La autoridad en la familia
Analizaremos como ha de ser la autoridad de los padres en la familia.
Para analizar el tema de la autoridad en la familia es necesario que recordemos juntos algunas ideas:
1) Recordemos que toda persona es imagen y semejanza de Dios, poseedora de una dignidad inmensa y que hay que respetar desde su concepción hasta su muerte natural.
2) La finalidad de la persona es llegar a ser mejor cada día y llegar a Dios.
3) El matrimonio existe para que los esposos se ayuden mutuamente y para que eduquen a sus hijos, con la ayuda de Dios.
4) Los hijos han de desarrollar sus capacidades de pensar, amar y decidir, así como educar sus sentimientos.
5) Amar es buscar el bien de la persona que amamos porque es quien es.
Como habrán podido ver, la autoridad en la familia ha de ser un instrumento que empleemos para ayudar a los hijos a que sean mejores personas, para que se eduquen pensando, amando y decidiendo cada día mejor, para que los padres se ayuden mutuamente en la educación de sus hijos.
Todo esto, dentro del verdadero amor que busca el bien de la persona que amamos. En este caso, los hijos.
La autoridad en la familia ha de ser un servicio generoso, amoroso y eficaz que los padres regalen a sus hijos. Por medio de la autoridad, los padres irán ayudando, poco a poco, a que los hijos sean mejores, a que se acerquen a Dios, a que logren la formación y vivencia de virtudes.
No es para que los padres dominen, manden y exijan a los niños los caprichos que, como padres, puedan tener.
Quien realmente quiera tener autoridad con sus hijos y en la familia en general, se ha de convertir en el servidor de ellos. Querrá ayudarles a ser mejores por medio de su actuación como autoridad.
¿Por qué regañas a tu hijo?... ¿Porque estás muy cansado y no quieres que te moleste? ¿Porque se equivocó— en la forma que le dijiste que barriera el patio?. ¿Por qué?
Esta es la pregunta que, como padres, nos hemos de hacer siempre que mandemos algo a nuestros hijos.
¿Por qué lo hago?
¿Busco su bien?
¿Deseo que sea mejor persona?
Recuerda que los hijos son el fruto del amor, de la entrega total y mutua de los cónyuges. Ese fruto se transforma en una nueva vida, en una persona imagen y semejanza de Dios, ¡En tu hijo!.
Por tanto, la autoridad en la familia ha de ir inspirada por el cariño que tengas por tus hijos, por el verdadero amor que busca el bien de ellos, por el respeto a sus personas, por el dominio personal de tus enojos, flojera y egoísmo.
Estará revestida de generosidad, pues debes esforzarte para vencer tus comodidades con tal de ayudar a que tu hijo sea mejor. Será, también, una autoridad adecuada según las necesidades de cada uno de los miembros de la familia.
No podrás exigir lo mismo a un niño que a una niña; a quien es flojo o mas inquieto, a quien es inteligente o a quien lo es menos.
Será un servicio entusiasta, incansable, con las ganas de colaborar en la mejora real del niño.
¿Cuántos papás creen que la autoridad en la familia es únicamente para mandar, para que cumplan lo que ellos quieren? Se les olvida que Jesucristo se identifica con cada uno de ellos: "Lo que hicieras a cada uno de estos, los mas pequeños, a mí me lo hiciste".
Son palabras de Jesucristo. Entonces, ¿Por qué no servir a Dios en cada uno de nuestros hijos? ¿Por qué no atenderle y amarle en ellos?
Quien realmente sea la autoridad de la casa, ha de ser el servidor de todos.¿Qué se necesita para ser buena autoridad en la familia?:
1. Necesitas apoyar siempre la autoridad del otro cónyuge. "Si tu madre lo dijo, esfuérzate por obedecerla. Ella te quiere mucho". Y no decir al niño: "No le hagas caso. Ella no sabe nada" No caigas en esa postura. Cuida que el prestigio de tu cónyuge siempre esta apoyado por ti.
2. No tengas miedo de mandar, de ejercer la autoridad. Quien sirve a los demás, vive la felicidad en esta tierra. Pues se asemeja a Jesucristo, que no vino a ser servido, sino a servir. Quien manda, sirve, y se asemeja más a Nuestro Señor.
3. Esfuérzate por dar buen ejemplo a tus hijos. Quien se esfuerza por ser ejemplo, tendrá el derecho de mandar. "Guarda tus zapatos en el ropero, Juanito". Él irá a hacerlo. Pero, tú ¿guardas tus zapatos en el tuyo?
4. Cada vez que ejerzas tu autoridad, des una orden o una indicación, dialoga con tus hijos. Explícales por que han de hacerlo. "Mira, Juanito. Hay que dejar los zapatos en el ropero para que nadie se vaya a tropezar con ellos en la noche. También, para que te acostumbres a guardar todo en su lugar, para que mañana los encuentres rápido y no pierdas el tiempo en buscarlos"
5. Comprende a cada uno de tus hijos. Para mandar a Juanito se necesita exigirle mucho, pues es muy distraído. En cambio, a Manuelito basta que se lo digas una vez.
Sin embargo, con Juanito haz de tener muchísima paciencia. Con Manuelito menos. Cada quien necesita un servicio educativo diferente.
6. Mantén siempre la calma, la serenidad, el dominio personal. Nunca ejerzas tu autoridad en la familia si estás de mal humor, enojado o con un coraje. Eso te hará que no pienses bien.
Lo mas probable es que puedas ofender a alguno de tus hijos. ¡Detente! ¡Serénate! ¡Respira hondo! ¡Tranquilízate! Cuando lo hayas hecho, entonces ahora sí, da la orden que se necesite.7. Sé muy perseverante, no te rindas, continúa día a día. La autoridad hay que ejercerla siempre, sin desfallecer.
El día que no lo hagas, se perderá todo lo que hayas logrado. "Paquito es muy enojon. Todos los días, unas seis o siete veces, le tengo que estar ayudando para que domine esos enojos. Pero ya me cansé. Llevo cinco meses haciéndolo. Lo voy a dejar en paz".
Si así lo haces, Paquito empezara nuevamente a ser muy enojon y lo que hayas logrado, se perderá.
8. Confía mucho en Dios Nuestro Señor. Pídele su ayuda para que siempre seas autoridad en la familia con espíritu de servicio. Recuerda, Cristo vino a servir y no a ser servido.
Contempla a Jesucristo sirviendo como esclavo a los apóstoles al lavarles los pies en San Juan 13, 1-19. El dice: "Si yo, pues, os he lavado los pies, siendo vuestro Señor y Maestro, también habeis de lavaros vosotros los pies unos a otros".
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sábado, 6 de septiembre de 2008
viernes, 5 de septiembre de 2008
7.8.- EDUCAR EN LIBERTAD Y RESPONSABILIDAD
"El hombre puede educarse porque es libre y puede ser libre porque se educa
Educar en la libertad y responsabilidad
Uno de los grandes objetivos en la educación de nuestros hijos es la educación en la libertad. Una libertad entendida para conseguir hacer el bien.
Para educar a nuestros hijos en la libertad, los padres, hemos de esforzarnos en mejorar personalmente y ayudar a mejorar a los hijos.
Dice el profesor Yela:"El hombre puede educarse porque es libre y puede ser libre porque se educa, solo se educa al hombre liberándolo, sólo se libera educándole"
Educar en la libertad Es fomentar más autonomía y más responsabilidad en quien se educa. Respecto a la autonomía es importante conseguir: Que tengan iniciativas. Que sepan elegir. Que sean consecuentes.
Recuerdo la anécdota de aquel niño pequeño a quien preguntaban la definición de jersey y contestaba: "prenda que nos ponemos cuando la abuelita tiene frío". También es bueno que por decidir corran el riesgo de equivocarse, ya que "la experiencia es la madre de la ciencia".
Respecto a la responsabilidad apoyarse en:Encargos, adecuados a su edad y carácter. Administración de dinero para gastos personales. Puntualidad en los horarios establecidos en el hogar: hora de levantarse o ir a dormir, tiempo para el estudio, para el descanso, para las aficiones, para el tiempo libre, etc...
AutoridadPara desarrollar la libertad de los hijos, los padres hemos de llevar a término una autoridad valiente y prudente. Esta autoridad ha de estar sujeta al espíritu de servicio y avalada por el prestigio personal.
No podemos decir, por ejemplo: "Tengo ganas de acertar una quiniela para no pegar golpe". Y exigir que nuestros hijos estudien.Dice Oliveros Fernández de Otero: "Los padres con autoridad-servicio y autoridad-prestigio son comprensivos pero sobre todo son contagiosos, saben estimular por su manera de hacer".
Los padres hemos de tener autoridad, también, para ayudar a educar la voluntad de los hijos para que aprendan a hacer buenas obras. La obediencia del hijo se ha de alcanzar no por autoritarismo ni por sobreproteccionismo sino por amor. Por esto, la flexibilidad, ser capaces de rectificar, de cambiar de opinión, conocer el por qué del comportamiento del hijo en un momento determinado y valorar lo que es importante siempre, permanentemente, o aquello que solo es importante temporalmente, nos ayudará a la comprensión y a vivir un clima positivo y de confianza que facilitará el ejercicio de una buena autoridad.
Educar la libertad de nuestros hijos será conocer sus posibilidades reales, enseñar a observar y razonar, nunca imponer, sino que entiendan cual es la conducta adecuada en cada momento.
Todo esto dando testimonio, ya que los padres somos el espejo de convicciones firmes para ayudar a la responsabilidad personal y a la felicidad de los hijos, que con su entendimiento, reconocerán lo que es bueno y con su voluntad lo llevarán a buen término.
Educar en la libertad y responsabilidad
Uno de los grandes objetivos en la educación de nuestros hijos es la educación en la libertad. Una libertad entendida para conseguir hacer el bien.
Para educar a nuestros hijos en la libertad, los padres, hemos de esforzarnos en mejorar personalmente y ayudar a mejorar a los hijos.
Dice el profesor Yela:"El hombre puede educarse porque es libre y puede ser libre porque se educa, solo se educa al hombre liberándolo, sólo se libera educándole"
Educar en la libertad Es fomentar más autonomía y más responsabilidad en quien se educa. Respecto a la autonomía es importante conseguir: Que tengan iniciativas. Que sepan elegir. Que sean consecuentes.
Recuerdo la anécdota de aquel niño pequeño a quien preguntaban la definición de jersey y contestaba: "prenda que nos ponemos cuando la abuelita tiene frío". También es bueno que por decidir corran el riesgo de equivocarse, ya que "la experiencia es la madre de la ciencia".
Respecto a la responsabilidad apoyarse en:Encargos, adecuados a su edad y carácter. Administración de dinero para gastos personales. Puntualidad en los horarios establecidos en el hogar: hora de levantarse o ir a dormir, tiempo para el estudio, para el descanso, para las aficiones, para el tiempo libre, etc...
AutoridadPara desarrollar la libertad de los hijos, los padres hemos de llevar a término una autoridad valiente y prudente. Esta autoridad ha de estar sujeta al espíritu de servicio y avalada por el prestigio personal.
No podemos decir, por ejemplo: "Tengo ganas de acertar una quiniela para no pegar golpe". Y exigir que nuestros hijos estudien.Dice Oliveros Fernández de Otero: "Los padres con autoridad-servicio y autoridad-prestigio son comprensivos pero sobre todo son contagiosos, saben estimular por su manera de hacer".
Los padres hemos de tener autoridad, también, para ayudar a educar la voluntad de los hijos para que aprendan a hacer buenas obras. La obediencia del hijo se ha de alcanzar no por autoritarismo ni por sobreproteccionismo sino por amor. Por esto, la flexibilidad, ser capaces de rectificar, de cambiar de opinión, conocer el por qué del comportamiento del hijo en un momento determinado y valorar lo que es importante siempre, permanentemente, o aquello que solo es importante temporalmente, nos ayudará a la comprensión y a vivir un clima positivo y de confianza que facilitará el ejercicio de una buena autoridad.
Educar la libertad de nuestros hijos será conocer sus posibilidades reales, enseñar a observar y razonar, nunca imponer, sino que entiendan cual es la conducta adecuada en cada momento.
Todo esto dando testimonio, ya que los padres somos el espejo de convicciones firmes para ayudar a la responsabilidad personal y a la felicidad de los hijos, que con su entendimiento, reconocerán lo que es bueno y con su voluntad lo llevarán a buen término.
jueves, 4 de septiembre de 2008
7.9.- 27 CONSEJOS PARA VER TELEVISIÓN.
Si los seguimos, lograremos que la televisión esté a nuestro servicio y no ser esclavos de ese medio de comunicación
27 Consejos para ver televisión
La lectura de los 27 consejos nos hace reflexionar sobre el uso de la televisión. Si los seguimos, lograremos que la televisión esté a nuestro servicio y no ser esclavos de ese medio de comunicación.
1. Los padres debemos enseñar a nuestros hijos, tanto a ver espacios televisivos enriquecedores, como a no ver aquellos que puedan ser inconvenientes o que puedan afectarlos en su desarrollo integral como personas. Si los padres no enseñamos a ver televisión a nuestros hijos, ¿quién lo hará por nosotros?
2. Podemos enseñar a los hijos a que no hay que “ver televisión”, sino que ver programas de televisión. Así podremos desarrollar la capacidad de selección y de discriminación, que los habilitará para ver aquello que nos conviene y no mirar aquello que no nos conviene ver. Debemos preguntar a nuestros hijos ¿Qué programa quieren ver?, en lugar de ¿Quieren ver televisión?. No olvidemos que la televisión utilizada con el criterio de ayudar a la educación de los hijos puede ser una herramienta muy eficaz.
3. Para crear un criterio de selección al momento de ver televisión, es preciso evitar tener prendida la televisión cuando no hay nadie viendo un programa determinado. Siempre es positivo preguntarse: ¿Es necesario que en este momento esté prendido el televisor?. Cuantas veces la televisión permanece horas funcionando sin que nadie esté realmente viendo un programa determinado. Si la apagamos, cuando no es necesario que esté prendida, no solo ahorramos energía y dinero, sino que lo más importante, ganamos silencio y tiempo para nosotros mismos y para la familia.
4. Un buen modo de afirmar las ideas anteriores, es no tener a mano el control remoto. El “zapping”, o la costumbre de cambiar permanentemente de canal de televisión, es contrario al criterio de selección que debemos desarrollar en nuestros hijos. Por otro lado, “la lucha” por el control remoto muchas veces es injusta e inconveniente, ¿no sería preferible acordar de antemano el programa que queremos ver, para no ser esclavos del control remoto, que nos lleva por un vagabundeo interminable que no permite concentrarse ni entender ningún programa?. Si el “zapping” con el control remoto es inevitable, por que se está buscando qué ver, al menos es conveniente enseñar que todos tienen derecho a opinión, y que la selección del programa no es monopolio del mayor, el más fuerte o el dueño de la televisión, para así enseñarles a respetar los derechos y los gustos de cada uno de los miembros de la familia.
5. No es conveniente que nuestros hijos tengan un aparato de televisión en su habitación. Esta costumbre incentiva el aislamiento de nuestros hijos, provoca una adicción a la televisión y es contrario a la vida de familia. Tengamos presente que una adicción desordenada a la televisión impide el juego de nuestros hijos, el crecimiento de su creatividad y afecta inevitablemente la convivencia familiar.
6. Es siempre conveniente tener un horario preestablecido para ver programas de televisión. Como todas las cosas, la televisión tiene “su lugar” en la vida familiar, junto a otras actividades. En este punto debemos tomar conciencia que nuestro día sólo tiene 24 horas, y si le restamos el tiempo en que dormimos y trabajamos o estudiamos ¿cuánto tiempo libre nos queda?. ¿Es necesario dedicar el escaso tiempo libre que tenemos sólo a la televisión?. ¡Donde queda el tiempo para el juego, la amistad, la cultura, la imaginación y la convivencia familiar!
7. No usemos la televisión como una “niñera electrónica”, dado que ella no cuida verdaderamente a nuestros hijos, especialmente si los dejamos ver “lo que están dando”. Recordemos que la televisión, no puede dar cariño, ni es capaz de advertir a los niños de un eventual peligro. Cuando ambos padres trabajan, este criterio es especialmente importante.
8. No tengamos prendida la televisión cuando almorcemos o comamos en familia. Cuando se está juntos en familia, durante las comidas, toda nuestra atención debemos ponerla en compartir con nuestros hijos y cónyuge, cuidando ese verdadero tesoro que es estar juntos y con tiempo para conversar y conocernos mejor. No arruinemos o desperdiciemos los mejores momentos en familia “metiendo al medio” una intrusa como invitada principal, que obliga a ser vista y escuchada.
9. La capacidad de imitación que tiene el niño debemos orientarla hacia el conocimiento de personajes reales y ejemplares, por ejemplo deportistas, hombres ilustres, héroes de nuestra historia, personas destacadas en la ayuda a los demás, poetas, etcétera, y no hacia “héroes imaginarios”, “monstruos”, o personajes inexistentes. De esta forma, pondremos a su alcance las vidas de personas que han pasado haciendo el bien, y que merecen ser imitadas.
10. Los padres debemos tratar de acompañar a nuestros hijos a ver televisión. De esta forma podremos conocer verdaderamente los contenidos de los programas para tener juicios más apropiados al momento de emitir nuestra opinión sobre la televisión. Mirando televisión con ellos nos podremos dar cuenta de sus gustos o preferencias, y los efectos que los distintos programas pueden producir en cada uno de ellos.
11. Echarle la culpa a la televisión es la salida fácil. No conviene que los padres renunciemos a la posibilidad de que en la casa se vea siempre buena televisión, teniendo presente que en la programación de la televisión, si buscamos, podremos encontrar casi siempre buenos programas, y que nos corresponde a nosotros el deber y la responsabilidad de ser los principales formadores de nuestros hijos.
12. La experiencia demuestra que no es conveniente que los niños y jóvenes puedan ver el programa que se les antoje, sobre todo los más pequeños. Tampoco conviene dar por sentado que todos los programas llamados infantiles o de dibujos animados tienen un contenido adecuado para su edad.
13. Los padres debemos informarnos del contenido de los programas de televisión. Cualquier espacio que incluya sexualidad, violencia, maldad, permisividad, delincuencia, racismo, etcétera, no es apto para niños. Y los padres deben saberlo, y evitar que sus hijos los vean. Para lograr esto, se pueden consultar las guías de calificación de la programación de la televisión que se publican a instancias del Ministerio de Educación, del Consejo Nacional de la Televisión, y en revistas especializadas de educación de los hijos, como por ejemplo Hacer Familia o Educar.
14. Una vez informados del contenido de los programas de televisión respetemos la señalización de los programas infantiles: - para todo niño; - para niños mayores de 7 años; y para niños mayores de 12 años, establecida por los canales de televisión, y difundida tanto por el Ministerio de Educación como por el Consejo Nacional de Televisión, para el cuidado de los niños.
15. Hay que tener presente que los hijos deben aprender valores antes que nada en el ámbito de la familia. Cuidemos de explicar a nuestros hijos que los principios e ideales de los héroes o heroínas de la televisión son la mayoría de las veces son difíciles de aplicar en la vida diaria, donde a diferencia de la televisión, cada acto tiene un costo y una consecuencia positiva o negativa para ellos mismos.
16. Con imaginación y creatividad los padres de familia podemos esforzarnos en buscar alternativas a la televisión, fomentando el deporte, las visitas a museos y parques naturales, las sesiones de teatro, la proyección de videos, las conversaciones familiares, las prácticas de acciones solidarias a favor de los demás, etcétera.
17. La “cultura de la imagen” debe llegar a los niños por medios que no sea exclusivamente la televisión. Enseñémosles a nuestros hijos que fuera de la pantalla existen los paisajes, las puestas de sol, los jardines, los museos y exposiciones, los libros, etcétera, que son infinitamente más bonitos y reales que lo que puedan ver en la televisión. En este mundo hay tanto que ver y que mirar, pero, es necesario que como padres lideremos este esfuerzo, no perdiendo la capacidad de admiración, para que nuestros niños sigan nuestro ejemplo.
18. Inevitablemente, y no obstante nuestros esfuerzos, habrá contenidos televisivos contrarios a nuestros valores, que nos parezcan inconvenientes o negativos para nosotros o nuestros hijos. Por ello fomentemos en familia el análisis crítico del contenido de los programas de la televisión. Para eso, acostumbremos a nuestros hijos a saber ver y distinguir lo bueno y lo malo que pueda contener un determinado programa de televisión.
19. Los padres tenemos que fomentar que los programas sean analizados y materia de conversación en reuniones de familia, por ejemplo en las comidas. Esto no solo enriquece la comunicación familiar, sino que es una excelente manera de conocer y dar un apoyo concreto a la educación de los valores de nuestros hijos.
20. Las familias, de a poco, pueden crear una videoteca con películas y documentales de interés para los niños, que contengan temas variados y entretenidos. Esta práctica no solo fomentará el gusto por la cultura y la entretención en familia, sino que les servirá para ir creando un criterio selectivo al momento de ver televisión.
21. Algunos comerciales pueden ser tan peligrosos como los malos programas de televisión. Los padres debemos estar muy atentos para que la televisión no convierta a nuestros hijos en personas superficiales o consumidoras de todo lo que se anuncia. La gran oferta de bienes que existe en la televisión puede ayudarnos a educar a nuestros hijos en un “consumo inteligente”, basado en la satisfacción de las reales necesidades, mas que la de los gustos. Nunca hay que hacer caso de la publicidad de juegos que inciten a la violencia, a la discriminación, y al racismo.
22. Los padres de familia, tenemos el derecho y el deber de iniciar a nuestros hijos en una positiva y prudente educación sexual, que evite que una imagen distorsionada del amor humano y del sexo les sea trasmitida a través de cualquier medio, y en particular los programas o avisos de la televisión.
23. No podemos dejar que nuestros hijos vean televisión de mala calidad. Si estos programas de televisión son vistos por nuestros hijos, confundirán la realidad con la ficción, se desorientarán y equivocarán al comprender y valorar el sentido de la vida. Transigir con la mala calidad de aquellos programas de televisión inadecuados para los niños, dejando que los vean, equivale a hacerse cómplice de lo que sabemos distorsiona los valores que le servirán de fundamento para el resto de su vida, y atenta contra los derechos de la infancia.
24. Hay que evitar a toda costa que el ver o no ver televisión se convierta para los niños en un premio o castigo.
25. Los padres de familia podemos organizarnos para exigir una televisión de calidad, especialmente en horarios infantiles. Las actitudes groseras, los hábitos y comportamientos antisociales, las obscenidades del lenguaje, la pérdida del sentido de la autoridad, la vulgaridad y la frivolidad, la apología subliminal o directa de conductas reprochables, la discriminación de la mujer o su utilización como objeto sexual y cualquier menosprecio a la vida humana, deben ser erradicados, especialmente de los espacios que tengan a los niños como destinatarios.
26. Ante una programación infantil con baja, discutible y reprobable calidad, los padres de familia tenemos la ineludible responsabilidad de poner en marcha una crítica constructiva, ejerciendo así nuestros derechos ciudadanos. Asimismo, y como contrapartida al esfuerzo realizado por muchos de quienes trabajan en el ámbito de la televisión, es conveniente incentivar una buena televisión, resaltando y difundiendo entre nuestros amigos los buenos programas de televisión.
27. El ejemplo es la herramienta más eficaz que tenemos los padres en nuestras manos. Si vemos mucha televisión, o postergamos nuestros deberes o actividades familiares o recreativas con nuestros hijos por ver televisión, o vemos televisión de mala calidad, ¿con qué criterio vamos a evitar que nuestros hijos vean aquellos programas negativos para ellos?
