Una excesiva visibilidad acaba por hacer opaca a una persona o una situación. El pudor es el signo indeleble de la dignidad de toda persona
Elogio del Pudor
El desenfado para hablar de lo íntimo y personal, la frivolidad y la desvergüenza, campean a sus anchas en los programas radiales y televisivos. Se exagera el valor moral de esta nueva franqueza. Se sostiene que lo no espontáneo es falso, calculador e hipócrita. Si a esta lógica unimos la muy en boga moral de la autenticidad, resultará que lo reflexivo y voluntario será siempre hipócrita y falso. Resulta arriesgado hablar hoy del pudor cuando la sociedad hace gala de haberlo superado y predomina la retórica de la explicitación total, el decirlo todo y a voz en grito. ¿Es el pudor algo obsoleto y prescindible, o más bien un valor siempre necesario, tanto personal como socialmente? No ha transcurrido mucho tiempo de cuando el pudor era algo vivo y operativo en el tejido social. Muchos recuerdan sus manifestaciones en todos los niveles: vestido, espectáculos, lenguaje, tono de las relaciones personales, etc.
Max Scheler, el entonces Karol Wojtyla, Giuseppe Savagnone, Jacinto Choza, por citar algunos estudios conocidos, han mostrado la profundidad antropológica del pudor. Choza en su ensayo "La supresión del pudor" lo considera como la tendencia y el hábito de conservar la propia intimidad a cubierto de los extraños. Así se dice que una persona carece de pudor cuando manifiesta en público situaciones afectivas o sucesos autobiográficos íntimos. Es que la intimidad puede quedar protegida o desamparada en función del lenguaje, del vestido y de la vivienda. Se da una proyección espacial de la propia intimidad en la casa y en la propia habitación. Y el cuerpo, si bien no es la proyección espacial de la intimidad tampoco es algo meramente neutro y yuxtapuesto, puesto que yo soy también mi propio cuerpo. El pudor más que natural o cultural es estricta y genuinamente personal: "el pudor es el modo como una persona se posee a sí misma y se entrega a otra concreta".
Pero hoy muchos consideran obsesiva y malsana toda discreción a la hora de vestir o de manifestar los propios deseos o impulsos. Sin embargo, una manifestación exagerada o indiscreta puede ocultar lo esencial. Una excesiva visibilidad acaba por hacer opaca a una persona o una situación. Es como si la auténtica personalidad quedase por completo oscurecida precisamente por la luz de los reflectores que les enfocan sin cesar. Máscaras vacías, tras lo cual no hay ningún rostro. Hay modos de exhibición de la realidad personal que en vez de desvelar un sentido acaban por banalizarlo y ocultar su verdad profunda. Mecánica fatal que reduce el sujeto a objeto, las personas a cosas.
Hoy existe una obsesión por "sacar a la luz", por "revelar", por "hacer al fin público" realidades que requerirían una saludable penumbra para poder sostener, hasta en lo malo, la propia dignidad. Pareciera que no hay perversión, retorcimiento o vicio que no requiriera ser expuesto al público, desdramatizado y homologado. Cuando George Orwell acuñó la expresión "El Gran Hermano" en su novela 1984, quería subrayar lo espantoso de un régimen totalitario que aplasta a las personas al someterlas a un despiadado control visual. Ahora el reality ha creado, bajo la forma de espectáculo, un pequeño campo de concentración en donde las personas se despojan de toda intimidad, y reducidas al rango de ratón de laboratorio, son objeto de incesante observación dentro de una caja de cristal transparente. Flujos íntimos y conversaciones triviales obtienen un éxito masivo. Lejos de constituir el último tabú de una mentalidad superada, el pudor es el signo indeleble de la dignidad de toda persona.
sábado, 9 de agosto de 2008
viernes, 8 de agosto de 2008
18.5.- EDUCAR EN EL RESPETO
Los niños y los adolescentes son un volcán de inquietudes que necesitan ser encauzadas a través del proceso formativo
Educar en el respeto
En muchos casos, los hijos reciben (alguno dirá “tenían”) una buena base educativa familiar que facilita la integración en la escuela, un sano autocontrol, una disciplina en la que el respeto hacia los demás (los coetáneos, los mayores, los más pequeños) resulta suficientemente maduro.
Pero hay otros muchos casos de niños y de adolescentes que carecen de los más mínimos modales, que muestran graves faltas de respeto hacia los demás.
Las noticias nos presentan casos extremos, quizá exagerados: un grupo de alumnos que filman a un profesor mientras se burlan de él; otros que tiran libros, cajas, incluso sillas a un compañero indefenso o débil; otros que golpean a un extranjero con violencia salvaje; otros que inundan de agua las aulas para obligar a los directores a que suspendan por uno o varios días la actividad escolar; otros que empiezan a fumar marihuana en los baños o incluso en el patio, con una desvergüenza que raya en el cinismo...
Los casos extremos son eso: casos extremos. Pero es preocupante que se den, porque seguramente son la señal de alarma de una situación que puede ser mucho más grave de lo previsto.
Notamos, en efecto, que hay muchos niños y adolescentes insensibles, fríos, incluso despectivos, hacia los mayores, o hacia los mismos compañeros (especialmente de edad inferior a la propia).
Esto es especialmente visible en la escuela. Los adultos ven cómo un grupo de muchachos ni se apartan cuando alguien quiere pasar, o no saludan, o gritan palabras vulgares para hacerse notar, o lanzan miradas altaneras, casi en señal de reto. Bromas pesadas, juegos peligrosos, algunas revistas o imágenes pornográficas, abusos del teléfono móvil, de los videojuegos o del i-pod, se han convertido en algo “normal” en escuelas donde los maestros llegan a sentir miedo de sus mismos alumnos.
Fuera de la escuela, es triste ver a muchachos que luchan por ocupar los asientos del tren o del autobús, sin ninguna señal de deferencia hacia personas ancianas o más necesitadas. O que juegan por las calles con grave riesgo de chocar y tirar a algún pasante. O que arrojan papeles y objetos al suelo sin el menor cuidado hacia la limpieza pública o el posible daño que otros puedan sufrir.
La sintomatología podría aumentarse. Ante hechos como los anteriores, no pocos maestros y especialistas se preguntan sobre la calidad de educación que esos niños y adolescentes hayan recibido en sus casas. También, es verdad, los padres de familia responden o se defienden acusando a la escuela. Lo que está claro es que ambas instituciones necesitan ayudarse, más cuando notamos que la situación, en algunos lugares, es realmente alarmante.
Hay que reconocer que la educación en el hogar tiene un valor insustituible para que el respeto se convierta en norma de vida de cada uno de los hijos, ya desde los primeros años.
Existen, gracias a Dios, muchos hogares en los que los padres saben promover una sana educación en este campo desde que los hijos son pequeños. A veces interviene el padre para corregir cualquier abuso o palabra disonante. Otras veces es la madre quien ofrece una indicación clara y la hace respetar. Los dos juntos se apoyan y se ayudan en la hermosísima tarea educativa, que da como resultado hijos capaces de autocontrol, disciplinados y, sobre todo, respetuosos.
Pero en otros casos los padres tienen cierto miedo a ser tachados de “autoritarios”. Parece como si esperasen que la educación llegase de modo espontáneo, sin dar normas, sin imponer correcciones, sin impedir pequeños abusos o caprichos que parecen “normales” y que, sin darse cuenta, pueden llegar a ser el inicio de problemas mucho más graves. O parece que desearían que la escuela asuma en solitario la tarea de formar a sus hijos, cuando los principios y reglas de conducta que más se fijan en los corazones son los recibidos en casa, desde los primeros años de vida.
Si el niño le falta al respeto a uno de los padres o al abuelo, si deja todo tirado para “otros” lo recojan, si se encierra en su habitación como si fuese un reino prohibido para sus mismos padres, si no hace el menor caso cuando le dicen que deje de jugar para iniciar el tiempo de estudio... ¿cómo no suponer que un niño así no sólo será maleducado e irrespetuoso, sino que incluso se habituará a vivir como si todos estuviesen a merced de sus caprichos?
No hay que tener miedo a ser exigentes con los hijos. Los niños pueden poner mala cara, tener momentos de tristeza o manifestar la disconformidad ante una orden. Pero si descubren que hay cariño y, sobre todo, que cada norma es para su bien, se someterán no “por la fuerza”, sino cada vez con mayor facilidad y, un día, con gratitud.
