martes, 16 de septiembre de 2008
6.- EL MATRIMONIO-SACRAMENTO
lunes, 15 de septiembre de 2008
6.1.- LA FAMILIA FUNDADA EN EL MATRIMONIO
La familia, antes que lugar de íntima convivencia, antes que organismo nuclear de la sociedad, antes que ser una forma celular tributaria de un modelo socioeconómico, es la revelación al hombre de su propia identidad de hombre. Es el primero, el más específico, el más real y concreto encuentro humano del hombre.” El matrimonio, como la primera y más radical de las instituciones sociales humanas, tiene el poder de generar la vida, concibiéndola y albergándola dentro de una previa humanización de la dualidad sexual. La unión conyugal es así la gran articulación que nos prueba el nexo esencial entre matrimonio y familia. Esto es, la comunión conyugal actúa como núcleo amoroso previo del que surgen articulaciones de consanguinidad, paternidad, maternidad, filiación y fraternidad, constituyendo todo, un conjunto de única comunidad de vida y amor.
La entrega única, total y exclusiva de los esposos y su forma de amar incondicional (es un “te quiero a ti, sólo a ti y para siempre”), se permea a la familia, a sus amigos y finalmente a la sociedad. De ahí su importancia como esperanza para una sociedad más humanizada. ¿Por qué la familia? Tomás Melendo Granados Para querer más… ser mejor Hace algunos meses impartí una conferencia a un grupo de empresarios bastante selecto, bastante internacional… y bastante atípico. Tan atípico como para pedirme, justo como empresarios —lo único que los unía—, que les hablara del amor conyugal. Al terminar la exposición, un mexicano inició algo a caballo entre una pregunta y una reflexión pública: «Si no he entendido mal, la calidad del amor entre los esposos no se juega solo dentro del matrimonio. Quien quiera amar de veras tiene que esforzarse por mejorar en toda su vida».
Un sexto sentido me llevó a contener las ganas de responderle y a permanecer en silencio. Y, en efecto, prosiguió: «Solo si voy siendo mejor persona podré querer más a mi mujer, pues tendré mucho más que darle cada vez que me entregue a ella». Resistí de nuevo la tentación de intervenir… y añadió: «Presiento además que si no encamino ese perfeccionarme a la entrega, en el fondo lo estoy despilfarrando. Y me parece que eso constituye un claro deber: cuanto mejor voy siendo, más obligado estoy a darme a mi mujer y a mis hijos». El silencio se tornó más denso, acaso porque ni por él mismo ni por los que le estaban oyendo —todos volcados en cuerpo y alma en los negocios—, se atrevía a sacar la conclusión inevitable. Pero lo hizo: «Lo cual quiere decir que mi verdadera y más radical realización no la encuentro en la empresa, sino en mi familia».
Una inversión definitiva Audaz, además de agudo. Sabía lo que se estaba jugando y sabía de lo que hablaba: de la necesidad de instaurar una modificación profunda en el modo de entender y vivir las relaciones entre familia y persona (y, como consecuencia, muchas otras, como las propiamente laborales). Durante bastante tiempo, aunque no de manera exclusiva, la necesidad de la familia se ha explicado enfatizando la múltiple y clara precariedad del hombre. Por ejemplo, respecto a la mera supervivencia venía a decirse que, mientras la dotación instintiva permite a los animales manejarse desde muy pronto por sí mismos, el niño abandonado a sus propios recursos perecería inevitablemente. O se aducían razones psicológicas, como la ineludible conveniencia de superar la soledad, de distribuir las funciones en casa, el trabajo o los ámbitos del saber para lograr una mayor eficacia…
Siendo todo esto cierto, me parece que no alcanza el núcleo de la cuestión. Si desde antiguo se considera la persona como lo más perfecto que existe en la naturaleza (perfectissimum in tota natura); si hoy es difícil hablar del ser humano sin subrayar su dignidad y su grandeza… ¿no resulta extraño que los animales no necesiten familia, mientras que al hombre le sea imprescindible solo o principalmente en función de su «inferioridad» respecto a ellos? El cambio radical que pretendo subrayar con estas líneas es que toda persona requiere de la familia justamente en virtud de su eminencia o valía: de lo que en términos metafísicos podría llamarse su excedencia en el ser. Un-ser-para-el-amor Por eso la persona está llamada a darse; por eso puede definirse como principio (y término) de amor… siendo la entrega el acto en que ese amor culmina.
Las plantas y los animales, por su misma escasez de realidad, actúan de forma casi exclusiva para asegurarse la propia pervivencia y la de su especie. Porque gozan de poco ser, cabría decir, tienen que dirigir toda su actividad a conservarlo y protegerlo: se cierran en sí mismos o en su especie en cuanto suya. A la persona, por el contrario, justo por la nobleza que su condición implica, «le sobra ser». De ahí que su operación más propia, precisamente en cuanto persona, consista en darse, en amar. (Y de ahí que solo cuando ama en serio y se entrega sin tasa —«la medida del amor es amar sin medida»—, alcanza la felicidad).
La persona como regalo En esto tenía razón mi contertulio mexicano. Y también al unir esa exigencia de entrega con la familia. Porque para que alguien pueda darse es menester otra realidad capaz y dispuesta a recibirlo o, mejor, a aceptarlo libremente. Y «eso» sólo puede ser otro alguien, otra persona. A menudo explico que, a pesar de la conciencia que solemos tener de la propia pequeñez y de la ruindad de algunos de nuestros pensamientos y acciones, es tanta la grandeza de nuestra condición de personas que nada resulta digno de sernos regalado… excepto otra persona. Cualquier otra realidad, incluso el trabajo o la obra de arte más excelsa, se demuestra escasa para acoger la sublimidad ligada a la condición personal: ni puede ser «vehículo» de mi persona, ni está a la altura de aquella a la que pretendo entregarme. De ahí que, con total independencia de su valor material, el regalo sólo cumple su cometido en la medida en que yo me comprometo —me «integro»— en él. («¿Regalo, don, entrega? / Símbolo puro, signo / de que me quiero dar», escribió magistralmente Salinas).
Pero decía que, además de ser capaz, la otra persona tiene que estar dispuesta a acogerme de manera incondicional: de lo contrario, mi entrega quedaría en mera ilusión, en una especie de aborto. Si nadie me acepta, por más que me empeñe, resulta imposible entregarme (actio est in passo, podría afirmarse tras las huellas de Aristóteles: la acción de la entrega «está» —se cumple o actualiza— en la medida en que el otro me acepta gustoso).
El porqué de la familia, pues bien, el ámbito natural donde se acoge al ser humano sin reservas, por el mero hecho de ser persona, es justo la familia. En cualquier otra institución —en una empresa, pongo por caso— resulta legítimo, y a menudo necesario, que se tengan en cuenta determinadas cualidades o aptitudes, sin que al rechazarme por carecer de ellas se lesione en modo alguno mi dignidad (el igualitarismo que hoy intenta imponerse para «evitar la discriminación» sería aquí lo radicalmente injusto).
Por el contrario, una familia genuina acepta a cada uno de sus miembros teniendo en cuenta, sí, su condición de persona, como el resto de las instituciones (de ahí el famoso precepto kantiano); y además… su condición de persona. Y basta. Y, al acogerlos, les permite entregarse y cumplirse como personas. Por eso cabe afirmar que sin familia no puede haber persona o, al menos, persona cumplida, llevada a plenitud. Y ello, según acabo de sugerir, no primariamente a causa de carencia alguna, sino al contrario, en virtud de la propia excedencia, que «nos obliga» a entregarnos… o quedar frustrados, por no llevar a término lo que demanda nuestra naturaleza, nuestro ser.
Estimo que esta inversión de perspectivas (que no niega la verdad del punto de vista complementario), tiene abundantes repercusiones. Por ejemplo, en el ámbito doméstico, explica que la familia no sea una institución «inventada» para los débiles y desvalidos (niños, enfermos, ancianos…); sino que, al contrario, cuanto más perfección alcanza un ser humano, cuanto más maduro es el padre o la madre, más precisa de su familia, justamente para crecer como persona, dándose y siendo aceptado: amando… con la guardia baja, sin necesidad de «demostrar» nada para ser querido. Una buena teoría… para una vida buena-
Por otra parte, esta forma de comprender a la persona repercute en el modo de legislar, en la política, en el trabajo… Solo si se tiene en cuenta la grandeza impresionante del ser humano podrán establecerse las condiciones para que se desarrolle adecuadamente… y sea feliz.
A menudo se oye que el problema del hombre de hoy es el orgullo de querer ser como Dios. No lo niego. Pero estimo que es más honda la afirmación opuesta: el gran handicap del hombre contemporáneo es la falta de conciencia de su propia valía, que le lleva a tratarse y tratar a los otros de una manera bufa y absurdamente infrahumana. Schelling afirmaba que «el hombre se torna más grande en la medida en que se conoce a sí mismo y a su propia fuerza». Y añadía: «Proveed al hombre de la conciencia de lo que efectivamente es y aprenderá enseguida a ser lo que debe; respetadlo teóricamente y el respeto práctico será una consecuencia inmediata». Para concluir: «el hombre debe ser bueno teóricamente para devenirlo también en la práctica». ¿Exageración de un joven escritor? Estimo que no, si el conocer lo entendemos adecuadamente, de modo que algo no llega a saberse (simplemente a saberse) hasta que uno lo hace vida de la propia vida. En lo estrictamente humano, como quería de nuevo Aristóteles, la teoría —¡encaminada al amor!— ostenta una prioridad absoluta. «Mini-personas»… que ni conocen ni aman Ahora bien, el modelo que rige buena parte de las Constituciones de los países «desarrollados» de nuestro entorno resulta a menudo una suerte de mini-hombre, de persona reducida, casi contrahecha.
Quiero decir que, con más frecuencia de la deseada, al hombre de hoy se le niegan —teórica y vitalmente: en la legislación y en la estructura social— justo las características que definen la grandeza de su humanidad; por ejemplo, la capacidad de conocer, de manera siempre imperfecta, pero real.
Desde tal punto de vista, una democracia auténtica tendría como base, junto con el reconocimiento de la limitación del entendimiento humano, y mucho más fuerte que él, la convicción de que la realidad es cognoscible. Por eso estaría basada en el diálogo auténtico, genuino, de unos ciudadanos persuadidos de que con la suma de las aportaciones de muchos podrán llegar a descubrir lo que cada realidad efectivamente es y, por tanto, el comportamiento que reclama.
Por el contrario, bastantes democracias actuales parecen basarse en un relativismo escéptico: en la casi contradictoria convicción de que la realidad no puede conocerse y, como consecuencia, en la apelación al simple número y, con él, —mientras no se corrija el planteamiento, que puede y debe corregirse— en el más tiránico y sutil de los totalitarismos. ¿Otros ejemplos de lo que acabo de calificar como modelo «constitucional» de mini-persona?
Apenas se concibe que el hombre actual pueda amar a fondo, con un compromiso de por vida, jugándose a cara o cruz, a una sola carta, como Marañón expusiera, el porvenir del propio corazón (de ahí el avance de la admisión legal del divorcio, que impide casarse de por vida); o que sea capaz de dar sentido al dolor, no por masoquismo, sino porque el sufrimiento es parte integrante de la vida del hombre, y, cuando se rechaza visceral y obsesivamente, junto con él se suprime la propia vida humana, cuyo núcleo más noble lo constituye la capacidad de amar… (en el estado actual, el sufrimiento es parte ineludible del amor: negado a ultranza el «derecho» a padecer, se invalida simultáneamente la posibilidad de amar de veras).