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27 Consejos para ver televisión
La lectura de los 27 consejos nos hace reflexionar sobre el uso de la televisión. Si los seguimos, lograremos que la televisión esté a nuestro servicio y no ser esclavos de ese medio de comunicación.
1. Los padres debemos enseñar a nuestros hijos, tanto a ver espacios televisivos enriquecedores, como a no ver aquellos que puedan ser inconvenientes o que puedan afectarlos en su desarrollo integral como personas. Si los padres no enseñamos a ver televisión a nuestros hijos, ¿quién lo hará por nosotros?
2. Podemos enseñar a los hijos a que no hay que “ver televisión”, sino que ver programas de televisión. Así podremos desarrollar la capacidad de selección y de discriminación, que los habilitará para ver aquello que nos conviene y no mirar aquello que no nos conviene ver. Debemos preguntar a nuestros hijos ¿Qué programa quieren ver?, en lugar de ¿Quieren ver televisión?. No olvidemos que la televisión utilizada con el criterio de ayudar a la educación de los hijos puede ser una herramienta muy eficaz.
3. Para crear un criterio de selección al momento de ver televisión, es preciso evitar tener prendida la televisión cuando no hay nadie viendo un programa determinado. Siempre es positivo preguntarse: ¿Es necesario que en este momento esté prendido el televisor?. Cuantas veces la televisión permanece horas funcionando sin que nadie esté realmente viendo un programa determinado. Si la apagamos, cuando no es necesario que esté prendida, no solo ahorramos energía y dinero, sino que lo más importante, ganamos silencio y tiempo para nosotros mismos y para la familia.
4. Un buen modo de afirmar las ideas anteriores, es no tener a mano el control remoto. El “zapping”, o la costumbre de cambiar permanentemente de canal de televisión, es contrario al criterio de selección que debemos desarrollar en nuestros hijos. Por otro lado, “la lucha” por el control remoto muchas veces es injusta e inconveniente, ¿no sería preferible acordar de antemano el programa que queremos ver, para no ser esclavos del control remoto, que nos lleva por un vagabundeo interminable que no permite concentrarse ni entender ningún programa?. Si el “zapping” con el control remoto es inevitable, por que se está buscando qué ver, al menos es conveniente enseñar que todos tienen derecho a opinión, y que la selección del programa no es monopolio del mayor, el más fuerte o el dueño de la televisión, para así enseñarles a respetar los derechos y los gustos de cada uno de los miembros de la familia.
5. No es conveniente que nuestros hijos tengan un aparato de televisión en su habitación. Esta costumbre incentiva el aislamiento de nuestros hijos, provoca una adicción a la televisión y es contrario a la vida de familia. Tengamos presente que una adicción desordenada a la televisión impide el juego de nuestros hijos, el crecimiento de su creatividad y afecta inevitablemente la convivencia familiar.
6. Es siempre conveniente tener un horario preestablecido para ver programas de televisión. Como todas las cosas, la televisión tiene “su lugar” en la vida familiar, junto a otras actividades. En este punto debemos tomar conciencia que nuestro día sólo tiene 24 horas, y si le restamos el tiempo en que dormimos y trabajamos o estudiamos ¿cuánto tiempo libre nos queda?. ¿Es necesario dedicar el escaso tiempo libre que tenemos sólo a la televisión?. ¡Donde queda el tiempo para el juego, la amistad, la cultura, la imaginación y la convivencia familiar!
7. No usemos la televisión como una “niñera electrónica”, dado que ella no cuida verdaderamente a nuestros hijos, especialmente si los dejamos ver “lo que están dando”. Recordemos que la televisión, no puede dar cariño, ni es capaz de advertir a los niños de un eventual peligro. Cuando ambos padres trabajan, este criterio es especialmente importante.
8. No tengamos prendida la televisión cuando almorcemos o comamos en familia. Cuando se está juntos en familia, durante las comidas, toda nuestra atención debemos ponerla en compartir con nuestros hijos y cónyuge, cuidando ese verdadero tesoro que es estar juntos y con tiempo para conversar y conocernos mejor. No arruinemos o desperdiciemos los mejores momentos en familia “metiendo al medio” una intrusa como invitada principal, que obliga a ser vista y escuchada.
9. La capacidad de imitación que tiene el niño debemos orientarla hacia el conocimiento de personajes reales y ejemplares, por ejemplo deportistas, hombres ilustres, héroes de nuestra historia, personas destacadas en la ayuda a los demás, poetas, etcétera, y no hacia “héroes imaginarios”, “monstruos”, o personajes inexistentes. De esta forma, pondremos a su alcance las vidas de personas que han pasado haciendo el bien, y que merecen ser imitadas.
10. Los padres debemos tratar de acompañar a nuestros hijos a ver televisión. De esta forma podremos conocer verdaderamente los contenidos de los programas para tener juicios más apropiados al momento de emitir nuestra opinión sobre la televisión. Mirando televisión con ellos nos podremos dar cuenta de sus gustos o preferencias, y los efectos que los distintos programas pueden producir en cada uno de ellos.
11. Echarle la culpa a la televisión es la salida fácil. No conviene que los padres renunciemos a la posibilidad de que en la casa se vea siempre buena televisión, teniendo presente que en la programación de la televisión, si buscamos, podremos encontrar casi siempre buenos programas, y que nos corresponde a nosotros el deber y la responsabilidad de ser los principales formadores de nuestros hijos.
12. La experiencia demuestra que no es conveniente que los niños y jóvenes puedan ver el programa que se les antoje, sobre todo los más pequeños. Tampoco conviene dar por sentado que todos los programas llamados infantiles o de dibujos animados tienen un contenido adecuado para su edad.
13. Los padres debemos informarnos del contenido de los programas de televisión. Cualquier espacio que incluya sexualidad, violencia, maldad, permisividad, delincuencia, racismo, etcétera, no es apto para niños. Y los padres deben saberlo, y evitar que sus hijos los vean. Para lograr esto, se pueden consultar las guías de calificación de la programación de la televisión que se publican a instancias del Ministerio de Educación, del Consejo Nacional de la Televisión, y en revistas especializadas de educación de los hijos, como por ejemplo Hacer Familia o Educar.
14. Una vez informados del contenido de los programas de televisión respetemos la señalización de los programas infantiles: - para todo niño; - para niños mayores de 7 años; y para niños mayores de 12 años, establecida por los canales de televisión, y difundida tanto por el Ministerio de Educación como por el Consejo Nacional de Televisión, para el cuidado de los niños.
15. Hay que tener presente que los hijos deben aprender valores antes que nada en el ámbito de la familia. Cuidemos de explicar a nuestros hijos que los principios e ideales de los héroes o heroínas de la televisión son la mayoría de las veces son difíciles de aplicar en la vida diaria, donde a diferencia de la televisión, cada acto tiene un costo y una consecuencia positiva o negativa para ellos mismos.
16. Con imaginación y creatividad los padres de familia podemos esforzarnos en buscar alternativas a la televisión, fomentando el deporte, las visitas a museos y parques naturales, las sesiones de teatro, la proyección de videos, las conversaciones familiares, las prácticas de acciones solidarias a favor de los demás, etcétera.
17. La “cultura de la imagen” debe llegar a los niños por medios que no sea exclusivamente la televisión. Enseñémosles a nuestros hijos que fuera de la pantalla existen los paisajes, las puestas de sol, los jardines, los museos y exposiciones, los libros, etcétera, que son infinitamente más bonitos y reales que lo que puedan ver en la televisión. En este mundo hay tanto que ver y que mirar, pero, es necesario que como padres lideremos este esfuerzo, no perdiendo la capacidad de admiración, para que nuestros niños sigan nuestro ejemplo.
18. Inevitablemente, y no obstante nuestros esfuerzos, habrá contenidos televisivos contrarios a nuestros valores, que nos parezcan inconvenientes o negativos para nosotros o nuestros hijos. Por ello fomentemos en familia el análisis crítico del contenido de los programas de la televisión. Para eso, acostumbremos a nuestros hijos a saber ver y distinguir lo bueno y lo malo que pueda contener un determinado programa de televisión.
19. Los padres tenemos que fomentar que los programas sean analizados y materia de conversación en reuniones de familia, por ejemplo en las comidas. Esto no solo enriquece la comunicación familiar, sino que es una excelente manera de conocer y dar un apoyo concreto a la educación de los valores de nuestros hijos.
20. Las familias, de a poco, pueden crear una videoteca con películas y documentales de interés para los niños, que contengan temas variados y entretenidos. Esta práctica no solo fomentará el gusto por la cultura y la entretención en familia, sino que les servirá para ir creando un criterio selectivo al momento de ver televisión.
21. Algunos comerciales pueden ser tan peligrosos como los malos programas de televisión. Los padres debemos estar muy atentos para que la televisión no convierta a nuestros hijos en personas superficiales o consumidoras de todo lo que se anuncia. La gran oferta de bienes que existe en la televisión puede ayudarnos a educar a nuestros hijos en un “consumo inteligente”, basado en la satisfacción de las reales necesidades, mas que la de los gustos. Nunca hay que hacer caso de la publicidad de juegos que inciten a la violencia, a la discriminación, y al racismo.
22. Los padres de familia, tenemos el derecho y el deber de iniciar a nuestros hijos en una positiva y prudente educación sexual, que evite que una imagen distorsionada del amor humano y del sexo les sea trasmitida a través de cualquier medio, y en particular los programas o avisos de la televisión.
23. No podemos dejar que nuestros hijos vean televisión de mala calidad. Si estos programas de televisión son vistos por nuestros hijos, confundirán la realidad con la ficción, se desorientarán y equivocarán al comprender y valorar el sentido de la vida. Transigir con la mala calidad de aquellos programas de televisión inadecuados para los niños, dejando que los vean, equivale a hacerse cómplice de lo que sabemos distorsiona los valores que le servirán de fundamento para el resto de su vida, y atenta contra los derechos de la infancia.
24. Hay que evitar a toda costa que el ver o no ver televisión se convierta para los niños en un premio o castigo.
25. Los padres de familia podemos organizarnos para exigir una televisión de calidad, especialmente en horarios infantiles. Las actitudes groseras, los hábitos y comportamientos antisociales, las obscenidades del lenguaje, la pérdida del sentido de la autoridad, la vulgaridad y la frivolidad, la apología subliminal o directa de conductas reprochables, la discriminación de la mujer o su utilización como objeto sexual y cualquier menosprecio a la vida humana, deben ser erradicados, especialmente de los espacios que tengan a los niños como destinatarios.
26. Ante una programación infantil con baja, discutible y reprobable calidad, los padres de familia tenemos la ineludible responsabilidad de poner en marcha una crítica constructiva, ejerciendo así nuestros derechos ciudadanos. Asimismo, y como contrapartida al esfuerzo realizado por muchos de quienes trabajan en el ámbito de la televisión, es conveniente incentivar una buena televisión, resaltando y difundiendo entre nuestros amigos los buenos programas de televisión.
27. El ejemplo es la herramienta más eficaz que tenemos los padres en nuestras manos. Si vemos mucha televisión, o postergamos nuestros deberes o actividades familiares o recreativas con nuestros hijos por ver televisión, o vemos televisión de mala calidad, ¿con qué criterio vamos a evitar que nuestros hijos vean aquellos programas negativos para ellos?
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miércoles, 3 de septiembre de 2008
7.10.- LA TV, MI AMIGA
Mi amiga la tele
¿Cuántas cosas realmente provechosas dejamos de hacer por estar “matando el tiempo” en la televisión?
Mi amiga la tele
Llegué de trabajar un viernes por la noche a la casa, saludé a mi esposa y le pregunté por las niñas. “están cenando y viendo la tele” me dijo, fuí a saludarlas y regresé al cuarto de la tele a sentarme con mi esposa, ¿Qué ves? le pregunté, “no sé, estoy viendo que hay”. Después de recorrer varias veces todos los canales que la tecnología moderna nos da hoy en día, nos dimos cuenta de que no había nada que nos gustara, así que decidimos poner el menos malo de los programas. A mi no me gustó el programa por lo que decidí ir a la tele de la recamara para ver otra cosa. Curiosamente tampoco encontré nada que me gustara e hice lo mismo que hacia mi esposa, dar vueltas intermitentemente a los otros canales a ver si encontraba algo mejor; tres o cuatro horas mas tarde decidimos apagar las teles e irnos a dormir porque no había nada que ver.
Así pasamos la noche del viernes, “en familia”, cada quien viendo una televisión diferente y es muy común que esta situación se repita noche a noche en la gran mayoría de los hogares.
Actualmente se dice que la televisión es uno de los grandes avances tecnológicos hablando de comunicación, existen cualquier cantidad de opciones, desde la televisión abierta hasta las grandes cadenas de televisión de paga satelital o por cable, las cuales nos ofrecen una gran variedad de canales; pero en la realidad la tele se ha sido convertido en una de las principales causas de la falta de comunicación y de convivencia que hoy en día hay en nuestras familias.
La gran mayoría de las casas tienen por lo menos una televisión, encontramos casas que inclusive tienen un cuarto especial para la tele, en donde se “reúne” la familia, pero cuidado y se nos ocurra hablar durante el programa, porque inmediatamente todos nos reclaman pidiéndonos silencio.
Haciendo una cuenta muy sencilla, si dedicamos dos horas al día a ver la tele, lo cual no es nada fuera de lo común ni descabellado, encontramos que en un año habremos visto 730 horas de televisión que dividido entre 24 horas, tenemos que nos pasamos 30 días de 24 horas al año viendo la tele, y lo mas probable es que haya sido viendo cualquier cosa, nada que realmente nos gustara o nos interesara.
¿Cuántas cosas realmente provechosas dejamos de hacer por estar “matando el tiempo” en la televisión? Jugar y convivir con nuestros hijos, platicar con nuestros padres, hacer deporte, comunicarnos con nuestra pareja, leer un buen libro, salir a pasear, conocer gente, estudiar, etc. etc. etc.
Con todo esto no intento “satanizar” a la televisión, ya que a través de ella podemos obtener grandes beneficios y es parte importante del progreso; sin embargo creo que es muy conveniente verla con moderación, ver programas que realmente nos gusten, programas que nos entretengan sanamente, programas a los cuales podamos sacarle provecho, programas a través de los cuales podamos convivir y divertirnos reunidos en familia y con los amigos.
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¿Cuántas cosas realmente provechosas dejamos de hacer por estar “matando el tiempo” en la televisión?
Mi amiga la tele
Llegué de trabajar un viernes por la noche a la casa, saludé a mi esposa y le pregunté por las niñas. “están cenando y viendo la tele” me dijo, fuí a saludarlas y regresé al cuarto de la tele a sentarme con mi esposa, ¿Qué ves? le pregunté, “no sé, estoy viendo que hay”. Después de recorrer varias veces todos los canales que la tecnología moderna nos da hoy en día, nos dimos cuenta de que no había nada que nos gustara, así que decidimos poner el menos malo de los programas. A mi no me gustó el programa por lo que decidí ir a la tele de la recamara para ver otra cosa. Curiosamente tampoco encontré nada que me gustara e hice lo mismo que hacia mi esposa, dar vueltas intermitentemente a los otros canales a ver si encontraba algo mejor; tres o cuatro horas mas tarde decidimos apagar las teles e irnos a dormir porque no había nada que ver.
Así pasamos la noche del viernes, “en familia”, cada quien viendo una televisión diferente y es muy común que esta situación se repita noche a noche en la gran mayoría de los hogares.
Actualmente se dice que la televisión es uno de los grandes avances tecnológicos hablando de comunicación, existen cualquier cantidad de opciones, desde la televisión abierta hasta las grandes cadenas de televisión de paga satelital o por cable, las cuales nos ofrecen una gran variedad de canales; pero en la realidad la tele se ha sido convertido en una de las principales causas de la falta de comunicación y de convivencia que hoy en día hay en nuestras familias.
La gran mayoría de las casas tienen por lo menos una televisión, encontramos casas que inclusive tienen un cuarto especial para la tele, en donde se “reúne” la familia, pero cuidado y se nos ocurra hablar durante el programa, porque inmediatamente todos nos reclaman pidiéndonos silencio.
Haciendo una cuenta muy sencilla, si dedicamos dos horas al día a ver la tele, lo cual no es nada fuera de lo común ni descabellado, encontramos que en un año habremos visto 730 horas de televisión que dividido entre 24 horas, tenemos que nos pasamos 30 días de 24 horas al año viendo la tele, y lo mas probable es que haya sido viendo cualquier cosa, nada que realmente nos gustara o nos interesara.
¿Cuántas cosas realmente provechosas dejamos de hacer por estar “matando el tiempo” en la televisión? Jugar y convivir con nuestros hijos, platicar con nuestros padres, hacer deporte, comunicarnos con nuestra pareja, leer un buen libro, salir a pasear, conocer gente, estudiar, etc. etc. etc.
Con todo esto no intento “satanizar” a la televisión, ya que a través de ella podemos obtener grandes beneficios y es parte importante del progreso; sin embargo creo que es muy conveniente verla con moderación, ver programas que realmente nos gusten, programas que nos entretengan sanamente, programas a los cuales podamos sacarle provecho, programas a través de los cuales podamos convivir y divertirnos reunidos en familia y con los amigos.
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martes, 2 de septiembre de 2008
8.- CONOCERSE, BASE DE TODA FORMACION
CONOCERSE ES LA BASE DE TODA FORMACION.
“No serás sabio si no te conoces a ti mismo”
“No seas como el ojo que todo lo ve y no se ve a sí mismo”
“No hay peor ignorancia que la de ignorarse”
“¿Por qué tanta atención al mundo exterior y tanto descuido por el mundo interior?”
La formación como padres tiene que tener un punto de partida: el autoconocimiento.
Esto es que, partiendo del conocimiento de nuestro temperamento, carácter, personalidad y tipo de padres que somos, podremos entender el porqué de nuestras reacciones y saber discernir entre lo que nos gustaría conservar o modificar, para luego trasmitirlo a nuestra familia.
El estudio de carácter lo podremos hacer cuando lleguemos al tema de Conocimiento de los Hijos en la segunda parte del Taller.
Aquí analizaremos la dinámica de la relación que tenemos con nuestros hijos, es decir, el tipo de padres que somos.
TIPOS DE PADRES
Existen diferentes tipos de padres. Los vamos a clasificar en función del mensaje que envían a sus hijos y el papel que éstos juegan como resultado. Seguramente reconoceremos algunos rasgos presentes en nuestra condición de papás.
PADRES CONTRADICTORIOS.
Son aquéllos que dicen a sus hijos cómo comportarse, pero no actúan conforme a estos lineamientos.
Su lema es “hazlo como te lo digo y no como yo lo hago”.
Ellos mienten, por ejemplo, pero no permitirían jamás que sus hijos lo hicieran (el típico “diles que no estoy”).
Exigen puntualidad aunque nunca lleguen a tiempo.
Se gritan el uno al otro y cuando los hijos se pelean les dicen “¿qué no se pueden llevar bien?”.
Son desordenados pero exigen a los hijos cuartos impecables.
Los hijos de padres como estos, rápidamente aprenden que no hay base moral consistente en las declaraciones y requerimientos de los padres, por lo que pueden llegar a ignorarlos.
"El mejor educador es el ejemplo.
Los niños tienden a imitar las actitudes de los adultos, en especial de los que quieren o admiran. Jamás pierden de vista a los padres, los observan de continuo, sobre todo en los primeros años. Ven también cuando no miran y escuchan incluso cuando están super-ocupados jugando. Poseen una especie de radar, que intercepta todos los actos y las palabras de su entorno.
Por eso los padres educan o deseducan, ante todo, con su ejemplo."
Además, el ejemplo posee un insustituible valor pedagógico, de confirmación y de ánimo: no hay mejor modo de enseñar a un niño a tirarse al agua que hacerlo con él o antes que él. Las palabras vuelan, pero el ejemplo permanece, ilumina las conductas… y arrastra.
En el extremo opuesto la incongruencia entre lo que se aconseja y lo que se vive es el mayor mal que un padre o una madre puede influir a sus hijos: sobre todo a determinadas edades, cuando el sentido de la «justicia» se encuentra en los chicos rígidamente asentado, sobre-desarrollado… y dispuesto a enjuiciar con excesiva dureza a los demás.
Tomás Melendo Granados
PADRES FANTASIOSOS.
Poseen y comparten un mundo imaginativo. Evaden hablar de la realidad y conscientemente la distorsionan.
Entre más cuentan su historia, más se la creen.
Inventan logros personales (...”yo a tu edad, era un niño de diez y campeón de fútbol”).
Los niños acaban enterándose de que no era tanto, crecen emocionalmente inestables ya que no saben lo que realmente tienen.
En algunos casos crean su propio mundo imaginario, evadiendo la realidad exterior.
De adultos pueden ir de un extremo al otro, viviendo en la fantasía o se tornan cuidadosos y rígidos, temerosos de correr riesgos y de caer en un mundo incierto.
PADRES COMPETITIVOS.
Actúan y se visten como adolescentes. Pueden usar el mismo tipo de ropa y competir con sus hijos por la atención de sus amigos.
No les gusta que sus hijos sean mejores que ellos, incluso denigran sus logros.
Usan la típica frase: “yo a tu edad...”.
Se da en el deporte, en el ámbito social o de logros académicos personales.
Los hijos tienen dos opciones: o ceden, convirtiéndose en fracasados a sus propios ojos; o tienen éxito gracias al apoyo que encuentran fuera de la familia.
PADRES SOBREPROTECTORES.
Pueden hacer muchísimo daño al pretender evitar todo sufrimiento o frustración en sus hijos.
Les dan todo sin que tengan que hacer nada por ganárselo, los limitan haciéndolos inútiles y dependientes.
Acceden a los caprichos y berrinches de su hijo, continúan vistiéndolo aún cuando él pueda hacerlo, le hacen la tarea, lo compensan cuando le va mal.
Le sirven en bandeja de plata todo lo que requiere (le buscan la mejor miss y lo cambian de grupo, a la menor dificultad piden cita con las misses y la directora, regatean las calificaciones y los premios, etc.).
Sin darse cuenta, entre más les dan, más les quitan; les arrebatan la satisfacción que todos encontramos en aprender a hacer las cosas por nosotros mismos.
Si a medida que crece, el hijo continúa fracasando, los padres le seguirán dando más para evitar que se sienta mal por sus fracasos.
Por otro lado, le compran un premio para compensar sus éxitos, como si el éxito no fuese un premio en sí mismo.
Los padres se quejan cuando los resultados no deseados fueron originados, irónicamente, por su propia conducta.
Así como desalientan la independencia de sus hijos, estos padres han fomentado su inseguridad, en lugar de animarlos en sus habilidades.
Aún cuando crecen, continúan pagándoles la luna de miel, amueblándoles el departamento y lo que es peor, manteniéndolos bajo un control económico y psicológico.
"No malcriar a los niños.
Se malcría a un niño con desproporcionadas o muy frecuentes alabanzas, con indulgencia y condescendencia respecto a sus antojos. Se lo maleduca también convirtiéndolo a menudo en el centro del interés de todos, y dejando que sea él quien determine las decisiones familiares. Un pequeño rodeado de excesiva atención y de concesiones inoportunas, una vez fuera del ámbito de la familia se convertirá, si posee un temperamento débil, en una persona tímida e incapaz de desenvolverse por sí misma. Si, por el contrario, tiene un fuerte temperamento, se transformará en un egoísta, capaz de servirse de los otros o de llevárselos por delante.
