la educación en virtudes. Pero ¿por qué no lo dicen?, ¿por qué se apuntan a la moda de la educación en valores? No se trata sólo del desarrollo humano de los valores que hoy estén en boga. Aspiramos el desarrollo del hombre nuevo nacido en el bautismo, hasta la plenitud de las virtudes cristianas. Santo Tomás afirma que la educación cristiana es la ´´promoción y conducción de la prole al estado perfecto del hombre en cuanto hombre, que es el estado de virtud´´.

Esa es la cuestión de fondo, entender y aceptar que en la obra educativa se busca la formación en virtudes. Sólo de ese modo, niños, jóvenes y adultos encontrarán facilidad para llevar una vida moralmente buena, ordenando sus pasiones, controlando sus actos y superando con alegría los obstáculos que le impiden la consecución del bien. (Cf. Antonio Amado, La educación cristiana, Ed. Balmes, Barcelona 1999, pp. 100 y siguientes).

Juan Pablo II, en el discurso sobre la educación católica de 30 de mayo de 1998 que reproducía el dossier de LA VERDAD al que antes me refería, explicaba que ´´como otras instituciones educativas, las escuelas católicas transmiten conocimientos y promueven el desarrollo humano de sus estudiantes. Sin embargo, como subraya el Concilio, la escuela católica hace algo más. Su nota característica es crear un ámbito de comunidad escolar animado por el espíritu evangélico de libertad y amor, ayudar a los adolescentes a que, al mismo tiempo que se desarrolla su propia persona, crezcan según la nueva criatura en que por el bautismo se han convertido... cada disciplina no presenta sólo un saber por adquirir, sino también valores por asimilar y verdades por descubrir´´.

De aquí la identificación expresa que, con esperanza y alegría, vemos en algunos idearios de instituciones católicas. Esta identificación supone, a mi modo de ver, que tanto el conocimiento de estos valores-virtudes, como su adquisición, van a ser llevados a cabo contando con los medios precisos para ello: la lectura del evangelio y la recepción de la gracia de Dios por la práctica de los sacramentos, el ejemplo de padres y maestros y el conocimiento de los ejemplos de los santos, el estímulo y la corrección con la verdad y la caridad por delante, el cuidado de cada persona y la perseverancia en este objetivo de formar niños, jóvenes y adultos católicos. Un ejemplo:

´´Educar en valores es educar en virtudes. El valor es lo que se descubre como valioso y pide simplemente ser descubierto y contemplado. Sin embargo, la virtud exige su realización por parte del sujeto. No basta contemplarlo: hay que conseguirlo. La frase educar en valores esquiva la tarea más dura. El término virtud expresa con claridad el sentido educativo, dinámico, de esas realidades valiosas, es decir, la necesidad de intervenir activamente para que se produzcan en nosotros... para que esta transmisión de valores-virtudes cale en el alumnado, antes tiene que asimilarla el profesorado y en primer lugar los padres... el proyecto educativo señala los siguientes: orden, sinceridad, decoro, libertad, trabajo bien hecho, fortaleza, generosidad, hábitos cívico-sociales, respeto, tolerancia, solidaridad, educación sexual, religiosidad, alegría´´ (Ideario Colegio Irabia, III).

En el fondo, se trata de la eterna lucha: con Dios o sin Dios. Educar en valores es muy difícil, porque se apoya básicamente en las capacidades intelectuales y volitivas del niño-joven-adulto dejados solos. Sin Dios, en definitiva. Pero es que sin Dios no hay modo de conocer y practicar esos valores. ¿Por qué voy yo a ser solidario con quienes poseen menos riquezas que yo? Sólo seré solidario-caritativo con ellos si les reconozco como hermanos e hijos del mismo Padre y por ello cultivo la caridad y la paciencia. ¿Y cómo voy a ser ordenado en casa y responsable en el colegio si no soy advertido y ayudado a superar el egoísmo y la pereza? ¿Y cómo se consigue esto sin la gracia que me llega del sacramento de la Penitencia, de oración en que pida a Dios que me dé un corazón manso y humilde como el suyo, del trabajo de padres, maestros, educadores que me escuchen, me hagan pensar, me exijan con paciencia y perseverancia, me presenten a Jesucristo, la Virgen María y los santos como modelos de vida? Con Dios, iluminados por la fe y movidos por la caridad, es posible. Educar en virtudes es mucho más sencillo, pues es educar según la naturaleza verdadera del hombre, y con la gracia de Dios, y ´´para Dios nada hay imposible´´.