Educar al respeto es algo que inicia en casa. Desde la familia, y con el apoyo de la escuela, tendremos la dicha de encontrar más niños y adolescentes formales y respetuosos. Es decir, tendremos más corazones preparados para la vida en sociedad. Porque sabrán acoger con respeto a todos, porque serán capaces de vivir de modo armónico con los iguales y los distintos, con los grandes y los pequeños, con los sanos y los enfermos, con los que piensan lo mismo y con los que tienen ideas diferentes. ¿No vale la pena invertir a fondo en la educación para el respeto?
Educar en el respeto
En muchos casos, los hijos reciben (alguno dirá “tenían”) una buena base educativa familiar que facilita la integración en la escuela, un sano autocontrol, una disciplina en la que el respeto hacia los demás (los coetáneos, los mayores, los más pequeños) resulta suficientemente maduro.
Pero hay otros muchos casos de niños y de adolescentes que carecen de los más mínimos modales, que muestran graves faltas de respeto hacia los demás.
Las noticias nos presentan casos extremos, quizá exagerados: un grupo de alumnos que filman a un profesor mientras se burlan de él; otros que tiran libros, cajas, incluso sillas a un compañero indefenso o débil; otros que golpean a un extranjero con violencia salvaje; otros que inundan de agua las aulas para obligar a los directores a que suspendan por uno o varios días la actividad escolar; otros que empiezan a fumar marihuana en los baños o incluso en el patio, con una desvergüenza que raya en el cinismo...
Los casos extremos son eso: casos extremos. Pero es preocupante que se den, porque seguramente son la señal de alarma de una situación que puede ser mucho más grave de lo previsto.
Notamos, en efecto, que hay muchos niños y adolescentes insensibles, fríos, incluso despectivos, hacia los mayores, o hacia los mismos compañeros (especialmente de edad inferior a la propia).
Esto es especialmente visible en la escuela. Los adultos ven cómo un grupo de muchachos ni se apartan cuando alguien quiere pasar, o no saludan, o gritan palabras vulgares para hacerse notar, o lanzan miradas altaneras, casi en señal de reto. Bromas pesadas, juegos peligrosos, algunas revistas o imágenes pornográficas, abusos del teléfono móvil, de los videojuegos o del i-pod, se han convertido en algo “normal” en escuelas donde los maestros llegan a sentir miedo de sus mismos alumnos.
Fuera de la escuela, es triste ver a muchachos que luchan por ocupar los asientos del tren o del autobús, sin ninguna señal de deferencia hacia personas ancianas o más necesitadas. O que juegan por las calles con grave riesgo de chocar y tirar a algún pasante. O que arrojan papeles y objetos al suelo sin el menor cuidado hacia la limpieza pública o el posible daño que otros puedan sufrir.
La sintomatología podría aumentarse. Ante hechos como los anteriores, no pocos maestros y especialistas se preguntan sobre la calidad de educación que esos niños y adolescentes hayan recibido en sus casas. También, es verdad, los padres de familia responden o se defienden acusando a la escuela. Lo que está claro es que ambas instituciones necesitan ayudarse, más cuando notamos que la situación, en algunos lugares, es realmente alarmante.
Hay que reconocer que la educación en el hogar tiene un valor insustituible para que el respeto se convierta en norma de vida de cada uno de los hijos, ya desde los primeros años.
Existen, gracias a Dios, muchos hogares en los que los padres saben promover una sana educación en este campo desde que los hijos son pequeños. A veces interviene el padre para corregir cualquier abuso o palabra disonante. Otras veces es la madre quien ofrece una indicación clara y la hace respetar. Los dos juntos se apoyan y se ayudan en la hermosísima tarea educativa, que da como resultado hijos capaces de autocontrol, disciplinados y, sobre todo, respetuosos.
Pero en otros casos los padres tienen cierto miedo a ser tachados de “autoritarios”. Parece como si esperasen que la educación llegase de modo espontáneo, sin dar normas, sin imponer correcciones, sin impedir pequeños abusos o caprichos que parecen “normales” y que, sin darse cuenta, pueden llegar a ser el inicio de problemas mucho más graves. O parece que desearían que la escuela asuma en solitario la tarea de formar a sus hijos, cuando los principios y reglas de conducta que más se fijan en los corazones son los recibidos en casa, desde los primeros años de vida.
Si el niño le falta al respeto a uno de los padres o al abuelo, si deja todo tirado para “otros” lo recojan, si se encierra en su habitación como si fuese un reino prohibido para sus mismos padres, si no hace el menor caso cuando le dicen que deje de jugar para iniciar el tiempo de estudio... ¿cómo no suponer que un niño así no sólo será maleducado e irrespetuoso, sino que incluso se habituará a vivir como si todos estuviesen a merced de sus caprichos?
No hay que tener miedo a ser exigentes con los hijos. Los niños pueden poner mala cara, tener momentos de tristeza o manifestar la disconformidad ante una orden. Pero si descubren que hay cariño y, sobre todo, que cada norma es para su bien, se someterán no “por la fuerza”, sino cada vez con mayor facilidad y, un día, con gratitud.
Educar al respeto es algo que inicia en casa. Desde la familia, y con el apoyo de la escuela, tendremos la dicha de encontrar más niños y adolescentes formales y respetuosos. Es decir, tendremos más corazones preparados para la vida en sociedad. Porque sabrán acoger con respeto a todos, porque serán capaces de vivir de modo armónico con los iguales y los distintos, con los grandes y los pequeños, con los sanos y los enfermos, con los que piensan lo mismo y con los que tienen ideas diferentes. ¿No vale la pena invertir a fondo en la educación para el respeto?
jueves, 7 de agosto de 2008
18.6.- BUEN HUMOR EN FAMILIA
Hagamos del buen humor, una forma de ser, una postura ante la vida. ¡Atrévete a reír en familia!
Buen humor en familia
Existe un dicho que afirma que "los hijos son la alegría del hogar". Y, sin embargo, todos los que tienen hijos pequeños -y no tan pequeños- han experimentado la tensión continua que supone el esfuerzo por educar bien a los hijos.
Puede que estemos tan centrados en ayudarles a portarse correctamente, a adquirir buenos hábitos que nos olvidemos que también necesitan bromear y reír..,a carcajada limpia.
Efectivamente, nuestros hijos necesitan autoridad y disciplina, pero la infancia también necesita un tiempo para reírse. Casi puede decirse que nuestros hijos se encuentran en la edad de la risa: fácil, espontánea, continua, por naderías... feliz.
Se encuentran en el período sensitivo para hacer del buen humor una forma de ser, una postura ante la vida.
Fomentárselo les ayudará a contar con recursos para superar problemas y disgustos.
Nuestros hijos han de ser capaces de enfrentarse a las dificultades de la vida, pero también han de ser capaces de recordar su infancia como una época feliz, unos años de risas continuas (junto a nuestra exigencia, que también es igual de necesaria). Y, para ello, hay que aprender a reírse en familia.
Hogares poco risueños
Los hijos necesitan un ambiente en el que, habitualmente, se esté de buen humor. Y, cuando no es así, ese hogar va cayendo poco a poco en un sopor parecido a la tristeza, que nunca es productiva ni libera en nada de los problemas.
Probablemente, no existan ya las severas familias decimonónicas que aparecen en las novelas de Charles Dickens, en las que las risas estaban prohibidas y se consideraban como algo casi profano.
Sin embargo, sí podremos reconocernos más en aquellos padres que llegan cansados de trabajar y que lo único que les apetece es ver el partido de la televisión, leer el periódico o limpiar la pipa.
O aquellos padres, quizá ya por encima de la cuarentena, que piensan que lo de jugar y reír son los hijos ya ha pasado para ellos. O aquellos padres, buenos, tranquilos, nada gruñones... pero serios habitualmente que no suelen sonreír.
Divertirse
Pero para ganarse el afecto de los hijos es necesario que nosotros colguemos los problemas en el perchero, al entrar a casa.
Y lo mismo que nos proponemos besar a nuestra mujer o marido al llegar, también nos decidamos a sonreír.
Estar de buen humor no cuesta tanto y, además, es mucho más gratificante. Hay que esforzarse por sonreír, aunque a veces se haga difícil. Así acabarápor enraizarse en el carácter un sólido sentido del humor.
En definitiva, los hijos aman a aquellos que tienen tiempo no sólo para enseñarles, sino para divertirse con ellos. Por lo tanto, podemos buscar las mil y una ocasiones que presta la vida normal para convertirlas en carcajadas, es decir, para reírnos con nuestros hijos.
¿Cómo reir?
Cuando nuestros hijos eran más pequeños, incluso ya de bebés, nosotros les enseñamos a reír al hacerles caricias, cosquillas, masajes y cucamonas... Pues nosotros somos los mismos y ellos también, y quizáahora, con ocho o diez años, les sigan haciendo gracia esa mueca vuestra especial (cada uno tiene la suya), o veros despeinados.