Por eso, frente a los caprichos de los niños no se debe ceder: habrá simplemente que esperar a que pase la pataleta, sin nerviosismos, manteniendo una actitud serena, casi de desatención, y, al mismo tiempo, firme. Y esto, incluso —o sobre todo— cuando «nos pongan en evidencia» delante de otras personas: su bien (¡el de los hijos!) debe ir siempre por delante del nuestro."
Tomás Melendo Granados
Consulta para este inciso:
Echar a volar de Alfonso Aguiló.
http://es.catholic.net/familiayvida/158/287/articulo.php?id=32960
A mi hijo que no le falte nada de Marisol Guisásola.
http://es.catholic.net/familiayvida/158/320/articulo.php?id=29945
PADRES AUTORITARIOS.
Son el extremo opuesto de los padres sobreprotectores, ya que son críticos y rígidos (tanto papá y mamá pueden ajustarse a este tipo).
Utilizan su autoridad para degradar e intimidar a sus hijos, sacando sus propias frustraciones y aplicándolas sobre los mismos, al igual que sus padres hicieron con ellos (imitamos lo que más odiamos).
Nadie puede discutir nada con los padres autoritarios, debido a que ellos siempre tienen la razón.
Malhumorados, arrogantes, dominantes y demandantes, siempre imponen sus deseos:
- “Soy tu madre y vas a hacer lo que te digo...”
- “No vas y se acabó...”
- “Vas y le dices a la miss que...”
- “No quiero que vuelvas a salir con...”
En esta categoría entran los sabelotodo que siempre tienen una respuesta para justificar todo. Algunas veces este tipo de papás denigra a su pareja frente a los niños:
- “No le hagan caso a su mamá...”
- “No te preocupes si tu papá te castigo, yo lo convenzo...”
Cuando crecen toman partido con el “papá barco” quien triunfa, divide y se le revierten la falta de límites.
Consulta Hacer pensar y hacer hacer de Emilio Aviés Cutillas
http://es.catholic.net/familiayvida/158/287/articulo.php?id=32271
PADRES AUSENTES.
Ocurre frecuentemente que alguno (generalmente el padre), no tenga relación con la familia excepto para satisfacer sus necesidades económicas.
El padre ausente delega toda su responsabilidad en el cónyuge, y como resultado, es uno el que toma las decisiones sobre atención médica, necesidades escolares y emocionales, mientras que el otro cierra los ojos a cualquier problema.
No sabe quiénes son los amigos de sus hijos, o en qué etapa del desarrollo emocional se encuentra.
Hay veces que el papá se entera que el hijo camina o habla hasta el fin de semana, o la mamá mandan a la nana al Gymboree, o están estudiando la maestría de psicología infantil “full time” y no atienden a sus propios hijos.
El problema no es el trabajo, sino la actitud y la atención que tenemos para ellos.
Los hijos pueden buscar llenar ese vacío emotivo en otras personas.
Existen otros tipos de padres con conductas más peligrosas, como los DonJuanes conquistadores y eternos adúlteros, mamás frívolas y socialités, los adictos al alcohol, los tacaños que manipulan con el dinero, los irresponsables cuyos hijos son educados por la nana y el chofer.
No usemos a los hijos como reflejo de nuestros problemas conyugales. Qué importante es no proyectar en nuestros hijos nuestros propios sueños o frustraciones.
Pero también existen los padres bien adaptados. Generalmente evitan los errores de otros padres, aceptan que sus hijos tienen independencia y libertad, les enseñan a aceptar su responsabilidad sobre sus propias decisiones a una edad temprana.
Quizás ellos tuvieron la suerte de tener unos padres que los valoraban, pero de no ser así, están dispuestos a educar de la mejor manera, buscan su formación constante como seres humanos, como pareja, como padres de familia y como formadores en valores y ética.
Muchos padres tienen conciencia de esto: no existe nadie perfecto y todos podemos caer en algún tipo de error pero somos capaces de admitirlo y crecer en familia, con su familia y para su familia.
Cuando papá educa de Cristina H. de Canavati.
http://es.catholic.net/familiayvida/158/287/articulo.php?id=2315
MEDIOS UTILES PARA LA FORMACION.
TELEVISION.
Ha llegado a ser una realidad cotidiana en casi todos los hogares. Su poder de penetración ha sido enorme y debemos saber descubrir lo positivo y lo negativo para utilizarla eficazmente.
VENTAJAS:
* Medio de información que nos pone en contacto con el mundo.
*Permite establecer un juicio crítico en un mundo globalizado.
*Amplía su visión de lo aprendido en la escuela.
*Desarrolla en los niños intereses varios, enriquece su vocabulario.
*Despierta su curiosidad por mayores conocimientos que puede ser complementada con libros.
*Proporciona diversión familiar y convivencia que favorece un intercambio de ideas u opiniones para aclarar criterios a partir de un contenido o mensaje.
DESVENTAJAS:
*Crea adicción (basta ver el boom de las telenovelas infantiles).
*El contenido puede ser lo opuesto que queremos trasmitir, incluso en los anuncios que pasan en medio de programas infantiles ( anuncios de telenovelas nocturnas, películas violentas o cargadas de sexo).
*Favorece la pasividad ya que el niño es un receptor para quien todo lo demás le aburre pues no sabe crear sus propios juegos.
*No d a espacio para la reflexión o asimilación por las imágenes tan rápidas.
*Falta de convivencia, cuando cada uno ve en su propia televisión su programa.
Despierta consumismo (cuántas veces cambiaron la carta a Santa con cada anuncio nuevo de juguetes novedosos).
De nosotros depende influir favorablemente para que los mensajes sean los que queremos.
Mi amiga la tele Raul Martínez Caso.
http://es.catholic.net/familiayvida/158/287/articulo.php?id=24815
27 Consejos para ver televisiónEduardo R. Cattaneo.
http://es.catholic.net/familiayvida/158/287/articulo.php?id=7306
LECTURA.
El hábito de la lectura depende de la actitud propia de los padres.
¿Tus hijos te ven leyendo?
¿Vas con ellos a las librerías?
Si aprovechamos su curiosidad y les “regalamos” este hábito, de por vida lo agradecerán.
“Dime sobre cuántos libros estás parado, y te diré cuál es tu perspectiva del mundo”.
Va más allá del desarrollo del lenguaje, del vocabulario pues llega a las esferas de la creatividad, de la imaginación.
Los libros informan, forman y entretienen.
El ejemplo es lo primordial, acercarlos a los libros. Pero sobretodo, platicar con ellos sobre sus lecturas.
Selección de libros recomendados de Adolfo Torrecilla http://es.catholic.net/familiayvida/157/322/articulo.php?id=18166
Selección de libros infantiles y juveniles sobre NavidadLuis Daniel González
http://es.catholic.net/familiayvida/157/322/articulo.php?id=20999
Del escritorio de Guillermo Urbizu Reseñas y recomendaciones de lecturas y poesía
http://www.guillermourbizu.com/
DINERO.
Cuántas veces nos olvidamos educar en este sentido, y qué difícil que lo aprendan a administrar si no les damos oportunidad.
Debemos ubicarlo como un medio, no como un fin en sí mismo.
El equilibrio es especialmente urgente en este momento, cuando nuestra sociedad es claramente de consumo y de publicidad, directamente dirigida a niños y adolescentes; los presiona haciéndoles muy difícil ceder a la tentación y creándoles una preocupación excesiva por satisfacer todos sus deseos y caprichos, no paran hasta conseguirlos, pues desconocen el auténtico valor del dinero.
Podemos asignarles una cantidad y que de ahí saquen para sus gastos que irán razonando de acuerdo a sus necesidades, no sus caprichos.
Puede ayudar que conozcan el presupuesto familiar, de acuerdo a su edad (gastos, ahorros y prioridad). Esto los ubica, los hace cuidar más sus cosas, entender que el dinero no sale del cajero, que cuando se paga con tarjeta, no es gratis, etc.
El papel de los padres en la educación del uso del dinero es:
1. Como siempre y en primer lugar, dar ejemplo.
2. Evitar discusiones económicas frente a los hijos
3. Saber administrar sin gastos inútiles. Por ejemplo, queremos hacerles la fiesta infantil “de sus sueños” (o de los nuestros) cada año. El próximo ¿con qué lo voy a sorprender?
4. Enseñar a soportar las restricciones que se tengan que hacer en cuanto a lo superfluo.
5. Fomentar el sentido del ahorro, sin caer en la avaricia.
6. Valorar los recursos que tenemos, aprovechándolos al máximo, sin desperdiciar.
7. Valorar a las personas por lo que son, no por lo que tienen.
8. Vivir sobria y dignamente de acuerdo al nivel que nos corresponde.
9. Utilizar el dinero para mis propias aspiraciones personales y para ayudar a los demás.
10. Dar pequeños encargos en labores extras.
11. Fomentarles esos pequeños negocios que se les ocurren.
12. Dar la oportunidad de participar en obras sociales.
EL TIEMPO.
Educar en el aprovechamiento del tiempo, es educarlos para la vida.
Qué importante es su uso para nuestra vida. Si no lo planeas, se desaprovecha.
Siempre debe haber un tiempo para estar con la familia, que está determinado, en gran medida, por la voluntad que se ponga en conseguirlo. Todo depende de la organización que se haga (horario personal).
El empleo del tiempo en la familia es una responsabilidad que pesa sobre los padres, quienes proporcionan actividades y orientan, evitando la ociosidad, el aburrimiento o el desperdicio del tiempo
El uso del tiempo libre es la única oportunidad para que desarrollen los demás aspectos de su personalidad.
¿Cómo lograrlo en todas sus actividades? · Escolares: cumpliendo con los horarios de la escuela, llegando a tiempo y durmiendo temprano para lograrlo.
· Familiares: Tiempo para la vida en familia, trato y ayuda personal, convivir.
· Vitales: Tiempo para descansar, reposar, reponer la energía perdida.
· Recreativas: Jugar, realizar sus aficiones preferidas, hacer deporte, estar en contacto con la naturaleza, viajar, conocer, visitar lugares.
· Culturales y artísticas: Desarrollar la imaginación y la inventiva, la sensibilidad, el gusto por la música y por las artes.
· Sociales: Visitar a la familia o a sus amigos, invitarlos. Participar en alguna obra social.
· Espirituales: Fomentar su amistad con Dios, rezar, formarse, llenar su vida y darle un sentido trascendental.
El uso del tiempo varía de una familia a otra. Es importante preverlo y organizar nuestras actividades.
La educación es un arte y, cada día, ese arte se ejercita y se perfecciona a través de mil situaciones que con el paso de los años, habrán sido los cimientos en la vida de los hijos y se convertirán en los mejores recuerdos para atesorar.
RECURRIR A LA AYUDA DE DIOS
El conjunto de sugerencias ofrecidas hasta el momento estarían incompletas si no dejáramos constancia de este «último» y fundamentalísimo precepto, que debe acompañar a todos y cada uno de los precedentes.
Educar procede de e-ducere, ex-traer, hacer surgir. El agente principal e insustituible es siempre el propio niño. De una manera todavía más profunda, Dios, en el ámbito natural o por medio de su gracia, interviene en lo más íntimo de la persona de nuestros hijos, haciendo posible su perfeccionamiento.
Ningún hijo es «propiedad» de los padres; se pertenece a sí mismo y, en última instancia, a Dios. Por tanto, y como apuntaba, no tenemos ningún derecho a hacerlos a «nuestra imagen y semejanza». Nuestra tarea consiste en «desaparecer» en beneficio del ser querido, poniéndonos plenamente a su servicio para que puedan alcanzar la plenitud que a cada uno le corresponde: ¡la suya!, única e irrepetible.
Por consiguiente, el padre o la madre, los demás parientes, los maestros y profesores… pueden considerarse colaboradores de Dios en el crecimiento humano y espiritual del chico; pero es este el auténtico protagonista de tal mejora.
A los padres en concreto, en virtud del sacramento del matrimonio, se les ofrece una gracia particular para asumir tan importante tarea. Por todo ello es muy conveniente que, sobre todo pero no sólo en momentos de especial dificultad, invoquen la ayuda y el consejo de Dios… y que sepan abandonarse en Él cuando parece que sus esfuerzos no dan los resultados deseados o que el chico —en la adolescencia, pongo por caso— enrumba caminos que nos hacen sufrir.
Además, no debe olvidarse del gran servicio gratuito del Ángel Custodio, a quien el propio Dios ha querido encargar el cuidado de nuestros hijos. Y recordar también que la Virgen continúa desde el cielo desplegando su acción materna, de guía y de intercesión.
Enseñarles a tener todo esto en cuenta puede constituir la herencia más valiosa que, en el conjunto íntegro de la educación, leguen los padres a sus hijos.
Tomás Melendo Granados
Catedrático de Filosofía (Metafísica)
Director de los Estudios Universitarios sobre la Familia
Universidad de Málaga www.masterenfamilias.com
Comentarios a Tomás Melendo tmelendo@masterenfamilias.com
“No serás sabio si no te conoces a ti mismo”
“No seas como el ojo que todo lo ve y no se ve a sí mismo”
“No hay peor ignorancia que la de ignorarse”
“¿Por qué tanta atención al mundo exterior y tanto descuido por el mundo interior?”
La formación como padres tiene que tener un punto de partida: el autoconocimiento.
Esto es que, partiendo del conocimiento de nuestro temperamento, carácter, personalidad y tipo de padres que somos, podremos entender el porqué de nuestras reacciones y saber discernir entre lo que nos gustaría conservar o modificar, para luego trasmitirlo a nuestra familia.
El estudio de carácter lo podremos hacer cuando lleguemos al tema de Conocimiento de los Hijos en la segunda parte del Taller.
Aquí analizaremos la dinámica de la relación que tenemos con nuestros hijos, es decir, el tipo de padres que somos.
TIPOS DE PADRES
Existen diferentes tipos de padres. Los vamos a clasificar en función del mensaje que envían a sus hijos y el papel que éstos juegan como resultado. Seguramente reconoceremos algunos rasgos presentes en nuestra condición de papás.
PADRES CONTRADICTORIOS.
Son aquéllos que dicen a sus hijos cómo comportarse, pero no actúan conforme a estos lineamientos.
Su lema es “hazlo como te lo digo y no como yo lo hago”.
Ellos mienten, por ejemplo, pero no permitirían jamás que sus hijos lo hicieran (el típico “diles que no estoy”).
Exigen puntualidad aunque nunca lleguen a tiempo.
Se gritan el uno al otro y cuando los hijos se pelean les dicen “¿qué no se pueden llevar bien?”.
Son desordenados pero exigen a los hijos cuartos impecables.
Los hijos de padres como estos, rápidamente aprenden que no hay base moral consistente en las declaraciones y requerimientos de los padres, por lo que pueden llegar a ignorarlos.
"El mejor educador es el ejemplo.
Los niños tienden a imitar las actitudes de los adultos, en especial de los que quieren o admiran. Jamás pierden de vista a los padres, los observan de continuo, sobre todo en los primeros años. Ven también cuando no miran y escuchan incluso cuando están super-ocupados jugando. Poseen una especie de radar, que intercepta todos los actos y las palabras de su entorno.
Por eso los padres educan o deseducan, ante todo, con su ejemplo."
Además, el ejemplo posee un insustituible valor pedagógico, de confirmación y de ánimo: no hay mejor modo de enseñar a un niño a tirarse al agua que hacerlo con él o antes que él. Las palabras vuelan, pero el ejemplo permanece, ilumina las conductas… y arrastra.
En el extremo opuesto la incongruencia entre lo que se aconseja y lo que se vive es el mayor mal que un padre o una madre puede influir a sus hijos: sobre todo a determinadas edades, cuando el sentido de la «justicia» se encuentra en los chicos rígidamente asentado, sobre-desarrollado… y dispuesto a enjuiciar con excesiva dureza a los demás.
Tomás Melendo Granados
PADRES FANTASIOSOS.
Poseen y comparten un mundo imaginativo. Evaden hablar de la realidad y conscientemente la distorsionan.
Entre más cuentan su historia, más se la creen.
Inventan logros personales (...”yo a tu edad, era un niño de diez y campeón de fútbol”).
Los niños acaban enterándose de que no era tanto, crecen emocionalmente inestables ya que no saben lo que realmente tienen.
En algunos casos crean su propio mundo imaginario, evadiendo la realidad exterior.
De adultos pueden ir de un extremo al otro, viviendo en la fantasía o se tornan cuidadosos y rígidos, temerosos de correr riesgos y de caer en un mundo incierto.
PADRES COMPETITIVOS.
Actúan y se visten como adolescentes. Pueden usar el mismo tipo de ropa y competir con sus hijos por la atención de sus amigos.
No les gusta que sus hijos sean mejores que ellos, incluso denigran sus logros.
Usan la típica frase: “yo a tu edad...”.
Se da en el deporte, en el ámbito social o de logros académicos personales.
Los hijos tienen dos opciones: o ceden, convirtiéndose en fracasados a sus propios ojos; o tienen éxito gracias al apoyo que encuentran fuera de la familia.
PADRES SOBREPROTECTORES.
Pueden hacer muchísimo daño al pretender evitar todo sufrimiento o frustración en sus hijos.
Les dan todo sin que tengan que hacer nada por ganárselo, los limitan haciéndolos inútiles y dependientes.
Acceden a los caprichos y berrinches de su hijo, continúan vistiéndolo aún cuando él pueda hacerlo, le hacen la tarea, lo compensan cuando le va mal.
Le sirven en bandeja de plata todo lo que requiere (le buscan la mejor miss y lo cambian de grupo, a la menor dificultad piden cita con las misses y la directora, regatean las calificaciones y los premios, etc.).
Sin darse cuenta, entre más les dan, más les quitan; les arrebatan la satisfacción que todos encontramos en aprender a hacer las cosas por nosotros mismos.
Si a medida que crece, el hijo continúa fracasando, los padres le seguirán dando más para evitar que se sienta mal por sus fracasos.
Por otro lado, le compran un premio para compensar sus éxitos, como si el éxito no fuese un premio en sí mismo.
Los padres se quejan cuando los resultados no deseados fueron originados, irónicamente, por su propia conducta.
Así como desalientan la independencia de sus hijos, estos padres han fomentado su inseguridad, en lugar de animarlos en sus habilidades.
Aún cuando crecen, continúan pagándoles la luna de miel, amueblándoles el departamento y lo que es peor, manteniéndolos bajo un control económico y psicológico.
"No malcriar a los niños.
Se malcría a un niño con desproporcionadas o muy frecuentes alabanzas, con indulgencia y condescendencia respecto a sus antojos. Se lo maleduca también convirtiéndolo a menudo en el centro del interés de todos, y dejando que sea él quien determine las decisiones familiares. Un pequeño rodeado de excesiva atención y de concesiones inoportunas, una vez fuera del ámbito de la familia se convertirá, si posee un temperamento débil, en una persona tímida e incapaz de desenvolverse por sí misma. Si, por el contrario, tiene un fuerte temperamento, se transformará en un egoísta, capaz de servirse de los otros o de llevárselos por delante.
Por eso, frente a los caprichos de los niños no se debe ceder: habrá simplemente que esperar a que pase la pataleta, sin nerviosismos, manteniendo una actitud serena, casi de desatención, y, al mismo tiempo, firme. Y esto, incluso —o sobre todo— cuando «nos pongan en evidencia» delante de otras personas: su bien (¡el de los hijos!) debe ir siempre por delante del nuestro."
Tomás Melendo Granados
Consulta para este inciso:
Echar a volar de Alfonso Aguiló.
http://es.catholic.net/familiayvida/158/287/articulo.php?id=32960
A mi hijo que no le falte nada de Marisol Guisásola.
http://es.catholic.net/familiayvida/158/320/articulo.php?id=29945
PADRES AUTORITARIOS.
Son el extremo opuesto de los padres sobreprotectores, ya que son críticos y rígidos (tanto papá y mamá pueden ajustarse a este tipo).
Utilizan su autoridad para degradar e intimidar a sus hijos, sacando sus propias frustraciones y aplicándolas sobre los mismos, al igual que sus padres hicieron con ellos (imitamos lo que más odiamos).
Nadie puede discutir nada con los padres autoritarios, debido a que ellos siempre tienen la razón.
Malhumorados, arrogantes, dominantes y demandantes, siempre imponen sus deseos:
- “Soy tu madre y vas a hacer lo que te digo...”
- “No vas y se acabó...”
- “Vas y le dices a la miss que...”
- “No quiero que vuelvas a salir con...”
En esta categoría entran los sabelotodo que siempre tienen una respuesta para justificar todo. Algunas veces este tipo de papás denigra a su pareja frente a los niños:
- “No le hagan caso a su mamá...”
- “No te preocupes si tu papá te castigo, yo lo convenzo...”
Cuando crecen toman partido con el “papá barco” quien triunfa, divide y se le revierten la falta de límites.
Consulta Hacer pensar y hacer hacer de Emilio Aviés Cutillas
http://es.catholic.net/familiayvida/158/287/articulo.php?id=32271
PADRES AUSENTES.
Ocurre frecuentemente que alguno (generalmente el padre), no tenga relación con la familia excepto para satisfacer sus necesidades económicas.
El padre ausente delega toda su responsabilidad en el cónyuge, y como resultado, es uno el que toma las decisiones sobre atención médica, necesidades escolares y emocionales, mientras que el otro cierra los ojos a cualquier problema.
No sabe quiénes son los amigos de sus hijos, o en qué etapa del desarrollo emocional se encuentra.
Hay veces que el papá se entera que el hijo camina o habla hasta el fin de semana, o la mamá mandan a la nana al Gymboree, o están estudiando la maestría de psicología infantil “full time” y no atienden a sus propios hijos.
El problema no es el trabajo, sino la actitud y la atención que tenemos para ellos.
Los hijos pueden buscar llenar ese vacío emotivo en otras personas.
Existen otros tipos de padres con conductas más peligrosas, como los DonJuanes conquistadores y eternos adúlteros, mamás frívolas y socialités, los adictos al alcohol, los tacaños que manipulan con el dinero, los irresponsables cuyos hijos son educados por la nana y el chofer.
No usemos a los hijos como reflejo de nuestros problemas conyugales. Qué importante es no proyectar en nuestros hijos nuestros propios sueños o frustraciones.
Pero también existen los padres bien adaptados. Generalmente evitan los errores de otros padres, aceptan que sus hijos tienen independencia y libertad, les enseñan a aceptar su responsabilidad sobre sus propias decisiones a una edad temprana.
Quizás ellos tuvieron la suerte de tener unos padres que los valoraban, pero de no ser así, están dispuestos a educar de la mejor manera, buscan su formación constante como seres humanos, como pareja, como padres de familia y como formadores en valores y ética.
Muchos padres tienen conciencia de esto: no existe nadie perfecto y todos podemos caer en algún tipo de error pero somos capaces de admitirlo y crecer en familia, con su familia y para su familia.
Cuando papá educa de Cristina H. de Canavati.
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MEDIOS UTILES PARA LA FORMACION.
TELEVISION.
Ha llegado a ser una realidad cotidiana en casi todos los hogares. Su poder de penetración ha sido enorme y debemos saber descubrir lo positivo y lo negativo para utilizarla eficazmente.
VENTAJAS:
* Medio de información que nos pone en contacto con el mundo.
*Permite establecer un juicio crítico en un mundo globalizado.
*Amplía su visión de lo aprendido en la escuela.
*Desarrolla en los niños intereses varios, enriquece su vocabulario.
