CONOCERSE ES LA BASE DE TODA FORMACION.
“No serás sabio si no te conoces a ti mismo”
“No seas como el ojo que todo lo ve y no se ve a sí mismo”
“No hay peor ignorancia que la de ignorarse”
“¿Por qué tanta atención al mundo exterior y tanto descuido por el mundo interior?”
La formación como padres tiene que tener un punto de partida: el autoconocimiento.
Esto es que, partiendo del conocimiento de nuestro temperamento, carácter, personalidad y tipo de padres que somos, podremos entender el porqué de nuestras reacciones y saber discernir entre lo que nos gustaría conservar o modificar, para luego trasmitirlo a nuestra familia.
El estudio de carácter lo podremos hacer cuando lleguemos al tema de Conocimiento de los Hijos en la segunda parte del Taller.
Aquí analizaremos la dinámica de la relación que tenemos con nuestros hijos, es decir, el tipo de padres que somos.
TIPOS DE PADRES
Existen diferentes tipos de padres. Los vamos a clasificar en función del mensaje que envían a sus hijos y el papel que éstos juegan como resultado. Seguramente reconoceremos algunos rasgos presentes en nuestra condición de papás.
PADRES CONTRADICTORIOS.
Son aquéllos que dicen a sus hijos cómo comportarse, pero no actúan conforme a estos lineamientos.
Su lema es “hazlo como te lo digo y no como yo lo hago”.
Ellos mienten, por ejemplo, pero no permitirían jamás que sus hijos lo hicieran (el típico “diles que no estoy”).
Exigen puntualidad aunque nunca lleguen a tiempo.
Se gritan el uno al otro y cuando los hijos se pelean les dicen “¿qué no se pueden llevar bien?”.
Son desordenados pero exigen a los hijos cuartos impecables.
Los hijos de padres como estos, rápidamente aprenden que no hay base moral consistente en las declaraciones y requerimientos de los padres, por lo que pueden llegar a ignorarlos.
"El mejor educador es el ejemplo.
Los niños tienden a imitar las actitudes de los adultos, en especial de los que quieren o admiran. Jamás pierden de vista a los padres, los observan de continuo, sobre todo en los primeros años. Ven también cuando no miran y escuchan incluso cuando están super-ocupados jugando. Poseen una especie de radar, que intercepta todos los actos y las palabras de su entorno.
Por eso los padres educan o deseducan, ante todo, con su ejemplo."
Además, el ejemplo posee un insustituible valor pedagógico, de confirmación y de ánimo: no hay mejor modo de enseñar a un niño a tirarse al agua que hacerlo con él o antes que él. Las palabras vuelan, pero el ejemplo permanece, ilumina las conductas… y arrastra.
En el extremo opuesto la incongruencia entre lo que se aconseja y lo que se vive es el mayor mal que un padre o una madre puede influir a sus hijos: sobre todo a determinadas edades, cuando el sentido de la «justicia» se encuentra en los chicos rígidamente asentado, sobre-desarrollado… y dispuesto a enjuiciar con excesiva dureza a los demás.
Tomás Melendo Granados
PADRES FANTASIOSOS.
Poseen y comparten un mundo imaginativo. Evaden hablar de la realidad y conscientemente la distorsionan.
Entre más cuentan su historia, más se la creen.
Inventan logros personales (...”yo a tu edad, era un niño de diez y campeón de fútbol”).
Los niños acaban enterándose de que no era tanto, crecen emocionalmente inestables ya que no saben lo que realmente tienen.
En algunos casos crean su propio mundo imaginario, evadiendo la realidad exterior.
De adultos pueden ir de un extremo al otro, viviendo en la fantasía o se tornan cuidadosos y rígidos, temerosos de correr riesgos y de caer en un mundo incierto.
PADRES COMPETITIVOS.
Actúan y se visten como adolescentes. Pueden usar el mismo tipo de ropa y competir con sus hijos por la atención de sus amigos.
No les gusta que sus hijos sean mejores que ellos, incluso denigran sus logros.
Usan la típica frase: “yo a tu edad...”.
Se da en el deporte, en el ámbito social o de logros académicos personales.
Los hijos tienen dos opciones: o ceden, convirtiéndose en fracasados a sus propios ojos; o tienen éxito gracias al apoyo que encuentran fuera de la familia.
PADRES SOBREPROTECTORES.
Pueden hacer muchísimo daño al pretender evitar todo sufrimiento o frustración en sus hijos.
Les dan todo sin que tengan que hacer nada por ganárselo, los limitan haciéndolos inútiles y dependientes.
Acceden a los caprichos y berrinches de su hijo, continúan vistiéndolo aún cuando él pueda hacerlo, le hacen la tarea, lo compensan cuando le va mal.
Le sirven en bandeja de plata todo lo que requiere (le buscan la mejor miss y lo cambian de grupo, a la menor dificultad piden cita con las misses y la directora, regatean las calificaciones y los premios, etc.).
Sin darse cuenta, entre más les dan, más les quitan; les arrebatan la satisfacción que todos encontramos en aprender a hacer las cosas por nosotros mismos.
Si a medida que crece, el hijo continúa fracasando, los padres le seguirán dando más para evitar que se sienta mal por sus fracasos.
Por otro lado, le compran un premio para compensar sus éxitos, como si el éxito no fuese un premio en sí mismo.
Los padres se quejan cuando los resultados no deseados fueron originados, irónicamente, por su propia conducta.
Así como desalientan la independencia de sus hijos, estos padres han fomentado su inseguridad, en lugar de animarlos en sus habilidades.
Aún cuando crecen, continúan pagándoles la luna de miel, amueblándoles el departamento y lo que es peor, manteniéndolos bajo un control económico y psicológico.
"No malcriar a los niños.
Se malcría a un niño con desproporcionadas o muy frecuentes alabanzas, con indulgencia y condescendencia respecto a sus antojos. Se lo maleduca también convirtiéndolo a menudo en el centro del interés de todos, y dejando que sea él quien determine las decisiones familiares. Un pequeño rodeado de excesiva atención y de concesiones inoportunas, una vez fuera del ámbito de la familia se convertirá, si posee un temperamento débil, en una persona tímida e incapaz de desenvolverse por sí misma. Si, por el contrario, tiene un fuerte temperamento, se transformará en un egoísta, capaz de servirse de los otros o de llevárselos por delante.
Por eso, frente a los caprichos de los niños no se debe ceder: habrá simplemente que esperar a que pase la pataleta, sin nerviosismos, manteniendo una actitud serena, casi de desatención, y, al mismo tiempo, firme. Y esto, incluso —o sobre todo— cuando «nos pongan en evidencia» delante de otras personas: su bien (¡el de los hijos!) debe ir siempre por delante del nuestro."