Conclusión Lo que acabo de apuntar refuerza tres de mis más arraigadas convicciones.
a) La primera, una fe absoluta en el ser humano, en su capacidad de rectificar el rumbo y superarse a sí mismo. No debe confundirse el diagnóstico con la terapia.
Como la filosofía, el diagnóstico no es nunca optimista o pesimista, ni debería ser interesante o despreciable o lucrativo o desdeñable… sino solo verdadero o falso. ¡Qué daños traería consigo el «optimismo» que lleva a diagnosticar y tratar como simple cefalea un tumor cerebral maligno!
b) En segundo término, que el hombre actual necesita advertir su propia excelsitud para actuar de acuerdo con ella… y alcanzar la propia perfección y la dicha consiguiente.
c) Por fin, que el «lugar natural» para «aprender a ser persona», el único verdaderamente imprescindible y suficiente, es la familia. No solo el niño, sino el adolescente que aparenta negarlo, el joven ante el que se abre un abanico de posibilidades deslumbrante, el adulto en plenitud de facultades, el anciano que parece declinar…, todos ellos forjan y rehacen su índole personal, día tras día, en el seno del propio hogar. Y, así templados y reconstituidos, son capaces de darle la vuelta al mundo, de humanizarlo. Por eso la familia.
Comenarios al autor tmelendo@masterenfamilias.com --- Nuestras responsabilidades Que el modelo a seguir sea el de la estabilidad de la familia de padre y madre con sus hijos, y si es posible, con una cadena de abuelos, tíos y primos, extendiendo una red de amor mutuo.
Que sea el ambiente natural y mejor para la formación saludable y para el buen funcionamiento de las personalidades humanas y sus relaciones familiares; donde se aprenda naturalmente el amor de la existencia humana, que sirve a otros y a Dios.
¿Qué podemos hacer para proteger a la familia? Debemos reconocer y asumir los siguientes compromisos:
1. El primer compromiso es el matrimonio por sí mismo. Los cónyuges debemos asumir nuevamente el deseo de dedicarnos el uno al otro, promover la fidelidad marital y la apertura a la vida.
2. La familia requiere de un compromiso mutuo. Es importante que reflexionemos sobre ello para poder encontrar así el tiempo necesario que permita a la familia estar juntos, comunicarse entre sí, confiar mutuamente, orar juntos, etc.
3. La familia es el santuario de la vida. En este sentido el compromiso se dirige a la protección y proyección de la vida desde el momento de la concepción, complementándolo con una paternidad responsable. Consulta para este tema ¿Cuáles son tus graves razones? de Lucrecia Rego de Planas
4. El compromiso de elegir el tipo de educación que consideren oportuna para sus hijos, rechazando la imposición de ideologías, de programas, modelos o métodos que despojan a los padres del derecho que tienen de ser agentes de educación de los hijos. Por ejemplo, en el campo de la sexualidad, en el que el hogar es primeramente el lugar donde se enseña el testimonio de amor y el proyecto de vida, y no es meramente biología pura como en los libros de texto gratuitos donde se maneja el concepto de género.
5. El compromiso de lograr que la familia sea un campo donde se de la satisfacción de necesidades vitales, trato personal; que sea una escuela de virtudes, una escuela de sociabilización.
6. Es compromiso de los matrimonios dar un buen ejemplo, amor incondicionalmente, ejercer la autoridad, lograr la comunicación interpersonal, saber motivar. Todos podemos hacer algo para que la familia sea lo que puede ser, lo que está llamada a ser. Con familias sanas el mundo se hace grande y hermoso.
Pero, sobre todo, con familias sanas cada uno se siente seguro, respetado, amado por aquellos que viven a su lado. Lo cual es siempre la mejor manera de comprometernos para ayudar y amar también a los que no son de la propia familia, y que también necesitan recibir el testimonio y el apoyo de quienes saben lo hermoso que es vivir enamorados en familia.
domingo, 14 de septiembre de 2008
6.1.- ¿QUE ES LA FAMILIA?
Es preciso definir el núcleo de la existencia familiar, pues es el punto en el que habremos de incidir para elevar el nivel y la eficacia de las actividades de cualquier familia que aspire a ser lo que por esencia le corresponde.
En principio, determinar la sustancia y el objetivo de la institución familiar no parece complejo. Juan Pablo II los ha señalado con insistencia y claridad: «En una perspectiva que además llega a las raíces mismas de la realidad, hay que decir que la esencia y el cometido de la familia son definidos en última instancia por el amor. Por esto la familia recibe la misión de custodiar, revelar y comunicar el amor». El amor, por tanto, define y fundamenta la institución familiar; y el amor en su acepción más noble: de amistad o benevolencia. Pero, ¿entre quiénes? EL NÚCLEO PRIMORDIAL Primero los padres. Es frecuente que los padres no sientan la necesidad de formarse mejor hasta que alguno de los hijos plantea dificultades que los superan.
Acuden entonces al centro educativo para hablar con el preceptor o se inscriben en un curso de orientación familiar. El «problema», por decirlo con dramatismo, es el hijo.
Aquí, los cónyuges deben comprender que toda su actividad paterna resultará inútil hasta que, en el seno de la familia, no dirijan su mirada e influjo renovador hacia ellos mismos: son los padres quienes deben cambiar en primer término para provocar un perfeccionamiento en sus hijos. Cualquier progreso en la vida familiar es fruto de una modificación en la vida de los cónyuges, que se implican más, y más decididamente, en el seno del propio hogar. Sin ese radical compromiso, todo resulta inútil.
La familia es insustituible para la maduración y existencia de la persona en cada uno de sus niveles de desarrollo: desde la indigencia absoluta del recién concebido, pasando por la inseguridad y las dudas del niño o el adolescente, hasta la aparente firmeza autónoma del adulto, la plenitud del hombre y la mujer, y la fecunda pero frágil riqueza del anciano.
Desde este punto de vista, es imprescindible indicar a los padres que la familia es necesaria, no sólo para que sus hijos se perfeccionen; sino también, ¡y antes!, para que ellos —el padre y la madre—se santifiquen como personas (que es el objetivo terminal de cualquier existencia humana, sin cuyo logro no alcanza sentido).
La idea de la familia-refugio ha ocupado un papel preeminente en la sociedad occidental desarrollada: el ámbito familiar resultaría indispensable como remedio para la debilidad del ser humano y justo en la proporción en que sus miembros se encuentran necesitados de protección y apoyo. Pero esto, que no carece de verdad, no es lo más serio que puede afirmarse de la familia.
El hecho de que el Dios creador del Universo se nos haya revelado como familia, da una certera pista a la hora de ponderar las relaciones entre familia y persona. Si la Trinidad personal de Dios, en quien no falta ninguna perfección, «tiene que» constituirse como familia, queda claro que ésta no deriva de indigencia alguna, sino, al contrario, de la plenitud del ser personal que, por naturaleza, está llamado al don, a la entrega, y requiere un hábitat adecuado para poder ofrendarse. Análogamente, la persona humana está más llamada a entregarse conforme más se plenifica. Por eso, cuanto más perfecta es una persona, tanto más necesita de la familia como el ámbito en el que, sin reservas ni trabas, puede dar y darse. Por encima de todo, la familia.
Respecto a semejantes verdades, la orientación de Juan Pablo II no puede ser más diáfana: «El hombre, por encima de toda actividad intelectual o social por alta que sea, encuentra su desarrollo pleno, su realización integral, su riqueza insustituible en la familia. Aquí, realmente, más que en cualquier otro campo de su vida, se juega el destino del hombre».
Los padres pueden fácilmente caer en la cuenta de que equivocan el rumbo cuando —aun con la mejor de las voluntades— descuidan la atención directa e inmediata a los demás miembros de su familia, para dedicarse a otros menesteres, profesionales o sociales, en los que incluso alcanzan éxito absoluto. Porque ese triunfo no es capaz de ahogar la desazón íntima que les asalta siempre, en los momentos más humanos, por desatender el círculo familiar, en el que habrían de encontrar «su realización integral, su riqueza insustituible». Además de desatender al cónyuge, delegará en él la educación de los hijos o, cuando el otro consorte busque su propia realización fuera de casa, los encomendará a otras instituciones —colegio, club juvenil—, cuya misión es subsidiaria respecto a la de los padres y cuyo influjo eficaz en los chicos se torna limitado y epidérmico.
Los padres deben ver con claridad que la familia resulta imprescindible para el íntegro desarrollo de sus hijos, porque en primer término lo es también para él o ella como cónyuge y como padre o madre. Un padre insatisfecho por no desarrollarse en plenitud dentro de su propio hogar, no puede aportar auténtica vida ni apoyo sólido a sus hijos, que en ese hogar encuentran también la principal palestra para su robustecimiento personal y la base ineludible para el despliegue enriquecedor en cualquier otra esfera de su vivir. AMOR QUE SE DESBORDA.
. Centremos ahora nuestra atención en la necesidad que el padre y la madre tienen de la familia en función del crecimiento y la mejora de sus hijos. Con otras palabras: para cumplir sus deberes paternos, los componentes de un matrimonio no han de dirigir en primer lugar su atención hacia los hijos, sino hacia el otro cónyuge. Y la razón es muy simple: la primera —y casi única— cosa que un hijo necesita para ser educado es que sus padres se quieran entre sí. Se trata de una idea desarrollada con brillante sencillez por Carlos Llano: como la educación de los hijos no es sino la más genuina expresión del amor paterno, y como este amor no puede ser, a su vez, sino el despliegue del cariño entre los esposos, el que los cónyuges se amen de veras constituye la clave esencial, y casi el todo, de su misión dentro de la familia.
La marcha de la familia, en cada uno de sus componentes, está definida, casi completamente, por el amor que se ofrenden los padres. La calidad del amor familiar —del paterno-filial y del fraterno— está determinada por las características y la categoría del hábitat que origina el cariño de los cónyuges. Fuera de ese ambiente es muy difícil, si no imposible, que un muchacho se desarrolle pertinentemente.
Y el centro escolar o el club juvenil, a duras penas colmarán el déficit causado por el vacío de amor de los padres. Dentro de este contexto, me parecen concluyentes y luminosas las convicciones expresadas por Ugo Borghello: «Cuando se trae a un hijo al mundo, se contrae la obligación de hacerlo feliz. Para lograrlo […] existe sobre todo el deber de hacer feliz al cónyuge, incluso con todos sus defectos.
Para ser felices, los hijos necesitan ver felices a sus padres. El hijo no es feliz cuando se lo inunda de caricias o de regalos, sino sólo cuando puede participar en el amor dichoso de los padres. Si la madre está peleada con el padre, aun cuando luego cubra de arrumacos a su hijo, éste experimentará una herida profunda: lo que quiere es participar en la familia, en el amor de los padres entre sí. En consecuencia, engendrar un hijo equivale a comprometerse a hacer feliz al cónyuge».