Es el momento de continuar riéndose en familia, con más frecuencia y con las más simples "tonterías": ante las preguntas impertinentes o ingenuas de los pequeños, ante el desastroso resultado de un pastel casero preparado por ellos, en los viajes jugando a "el novio de Martita se parecerá al hombre que conduce el próximo coche"... Ver a sus padres riendo habitualmente -y serios y preocupados cuando haga falta, aunque sin perder la serenidad- les ayudará a adquirir las bases de una personalidad segura.
Humoristas profesionales
Los hijos son unos excelentes humoristas y tienen siempre muchas ganas de reír. Podemos aprovecharnos de esta característica continuamente. Una situación tirante, puede solucionarse con un gesto del padre simulando la terquedad del hijo o una frase maliciosa de la madre.
Muchas veces un rasgo de humor servirá para salvaguardar el tesoro de la autoridad al no tener que ejercerla. El humor sirve para relajar un ambientetenso y pone aceite lubricante al engranaje de la autoridad.
No pensemos que debemos ser muy ocurrentes y graciosos, o que nos pasemos todo el día contándonos chistes. Pero buscar, de vez en cuando, frases amables y divertidas, comparaciones precisas y oportunas, y hasta tratar de imitar sus actitudes, puede servirnos para que ellos comprueben lo desfasado y hasta
ridículo de muchos de sus comportamientos.
Por otro lado, tampoco puede acomplejarnos la realidad de nuestra carencia de dotes interpretativas y agudeza mental para contar chistes, o acertar con un gesto o frase. Actuamos ante un público predispuesto a favor.
Con confianza
El ambiente risueño es propicio a la confianza y a la confidencia. Quizá así podamos entrar en intimidades que de otra forma nos serían vedadas. Además, el humorismo nos permite siempre una salida airosa en nuestras reprimendas o castigos: el humor es un signo visible de cariño, que se trasluce en el deseo de hacer llegar suavemente un mensaje.
Porque la alegría y el optimismo de nuestro hogar
deben asentarse en el amor.
En resumen....
Siempre hay "momentos tontos" a lo largo del día (viajes, colas en la tienda) que puedes aprovechar para hacer reír los hijos, recordando anécdotas divertidas, contando algún chiste, diciendo alguna frase ocurrente...
Sorprende a tus hijos con "locuras": actúa como Romeo y Julieta con tu mujer o marido, pon voces raras imitando a ciertos personajes o gasta alguna broma en la cena.
No hace falta gastarse dinero para divertirse; podeis pedir prestada una tienda de campaña o iros a acampar al monte; o pelearos con globos de agua en verano.
El humor y el optimismo son factores formidables para avivar la inteligencia. Propón a tus hijos que organicen ellos una salida familiar, o una tarde especial... pero estate también dispuesto a aguantar de todo con sonrisa y buen humor.
Puede ocurrir que los chistes que cuenten los hijos no te hagan gracia. Al menos, puedes intentar escucharlos y reírte para que poco a poco vayan aprendiendo a soltarse. Es un buen medio para que se acostumbren a hablar en público.
Hay que enseñarles a disfrutar de las cosas sencillas y cotidianas presentes en la vida. Hacer de un simple paseo dominical toda una aventura, disfrutar de la conversación o de una cena... Para todo ello, hay que pasarlo bien en familia.
También hay que dejarles claro que la vida no es sólo reírse a todas horas; hay situaciones (visitas, momentos de descanso) en las que hay que saber comportarse, lo mismo que hay conversaciones serias (por ejemplo, sobre los estudios).
Realiza, de vez en cuando, una "supernoche familiar": podéis juntaros en la sala de estar contando historias, chistes, comiendo palomitas... Será muy divertido. Los más atrevidos pueden, incluso, acabar durmiendo allí en colchones o en sacos de dormir.
Los hijos necesitan un ambiente en el que, habitualmente, se esté de buen humor. Y, cuando no es así, ese hogar va cayendo poco a poco en un sopor parecido a la tristeza, que nunca es productiva ni libera en nada de los problemas.
Buen humor en familia
Existe un dicho que afirma que "los hijos son la alegría del hogar". Y, sin embargo, todos los que tienen hijos pequeños -y no tan pequeños- han experimentado la tensión continua que supone el esfuerzo por educar bien a los hijos.
Puede que estemos tan centrados en ayudarles a portarse correctamente, a adquirir buenos hábitos que nos olvidemos que también necesitan bromear y reír..,a carcajada limpia.
Efectivamente, nuestros hijos necesitan autoridad y disciplina, pero la infancia también necesita un tiempo para reírse. Casi puede decirse que nuestros hijos se encuentran en la edad de la risa: fácil, espontánea, continua, por naderías... feliz.
Se encuentran en el período sensitivo para hacer del buen humor una forma de ser, una postura ante la vida.
Fomentárselo les ayudará a contar con recursos para superar problemas y disgustos.
Nuestros hijos han de ser capaces de enfrentarse a las dificultades de la vida, pero también han de ser capaces de recordar su infancia como una época feliz, unos años de risas continuas (junto a nuestra exigencia, que también es igual de necesaria). Y, para ello, hay que aprender a reírse en familia.
Hogares poco risueños
Los hijos necesitan un ambiente en el que, habitualmente, se esté de buen humor. Y, cuando no es así, ese hogar va cayendo poco a poco en un sopor parecido a la tristeza, que nunca es productiva ni libera en nada de los problemas.
Probablemente, no existan ya las severas familias decimonónicas que aparecen en las novelas de Charles Dickens, en las que las risas estaban prohibidas y se consideraban como algo casi profano.
Sin embargo, sí podremos reconocernos más en aquellos padres que llegan cansados de trabajar y que lo único que les apetece es ver el partido de la televisión, leer el periódico o limpiar la pipa.
O aquellos padres, quizá ya por encima de la cuarentena, que piensan que lo de jugar y reír son los hijos ya ha pasado para ellos. O aquellos padres, buenos, tranquilos, nada gruñones... pero serios habitualmente que no suelen sonreír.
Divertirse
Pero para ganarse el afecto de los hijos es necesario que nosotros colguemos los problemas en el perchero, al entrar a casa.
Y lo mismo que nos proponemos besar a nuestra mujer o marido al llegar, también nos decidamos a sonreír.
Estar de buen humor no cuesta tanto y, además, es mucho más gratificante. Hay que esforzarse por sonreír, aunque a veces se haga difícil. Así acabarápor enraizarse en el carácter un sólido sentido del humor.
En definitiva, los hijos aman a aquellos que tienen tiempo no sólo para enseñarles, sino para divertirse con ellos. Por lo tanto, podemos buscar las mil y una ocasiones que presta la vida normal para convertirlas en carcajadas, es decir, para reírnos con nuestros hijos.
¿Cómo reir?
Cuando nuestros hijos eran más pequeños, incluso ya de bebés, nosotros les enseñamos a reír al hacerles caricias, cosquillas, masajes y cucamonas... Pues nosotros somos los mismos y ellos también, y quizáahora, con ocho o diez años, les sigan haciendo gracia esa mueca vuestra especial (cada uno tiene la suya), o veros despeinados.
Es el momento de continuar riéndose en familia, con más frecuencia y con las más simples "tonterías": ante las preguntas impertinentes o ingenuas de los pequeños, ante el desastroso resultado de un pastel casero preparado por ellos, en los viajes jugando a "el novio de Martita se parecerá al hombre que conduce el próximo coche"... Ver a sus padres riendo habitualmente -y serios y preocupados cuando haga falta, aunque sin perder la serenidad- les ayudará a adquirir las bases de una personalidad segura.
Humoristas profesionales
Los hijos son unos excelentes humoristas y tienen siempre muchas ganas de reír. Podemos aprovecharnos de esta característica continuamente. Una situación tirante, puede solucionarse con un gesto del padre simulando la terquedad del hijo o una frase maliciosa de la madre.
Muchas veces un rasgo de humor servirá para salvaguardar el tesoro de la autoridad al no tener que ejercerla. El humor sirve para relajar un ambientetenso y pone aceite lubricante al engranaje de la autoridad.
No pensemos que debemos ser muy ocurrentes y graciosos, o que nos pasemos todo el día contándonos chistes. Pero buscar, de vez en cuando, frases amables y divertidas, comparaciones precisas y oportunas, y hasta tratar de imitar sus actitudes, puede servirnos para que ellos comprueben lo desfasado y hasta
ridículo de muchos de sus comportamientos.
Por otro lado, tampoco puede acomplejarnos la realidad de nuestra carencia de dotes interpretativas y agudeza mental para contar chistes, o acertar con un gesto o frase. Actuamos ante un público predispuesto a favor.