Tomás Melendo Granados
Consulta para este inciso:
Echar a volar de Alfonso Aguiló.
http://es.catholic.net/familiayvida/158/287/articulo.php?id=32960
A mi hijo que no le falte nada de Marisol Guisásola.
http://es.catholic.net/familiayvida/158/320/articulo.php?id=29945
PADRES AUTORITARIOS.
Son el extremo opuesto de los padres sobreprotectores, ya que son críticos y rígidos (tanto papá y mamá pueden ajustarse a este tipo).
Utilizan su autoridad para degradar e intimidar a sus hijos, sacando sus propias frustraciones y aplicándolas sobre los mismos, al igual que sus padres hicieron con ellos (imitamos lo que más odiamos).
Nadie puede discutir nada con los padres autoritarios, debido a que ellos siempre tienen la razón.
Malhumorados, arrogantes, dominantes y demandantes, siempre imponen sus deseos:
- “Soy tu madre y vas a hacer lo que te digo...”
- “No vas y se acabó...”
- “Vas y le dices a la miss que...”
- “No quiero que vuelvas a salir con...”
En esta categoría entran los sabelotodo que siempre tienen una respuesta para justificar todo. Algunas veces este tipo de papás denigra a su pareja frente a los niños:
- “No le hagan caso a su mamá...”
- “No te preocupes si tu papá te castigo, yo lo convenzo...”
Cuando crecen toman partido con el “papá barco” quien triunfa, divide y se le revierten la falta de límites.
Consulta Hacer pensar y hacer hacer de Emilio Aviés Cutillas
http://es.catholic.net/familiayvida/158/287/articulo.php?id=32271
PADRES AUSENTES.
Ocurre frecuentemente que alguno (generalmente el padre), no tenga relación con la familia excepto para satisfacer sus necesidades económicas.
El padre ausente delega toda su responsabilidad en el cónyuge, y como resultado, es uno el que toma las decisiones sobre atención médica, necesidades escolares y emocionales, mientras que el otro cierra los ojos a cualquier problema.
No sabe quiénes son los amigos de sus hijos, o en qué etapa del desarrollo emocional se encuentra.
Hay veces que el papá se entera que el hijo camina o habla hasta el fin de semana, o la mamá mandan a la nana al Gymboree, o están estudiando la maestría de psicología infantil “full time” y no atienden a sus propios hijos.
El problema no es el trabajo, sino la actitud y la atención que tenemos para ellos.
Los hijos pueden buscar llenar ese vacío emotivo en otras personas.
Existen otros tipos de padres con conductas más peligrosas, como los DonJuanes conquistadores y eternos adúlteros, mamás frívolas y socialités, los adictos al alcohol, los tacaños que manipulan con el dinero, los irresponsables cuyos hijos son educados por la nana y el chofer.
No usemos a los hijos como reflejo de nuestros problemas conyugales. Qué importante es no proyectar en nuestros hijos nuestros propios sueños o frustraciones.
Pero también existen los padres bien adaptados. Generalmente evitan los errores de otros padres, aceptan que sus hijos tienen independencia y libertad, les enseñan a aceptar su responsabilidad sobre sus propias decisiones a una edad temprana.
Quizás ellos tuvieron la suerte de tener unos padres que los valoraban, pero de no ser así, están dispuestos a educar de la mejor manera, buscan su formación constante como seres humanos, como pareja, como padres de familia y como formadores en valores y ética.
Muchos padres tienen conciencia de esto: no existe nadie perfecto y todos podemos caer en algún tipo de error pero somos capaces de admitirlo y crecer en familia, con su familia y para su familia.
Cuando papá educa de Cristina H. de Canavati.
http://es.catholic.net/familiayvida/158/287/articulo.php?id=2315
MEDIOS UTILES PARA LA FORMACION.
TELEVISION.
Ha llegado a ser una realidad cotidiana en casi todos los hogares. Su poder de penetración ha sido enorme y debemos saber descubrir lo positivo y lo negativo para utilizarla eficazmente.
VENTAJAS:
* Medio de información que nos pone en contacto con el mundo.
*Permite establecer un juicio crítico en un mundo globalizado.
*Amplía su visión de lo aprendido en la escuela.
*Desarrolla en los niños intereses varios, enriquece su vocabulario.
*Despierta su curiosidad por mayores conocimientos que puede ser complementada con libros.
*Proporciona diversión familiar y convivencia que favorece un intercambio de ideas u opiniones para aclarar criterios a partir de un contenido o mensaje.
DESVENTAJAS:
*Crea adicción (basta ver el boom de las telenovelas infantiles).
*El contenido puede ser lo opuesto que queremos trasmitir, incluso en los anuncios que pasan en medio de programas infantiles ( anuncios de telenovelas nocturnas, películas violentas o cargadas de sexo).
*Favorece la pasividad ya que el niño es un receptor para quien todo lo demás le aburre pues no sabe crear sus propios juegos.
*No d a espacio para la reflexión o asimilación por las imágenes tan rápidas.
*Falta de convivencia, cuando cada uno ve en su propia televisión su programa.
Despierta consumismo (cuántas veces cambiaron la carta a Santa con cada anuncio nuevo de juguetes novedosos).
De nosotros depende influir favorablemente para que los mensajes sean los que queremos.
Mi amiga la tele Raul Martínez Caso.
http://es.catholic.net/familiayvida/158/287/articulo.php?id=24815
27 Consejos para ver televisiónEduardo R. Cattaneo.
http://es.catholic.net/familiayvida/158/287/articulo.php?id=7306
LECTURA.
El hábito de la lectura depende de la actitud propia de los padres.
¿Tus hijos te ven leyendo?
¿Vas con ellos a las librerías?
Si aprovechamos su curiosidad y les “regalamos” este hábito, de por vida lo agradecerán.
“Dime sobre cuántos libros estás parado, y te diré cuál es tu perspectiva del mundo”.
Va más allá del desarrollo del lenguaje, del vocabulario pues llega a las esferas de la creatividad, de la imaginación.
Los libros informan, forman y entretienen.
El ejemplo es lo primordial, acercarlos a los libros. Pero sobretodo, platicar con ellos sobre sus lecturas.
Selección de libros recomendados de Adolfo Torrecilla http://es.catholic.net/familiayvida/157/322/articulo.php?id=18166
Selección de libros infantiles y juveniles sobre NavidadLuis Daniel González
http://es.catholic.net/familiayvida/157/322/articulo.php?id=20999
Del escritorio de Guillermo Urbizu Reseñas y recomendaciones de lecturas y poesía
http://www.guillermourbizu.com/
DINERO.