El derecho esencial de los hijos Como consecuencia de ese querer recíproco, y apoyados en él, los padres podrán enderezar un afecto profundo y vigoroso hacia cada uno de los hijos. ¿Cuáles han de ser las características de tal amor? De acuerdo con la ya clásica descripción aristotélica, se ama a una persona cuando se procura y se le ofrenda lo que es realmente bueno para ella. No lo que viene a suplir la falta de auténtica dedicación al ser querido, sino lo que efectivamente lo hace crecer, lo mejora, lo perfecciona. A este amor nuestros hijos tienen un derecho absoluto. Pero no tienen derecho, porque implicaría una falsificación del genuino cariño, ni al premio desmesurado por las buenas calificaciones, ni a la paga desmedida, ni a la moto o al coche cuando todavía no son responsables en otros ámbitos de su existencia, etcétera. Porque a lo único que éstos tienen derecho es ¡a nuestra propia persona! O, si se prefiere, a lo más personal de nosotros: a nuestro tiempo, dedicación, interés, a nuestro consejo, a nuestro diálogo, al ejercicio razonado de nuestra autoridad, a la fortaleza para no flaquear cuando —por obligación inderogable— hemos de hacerles sufrir para provocar su maduración, a nuestra intimidad personal, a introducirse efectivamente en nuestras vidas...
Una hija que va creciendo —por ejemplo—, tiene derecho a que su padre le dé a conocer a su madre como mujer, a través de sus ojos de marido enamorado. Lo cual alimentará el cariño y la admiración de la joven por la madre, la confianza entre padre e hija; y también la preparará para su vida de relación con los chicos y su posible futuro como esposa y madre. De igual forma, desde muy pronto y más conforme pasan los años, los hijos severán enriquecidos cuando los hagamos partícipes de nuestros problemas personales no sólo en la medida en que estén capacitados para conocerlos, sino cuando sinceramente les pidamos su opinión y consejo.
Esta rigurosa relación interpersonal, en la que, por expresarlo de algún modo, «bajamos la guardia», les es asimismo debida en justicia, por cuanto resulta imprescindible para su crecimiento eficaz.
Todo lo que sea «intercambiar» esa entrega comprometida por regalos o concesiones irresponsables, equivale, en el sentido más fuerte y literal de la expresión, a comprar a nuestros hijos y, como consecuencia, a prostituirlos, tratándolos como cosas y no como personas.
Esto, dicho sea de paso, destruye cualquier ambiente familiar, porque la lógica del «intercambio», del do ut des mercantilista e interesado, es lo más opuesto a la gratuidad del amor que debe imperar en el hogar.
Confiar sin fingimientos Lo que el cariño hacia los hijos exige es que nos pongamos personalmente en juego, que estemos dispuestos a sufrir para poder amar y cumplir el cometido esencial que por naturaleza nos corresponde. Son muchísimas las personas que aseguran en la teoría y en la práctica esta ley fundamental: en la actual condición del ser humano, el sufrimiento, el dolor, es un medio imprescindible para purificar nuestro amor.
Tenemos un ejemplo paradigmático en Jesucristo. Baste con añadir estas palabras de Juan Pablo II: «En la intención divina los sufrimientos están destinados a favorecer el crecimiento del amor y, por esto, a ennoblecer y enriquecer la existencia humana. El sufrimiento nunca es enviado por Dios con la finalidad de aplastar, ni disminuir a la persona humana o impedir su desarrollo. Tiene siempre la finalidad de elevar la calidad de su vida, estimulándola a una generosidad mayor».
El proceso educativo, que es siempre fruto del amor, no puede concretarse sin una dosis de sufrimiento propio y ajeno. Ya que el amor —es una de las pocas verdades que entrevió claramente Freud— torna vulnerables a quienes aman.
Todos los que nos movemos en estas lides sabemos bien que sin confianza recíproca, cualquier intento de formación es vano. Pero se nos escapa a veces que semejante crédito debe ser real, sin fisuras, y justamente con ese hijo que nos plantea más problemas y en los aspectos en que más deja qué desear. Ahí, precisamente, es donde hemos de depositar nuestra esperanza, sin fingimientos, confiando con toda el alma en que el chico o la chica, dispuesto a luchar con todas sus fuerzas, podrá vencer, con la ayuda de Dios y con nuestro pobre auxilio. Y si fracasa, nosotros fracasamos también con él; y, echando mano de nuestros mayores recursos, nos rehacemos del fracaso y del dolor, rehacemos al muchacho, y volvemos a depositar en él toda nuestra confianza, sincera y eficaz.
Sólo en semejante clima, incompatible con la despreocupación «ocupadísima» de quien no encuentra tiempo más que para sus actividades personales, es posible el crecimiento de nuestra familia.
Tanto en el interior del matrimonio como en las relaciones paterno-filiales, lo decisivo es «soportar», en el sentido vigorosamente solidario de servir de apoyo por amor.
Es lo que, elevando con fuerza el punto de mira, expone san Josemaría Escrivá: «Si tuviera que dar un consejo a los padres —escribe—, les daría sobre todo éste: que vuestros hijos vean […] que procuráis vivir de acuerdo con vuestra fe, que Dios no está sólo en vuestros labios, que está en vuestras obras, que os esforzáis por ser sinceros y leales, que os queréis y que los queréis de veras.
Es así como mejor contribuiréis a hacer de ellos cristianos verdaderos, hombres y mujeres íntegros, capaces de afrontar con espíritu abierto las situaciones que la vida les depare, de servir a sus conciudadanos y de contribuir a la solución de los grandes problemas de la humanidad, de llevar el testimonio de Cristo donde se encuentren más tarde, en la sociedad».
EN EL NÚCLEO DEL NÚCLEO
Un cambio de actitud personal... Insistamos, todos los problemas educativos son, en última instancia, cuestión de(falta de) buen amor. Así, resulta relativamente claro cómo debemos comportarnos ante las situaciones menos favorables que pudieran darse en el hogar: hemos de mirar, antes que nada, hacia nosotros mismos, hacia cada uno,para mejorar nuestra actitud, nuestras disposiciones y el calibre de nuestro querer.
La resolución de cualquier dificultad familiar encuentra por lo regular su punto de partida y su motor insustituible en un cambio estrictamente personal, que trae como consecuencia una elevación en la categoría y enjundia del amor recíproco.
Examinaremos el asunto sólo en lo relativo a la vida conyugal. Y, con el fin de arribar a un resultado satisfactorio, recordaré:
a)que la esencia del matrimonio es el amor;
b)que el momento resolutivo de todo amor es la entrega;
c)que esta se configura peculiar e intensamente entre los esposos, pues cada uno se ofrenda sin condiciones al otro, al tiempo que lo acoge sin reservas. Por tanto, la clave del éxito matrimonial consiste en liberarnos de las ligaduras que nos atan al propio yo, posibilitando una dádiva cabal y cada vez más intensa a nuestro cónyuge; y, a la par, en desprenderse y vaciarse de uno mismo para dar cabida en nuestro interior al ser querido.
Lo sugiere con agudeza José Pedro Manglano: «Los encendidos sentimientos del amor-enamorado van remitiendo en la medida en que el antiguo "Yo" vuelve a manifestarse vivo y a reclamar sus "derechos" y preferencias, su egoísmo.
En los primeros momentos, el yo se postraba y sometía voluntaria y alegremente ante el amado, pero pronto vuelve a levantarse. Parecía vencido y muerto por el arponazo del amor, pero resulta no estarlo tanto».
Esa es la auténtica traba para el despliegue perfectivo y la felicidad del matrimonio y de la vida familiar: los presuntos «derechos del yo»; o, con expresión de san Josemaría Escrivá: «la soberbia», a la que califica como «el mayor enemigo de vuestro trato conyugal».
Ahí, por tanto, debemos incidir cuando intentemos reformar el hogar. Se trata de un punto poco considerado, porque en las situaciones de crisis, y en los momentos menos dramáticos de roces o pequeñas incomprensiones cotidianas, lo instintivo es advertir los déficits de los demás, ignorando o poniendo entre paréntesis los propios.
Por eso, conviene prestar atención a estas tres sensatas advertencias de Borghello:
1. «Ante cualquier dificultad en la vida de relación todos deberían saber que existe una única persona sobre la que cabe actuar para hacer que la situación mejore: ellos mismos. Y esto es siempre posible. De ordinario, sin embargo, se pretende que sea el otro cónyuge el que cambie y casi nunca se logra».
2.«Resulta decisivo tener una voluntad radical de don de sí al otro. A menudo los cónyuges juzgan y "miden" el amor del otro, el don del otro, perdiendo de esta manera el don de sí incondicionado. El don de sí sólo puede exigirse a uno mismo. El del cónyuge es un problema suyo, de saber amar. Pero no se logrará exigiéndoselo, sino creando un clima de donación».
3. «Es inútil y contraproducente pretender en nuestro interior que el otro o la otra cambien del modo en que yo lo digo y porque yo se lo digo. Cabe favorecer y ayudar la mejora, pero no "pretenderla". Lo que tenga que ocurrir ha de valorarlo el otro o la otra».
El principio, por tanto, no puede presentarse más neto, y es el propio Borghello quien lo enuncia: «si quieres cambiar a tu cónyuge cambia tú primero en algo». Y explica: «Siempre existe algo [...] en que yo puedo mejorar.
Por lo común basta que yo lo haga para que la otra persona también cambie. Si no sucediera así, después de algunos días de mudanza real por mi parte, es conveniente hablar [...]
Lo importante, con el arte del diálogo, es que cada uno reconozca las propias deficiencias sin necesidad de encarnizarse en las de la pareja.
Quien no haya jamás probado a modificar el propio modo de obrar para ayudar a los demás a hacerlo, basta que lo intente y advertirá de inmediato una mejoría perceptible»… y en ocasiones asombrosa.
Se trata de un extremo aplicable no sólo a las situaciones más o menos complicadas, sino a todas aquellas que convierten nuestras casas —con expresión de san Josemaría— en ténticos «hogares luminosos y alegres».
La médula de una vida familiar lograda está entretejida por multitud de costumbres gozosas, que sofocan los momentos de tirantez y los pequeños rifirrafes que nunca están del todo ausentes. Por ejemplo: los detalles, también materiales, que dan intimidad y relieve a los días de fiesta; los regalos de los más pequeños a los familiares cuando celebran sus santos o cumpleaños; etcétera.
Esas y otras muchas tradiciones deben mantenerse para elevar progresivamente el tono de nuestros hogares. Y, cuando alguna de ellas parezca languidecer, es la propia reacción personal, con un compromiso ¡mío! más alegre y rejuvenecido, la que debe sacarla a flote.
Y con esta última advertencia nos situamos de nuevo en lo que considero el núcleo de los núcleos de toda labor orientadora: comprender que la clave para superar 99% de los problemas del hogar consiste en empeñarse personalmente —¡cada uno!— por aquilatar la categoría de su amor; olvidándose de sí y poniendo en sordina los propios «derechos».
Luchando por modificar nuestra conducta, haciendo más tersa y eficaz nuestra entrega, se enriquecerá antes que nada la vida conyugal y, potenciada por ella, la del conjunto de la familia; y, a la larga, la de la entera Humanidad. ...para transformar el mundo.
Casi en los inicios de su pontificado, en 1979, Juan Pablo II asentó este principio esclarecedor e incuestionable: «Cual es la familia, tal es la nación, porque tal es el hombre».