*Despierta su curiosidad por mayores conocimientos que puede ser complementada con libros.
*Proporciona diversión familiar y convivencia que favorece un intercambio de ideas u opiniones para aclarar criterios a partir de un contenido o mensaje.
DESVENTAJAS:
*Crea adicción (basta ver el boom de las telenovelas infantiles).
*El contenido puede ser lo opuesto que queremos trasmitir, incluso en los anuncios que pasan en medio de programas infantiles ( anuncios de telenovelas nocturnas, películas violentas o cargadas de sexo).
*Favorece la pasividad ya que el niño es un receptor para quien todo lo demás le aburre pues no sabe crear sus propios juegos.
*No d a espacio para la reflexión o asimilación por las imágenes tan rápidas.
*Falta de convivencia, cuando cada uno ve en su propia televisión su programa.
Despierta consumismo (cuántas veces cambiaron la carta a Santa con cada anuncio nuevo de juguetes novedosos).
De nosotros depende influir favorablemente para que los mensajes sean los que queremos.
Mi amiga la tele Raul Martínez Caso.
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27 Consejos para ver televisiónEduardo R. Cattaneo.
http://es.catholic.net/familiayvida/158/287/articulo.php?id=7306
LECTURA.
El hábito de la lectura depende de la actitud propia de los padres.
¿Tus hijos te ven leyendo?
¿Vas con ellos a las librerías?
Si aprovechamos su curiosidad y les “regalamos” este hábito, de por vida lo agradecerán.
“Dime sobre cuántos libros estás parado, y te diré cuál es tu perspectiva del mundo”.
Va más allá del desarrollo del lenguaje, del vocabulario pues llega a las esferas de la creatividad, de la imaginación.
Los libros informan, forman y entretienen.
El ejemplo es lo primordial, acercarlos a los libros. Pero sobretodo, platicar con ellos sobre sus lecturas.
Selección de libros recomendados de Adolfo Torrecilla http://es.catholic.net/familiayvida/157/322/articulo.php?id=18166
Selección de libros infantiles y juveniles sobre NavidadLuis Daniel González
http://es.catholic.net/familiayvida/157/322/articulo.php?id=20999
Del escritorio de Guillermo Urbizu Reseñas y recomendaciones de lecturas y poesía
http://www.guillermourbizu.com/
DINERO.
Cuántas veces nos olvidamos educar en este sentido, y qué difícil que lo aprendan a administrar si no les damos oportunidad.
Debemos ubicarlo como un medio, no como un fin en sí mismo.
El equilibrio es especialmente urgente en este momento, cuando nuestra sociedad es claramente de consumo y de publicidad, directamente dirigida a niños y adolescentes; los presiona haciéndoles muy difícil ceder a la tentación y creándoles una preocupación excesiva por satisfacer todos sus deseos y caprichos, no paran hasta conseguirlos, pues desconocen el auténtico valor del dinero.
Podemos asignarles una cantidad y que de ahí saquen para sus gastos que irán razonando de acuerdo a sus necesidades, no sus caprichos.
Puede ayudar que conozcan el presupuesto familiar, de acuerdo a su edad (gastos, ahorros y prioridad). Esto los ubica, los hace cuidar más sus cosas, entender que el dinero no sale del cajero, que cuando se paga con tarjeta, no es gratis, etc.
El papel de los padres en la educación del uso del dinero es:
1. Como siempre y en primer lugar, dar ejemplo.
2. Evitar discusiones económicas frente a los hijos
3. Saber administrar sin gastos inútiles. Por ejemplo, queremos hacerles la fiesta infantil “de sus sueños” (o de los nuestros) cada año. El próximo ¿con qué lo voy a sorprender?
4. Enseñar a soportar las restricciones que se tengan que hacer en cuanto a lo superfluo.
5. Fomentar el sentido del ahorro, sin caer en la avaricia.
6. Valorar los recursos que tenemos, aprovechándolos al máximo, sin desperdiciar.
7. Valorar a las personas por lo que son, no por lo que tienen.
8. Vivir sobria y dignamente de acuerdo al nivel que nos corresponde.
9. Utilizar el dinero para mis propias aspiraciones personales y para ayudar a los demás.
10. Dar pequeños encargos en labores extras.
11. Fomentarles esos pequeños negocios que se les ocurren.
12. Dar la oportunidad de participar en obras sociales.
EL TIEMPO.
Educar en el aprovechamiento del tiempo, es educarlos para la vida.
Qué importante es su uso para nuestra vida. Si no lo planeas, se desaprovecha.
Siempre debe haber un tiempo para estar con la familia, que está determinado, en gran medida, por la voluntad que se ponga en conseguirlo. Todo depende de la organización que se haga (horario personal).
El empleo del tiempo en la familia es una responsabilidad que pesa sobre los padres, quienes proporcionan actividades y orientan, evitando la ociosidad, el aburrimiento o el desperdicio del tiempo
El uso del tiempo libre es la única oportunidad para que desarrollen los demás aspectos de su personalidad.
¿Cómo lograrlo en todas sus actividades? · Escolares: cumpliendo con los horarios de la escuela, llegando a tiempo y durmiendo temprano para lograrlo.
· Familiares: Tiempo para la vida en familia, trato y ayuda personal, convivir.
· Vitales: Tiempo para descansar, reposar, reponer la energía perdida.
· Recreativas: Jugar, realizar sus aficiones preferidas, hacer deporte, estar en contacto con la naturaleza, viajar, conocer, visitar lugares.
· Culturales y artísticas: Desarrollar la imaginación y la inventiva, la sensibilidad, el gusto por la música y por las artes.
· Sociales: Visitar a la familia o a sus amigos, invitarlos. Participar en alguna obra social.
· Espirituales: Fomentar su amistad con Dios, rezar, formarse, llenar su vida y darle un sentido trascendental.
El uso del tiempo varía de una familia a otra. Es importante preverlo y organizar nuestras actividades.
La educación es un arte y, cada día, ese arte se ejercita y se perfecciona a través de mil situaciones que con el paso de los años, habrán sido los cimientos en la vida de los hijos y se convertirán en los mejores recuerdos para atesorar.
RECURRIR A LA AYUDA DE DIOS
El conjunto de sugerencias ofrecidas hasta el momento estarían incompletas si no dejáramos constancia de este «último» y fundamentalísimo precepto, que debe acompañar a todos y cada uno de los precedentes.
Educar procede de e-ducere, ex-traer, hacer surgir. El agente principal e insustituible es siempre el propio niño. De una manera todavía más profunda, Dios, en el ámbito natural o por medio de su gracia, interviene en lo más íntimo de la persona de nuestros hijos, haciendo posible su perfeccionamiento.
Ningún hijo es «propiedad» de los padres; se pertenece a sí mismo y, en última instancia, a Dios. Por tanto, y como apuntaba, no tenemos ningún derecho a hacerlos a «nuestra imagen y semejanza». Nuestra tarea consiste en «desaparecer» en beneficio del ser querido, poniéndonos plenamente a su servicio para que puedan alcanzar la plenitud que a cada uno le corresponde: ¡la suya!, única e irrepetible.
Por consiguiente, el padre o la madre, los demás parientes, los maestros y profesores… pueden considerarse colaboradores de Dios en el crecimiento humano y espiritual del chico; pero es este el auténtico protagonista de tal mejora.
A los padres en concreto, en virtud del sacramento del matrimonio, se les ofrece una gracia particular para asumir tan importante tarea. Por todo ello es muy conveniente que, sobre todo pero no sólo en momentos de especial dificultad, invoquen la ayuda y el consejo de Dios… y que sepan abandonarse en Él cuando parece que sus esfuerzos no dan los resultados deseados o que el chico —en la adolescencia, pongo por caso— enrumba caminos que nos hacen sufrir.
Además, no debe olvidarse del gran servicio gratuito del Ángel Custodio, a quien el propio Dios ha querido encargar el cuidado de nuestros hijos. Y recordar también que la Virgen continúa desde el cielo desplegando su acción materna, de guía y de intercesión.
Enseñarles a tener todo esto en cuenta puede constituir la herencia más valiosa que, en el conjunto íntegro de la educación, leguen los padres a sus hijos.
Tomás Melendo Granados
Catedrático de Filosofía (Metafísica)
Director de los Estudios Universitarios sobre la Familia
Universidad de Málaga www.masterenfamilias.com
Comentarios a Tomás Melendo tmelendo@masterenfamilias.com
lunes, 1 de septiembre de 2008
9.- VIDA EN FAMILIA
Padre y madre son, por naturaleza, los primeros e irrenunciables educadores de sus hijos… aunque en los momentos actuales a veces dé la impresión de que pretenden ignorarlo, con más o menos consciencia (es un primer indicio de que educamos «más bien mal»).
Con todo, esta especie de resistencia resulta comprensible. Y es que la misión paterno-materna de educar no es nada sencilla. Está llena de contrastes en apariencia irreconciliables, y hoy, si cabe, más agudizados.
Por tal motivo, antes de señalar algunas de esas dificultades, copio el diagnóstico de la (disminución de la) «capacidad educativa» de la familia media actual, realizado por Fernando Sebastián. Aunque las reflexiones establecen como punto de partida la enseñanza de la fe en el seno del hogar cristiano, pienso que constituyen una buena toma de contacto con el problema en su conjunto:
«El cambio no está únicamente en que los padres no eduquen cristianamente, sino que, en realidad, la familia, los padres, han perdido buena parte de su capacidad educadora en general.
En el estilo actual de vida, los padres no tienen tiempo para convivir tranquilamente con sus hijos. Los hijos están muy poco tiempo con sus padres. No hay apenas espacios tranquilos, ociosos, en los que puedan surgir temas de interés. El trabajo de la mujer fuera de casa se ha introducido rápidamente sin tener apenas en cuenta la función de la madre en la vida familiar, sin una suficiente atención a las exigencias de una adecuada educación de los hijos.
Tanto el padre como la madre tienen sus tareas específicas, además de las comunes, en ese delicado y decisivo proceso que es la educación y la maduración afectiva y personal de los hijos. Puede ser que no estén siendo suficientemente respetadas por el modelo de vida vigente en nuestra sociedad ni las del padre ni las de la madre.
Hay además un concepto equivocado de la educación, que favorece comportamientos equivocados. El objetivo de una buena educación no es que el hijo “esté contento”, que no le falte nada, sino que se desarrolle como persona en el conocimiento y en su comportamiento, en sus convicciones y sus actitudes, enriquecido con las virtudes cardinales y teologales.
[…] Para que una persona perciba la llamada de la fe y la acoja positivamente hace falta que tenga una actitud vital determinada: que esté abierto a los mensajes de la realidad y no esté encerrado en el mundo estrecho de sus gustos, de sus preferencias, que se sienta recibido en un mundo más amplio que él, que no se sienta el centro del mundo, que no esté cerrado sobre sí mismo, ni por egoísmo, ni por temor o resentimiento.
Para dar el paso de la fe hace falta sentir y vivir la realidad como un seno acogedor, amable, en el que nuestra vida tiene que ser posible, en donde podemos vivir seguros. Hace falta además vivir la propia vida como respuesta, con responsabilidad frente a la realidad, a nuestra realidad y la realidad de los demás, hace falta percibir y vivir la propia libertad como respuesta positiva a una realidad buena y acogedora, y hace falta que seamos sensibles al don del amor y a la interpelación del amor, “vivimos del amor de los demás, pero a este amor tenemos que responder lealmente con más amor”.
Estas actitudes de realismo, responsabilidad, generosidad son fruto de una buena educación. La renuncia a educar puede privar de estas disposiciones a un hijo desde sus primeros años.
Quien ha crecido encerrado en el gusto de las propias apetencias, sin sentir el valor de la vida como don y respuesta en el amor, será incapaz de entender lo que es “creer” en Dios, ni creer en nadie. Hace falta percibir las consecuencias de una vida dialogante, compartida, recibida. Cuando un niño sabe que vive del amor de los demás, y que el amor recibido merece y reclama una respuesta de amor, entenderá mejor las explicaciones y los testimonios acerca del buen Padre de Dios y de la necesidad de tenerle en cuenta en su vida.»
Y paso ahora a exponer algunos de…
Los contrastes
1. A lo largo de toda su existencia, los padres han de acoger a cada hijo —único e irrepetible, en virtud de su condición personal— tal como es, aun cuando en ocasiones no responda a sus expectativas… o incluso «les caiga mal».
(Tal «antipatía» —e incluso un inicial rechazo— no debería asustar a nadie, pues es perfectamente humana y compatible con el amor más puro, que reside en la voluntad y no es propiamente un sentimiento.
Y esto, tanto de manera habitual, que habrá que intentar vencer, como en momentos de particular enfado. En un estupendo escrito sobre educación, Nancy Samalin recuerda que bastante a menudo «… los padres normales se enfurecen con sus hijos normales. Es inevitable llegar a sentir una rabia intensa hacia los niños, con independencia del amor que sintamos hacia ellos.»)
2. Han de saber comprender, pero también exigir, sin ceder inoportunamente.
3. Respetar la libertad de los chicos y hacerla crecer… ¡siempre!, superando todo afán de posesión y sobreprotección; pero, a la vez, deben guiarles y corregirles.
4. Ayudarles en sus tareas, pero sin sustituirlos ni evitarles el esfuerzo formativo y la satisfacción que el realizarlas lleva consigo, y que robustece su autoconocimiento y su autoestima… ¡y su capacidad de desenvolverse en la vida, sin depender siempre de sus mayores!
5. Y otro sinfín de dificultades y de aparentes contradicciones que sería largo enumerar y que irán apareciendo a lo largo del escrito.
Una primera aproximación se encuentra en estos sensatos párrafos de Murphy-Witt, que no tienen desperdicio:
«En la actualidad, los niños ya no crecen espontáneamente. Han cambiado demasiadas cosas en nuestra sociedad. No hace mucho tiempo se decía: “Lo que llegue, bien recibido será”. Pero hoy en día prácticamente no quedan familias con una visión tan distendida. Abuelas que prefieren viajar por todo el mundo en lugar de ocuparse de sus nietos, pisos pequeños y condiciones adversas para los niños, falta de oferta para cuidarlos y una presión continua, tanto en términos de tiempo como de rendimiento, para combinar trabajo y familia: ¡los padres de hoy en día no lo tienen precisamente fácil!
No solo falta un apoyo útil, sino que también la vida diaria de las familias es cada vez más complicada: comida rápida y falta de ejercicio físico, culto a las marcas y consumismo, televisión publicitaria y videos violentos, Internet y juegos de ordenador, conductas agresivas en el parque y mobbing en el colegio, dificultades para leer y déficit de atención, trastornos alimentarios y éxtasis: el mundo de nuestros hijos es multiproblemático.
En este contexto nuestros retoños necesitan una buena línea directriz, instrucciones intensivas y pautas inamovibles para encontrar su camino. La responsabilidad que los padres tienen sobre sus hombros es grande. Se exige mucho de las madres y los padres, más bien un trabajo a tiempo completo que una ocupación temporal. Muchas parejas jóvenes opinan que se puede ir aprendiendo sobre la marcha, que se consigue de algún modo. Pero, por desgracia, las cosas se tuercen con demasiada frecuencia. Cada vez más familias se ven atrapadas en el estrés de la educación. Los problemas se convierten en dominantes y las disputas continuas envenenan el ambiente en el hogar. Año tras año aumenta la demanda de asesoramiento educativo. Y cada vez hay más familias que no pueden solucionar solas sus conflictos.»
Más escueto, pero también más esencial, es el panorama que ofrece Diego Macià:
«La tarea de educar supone esforzarse por comprender, respetar y enriquecer al “otro” y esto en una sociedad como la nuestra, siempre con prisas, dificultades de comunicación, horarios de trabajo incompatible con los hijos, etc., no siempre resulta fácil. De hecho, parte del precio que estamos pagando los seres humanos por el progreso de nuestra sociedad es dejar en segundo plano las relaciones amorosos entre padres e hijos, fundamentales para que estos alcancen una personalidad madura e independiente.»
Y que, como es lógico, concuerda casi a la letra con el de otros dos especialistas en psicología y educación (Fernández Millán y Buela-Casal):
«Si algo es importante en la educación de los hijos, es conocerlos y que ellos conozcan a sus padres. Desgraciadamente la sociedad en la que vivimos nos roba una gran parte del tiempo que deberíamos usar para hablar entre los miembros familiares; tiempo que empleamos en el trabajo, el desplazamiento, la televisión, etc. Se ha dejado de contar cuentos a los más pequeños o trasmitir las historias de nuestros antepasados (es sorprendente como muchos niños apenas conocen la vida de sus abuelos), las sobremesas son fugaces o individuales, llegamos muy cansados del trabajo o el hijo debe de hacer los deberes de clase…, hay miles de excusas para no sentarse y dialogar, empezando por escuchar.»
De ahí que los padres tengan que aprender por sí mismos a serlo… y desde muy pronto
Capacitarse
En ningún oficio la capacitación profesional comienza cuando el aspirante alcanza puestos de relieve y tiene entre sus manos encargos muy comprometidos o de alto riesgo. No ocurre así ni en la albañilería, la mecánica, las artes gráficas o el diseño; tampoco en medicina, arquitectura, ingeniería, informática, derecho, en la carrera militar o política, en la administración o en el seno de una empresa…
¿Por qué en el «oficio de padres» debería ser de otra forma? ¿Tal vez porque su responsabilidad es menor que la de quienes trabajan en una profesión convencional? Da la impresión de que no, sino más bien al contrario: en fin de cuentas, educar es poner los medios para que una persona llegue a ser feliz, y ¿existe algo de más trascendencia que «eso»?
¿Acaso, entonces, porque se trata más de un arte que de una ciencia? Aunque se pudiera estar de acuerdo en este último extremo, en ningún arte bastan la inspiración y la intuición; es menester también instruirse, formarse, ejercitarse… como confirman justamente los artistas que en apariencia trabajan sin apenas esfuerzo: cuanto más «natural» parece la obra maestra, más trabajo (en ocasiones, previo y sedimentado a modo de habilidades) ha llevado consigo.
Cuanto más «natural» parece la obra maestra, más trabajo suele encerrar en su seno
Llegar al fondo
Por otro lado, aprender el «oficio» de padre y educador no consiste en proveerse de un conjunto de recetas o soluciones ya dadas e inmediatamente aplicables a los problemas que van surgiendo. Ni tampoco de un racimo de técnicas infalibles.
Tales recetas y técnicas no existen. Hay, por el contrario, principios o fundamentos de la educación, que iluminan las distintas situaciones: los padres deben conocerlos muy a fondo, hasta hacerlos pensamiento de su pensamiento y vida de su vida —¡ser de su propio ser!—, para con ellos, y casi sin necesidad de deliberaciones, encarar la práctica diaria.
Y no se trata, tampoco, de una labor sencilla: comporta mucha atención a los hijos, mucha reflexión y cambio de impresiones de los esposos entre sí… y mucho sacrificio para saber prescindir del propio bienestar —incluso del necesario y no caprichoso— en pro del bien de los hijos.
Tal como explica Macià, «… educar en el sentido más amplio es, sin duda, una tarea compleja. Educar de forma responsable a los hijos requiere responsabilidad, respeto, conocimiento y ejemplo. Ser padres es una oportunidad maravillosa que nos proporciona la naturaleza, pero es también “un oficio”, “una profesión” que hay que aprender. Por tanto, requiere de un proceso de instrucción que supone reflexión, adquisición de conocimientos teóricos y puesta en práctica de los mismos. El oficio de ser padres se puede aprender y mejorar.»
Una mejora y aprendizaje que se resume en lograr que, de forma espontánea y habitual, impere la siguiente máxima:
El tú de la persona amada debe prevalecer siempre sobre el propio yo: ¡he aquí la regla de oro de toda labor educativa, de la vida entera… y de la auténtica felicidad!
Teniendo esto claro, y sin demasiadas pretensiones, ofreceré un memorando, el más accesible y concreto que se me ocurre, de los principales criterios y sugerencias sobre «el arte de las artes», como ha sido llamada la educación.
En la confluencia de tres amores
Si planteamos el asunto del modo más hondo y radical posible, las claves de la educación, y de todas las tareas que lleva consigo, se encierran en un solo término y misión —amar (amar ¡bien!)—… y en los dos corolarios que de ahí se siguen:
1. ¡Aprender a amar inteligentemente!, sin nunca, nunca, dar por supuesto que uno ya sabe hacerlo, en contra de lo que a menudo sucede («… el amor debe ir a la escuela», me gusta recordar con Benavente).
2. Y sin imaginar tampoco que va a lograrlo como por arte de magia, sin poner de su parte cuanto fuere necesario para querer cada vez mejor (lo cual supone, como vengo diciendo, esforzarse por ser mejor persona).
1. Amor a los hijos
El requisito ineludible
La primera cosa que los padres necesitan para educar es un verdadero y cabal amor a sus hijos: querer efectiva y eficazmente su bien, el de «cada uno de todos» ellos.
Según escribe G. Courtois en El arte de educar a los muchachos de hoy, la educación requiere, además de «un poco de ciencia y de experiencia, mucho sentido común y, sobre todo, mucho amor».
Algo similar sostienen Charles y Laura Robinson, animando a los padres a asumir su tarea educadora:
«Podéis hacer de ellos unos seres fundamentalmente felices; podéis darles el gran impulso inicial para la carrera de la vida. Ese impulso, en el ser humano tendrá que constar, en buena parte, de una gran dosis de amor.
Porque el amor es la suprema actividad humana y la que tiene más virtud para equilibrar y potenciar a los hombres.»
Con otras palabras, es preciso dominar algunos principios pedagógicos y obrar con sensatez, pero sin suponer que baste aplicar una bonita teoría para obtener seguros resultados. Todo ello sería insuficiente sin el elemento indispensable de un amor auténtico y cabal… y hondamente enraizado en lo más íntimo de nuestro ser.
[Esto se aplica tanto a los padres como a los educadores «de profesión»: maestros y profesores. Así lo muestran las siguientes palabras de Francisco Gómez Antón, Catedrático con muchos años de experiencia universitaria. Cuando le preguntaron por el «secreto» de su triunfo en las aulas, contestó: «Para dar una buena clase hay que hacer muchas cosas. La primera de ellas, querer mucho a los alumnos».]
Lo primero que los padres necesitan para educar es un verdadero amor a sus hijos
Amor clarividente…
¿Por qué? Entre otros muchos motivos, porque «cada niño —justo por su condición de persona— es una realidad absolutamente irrepetible», distinta de todas las demás.
Antes que nada, en contra de lo que implícitamente pensamos… o ni siquiera pensamos, pero guía a menudo nuestros comportamientos, estamos ante un niño: no ante una suerte de mini-adulto o de adulto virtual y en construcción, que necesita ser tratado «como si fuera mayor» para lograr la plenitud que le corresponde… ¡o para que no turbe la tranquilidad en que nos hemos instalado!
Parece absurdo decirlo y, sin embargo, resulta de capital importancia: un niño es… un niño. Y tiene el derecho y el deber de vivir como niño, justo para después dejar de serlo y transformarse en el varón o la mujer cumplidos, a través de ese amargo trago en que nos empeñamos que sea la adolescencia.
El niño piensa como niño, imagina como niño, percibe el tiempo y el espacio —también el propio cuerpo— como niño, se relaciona con el mundo, con sus semejantes ¡y con Dios! como niño, y un muy extenso etcétera.