Cuántas veces nos olvidamos educar en este sentido, y qué difícil que lo aprendan a administrar si no les damos oportunidad.
Debemos ubicarlo como un medio, no como un fin en sí mismo.
El equilibrio es especialmente urgente en este momento, cuando nuestra sociedad es claramente de consumo y de publicidad, directamente dirigida a niños y adolescentes; los presiona haciéndoles muy difícil ceder a la tentación y creándoles una preocupación excesiva por satisfacer todos sus deseos y caprichos, no paran hasta conseguirlos, pues desconocen el auténtico valor del dinero.
Podemos asignarles una cantidad y que de ahí saquen para sus gastos que irán razonando de acuerdo a sus necesidades, no sus caprichos.
Puede ayudar que conozcan el presupuesto familiar, de acuerdo a su edad (gastos, ahorros y prioridad). Esto los ubica, los hace cuidar más sus cosas, entender que el dinero no sale del cajero, que cuando se paga con tarjeta, no es gratis, etc.
El papel de los padres en la educación del uso del dinero es:
1. Como siempre y en primer lugar, dar ejemplo.
2. Evitar discusiones económicas frente a los hijos
3. Saber administrar sin gastos inútiles. Por ejemplo, queremos hacerles la fiesta infantil “de sus sueños” (o de los nuestros) cada año. El próximo ¿con qué lo voy a sorprender?
4. Enseñar a soportar las restricciones que se tengan que hacer en cuanto a lo superfluo.
5. Fomentar el sentido del ahorro, sin caer en la avaricia.
6. Valorar los recursos que tenemos, aprovechándolos al máximo, sin desperdiciar.
7. Valorar a las personas por lo que son, no por lo que tienen.
8. Vivir sobria y dignamente de acuerdo al nivel que nos corresponde.
9. Utilizar el dinero para mis propias aspiraciones personales y para ayudar a los demás.
10. Dar pequeños encargos en labores extras.
11. Fomentarles esos pequeños negocios que se les ocurren.
12. Dar la oportunidad de participar en obras sociales.
EL TIEMPO.
Educar en el aprovechamiento del tiempo, es educarlos para la vida.
Qué importante es su uso para nuestra vida. Si no lo planeas, se desaprovecha.
Siempre debe haber un tiempo para estar con la familia, que está determinado, en gran medida, por la voluntad que se ponga en conseguirlo. Todo depende de la organización que se haga (horario personal).
El empleo del tiempo en la familia es una responsabilidad que pesa sobre los padres, quienes proporcionan actividades y orientan, evitando la ociosidad, el aburrimiento o el desperdicio del tiempo
El uso del tiempo libre es la única oportunidad para que desarrollen los demás aspectos de su personalidad.
¿Cómo lograrlo en todas sus actividades? · Escolares: cumpliendo con los horarios de la escuela, llegando a tiempo y durmiendo temprano para lograrlo.
· Familiares: Tiempo para la vida en familia, trato y ayuda personal, convivir.
· Vitales: Tiempo para descansar, reposar, reponer la energía perdida.
· Recreativas: Jugar, realizar sus aficiones preferidas, hacer deporte, estar en contacto con la naturaleza, viajar, conocer, visitar lugares.
· Culturales y artísticas: Desarrollar la imaginación y la inventiva, la sensibilidad, el gusto por la música y por las artes.
· Sociales: Visitar a la familia o a sus amigos, invitarlos. Participar en alguna obra social.
· Espirituales: Fomentar su amistad con Dios, rezar, formarse, llenar su vida y darle un sentido trascendental.
El uso del tiempo varía de una familia a otra. Es importante preverlo y organizar nuestras actividades.
La educación es un arte y, cada día, ese arte se ejercita y se perfecciona a través de mil situaciones que con el paso de los años, habrán sido los cimientos en la vida de los hijos y se convertirán en los mejores recuerdos para atesorar.
RECURRIR A LA AYUDA DE DIOS
El conjunto de sugerencias ofrecidas hasta el momento estarían incompletas si no dejáramos constancia de este «último» y fundamentalísimo precepto, que debe acompañar a todos y cada uno de los precedentes.
Educar procede de e-ducere, ex-traer, hacer surgir. El agente principal e insustituible es siempre el propio niño. De una manera todavía más profunda, Dios, en el ámbito natural o por medio de su gracia, interviene en lo más íntimo de la persona de nuestros hijos, haciendo posible su perfeccionamiento.
Ningún hijo es «propiedad» de los padres; se pertenece a sí mismo y, en última instancia, a Dios. Por tanto, y como apuntaba, no tenemos ningún derecho a hacerlos a «nuestra imagen y semejanza». Nuestra tarea consiste en «desaparecer» en beneficio del ser querido, poniéndonos plenamente a su servicio para que puedan alcanzar la plenitud que a cada uno le corresponde: ¡la suya!, única e irrepetible.
Por consiguiente, el padre o la madre, los demás parientes, los maestros y profesores… pueden considerarse colaboradores de Dios en el crecimiento humano y espiritual del chico; pero es este el auténtico protagonista de tal mejora.
A los padres en concreto, en virtud del sacramento del matrimonio, se les ofrece una gracia particular para asumir tan importante tarea. Por todo ello es muy conveniente que, sobre todo pero no sólo en momentos de especial dificultad, invoquen la ayuda y el consejo de Dios… y que sepan abandonarse en Él cuando parece que sus esfuerzos no dan los resultados deseados o que el chico —en la adolescencia, pongo por caso— enrumba caminos que nos hacen sufrir.
Además, no debe olvidarse del gran servicio gratuito del Ángel Custodio, a quien el propio Dios ha querido encargar el cuidado de nuestros hijos. Y recordar también que la Virgen continúa desde el cielo desplegando su acción materna, de guía y de intercesión.
Enseñarles a tener todo esto en cuenta puede constituir la herencia más valiosa que, en el conjunto íntegro de la educación, leguen los padres a sus hijos.
Tomás Melendo Granados
Catedrático de Filosofía (Metafísica)
Director de los Estudios Universitarios sobre la Familia
Universidad de Málaga www.masterenfamilias.com
Comentarios a Tomás Melendo tmelendo@masterenfamilias.com
martes, 2 de septiembre de 2008
lunes, 1 de septiembre de 2008
9.- VIDA EN FAMILIA
Padre y madre son, por naturaleza, los primeros e irrenunciables educadores de sus hijos… aunque en los momentos actuales a veces dé la impresión de que pretenden ignorarlo, con más o menos consciencia (es un primer indicio de que educamos «más bien mal»).
Con todo, esta especie de resistencia resulta comprensible. Y es que la misión paterno-materna de educar no es nada sencilla. Está llena de contrastes en apariencia irreconciliables, y hoy, si cabe, más agudizados.