Y hace también más de un lustro que me esfuerzo en mostrar que, en efecto, de lo que hagamos en el seno del hogar depende no ya la buena salud de nuestros respectivos países, sino la de la Humanidad en su conjunto.
Los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001, más allá de los horrores que todos lamentamos, conllevan por fuerza algunas consecuencias positivas. Por una parte, muchísima gente de buena voluntad se ha sentido interpelada y se pregunta qué puede hacer, cada uno, para poner fin a una situación que ha mostrado su rostro más sombrío.
Por otro lado, resulta cada vez más patente que los «recursos institucionales» —política, organismos públicos nacionales o internacionales, violencia más o menos controlada— son insuficientes para remediar una debacle que exige, por el contrario y urgentemente, una auténtica conversión de los corazones: de cada uno, de todos.
Estimo, por eso, que el momento es muy oportuno para poner en primer plano lo que aquí he denominado el «núcleo» de la orientación familiar: que ennoblecer la calidad del propio amor, antes que nada en el interior del matrimonio, es importantísimo y goza de una eficacia insospechada para el perfeccionamiento de las relaciones entre todos los hombres. En tal sentido, resultan casi proféticas, y tremendamente operativas, las afirmaciones que Juan Pablo II hizo en uno de los jubileos de las familias: «Al ser humano no le bastan relaciones simplemente funcionales.
Necesita relaciones interpersonales, llenas de interioridad, gratuidad y espíritu de oblación. Entre estas, es fundamental la que se realiza en la familia: no sólo en las relaciones entre los esposos, sino también entre ellos y sus hijos».
Y añadió con el vigor y la penetración acostumbrados: «Toda la gran red de las relaciones humanas nace y se regenera continuamente a partir de la relación con la cual un hombre y una mujer se reconocen hechos el uno para el otro, y deciden unir sus existencias en un único proyecto de vida».
Todas las relaciones. No sólo las del propio hogar, sino también —aunque no alcancemos a advertirlo, y aunque el proceso que lleve a ello sea largo y nunca definitivo— las que componen esa prolongación de la familia: el propio país y la entera Humanidad.
Todo ello depende del acrisolamiento del amor conyugal; de lo que hagan con su cariño los esposos. Pero, por desgracia, el matrimonio no goza en nuestro tiempo de la buena salud que sería de desear.
Considero, por tanto, que la principal misión de los orientadores consiste en hacer eco a la exhortación de la Familiaris consortio: «Familia, ¡sé lo que eres!»; y en traducirla en esta otra más concreta y exigente, dirigida a cada cónyuge: «¡sé tú el que eres!, y consigue, mediante una purificación de tu amor, hacer de tu matrimonio lo que por naturaleza está llamado a ser». http://es.catholic.net/familiayvida/485/1057/articulo.php?id=2416 Es la forma más rápida, eficaz y asequible, de contribuir a la felicidad de todos los hombres.
sábado, 13 de septiembre de 2008
7.- EDUCACION
El significado vulgar de la palabra educación se refiere a un resultado: Es decir, una persona educada es una persona que actúa con modales y urbanidad. Este concepto de Educación no es al que nos vamos a referir durante la presente lección. Más bien haremos referencia a un significado más profundo: · Etimológicamente Educación viene de “Educare” que significa: conducir o guiar. · Semánticamente de “Educere” que significa: “sacar de” ó “extraer”, es la acción de sacar algo de adentro.
Es decir no estamos hablando de un resultado sino de un proceso en donde hay dirección (intervención) y desarrollo (perfeccionamiento). Es decir, la educación es en sentido estricto no sólo un proceso de modificación en el hombre, es la aparición de nuevas formas de comportamiento, actitudes y hábitos en el hombre dirigidos a un perfeccionamiento.
La formación por lo tanto es un concepto que subyace al de perfección. Por lo que, al decir de la educación que es una formación se dice implícitamente que comunica perfección. Por otro lado, estrechamente ligada con la noción de perfección está la de bien, ya que ambas hacen referencia a lo que le conviene a la naturaleza del ser.
Agregando a lo anterior, la educación, siempre está en función de la vida humana tanto en el significado vulgar como en el etimológico: · En el significado vulgar de educación lo único que se pretende es el disponer adecuadamente a los hombres para la convivencia armónica entre sí. · En el significado más profundo de educación considerando subyacentes los conceptos de formación, perfección y bien, vemos que la educación no es otra cosa que: El proceso de desarrollo del ser humano que le da las posibilidades de vivir en toda su dignidad de hombre en relación con los demás.
Partiendo de esta idea de Educación fundamentaremos la presente lección. Por lo anterior no se puede hablar de Educación de las personas, sin contemplar la formación en valores.
La vivencia de valores lleva a la institución de virtudes en la persona (hábitos buenos) indispensables para que los seres humanos nos dignifiquemos a plenitud: como hijos de Dios en el esfuerzo diario por ser mejores personas.
Por lo anterior vemos que la educación, es indispensable para el desarrollo de los individuos, de las familias, de la sociedad entera.
EDUCACIÓN DE LOS HIJOS: DEBER PRIMARIO E INALIENABLE.
La educación que se da a cada uno de los seres humanos es, sobre todo, un derecho y una obligación que compete en primera instancia a los padres.
Como recuerda el Concilio Vaticano II: “...puesto que los padres han dado vida a los hijos, tienen la gravísima obligación de educar a la prole y, por tanto, hay que reconocerlos como primeros y principales educadores de sus hijos...”
Nadie en la sociedad tiene un derecho primario sobre la educación de los hijos. Ni el Estado, ni la Iglesia, menciona Mons. Norberto Rivera, ni las instituciones educativas, pueden olvidar que la tarea educativa tiene su raíz en la vocación primordial de los esposos de participar en la obra creadora de Dios.
Cuando un ser humano carece de la educación en la familia, casi podríamos decir que resulta estéril toda la información que haya recibido. ¿De qué le sirven los conocimientos al ser humano si no están orientados para que sea esta una mejor persona en función de la sociedad?
La herencia afectiva, espiritual, y psicológica que transmite una familia es insustituible. Vemos a individuos muy inteligentes, que les faltó una formación en valores, como son capaces de resolver eficientemente problemas técnicos ó laborales, pero su vida personal y familiar es un desastre, son incapaces de dirigir su propia voluntad hacia la felicidad, ya que la falta de valores les impide tener una directriz clara de hacia donde dirigir su vida.
La familia logra esto cuando los esposos hacen del amor el motor guía de toda la labor educativa. El amor no como sentimiento o un estado emocional, sino en el sentido real de sacrificio, de la negación de uno mismo: El amor como deseo y habilidad de soportar y vencer cualquier privación o dificultad, por el bienestar y felicidad del otro. Implica generosidad y compromiso en la educación diaria tratando de ser un ejemplo de valores y corrigiendo oportunamente a los hijos.
Qué mejor educación que la que nace del padre que aconseja en la recta visión de la vida al hijo. Qué mejor guía para la vida, que la que siembra la madre al enseñarnos a vivir la caridad, la comprensión, la constancia, el fortalecimiento de la voluntad, la bondad, el servicio a los demás, etc… Qué escuela tan fecunda es la de la pareja que construya la persona del hijo en el servicio y la caridad, en un hombre integro comprometido con la verdad y el bien, ¿Qué mejor legado podemos dejar a la sociedad?
Qué importante es educar desde el amor los SENTIMIENTOS para que los hijos sepan aprovechar la riqueza que éstos aportan a la vida dentro de una recta jerarquía interior.
Educar su VOLUNTAD para que enfrente con certidumbre las dificultades de la vida
Educar su INTELIGENCIA para que sepan buscar siempre la verdad incluso cuando ésta no sea agradable o sea costosa de aceptar.
Educar su CONCIENCIA para que sean insobornables en la búsqueda del bien.
De modo especial, formar a los hijos con la confianza y valentía en los valores primordiales de la vida humana, en el contexto de una cultura invadida por el materialismo que, abrumada por el afán de tener, ciega y endurece el corazón; una cultura oprimida por la búsqueda del éxito a toda costa sin medir el precio que hay que pagar; un éxito, que muchas veces, se identifica con el crecimiento económico, aún a costa de los valores humanos.
Nosotros los padres, somos los que tenemos que invitar a los hijos a vivir la trascendencia de la libertad ante los bienes materiales, el sentido de la verdadera justicia, el respeto a la dignidad personal de todos y cada uno de los que nos rodean, el amor y servicio desinteresado a los demás, sabiendo dejar de lado el propio bienestar para ayudar a los demás.
Preguntémonos hoy si es lo que ven mis hijos en mí, ¿es así como yo actúo?
O tengo que empezar por formarme yo, por jerarquizar mis valores y actuar congruentemente. ¿Cómo queremos sociedades comprensivas, si no existe comprensión entre los esposos y los hijos?
¿Cómo queremos sociedades solidarias, si dentro de la casa uno se busca a sí mismo?
1. Si queremos construir una sociedad con valores empecemos a implementar los valores en nuestra familia.
2. Si queremos una sociedad en la que disminuya la violencia, hagamos de la familia una escuela de paz.
3. Si queremos una sociedad en la que brille la honestidad, hagamos de la familia una escuela de rectitud de vida.
4. Si queremos una sociedad en la que haya respeto, hagamos de la familia una fuente de consideración a los demás.
Comentarios al autor: crecerenfamilia@prodigy.net.mx
Tutores del Curso Emilio Avilés Cutillas. emilioaviles@es.catholic.net
P. Emilio Acosta Díaz. acostadi@msn.com
Salvador Casadevall. salvadorcasadevall@yahoo.com.ar
Marcela Velázquez. velazquezvmarce@gmail.com
viernes, 12 de septiembre de 2008
7.1.- MADUREZ AL EDUCAR
A los niños de hoy no se les educa como a los de antes. El mundo evoluciona con ritmo acelerado, las palabras mismas corren el riesgo de no tener el mismo significado.
La tarea de educación es delicada por que supone, a la vez:
+ Amor y desprendimiento
+ Dulzura y firmeza
+ Paciencia y decisión
Estas cualidades complementarias que parecen con frecuencia contrarias, exigen en el educador, no sólo corazón, sentido común o equilibrio, sino además el tomar conciencia de los objetivos y poner los medios para lograrlos.
No podemos improvisar. Tenemos una y sólo una oportunidad de educar.
“La educación de un niño comienza veinte años antes de su nacimiento con la educación de sus padres”. ¿No hay una parte de verdad en esta frase de Napoleón? .
En efecto, a veces es necesario detenerse a reflexionar sobre las decisiones que hemos tomado y cuestionarnos hasta qué punto han determinado nuestra vida.
Nuestras decisiones en torno a la educación, el matrimonio, nuestras amistades, no son sino la expresión de los valores por los que nos regimos en el momento de tomarlas.
El que durante nuestra infancia nos inculcaran ciertos valores éticos, el tener un ambiente familiar positivo, el acudir a la iglesia, el que nuestros amigos sean personas íntegras, con sentido de justicia y de respeto, influye para que nosotros seamos quienes somos, y tomemos ese marco de referencia ético para educar.
La educación, decíamos, no se improvisa; requiere de nuestro esfuerzo y dedicación. La formación de nuestros hijos no es obra de la genética ni se adquiere por ósmosis. Es fruto de nuestra constancia y perseverancia, requiere de nuestro interés y responsabilidad, implica un compromiso intelectual, emotivo, intuitivo, volitivo y activo constante.