Con Dios o sin Dios

Déjenme terminar el tema con un tercer artículo. En el segundo dejé escrito: ´´en el fondo, se trata de la eterna lucha: con Dios o sin Dios´´. Parece duro, pero así es. Sólo así llegamos al fondo del tema. Normalmente quienes hoy hablan de ´´educar en valores´´ no mencionan a Dios, ni a Cristo Salvador, ni al pecado original, que trae al hombre tan atontado y debilitado, ni a la necesidad de la gracia para poder conocer los verdaderos valores y, más aún, para poder vivirlos. Pero todo eso no es más que la manifestación actual de la vieja y perpetua herejía del pelagianismo, del voluntarismo puro y duro, del naturalismo, de la herejía que más daña hoy al pueblo cristiano. Aunque por la educación se llegue a transmitir el conocimiento de los verdaderos valores, cosa harto dudosa, ¿con eso ya está hecho todo? ¿Cómo podrá el niño, el joven, el adulto vivir esos valores sin la gracia de Cristo, es decir, sin las virtudes?

Desde luego, no parece otra cosa que un voluntarismo ciego predicar los valores morales que enseñó Cristo, como la verdad, la libertad, la justicia, la solidaridad, la paz, sin afirmar que Cristo Salvador es el único que hace posible vivir por su Espíritu Santo éstos y todos los demás valores. Pues bien, ¡al menos los católicos vinculemos siempre valores y virtudes!

Los cristianos hemos de afirmar, como lo hicieron los apóstoles, como lo han hecho todos los santos, que Cristo mismo es la verdad (Jn 14,6), de modo que sin Él lo más que podemos hacer es perdernos en los errores que el Padre de la mentira extiende como puede, en todas las épocas de la historia, y en todos los lugares del mundo. Los cristianos tenemos que reiterar una y otra vez que sólo Cristo nos da la libertad (Gál 5,1) y la justicia que procede de Dios (Flp 3,9). Los cristianos creemos y debemos anunciar aquí y ahora que la solidaridad, el respeto y la colaboración sólo son realidades cuando recibimos de Cristo el don de la caridad, el Espíritu Santo (Rm 5,5). Los cristianos hemos de saber y proclamar que solamente Cristo es nuestra paz (Ef 2,14) ( Cf. José María Iraburu, Sacralidad y secularización, Fund. GRATIS DATE, Pamplona 1996, pp. 35-36)

El beato Papa Juan XXIII lo expresaba con gran sencillez: ´´Cristo radiante siempre en el centro de la historia y de la vida. Los hombres están con Él y con su Iglesia, y en tal caso gozan de la luz, de la bondad, del orden y de la paz, o bien están sin Él o contra Él y deliberadamente contra su Iglesia, con la consiguiente confusión y aspereza en las relaciones humanas y con persistentes peligros de guerras fraticidas´´ (Discurso apertura Concilio Vaticano II, 11-10-1962).

En estos dos siglos pasados hemos conocido los desastres humanos y sociales derivados de los sucesivos regímenes fundamentados en el voluntarismo, empeñados en conseguir personas y sociedades perfectas sin apoyarse en Dios -liberalismo, comunismo, fascismo, nazismo-. Pablo VI acudía a la gran fuerza de persuasión que es la experiencia: ´´por sus frutos los conoceréis´´, reclamando que los proyectos personales, familiares, políticos y sociales necesitan a Cristo Salvador: ´´sin Mí no podéis hacer nada´´.

´´Sería suficiente una simple reflexión sobre la experiencia histórica de ayer y de hoy para convenceros de que las virtudes humanas desarrolladas sin el carisma cristiano pueden degenerar en los vicios que las contradicen. El hombre que se hace gigante sin la animación espiritual, cristiana, se derrumba por su propio peso. Carece de la fuerza moral que le hace hombre de verdad, carece de la capacidad de juzgar acerca de la jerarquía de valores, carece de razones trascendentales que motiven de modo estable estas virtudes y carece, en definitiva, de la verdadera conciencia de sí mismo, de la vida, de sus porqué y de su destino (Discurso de Navidad, 1969).