Con confianza
El ambiente risueño es propicio a la confianza y a la confidencia. Quizá así podamos entrar en intimidades que de otra forma nos serían vedadas. Además, el humorismo nos permite siempre una salida airosa en nuestras reprimendas o castigos: el humor es un signo visible de cariño, que se trasluce en el deseo de hacer llegar suavemente un mensaje.
Porque la alegría y el optimismo de nuestro hogar
deben asentarse en el amor.
En resumen....
Siempre hay "momentos tontos" a lo largo del día (viajes, colas en la tienda) que puedes aprovechar para hacer reír los hijos, recordando anécdotas divertidas, contando algún chiste, diciendo alguna frase ocurrente...
Sorprende a tus hijos con "locuras": actúa como Romeo y Julieta con tu mujer o marido, pon voces raras imitando a ciertos personajes o gasta alguna broma en la cena.
No hace falta gastarse dinero para divertirse; podeis pedir prestada una tienda de campaña o iros a acampar al monte; o pelearos con globos de agua en verano.
El humor y el optimismo son factores formidables para avivar la inteligencia. Propón a tus hijos que organicen ellos una salida familiar, o una tarde especial... pero estate también dispuesto a aguantar de todo con sonrisa y buen humor.
Puede ocurrir que los chistes que cuenten los hijos no te hagan gracia. Al menos, puedes intentar escucharlos y reírte para que poco a poco vayan aprendiendo a soltarse. Es un buen medio para que se acostumbren a hablar en público.
Hay que enseñarles a disfrutar de las cosas sencillas y cotidianas presentes en la vida. Hacer de un simple paseo dominical toda una aventura, disfrutar de la conversación o de una cena... Para todo ello, hay que pasarlo bien en familia.
También hay que dejarles claro que la vida no es sólo reírse a todas horas; hay situaciones (visitas, momentos de descanso) en las que hay que saber comportarse, lo mismo que hay conversaciones serias (por ejemplo, sobre los estudios).
Realiza, de vez en cuando, una "supernoche familiar": podéis juntaros en la sala de estar contando historias, chistes, comiendo palomitas... Será muy divertido. Los más atrevidos pueden, incluso, acabar durmiendo allí en colchones o en sacos de dormir.
Los hijos necesitan un ambiente en el que, habitualmente, se esté de buen humor. Y, cuando no es así, ese hogar va cayendo poco a poco en un sopor parecido a la tristeza, que nunca es productiva ni libera en nada de los problemas.
miércoles, 6 de agosto de 2008
18.7.- EDUCAR EN VIRTUDES
No basta con educar en valores, al estilo de Jesucristo, estamos llamados a educar en virtudes.
Educar en virtudes, una guía para encontrar a Dios
La apelación continua a la educación en valores me deja habitualmente bastante perpleja. Ya entiendo que esta expresión, educación en valores, que se utiliza con frecuencia en los idearios de colegios e instituciones educativas católicas, en grupos de formación y catequesis, en los programas políticos, sociológicos, pastorales, no tiene un significado único. Pero en cualquier caso me parecía y me parece que ´´le falta algo a esto de educar en valores´´, y que no es ése el ideal educativo más completo de los católicos. Después de haber releído documentos del Magisterio y de las ciencias de la educación, después de haber hablado con personas con experiencia en este precioso campo, me atrevo a replicar, con el deseo de remover las conciencias de padres y educadores, que nosotros hemos de proponernos algo más que educar en valores. Al estilo de Jesucristo, estamos llamados a educar en virtudes.
El arzobispo de Pamplona, Fernando Sebastián, predica insistentemente en homilías, conferencias y visitas pastorales que los niños y jóvenes necesitan recibir de sus padres, educadores, catequistas, un testimonio claro de las virtudes a las que están llamados para desarrollar la vida nueva recibida en el Bautismo. No hay que tener miedo a proponerles y a vivir ante ellos la generosidad, la castidad, la humildad, la obediencia, el perdón, la sobriedad y la alegría. Hemos de atender este llamamiento de nuestro arzobispo. En su Carta desde la fe publicada en LA VERDAD el pasado 24 de abril, bajo el título de Educar, tarea urgente, nuestro arzobispo subraya que ´´es muy posible que las deficiencias actuales de la educación sean una de las cosas más negativas de nuestra sociedad y de nuestra Iglesia´´. Estas deficiencias se originan ya en la familia, crecen en la escuela, se amplían en la vida social y se consolidan con las debilidades y las omisiones de la educación religiosa... para los cristianos, Jesucristo es el educador principal e indispensable... punto de partida de la más depurada educación... nos ofrece por su Iglesia lo mejor de la conciencia humana, su conocimiento verdadero y definitivo de Dios, su manera de acoger y tratar a las personas, su forma de entender y valorar el mundo en las circunstancias más variadas de la vida... y la manera de hacerlo correctamente en libertad y justicia, amor y misericordia´´.
Hemos de educar como educaba Cristo, trabajar y rezar pidiendo para los niños y para nosotros, sus educadores, la gracia de convertirnos en verdaderos hijos de Dios, semejantes a Jesucristo en sus sentimientos, pensamientos y actuaciones. Eso es la educación en virtudes.
Pero ¿cuál es el problema? ¿Qué diferencia hay entre educar en valores y educar en virtudes? No hablamos de expresiones, sino del fondo del problema educativo el problema es grave, creo, pues la diferencia es abismal.
Diferencia en el contenido
La educación de toda la vida en nuestros países católicos, esto es, la educación en virtudes, sabía con certeza cuáles eran las virtudes a enseñar, pues éstas estaban inscritas en la naturaleza humana, y reafirmadas en el Evangelio, la Tradición y el Magisterio de la Iglesia. En nuestro Catecismo, en los números 1803-1832, se explica cada una de ellas: la fe, esperanza y caridad; la fortaleza, justicia, prudencia y templanza. Las virtudes son los hábitos, los modos de actuar contrarios a los pecados, a los vicios: humildad, generosidad, diligencia, sobriedad, paciencia, castidad. Además, las virtudes son perfeccionadas por los dones del Espíritu Santo, que llevan a su perfección estas virtudes, haciendo a la persona dócil para seguir los impulsos de la gracia.
Esto de los valores, en cambio, tiene más matices, es más relativo, pues los valores cambian o pueden cambiar en función de las culturas, las épocas, las condiciones de las personas a quienes se han de transmitir. No es sencillo decidir qué valores enseñar; en muchos casos los valores son sólo algunos aspectos de las virtudes, aparentemente al margen de ellas: la solidaridad o la tolerancia son aplicaciones de la caridad y de la generosidad; el optimismo y la alegría son frutos de la esperanza, de la fe; la responsabilidad y la laboriosidad son concreciones de la caridad, de la diligencia. Pero no se habla de las antiguas virtudes, sino de los nuevos valores. A fin de cuentas, consciente o inconscientemente, reina el relativismo llevado a la educación. Y lo peor de todo: la educación en valores no llega a producir buenos resultados; al contrario, vemos aumentar de año en año los problemas derivados de una educación defectuosa en jóvenes y adultos -alcoholismo, drogadicción, vandalismo, fracaso escolar, violencia doméstica, etc-. Se ´´salvan´´ sólo aquellos que reciben en su familia, o en otros ámbitos educativos, una educación en virtudes sólidas que contrarresta la debilidad y relatividad de la educación en valores.
Diferencia en los medios
La educación en valores no necesita a Dios para nada. Puede ser adoptada por colegios católicos, budistas o musulmanes, por la UNESCO y la UNICEF, por educadores ateos, por familias integradas o desestructuradas, por programas políticos de todos los partidos, de ultraderecha, democristianos, socialistas, ecologistas. Cierto es que en los idearios de los colegios católicos los valores suelen referirse a los valores evangélicos, a Cristo, a la Iglesia. Pero en sí misma, la expresión educación en valores proviene más bien de un sincretismo ateo o panteísta, que, por otra parte, encuentra muy difícil aplicación, como vemos por sus frutos.
En cambio la educación en virtudes tiene en cuenta la primacía de la gracia, la libertad del hombre, su verdad antropológica de criatura dependiente de Dios, caída y redimida por Cristo. Y los medios para lograr educar en virtudes a niños, jóvenes y adultos son los de siempre: oración, sacramentos, ejercicio de virtudes. La sinergia de la gracia de Dios y la libertad del hombre. Estos medios sí han producido frutos buenos: los santos son la prueba de que la educación en virtudes funciona. Que se lo digan a los pueblos evangelizados por Fray Juan de Zumárraga o por San Francisco Javier, a los discípulos de San Juan de Ávila o de Santa Micaela del Santísimo Sacramento, a los alumnos de San Juan Bosco o de Santa Edith Stein, a los feligreses del San Juan María Vianney o de San Pío X.