Por tal motivo, antes de señalar algunas de esas dificultades, copio el diagnóstico de la (disminución de la) «capacidad educativa» de la familia media actual, realizado por Fernando Sebastián. Aunque las reflexiones establecen como punto de partida la enseñanza de la fe en el seno del hogar cristiano, pienso que constituyen una buena toma de contacto con el problema en su conjunto:
«El cambio no está únicamente en que los padres no eduquen cristianamente, sino que, en realidad, la familia, los padres, han perdido buena parte de su capacidad educadora en general.
En el estilo actual de vida, los padres no tienen tiempo para convivir tranquilamente con sus hijos. Los hijos están muy poco tiempo con sus padres. No hay apenas espacios tranquilos, ociosos, en los que puedan surgir temas de interés. El trabajo de la mujer fuera de casa se ha introducido rápidamente sin tener apenas en cuenta la función de la madre en la vida familiar, sin una suficiente atención a las exigencias de una adecuada educación de los hijos.
Tanto el padre como la madre tienen sus tareas específicas, además de las comunes, en ese delicado y decisivo proceso que es la educación y la maduración afectiva y personal de los hijos. Puede ser que no estén siendo suficientemente respetadas por el modelo de vida vigente en nuestra sociedad ni las del padre ni las de la madre.
Hay además un concepto equivocado de la educación, que favorece comportamientos equivocados. El objetivo de una buena educación no es que el hijo “esté contento”, que no le falte nada, sino que se desarrolle como persona en el conocimiento y en su comportamiento, en sus convicciones y sus actitudes, enriquecido con las virtudes cardinales y teologales.
[…] Para que una persona perciba la llamada de la fe y la acoja positivamente hace falta que tenga una actitud vital determinada: que esté abierto a los mensajes de la realidad y no esté encerrado en el mundo estrecho de sus gustos, de sus preferencias, que se sienta recibido en un mundo más amplio que él, que no se sienta el centro del mundo, que no esté cerrado sobre sí mismo, ni por egoísmo, ni por temor o resentimiento.
Para dar el paso de la fe hace falta sentir y vivir la realidad como un seno acogedor, amable, en el que nuestra vida tiene que ser posible, en donde podemos vivir seguros. Hace falta además vivir la propia vida como respuesta, con responsabilidad frente a la realidad, a nuestra realidad y la realidad de los demás, hace falta percibir y vivir la propia libertad como respuesta positiva a una realidad buena y acogedora, y hace falta que seamos sensibles al don del amor y a la interpelación del amor, “vivimos del amor de los demás, pero a este amor tenemos que responder lealmente con más amor”.
Estas actitudes de realismo, responsabilidad, generosidad son fruto de una buena educación. La renuncia a educar puede privar de estas disposiciones a un hijo desde sus primeros años.
Quien ha crecido encerrado en el gusto de las propias apetencias, sin sentir el valor de la vida como don y respuesta en el amor, será incapaz de entender lo que es “creer” en Dios, ni creer en nadie. Hace falta percibir las consecuencias de una vida dialogante, compartida, recibida. Cuando un niño sabe que vive del amor de los demás, y que el amor recibido merece y reclama una respuesta de amor, entenderá mejor las explicaciones y los testimonios acerca del buen Padre de Dios y de la necesidad de tenerle en cuenta en su vida.»
Y paso ahora a exponer algunos de…
Los contrastes
1. A lo largo de toda su existencia, los padres han de acoger a cada hijo —único e irrepetible, en virtud de su condición personal— tal como es, aun cuando en ocasiones no responda a sus expectativas… o incluso «les caiga mal».
(Tal «antipatía» —e incluso un inicial rechazo— no debería asustar a nadie, pues es perfectamente humana y compatible con el amor más puro, que reside en la voluntad y no es propiamente un sentimiento.
Y esto, tanto de manera habitual, que habrá que intentar vencer, como en momentos de particular enfado. En un estupendo escrito sobre educación, Nancy Samalin recuerda que bastante a menudo «… los padres normales se enfurecen con sus hijos normales. Es inevitable llegar a sentir una rabia intensa hacia los niños, con independencia del amor que sintamos hacia ellos.»)
2. Han de saber comprender, pero también exigir, sin ceder inoportunamente.
3. Respetar la libertad de los chicos y hacerla crecer… ¡siempre!, superando todo afán de posesión y sobreprotección; pero, a la vez, deben guiarles y corregirles.
4. Ayudarles en sus tareas, pero sin sustituirlos ni evitarles el esfuerzo formativo y la satisfacción que el realizarlas lleva consigo, y que robustece su autoconocimiento y su autoestima… ¡y su capacidad de desenvolverse en la vida, sin depender siempre de sus mayores!
5. Y otro sinfín de dificultades y de aparentes contradicciones que sería largo enumerar y que irán apareciendo a lo largo del escrito.
Una primera aproximación se encuentra en estos sensatos párrafos de Murphy-Witt, que no tienen desperdicio:
«En la actualidad, los niños ya no crecen espontáneamente. Han cambiado demasiadas cosas en nuestra sociedad. No hace mucho tiempo se decía: “Lo que llegue, bien recibido será”. Pero hoy en día prácticamente no quedan familias con una visión tan distendida. Abuelas que prefieren viajar por todo el mundo en lugar de ocuparse de sus nietos, pisos pequeños y condiciones adversas para los niños, falta de oferta para cuidarlos y una presión continua, tanto en términos de tiempo como de rendimiento, para combinar trabajo y familia: ¡los padres de hoy en día no lo tienen precisamente fácil!
No solo falta un apoyo útil, sino que también la vida diaria de las familias es cada vez más complicada: comida rápida y falta de ejercicio físico, culto a las marcas y consumismo, televisión publicitaria y videos violentos, Internet y juegos de ordenador, conductas agresivas en el parque y mobbing en el colegio, dificultades para leer y déficit de atención, trastornos alimentarios y éxtasis: el mundo de nuestros hijos es multiproblemático.
En este contexto nuestros retoños necesitan una buena línea directriz, instrucciones intensivas y pautas inamovibles para encontrar su camino. La responsabilidad que los padres tienen sobre sus hombros es grande. Se exige mucho de las madres y los padres, más bien un trabajo a tiempo completo que una ocupación temporal. Muchas parejas jóvenes opinan que se puede ir aprendiendo sobre la marcha, que se consigue de algún modo. Pero, por desgracia, las cosas se tuercen con demasiada frecuencia. Cada vez más familias se ven atrapadas en el estrés de la educación. Los problemas se convierten en dominantes y las disputas continuas envenenan el ambiente en el hogar. Año tras año aumenta la demanda de asesoramiento educativo. Y cada vez hay más familias que no pueden solucionar solas sus conflictos.»