Un ejemplo real, de entre tantos ´´experimentos´´, lo encontramos en el ambicioso programa Living Values, an educational program, propuesto por la UNICEF y la UNESCO, y que ofrece en http://www.livingvalues.net/espanol/index.html material para padres, maestros y otros formadores, en todos los continentes. Este programa para Vivir los Valores, en principio, parece responder a unos propósitos buenos: proporcionar ´´principios guía y herramientas para el desarrollo integral de la persona, reconociendo su dimensión física, intelectual, emocional y espiritual´´, ´´una educación mundial basada en los valores, tanto en los países en vías de desarrollo como en los desarrollados´´. Pero es imposible que logren tan anhelados deseos, pese a todos los medios humanos que a su alcance pongan, sin Dios.

Para educar en la caridad y en todas las virtudes-valores surgen y perseveran iniciativas que utilizan también todos los medios de comunicación puestos a nuestro alcance por el Señor.

Vuelvo al punto de partida: ´´en el fondo, se trata de la eterna lucha: con Dios o sin Dios´´. ¿Qué puede hacer realmente el hombre sin Cristo Salvador? ¿Cómo puede superar la miseria del pecado que, desde que nace, marca su alma y su cuerpo?

Recordemos aquella meditación de Ovidio, poeta latino del siglo I, que le llevaba a un callejón sin salida conocida: ´´video meliora, proboque, sed deteriora sequor´´ (Metamorfosis VII,19). Veo lo mejor, conozco los valores, los apruebo, pero luego hago lo peor. ¿Puede el hombre, en esas condiciones, que son perennes y universales, salvarse a sí mismo? ¿Hay salvación sin Dios?

Esa misma experiencia humana verdadera, expresada por el pagano Ovidio, la hallamos en el Apóstol judío San Pablo: ´´no sé lo que hago: el bien que aprecio no lo hago, y hago el mal que aborrezco... Es el pecado que mora en mí ´´ (Cf. Rom 7,15-17) (Nota: confieso humildemente que no conozco los textos de Ovidio. El que he citado aparece en el comentario de Rom 7 en BAC 211, pg. 240).

Esta verdad es lo que no puede olvidar ningún programa que pretenda educar, educar para la convivencia, educar en armonía interior, educar en valores o educar en virtudes. No se olvide nunca que existe el pecado original, y que para conseguir que en la vida personal, familiar y social reinen estos valores-virtudes se ha de contar con Cristo salvador. No se olvide nunca, ni intelectual ni prácticamente, lo que afirmaba el Vaticano II: ´´el hombre debe combatir continuamente contra los poderes de las tinieblas, para adherirse al bien, y sólo con la ayuda de la gracia de Dios, es capaz de lograr la unidad en sí mismo (Cf. Gaudium et Spes 37,2).

O lo que Juan Pablo II afirmaba con rotundidad: ´´El hombre, creado para la libertad, lleva dentro de sí la herida del pecado original que lo empuja continuamente hacia el mal y hace que necesite la redención. Esta doctrina no sólo es parte integrante de la revelación cristiana, sino que tiene también un gran valor hermenéutico, en cuanto ayuda a comprender la realidad humana. El hombre tiende hacia el bien, pero es también capaz del mal. Ignorar que el hombre posee una naturaleza herida, inclinada al mal, da lugar a graves errores en el campo de la educación, de la política, de la acción social y de las costumbres. Cuando los hombres se creen en posesión del secreto de una organización social perfecta que hace imposible el mal, que puede construir el paraíso en este mundo, el hombre trata de suplantar a Dios. Gracias al sacrificio de Cristo en la cruz, la victoria del Reino de Dios ha sido conquistada de una vez para siempre; sin embargo, la condición cristiana exige la lucha contra las tentaciones y las fuerzas del mal´´ (Cf. Centessimus Annus, 25).

Ciertamente nuestra sociedad sufre muchos males -guerras fraticidas, injusticia social, fracaso escolar, familias rotas, violencia en las calles y en las casas, corrupción política o judicial-. Pero no podrá superar esos males terribles si no se vuelve a predicar en todos los ámbitos educativos la necesidad de las virtudes, la existencia del pecado original, y sobre todo la presencia salvadora junto a nosotros de Jesucristo, ´´camino, verdad y vida´´.