Y respetuoso
Y los adultos, en lugar de agostar esa condición con nuestras pretensiones «de mayores», deberíamos dedicarnos a contemplarlo, para aprender de él —más a menudo de lo que suponemos— en qué consiste ser humanos (aunque también sin ingenuidades a lo Rousseau).
Lo sostiene, bella y agudamente, Bartolomé Menchén: el «… estudio del hombre en la etapa inicial de su vida […] nos indica —con sus capacidades y sus necesidades— el camino adecuado para su educación, o, mejor dicho, para su formación. Porque para poder acertar a guiarle, hay primero que dejarse guiar por él; es decir, observarle con atención para ayudarle a desarrollar sus capacidades y poder responder a sus necesidades.»
Y concreta después: «… todo lo que sé de importancia sobre los niños lo he aprendido de ellos; y podría decir, también, que observándolos y reflexionando he aprendido muchas cosas sobre mí. La relación con los hijos hace profundizar enormemente en el conocimiento de quiénes son ellos y quiénes somos nosotros.»
Ideas similares a las que resume, con plasticidad un tanto agresiva, Murphy-Witt:
«Los niños no son pequeños adultos. Esto es algo que los padres olvidan a veces, por desgracia. Sobre todo cuando su retoño es tranquilo, está adaptado y da pocos problemas, lo desbordan rápidamente con una ración demasiado grande de vida adulta: mundos relucientes de consumismo en lugar de un espacio para jugar, espacios de cemento en lugar de experiencias en la naturaleza, restaurantes ruidosos en lugar de comidas agradables en la mesa familiar. Conversaciones de adultos en lugar de amigos de la misma edad.
Todo ello exige demasiado de los pequeños. No pueden explotar su afán natural por moverse, no se pueden manchar, los visten con ropa de moda con la que no pueden andar dando saltos, tienen que estar sentados en un rincón callados. Cuando no hay otra posibilidad, los sientan delante del televisor o de un video. Así por lo menos dejan de molestar. De este modo, los padres tienen siempre a un niño limpio y pulcramente vestido que los sigue. Sin embargo, estas condiciones vitales no son en absoluto adecuadas para los niños. Después, que no se sorprendan mamá y papá cuando en algún momento su retoño salga de la jaula de oro y quiera ser un niño de una vez.»
Y concluye, con buen humor:
«Así pues, ¡se acabó la obligación de tener que jugar al miniadulto! Los niños se hacen mayores y se ven enfrentados a la cruda realidad.
Concedámosles tantos hermosos días y experiencias infantiles como sea posible. Dejemos que jueguen, correteen y también se ensucien en función de su edad. A arreglárselas en el mundo de los adultos tienen que aprender de todos modos bastante pronto.»
El niño piensa como niño, imagina como niño, percibe el tiempo y el espacio como niño, se relaciona con el mundo, con sus semejantes ¡y con Dios! como niño…
Que no siempre lo es
Mas, como veremos más tarde, es frecuente que los adultos, después de sofocar al niño que debería pervivir en nosotros —y precisamente por ello—, impidamos a nuestros hijos vivir su infancia como tal.
En este contexto pueden leerse las advertencias de Robinson:
«Todo ser humano tiene también su marcha, su velocidad de crucero. Como padres, tenéis que conocerla bien y luego tratar de lanzarles a esa velocidad, pero sin pretender forzar su marcha.
Forzar su marcha sería insensato. No conseguiríais otra cosa que estropear su maquinaria y dejarles expuestos a serias averías.»
Aunque más directa resulta, de nuevo, la exposición de Menchén:
«Os preguntaba por vuestra infancia —observa, en un diálogo imaginario—, porque la madurez humana consiste en ir pasando de una etapa a otra de la vida llevando con nosotros los mejores recuerdos; lo que es tanto como decir que no son imágenes de un pasado que se fue, sino momentos constituyentes de nuestra personalidad, de nuestro ser más profundo, y que están presentes en la actualidad. Si fuimos auténticamente niños nunca dejaremos de serlo.»
Y no solo por los recuerdos, me atrevería a añadir, sino por el conjunto de hábitos que únicamente en la infancia pueden forjarse.
De ahí que quepa proseguir: «… todos hemos sido niños, pero se puede decir de algunas personas que no han tenido infancia.»
Y explicar, con sugerente metáfora:
«La armonía afectiva y espiritual es el eco que va resonando en el interior del niño al compás de las acciones que va realizando; y esos ecos interiores tienen que ser ordenados, matizados, amplificados o moderados por los padres. Va surgiendo así una maravillosa melodía. De otra forma, serán sonidos inconexos o ruidos que se lleva el viento. La armonía afectiva y espiritual del niño necesita de unos maestros músicos, que son los padres. Si me permitís seguir con el símil de la música, os diría que al pentagrama en blanco de la vida del niño van llegando todo tipo de notas que, si no se integran en una melodía, se pierden en gran parte; y, así, cuando crecemos, desaparece la música de nuestra infancia.»
Para concluir: «Viendo el modo de hablar y actuar de muchas personas adultas, metidas en un mundo de ambiciones demasiado humanas, de ansias de poder y dinero, es difícil descubrir en ellas a los niños que fueron, quizá porque los adultos les ayudaron muy poco a serlo.»
Y si no le permitimos ser niño durante su infancia, es muy probable que el resto de su vida arrastre ese déficit, que, en ocasiones, le impedirá incluso ser un joven y un adulto cabal
Amor, por tanto, clarividente y respetuoso
Por otro lado, admitida, fomentada y consolidada su condición infantil, jamás se tratará de un caso más entre muchos. De ahí que ningún manual sea capaz de explicarnos ese presunto «caso» concreto.
Hay que aprender, pues, a modular los principios a tenor del temperamento, la edad y las circunstancias en que se encuentren los chicos, teniendo en cuenta que lo que en este preciso instante puede resultar oportuno e incluso imprescindible para uno de ellos, en otro momento y en otra situación ha de ser evitado a toda costa… para ese mismo hijo.
Pero solo el amor permite conocer a cada uno de nuestros hijos tal como es hoy y ahora y actuar en función de ese conocimiento: aun concediendo la parte de verdad que encierra el dicho de que «el amor es ciego», resulta mucho más profundo y real sostener que es agudo y perspicaz, clarividente; y que, tratándose de personas, solo un amor auténtico nos capacita para conocerlas con hondura y tratarlas en consecuencia.
Solo el amor permite «andarse con contemplaciones» —conocer a cada uno de nuestros hijos tal como es hoy y ahora— y actuar de acuerdo con ese conocimiento
Jugar las mejores bazas…
De hecho, será el amor el que enseñe a los padres a poner en práctica una de las claves más importantes de la educación. Lo que suele llamarse «educar en positivo», cuyo principio fundamental consiste quizá, una vez anclados con fuerza en la condición personal de cada uno de ellos, en:
1. Descubrir y, si es necesario, poner por escrito —con sus nombres propios, para que queden bien claras y para repasarlas y perfilarlas todavía más cuantas veces fuere conveniente—, las cualidades que sus hijos ya poseen y deben ser potenciadas.
2. Procurar no insistir monótona, reiterativa y exclusivamente:
2.1 En la corrección de sus defectos.
2.2. O en los que lleva anejos el papel o función en que —siguiendo una mala costumbre tremendamente extendida— lo hemos encasillado: tozudo, holgazán, manazas, payaso, desordenado, cachaza, intransigente, protestón, desaliñado…
(Defectos que, precisamente por serlo, resultan difíciles de vencer. Atender, por el contrario, a sus puntos fuertes, y solicitar en esos campos mejoras asequibles, permitirá a los chicos:
1. Ir obteniendo pequeñas victorias, con la alegría que a ellas va aparejada.
2. Aumentar de esta forma la propia estima y las ganas de luchar.
3. Ponerse, con el crecimiento conjunto de su persona, en condiciones de superar unos defectos que antes eran invencibles.)
De igual modo, el amor llevará a los padres a advertir el momento más adecuado para «estar» —de forma más o menos activa, o simplemente «estar»— y para «desaparecer», para hablar y para callar; el tiempo para jugar con los niños e interesarse por sus problemas sin someterlos a un interrogatorio y el de respetar su necesidad de estar a solas… con su propia intimidad; las ocasiones en que conviene «soltar un poco de cuerda» y «no darse por enterados», frente a aquellas otras en las que procede intervenir con decisión e incluso con resuelta viveza y una pizca de agresividad fingida…
Y, según decía, en todo este difícil arte los padres resultan irreemplazables: porque solo quien ama con locura —incondicional, incondicionada e incondicionablemente— es capaz de descubrir los tesoros inauditos de grandeza que cualquier persona encierra en lo más íntimo de su ser y prestarle el vigor y el apoyo imprescindibles para hacer que despunten, se desarrollen, maduren y alcancen su plenitud.
Un matrimonio muy agobiado por su trabajo profesional buscaba en una tienda de juguetes un regalo para su niño: pedían algo que lo divirtiera, lo mantuviese tranquilo y, sobre todo, le quitara la sensación de estar solo.
Una dependiente inteligente les explicó: «lo siento, pero no vendemos padres»
Pues nadie lo hará en nuestro lugar…
Como ya apunté, la experiencia muestra que normalmente insistimos más en los defectos de nuestros hijos que en sus atributos positivos.
Escribe Nancy Samalin: «Nosotros nos fijamos demasiado en las correcciones rojas del trabajo de Historia, en la palabra mal escrita, en el resultado equivocado del problema de Matemáticas o en los acentos que faltan. Tenemos la costumbre de fijarnos en lo "malo", en lugar de hacerlo en lo "bueno", de nuestros hijos, no solo en el ámbito escolar, sino también en otros aspectos de la vida. Si usted es capaz de romper este esquema […] y fijarse en lo positivo, su hijo mostrará una mayor motivación, cooperación y seguridad en sí mismo.»
Y algo semejante suelen hacer los demás: casi sin pretenderlo, advierten lo más negativo.
Una de las más tristes consecuencias de este modo de obrar es que los chicos pueden pasar muchos años ignorando no solo su grandeza constitutiva e inalienable —¡amigos potenciales de Dios!—, sino también aquellas cualidades en las que, con un mínimo de esfuerzo, podrían sobresalir y apoyarse para mejorar el conjunto de su persona.
Lo ilustran estas sensatas —y tal vez un tanto excesivas— reflexiones de Faber y Mazlish:
«Parece ser que elogiar un comportamiento cabal no brota espontáneamente. La mayoría de nosotros somos prontos en criticar y tardos en aplaudir. Como padres, tenemos la obligación de invertir ese orden. […]
El lector habrá constatado que el mundo exterior no es muy proclive a las alabanzas. ¿Cuándo fue la última vez que otro conductor le dijo: “Gracias por ocupar solamente una plaza de aparcamiento. Así cabrá también mi coche”? Nuestros esfuerzos de colaboración se dan por sentados. Si en cambio sufrimos un desliz, la condena será virulenta.
Seamos diferentes en nuestros hogares. Recordemos que además de proporcionarles alimento, refugio y vestido, tenemos otro deber con nuestros hijos, y es consolidar sus mejores “atributos”. El mundo entero les afeará los defectos, con vigor e insistencia. Nuestra función es darles a conocer su parte buena.»
Y resulta imprescindible
«El hombre —apunta de nuevo Robinson— es un ser que necesita absolutamente del aprecio de los demás. Esta sensación íntima de que uno es acogido y estimado es un artículo de primera necesidad para el ser humano; lo mismo que el aire, el agua, el alimento y el calor.»
Y precisa, certeramente:
«La aprobación debe estar más dirigida a aquellos que más necesitan de ella y en aquellos sectores que la necesitan. A un muchacho que suele traer malas notas, el saber apreciar las veces que las trae buenas, será acertar en una de las teclas más profundas de su espíritu, será, quizá, remover un desánimo persistente y profundo, abrirle una hermosa esperanza, afirmarle en la confianza en sí mismo.
El alabar con oportunidad la superación, siquiera sea momentánea, de un defecto, será más eficaz que reprimendas y muchos castigos.»
Insistir en sus defectos e ignorar sus cualidades puede llevar al niño a desconocer cuáles son las auténticas armas con las que cuenta para desarrollarse y triunfar en la vida
2. Amor mutuo
Amor entre los cónyuges
La primera cosa que el hijo necesita para ser educado es que sus padres se quieran entre sí (es decir, como esposos).
«Hacemos que no le falte de nada, estamos pendientes hasta de sus menores caprichos, y sin embargo…»
Expresiones como esta las oímos a menudo, proferidas por tantos padres que parecen volcarse sobre sus hijos —alimentos sanos, reconstituyentes y vitaminas, juegos más y más sofisticados, vestidos y demás prendas de marca, vacaciones junto al mar o en la nieve, diversiones sin tasa ni de tiempo ni de precio, resolución de problemas o de gestiones que deberían realizar los hijos, trasportes en coche cuando lo mejor es que tomaran el autobús, etc.—, pero se olvidan de la cosa más importante que precisan los críos: que los propios padres se amen y estén unidos… como esposos (repito con plena voluntariedad, pues solo luchando por mejorar su condición de esposos podrán llegar a ser buenos padres).
El cariño mutuo de los padres es el que ha hecho que los hijos vengan al mundo. Y el mismo afecto recíproco debe completar la tarea comenzada, ayudando al niño a alcanzar la plenitud y la felicidad a que se encuentra llamado.
El complemento natural de la procreación, la educación, ha de estar movido por las mismas causas que engendraron al hijo: el amor de los esposos
Sentirse protegidos y tener un punto de referencia
Hace ya bastantes siglos que se dijo que, al salir del útero materno, donde el líquido amniótico lo protegía y alimentaba, el niño reclama imperiosamente otro «útero» y otro «líquido», sin los que no podría crecer y desarrollarse; a saber, los que originan el padre y la madre al quererse de veras.
Además, cualquier chico o chica necesitan un modelo vivo al que imitar, aunque sea remotamente y de acuerdo con sus propias peculiaridades, para poder desplegar las riquezas de su propia personalidad.
Por eso, cada uno de los esposos ha de empeñarse en un combate constante de mejora personal, según antes apunté, al que los hijos puedan contemplar y referirse; y, como fruto de su amor recíproco, debe asimismo:
1. Mostrar con delicadeza, también para que los chicos lo adviertan, el cariño hacia su marido o su mujer (probablemente nada resulte más gratificante y educativo para un hijo que advertir cómo se quieren sus padres).
2. Y, además, y como consecuencia:
2.1. Engrandecer la imagen del otro ante los hijos.
2.2. Evitar cuanto pueda hacer disminuir el cariño de estos hacia su cónyuge.
Promover el amor de cada hijo hacia el otro cónyuge
Lo anterior puede concretarse, de momento, en los siguientes preceptos.
Desde que los críos son muy pequeños:
1. Además de manifestar prudente pero claramente el afecto que los une, con gestos y palabras («nunca agradeceré lo bastante a mis padres el que se besaran con cariño delante de mí», me comentaba el otro día una chica de unos 25 años).
2. Los padres han de prestar atención:
2.1. A no hacerse reproches mutuos ni comentarios irónicos delante de ellos
.
2.2. A no permitir uno lo que el otro prohíbe (la pregunta refleja, ante una consulta del hijo o la hija ha de ser: «¿qué te ha dicho papá o mamá?», aunque luego, si opinaran de manera distinta, deban hablar a solas para ponerse de acuerdo).
2.3. A evitar de plano ciertas aberrantes recomendaciones al niño, que le llevaría a desconfiar del otro cónyuge: «esto no se lo digas a papá o a mamá», etc.
Cualquier ruptura o disminución de la armonía entre los cónyuges, cualquier asomo de acritud, es inmediatamente advertido por los hijos, hace que les falte el aire que respiraban y provoca, junto a indecibles sufrimientos normalmente inconfesados, una detención o una contrahechura en su desarrollo personal.
Espléndida es la explicación de Menchén:
«El problema es que a los niños pequeños las desavenencias de los padres les generan inseguridad. No tienen capacidad de intervenir en una situación que les desconcierta y se encierran en sí mismos. Si las riñas son frecuentes, les costará abrirse a sus padres con sencillez porque aprecian una cierta amenaza que no saben identificar. La cuestión es aún peor si piensan que ellos son la causa de los problemas. El equilibrio del niño se empieza a romper. Por el contrario, cuando la relación de los padres es profundamente cordial, los hijos se manifiestan —cada uno según su carácter— con gran espontaneidad y alegría.»
Al salir del útero materno, donde el líquido amniótico lo protegía y alimentaba, el niño reclama otra protección y alimento sin los que no podría crecer y desarrollarse: los que originan el padre y la madre al quererse de veras
3. Enseñar a querer
Principio y meta
Como acabamos de ver:
1. El principio radical de la educación es que los padres se quieran entre sí y, como consecuencia de ese amor, que quieran de veras a sus hijos.
2. El fin o meta de esa educación es que los hijos, a su vez, vayan aprendiendo a querer, a amar… pues esa es la actividad más propia y que más perfecciona a cualquier persona y, como consecuencia, la que los hará feliz.
Lo expresan con hondura y fluidez Charles y Laura Robinson:
«Amar a los demás es lo más grande y lo más importante que puede hacer un ser humano en toda su vida. Fomentar y desarrollar en vuestros hijos la capacidad de amar es llevarles a la cumbre de su personalidad. Todas las demás capacidades y cualidades tendrán sentido si ese ser humano sabe amar. Si no es capaz de amar mucho a sus semejantes, las demás cualidades que posea se insertarán en su egoísmo y harán de él un inadaptado, un fracasado, quizá un tirano, un criminal, un monstruo.»
Curiosamente y en compendio, educar es amar, y amar es enseñar a amar: pues no es otro el destino del ser humano ni la clave de su felicidad.
Por consiguiente, educar equivale a enseñar a amar
Un ser-para-el-amor
Según afirma Philippe, «en el plano psicológico y espiritual la necesidad más profunda del hombre es el amor: amar y ser amado.»
A lo que añade C. Singer: «El amor es lo que queda cuando ya no queda nada más. En lo más hondo de nosotros, todos lo recordamos cuando —más allá de nuestros fracasos, de nuestras separaciones, de las palabras a las que sobrevivimos— desde la oscuridad de la noche se eleva, como un canto apenas audible, la seguridad de que, por encima de los desastres de nuestras biografías, más allá incluso de la alegría, de la pena, del nacimiento, de la muerte, existe un espacio que nadie amenaza, que nadie ha amenazado nunca y que no corre ningún peligro de ser destruido: un espacio intacto que es el del amor que ha creado nuestro ser» (es decir, el amor recíproco de nuestros padres).
Y, en cierto modo como resumen, y en la esfera de la gracia, explica Alfonso María de Ligorio: «¡Ojalá que todos entendieran esta verdad, que solo una cosa es necesaria! No es necesario allegar en la tierra muchos caudales, ni granjearse la estima de los demás, ni llevar vida regalada, ni escalar las dignidades, ni ganar reputación de sabio; una soca cosa es necesaria: amar a Dios y cumplir su voluntad. Para este único fin nos creó y conserva la vida, y solamente por este camino llegaremos un día a conquistar el paraíso.»
Todo el esfuerzo educativo de los padres ha de dirigirse, pues, en última instancia, a incrementar la capacidad de amar de cada hijo y a desterrar cuanto lo torne más egoísta, más cerrado y pendiente de sí, menos capaz de descubrir, querer, perseguir y realizar el bien de los otros.
Solo así contribuirán eficazmente a hacerlos felices, puesto que la dicha —como muestran desde los filósofos clásicos hasta los más certeros psiquiatras contemporáneos… y la experiencia sincera de cada uno de nosotros— no es sino el efecto no buscado de engrandecer la propia persona, de mejorar progresivamente: y esto solo se consigue amando más y mejor, dilatando las fronteras del propio corazón… con objeto de que, al término de nuestro paso por este mundo, «nos quepa más Dios en él» y seamos, consiguientemente, mucho más dichosos.
El empeño educativo de los padres ha de dirigirse a incrementar la capacidad de amar de cada hijo y a evitar cuanto lo torne más egoísta
Educar para la felicidad
Con otras palabras. Pese a cualquier apariencia en contrario, la felicidad es directa y exclusivamente proporcional a la capacidad de amar de cada persona, expresada en obras:
1. Quien ama mucho, es muy feliz.
2. Quien tiene un amor mediocre, nunca alcanzará una dicha completa.
3. Y quien no sabe o no quiere amar, por más que triunfe en los restantes aspectos de la existencia humana, será un auténtico desgraciado… aunque a veces pretenda encubrirlo o negarlo: ¡cuántos famosos acaban por reconocer que llevan una vida insufrible!
De ahí que San Juan de la Cruz pudiera sostener, con expresión que casi nunca se cita literalmente (yo tampoco lo hago ahora):
«En el atardecer de nuestra existencia, se nos examinará del amor»… ¡y de nada más!
El amor encarnado
En conclusión-conclusión: cualquier acción educativa tendrá validez en la exclusiva medida en que el motor de lo que se aconseja hacer o dejar de hacer, de lo que uno realiza u omite, sea:
1. Un amor auténtico e inteligente hacia la persona que se pretende formar.
2. O, con otras palabras, el bien real de esa persona.
2.1. Que siempre habrá de prevalecer sobre el nuestro.
2.2. Y que consiste, a su vez, en que el ser querido esté más pendiente del bien de los demás que del suyo propio… y no en un sinfín de concesiones que interpretamos como signo de amor, pero que no son sino trampas en las que caemos con más o menos conciencia y con más o menos dosis de egoísmo y comodidad.
Certeros y templados, también por caminar contracorriente, me parecen los siguientes juicios:
«Los padres que adoptan un igualitarismo exagerado, o una permisividad excesiva (“¡Ya es mayor para hacer lo que quiera!, ¡cada uno es libre de tomar sus propias decisiones!”), no proporcionan a sus hijos la clase de apoyo que necesitan.
Muchos padres adoptan esta actitud al no sentirse comprometidos ni implicados en la educación de sus hijos (padres despreocupados, negligentes o con pocos recursos educativos), otros a causa de nociones deformadas (¡y muy extendidas!) de cómo debe establecerse la relación padres-hijos. En familias de clase media se incrementa el riesgo de que los adolescentes presenten conductas socialmente desviadas, consuman drogas, etc., cuando los padres se declaraban partidarios de valores como la individualidad, la comprensión de sí mismo, la disposición a aceptar cualquier innovación, la necesidad del igualitarismo en la familia, pero que realmente utilizaban dichos valores para eludir sus obligaciones de la responsabilidad educativa que corresponde a los padres.»
El bien más radical de cualquier persona —lo que la perfecciona y hace feliz— consiste en que, olvidada de sí, se ocupe de procurar el bien a quienes la rodean
Tomás Melendo
Catedrático de Filosofía (Metafísica)
Director de los Estudios Universitarios en Ciencias para la Familia
Universidad de Málaga
Comentarios al autor: tmelendo@masterenfamilias.com
http://www.edufamilia.com
¿Qué hace diferente a cada persona?
La herencia genética, las circunstancias de la gestación y parto, los estímulos o educación recibidos, el número que se ocupa en la familia, las amistades, las enfermedades, la etapa de crecimiento en que se encuentra, el temperamento, el carácter. Todo ello se relaciona y logran hacer de cada uno, una persona diferente en aptitudes, gustos, intereses, aficiones, etc.
Por todo esto, necesitamos conocer a nuestros hijos a fondo, a través de una convivencia estrecha, a fin de que cada uno se sienta importante y querido de forma especial.