Qué importante es tomar conciencia de que este compromiso no se puede improvisar sobre la marcha. Sólo si tenemos claro a qué queremos llegar, sabremos qué necesitamos para lograrlo, empezando por nuestro sentido moral.
No podemos dar lo que no tenemos (la palabra convence, el ejemplo arrastra). La labor principal de todo padre es enseñar a sus hijos ideales y tradiciones, y educarles en los principales valores morales que harán de ellos una persona responsable.
Un padre debe ser para su hijo un modelo moral. Preguntémonos, entonces, ¿qué aspecto de mi persona me hace merecedor del respeto, admiración y amor de mi hijo?.
Los padres necesitamos dar raíces y alas a nuestros hijos. Es decir, entrar en equilibrio entre inculcarles las raíces de las tradiciones y valores heredados y, a la vez, motivarles a ser independientes, a pensar por sí mismos. ·
Las raíces sirven para profundizar en la identidad personal y la integridad moral de una sociedad a menudo desarraigada y para proporcionar un fundamento sólido y una guía en el camino de la vida. · Las alas sirven para construir la propia vida. Los padres requerimos de una estrategia a largo plazo para el crecimiento de los hijos.
Empezar por preguntarnos, no tanto que van a hacer y a tener nuestros hijos cuando sean adultos, sino que ¿qué clase de hombres y mujeres queremos que sean nuestros hijos en la madurez? antes que el tener y el hacer tenemos que configurar el “ser” para que el hacer y el tener estén en función del ser: de un Ser Integro y Comprometido con Dios y la Sociedad, una persona enamorada de la vedad y del bien. No hay dos familias idénticas, pero es útil saber qué debe evitarse; precisa un conocimiento de los obstáculos y aprender a evitar los errores de otros o, al menos, querer hacerlo.
Es difícil pensar a lo que estarán expuestos nuestros hijos en unos años, pero la falta de previsión, la ingenuidad o la falta de conocimiento no nos ayudarán a formarlos como queremos. Basta ver un poco las estadísticas actuales.
Imagínense una escuela con 500 niños y entre ellos, los nuestros. De ellos:
+ El 100% estará expuesto a pornografía socialmente aceptada (con todo el riesgo que esto implica para su relación con el sexo opuesto y su matrimonio futuro)
+ 70% a 90% experimentará relaciones prematrimoniales
+ 20% a 40% vivirá en unión libre antes del matrimonio
+ 90% será invitado a probar drogas
+ 10% tendrá serios problemas de adicciones
+ 10% a 20% experimentará problemas psicológicos, principalmente la depresión
+ 50% estarán divorciados al llegar as los 30 años.
Los problemas no aparecen de repente o surgen exclusivamente por las malas compañías. Lo que hayan hecho o dejado de hacer los padres durante la infancia, será la influencia directa en el cómo los niños resistirán –bien o mal- las presiones del materialismo, la tentación de abandonar los valores cristianos o dejarse llevar por un estilo de vida diferente.
Para la sociedad actual, el propósito en la vida es obtener placer y evitar el dolor. Los niños en la adolescencia, adquieren nuevas e ilimitadas formas de placer, poder y fuentes de ilusión. Tan fuerte es la tendencia natural al conformismo y tan poderosa la seducción para dejarse llevar por las tentaciones, que requerirán de una gran fuerza interior, una gran fuerza de voluntad que los ayude a resistir.
Las presiones de sus amigos sólo pueden tener efecto cuando hay un vacío en el carácter del niño.
Una conciencia bien formada, creencias religiosas firmes, una relación de oración con Dios, confianza en la capacidad de juicio de los padres, un hábito cotidiano de autocontrol (el saber decir no a nuestros sentimientos), respeto a los derechos de los demás, son rasgos de carácter que conforman la voluntad del joven.
¿CUÁLES SON LAS SEÑALES DE PELIGRO EN EL AMBIENTE FAMILAR DE LOS NIÑOS?
1. Cuando los padres ceden fácilmente ante los deseos de los niños, aunque consideren que es un error. Frecuentemente admiten cosas que no aprueban y los niños aprenden a dejarse llevar por los deseos sin considerar un juicio de conciencia. Los deseos y sentimientos se convierten en una guía de acción.
2. Cuando la tolerancia de los hijos ante las incomodidades es muy baja. Tienen un verdadero horror al dolor físico. Mediante el ruego constante, logran escaparse de las responsabilidades molestas: clases extras, ayuda en el hogar, despertarse temprano, etc...
3. Cuando los niños tienen mucho dinero para gastar. Disfrutan comprando comida chatarra y no tienen medida para los dulces. Pueden consumir lo que quieran y en donde sea. A donde van, piden que se les compre algo.
4. Cuando los padres no practican preceptos religiosos. Familias en las que no hay oración. Los niños no ven en sus padres una forma de vida que demuestre su amor a Dios y su sentido de responsabilidad ético. Ante los ojos de los niños, los adultos no sólo deben ser responsables de cumplir una apretada agenda, deben de ser ejemplo de vida espiritual y compromiso con Dios. (Sucedió en un colegio que una niña de primaria le dijo a su miss de moral que quería ser ya grande para poder dejar de ir a misa como su papá).
5. Cuando las familias le dan más importancia a los eventos sociales que a la atención de sus hijos.
6. Cuando el padre no es una figura moral fuerte en el hogar porque relega las cosas de ética y religión a la esposa.
7. Cuando los hijos conocen poco de la vida de sus padres o abuelos. Se ha dado el caso de que no saben siquiera en qué trabaja el papá (¿Tus hijos o tu esposa conoce tu oficina?).
8. Cuando las conversaciones de sobremesa se reducen a temas de entretenimiento (comida, tele, diversiones) o se convierten en chismes sobre otros. No hay oración para bendecir los alimentos.
9. Cuando hay poco o nulo respeto para gente ajena a la familia: amigos, maestros, ancianos, personas de servicio. El “por favor” y “gracias” no forman parte de su vocabulario (en Navidad pueden abrir cientos de regalos y, antes de decir gracias exclaman: ¡ay, ya lo tengo!).
10. Cuando los hijos se quejan de las cosas que no pueden cambiar: el clima, retrasos lógicos diferencias personales. Su forma más común es quejarse: ¡ay, qué aburrido!
11. Cuando los adultos les resuelven todos los problemas y aprenden a huir de ellos y no enfrentarlos (la droga y el alcohol son inventos muy eficaces para evadirse).
12. Cuando los hijos ven a los papás como personas agradables (buena onda) pero no fuertes o dignas de admiración y respeto.
13. Cuando los niños no tienen un pasatiempo como no sea ver la tele o jugar Nintendo.
14. Cuando los padres no son ejemplo para los hijos en lo que ven y con que tipo de gente se llevan, enviando así un mensaje a sus hijos de que ellos también podrán ver cualquier cosa cuando sean adultos. La diferencia entre lo bueno y malo es cuestión de edad.
15. Cuando los niños se forman opiniones basadas en la media, cuando son víctimas de la publicidad, no reconocen las trampas comerciales o ideológicas.
16. Cuando en la escuela no toman su responsabilidad como seria. No aceptan correcciones de los adultos.
17. Cuando no les importa cumplir con modales sociales en el vestir o en el comportamiento público.
18. Cuando el peor castigo que pueden recibir es dejarles leer o ponerlos a razonar.
19. Cuando no tienen sentido del tiempo. Rara vez pueden esperar a que se les de algo.
20. Cuando tratan a los adultos como iguales. A estos niños, al llegar o al acercarse a la adolescencia, les falta algo.
· Donde debería existir una conciencia firme, se encuentra un embrollo de emocionalismo o sentimentalismo estúpido.
· Donde debería existir una clara voluntad, hay reacciones por estímulo. · Donde debería existir un deseo de asumir las responsabilidades, está la intención de prolongar una vida infantil de forma indefinida.
· Donde debería haber fortaleza de carácter, hay un una debilidad que lo hace vulnerable a cualquier situación de peligro para su integridad.
Entonces, ¿cuáles son los ERRORES en la educación?:
- No pensar suficientemente en qué clase de hijos queremos formar.
- No darse cuenta del daño a largo plazo que les hacemos al satisfacer todos sus deseos.
- Relegar en la escuela, en las estructuras sociales o medios de comunicación la responsabilidad de educar.
- Subestimar el ejemplo que damos.
¿QUÉ VAMOS A HACER?:
1. Rezar por ellos. Todo es más fácil con la ayuda de Quien nos pensó y quiso desde siempre. El sabe cómo somos, cuáles son nuestras debilidades y fortalezas. Confiemos en Dios.
2. Definir entre los esposos el perfil educativo para CADA HIJO en particular. Tener un esquema claro y afinarlo.
3. Modificar aquello de nuestro carácter, definir la formación que requerimos. El respeto de nuestros hijos no es al “padre perfecto” sino al que se esfuerza y crece para mejorar.
4. Confiar en la autoridad que tenemos y no buscar la popularidad con nuestros hijos cuando cuestionen nuestras decisiones. Buscar el respeto y no sólo el cariño de nuestros hijos.
5. Dejar claro que confiamos en sus buenas intenciones y tenemos fe en su honestidad, pero no en su inexperiencia.
6. Postergar los satisfactores inmediatos. Valorar el esfuerzo por encima de la comodidad.
7. Buscar consejo en libros, cursos, en otras parejas de juicio recto.
8. Lo más importante: Tener confianza comprometida y alegría en la “aventura” de formar a la familia.
SI NUESTROS HIJOS NOS VEN FELICES Y FUERTES EN NUESTRAS CONVICCIONES, TENDRAN UN MODELO PARA SUS PROPIAS VIDAS DE ADULTOS.
jueves, 11 de septiembre de 2008
7.2.- URGENCIA DE LA FORMACION
Autor: P. Cipriano Sánchez L.C.
Para crecer y llegar a ser adultos responsables que vivan de acuerdo a los principios morales, los niños deben ser capaces de aprender y, lo más importante, aprehender algunas verdades de la realidad, a través de:
La palabra. Lo que dicen los adultos que ellos respetan.
El ejemplo. Lo que ellos ven en la vida de sus padres y otras personas que respetan (maestros, familia, etc.).
La práctica. Lo que ellos hacen o son encaminados a hacer en la vida diaria (dentro de la casa y escuela).
Si faltasen la palabra, el ejemplo o la práctica, los niños crecerán con una visión distorsionada de la realidad. Nuestro esfuerzo, por lo tanto, tiene que ser constante y consciente. Implica tener clara nuestra determinación y compromiso al educar para poder trasmitir esa seguridad y confianza.
Todos aquéllos que han logrado el objetivo de formar el carácter de los pequeños, tienen ciertos rasgos, actitudes o patrones de conducta en común.
¿Cuáles son estos rasgos de carácter que los padres deben formarse?