Más escueto, pero también más esencial, es el panorama que ofrece Diego Macià:
«La tarea de educar supone esforzarse por comprender, respetar y enriquecer al “otro” y esto en una sociedad como la nuestra, siempre con prisas, dificultades de comunicación, horarios de trabajo incompatible con los hijos, etc., no siempre resulta fácil. De hecho, parte del precio que estamos pagando los seres humanos por el progreso de nuestra sociedad es dejar en segundo plano las relaciones amorosos entre padres e hijos, fundamentales para que estos alcancen una personalidad madura e independiente.»
Y que, como es lógico, concuerda casi a la letra con el de otros dos especialistas en psicología y educación (Fernández Millán y Buela-Casal):
«Si algo es importante en la educación de los hijos, es conocerlos y que ellos conozcan a sus padres. Desgraciadamente la sociedad en la que vivimos nos roba una gran parte del tiempo que deberíamos usar para hablar entre los miembros familiares; tiempo que empleamos en el trabajo, el desplazamiento, la televisión, etc. Se ha dejado de contar cuentos a los más pequeños o trasmitir las historias de nuestros antepasados (es sorprendente como muchos niños apenas conocen la vida de sus abuelos), las sobremesas son fugaces o individuales, llegamos muy cansados del trabajo o el hijo debe de hacer los deberes de clase…, hay miles de excusas para no sentarse y dialogar, empezando por escuchar.»
De ahí que los padres tengan que aprender por sí mismos a serlo… y desde muy pronto
Capacitarse
En ningún oficio la capacitación profesional comienza cuando el aspirante alcanza puestos de relieve y tiene entre sus manos encargos muy comprometidos o de alto riesgo. No ocurre así ni en la albañilería, la mecánica, las artes gráficas o el diseño; tampoco en medicina, arquitectura, ingeniería, informática, derecho, en la carrera militar o política, en la administración o en el seno de una empresa…
¿Por qué en el «oficio de padres» debería ser de otra forma? ¿Tal vez porque su responsabilidad es menor que la de quienes trabajan en una profesión convencional? Da la impresión de que no, sino más bien al contrario: en fin de cuentas, educar es poner los medios para que una persona llegue a ser feliz, y ¿existe algo de más trascendencia que «eso»?
¿Acaso, entonces, porque se trata más de un arte que de una ciencia? Aunque se pudiera estar de acuerdo en este último extremo, en ningún arte bastan la inspiración y la intuición; es menester también instruirse, formarse, ejercitarse… como confirman justamente los artistas que en apariencia trabajan sin apenas esfuerzo: cuanto más «natural» parece la obra maestra, más trabajo (en ocasiones, previo y sedimentado a modo de habilidades) ha llevado consigo.
Cuanto más «natural» parece la obra maestra, más trabajo suele encerrar en su seno
Llegar al fondo
Por otro lado, aprender el «oficio» de padre y educador no consiste en proveerse de un conjunto de recetas o soluciones ya dadas e inmediatamente aplicables a los problemas que van surgiendo. Ni tampoco de un racimo de técnicas infalibles.
Tales recetas y técnicas no existen. Hay, por el contrario, principios o fundamentos de la educación, que iluminan las distintas situaciones: los padres deben conocerlos muy a fondo, hasta hacerlos pensamiento de su pensamiento y vida de su vida —¡ser de su propio ser!—, para con ellos, y casi sin necesidad de deliberaciones, encarar la práctica diaria.
Y no se trata, tampoco, de una labor sencilla: comporta mucha atención a los hijos, mucha reflexión y cambio de impresiones de los esposos entre sí… y mucho sacrificio para saber prescindir del propio bienestar —incluso del necesario y no caprichoso— en pro del bien de los hijos.
Tal como explica Macià, «… educar en el sentido más amplio es, sin duda, una tarea compleja. Educar de forma responsable a los hijos requiere responsabilidad, respeto, conocimiento y ejemplo. Ser padres es una oportunidad maravillosa que nos proporciona la naturaleza, pero es también “un oficio”, “una profesión” que hay que aprender. Por tanto, requiere de un proceso de instrucción que supone reflexión, adquisición de conocimientos teóricos y puesta en práctica de los mismos. El oficio de ser padres se puede aprender y mejorar.»
Una mejora y aprendizaje que se resume en lograr que, de forma espontánea y habitual, impere la siguiente máxima:
El tú de la persona amada debe prevalecer siempre sobre el propio yo: ¡he aquí la regla de oro de toda labor educativa, de la vida entera… y de la auténtica felicidad!
Teniendo esto claro, y sin demasiadas pretensiones, ofreceré un memorando, el más accesible y concreto que se me ocurre, de los principales criterios y sugerencias sobre «el arte de las artes», como ha sido llamada la educación.
En la confluencia de tres amores
Si planteamos el asunto del modo más hondo y radical posible, las claves de la educación, y de todas las tareas que lleva consigo, se encierran en un solo término y misión —amar (amar ¡bien!)—… y en los dos corolarios que de ahí se siguen:
1. ¡Aprender a amar inteligentemente!, sin nunca, nunca, dar por supuesto que uno ya sabe hacerlo, en contra de lo que a menudo sucede («… el amor debe ir a la escuela», me gusta recordar con Benavente).
2. Y sin imaginar tampoco que va a lograrlo como por arte de magia, sin poner de su parte cuanto fuere necesario para querer cada vez mejor (lo cual supone, como vengo diciendo, esforzarse por ser mejor persona).
1. Amor a los hijos
El requisito ineludible
La primera cosa que los padres necesitan para educar es un verdadero y cabal amor a sus hijos: querer efectiva y eficazmente su bien, el de «cada uno de todos» ellos.
Según escribe G. Courtois en El arte de educar a los muchachos de hoy, la educación requiere, además de «un poco de ciencia y de experiencia, mucho sentido común y, sobre todo, mucho amor».
Algo similar sostienen Charles y Laura Robinson, animando a los padres a asumir su tarea educadora:
«Podéis hacer de ellos unos seres fundamentalmente felices; podéis darles el gran impulso inicial para la carrera de la vida. Ese impulso, en el ser humano tendrá que constar, en buena parte, de una gran dosis de amor.
Porque el amor es la suprema actividad humana y la que tiene más virtud para equilibrar y potenciar a los hombres.»
Con otras palabras, es preciso dominar algunos principios pedagógicos y obrar con sensatez, pero sin suponer que baste aplicar una bonita teoría para obtener seguros resultados. Todo ello sería insuficiente sin el elemento indispensable de un amor auténtico y cabal… y hondamente enraizado en lo más íntimo de nuestro ser.