En realidad, a mi juicio, muchos de los educadores que hablan de educar en valores en realidad están a favor de la educación en virtudes. Pero ¿por qué no lo dicen?, ¿por qué se apuntan a la moda de la educación en valores? No se trata sólo del desarrollo humano de los valores que hoy estén en boga. Aspiramos el desarrollo del hombre nuevo nacido en el bautismo, hasta la plenitud de las virtudes cristianas. Santo Tomás afirma que la educación cristiana es la ´´promoción y conducción de la prole al estado perfecto del hombre en cuanto hombre, que es el estado de virtud´´.
Esa es la cuestión de fondo, entender y aceptar que en la obra educativa se busca la formación en virtudes. Sólo de ese modo, niños, jóvenes y adultos encontrarán facilidad para llevar una vida moralmente buena, ordenando sus pasiones, controlando sus actos y superando con alegría los obstáculos que le impiden la consecución del bien. (Cf. Antonio Amado, La educación cristiana, Ed. Balmes, Barcelona 1999, pp. 100 y siguientes).
Juan Pablo II, en el discurso sobre la educación católica de 30 de mayo de 1998 que reproducía el dossier de LA VERDAD al que antes me refería, explicaba que ´´como otras instituciones educativas, las escuelas católicas transmiten conocimientos y promueven el desarrollo humano de sus estudiantes. Sin embargo, como subraya el Concilio, la escuela católica hace algo más. Su nota característica es crear un ámbito de comunidad escolar animado por el espíritu evangélico de libertad y amor, ayudar a los adolescentes a que, al mismo tiempo que se desarrolla su propia persona, crezcan según la nueva criatura en que por el bautismo se han convertido... cada disciplina no presenta sólo un saber por adquirir, sino también valores por asimilar y verdades por descubrir´´.
De aquí la identificación expresa que, con esperanza y alegría, vemos en algunos idearios de instituciones católicas. Esta identificación supone, a mi modo de ver, que tanto el conocimiento de estos valores-virtudes, como su adquisición, van a ser llevados a cabo contando con los medios precisos para ello: la lectura del evangelio y la recepción de la gracia de Dios por la práctica de los sacramentos, el ejemplo de padres y maestros y el conocimiento de los ejemplos de los santos, el estímulo y la corrección con la verdad y la caridad por delante, el cuidado de cada persona y la perseverancia en este objetivo de formar niños, jóvenes y adultos católicos. Un ejemplo:
´´Educar en valores es educar en virtudes. El valor es lo que se descubre como valioso y pide simplemente ser descubierto y contemplado. Sin embargo, la virtud exige su realización por parte del sujeto. No basta contemplarlo: hay que conseguirlo. La frase educar en valores esquiva la tarea más dura. El término virtud expresa con claridad el sentido educativo, dinámico, de esas realidades valiosas, es decir, la necesidad de intervenir activamente para que se produzcan en nosotros... para que esta transmisión de valores-virtudes cale en el alumnado, antes tiene que asimilarla el profesorado y en primer lugar los padres... el proyecto educativo señala los siguientes: orden, sinceridad, decoro, libertad, trabajo bien hecho, fortaleza, generosidad, hábitos cívico-sociales, respeto, tolerancia, solidaridad, educación sexual, religiosidad, alegría´´ (Ideario Colegio Irabia, III).
En el fondo, se trata de la eterna lucha: con Dios o sin Dios. Educar en valores es muy difícil, porque se apoya básicamente en las capacidades intelectuales y volitivas del niño-joven-adulto dejados solos. Sin Dios, en definitiva. Pero es que sin Dios no hay modo de conocer y practicar esos valores. ¿Por qué voy yo a ser solidario con quienes poseen menos riquezas que yo? Sólo seré solidario-caritativo con ellos si les reconozco como hermanos e hijos del mismo Padre y por ello cultivo la caridad y la paciencia. ¿Y cómo voy a ser ordenado en casa y responsable en el colegio si no soy advertido y ayudado a superar el egoísmo y la pereza? ¿Y cómo se consigue esto sin la gracia que me llega del sacramento de la Penitencia, de oración en que pida a Dios que me dé un corazón manso y humilde como el suyo, del trabajo de padres, maestros, educadores que me escuchen, me hagan pensar, me exijan con paciencia y perseverancia, me presenten a Jesucristo, la Virgen María y los santos como modelos de vida? Con Dios, iluminados por la fe y movidos por la caridad, es posible. Educar en virtudes es mucho más sencillo, pues es educar según la naturaleza verdadera del hombre, y con la gracia de Dios, y ´´para Dios nada hay imposible´´.
Con Dios o sin Dios
Déjenme terminar el tema con un tercer artículo. En el segundo dejé escrito: ´´en el fondo, se trata de la eterna lucha: con Dios o sin Dios´´. Parece duro, pero así es. Sólo así llegamos al fondo del tema. Normalmente quienes hoy hablan de ´´educar en valores´´ no mencionan a Dios, ni a Cristo Salvador, ni al pecado original, que trae al hombre tan atontado y debilitado, ni a la necesidad de la gracia para poder conocer los verdaderos valores y, más aún, para poder vivirlos. Pero todo eso no es más que la manifestación actual de la vieja y perpetua herejía del pelagianismo, del voluntarismo puro y duro, del naturalismo, de la herejía que más daña hoy al pueblo cristiano. Aunque por la educación se llegue a transmitir el conocimiento de los verdaderos valores, cosa harto dudosa, ¿con eso ya está hecho todo? ¿Cómo podrá el niño, el joven, el adulto vivir esos valores sin la gracia de Cristo, es decir, sin las virtudes?
Desde luego, no parece otra cosa que un voluntarismo ciego predicar los valores morales que enseñó Cristo, como la verdad, la libertad, la justicia, la solidaridad, la paz, sin afirmar que Cristo Salvador es el único que hace posible vivir por su Espíritu Santo éstos y todos los demás valores. Pues bien, ¡al menos los católicos vinculemos siempre valores y virtudes!
Los cristianos hemos de afirmar, como lo hicieron los apóstoles, como lo han hecho todos los santos, que Cristo mismo es la verdad (Jn 14,6), de modo que sin Él lo más que podemos hacer es perdernos en los errores que el Padre de la mentira extiende como puede, en todas las épocas de la historia, y en todos los lugares del mundo. Los cristianos tenemos que reiterar una y otra vez que sólo Cristo nos da la libertad (Gál 5,1) y la justicia que procede de Dios (Flp 3,9). Los cristianos creemos y debemos anunciar aquí y ahora que la solidaridad, el respeto y la colaboración sólo son realidades cuando recibimos de Cristo el don de la caridad, el Espíritu Santo (Rm 5,5). Los cristianos hemos de saber y proclamar que solamente Cristo es nuestra paz (Ef 2,14) ( Cf. José María Iraburu, Sacralidad y secularización, Fund. GRATIS DATE, Pamplona 1996, pp. 35-36)
El beato Papa Juan XXIII lo expresaba con gran sencillez: ´´Cristo radiante siempre en el centro de la historia y de la vida. Los hombres están con Él y con su Iglesia, y en tal caso gozan de la luz, de la bondad, del orden y de la paz, o bien están sin Él o contra Él y deliberadamente contra su Iglesia, con la consiguiente confusión y aspereza en las relaciones humanas y con persistentes peligros de guerras fraticidas´´ (Discurso apertura Concilio Vaticano II, 11-10-1962).
En estos dos siglos pasados hemos conocido los desastres humanos y sociales derivados de los sucesivos regímenes fundamentados en el voluntarismo, empeñados en conseguir personas y sociedades perfectas sin apoyarse en Dios -liberalismo, comunismo, fascismo, nazismo-. Pablo VI acudía a la gran fuerza de persuasión que es la experiencia: ´´por sus frutos los conoceréis´´, reclamando que los proyectos personales, familiares, políticos y sociales necesitan a Cristo Salvador: ´´sin Mí no podéis hacer nada´´.
´´Sería suficiente una simple reflexión sobre la experiencia histórica de ayer y de hoy para convenceros de que las virtudes humanas desarrolladas sin el carisma cristiano pueden degenerar en los vicios que las contradicen. El hombre que se hace gigante sin la animación espiritual, cristiana, se derrumba por su propio peso. Carece de la fuerza moral que le hace hombre de verdad, carece de la capacidad de juzgar acerca de la jerarquía de valores, carece de razones trascendentales que motiven de modo estable estas virtudes y carece, en definitiva, de la verdadera conciencia de sí mismo, de la vida, de sus porqué y de su destino (Discurso de Navidad, 1969).