Es necesario dedicar un tiempo a solas con cada uno de ellos para lograr una comunicación profunda, conocer en cada momento qué piensan, cómo se sienten, cuáles son sus intereses y sus gustos, promover la verdadera amistad de los padres con los hijos, con una relación de confianza y sinceridad. Y cuanto antes sea, es mejor. Hoy estamos a tiempo, mañana puede ser muy tarde. Hay que saber abrir esas puertas oportunamente.
Cada hijo, por lo tanto, debe ser educado y tratado según sus características y necesidades. Para ello nos será útil conocer las siguientes circunstancias:
Educar en la Infancia
Las primeras etapas por las que va pasando tu hijo de Francisco de P. Cardona Lira
http://es.catholic.net/familiayvida/158/287/articulo.php?id=32904
En los primeros años de vida el niño no razona de Salvador Casadevall
http://es.catholic.net/familiayvida/158/287/articulo.php?id=32904
Educar en la Infancia Sección Catholic.net
http://es.catholic.net/familiayvida/158/287/
Educar en la Adolescencia
Adolescentes en acción de Emilio Avilés Cutillas
http://es.catholic.net/familiayvida/158/154/articulo.php?id=32796
Cuatro ideas para educar a adolescentes en la afectividad de Angel Mª Gutierrez
http://es.catholic.net/familiayvida/158/154/articulo.php?id=30743
Educar a los jóvenes en la fe, una tarea fundamental VIS
http://es.catholic.net/familiayvida/158/154/articulo.php?id=30255
Adolescencia, edad difícil de Gaston Courtois
http://es.catholic.net/familiayvida/158/154/articulo.php?id=25378
¡Auxilio...! Hay un adolescente en mi casa de German Sánchez Griese y Benjamín Manzano Gómez
http://es.catholic.net/familiayvida/158/154/articulo.php?id=2995
Educar en la Adolescencia Sección de Catholic.net
http://es.catholic.net/familiayvida/158/154/
Comentarios a los autores: crecerenfamilia@prodigy.net.mx
Con todo, esta especie de resistencia resulta comprensible. Y es que la misión paterno-materna de educar no es nada sencilla. Está llena de contrastes en apariencia irreconciliables, y hoy, si cabe, más agudizados.
Por tal motivo, antes de señalar algunas de esas dificultades, copio el diagnóstico de la (disminución de la) «capacidad educativa» de la familia media actual, realizado por Fernando Sebastián. Aunque las reflexiones establecen como punto de partida la enseñanza de la fe en el seno del hogar cristiano, pienso que constituyen una buena toma de contacto con el problema en su conjunto:
«El cambio no está únicamente en que los padres no eduquen cristianamente, sino que, en realidad, la familia, los padres, han perdido buena parte de su capacidad educadora en general.
En el estilo actual de vida, los padres no tienen tiempo para convivir tranquilamente con sus hijos. Los hijos están muy poco tiempo con sus padres. No hay apenas espacios tranquilos, ociosos, en los que puedan surgir temas de interés. El trabajo de la mujer fuera de casa se ha introducido rápidamente sin tener apenas en cuenta la función de la madre en la vida familiar, sin una suficiente atención a las exigencias de una adecuada educación de los hijos.
Tanto el padre como la madre tienen sus tareas específicas, además de las comunes, en ese delicado y decisivo proceso que es la educación y la maduración afectiva y personal de los hijos. Puede ser que no estén siendo suficientemente respetadas por el modelo de vida vigente en nuestra sociedad ni las del padre ni las de la madre.
Hay además un concepto equivocado de la educación, que favorece comportamientos equivocados. El objetivo de una buena educación no es que el hijo “esté contento”, que no le falte nada, sino que se desarrolle como persona en el conocimiento y en su comportamiento, en sus convicciones y sus actitudes, enriquecido con las virtudes cardinales y teologales.
[…] Para que una persona perciba la llamada de la fe y la acoja positivamente hace falta que tenga una actitud vital determinada: que esté abierto a los mensajes de la realidad y no esté encerrado en el mundo estrecho de sus gustos, de sus preferencias, que se sienta recibido en un mundo más amplio que él, que no se sienta el centro del mundo, que no esté cerrado sobre sí mismo, ni por egoísmo, ni por temor o resentimiento.
Para dar el paso de la fe hace falta sentir y vivir la realidad como un seno acogedor, amable, en el que nuestra vida tiene que ser posible, en donde podemos vivir seguros. Hace falta además vivir la propia vida como respuesta, con responsabilidad frente a la realidad, a nuestra realidad y la realidad de los demás, hace falta percibir y vivir la propia libertad como respuesta positiva a una realidad buena y acogedora, y hace falta que seamos sensibles al don del amor y a la interpelación del amor, “vivimos del amor de los demás, pero a este amor tenemos que responder lealmente con más amor”.
Estas actitudes de realismo, responsabilidad, generosidad son fruto de una buena educación. La renuncia a educar puede privar de estas disposiciones a un hijo desde sus primeros años.
Quien ha crecido encerrado en el gusto de las propias apetencias, sin sentir el valor de la vida como don y respuesta en el amor, será incapaz de entender lo que es “creer” en Dios, ni creer en nadie. Hace falta percibir las consecuencias de una vida dialogante, compartida, recibida. Cuando un niño sabe que vive del amor de los demás, y que el amor recibido merece y reclama una respuesta de amor, entenderá mejor las explicaciones y los testimonios acerca del buen Padre de Dios y de la necesidad de tenerle en cuenta en su vida.»
Y paso ahora a exponer algunos de…
Los contrastes
1. A lo largo de toda su existencia, los padres han de acoger a cada hijo —único e irrepetible, en virtud de su condición personal— tal como es, aun cuando en ocasiones no responda a sus expectativas… o incluso «les caiga mal».
(Tal «antipatía» —e incluso un inicial rechazo— no debería asustar a nadie, pues es perfectamente humana y compatible con el amor más puro, que reside en la voluntad y no es propiamente un sentimiento.
Y esto, tanto de manera habitual, que habrá que intentar vencer, como en momentos de particular enfado. En un estupendo escrito sobre educación, Nancy Samalin recuerda que bastante a menudo «… los padres normales se enfurecen con sus hijos normales. Es inevitable llegar a sentir una rabia intensa hacia los niños, con independencia del amor que sintamos hacia ellos.»)
2. Han de saber comprender, pero también exigir, sin ceder inoportunamente.
3. Respetar la libertad de los chicos y hacerla crecer… ¡siempre!, superando todo afán de posesión y sobreprotección; pero, a la vez, deben guiarles y corregirles.
4. Ayudarles en sus tareas, pero sin sustituirlos ni evitarles el esfuerzo formativo y la satisfacción que el realizarlas lleva consigo, y que robustece su autoconocimiento y su autoestima… ¡y su capacidad de desenvolverse en la vida, sin depender siempre de sus mayores!
5. Y otro sinfín de dificultades y de aparentes contradicciones que sería largo enumerar y que irán apareciendo a lo largo del escrito.
Una primera aproximación se encuentra en estos sensatos párrafos de Murphy-Witt, que no tienen desperdicio:
«En la actualidad, los niños ya no crecen espontáneamente. Han cambiado demasiadas cosas en nuestra sociedad. No hace mucho tiempo se decía: “Lo que llegue, bien recibido será”. Pero hoy en día prácticamente no quedan familias con una visión tan distendida. Abuelas que prefieren viajar por todo el mundo en lugar de ocuparse de sus nietos, pisos pequeños y condiciones adversas para los niños, falta de oferta para cuidarlos y una presión continua, tanto en términos de tiempo como de rendimiento, para combinar trabajo y familia: ¡los padres de hoy en día no lo tienen precisamente fácil!
No solo falta un apoyo útil, sino que también la vida diaria de las familias es cada vez más complicada: comida rápida y falta de ejercicio físico, culto a las marcas y consumismo, televisión publicitaria y videos violentos, Internet y juegos de ordenador, conductas agresivas en el parque y mobbing en el colegio, dificultades para leer y déficit de atención, trastornos alimentarios y éxtasis: el mundo de nuestros hijos es multiproblemático.
En este contexto nuestros retoños necesitan una buena línea directriz, instrucciones intensivas y pautas inamovibles para encontrar su camino. La responsabilidad que los padres tienen sobre sus hombros es grande. Se exige mucho de las madres y los padres, más bien un trabajo a tiempo completo que una ocupación temporal. Muchas parejas jóvenes opinan que se puede ir aprendiendo sobre la marcha, que se consigue de algún modo. Pero, por desgracia, las cosas se tuercen con demasiada frecuencia. Cada vez más familias se ven atrapadas en el estrés de la educación. Los problemas se convierten en dominantes y las disputas continuas envenenan el ambiente en el hogar. Año tras año aumenta la demanda de asesoramiento educativo. Y cada vez hay más familias que no pueden solucionar solas sus conflictos.»
Más escueto, pero también más esencial, es el panorama que ofrece Diego Macià:
«La tarea de educar supone esforzarse por comprender, respetar y enriquecer al “otro” y esto en una sociedad como la nuestra, siempre con prisas, dificultades de comunicación, horarios de trabajo incompatible con los hijos, etc., no siempre resulta fácil. De hecho, parte del precio que estamos pagando los seres humanos por el progreso de nuestra sociedad es dejar en segundo plano las relaciones amorosos entre padres e hijos, fundamentales para que estos alcancen una personalidad madura e independiente.»
Y que, como es lógico, concuerda casi a la letra con el de otros dos especialistas en psicología y educación (Fernández Millán y Buela-Casal):
«Si algo es importante en la educación de los hijos, es conocerlos y que ellos conozcan a sus padres. Desgraciadamente la sociedad en la que vivimos nos roba una gran parte del tiempo que deberíamos usar para hablar entre los miembros familiares; tiempo que empleamos en el trabajo, el desplazamiento, la televisión, etc. Se ha dejado de contar cuentos a los más pequeños o trasmitir las historias de nuestros antepasados (es sorprendente como muchos niños apenas conocen la vida de sus abuelos), las sobremesas son fugaces o individuales, llegamos muy cansados del trabajo o el hijo debe de hacer los deberes de clase…, hay miles de excusas para no sentarse y dialogar, empezando por escuchar.»
De ahí que los padres tengan que aprender por sí mismos a serlo… y desde muy pronto
Capacitarse
En ningún oficio la capacitación profesional comienza cuando el aspirante alcanza puestos de relieve y tiene entre sus manos encargos muy comprometidos o de alto riesgo. No ocurre así ni en la albañilería, la mecánica, las artes gráficas o el diseño; tampoco en medicina, arquitectura, ingeniería, informática, derecho, en la carrera militar o política, en la administración o en el seno de una empresa…
¿Por qué en el «oficio de padres» debería ser de otra forma? ¿Tal vez porque su responsabilidad es menor que la de quienes trabajan en una profesión convencional? Da la impresión de que no, sino más bien al contrario: en fin de cuentas, educar es poner los medios para que una persona llegue a ser feliz, y ¿existe algo de más trascendencia que «eso»?
¿Acaso, entonces, porque se trata más de un arte que de una ciencia? Aunque se pudiera estar de acuerdo en este último extremo, en ningún arte bastan la inspiración y la intuición; es menester también instruirse, formarse, ejercitarse… como confirman justamente los artistas que en apariencia trabajan sin apenas esfuerzo: cuanto más «natural» parece la obra maestra, más trabajo (en ocasiones, previo y sedimentado a modo de habilidades) ha llevado consigo.
Cuanto más «natural» parece la obra maestra, más trabajo suele encerrar en su seno
Llegar al fondo
Por otro lado, aprender el «oficio» de padre y educador no consiste en proveerse de un conjunto de recetas o soluciones ya dadas e inmediatamente aplicables a los problemas que van surgiendo. Ni tampoco de un racimo de técnicas infalibles.
Tales recetas y técnicas no existen. Hay, por el contrario, principios o fundamentos de la educación, que iluminan las distintas situaciones: los padres deben conocerlos muy a fondo, hasta hacerlos pensamiento de su pensamiento y vida de su vida —¡ser de su propio ser!—, para con ellos, y casi sin necesidad de deliberaciones, encarar la práctica diaria.
Y no se trata, tampoco, de una labor sencilla: comporta mucha atención a los hijos, mucha reflexión y cambio de impresiones de los esposos entre sí… y mucho sacrificio para saber prescindir del propio bienestar —incluso del necesario y no caprichoso— en pro del bien de los hijos.
Tal como explica Macià, «… educar en el sentido más amplio es, sin duda, una tarea compleja. Educar de forma responsable a los hijos requiere responsabilidad, respeto, conocimiento y ejemplo. Ser padres es una oportunidad maravillosa que nos proporciona la naturaleza, pero es también “un oficio”, “una profesión” que hay que aprender. Por tanto, requiere de un proceso de instrucción que supone reflexión, adquisición de conocimientos teóricos y puesta en práctica de los mismos. El oficio de ser padres se puede aprender y mejorar.»
Una mejora y aprendizaje que se resume en lograr que, de forma espontánea y habitual, impere la siguiente máxima:
El tú de la persona amada debe prevalecer siempre sobre el propio yo: ¡he aquí la regla de oro de toda labor educativa, de la vida entera… y de la auténtica felicidad!
Teniendo esto claro, y sin demasiadas pretensiones, ofreceré un memorando, el más accesible y concreto que se me ocurre, de los principales criterios y sugerencias sobre «el arte de las artes», como ha sido llamada la educación.
En la confluencia de tres amores
Si planteamos el asunto del modo más hondo y radical posible, las claves de la educación, y de todas las tareas que lleva consigo, se encierran en un solo término y misión —amar (amar ¡bien!)—… y en los dos corolarios que de ahí se siguen:
1. ¡Aprender a amar inteligentemente!, sin nunca, nunca, dar por supuesto que uno ya sabe hacerlo, en contra de lo que a menudo sucede («… el amor debe ir a la escuela», me gusta recordar con Benavente).
2. Y sin imaginar tampoco que va a lograrlo como por arte de magia, sin poner de su parte cuanto fuere necesario para querer cada vez mejor (lo cual supone, como vengo diciendo, esforzarse por ser mejor persona).
1. Amor a los hijos
El requisito ineludible
La primera cosa que los padres necesitan para educar es un verdadero y cabal amor a sus hijos: querer efectiva y eficazmente su bien, el de «cada uno de todos» ellos.
Según escribe G. Courtois en El arte de educar a los muchachos de hoy, la educación requiere, además de «un poco de ciencia y de experiencia, mucho sentido común y, sobre todo, mucho amor».
Algo similar sostienen Charles y Laura Robinson, animando a los padres a asumir su tarea educadora:
«Podéis hacer de ellos unos seres fundamentalmente felices; podéis darles el gran impulso inicial para la carrera de la vida. Ese impulso, en el ser humano tendrá que constar, en buena parte, de una gran dosis de amor.
Porque el amor es la suprema actividad humana y la que tiene más virtud para equilibrar y potenciar a los hombres.»
Con otras palabras, es preciso dominar algunos principios pedagógicos y obrar con sensatez, pero sin suponer que baste aplicar una bonita teoría para obtener seguros resultados. Todo ello sería insuficiente sin el elemento indispensable de un amor auténtico y cabal… y hondamente enraizado en lo más íntimo de nuestro ser.
[Esto se aplica tanto a los padres como a los educadores «de profesión»: maestros y profesores. Así lo muestran las siguientes palabras de Francisco Gómez Antón, Catedrático con muchos años de experiencia universitaria. Cuando le preguntaron por el «secreto» de su triunfo en las aulas, contestó: «Para dar una buena clase hay que hacer muchas cosas. La primera de ellas, querer mucho a los alumnos».]
Lo primero que los padres necesitan para educar es un verdadero amor a sus hijos
Amor clarividente…
¿Por qué? Entre otros muchos motivos, porque «cada niño —justo por su condición de persona— es una realidad absolutamente irrepetible», distinta de todas las demás.
Antes que nada, en contra de lo que implícitamente pensamos… o ni siquiera pensamos, pero guía a menudo nuestros comportamientos, estamos ante un niño: no ante una suerte de mini-adulto o de adulto virtual y en construcción, que necesita ser tratado «como si fuera mayor» para lograr la plenitud que le corresponde… ¡o para que no turbe la tranquilidad en que nos hemos instalado!
Parece absurdo decirlo y, sin embargo, resulta de capital importancia: un niño es… un niño. Y tiene el derecho y el deber de vivir como niño, justo para después dejar de serlo y transformarse en el varón o la mujer cumplidos, a través de ese amargo trago en que nos empeñamos que sea la adolescencia.
El niño piensa como niño, imagina como niño, percibe el tiempo y el espacio —también el propio cuerpo— como niño, se relaciona con el mundo, con sus semejantes ¡y con Dios! como niño, y un muy extenso etcétera.
Y respetuoso
Y los adultos, en lugar de agostar esa condición con nuestras pretensiones «de mayores», deberíamos dedicarnos a contemplarlo, para aprender de él —más a menudo de lo que suponemos— en qué consiste ser humanos (aunque también sin ingenuidades a lo Rousseau).
Lo sostiene, bella y agudamente, Bartolomé Menchén: el «… estudio del hombre en la etapa inicial de su vida […] nos indica —con sus capacidades y sus necesidades— el camino adecuado para su educación, o, mejor dicho, para su formación. Porque para poder acertar a guiarle, hay primero que dejarse guiar por él; es decir, observarle con atención para ayudarle a desarrollar sus capacidades y poder responder a sus necesidades.»
Y concreta después: «… todo lo que sé de importancia sobre los niños lo he aprendido de ellos; y podría decir, también, que observándolos y reflexionando he aprendido muchas cosas sobre mí. La relación con los hijos hace profundizar enormemente en el conocimiento de quiénes son ellos y quiénes somos nosotros.»
Ideas similares a las que resume, con plasticidad un tanto agresiva, Murphy-Witt:
«Los niños no son pequeños adultos. Esto es algo que los padres olvidan a veces, por desgracia. Sobre todo cuando su retoño es tranquilo, está adaptado y da pocos problemas, lo desbordan rápidamente con una ración demasiado grande de vida adulta: mundos relucientes de consumismo en lugar de un espacio para jugar, espacios de cemento en lugar de experiencias en la naturaleza, restaurantes ruidosos en lugar de comidas agradables en la mesa familiar. Conversaciones de adultos en lugar de amigos de la misma edad.
Todo ello exige demasiado de los pequeños. No pueden explotar su afán natural por moverse, no se pueden manchar, los visten con ropa de moda con la que no pueden andar dando saltos, tienen que estar sentados en un rincón callados. Cuando no hay otra posibilidad, los sientan delante del televisor o de un video. Así por lo menos dejan de molestar. De este modo, los padres tienen siempre a un niño limpio y pulcramente vestido que los sigue. Sin embargo, estas condiciones vitales no son en absoluto adecuadas para los niños. Después, que no se sorprendan mamá y papá cuando en algún momento su retoño salga de la jaula de oro y quiera ser un niño de una vez.»
Y concluye, con buen humor:
«Así pues, ¡se acabó la obligación de tener que jugar al miniadulto! Los niños se hacen mayores y se ven enfrentados a la cruda realidad.
Concedámosles tantos hermosos días y experiencias infantiles como sea posible. Dejemos que jueguen, correteen y también se ensucien en función de su edad. A arreglárselas en el mundo de los adultos tienen que aprender de todos modos bastante pronto.»
El niño piensa como niño, imagina como niño, percibe el tiempo y el espacio como niño, se relaciona con el mundo, con sus semejantes ¡y con Dios! como niño…
Que no siempre lo es
Mas, como veremos más tarde, es frecuente que los adultos, después de sofocar al niño que debería pervivir en nosotros —y precisamente por ello—, impidamos a nuestros hijos vivir su infancia como tal.
En este contexto pueden leerse las advertencias de Robinson:
«Todo ser humano tiene también su marcha, su velocidad de crucero. Como padres, tenéis que conocerla bien y luego tratar de lanzarles a esa velocidad, pero sin pretender forzar su marcha.
Forzar su marcha sería insensato. No conseguiríais otra cosa que estropear su maquinaria y dejarles expuestos a serias averías.»
Aunque más directa resulta, de nuevo, la exposición de Menchén:
«Os preguntaba por vuestra infancia —observa, en un diálogo imaginario—, porque la madurez humana consiste en ir pasando de una etapa a otra de la vida llevando con nosotros los mejores recuerdos; lo que es tanto como decir que no son imágenes de un pasado que se fue, sino momentos constituyentes de nuestra personalidad, de nuestro ser más profundo, y que están presentes en la actualidad. Si fuimos auténticamente niños nunca dejaremos de serlo.»
Y no solo por los recuerdos, me atrevería a añadir, sino por el conjunto de hábitos que únicamente en la infancia pueden forjarse.
De ahí que quepa proseguir: «… todos hemos sido niños, pero se puede decir de algunas personas que no han tenido infancia.»
Y explicar, con sugerente metáfora:
«La armonía afectiva y espiritual es el eco que va resonando en el interior del niño al compás de las acciones que va realizando; y esos ecos interiores tienen que ser ordenados, matizados, amplificados o moderados por los padres. Va surgiendo así una maravillosa melodía. De otra forma, serán sonidos inconexos o ruidos que se lleva el viento. La armonía afectiva y espiritual del niño necesita de unos maestros músicos, que son los padres. Si me permitís seguir con el símil de la música, os diría que al pentagrama en blanco de la vida del niño van llegando todo tipo de notas que, si no se integran en una melodía, se pierden en gran parte; y, así, cuando crecemos, desaparece la música de nuestra infancia.»
Para concluir: «Viendo el modo de hablar y actuar de muchas personas adultas, metidas en un mundo de ambiciones demasiado humanas, de ansias de poder y dinero, es difícil descubrir en ellas a los niños que fueron, quizá porque los adultos les ayudaron muy poco a serlo.»
Y si no le permitimos ser niño durante su infancia, es muy probable que el resto de su vida arrastre ese déficit, que, en ocasiones, le impedirá incluso ser un joven y un adulto cabal
Amor, por tanto, clarividente y respetuoso
Por otro lado, admitida, fomentada y consolidada su condición infantil, jamás se tratará de un caso más entre muchos. De ahí que ningún manual sea capaz de explicarnos ese presunto «caso» concreto.
Hay que aprender, pues, a modular los principios a tenor del temperamento, la edad y las circunstancias en que se encuentren los chicos, teniendo en cuenta que lo que en este preciso instante puede resultar oportuno e incluso imprescindible para uno de ellos, en otro momento y en otra situación ha de ser evitado a toda costa… para ese mismo hijo.
Pero solo el amor permite conocer a cada uno de nuestros hijos tal como es hoy y ahora y actuar en función de ese conocimiento: aun concediendo la parte de verdad que encierra el dicho de que «el amor es ciego», resulta mucho más profundo y real sostener que es agudo y perspicaz, clarividente; y que, tratándose de personas, solo un amor auténtico nos capacita para conocerlas con hondura y tratarlas en consecuencia.
Solo el amor permite «andarse con contemplaciones» —conocer a cada uno de nuestros hijos tal como es hoy y ahora— y actuar de acuerdo con ese conocimiento
Jugar las mejores bazas…
De hecho, será el amor el que enseñe a los padres a poner en práctica una de las claves más importantes de la educación. Lo que suele llamarse «educar en positivo», cuyo principio fundamental consiste quizá, una vez anclados con fuerza en la condición personal de cada uno de ellos, en:
1. Descubrir y, si es necesario, poner por escrito —con sus nombres propios, para que queden bien claras y para repasarlas y perfilarlas todavía más cuantas veces fuere conveniente—, las cualidades que sus hijos ya poseen y deben ser potenciadas.