1.UNIDAD: Los padres trabajan en equipo, se apoyan el uno al otro. Aunque tengan diferencias de opinión en otros asuntos, buscan el acuerdo en cuestiones relacionadas con la disciplina de sus hijos. Se dan cuenta de que como pareja, deben mostrar un frente unido para enseñarles a reconocer el bien y el mal. Los niños listos pueden tomar ventaja de la desunión de sus padres, enfrentándolos constantemente. Consulta también: En el matrimonio, ¿jugamos en el mismo equipo? del P. Ángel Espinosa de los Monteros http://es.catholic.net/familiayvida/159/318/articulo.php?id=7496
2. RESPETO MUTUO: Al vivir la unidad los padres muestran lo que es respetarse mutuamente. A los ojos de los niños los padres tienen la autoridad, cada uno la puede ejercer de manera diferente pero complementaria. Los niños no tienen duda que a los ojos de su papá, mamá es la número uno de su vida; de igual manera, el papá para la mamá es el modelo de fortaleza, de liderazgo. El ejemplo de una vida respetuosa, generosa y de sacrificio por los demás es mucho más importante que los sermones, llamadas de atención y otras formas de educación meramente verbal. Los estudios psicológicos muestran que las actitudes de los niños hacia alguno de los padres, reflejan la actitud del otro cónyuge: si ven respeto, respetarán. Pero ante la indiferencia o falta de respeto, buscarán la imagen de héroe a quien imitar fuera de la familia.
3.CONVICCIONES RELIGIOSAS: De manera casi universal, los padres exitosos toman en serio sus propias convicciones religiosas y practican su fe. Se encargan personalmente de dar y supervisar la formación religiosa de sus hijos: la oración antes de los alimentos, la misa dominical, las cuestiones éticas, generosidad hacia las labores de la Iglesia.
Todas estas son manifestaciones que muestran a los hijos que los padres ven a la familia en manos de Dios y definen un marco ético para legitimar las observaciones que los padres hagan a sus hijos para guiarlos en la distinción entre el bien y el mal.
Consulta también para este tema: Cristo, centro, criterio y modelo de tu matrimonio de P.Michael Ryan Grace. http://es.catholic.net/familiayvida/159/318/articulo.php?id=6983
La Transmisión de la fe en la familia de Germán Sanchez Griese. http://es.catholic.net/familiayvida/154/295/articulo.php?id=28347
La familia como primer seminario de P. Fernando Pascual. http://es.catholic.net/familiayvida/154/295/articulo.php?id=24810
¿Mamá me puedes hablar de Dios? de P. Fernando Pascual. http://es.catholic.net/familiayvida/154/295/articulo.php?id=16040
La familia cristiana es una iglesia doméstica de El Pontificio Consejo para la Familia. http://es.catholic.net/familiayvida/154/295/articulo.php?id=2302
4.DISCIPLINA: Considerada como artífice de la fuerza de carácter y no como medio de control. Los padres que han triunfado combinan la firmeza con el entendimiento, aplican la ley con afecto y con perdón, rechazan la falta pero aman al que se equivoca. Demuestran a sus hijos que los aman lo suficiente como para corregirlos y ayudarlos a crecer en su madurez. No son severos ni tibios, tampoco son tiranos ni permisivos; procuran permanecer en el justo medio.
Consulta también para este tema:
Autoridad y sensatez para todas las edades de Emilio Aviles. http://es.catholic.net/familiayvida/158/320/articulo.php?id=33795
Exigencia y cariño, una receta segura de Salvador Casadevall. http://es.catholic.net/familiayvida/158/320/articulo.php?id=31779
Padres Permisivos vs Padres Autoritarios de Ángela Marulanda http://es.catholic.net/familiayvida/158/320/articulo.php?id=24880
La autoridad en la familia de Francisco de Paula Cardona Lira. http://es.catholic.net/familiayvida/158/320/articulo.php?id=1603
5.RESPONSABILIDAD: Los padres triunfadores hacen que sus hijos se sientan necesitados en casa. A cada niño se le hace participar activamente para hacer del hogar una empresa con un equipo triunfador.
Las tareas del hogar son ejercicios que construyen definitivamente la responsabilidad de la persona. En las familias numerosas, en las que la cooperación es una necesidad, se ha visto que los niños adquieren madurez y autocontrol y mayor seguridad en sí mismos. Son niños más imaginativos y seguros.
Consulta también:
Educar en la libertad y responsabilidad http://es.catholic.net/familiayvida/158/320/articulo.php?id=6881
6.CONTROL DE MEDIOS DE ENTRETENIMIENTO: La televisión, Nintendo, Play Station, Internet y anexos, no pueden ser un rival de respeto y cariño de los hijos y de los cónyuges.
No se trata de eliminarlos sino de enseñar a discriminar, no sólo contenidos, sino el tiempo que le dedicamos; o mejor dicho, de defender el tiempo que NOS dedicamos. Este es un ejemplo claro del porqué formarnos como padres: si nosotros podemos ver violencia, si nosotros sí sustituimos nuestro diálogo por un programa, qué podemos esperar de nuestros hijos.
Consulta también:
27 Consejos para ver televisión de Eduardo R. Cattaneo. http://es.catholic.net/familiayvida/158/287/articulo.php?id=7306
Videojuegos, pistas para padres de Miguel García Sánchez-Colomer. http://es.catholic.net/familiayvida/158/287/articulo.php?id=7306
Mi amiga la tele de Raul Martínez Caso. http://es.catholic.net/familiayvida/158/287/articulo.php?id=24815
7. CONVERSACION: Hablar con nuestra pareja y con nuestros hijos de nuestras propias experiencias, responsabilidades, metas y logros, convicciones, principios, de nuestra historia personal, de las personas que admiramos, de nuestra visión sobre los temas de actualidad, dan un contexto racional a nuestras acciones.
Es el vínculo que permite trasmitir los valores espirituales de una generación a otra. Es la continuidad familiar a través del vínculo padre-hijo.
Pensemos hoy: Nadie puede dar lo que no tiene, por lo tanto, ¿qué tengo yo? ¿qué conocen de nosotros nuestros hijos? ¿qué les estamos trasmitiendo? Hay que formarse para poder trasmitir, así mis hijos no sólo me respetarán, sino me admirarán, confiarán en mí y finalmente imitarán.
miércoles, 10 de septiembre de 2008
7.3.- UNIDAD A LA HORA DE FORMAR
Autor: P. Ángel Espinosa de los Monteros
Fuente: El Anillo es para siempre En el matrimonio, ¿jugamos en el mismo equipo?
"Prometo llevar bien puesta la camiseta del equipo,
tirar en la misma dirección y defender nuestra portería"
En el matrimonio, ¿jugamos en el mismo equipo?:
¿Qué fue lo que prometimos?“Prometo serte fiel”.
Lo importante es saber traducir ese “prometo serte fiel”.
No nos referíamos solamente a la fidelidad en cuanto a que nunca comenzaríamos una relación sentimental, seria o superficial con otra persona, por un momento o para toda la vida.
Significa muchísimo más.Prometo llevar bien puesta la camiseta del equipo, tirar en la misma dirección y defender nuestra portería. Lo nuestro.
A veces me he topado con un hombre o una mujer, que sólo viendo cómo se comporta con la persona a quien dice que ama, me dan ganas de preguntarle: ¿tú, para dónde tiras?
Si los dos tuvieran puesta la camiseta del mismo color y “se pasaran el balón”, meterían goles, alcanzarían metas, jugarían en equipo y así harían la vida más simple y tendrían la felicidad más a la mano.
Pero uno parece ser delantero de un equipo y el otro defensa del contrario: se estorban en las jugadas, se cometen frecuentes faltas, se ignoran. Algunos parecen estar buscando la tarjeta roja ¡después de haber visto no una sino mil veces la amarilla!Esto no debe suceder en el matrimonio.
“Amarse no es mirarse uno al otro, sino mirar en la misma dirección”. Tirar en la misma dirección. Amarse es tener una meta común y unos mismos ideales, y eso debe reflejarse en los acontecimientos de la vida diaria.
Amarse es mirarse uno al otro con comprensión, respeto y con capacidad incluso de diferir.“Prometo no bajarme del burro”.
Te explico de qué se trata: en mis años de estudiante, paseaba en una ocasión por un pueblo de Santander, en el norte de España, y me encontré a un pastor con quien entablé una conversación debajo de un cobertizo, pues llovía a cántaros.
La recuerdo como una charla muy interesante. En un determinado momento le pregunté cuántos años tenía de casado, a lo que respondió:-“¿Cómo ve, Padre? Tenemos treinta años de casados y no nos hemos bajado del burro”.
La expresión realmente me encantó. Si él hubiese dicho, “no nos hemos bajado del tren... o del caballo”, hubiese sido diverso. El caballo sugiere libertad, velocidad, crines al viento...
En cambio dijo: “no nos hemos bajado del burro”.En el burro, como en el matrimonio, a veces se va hacia adelante, a veces hacia atrás, a veces rebuznando… a veces, el animal, -me refiero al burro- como que no se mueve. Así es en el matrimonio. A veces para atrás, a veces para adelante, a veces rebuznando... pero siempre los dos en el burro.
¿Qué importa por dónde y cuánto haya costado mientras hayan ido juntos, en la misma dirección, apoyándose, acompañándose, amándose?“
Prometo buscar tu realización, tu felicidad”.Si prometiste serle fiel, te comprometiste a buscar su felicidad, ya que la fidelidad no puede reducirse a no fallarle en el sentido de nunca enamorarte de otra persona.
Eso es más que nada una obligación, un requisito y algo que deberían dar por supuesto.
“Prometo serte fiel”, es llenar las expectativas que tenían el uno sobre el otro cuando eran novios. “Desde que nos vimos y pensamos en unirnos para toda la vida, pensamos que juntos seríamos felices y desparramaríamos esa felicidad en nuestros hijos. Si queremos sernos fieles, tenemos que hacer realidad ese sueño que tuvimos desde el inicio”.
No voy a olvidar jamás esa escena de la película “Los puentes de Madison” en la que ya casi al final de la vida, el marido, muriendo en la cama, llama a sus esposa y le dice más o menos lo siguiente:
-“Fanny, yo sé que tenías tus propios sueños e ilusiones en la vida, perdóname por no haberlas hecho realidad”.La mujer simplemente lo besó en la frente e hizo un gesto de resignación.
Es tan fácil hacer felices a los demás cuando uno se lo propone, que sinceramente, honestamente, para no lograrlo, se necesita ser de verdad egoísta.
Cuando prometieron ser fieles, entre otras cosas, prometieron buscar con tesón la felicidad del otro, pues la fidelidad no es sólo cuidar que no haya engaños, sino que apunta a todo un proyecto de vida. De hecho, y aunque no es el ideal, hay matrimonios en los que, uno de los dos, por descuido, ha caído en una infidelidad. Pero como siempre ha buscado hacer feliz al cónyuge, este error -por más grave que sea- no es más que una mancha en una pared llena de luz.
Desde luego que no es el caso de la persona descuidada, sensual, irresponsable, que frecuenta ambientes inconvenientes y que trata con personas del sexo opuesto sin ningún pudor y sin respeto. En una persona así, la caída siempre será inminente e injustificada.
El derrumbe comenzó desde que se descuidó en su conducta ordinaria.“Prometo serte fiel” es también cuidar el corazón. No permitir que nada ni nadie le robe la paz inicial.
Prometieron luchar especialmente cuando les vinieran a la cabeza “ideas rubias”. La fidelidad no es no meterse con otra persona, sino sobre todo cuidar el corazón. Hay mucha gente que quizá jamás concretará una infidelidad conyugal, sin embargo vive en una continua deslealtad al no cuidar el corazón de cualquier amor que no sea su único y verdadero amor.