Un ejemplo real, de entre tantos ´´experimentos´´, lo encontramos en el ambicioso programa Living Values, an educational program, propuesto por la UNICEF y la UNESCO, y que ofrece en http://www.livingvalues.net/espanol/index.html material para padres, maestros y otros formadores, en todos los continentes. Este programa para Vivir los Valores, en principio, parece responder a unos propósitos buenos: proporcionar ´´principios guía y herramientas para el desarrollo integral de la persona, reconociendo su dimensión física, intelectual, emocional y espiritual´´, ´´una educación mundial basada en los valores, tanto en los países en vías de desarrollo como en los desarrollados´´. Pero es imposible que logren tan anhelados deseos, pese a todos los medios humanos que a su alcance pongan, sin Dios.
Para educar en la caridad y en todas las virtudes-valores surgen y perseveran iniciativas que utilizan también todos los medios de comunicación puestos a nuestro alcance por el Señor.
Vuelvo al punto de partida: ´´en el fondo, se trata de la eterna lucha: con Dios o sin Dios´´. ¿Qué puede hacer realmente el hombre sin Cristo Salvador? ¿Cómo puede superar la miseria del pecado que, desde que nace, marca su alma y su cuerpo?
Recordemos aquella meditación de Ovidio, poeta latino del siglo I, que le llevaba a un callejón sin salida conocida: ´´video meliora, proboque, sed deteriora sequor´´ (Metamorfosis VII,19). Veo lo mejor, conozco los valores, los apruebo, pero luego hago lo peor. ¿Puede el hombre, en esas condiciones, que son perennes y universales, salvarse a sí mismo? ¿Hay salvación sin Dios?
Esa misma experiencia humana verdadera, expresada por el pagano Ovidio, la hallamos en el Apóstol judío San Pablo: ´´no sé lo que hago: el bien que aprecio no lo hago, y hago el mal que aborrezco... Es el pecado que mora en mí ´´ (Cf. Rom 7,15-17) (Nota: confieso humildemente que no conozco los textos de Ovidio. El que he citado aparece en el comentario de Rom 7 en BAC 211, pg. 240).
Esta verdad es lo que no puede olvidar ningún programa que pretenda educar, educar para la convivencia, educar en armonía interior, educar en valores o educar en virtudes. No se olvide nunca que existe el pecado original, y que para conseguir que en la vida personal, familiar y social reinen estos valores-virtudes se ha de contar con Cristo salvador. No se olvide nunca, ni intelectual ni prácticamente, lo que afirmaba el Vaticano II: ´´el hombre debe combatir continuamente contra los poderes de las tinieblas, para adherirse al bien, y sólo con la ayuda de la gracia de Dios, es capaz de lograr la unidad en sí mismo (Cf. Gaudium et Spes 37,2).
O lo que Juan Pablo II afirmaba con rotundidad: ´´El hombre, creado para la libertad, lleva dentro de sí la herida del pecado original que lo empuja continuamente hacia el mal y hace que necesite la redención. Esta doctrina no sólo es parte integrante de la revelación cristiana, sino que tiene también un gran valor hermenéutico, en cuanto ayuda a comprender la realidad humana. El hombre tiende hacia el bien, pero es también capaz del mal. Ignorar que el hombre posee una naturaleza herida, inclinada al mal, da lugar a graves errores en el campo de la educación, de la política, de la acción social y de las costumbres. Cuando los hombres se creen en posesión del secreto de una organización social perfecta que hace imposible el mal, que puede construir el paraíso en este mundo, el hombre trata de suplantar a Dios. Gracias al sacrificio de Cristo en la cruz, la victoria del Reino de Dios ha sido conquistada de una vez para siempre; sin embargo, la condición cristiana exige la lucha contra las tentaciones y las fuerzas del mal´´ (Cf. Centessimus Annus, 25).
Ciertamente nuestra sociedad sufre muchos males -guerras fraticidas, injusticia social, fracaso escolar, familias rotas, violencia en las calles y en las casas, corrupción política o judicial-. Pero no podrá superar esos males terribles si no se vuelve a predicar en todos los ámbitos educativos la necesidad de las virtudes, la existencia del pecado original, y sobre todo la presencia salvadora junto a nosotros de Jesucristo, ´´camino, verdad y vida´´.
Educar en virtudes, una guía para encontrar a Dios
La apelación continua a la educación en valores me deja habitualmente bastante perpleja. Ya entiendo que esta expresión, educación en valores, que se utiliza con frecuencia en los idearios de colegios e instituciones educativas católicas, en grupos de formación y catequesis, en los programas políticos, sociológicos, pastorales, no tiene un significado único. Pero en cualquier caso me parecía y me parece que ´´le falta algo a esto de educar en valores´´, y que no es ése el ideal educativo más completo de los católicos. Después de haber releído documentos del Magisterio y de las ciencias de la educación, después de haber hablado con personas con experiencia en este precioso campo, me atrevo a replicar, con el deseo de remover las conciencias de padres y educadores, que nosotros hemos de proponernos algo más que educar en valores. Al estilo de Jesucristo, estamos llamados a educar en virtudes.
El arzobispo de Pamplona, Fernando Sebastián, predica insistentemente en homilías, conferencias y visitas pastorales que los niños y jóvenes necesitan recibir de sus padres, educadores, catequistas, un testimonio claro de las virtudes a las que están llamados para desarrollar la vida nueva recibida en el Bautismo. No hay que tener miedo a proponerles y a vivir ante ellos la generosidad, la castidad, la humildad, la obediencia, el perdón, la sobriedad y la alegría. Hemos de atender este llamamiento de nuestro arzobispo. En su Carta desde la fe publicada en LA VERDAD el pasado 24 de abril, bajo el título de Educar, tarea urgente, nuestro arzobispo subraya que ´´es muy posible que las deficiencias actuales de la educación sean una de las cosas más negativas de nuestra sociedad y de nuestra Iglesia´´. Estas deficiencias se originan ya en la familia, crecen en la escuela, se amplían en la vida social y se consolidan con las debilidades y las omisiones de la educación religiosa... para los cristianos, Jesucristo es el educador principal e indispensable... punto de partida de la más depurada educación... nos ofrece por su Iglesia lo mejor de la conciencia humana, su conocimiento verdadero y definitivo de Dios, su manera de acoger y tratar a las personas, su forma de entender y valorar el mundo en las circunstancias más variadas de la vida... y la manera de hacerlo correctamente en libertad y justicia, amor y misericordia´´.
Hemos de educar como educaba Cristo, trabajar y rezar pidiendo para los niños y para nosotros, sus educadores, la gracia de convertirnos en verdaderos hijos de Dios, semejantes a Jesucristo en sus sentimientos, pensamientos y actuaciones. Eso es la educación en virtudes.
Pero ¿cuál es el problema? ¿Qué diferencia hay entre educar en valores y educar en virtudes? No hablamos de expresiones, sino del fondo del problema educativo el problema es grave, creo, pues la diferencia es abismal.
Diferencia en el contenido
La educación de toda la vida en nuestros países católicos, esto es, la educación en virtudes, sabía con certeza cuáles eran las virtudes a enseñar, pues éstas estaban inscritas en la naturaleza humana, y reafirmadas en el Evangelio, la Tradición y el Magisterio de la Iglesia. En nuestro Catecismo, en los números 1803-1832, se explica cada una de ellas: la fe, esperanza y caridad; la fortaleza, justicia, prudencia y templanza. Las virtudes son los hábitos, los modos de actuar contrarios a los pecados, a los vicios: humildad, generosidad, diligencia, sobriedad, paciencia, castidad. Además, las virtudes son perfeccionadas por los dones del Espíritu Santo, que llevan a su perfección estas virtudes, haciendo a la persona dócil para seguir los impulsos de la gracia.
Esto de los valores, en cambio, tiene más matices, es más relativo, pues los valores cambian o pueden cambiar en función de las culturas, las épocas, las condiciones de las personas a quienes se han de transmitir. No es sencillo decidir qué valores enseñar; en muchos casos los valores son sólo algunos aspectos de las virtudes, aparentemente al margen de ellas: la solidaridad o la tolerancia son aplicaciones de la caridad y de la generosidad; el optimismo y la alegría son frutos de la esperanza, de la fe; la responsabilidad y la laboriosidad son concreciones de la caridad, de la diligencia. Pero no se habla de las antiguas virtudes, sino de los nuevos valores. A fin de cuentas, consciente o inconscientemente, reina el relativismo llevado a la educación. Y lo peor de todo: la educación en valores no llega a producir buenos resultados; al contrario, vemos aumentar de año en año los problemas derivados de una educación defectuosa en jóvenes y adultos -alcoholismo, drogadicción, vandalismo, fracaso escolar, violencia doméstica, etc-. Se ´´salvan´´ sólo aquellos que reciben en su familia, o en otros ámbitos educativos, una educación en virtudes sólidas que contrarresta la debilidad y relatividad de la educación en valores.