[Esto se aplica tanto a los padres como a los educadores «de profesión»: maestros y profesores. Así lo muestran las siguientes palabras de Francisco Gómez Antón, Catedrático con muchos años de experiencia universitaria. Cuando le preguntaron por el «secreto» de su triunfo en las aulas, contestó: «Para dar una buena clase hay que hacer muchas cosas. La primera de ellas, querer mucho a los alumnos».]
Lo primero que los padres necesitan para educar es un verdadero amor a sus hijos
Amor clarividente…
¿Por qué? Entre otros muchos motivos, porque «cada niño —justo por su condición de persona— es una realidad absolutamente irrepetible», distinta de todas las demás.
Antes que nada, en contra de lo que implícitamente pensamos… o ni siquiera pensamos, pero guía a menudo nuestros comportamientos, estamos ante un niño: no ante una suerte de mini-adulto o de adulto virtual y en construcción, que necesita ser tratado «como si fuera mayor» para lograr la plenitud que le corresponde… ¡o para que no turbe la tranquilidad en que nos hemos instalado!
Parece absurdo decirlo y, sin embargo, resulta de capital importancia: un niño es… un niño. Y tiene el derecho y el deber de vivir como niño, justo para después dejar de serlo y transformarse en el varón o la mujer cumplidos, a través de ese amargo trago en que nos empeñamos que sea la adolescencia.
El niño piensa como niño, imagina como niño, percibe el tiempo y el espacio —también el propio cuerpo— como niño, se relaciona con el mundo, con sus semejantes ¡y con Dios! como niño, y un muy extenso etcétera.
Y respetuoso
Y los adultos, en lugar de agostar esa condición con nuestras pretensiones «de mayores», deberíamos dedicarnos a contemplarlo, para aprender de él —más a menudo de lo que suponemos— en qué consiste ser humanos (aunque también sin ingenuidades a lo Rousseau).
Lo sostiene, bella y agudamente, Bartolomé Menchén: el «… estudio del hombre en la etapa inicial de su vida […] nos indica —con sus capacidades y sus necesidades— el camino adecuado para su educación, o, mejor dicho, para su formación. Porque para poder acertar a guiarle, hay primero que dejarse guiar por él; es decir, observarle con atención para ayudarle a desarrollar sus capacidades y poder responder a sus necesidades.»
Y concreta después: «… todo lo que sé de importancia sobre los niños lo he aprendido de ellos; y podría decir, también, que observándolos y reflexionando he aprendido muchas cosas sobre mí. La relación con los hijos hace profundizar enormemente en el conocimiento de quiénes son ellos y quiénes somos nosotros.»
Ideas similares a las que resume, con plasticidad un tanto agresiva, Murphy-Witt:
«Los niños no son pequeños adultos. Esto es algo que los padres olvidan a veces, por desgracia. Sobre todo cuando su retoño es tranquilo, está adaptado y da pocos problemas, lo desbordan rápidamente con una ración demasiado grande de vida adulta: mundos relucientes de consumismo en lugar de un espacio para jugar, espacios de cemento en lugar de experiencias en la naturaleza, restaurantes ruidosos en lugar de comidas agradables en la mesa familiar. Conversaciones de adultos en lugar de amigos de la misma edad.
Todo ello exige demasiado de los pequeños. No pueden explotar su afán natural por moverse, no se pueden manchar, los visten con ropa de moda con la que no pueden andar dando saltos, tienen que estar sentados en un rincón callados. Cuando no hay otra posibilidad, los sientan delante del televisor o de un video. Así por lo menos dejan de molestar. De este modo, los padres tienen siempre a un niño limpio y pulcramente vestido que los sigue. Sin embargo, estas condiciones vitales no son en absoluto adecuadas para los niños. Después, que no se sorprendan mamá y papá cuando en algún momento su retoño salga de la jaula de oro y quiera ser un niño de una vez.»
Y concluye, con buen humor:
«Así pues, ¡se acabó la obligación de tener que jugar al miniadulto! Los niños se hacen mayores y se ven enfrentados a la cruda realidad.
Concedámosles tantos hermosos días y experiencias infantiles como sea posible. Dejemos que jueguen, correteen y también se ensucien en función de su edad. A arreglárselas en el mundo de los adultos tienen que aprender de todos modos bastante pronto.»
El niño piensa como niño, imagina como niño, percibe el tiempo y el espacio como niño, se relaciona con el mundo, con sus semejantes ¡y con Dios! como niño…
Que no siempre lo es
Mas, como veremos más tarde, es frecuente que los adultos, después de sofocar al niño que debería pervivir en nosotros —y precisamente por ello—, impidamos a nuestros hijos vivir su infancia como tal.
En este contexto pueden leerse las advertencias de Robinson:
«Todo ser humano tiene también su marcha, su velocidad de crucero. Como padres, tenéis que conocerla bien y luego tratar de lanzarles a esa velocidad, pero sin pretender forzar su marcha.
Forzar su marcha sería insensato. No conseguiríais otra cosa que estropear su maquinaria y dejarles expuestos a serias averías.»
Aunque más directa resulta, de nuevo, la exposición de Menchén:
«Os preguntaba por vuestra infancia —observa, en un diálogo imaginario—, porque la madurez humana consiste en ir pasando de una etapa a otra de la vida llevando con nosotros los mejores recuerdos; lo que es tanto como decir que no son imágenes de un pasado que se fue, sino momentos constituyentes de nuestra personalidad, de nuestro ser más profundo, y que están presentes en la actualidad. Si fuimos auténticamente niños nunca dejaremos de serlo.»
Y no solo por los recuerdos, me atrevería a añadir, sino por el conjunto de hábitos que únicamente en la infancia pueden forjarse.
De ahí que quepa proseguir: «… todos hemos sido niños, pero se puede decir de algunas personas que no han tenido infancia.»
Y explicar, con sugerente metáfora:
«La armonía afectiva y espiritual es el eco que va resonando en el interior del niño al compás de las acciones que va realizando; y esos ecos interiores tienen que ser ordenados, matizados, amplificados o moderados por los padres. Va surgiendo así una maravillosa melodía. De otra forma, serán sonidos inconexos o ruidos que se lleva el viento. La armonía afectiva y espiritual del niño necesita de unos maestros músicos, que son los padres. Si me permitís seguir con el símil de la música, os diría que al pentagrama en blanco de la vida del niño van llegando todo tipo de notas que, si no se integran en una melodía, se pierden en gran parte; y, así, cuando crecemos, desaparece la música de nuestra infancia.»