“Prometo serte fiel”, es decir, también, “prometo hablar bien de ti”.
“Lo que tenga que decirte, te lo diré a ti, para ayudarte, con amor y por amor. No se lo diré a mi mamá ni a mis hijos, menos a mis amigas en un desayuno. Prometo hacer crecer tu fama dentro de lo más íntimo que tenemos que son nuestros hijos, padres, hermanos y también nuestros amigos.
“Me esforzaré para que ellos siempre tengan una buena imagen de ti. Sólo escucharán cosas positivas acerca de quién y cómo eres tú. Estarán orgullosos de nosotros”.
Finalmente, “prometo serte fiel”, ahora sí, significa “que no te cambiaré por nadie. No te quiero para un amor intermitente u ocasional, ni como un amor de paso”.
Estas promesas que hicieron, además tienen dos especificaciones que deben considerar como muy importantes y darles su sentido propio, porque de verdad, parece que no todos las han entendido.
Cuando se da una infidelidad en el matrimonio por parte de quien sea, y el cónyuge decide que “esto es lo único que no está dispuesto a perdonar”, y que “ahora sí se acabó todo”, es simplemente porque no ha entendido qué fue lo que prometió.
¿Cuáles son esas dos especificaciones?: En lo próspero y en lo adverso.
Hay quienes creen que lo próspero es tener dinero mientras lo adverso se identifica con todo tipo de carencias económicas.
Muchas parejas tienen los recursos necesarios para vivir felices y sin embargo no alcanzan la felicidad porque ésta se compone de muchos otros factores que ellos no han logrado completar.
Lo próspero es efectivamente cuando todo va bien. Como se suele decir: “viento en popa”. Hay algo de dinero, tienen su propia casa, no hay grandes intromisiones de la suegra, siguen teniendo más o menos las mismas aficiones y casi idénticos gustos, no se han desgastado con el tiempo, hay armonía, diálogo, intimidad…
¡Ah, lo próspero! ¿Por qué no todo en la vida es crecer?.
¿Por qué no todo en este mundo camina hacia adelante sin más complicaciones?.
La respuesta es muy sencilla: los problemas y las dificultades existen desde que aparecieron hombre y mujer sobre la tierra, y esta vida simplemente no sería la misma si quisiéramos quitarle esta contrapartida de la dificultad.
Además no siempre está en nuestras manos evitar algunas dificultades que se van suscitando en el camino, pues muchas de ellas nos las imponen la sociedad, la cultura, el entorno en el que nos movemos… Pero es interesante que sepan partir de este presupuesto cuando piensan ya en el matrimonio y cuando están por emitir estas promesas que los comprometen para siempre.
Cabe añadir que en el matrimonio, los problemas son una oportunidad maravillosa de crecimiento. Este debe ser un camino de crecimiento, y para eso necesitan aprovechar todas las oportunidades.
En el matrimonio, lo adverso puede ser: dificultades en el campo económico, la pérdida del trabajo o el fracaso rotundo en el negocio, la intromisión indeseada de algún familiar político en el propio hogar, la llegada de los niños quizá demasiado rápida, la enfermedad de uno de ellos que acusa gravedad… Y, ¿por qué no? el hecho mismo de que el amor que sentían el uno por el otro ya no sea como era en el noviazgo, o al inicio del matrimonio.
2a En la salud y en la enfermedad.“Prometo que en la salud, te aplaudiré, te proyectaré, te acompañaré y apostaré por ti. No estaré celoso de tus triunfos, ni permitiré que me afecte el que tú seas más que yo a los ojos de los demás”.
En la enfermedad, prometes que estarás a su lado. Pero cuando prometiste esto, no te referías a enfermedades que se arreglan con un suero ni aun con una enfermera de cabecera. Te referías a enfermedades más profundas, más complicadas, con alcances más intensos, como el alcoholismo, el desánimo, la pérdida del sentido de esta vida o enfermedades “del corazón” o del carácter.
Tú un día puedes llegar a dejar de amarlo (la) y es entonces cuando debes demostrarle que prometiste serle fiel. Es precisamente en estos momentos –de enfermedad “del corazón”- cuando puedes probar tu fidelidad. Qué fácil era cuando todo marchaba bien, cuando parecían competir en el darse cariño.
La fidelidad se demuestra en la prueba y en el dolor, y quizá no haya prueba más grande para una persona que ama de verdad, que el sentir que no es correspondida y que no es amada con la misma intensidad.
Ante un problema de esta naturaleza, se puede reaccionar de dos maneras: pagar con la misma moneda, que no sería ni amor ni fidelidad, o luchar con todo el corazón por recuperar ese amor que se está apagando o se ve casi perdido.
La fidelidad sólo acepta este segundo tipo de actitud. “Si te pierdo, lucharé por reconquistarte, ése será mi programa”.“Si la enfermedad es grave y llego incluso a perderte definitivamente, seguiré siendo tuyo, y tú seguirás siendo parte de mi proyecto de vida”. El hecho de que uno de los dos haya fallado, no implica que el otro deba fallar también.
“Lucharé por reconquistarte”, como se ve en algunas películas o novelas, sólo que aquí es de verdad: no hay actores ni música de fondo ni paisajes bonitos... sino sacrificio, humillación y mucho valor para reconquistar el amor que una vez iluminó la vida y del que surgió la familia que ya existe.
Recuerdo a ese general francés, que después de la segunda guerra mundial fue requerido en el partido comunista. Con el aumento de sueldo y por participar de tantos beneficios que le ofrecieron, abandonó a su mujer de treinta y siete años, con siete hijos, y se marchó de la casa.
Lógicamente pronto encontró a otra y así continuaron sus vidas por separado.
Pasaron veinte años y dicho partido nunca terminó de consolidarse bien, hasta que finalmente se disolvió. Muchos que habían gozado de los beneficios de la organización, pronto se vieron en la calle, sin dinero, sin familia y sin amantes, que son las primeras en irse cuando falta todo lo demás.
Cansado, solo, ya acabado, vuelve un día a su casa, toca la puerta y le abre su mujer. Una esposa también cansada, que había sacado adelante a todos sus hijos, sola. Una madre heroica.- “Quiero hablar contigo”- le dice.-“Pasa”- abre la puerta y dibuja en el aire con su mano el ademán de “adelante”.
Pero él se da cuenta de que está la mesa puesta con dos lugares, y titubeando le dice:-“Perdona, no quiero importunar, ¿estás esperando a alguien?”-“Sí -responde segura y sin dejar de mirarlo a los ojos- desde hace veinte años todos los días la mesa ha estado puesta para dos, porque te sigo esperando”.
Lo más probable es que los sentimientos de esta mujer no fuesen tan favorables. Podemos incluso imaginar que ella hubiese querido golpearlo o que debió azotarle la puerta al instante sin permitirle no sólo entrar a la casa, sino tampoco entrar a un hogar que comenzaron los dos pero que sólo ella de verdad construyó.
Este relato no tendría ningún valor si no fuera histórico.Lo que lo hace grande es precisamente que sucedió. Es una mujer que sacó adelante sola a siete hijos y que se sobrepuso al orgullo y a un explicable rencor. Una de esas personas que tienen muy claro que el matrimonio es para siempre.
Ella quizás pensaba: “él me dejó, pero yo no lo puedo dejar, porque Dios me lo dio, y por él tengo que responder”.
Ella sabía lo que era un compromiso con Dios, con un hombre y con unos hijos.En una ocasión, una señora me vino a ver:
-“Padre, mi único pecado es que odio a mi marido.Yo pensé: “pequeño detalle”.- Me dejó hace cinco años. Ni quiero, ni puedo verlo”.
Comprendí que la dificultad era muy grande y le ofrecí una solución más para ella misma que para su matrimonio:-“Señora, lo que usted necesita es un cambio de mentalidad.
Renueve el compromiso que hizo hace treinta años: rece por él, de vez en cuando escríbale, preocúpese en la medida de sus posibilidades por él, aunque ya nunca puedan volver a reunirse. Usted será más feliz amando con un amor realmente heroico, que dando rienda suelta a odios estériles.
El amor siempre nos deja algo, nos lleva a algo, produce algo. Del odio sólo germinan rencores, soberbia, impaciencias, insatisfacciones y un sin número de frustraciones, pues nuestro corazón fue hecho para amar. Ir en contra del amor es luchar contra nosotros mismos”.
Desgraciadamente muchos matrimonios se romperán porque nunca se entendió que la fidelidad que se prometieron al inicio, debería ser, como los mejores relojes, “a toda prueba”.
Así es, a prueba de todo, incluidas la peor enfermedad, la más tremenda crisis y el más injusto adulterio.
Este artículo es parte del libro "El anillo es para siempre" de Ángel Espinosa de los Monteros,
el cual puedes adquirir en: Misión Multimedia
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martes, 9 de septiembre de 2008
7.4.- AUTORIDAD Y SENSATEZ PARA TODAS LAS EDADES
¿Para qué debe servir la autoridad? Es claro que no principalmente para que quien mande se sepa obedecido y controlador de los demás. En educación escolar y familiar hay un objetivo clave, que no se aleja mucho de la verdadera misión de cualquier responsable político o institucional, si es que desea evitar el autoritarismo.
Esto es, ayudar a construir la libertad de hijos y educandos, una libertad creativa. Entonces, la capacidad de obrar de acuerdo con la razón, alimenta el reconocimiento de la autoridad como un bien. Y también ayuda a ejercerla, cuando sea preciso, con verdadera generosidad y eficiencia.
Es así como hijos y alumnos crecen en el gobierno de sí mismos, tienen capacidad de ser autoridad para ellos mismos.
Frente a un acto mal realizado verán atractiva la posibilidad de mejorar, incluso la satisfacción por haber sido sensatos y haber rectificado. Se es consciente de la propia dignidad y se la defiende.Padres y educadores han de poder planificar, concretar, actuaciones bien fundamentadas y con objetivos adecuados a la edad, actitudes y aptitudes de sus hijos o alumnos.
Aunque el chico o chica debe saber lo que hace mal, no hemos de hundirlo con nuestras correcciones.
Si es necesario reprender, lo haremos a solas, aunque sea preciso esperar.
Un fruto seguro y muy gratificante será la sinceridad con la cual siempre responderán a una exigencia benevolente.Y es que, no es un objetivo planteable para ellos poder salir con éxito tras un recuento de premios y castigos.
Ni siquiera busquemos que reaccionen con algunas buenas respuestas puntuales. Lo que más importa es que, libremente, rechacen la mala conducta y se inclinen y se dejen atraer hacia el bien.
Algunas ideas, clasificadas por edades, sobre cómo pueden ejercer bien la autoridad padres y educadores:
- De 0 a 4 años: Con el nacimiento de un hijo, el padre se implica más y la maternidad es clave en el desarrollo. Interesa combinar exigencia y cariño. La capacidad de exigir la han de ejercitar papá y mamá. Si es preciso debemos acompañar físicamente al niño para cumplir lo acordado. Algunas sanciones inmediatas y leves se pueden aplicar. Interesa distinguir claramente lo importante de lo secundario y no ablandarse ante los llantos caprichosos de los niños y niñas de esta edad.De 4 a 7 años A esta edad han de poder empezar a controlar claramente los impulsos, aguantar algo molesto y esperar con paciencia algo que agrade mucho.Ahora los niños razonan mejor y han de ser más controladas las desobediencias. Dar más explicaciones sobre los límites y el por qué de ciertas normas. Es preciso pensar bien qué exigir, qué encargos de servicio proponer, que hábitos o virtudes trabajar especialmente. Sancionar evitando que quede rencor en los hijos o alumnos. Importa mucho la sintonía entre padre y madre para valorar equilibradamente el comportamiento de las criaturas.