Diferencia en los medios
La educación en valores no necesita a Dios para nada. Puede ser adoptada por colegios católicos, budistas o musulmanes, por la UNESCO y la UNICEF, por educadores ateos, por familias integradas o desestructuradas, por programas políticos de todos los partidos, de ultraderecha, democristianos, socialistas, ecologistas. Cierto es que en los idearios de los colegios católicos los valores suelen referirse a los valores evangélicos, a Cristo, a la Iglesia. Pero en sí misma, la expresión educación en valores proviene más bien de un sincretismo ateo o panteísta, que, por otra parte, encuentra muy difícil aplicación, como vemos por sus frutos.
En cambio la educación en virtudes tiene en cuenta la primacía de la gracia, la libertad del hombre, su verdad antropológica de criatura dependiente de Dios, caída y redimida por Cristo. Y los medios para lograr educar en virtudes a niños, jóvenes y adultos son los de siempre: oración, sacramentos, ejercicio de virtudes. La sinergia de la gracia de Dios y la libertad del hombre. Estos medios sí han producido frutos buenos: los santos son la prueba de que la educación en virtudes funciona. Que se lo digan a los pueblos evangelizados por Fray Juan de Zumárraga o por San Francisco Javier, a los discípulos de San Juan de Ávila o de Santa Micaela del Santísimo Sacramento, a los alumnos de San Juan Bosco o de Santa Edith Stein, a los feligreses del San Juan María Vianney o de San Pío X.
En realidad, a mi juicio, muchos de los educadores que hablan de educar en valores en realidad están a favor de la educación en virtudes. Pero ¿por qué no lo dicen?, ¿por qué se apuntan a la moda de la educación en valores? No se trata sólo del desarrollo humano de los valores que hoy estén en boga. Aspiramos el desarrollo del hombre nuevo nacido en el bautismo, hasta la plenitud de las virtudes cristianas. Santo Tomás afirma que la educación cristiana es la ´´promoción y conducción de la prole al estado perfecto del hombre en cuanto hombre, que es el estado de virtud´´.
Esa es la cuestión de fondo, entender y aceptar que en la obra educativa se busca la formación en virtudes. Sólo de ese modo, niños, jóvenes y adultos encontrarán facilidad para llevar una vida moralmente buena, ordenando sus pasiones, controlando sus actos y superando con alegría los obstáculos que le impiden la consecución del bien. (Cf. Antonio Amado, La educación cristiana, Ed. Balmes, Barcelona 1999, pp. 100 y siguientes).
Juan Pablo II, en el discurso sobre la educación católica de 30 de mayo de 1998 que reproducía el dossier de LA VERDAD al que antes me refería, explicaba que ´´como otras instituciones educativas, las escuelas católicas transmiten conocimientos y promueven el desarrollo humano de sus estudiantes. Sin embargo, como subraya el Concilio, la escuela católica hace algo más. Su nota característica es crear un ámbito de comunidad escolar animado por el espíritu evangélico de libertad y amor, ayudar a los adolescentes a que, al mismo tiempo que se desarrolla su propia persona, crezcan según la nueva criatura en que por el bautismo se han convertido... cada disciplina no presenta sólo un saber por adquirir, sino también valores por asimilar y verdades por descubrir´´.
De aquí la identificación expresa que, con esperanza y alegría, vemos en algunos idearios de instituciones católicas. Esta identificación supone, a mi modo de ver, que tanto el conocimiento de estos valores-virtudes, como su adquisición, van a ser llevados a cabo contando con los medios precisos para ello: la lectura del evangelio y la recepción de la gracia de Dios por la práctica de los sacramentos, el ejemplo de padres y maestros y el conocimiento de los ejemplos de los santos, el estímulo y la corrección con la verdad y la caridad por delante, el cuidado de cada persona y la perseverancia en este objetivo de formar niños, jóvenes y adultos católicos. Un ejemplo:
´´Educar en valores es educar en virtudes. El valor es lo que se descubre como valioso y pide simplemente ser descubierto y contemplado. Sin embargo, la virtud exige su realización por parte del sujeto. No basta contemplarlo: hay que conseguirlo. La frase educar en valores esquiva la tarea más dura. El término virtud expresa con claridad el sentido educativo, dinámico, de esas realidades valiosas, es decir, la necesidad de intervenir activamente para que se produzcan en nosotros... para que esta transmisión de valores-virtudes cale en el alumnado, antes tiene que asimilarla el profesorado y en primer lugar los padres... el proyecto educativo señala los siguientes: orden, sinceridad, decoro, libertad, trabajo bien hecho, fortaleza, generosidad, hábitos cívico-sociales, respeto, tolerancia, solidaridad, educación sexual, religiosidad, alegría´´ (Ideario Colegio Irabia, III).
En el fondo, se trata de la eterna lucha: con Dios o sin Dios. Educar en valores es muy difícil, porque se apoya básicamente en las capacidades intelectuales y volitivas del niño-joven-adulto dejados solos. Sin Dios, en definitiva. Pero es que sin Dios no hay modo de conocer y practicar esos valores. ¿Por qué voy yo a ser solidario con quienes poseen menos riquezas que yo? Sólo seré solidario-caritativo con ellos si les reconozco como hermanos e hijos del mismo Padre y por ello cultivo la caridad y la paciencia. ¿Y cómo voy a ser ordenado en casa y responsable en el colegio si no soy advertido y ayudado a superar el egoísmo y la pereza? ¿Y cómo se consigue esto sin la gracia que me llega del sacramento de la Penitencia, de oración en que pida a Dios que me dé un corazón manso y humilde como el suyo, del trabajo de padres, maestros, educadores que me escuchen, me hagan pensar, me exijan con paciencia y perseverancia, me presenten a Jesucristo, la Virgen María y los santos como modelos de vida? Con Dios, iluminados por la fe y movidos por la caridad, es posible. Educar en virtudes es mucho más sencillo, pues es educar según la naturaleza verdadera del hombre, y con la gracia de Dios, y ´´para Dios nada hay imposible´´.
Con Dios o sin Dios
Déjenme terminar el tema con un tercer artículo. En el segundo dejé escrito: ´´en el fondo, se trata de la eterna lucha: con Dios o sin Dios´´. Parece duro, pero así es. Sólo así llegamos al fondo del tema. Normalmente quienes hoy hablan de ´´educar en valores´´ no mencionan a Dios, ni a Cristo Salvador, ni al pecado original, que trae al hombre tan atontado y debilitado, ni a la necesidad de la gracia para poder conocer los verdaderos valores y, más aún, para poder vivirlos. Pero todo eso no es más que la manifestación actual de la vieja y perpetua herejía del pelagianismo, del voluntarismo puro y duro, del naturalismo, de la herejía que más daña hoy al pueblo cristiano. Aunque por la educación se llegue a transmitir el conocimiento de los verdaderos valores, cosa harto dudosa, ¿con eso ya está hecho todo? ¿Cómo podrá el niño, el joven, el adulto vivir esos valores sin la gracia de Cristo, es decir, sin las virtudes?
Desde luego, no parece otra cosa que un voluntarismo ciego predicar los valores morales que enseñó Cristo, como la verdad, la libertad, la justicia, la solidaridad, la paz, sin afirmar que Cristo Salvador es el único que hace posible vivir por su Espíritu Santo éstos y todos los demás valores. Pues bien, ¡al menos los católicos vinculemos siempre valores y virtudes!
Los cristianos hemos de afirmar, como lo hicieron los apóstoles, como lo han hecho todos los santos, que Cristo mismo es la verdad (Jn 14,6), de modo que sin Él lo más que podemos hacer es perdernos en los errores que el Padre de la mentira extiende como puede, en todas las épocas de la historia, y en todos los lugares del mundo. Los cristianos tenemos que reiterar una y otra vez que sólo Cristo nos da la libertad (Gál 5,1) y la justicia que procede de Dios (Flp 3,9). Los cristianos creemos y debemos anunciar aquí y ahora que la solidaridad, el respeto y la colaboración sólo son realidades cuando recibimos de Cristo el don de la caridad, el Espíritu Santo (Rm 5,5). Los cristianos hemos de saber y proclamar que solamente Cristo es nuestra paz (Ef 2,14) ( Cf. José María Iraburu, Sacralidad y secularización, Fund. GRATIS DATE, Pamplona 1996, pp. 35-36)
El beato Papa Juan XXIII lo expresaba con gran sencillez: ´´Cristo radiante siempre en el centro de la historia y de la vida. Los hombres están con Él y con su Iglesia, y en tal caso gozan de la luz, de la bondad, del orden y de la paz, o bien están sin Él o contra Él y deliberadamente contra su Iglesia, con la consiguiente confusión y aspereza en las relaciones humanas y con persistentes peligros de guerras fraticidas´´ (Discurso apertura Concilio Vaticano II, 11-10-1962).