Para concluir: «Viendo el modo de hablar y actuar de muchas personas adultas, metidas en un mundo de ambiciones demasiado humanas, de ansias de poder y dinero, es difícil descubrir en ellas a los niños que fueron, quizá porque los adultos les ayudaron muy poco a serlo.»
Y si no le permitimos ser niño durante su infancia, es muy probable que el resto de su vida arrastre ese déficit, que, en ocasiones, le impedirá incluso ser un joven y un adulto cabal
Amor, por tanto, clarividente y respetuoso
Por otro lado, admitida, fomentada y consolidada su condición infantil, jamás se tratará de un caso más entre muchos. De ahí que ningún manual sea capaz de explicarnos ese presunto «caso» concreto.
Hay que aprender, pues, a modular los principios a tenor del temperamento, la edad y las circunstancias en que se encuentren los chicos, teniendo en cuenta que lo que en este preciso instante puede resultar oportuno e incluso imprescindible para uno de ellos, en otro momento y en otra situación ha de ser evitado a toda costa… para ese mismo hijo.
Pero solo el amor permite conocer a cada uno de nuestros hijos tal como es hoy y ahora y actuar en función de ese conocimiento: aun concediendo la parte de verdad que encierra el dicho de que «el amor es ciego», resulta mucho más profundo y real sostener que es agudo y perspicaz, clarividente; y que, tratándose de personas, solo un amor auténtico nos capacita para conocerlas con hondura y tratarlas en consecuencia.
Solo el amor permite «andarse con contemplaciones» —conocer a cada uno de nuestros hijos tal como es hoy y ahora— y actuar de acuerdo con ese conocimiento
Jugar las mejores bazas…
De hecho, será el amor el que enseñe a los padres a poner en práctica una de las claves más importantes de la educación. Lo que suele llamarse «educar en positivo», cuyo principio fundamental consiste quizá, una vez anclados con fuerza en la condición personal de cada uno de ellos, en:
1. Descubrir y, si es necesario, poner por escrito —con sus nombres propios, para que queden bien claras y para repasarlas y perfilarlas todavía más cuantas veces fuere conveniente—, las cualidades que sus hijos ya poseen y deben ser potenciadas.
2. Procurar no insistir monótona, reiterativa y exclusivamente:
2.1 En la corrección de sus defectos.
2.2. O en los que lleva anejos el papel o función en que —siguiendo una mala costumbre tremendamente extendida— lo hemos encasillado: tozudo, holgazán, manazas, payaso, desordenado, cachaza, intransigente, protestón, desaliñado…
(Defectos que, precisamente por serlo, resultan difíciles de vencer. Atender, por el contrario, a sus puntos fuertes, y solicitar en esos campos mejoras asequibles, permitirá a los chicos:
1. Ir obteniendo pequeñas victorias, con la alegría que a ellas va aparejada.
2. Aumentar de esta forma la propia estima y las ganas de luchar.
3. Ponerse, con el crecimiento conjunto de su persona, en condiciones de superar unos defectos que antes eran invencibles.)
De igual modo, el amor llevará a los padres a advertir el momento más adecuado para «estar» —de forma más o menos activa, o simplemente «estar»— y para «desaparecer», para hablar y para callar; el tiempo para jugar con los niños e interesarse por sus problemas sin someterlos a un interrogatorio y el de respetar su necesidad de estar a solas… con su propia intimidad; las ocasiones en que conviene «soltar un poco de cuerda» y «no darse por enterados», frente a aquellas otras en las que procede intervenir con decisión e incluso con resuelta viveza y una pizca de agresividad fingida…
Y, según decía, en todo este difícil arte los padres resultan irreemplazables: porque solo quien ama con locura —incondicional, incondicionada e incondicionablemente— es capaz de descubrir los tesoros inauditos de grandeza que cualquier persona encierra en lo más íntimo de su ser y prestarle el vigor y el apoyo imprescindibles para hacer que despunten, se desarrollen, maduren y alcancen su plenitud.
Un matrimonio muy agobiado por su trabajo profesional buscaba en una tienda de juguetes un regalo para su niño: pedían algo que lo divirtiera, lo mantuviese tranquilo y, sobre todo, le quitara la sensación de estar solo.
Una dependiente inteligente les explicó: «lo siento, pero no vendemos padres»
Pues nadie lo hará en nuestro lugar…
Como ya apunté, la experiencia muestra que normalmente insistimos más en los defectos de nuestros hijos que en sus atributos positivos.
Escribe Nancy Samalin: «Nosotros nos fijamos demasiado en las correcciones rojas del trabajo de Historia, en la palabra mal escrita, en el resultado equivocado del problema de Matemáticas o en los acentos que faltan. Tenemos la costumbre de fijarnos en lo "malo", en lugar de hacerlo en lo "bueno", de nuestros hijos, no solo en el ámbito escolar, sino también en otros aspectos de la vida. Si usted es capaz de romper este esquema […] y fijarse en lo positivo, su hijo mostrará una mayor motivación, cooperación y seguridad en sí mismo.»
Y algo semejante suelen hacer los demás: casi sin pretenderlo, advierten lo más negativo.
Una de las más tristes consecuencias de este modo de obrar es que los chicos pueden pasar muchos años ignorando no solo su grandeza constitutiva e inalienable —¡amigos potenciales de Dios!—, sino también aquellas cualidades en las que, con un mínimo de esfuerzo, podrían sobresalir y apoyarse para mejorar el conjunto de su persona.
Lo ilustran estas sensatas —y tal vez un tanto excesivas— reflexiones de Faber y Mazlish:
«Parece ser que elogiar un comportamiento cabal no brota espontáneamente. La mayoría de nosotros somos prontos en criticar y tardos en aplaudir. Como padres, tenemos la obligación de invertir ese orden. […]
El lector habrá constatado que el mundo exterior no es muy proclive a las alabanzas. ¿Cuándo fue la última vez que otro conductor le dijo: “Gracias por ocupar solamente una plaza de aparcamiento. Así cabrá también mi coche”? Nuestros esfuerzos de colaboración se dan por sentados. Si en cambio sufrimos un desliz, la condena será virulenta.
Seamos diferentes en nuestros hogares. Recordemos que además de proporcionarles alimento, refugio y vestido, tenemos otro deber con nuestros hijos, y es consolidar sus mejores “atributos”. El mundo entero les afeará los defectos, con vigor e insistencia. Nuestra función es darles a conocer su parte buena.»
Y resulta imprescindible
«El hombre —apunta de nuevo Robinson— es un ser que necesita absolutamente del aprecio de los demás. Esta sensación íntima de que uno es acogido y estimado es un artículo de primera necesidad para el ser humano; lo mismo que el aire, el agua, el alimento y el calor.»