2. Procurar no insistir monótona, reiterativa y exclusivamente:
2.1 En la corrección de sus defectos.
2.2. O en los que lleva anejos el papel o función en que —siguiendo una mala costumbre tremendamente extendida— lo hemos encasillado: tozudo, holgazán, manazas, payaso, desordenado, cachaza, intransigente, protestón, desaliñado…
(Defectos que, precisamente por serlo, resultan difíciles de vencer. Atender, por el contrario, a sus puntos fuertes, y solicitar en esos campos mejoras asequibles, permitirá a los chicos:
1. Ir obteniendo pequeñas victorias, con la alegría que a ellas va aparejada.
2. Aumentar de esta forma la propia estima y las ganas de luchar.
3. Ponerse, con el crecimiento conjunto de su persona, en condiciones de superar unos defectos que antes eran invencibles.)
De igual modo, el amor llevará a los padres a advertir el momento más adecuado para «estar» —de forma más o menos activa, o simplemente «estar»— y para «desaparecer», para hablar y para callar; el tiempo para jugar con los niños e interesarse por sus problemas sin someterlos a un interrogatorio y el de respetar su necesidad de estar a solas… con su propia intimidad; las ocasiones en que conviene «soltar un poco de cuerda» y «no darse por enterados», frente a aquellas otras en las que procede intervenir con decisión e incluso con resuelta viveza y una pizca de agresividad fingida…
Y, según decía, en todo este difícil arte los padres resultan irreemplazables: porque solo quien ama con locura —incondicional, incondicionada e incondicionablemente— es capaz de descubrir los tesoros inauditos de grandeza que cualquier persona encierra en lo más íntimo de su ser y prestarle el vigor y el apoyo imprescindibles para hacer que despunten, se desarrollen, maduren y alcancen su plenitud.
Un matrimonio muy agobiado por su trabajo profesional buscaba en una tienda de juguetes un regalo para su niño: pedían algo que lo divirtiera, lo mantuviese tranquilo y, sobre todo, le quitara la sensación de estar solo.
Una dependiente inteligente les explicó: «lo siento, pero no vendemos padres»
Pues nadie lo hará en nuestro lugar…
Como ya apunté, la experiencia muestra que normalmente insistimos más en los defectos de nuestros hijos que en sus atributos positivos.
Escribe Nancy Samalin: «Nosotros nos fijamos demasiado en las correcciones rojas del trabajo de Historia, en la palabra mal escrita, en el resultado equivocado del problema de Matemáticas o en los acentos que faltan. Tenemos la costumbre de fijarnos en lo "malo", en lugar de hacerlo en lo "bueno", de nuestros hijos, no solo en el ámbito escolar, sino también en otros aspectos de la vida. Si usted es capaz de romper este esquema […] y fijarse en lo positivo, su hijo mostrará una mayor motivación, cooperación y seguridad en sí mismo.»
Y algo semejante suelen hacer los demás: casi sin pretenderlo, advierten lo más negativo.
Una de las más tristes consecuencias de este modo de obrar es que los chicos pueden pasar muchos años ignorando no solo su grandeza constitutiva e inalienable —¡amigos potenciales de Dios!—, sino también aquellas cualidades en las que, con un mínimo de esfuerzo, podrían sobresalir y apoyarse para mejorar el conjunto de su persona.
Lo ilustran estas sensatas —y tal vez un tanto excesivas— reflexiones de Faber y Mazlish:
«Parece ser que elogiar un comportamiento cabal no brota espontáneamente. La mayoría de nosotros somos prontos en criticar y tardos en aplaudir. Como padres, tenemos la obligación de invertir ese orden. […]
El lector habrá constatado que el mundo exterior no es muy proclive a las alabanzas. ¿Cuándo fue la última vez que otro conductor le dijo: “Gracias por ocupar solamente una plaza de aparcamiento. Así cabrá también mi coche”? Nuestros esfuerzos de colaboración se dan por sentados. Si en cambio sufrimos un desliz, la condena será virulenta.
Seamos diferentes en nuestros hogares. Recordemos que además de proporcionarles alimento, refugio y vestido, tenemos otro deber con nuestros hijos, y es consolidar sus mejores “atributos”. El mundo entero les afeará los defectos, con vigor e insistencia. Nuestra función es darles a conocer su parte buena.»
Y resulta imprescindible
«El hombre —apunta de nuevo Robinson— es un ser que necesita absolutamente del aprecio de los demás. Esta sensación íntima de que uno es acogido y estimado es un artículo de primera necesidad para el ser humano; lo mismo que el aire, el agua, el alimento y el calor.»
Y precisa, certeramente:
«La aprobación debe estar más dirigida a aquellos que más necesitan de ella y en aquellos sectores que la necesitan. A un muchacho que suele traer malas notas, el saber apreciar las veces que las trae buenas, será acertar en una de las teclas más profundas de su espíritu, será, quizá, remover un desánimo persistente y profundo, abrirle una hermosa esperanza, afirmarle en la confianza en sí mismo.
El alabar con oportunidad la superación, siquiera sea momentánea, de un defecto, será más eficaz que reprimendas y muchos castigos.»
Insistir en sus defectos e ignorar sus cualidades puede llevar al niño a desconocer cuáles son las auténticas armas con las que cuenta para desarrollarse y triunfar en la vida
2. Amor mutuo
Amor entre los cónyuges
La primera cosa que el hijo necesita para ser educado es que sus padres se quieran entre sí (es decir, como esposos).
«Hacemos que no le falte de nada, estamos pendientes hasta de sus menores caprichos, y sin embargo…»
Expresiones como esta las oímos a menudo, proferidas por tantos padres que parecen volcarse sobre sus hijos —alimentos sanos, reconstituyentes y vitaminas, juegos más y más sofisticados, vestidos y demás prendas de marca, vacaciones junto al mar o en la nieve, diversiones sin tasa ni de tiempo ni de precio, resolución de problemas o de gestiones que deberían realizar los hijos, trasportes en coche cuando lo mejor es que tomaran el autobús, etc.—, pero se olvidan de la cosa más importante que precisan los críos: que los propios padres se amen y estén unidos… como esposos (repito con plena voluntariedad, pues solo luchando por mejorar su condición de esposos podrán llegar a ser buenos padres).
El cariño mutuo de los padres es el que ha hecho que los hijos vengan al mundo. Y el mismo afecto recíproco debe completar la tarea comenzada, ayudando al niño a alcanzar la plenitud y la felicidad a que se encuentra llamado.
El complemento natural de la procreación, la educación, ha de estar movido por las mismas causas que engendraron al hijo: el amor de los esposos
Sentirse protegidos y tener un punto de referencia
Hace ya bastantes siglos que se dijo que, al salir del útero materno, donde el líquido amniótico lo protegía y alimentaba, el niño reclama imperiosamente otro «útero» y otro «líquido», sin los que no podría crecer y desarrollarse; a saber, los que originan el padre y la madre al quererse de veras.
Además, cualquier chico o chica necesitan un modelo vivo al que imitar, aunque sea remotamente y de acuerdo con sus propias peculiaridades, para poder desplegar las riquezas de su propia personalidad.
Por eso, cada uno de los esposos ha de empeñarse en un combate constante de mejora personal, según antes apunté, al que los hijos puedan contemplar y referirse; y, como fruto de su amor recíproco, debe asimismo:
1. Mostrar con delicadeza, también para que los chicos lo adviertan, el cariño hacia su marido o su mujer (probablemente nada resulte más gratificante y educativo para un hijo que advertir cómo se quieren sus padres).
2. Y, además, y como consecuencia:
2.1. Engrandecer la imagen del otro ante los hijos.
2.2. Evitar cuanto pueda hacer disminuir el cariño de estos hacia su cónyuge.
Promover el amor de cada hijo hacia el otro cónyuge
Lo anterior puede concretarse, de momento, en los siguientes preceptos.
Desde que los críos son muy pequeños:
1. Además de manifestar prudente pero claramente el afecto que los une, con gestos y palabras («nunca agradeceré lo bastante a mis padres el que se besaran con cariño delante de mí», me comentaba el otro día una chica de unos 25 años).
2. Los padres han de prestar atención:
2.1. A no hacerse reproches mutuos ni comentarios irónicos delante de ellos
.
2.2. A no permitir uno lo que el otro prohíbe (la pregunta refleja, ante una consulta del hijo o la hija ha de ser: «¿qué te ha dicho papá o mamá?», aunque luego, si opinaran de manera distinta, deban hablar a solas para ponerse de acuerdo).
2.3. A evitar de plano ciertas aberrantes recomendaciones al niño, que le llevaría a desconfiar del otro cónyuge: «esto no se lo digas a papá o a mamá», etc.
Cualquier ruptura o disminución de la armonía entre los cónyuges, cualquier asomo de acritud, es inmediatamente advertido por los hijos, hace que les falte el aire que respiraban y provoca, junto a indecibles sufrimientos normalmente inconfesados, una detención o una contrahechura en su desarrollo personal.
Espléndida es la explicación de Menchén:
«El problema es que a los niños pequeños las desavenencias de los padres les generan inseguridad. No tienen capacidad de intervenir en una situación que les desconcierta y se encierran en sí mismos. Si las riñas son frecuentes, les costará abrirse a sus padres con sencillez porque aprecian una cierta amenaza que no saben identificar. La cuestión es aún peor si piensan que ellos son la causa de los problemas. El equilibrio del niño se empieza a romper. Por el contrario, cuando la relación de los padres es profundamente cordial, los hijos se manifiestan —cada uno según su carácter— con gran espontaneidad y alegría.»
Al salir del útero materno, donde el líquido amniótico lo protegía y alimentaba, el niño reclama otra protección y alimento sin los que no podría crecer y desarrollarse: los que originan el padre y la madre al quererse de veras
3. Enseñar a querer
Principio y meta
Como acabamos de ver:
1. El principio radical de la educación es que los padres se quieran entre sí y, como consecuencia de ese amor, que quieran de veras a sus hijos.
2. El fin o meta de esa educación es que los hijos, a su vez, vayan aprendiendo a querer, a amar… pues esa es la actividad más propia y que más perfecciona a cualquier persona y, como consecuencia, la que los hará feliz.
Lo expresan con hondura y fluidez Charles y Laura Robinson:
«Amar a los demás es lo más grande y lo más importante que puede hacer un ser humano en toda su vida. Fomentar y desarrollar en vuestros hijos la capacidad de amar es llevarles a la cumbre de su personalidad. Todas las demás capacidades y cualidades tendrán sentido si ese ser humano sabe amar. Si no es capaz de amar mucho a sus semejantes, las demás cualidades que posea se insertarán en su egoísmo y harán de él un inadaptado, un fracasado, quizá un tirano, un criminal, un monstruo.»
Curiosamente y en compendio, educar es amar, y amar es enseñar a amar: pues no es otro el destino del ser humano ni la clave de su felicidad.
Por consiguiente, educar equivale a enseñar a amar
Un ser-para-el-amor
Según afirma Philippe, «en el plano psicológico y espiritual la necesidad más profunda del hombre es el amor: amar y ser amado.»
A lo que añade C. Singer: «El amor es lo que queda cuando ya no queda nada más. En lo más hondo de nosotros, todos lo recordamos cuando —más allá de nuestros fracasos, de nuestras separaciones, de las palabras a las que sobrevivimos— desde la oscuridad de la noche se eleva, como un canto apenas audible, la seguridad de que, por encima de los desastres de nuestras biografías, más allá incluso de la alegría, de la pena, del nacimiento, de la muerte, existe un espacio que nadie amenaza, que nadie ha amenazado nunca y que no corre ningún peligro de ser destruido: un espacio intacto que es el del amor que ha creado nuestro ser» (es decir, el amor recíproco de nuestros padres).
Y, en cierto modo como resumen, y en la esfera de la gracia, explica Alfonso María de Ligorio: «¡Ojalá que todos entendieran esta verdad, que solo una cosa es necesaria! No es necesario allegar en la tierra muchos caudales, ni granjearse la estima de los demás, ni llevar vida regalada, ni escalar las dignidades, ni ganar reputación de sabio; una soca cosa es necesaria: amar a Dios y cumplir su voluntad. Para este único fin nos creó y conserva la vida, y solamente por este camino llegaremos un día a conquistar el paraíso.»
Todo el esfuerzo educativo de los padres ha de dirigirse, pues, en última instancia, a incrementar la capacidad de amar de cada hijo y a desterrar cuanto lo torne más egoísta, más cerrado y pendiente de sí, menos capaz de descubrir, querer, perseguir y realizar el bien de los otros.
Solo así contribuirán eficazmente a hacerlos felices, puesto que la dicha —como muestran desde los filósofos clásicos hasta los más certeros psiquiatras contemporáneos… y la experiencia sincera de cada uno de nosotros— no es sino el efecto no buscado de engrandecer la propia persona, de mejorar progresivamente: y esto solo se consigue amando más y mejor, dilatando las fronteras del propio corazón… con objeto de que, al término de nuestro paso por este mundo, «nos quepa más Dios en él» y seamos, consiguientemente, mucho más dichosos.
El empeño educativo de los padres ha de dirigirse a incrementar la capacidad de amar de cada hijo y a evitar cuanto lo torne más egoísta
Educar para la felicidad
Con otras palabras. Pese a cualquier apariencia en contrario, la felicidad es directa y exclusivamente proporcional a la capacidad de amar de cada persona, expresada en obras:
1. Quien ama mucho, es muy feliz.
2. Quien tiene un amor mediocre, nunca alcanzará una dicha completa.
3. Y quien no sabe o no quiere amar, por más que triunfe en los restantes aspectos de la existencia humana, será un auténtico desgraciado… aunque a veces pretenda encubrirlo o negarlo: ¡cuántos famosos acaban por reconocer que llevan una vida insufrible!
De ahí que San Juan de la Cruz pudiera sostener, con expresión que casi nunca se cita literalmente (yo tampoco lo hago ahora):
«En el atardecer de nuestra existencia, se nos examinará del amor»… ¡y de nada más!
El amor encarnado
En conclusión-conclusión: cualquier acción educativa tendrá validez en la exclusiva medida en que el motor de lo que se aconseja hacer o dejar de hacer, de lo que uno realiza u omite, sea:
1. Un amor auténtico e inteligente hacia la persona que se pretende formar.
2. O, con otras palabras, el bien real de esa persona.
2.1. Que siempre habrá de prevalecer sobre el nuestro.
2.2. Y que consiste, a su vez, en que el ser querido esté más pendiente del bien de los demás que del suyo propio… y no en un sinfín de concesiones que interpretamos como signo de amor, pero que no son sino trampas en las que caemos con más o menos conciencia y con más o menos dosis de egoísmo y comodidad.
Certeros y templados, también por caminar contracorriente, me parecen los siguientes juicios:
«Los padres que adoptan un igualitarismo exagerado, o una permisividad excesiva (“¡Ya es mayor para hacer lo que quiera!, ¡cada uno es libre de tomar sus propias decisiones!”), no proporcionan a sus hijos la clase de apoyo que necesitan.
Muchos padres adoptan esta actitud al no sentirse comprometidos ni implicados en la educación de sus hijos (padres despreocupados, negligentes o con pocos recursos educativos), otros a causa de nociones deformadas (¡y muy extendidas!) de cómo debe establecerse la relación padres-hijos. En familias de clase media se incrementa el riesgo de que los adolescentes presenten conductas socialmente desviadas, consuman drogas, etc., cuando los padres se declaraban partidarios de valores como la individualidad, la comprensión de sí mismo, la disposición a aceptar cualquier innovación, la necesidad del igualitarismo en la familia, pero que realmente utilizaban dichos valores para eludir sus obligaciones de la responsabilidad educativa que corresponde a los padres.»
El bien más radical de cualquier persona —lo que la perfecciona y hace feliz— consiste en que, olvidada de sí, se ocupe de procurar el bien a quienes la rodean
Tomás Melendo
Catedrático de Filosofía (Metafísica)
Director de los Estudios Universitarios en Ciencias para la Familia
Universidad de Málaga
Comentarios al autor: tmelendo@masterenfamilias.com
http://www.edufamilia.com
¿Qué hace diferente a cada persona?
La herencia genética, las circunstancias de la gestación y parto, los estímulos o educación recibidos, el número que se ocupa en la familia, las amistades, las enfermedades, la etapa de crecimiento en que se encuentra, el temperamento, el carácter. Todo ello se relaciona y logran hacer de cada uno, una persona diferente en aptitudes, gustos, intereses, aficiones, etc.
Por todo esto, necesitamos conocer a nuestros hijos a fondo, a través de una convivencia estrecha, a fin de que cada uno se sienta importante y querido de forma especial.
Es necesario dedicar un tiempo a solas con cada uno de ellos para lograr una comunicación profunda, conocer en cada momento qué piensan, cómo se sienten, cuáles son sus intereses y sus gustos, promover la verdadera amistad de los padres con los hijos, con una relación de confianza y sinceridad. Y cuanto antes sea, es mejor. Hoy estamos a tiempo, mañana puede ser muy tarde. Hay que saber abrir esas puertas oportunamente.
Cada hijo, por lo tanto, debe ser educado y tratado según sus características y necesidades. Para ello nos será útil conocer las siguientes circunstancias:
Educar en la Infancia
Las primeras etapas por las que va pasando tu hijo de Francisco de P. Cardona Lira
http://es.catholic.net/familiayvida/158/287/articulo.php?id=32904
En los primeros años de vida el niño no razona de Salvador Casadevall
http://es.catholic.net/familiayvida/158/287/articulo.php?id=32904
Educar en la Infancia Sección Catholic.net
http://es.catholic.net/familiayvida/158/287/
Educar en la Adolescencia
Adolescentes en acción de Emilio Avilés Cutillas
http://es.catholic.net/familiayvida/158/154/articulo.php?id=32796
Cuatro ideas para educar a adolescentes en la afectividad de Angel Mª Gutierrez
http://es.catholic.net/familiayvida/158/154/articulo.php?id=30743
Educar a los jóvenes en la fe, una tarea fundamental VIS
http://es.catholic.net/familiayvida/158/154/articulo.php?id=30255
Adolescencia, edad difícil de Gaston Courtois
http://es.catholic.net/familiayvida/158/154/articulo.php?id=25378
¡Auxilio...! Hay un adolescente en mi casa de German Sánchez Griese y Benjamín Manzano Gómez
http://es.catholic.net/familiayvida/158/154/articulo.php?id=2995
Educar en la Adolescencia Sección de Catholic.net
http://es.catholic.net/familiayvida/158/154/
Comentarios a los autores: crecerenfamilia@prodigy.net.mx
sábado, 30 de agosto de 2008
10.- CARACTERIOLOGIA
I. Introducción
Cada persona es como es, como Dios la hizo y con la historia de su vida. Puede ser una persona que tiene una fuerza de voluntad enorme, o una que tiene una voluntad débil; una con una inteligencia clara, viva, ágil, o una que hay que decirle las cosas con mucha sencillez y claridad porque no capta fácilmente las ideas. Hay la persona activa y la dada a la inactividad. El emotivo y el no emotivo. Estos rasgos constituyen el temperamento con que todo ser humano nace, pero que moldea, ajusta o perfecciona, de acuerdo a la educación y experiencias que tiene durante toda su vida, formando así su carácter y personalidad, que viene siendo la manera de ser habitual de la persona, lo que le diferencia de los demás.
El Temperamento. Es un fenómeno de la naturaleza emocional de un individuo que condiciona sus reacciones psicológicas y fisiológicas. Incluye la susceptibilidad a la estimulación emocional, la velocidad e intensidad con que habitualmente reacciona, la cualidad del estado de ánimo dominante y sus características. El temperamento es lo que la persona ha recibido de la naturaleza, pero no es todo el individuo. Se tiene que considerar lo que se conquista por la educación y por la propia experiencia. "El hecho de que el temperamento esté fundamentalmente determinado por la herencia no supone que sea inmodificable y esto es importante de tener en cuenta" (Felix Acha Irizar, Introducción a la Psicología, p. 205). La integración de todos los rasgos y características del individuo (somáticas, intelectuales, temperamentales), las condiciones ambientales y las experiencias afectivas y educacionales que experimente, van a determinar su propia forma de comportarse.
El Carácter. Incluye el temperamento y además todos los elementos adquiridos que lo especifican de una manera determinada, esto es, la modificación del temperamento por la educación y el trabajo de la voluntad, y consolidado por el hábito y las experiencias vividas.
Es importante el estudio de los caracteres para tener un conocimiento básico de las cualidades y posibles defectos del formando y así poderle ayudar a potenciar los talentos que ha recibido de Dios. Pero es conveniente señalar que nunca se debe hacer un juicio precipitado o definitivo sobre el carácter de la persona, porque ningún carácter existe puro en la realidad; generalmente se hayan mezclados y con matices muy diversos. Lo importante es conocer los rasgos generales de los caracteres tipo para que el formador los tenga como guía para su observación.
La ciencia que se encarga del estudio de los diferentes caracteres es la caracteriología. Esta ciencia tiene por objeto determinar los distintos caracteres sin dar un juicio sobre ellos. No se trata de saber si uno es mejor que el otro, o si uno tiene más o menos valor, pues todo carácter tiene sus ventajas y sus inconvenientes.
Es importante señalar que a cada tipo de carácter se le puede y debe potenciar: al que haya recibido un talento se le pedirán cuentas de ese único talento que recibió, al que haya recibido cinco tendrá que rendir cuentas de esos cinco. Lo esencial no radica en el carácter que tenga el dirigido sino lo que logre hacer con él. No es el carácter lo que en sí mismo tiene valor, sino el hombre que lo tiene y sabe usarlo para sacar un mayor provecho de él.
También es importante aclarar que aunque la personalidad de todo ser humano se forja sobre todo en los primeros años de su vida, para la gracia de Dios no hay tiempos o límites de actuación, por ello, todo ser humano, en cualquier etapa de su vida, es perfectible.
La clasificación clásica de los diversos caracteres se hace en base a tres factores fundamentales:
a. La emotividad: es una disposición cuya esencia consiste en vibrar interiormente con mayor o menor intensidad frente a los estímulos.
b. La actividad: es una tendencia congénita, íntima y asidua que empuja a obrar y a crearse ocasiones para obrar.
c. La resonancia: es la reacción más o menos prolongada que se produce en la conciencia psicológica, después de una sensación o impresión. Puede ser de dos especies:
* Primaria: es inmediata pero de breve duración.
* Secundaria: la impresión que se da, penetra poco a poco en lo más profundo de la conciencia psicológica y permanece mucho tiempo allí.
A. Carácter Inquieto (Emotivo-noActivo-Primario)
http://es.catholic.net/familiayvida/157/2919/articulo.php?id=34689
B. Carácter Reflexivo (Emotivo-noActivo-Secundario)
http://es.catholic.net/familiayvida/157/2919/articulo.php?id=34691
C. Carácter Dinámico ( Emotivo-Activo-Primario)
http://es.catholic.net/familiayvida/157/2919/articulo.php?id=34692
D. Carácter Apasionado (Emotivo-Activo-Secundario)
http://es.catholic.net/familiayvida/157/2919/articulo.php?id=34694
E. Carácter Realista (noEmotivo-Activo-Primario)
http://es.catholic.net/familiayvida/157/2919/articulo.php?id=34696
F. Carácter Férreo (noEmotivo-noActivo-Primario)
http://es.catholic.net/familiayvida/157/2919/articulo.php?id=34697
G. Carácter Adapatable ( noEmotivo-Activo-Secundario)
http://es.catholic.net/familiayvida/157/2919/articulo.php?id=34699
H. Carácter Conservador (noEmotivo-noActivo-Secundario)
http://es.catholic.net/familiayvida/157/2919/articulo.php?id=34700
DINAMICA
Cada pareja llenará en forma individual el cuestionario para el Estudio del Carácter con el fin de determinar qué tipo de carácter tiene cada uno. Así mismo lo aplicarán a cada uno de sus hijos lo que les dará una visión más clara de la composición familiar con relación al carácter.