En estos dos siglos pasados hemos conocido los desastres humanos y sociales derivados de los sucesivos regímenes fundamentados en el voluntarismo, empeñados en conseguir personas y sociedades perfectas sin apoyarse en Dios -liberalismo, comunismo, fascismo, nazismo-. Pablo VI acudía a la gran fuerza de persuasión que es la experiencia: ´´por sus frutos los conoceréis´´, reclamando que los proyectos personales, familiares, políticos y sociales necesitan a Cristo Salvador: ´´sin Mí no podéis hacer nada´´.
´´Sería suficiente una simple reflexión sobre la experiencia histórica de ayer y de hoy para convenceros de que las virtudes humanas desarrolladas sin el carisma cristiano pueden degenerar en los vicios que las contradicen. El hombre que se hace gigante sin la animación espiritual, cristiana, se derrumba por su propio peso. Carece de la fuerza moral que le hace hombre de verdad, carece de la capacidad de juzgar acerca de la jerarquía de valores, carece de razones trascendentales que motiven de modo estable estas virtudes y carece, en definitiva, de la verdadera conciencia de sí mismo, de la vida, de sus porqué y de su destino (Discurso de Navidad, 1969).
Un ejemplo real, de entre tantos ´´experimentos´´, lo encontramos en el ambicioso programa Living Values, an educational program, propuesto por la UNICEF y la UNESCO, y que ofrece en http://www.livingvalues.net/espanol/index.html material para padres, maestros y otros formadores, en todos los continentes. Este programa para Vivir los Valores, en principio, parece responder a unos propósitos buenos: proporcionar ´´principios guía y herramientas para el desarrollo integral de la persona, reconociendo su dimensión física, intelectual, emocional y espiritual´´, ´´una educación mundial basada en los valores, tanto en los países en vías de desarrollo como en los desarrollados´´. Pero es imposible que logren tan anhelados deseos, pese a todos los medios humanos que a su alcance pongan, sin Dios.
Para educar en la caridad y en todas las virtudes-valores surgen y perseveran iniciativas que utilizan también todos los medios de comunicación puestos a nuestro alcance por el Señor.
Vuelvo al punto de partida: ´´en el fondo, se trata de la eterna lucha: con Dios o sin Dios´´. ¿Qué puede hacer realmente el hombre sin Cristo Salvador? ¿Cómo puede superar la miseria del pecado que, desde que nace, marca su alma y su cuerpo?
Recordemos aquella meditación de Ovidio, poeta latino del siglo I, que le llevaba a un callejón sin salida conocida: ´´video meliora, proboque, sed deteriora sequor´´ (Metamorfosis VII,19). Veo lo mejor, conozco los valores, los apruebo, pero luego hago lo peor. ¿Puede el hombre, en esas condiciones, que son perennes y universales, salvarse a sí mismo? ¿Hay salvación sin Dios?
Esa misma experiencia humana verdadera, expresada por el pagano Ovidio, la hallamos en el Apóstol judío San Pablo: ´´no sé lo que hago: el bien que aprecio no lo hago, y hago el mal que aborrezco... Es el pecado que mora en mí ´´ (Cf. Rom 7,15-17) (Nota: confieso humildemente que no conozco los textos de Ovidio. El que he citado aparece en el comentario de Rom 7 en BAC 211, pg. 240).
Esta verdad es lo que no puede olvidar ningún programa que pretenda educar, educar para la convivencia, educar en armonía interior, educar en valores o educar en virtudes. No se olvide nunca que existe el pecado original, y que para conseguir que en la vida personal, familiar y social reinen estos valores-virtudes se ha de contar con Cristo salvador. No se olvide nunca, ni intelectual ni prácticamente, lo que afirmaba el Vaticano II: ´´el hombre debe combatir continuamente contra los poderes de las tinieblas, para adherirse al bien, y sólo con la ayuda de la gracia de Dios, es capaz de lograr la unidad en sí mismo (Cf. Gaudium et Spes 37,2).
O lo que Juan Pablo II afirmaba con rotundidad: ´´El hombre, creado para la libertad, lleva dentro de sí la herida del pecado original que lo empuja continuamente hacia el mal y hace que necesite la redención. Esta doctrina no sólo es parte integrante de la revelación cristiana, sino que tiene también un gran valor hermenéutico, en cuanto ayuda a comprender la realidad humana. El hombre tiende hacia el bien, pero es también capaz del mal. Ignorar que el hombre posee una naturaleza herida, inclinada al mal, da lugar a graves errores en el campo de la educación, de la política, de la acción social y de las costumbres. Cuando los hombres se creen en posesión del secreto de una organización social perfecta que hace imposible el mal, que puede construir el paraíso en este mundo, el hombre trata de suplantar a Dios. Gracias al sacrificio de Cristo en la cruz, la victoria del Reino de Dios ha sido conquistada de una vez para siempre; sin embargo, la condición cristiana exige la lucha contra las tentaciones y las fuerzas del mal´´ (Cf. Centessimus Annus, 25).
Ciertamente nuestra sociedad sufre muchos males -guerras fraticidas, injusticia social, fracaso escolar, familias rotas, violencia en las calles y en las casas, corrupción política o judicial-. Pero no podrá superar esos males terribles si no se vuelve a predicar en todos los ámbitos educativos la necesidad de las virtudes, la existencia del pecado original, y sobre todo la presencia salvadora junto a nosotros de Jesucristo, ´´camino, verdad y vida´´.
miércoles, 30 de julio de 2008
19- EVALUACIÓN PERSONAL
Evaluación. Cuestionarios y formato para elaborar un plan de vida.
1.Dificultades para mi vida familiar
* Cuestionario de autoanálisis personal
* Cuestionario sobre la necesidad de Dirección Espiritual
2.Objetivos de mi familia (valores humanos y cristianos)
* Cuestionario de análisis de matrimonio
* Cuestionario sobre la necesidad de consultoría matrimonial
3.El programa de familia
______________________________________
Cuestionario de autoanálisis personal
¿CÓMO SOY?
1.¿Cuáles son las cualidades más importantes que tengo?
2.¿Cuáles son los defectos más importantes que tengo?
3.¿Qué aspectos de mi vida personal pueden explicar por qué soy así?
4.¿Cuál es mi virtud principal?
5.¿Cuál es mi defecto dominante?
6.¿En qué área (s) de mi persona tengo que trabajar?
Física _____
Intelectual____
Humana____
Emocional_____
Espiritual_____
7.¿Podría ponerme una meta de cambio personal?
Cuestionario sobre la necesidad de Dirección Espiritual
UN ALTO EN EL CAMINO
1.En tu vida personal, ¿qué buscas con verdadero deseo?
2.¿Tienes una clara jerarquía de valores?
3.¿Qué haces para mantenerla?
4.¿Qué tan importante es para ti tu crecimiento espiritual?
5.¿Estás consciente que tú puedes poner los medios para acrecentarlo?
1.Dificultades para mi vida familiar
* Cuestionario de autoanálisis personal
* Cuestionario sobre la necesidad de Dirección Espiritual
2.Objetivos de mi familia (valores humanos y cristianos)
* Cuestionario de análisis de matrimonio
* Cuestionario sobre la necesidad de consultoría matrimonial
3.El programa de familia
______________________________________
Cuestionario de autoanálisis personal
¿CÓMO SOY?
1.¿Cuáles son las cualidades más importantes que tengo?
2.¿Cuáles son los defectos más importantes que tengo?
3.¿Qué aspectos de mi vida personal pueden explicar por qué soy así?
4.¿Cuál es mi virtud principal?
5.¿Cuál es mi defecto dominante?
6.¿En qué área (s) de mi persona tengo que trabajar?
Física _____
Intelectual____
Humana____
Emocional_____
Espiritual_____
7.¿Podría ponerme una meta de cambio personal?
Cuestionario sobre la necesidad de Dirección Espiritual
UN ALTO EN EL CAMINO
1.En tu vida personal, ¿qué buscas con verdadero deseo?
2.¿Tienes una clara jerarquía de valores?
3.¿Qué haces para mantenerla?
4.¿Qué tan importante es para ti tu crecimiento espiritual?
5.¿Estás consciente que tú puedes poner los medios para acrecentarlo?
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