- De 7 a 10 años¡Actuar siempre que sea preciso! Ahora, especialmente, las criaturas pueden aceptar gran número de obligaciones o responsabilidades. Tienen cierta autonomía en desempeñar tareas que entrañan esfuerzo.
Es preciso medir mucho las sanciones y nuestras reacciones ante la desobediencia.
Han de ver lo bueno, coherente y adecuado de las normas establecidas.
Motivar de manera creativa que ejerciten el sentido común para superar los límites, en caso de necesidad, pues éstos no son un fin sino un medio. No cumplir por cumplir.
- Preadolescencia Hemos de ser capaces de lograr un ambiente cordial en la convivencia con jóvenes preadolescentes.
Hemos de trabajarnos el “prestigio” hacia nuestros hijos y alumnos.
Evitar “coleguismos”.
Mostrarles valores atractivos y altos ideales.
Paciencia ante las pequeñas rebeldías.
Hablar entre padre y madre para contrastar datos.
Evitar dramatismos.
Hablar con profesores y otros padres para objetivar.
Intuir deseos que puedan tener.
Que vean que un NO, puede ser un SÍ a algo mejor.
- Adolescencia Personalizar el trato.
Pasar de unas normas familiares a unos límites individuales.
Que las críticas y correcciones vayan combinadas con elogios.
Evitar ira o agresividad.
Orientar en la priorización de objetivos.
Mostrar comprensión y respetar privacidad.
Dar más libertad y autonomía según la responsabilidad demostrada.
Mandar, aun a riesgo de equivocarnos, en los siguientes temas:
- Voluntad: Orden y esfuerzo para conseguir un objetivo. Ayudarles a organizarse.
- Afectividad: Facilitar que vean que el amor va unido a la renuncia y al servicio.
- Inteligencia: Diálogo continuado, intercambio de intimidades.Para mejorar la comunicación
-prestigio-autoridad con adolescentes importa mucho que nos vean animosos, sinceros y luchadores. Establecer normas y límites pero de común acuerdo.
-Imprescindible será nuestra coherencia y confianza y la disponibilidad para hablar sin prisas. ---Preparemos temas que veamos necesario sacar en la conversación, aunque puedan ser embarazosos.
Sea como sea, a todas las edades, será preciso trabajar por una educación amable, alegre, integradora. Pero no olvidemos que para educar bien hemos de acercar a los hijos y alumnos, y acercarnos nosotros, a la realidad, a la naturaleza de las cosas.
No veamos como ya suficiente el hecho de marcar límites o normas sensatos. Es preciso construir el entendimiento para que éste anime, en todos, un mayor anhelo de bien, punto de salida para mover nuestra voluntad. Junto a eso, buen humor, optimismo, idóneos para reflexionar, para encontrar pautas de conducta que sumen, que ayuden a mejorar. Así, todos responderemos a la necesidad de sentirnos apreciados, de aprender, de saber, de ser felices, que tenemos las personas.
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lunes, 8 de septiembre de 2008
7.5.- EXIGENCIA Y CARIÑO
Sólo cuando se ama verdaderamente a los hijos se llega a conocer la imperiosa necesidad de ser exigentes con ellos, para que aprendan a querer, a adquirir virtudes y a discernir principios y valores.
Estas dos actitudes: exigencia y cariño son dos elementos difíciles de resolver en toda familia, pero son esenciales para la formación de los hijos.
Debo exigir, pero siempre con cariño.
¿Cuando debo exigir?
¿En que cosas?
Si exijo, ¿disminuirá el cariño y el afecto de mi hijo?
¿Sabrá comprenderme, entenderme?
Estas y otras preguntas pueden asaltarnos y llenarnos de dudas a la hora de exigir.
Esto es lógico que ocurra, por lo que se hace necesario que nuestro exigir esté asentado en actitudes justas.
Actitudes y razones que debo estar siempre dispuesto a explicar, a exponer el porqué de la exigencia. Jamás de los jamases debe haber tras la exigencia una postura caprichosa, una postura que no tenga una razón de ser.
Como padres debemos recordar que ambos elementos, exigencia y cariño, se encuadran dentro del proceso de ser padres educadores, y que estamos obligados a ello por ser responsables de haberles dado la vida.
Vida que debe ser formada para lograr que sean personas con capacidad para desempeñarse en la vida, para desempeñarse en el mundo.
Entre las reglas que según Bill Gates hay que enseñarle a los chicos de hoy hay una en la que les dice que antes de que ellos nacieran, los padres no eran tan aburridos.
Los padres se volvieron aburridos cuando empezaron a ser menos exigentes, cuando empezaron a pagar los gastos caprichosos de los chicos, cuando se los complacía comprando ropa de marca y lo peor es cuando tuvieron que escuchar, hablar y aguantar de las nuevas ondas cuando ya era adolescente.
Ondas que defendían la ecología, lo natural, la libertad sin límite, la limpieza, vaya a saber uno de que limpieza.
Eran adolescentes que antes de empeñarse con sus ideas ecologicas y querer limpiar lo que está contaminado, había que haber empezado a enseñarle por limpiar las cosas de su propia vida. Empezando por su propia habitación.
Educar significa “acompañar en el camino”. Ahí está resumida la misión de ser padres: facilitar todos los medios para que aprendan como deben comportarse en ese arduo y duro diario vivir.
Educar también significa “sacar de adentro”.Los padres deben facilitar que sus hijos hagan florecer desde su interior todas las posibilidades que están en su ser, tanto en lo intelectual como en lo espiritual, en lo social, en lo afectivo, en lo físico, etc.
No puede haber cariño sin exigencias......ni exigencias sin cariño. Porque en los hechos, si verdaderamente amamos a nuestros hijos, sabemos que necesitamos exigir para que el proceso formador pueda desarrollarse y dar frutos.
¿Cuando obtendremos la mejor respuesta de nuestros hijos?. Cuando perciban que la primera exigencia para el logro de estos objetivos la tenemos con nosotros mismos.
Nada podemos exigirles que no vean que sus padres son los primeros en hacerlo.
No pretendáis que no fumen, si ven que el padre o la madre fuman.
No pretendáis que sean ordenados si lo que ven a su alrededor es desorden.
Uno puede exigir, si primero se es exigente con uno mismo.
Cada día es más frecuente la cantidad de familias que se rompen.Los hijos que ven trocear su familia es el mayor daño que unos padres pueden hacerles a sus hijos.Una familia que se trocea, que se destruye, es el peor ejemplo para hablar de exigencia y cariño.
Una familia que se destruye es el ejemplo en vivo y en directo de la falta de amor y de exigencia. Muchos son los padres que ignoran el daño formativo que clavan en la vida de sus hijos, cuando ven que su padre y su madre, no se exigen a sí mismos, el seguir siendo padre y madre que se aman, es decir que prescinden de actuar como hombre y como mujer.
Aquellos que ponen por delante el seguir siendo padres, se exigen a si mismos ser testimonio del amor de seguir siendo padres para el bien de sus hijos. Si no lo hacen, no nos quejemos después de los modelos de familia que por ahí se irán creando.
El autentico modelo de familia, el modelo de familia que lleva a la felicidad, es aquella asentada en un hombre que es hombre y en una mujer que es mujer que asumen amándose la responsabilidad de ser padres.
Así será como nacerán familias sólidas, armónicas en las cuales su miembros se amaran, se respetarán y se honrarán.Y podrán seguir desparramando cariño, exigiendo.
Comentarios al autor: salvadorcasadevall@yahoo.com.ar
Si te gustan estas reflexiones y quieres profundizar en más temas, ya están disponibles los dos primeros libros de Lydia y Salvador Casadevall aquí
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domingo, 7 de septiembre de 2008
7.6.- PADRES PERMISIVOS O AUTORITARIOS
Somos los últimos hijos regañados por los padres y los primeros padres a quienes los hijos nos regañan
QUE NO TE SUCEDA !!!"Somos las primeras generaciones de padres decididos a no repetir con los hijos los errores de nuestros progenitores. Y en el esfuerzo de abolir los abusos del pasado, somos los más dedicados y comprensivos pero a la vez los más débiles e inseguros que ha dado la historia.
Lo grave es que estamos lidiando con unos niños más "igualados", beligerantes y poderosos que nunca. Parece que en nuestro intento por ser los padres que quisimos tener, pasamos de un extremo al otro. Así, somos los últimos hijos regañados por los padres y los primeros padres a quienes los hijos nos regañan; los últimos que le tuvimos miedo a los padres y los primeros que le tememos a los hijos; los últimos que crecimos bajo el mando de los padres y los primeros que vivimos bajo el yugo de los hijos.
Y lo que es peor, los últimos que respetamos a nuestros padres, y los primeros que aceptamos que nuestros hijos nos irrespeten.
En la medida en que el permisivismo reemplazó al autoritarismo, los términos de las relaciones familiares han cambiado en forma radical, para bien y para mal.
En efecto, antes se consideraban buenos padres a aquéllos cuyos hijos se comportaban bien, obedecían sus órdenes y los trataban con el debido respeto; y buenos hijos a los niños que eran formales y veneraban a sus padres.
Pero en la medida en que las fronteras jerárquicas entre adultos y niños se han ido desvaneciendo, hoy los buenos padres son aquéllos que logran que sus hijos los amen, aunque poco los respeten.
Y son los hijos quienes ahora esperan respeto de sus padres, entendiendo por tal que les respeten sus ideas, sus gustos, sus apetencias y su forma de actuar y de vivir. Y que, además, ¡les patrocinen lo que necesitan para tal fin!.
Como quien dice, los roles se invirtieron, y ahora son los papás quienes tienen que complacer a sus hijos para ganárselos, y no a la inversa, como en el pasado. Esto explica el esfuerzo que hacen hoy tantos papás y mamás por ser los mejores amigos y parecerles "chéveres" a sus hijos.
Se ha dicho que los extremos se tocan. Y si el autoritarismo del pasado llenó a los hijos de temor hacia sus padres, la debilidad del presente los llena de miedo y menosprecio al vernos tan débiles y perdidos como ellos.
Los hijos necesitan percibir que durante la niñez estamos a la cabeza de sus vidas como líderes capaces de sujetarlos cuando no se pueden contener, y de guiarlos mientras no saben para dónde van. Si bien el autoritarismo aplasta, el permisivismo ahoga.
Sólo una actitud firme y respetuosa les permitirá confiar en nuestra idoneidad para gobernar sus vidas mientras sean menores, porque vamos adelante liderándolos y no atrás cargándolos y rendidos a su voluntad.
Es así como evitaremos que las nuevas generaciones se ahoguen en el descontrol y hastío en el que se esta hundiendo una sociedad que parece ir a la deriva, sin parámetros ni destino".
Tomado de una nota de Ángela Marulanda Autora y Educadora Familiar
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