Para responder el cuestionario:
Cada número encierra tres preguntas que expresan modos diferentes de actuar.
En la columna “Evaluación del Sujeto” anote en el guión el número de referencia que mejor describa su conducta ordinaria.
Si no puede decidirse por una de las preguntas, escoja la que más le pueda describir. Pero no deje espacios en blanco.
Al final sume la columna de “Evaluación del Sujeto” y divídalo por 10 y obtendrá la evaluación de ese aspecto.
Un carácter será emotivo si tiene una puntuación de cinco o más de cinco. Si es más de ocho se considera muy emotivo.
Un carácter es no emotivo si tiene una puntuación inferior a cinco. Si es inferior a tres, se considerará específicamente no emotivo.
Lo mismo cabe decir en relación con la actividad y no actividad.
Para la resonancia, el carácter será secundario si se obtiene una puntuación de cinco o más de cinco. Y será primario si es inferior a cinco.
Para descargar el Cuestionario
Http://es.catholic.net/catholic_db/archivosWord_db/cuestionario_del_caracter.doc
Cada persona es como es, como Dios la hizo y con la historia de su vida. Puede ser una persona que tiene una fuerza de voluntad enorme, o una que tiene una voluntad débil; una con una inteligencia clara, viva, ágil, o una que hay que decirle las cosas con mucha sencillez y claridad porque no capta fácilmente las ideas. Hay la persona activa y la dada a la inactividad. El emotivo y el no emotivo. Estos rasgos constituyen el temperamento con que todo ser humano nace, pero que moldea, ajusta o perfecciona, de acuerdo a la educación y experiencias que tiene durante toda su vida, formando así su carácter y personalidad, que viene siendo la manera de ser habitual de la persona, lo que le diferencia de los demás.
El Temperamento. Es un fenómeno de la naturaleza emocional de un individuo que condiciona sus reacciones psicológicas y fisiológicas. Incluye la susceptibilidad a la estimulación emocional, la velocidad e intensidad con que habitualmente reacciona, la cualidad del estado de ánimo dominante y sus características. El temperamento es lo que la persona ha recibido de la naturaleza, pero no es todo el individuo. Se tiene que considerar lo que se conquista por la educación y por la propia experiencia. "El hecho de que el temperamento esté fundamentalmente determinado por la herencia no supone que sea inmodificable y esto es importante de tener en cuenta" (Felix Acha Irizar, Introducción a la Psicología, p. 205). La integración de todos los rasgos y características del individuo (somáticas, intelectuales, temperamentales), las condiciones ambientales y las experiencias afectivas y educacionales que experimente, van a determinar su propia forma de comportarse.
El Carácter. Incluye el temperamento y además todos los elementos adquiridos que lo especifican de una manera determinada, esto es, la modificación del temperamento por la educación y el trabajo de la voluntad, y consolidado por el hábito y las experiencias vividas.
Es importante el estudio de los caracteres para tener un conocimiento básico de las cualidades y posibles defectos del formando y así poderle ayudar a potenciar los talentos que ha recibido de Dios. Pero es conveniente señalar que nunca se debe hacer un juicio precipitado o definitivo sobre el carácter de la persona, porque ningún carácter existe puro en la realidad; generalmente se hayan mezclados y con matices muy diversos. Lo importante es conocer los rasgos generales de los caracteres tipo para que el formador los tenga como guía para su observación.
La ciencia que se encarga del estudio de los diferentes caracteres es la caracteriología. Esta ciencia tiene por objeto determinar los distintos caracteres sin dar un juicio sobre ellos. No se trata de saber si uno es mejor que el otro, o si uno tiene más o menos valor, pues todo carácter tiene sus ventajas y sus inconvenientes.
Es importante señalar que a cada tipo de carácter se le puede y debe potenciar: al que haya recibido un talento se le pedirán cuentas de ese único talento que recibió, al que haya recibido cinco tendrá que rendir cuentas de esos cinco. Lo esencial no radica en el carácter que tenga el dirigido sino lo que logre hacer con él. No es el carácter lo que en sí mismo tiene valor, sino el hombre que lo tiene y sabe usarlo para sacar un mayor provecho de él.
También es importante aclarar que aunque la personalidad de todo ser humano se forja sobre todo en los primeros años de su vida, para la gracia de Dios no hay tiempos o límites de actuación, por ello, todo ser humano, en cualquier etapa de su vida, es perfectible.
La clasificación clásica de los diversos caracteres se hace en base a tres factores fundamentales:
a. La emotividad: es una disposición cuya esencia consiste en vibrar interiormente con mayor o menor intensidad frente a los estímulos.
b. La actividad: es una tendencia congénita, íntima y asidua que empuja a obrar y a crearse ocasiones para obrar.
c. La resonancia: es la reacción más o menos prolongada que se produce en la conciencia psicológica, después de una sensación o impresión. Puede ser de dos especies:
* Primaria: es inmediata pero de breve duración.
* Secundaria: la impresión que se da, penetra poco a poco en lo más profundo de la conciencia psicológica y permanece mucho tiempo allí.
A. Carácter Inquieto (Emotivo-noActivo-Primario)
http://es.catholic.net/familiayvida/157/2919/articulo.php?id=34689
B. Carácter Reflexivo (Emotivo-noActivo-Secundario)
http://es.catholic.net/familiayvida/157/2919/articulo.php?id=34691
C. Carácter Dinámico ( Emotivo-Activo-Primario)
http://es.catholic.net/familiayvida/157/2919/articulo.php?id=34692
D. Carácter Apasionado (Emotivo-Activo-Secundario)
http://es.catholic.net/familiayvida/157/2919/articulo.php?id=34694
E. Carácter Realista (noEmotivo-Activo-Primario)
http://es.catholic.net/familiayvida/157/2919/articulo.php?id=34696
F. Carácter Férreo (noEmotivo-noActivo-Primario)
http://es.catholic.net/familiayvida/157/2919/articulo.php?id=34697
G. Carácter Adapatable ( noEmotivo-Activo-Secundario)
http://es.catholic.net/familiayvida/157/2919/articulo.php?id=34699
H. Carácter Conservador (noEmotivo-noActivo-Secundario)
http://es.catholic.net/familiayvida/157/2919/articulo.php?id=34700
DINAMICA
Cada pareja llenará en forma individual el cuestionario para el Estudio del Carácter con el fin de determinar qué tipo de carácter tiene cada uno. Así mismo lo aplicarán a cada uno de sus hijos lo que les dará una visión más clara de la composición familiar con relación al carácter.
Para responder el cuestionario:
Cada número encierra tres preguntas que expresan modos diferentes de actuar.
En la columna “Evaluación del Sujeto” anote en el guión el número de referencia que mejor describa su conducta ordinaria.
Si no puede decidirse por una de las preguntas, escoja la que más le pueda describir. Pero no deje espacios en blanco.
Al final sume la columna de “Evaluación del Sujeto” y divídalo por 10 y obtendrá la evaluación de ese aspecto.
Un carácter será emotivo si tiene una puntuación de cinco o más de cinco. Si es más de ocho se considera muy emotivo.
Un carácter es no emotivo si tiene una puntuación inferior a cinco. Si es inferior a tres, se considerará específicamente no emotivo.
Lo mismo cabe decir en relación con la actividad y no actividad.
Para la resonancia, el carácter será secundario si se obtiene una puntuación de cinco o más de cinco. Y será primario si es inferior a cinco.
Para descargar el Cuestionario
Http://es.catholic.net/catholic_db/archivosWord_db/cuestionario_del_caracter.doc
viernes, 29 de agosto de 2008
10.A.- CARACTER INQUIETO.
A. Carácter Inquieto (Emotivo-noActivo-Primario)
Una persona con carácter Inquieto es idealista y muy sensible, siente la necesidad de tener emociones y de vivir intensamente.
1. Descripción de los rasgos más característicos.
Una persona con carácter Inquieto es idealista y muy sensible, siente la necesidad de tener emociones y de vivir intensamente. Por su emotividad, su reacción a las impresiones es inmediata e impulsiva, cambia de humor según la emoción del momento, pasa del entusiasmo al desaliento, de la alegría a la tristeza y del amor al odio.
Busca resultados inmediatos y que no impliquen mucho esfuerzo, le resulta muy difícil centrarse en el trabajo. Es perezoso, distraído, inconstante e irreflexivo. Tiene pocos intereses intelectuales. Está mal dotado para la comprensión, la memorización, la abstracción y el razonamiento lógico.
Su inteligencia es más intuitiva que lógica. Tiene una gran predisposición para la literatura, poesía y las bellas artes. Destaca por su imaginación viva y la expresión espontánea.
Entre sus potencialidades se puede decir que es sumamente sensible a la belleza, su comportamiento social es agradable y generoso lo cual le hace tener muchos amigos, aunque sean superficiales. Es delicado, alegre; generalmente optimista y afable. La emotividad es su fuerza. Su valor dominante es la diversión, la alegría de vivir el momento actual.
La mayor limitación caracterológica es su movilidad tanto sentimental como de humor. A veces quiere huir de sí mismo, a base del alcohol o de los amigos, por esa emotividad que le impide sistematizar su vida.
2. Comportamiento religioso.
El inquieto experimenta el contacto con Dios de una manera rápida, muchas veces con mucha fantasía. Este tipo de carácter se siente atraído hacia el ideal religioso. Experimenta una potente necesidad de amar y de imitar a alguien, sin embargo, por ser no activo, no está predispuesto al esfuerzo que supone el servicio de Dios o del prójimo.
Siente la piedad como emoción religiosa y frecuentemente bajo un punto de vista estético o poético. Ama la oración breve y personal que le conmueva. No tiene aptitudes para la meditación, o se distrae, o se duerme. No hace reflexión evangélica, sino que lee el Evangelio como una novela, por esa hambre de emociones y de imágenes rápidas.
Su religiosidad es superficial. Las pruebas: enfermedades, decepciones, la muerte de un amigo, le pueden ayudar a volver momentáneamente hacia Dios, pero su vida no cambia realmente porque sus reacciones son fugaces. A este carácter espontáneo, movedizo y cambiante le resultan duros los compromisos metódicos, la disciplina, los horarios.
No puede estar tranquilo. Sometido a la inspiración del momento, se distrae o se aburre. Le cuesta la vida espiritual y el apostolado organizado. Si se afirma que la santidad consiste en la constancia de hacer la voluntad de Dios, la santidad del nervioso consistirá en la constancia de levantarse de sus inconstancias en el cumplimiento de la voluntad de Dios.
El inquieto está muy expuesto a la incontinencia sexual. Muchas de sus excitaciones terminan en pecado, dada su gran impulsividad, sobre todo cuando se trata de jóvenes. Debido a su gran sensibilidad por la belleza, su afán de novedad y su desmesurada vanidad, busca en el amor sensaciones pasajeras y no la fidelidad de un amor profundo.
3. Pedagogía pastoral.
La iglesia cuenta con grandes santos con este carácter, por ejemplo san Francisco de Asís que, con el amor personal a Jesucristo, encontró un fundamental apoyo para su santificación personal y para influir en la vida de la Iglesia.
a. Flexibilidad y constancia.
El formador requiere de mucha prudencia para no herir la gran susceptibilidad de este tipo de carácter. Hay que escucharlo y acogerlo con paciencia y comprensión. El formador debe mostrarse acogedor, cordial, lleno de confianza y dispuesto siempre a animarle. Su dirección espiritual debe ser flexible pero constante.
Si el orientado es inquieto y en la dirección espiritual siente que se le oprime, fácilmente puede explotar. Por una parte, no hay que aplastarle con brusquedades o ironías, y, mucho menos, ridiculizar su nerviosismo. Pero tampoco hay que favorecer su egocentrismo o dejar que sea esclavo de sus nervios. Tan mala es una dirección espiritual severa como una blanda, ambas corren el riesgo de hundirle en un sentimiento de rebelión o de provocar fugas o agresiones.
Se le debe ayudar a conocerse; de un modo afable, no hiriente, hacerle ver las dificultades de su carácter. Si el formador es hiriente o brusco acaba con toda posibilidad de relación, hay que apoyarle para que el mismo descubra los aspectos negativos de su carácter y sugerirle los medios para controlarlo.
El formador puede tener mucha influencia en su vida, ya que este tipo de carácter siente fácilmente la influencia positiva de las personas, a las que intenta luego imitar. Experimenta la necesidad de la dirección espiritual y quiere colaborar, porque es generoso, además le gustan las conversaciones espirituales.
b. Metas cortas y atractivas.
Es necesario habituarle al esfuerzo personal y progresivo porque le cuesta el trabajo sistemático. Por ser muy primario, el nervioso se desanima pronto, hay que ayudarle a disciplinar su trabajo, a centrarse en lo que hace y a organizarse.
Hay que darle metas escalonadas. Eso ayuda mucho. A un inquieto se le deben proponer programas mensuales o semestrales; incluso, ponerle medios dinámicos para lograrlas, no medios fríos. No se puede abusar de su esfuerzo porque, al contar con bases poco profundas, se puede desmoronar fácilmente. Un esfuerzo por metas y medios ágiles es la clave para su perseverancia y superación.
c. Dominio interior.
Firmeza para lograr el dominio de sí mismo, es un objetivo importante que se debe lograr. Si se le deja actuar a su antojo puede llegar el momento en que se convierta en un esquizofrénico. Es esencial acostumbrarle a ser reflexivo, no dejarle actuar a lo primero que le salga o a lo primero que se le ocurra. Acostumbrarle a reflexionar antes de hablar y de actuar; que domine esos movimientos desordenados primarios. Aconsejarle una metódica y constante disciplina para salir de su precipitación, ligereza e inconstancia. Que trabaje en el desarrollo de hábitos de la puntualidad, el orden, y la responsabilidad en el trabajo.
El dominio propio y la pureza de intención acabarán progresivamente con sus errores y le pondrán en el camino de Dios. Darle confianza, que se convenza de que puede lograr ese dominio interior profundo. Su formación espiritual deberá centrarse en el desarrollo y control de su emotividad.
d. Reflexionar en las actitudes.
Hay que orientar al inquieto sobre el verdadero sentido del pecado, esto es, que vea su pecado en relación con Dios y no en relación consigo mismo. Luego hay que dirigirle para que reflexione en sus actitudes, porque muchas veces el nervioso analiza sólo lo que ha hecho y no por qué lo ha hecho.
El formador normalmente ve lo exterior y con frecuencia esto le puede mortificar. No hay que fijarse tanto en las faltas que pueden resultar innumerables. Un nervioso hace tantas tonterías que impacienta a cualquiera. Hay que ayudarle a profundizar en las actitudes que producen esas constantes fallas para que ponga soluciones de raíz.
En el campo de la sexualidad y castidad hay que orientarle hacia la calma y el sentido de responsabilidad personal. Todo debe encaminarse hacia las actitudes y el sentido de responsabilidad y de reflexión.
e. El apostolado.
Finalmente se debe encauzar su inquietud y fuerza pasional hacia el apostolado. Su generosidad le puede llevar al sacrificio; su afectividad, a darse y a amar si se le presenta un ideal noble y elevado.
A un nervioso hay que darle responsabilidades, que trabaje, que desarrolle su inquietud en labores perdurables. Pero es necesaria la supervisión, no conviene dejarlo solo por su inconstancia, porque vuelve al egocentrismo y a realizar lo que su capricho le dictamina.
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Una persona con carácter Inquieto es idealista y muy sensible, siente la necesidad de tener emociones y de vivir intensamente.
1. Descripción de los rasgos más característicos.
Una persona con carácter Inquieto es idealista y muy sensible, siente la necesidad de tener emociones y de vivir intensamente. Por su emotividad, su reacción a las impresiones es inmediata e impulsiva, cambia de humor según la emoción del momento, pasa del entusiasmo al desaliento, de la alegría a la tristeza y del amor al odio.
Busca resultados inmediatos y que no impliquen mucho esfuerzo, le resulta muy difícil centrarse en el trabajo. Es perezoso, distraído, inconstante e irreflexivo. Tiene pocos intereses intelectuales. Está mal dotado para la comprensión, la memorización, la abstracción y el razonamiento lógico.
Su inteligencia es más intuitiva que lógica. Tiene una gran predisposición para la literatura, poesía y las bellas artes. Destaca por su imaginación viva y la expresión espontánea.
Entre sus potencialidades se puede decir que es sumamente sensible a la belleza, su comportamiento social es agradable y generoso lo cual le hace tener muchos amigos, aunque sean superficiales. Es delicado, alegre; generalmente optimista y afable. La emotividad es su fuerza. Su valor dominante es la diversión, la alegría de vivir el momento actual.
La mayor limitación caracterológica es su movilidad tanto sentimental como de humor. A veces quiere huir de sí mismo, a base del alcohol o de los amigos, por esa emotividad que le impide sistematizar su vida.
2. Comportamiento religioso.
El inquieto experimenta el contacto con Dios de una manera rápida, muchas veces con mucha fantasía. Este tipo de carácter se siente atraído hacia el ideal religioso. Experimenta una potente necesidad de amar y de imitar a alguien, sin embargo, por ser no activo, no está predispuesto al esfuerzo que supone el servicio de Dios o del prójimo.
Siente la piedad como emoción religiosa y frecuentemente bajo un punto de vista estético o poético. Ama la oración breve y personal que le conmueva. No tiene aptitudes para la meditación, o se distrae, o se duerme. No hace reflexión evangélica, sino que lee el Evangelio como una novela, por esa hambre de emociones y de imágenes rápidas.
Su religiosidad es superficial. Las pruebas: enfermedades, decepciones, la muerte de un amigo, le pueden ayudar a volver momentáneamente hacia Dios, pero su vida no cambia realmente porque sus reacciones son fugaces. A este carácter espontáneo, movedizo y cambiante le resultan duros los compromisos metódicos, la disciplina, los horarios.
No puede estar tranquilo. Sometido a la inspiración del momento, se distrae o se aburre. Le cuesta la vida espiritual y el apostolado organizado. Si se afirma que la santidad consiste en la constancia de hacer la voluntad de Dios, la santidad del nervioso consistirá en la constancia de levantarse de sus inconstancias en el cumplimiento de la voluntad de Dios.
El inquieto está muy expuesto a la incontinencia sexual. Muchas de sus excitaciones terminan en pecado, dada su gran impulsividad, sobre todo cuando se trata de jóvenes. Debido a su gran sensibilidad por la belleza, su afán de novedad y su desmesurada vanidad, busca en el amor sensaciones pasajeras y no la fidelidad de un amor profundo.
3. Pedagogía pastoral.
La iglesia cuenta con grandes santos con este carácter, por ejemplo san Francisco de Asís que, con el amor personal a Jesucristo, encontró un fundamental apoyo para su santificación personal y para influir en la vida de la Iglesia.
a. Flexibilidad y constancia.
El formador requiere de mucha prudencia para no herir la gran susceptibilidad de este tipo de carácter. Hay que escucharlo y acogerlo con paciencia y comprensión. El formador debe mostrarse acogedor, cordial, lleno de confianza y dispuesto siempre a animarle. Su dirección espiritual debe ser flexible pero constante.
Si el orientado es inquieto y en la dirección espiritual siente que se le oprime, fácilmente puede explotar. Por una parte, no hay que aplastarle con brusquedades o ironías, y, mucho menos, ridiculizar su nerviosismo. Pero tampoco hay que favorecer su egocentrismo o dejar que sea esclavo de sus nervios. Tan mala es una dirección espiritual severa como una blanda, ambas corren el riesgo de hundirle en un sentimiento de rebelión o de provocar fugas o agresiones.
Se le debe ayudar a conocerse; de un modo afable, no hiriente, hacerle ver las dificultades de su carácter. Si el formador es hiriente o brusco acaba con toda posibilidad de relación, hay que apoyarle para que el mismo descubra los aspectos negativos de su carácter y sugerirle los medios para controlarlo.
El formador puede tener mucha influencia en su vida, ya que este tipo de carácter siente fácilmente la influencia positiva de las personas, a las que intenta luego imitar. Experimenta la necesidad de la dirección espiritual y quiere colaborar, porque es generoso, además le gustan las conversaciones espirituales.
b. Metas cortas y atractivas.
Es necesario habituarle al esfuerzo personal y progresivo porque le cuesta el trabajo sistemático. Por ser muy primario, el nervioso se desanima pronto, hay que ayudarle a disciplinar su trabajo, a centrarse en lo que hace y a organizarse.
Hay que darle metas escalonadas. Eso ayuda mucho. A un inquieto se le deben proponer programas mensuales o semestrales; incluso, ponerle medios dinámicos para lograrlas, no medios fríos. No se puede abusar de su esfuerzo porque, al contar con bases poco profundas, se puede desmoronar fácilmente. Un esfuerzo por metas y medios ágiles es la clave para su perseverancia y superación.
c. Dominio interior.
Firmeza para lograr el dominio de sí mismo, es un objetivo importante que se debe lograr. Si se le deja actuar a su antojo puede llegar el momento en que se convierta en un esquizofrénico. Es esencial acostumbrarle a ser reflexivo, no dejarle actuar a lo primero que le salga o a lo primero que se le ocurra. Acostumbrarle a reflexionar antes de hablar y de actuar; que domine esos movimientos desordenados primarios. Aconsejarle una metódica y constante disciplina para salir de su precipitación, ligereza e inconstancia. Que trabaje en el desarrollo de hábitos de la puntualidad, el orden, y la responsabilidad en el trabajo.
El dominio propio y la pureza de intención acabarán progresivamente con sus errores y le pondrán en el camino de Dios. Darle confianza, que se convenza de que puede lograr ese dominio interior profundo. Su formación espiritual deberá centrarse en el desarrollo y control de su emotividad.
d. Reflexionar en las actitudes.
Hay que orientar al inquieto sobre el verdadero sentido del pecado, esto es, que vea su pecado en relación con Dios y no en relación consigo mismo. Luego hay que dirigirle para que reflexione en sus actitudes, porque muchas veces el nervioso analiza sólo lo que ha hecho y no por qué lo ha hecho.
El formador normalmente ve lo exterior y con frecuencia esto le puede mortificar. No hay que fijarse tanto en las faltas que pueden resultar innumerables. Un nervioso hace tantas tonterías que impacienta a cualquiera. Hay que ayudarle a profundizar en las actitudes que producen esas constantes fallas para que ponga soluciones de raíz.
En el campo de la sexualidad y castidad hay que orientarle hacia la calma y el sentido de responsabilidad personal. Todo debe encaminarse hacia las actitudes y el sentido de responsabilidad y de reflexión.
e. El apostolado.
Finalmente se debe encauzar su inquietud y fuerza pasional hacia el apostolado. Su generosidad le puede llevar al sacrificio; su afectividad, a darse y a amar si se le presenta un ideal noble y elevado.
A un nervioso hay que darle responsabilidades, que trabaje, que desarrolle su inquietud en labores perdurables. Pero es necesaria la supervisión, no conviene dejarlo solo por su inconstancia, porque vuelve al egocentrismo y a realizar lo que su capricho le dictamina.
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