Y precisa, certeramente:
«La aprobación debe estar más dirigida a aquellos que más necesitan de ella y en aquellos sectores que la necesitan. A un muchacho que suele traer malas notas, el saber apreciar las veces que las trae buenas, será acertar en una de las teclas más profundas de su espíritu, será, quizá, remover un desánimo persistente y profundo, abrirle una hermosa esperanza, afirmarle en la confianza en sí mismo.
El alabar con oportunidad la superación, siquiera sea momentánea, de un defecto, será más eficaz que reprimendas y muchos castigos.»
Insistir en sus defectos e ignorar sus cualidades puede llevar al niño a desconocer cuáles son las auténticas armas con las que cuenta para desarrollarse y triunfar en la vida
2. Amor mutuo
Amor entre los cónyuges
La primera cosa que el hijo necesita para ser educado es que sus padres se quieran entre sí (es decir, como esposos).
«Hacemos que no le falte de nada, estamos pendientes hasta de sus menores caprichos, y sin embargo…»
Expresiones como esta las oímos a menudo, proferidas por tantos padres que parecen volcarse sobre sus hijos —alimentos sanos, reconstituyentes y vitaminas, juegos más y más sofisticados, vestidos y demás prendas de marca, vacaciones junto al mar o en la nieve, diversiones sin tasa ni de tiempo ni de precio, resolución de problemas o de gestiones que deberían realizar los hijos, trasportes en coche cuando lo mejor es que tomaran el autobús, etc.—, pero se olvidan de la cosa más importante que precisan los críos: que los propios padres se amen y estén unidos… como esposos (repito con plena voluntariedad, pues solo luchando por mejorar su condición de esposos podrán llegar a ser buenos padres).
El cariño mutuo de los padres es el que ha hecho que los hijos vengan al mundo. Y el mismo afecto recíproco debe completar la tarea comenzada, ayudando al niño a alcanzar la plenitud y la felicidad a que se encuentra llamado.
El complemento natural de la procreación, la educación, ha de estar movido por las mismas causas que engendraron al hijo: el amor de los esposos
Sentirse protegidos y tener un punto de referencia
Hace ya bastantes siglos que se dijo que, al salir del útero materno, donde el líquido amniótico lo protegía y alimentaba, el niño reclama imperiosamente otro «útero» y otro «líquido», sin los que no podría crecer y desarrollarse; a saber, los que originan el padre y la madre al quererse de veras.
Además, cualquier chico o chica necesitan un modelo vivo al que imitar, aunque sea remotamente y de acuerdo con sus propias peculiaridades, para poder desplegar las riquezas de su propia personalidad.
Por eso, cada uno de los esposos ha de empeñarse en un combate constante de mejora personal, según antes apunté, al que los hijos puedan contemplar y referirse; y, como fruto de su amor recíproco, debe asimismo:
1. Mostrar con delicadeza, también para que los chicos lo adviertan, el cariño hacia su marido o su mujer (probablemente nada resulte más gratificante y educativo para un hijo que advertir cómo se quieren sus padres).
2. Y, además, y como consecuencia:
2.1. Engrandecer la imagen del otro ante los hijos.
2.2. Evitar cuanto pueda hacer disminuir el cariño de estos hacia su cónyuge.
Promover el amor de cada hijo hacia el otro cónyuge
Lo anterior puede concretarse, de momento, en los siguientes preceptos.
Desde que los críos son muy pequeños:
1. Además de manifestar prudente pero claramente el afecto que los une, con gestos y palabras («nunca agradeceré lo bastante a mis padres el que se besaran con cariño delante de mí», me comentaba el otro día una chica de unos 25 años).
2. Los padres han de prestar atención:
2.1. A no hacerse reproches mutuos ni comentarios irónicos delante de ellos
.
2.2. A no permitir uno lo que el otro prohíbe (la pregunta refleja, ante una consulta del hijo o la hija ha de ser: «¿qué te ha dicho papá o mamá?», aunque luego, si opinaran de manera distinta, deban hablar a solas para ponerse de acuerdo).
2.3. A evitar de plano ciertas aberrantes recomendaciones al niño, que le llevaría a desconfiar del otro cónyuge: «esto no se lo digas a papá o a mamá», etc.
Cualquier ruptura o disminución de la armonía entre los cónyuges, cualquier asomo de acritud, es inmediatamente advertido por los hijos, hace que les falte el aire que respiraban y provoca, junto a indecibles sufrimientos normalmente inconfesados, una detención o una contrahechura en su desarrollo personal.
Espléndida es la explicación de Menchén:
«El problema es que a los niños pequeños las desavenencias de los padres les generan inseguridad. No tienen capacidad de intervenir en una situación que les desconcierta y se encierran en sí mismos. Si las riñas son frecuentes, les costará abrirse a sus padres con sencillez porque aprecian una cierta amenaza que no saben identificar. La cuestión es aún peor si piensan que ellos son la causa de los problemas. El equilibrio del niño se empieza a romper. Por el contrario, cuando la relación de los padres es profundamente cordial, los hijos se manifiestan —cada uno según su carácter— con gran espontaneidad y alegría.»
Al salir del útero materno, donde el líquido amniótico lo protegía y alimentaba, el niño reclama otra protección y alimento sin los que no podría crecer y desarrollarse: los que originan el padre y la madre al quererse de veras
3. Enseñar a querer
Principio y meta
Como acabamos de ver:
1. El principio radical de la educación es que los padres se quieran entre sí y, como consecuencia de ese amor, que quieran de veras a sus hijos.
2. El fin o meta de esa educación es que los hijos, a su vez, vayan aprendiendo a querer, a amar… pues esa es la actividad más propia y que más perfecciona a cualquier persona y, como consecuencia, la que los hará feliz.
Lo expresan con hondura y fluidez Charles y Laura Robinson:
«Amar a los demás es lo más grande y lo más importante que puede hacer un ser humano en toda su vida. Fomentar y desarrollar en vuestros hijos la capacidad de amar es llevarles a la cumbre de su personalidad. Todas las demás capacidades y cualidades tendrán sentido si ese ser humano sabe amar. Si no es capaz de amar mucho a sus semejantes, las demás cualidades que posea se insertarán en su egoísmo y harán de él un inadaptado, un fracasado, quizá un tirano, un criminal, un monstruo.»
Curiosamente y en compendio, educar es amar, y amar es enseñar a amar: pues no es otro el destino del ser humano ni la clave de su felicidad.
Por consiguiente, educar equivale a enseñar a amar
Un ser-para-el-amor
Según afirma Philippe, «en el plano psicológico y espiritual la necesidad más profunda del hombre es el amor: amar y ser amado.»
A lo que añade C. Singer: «El amor es lo que queda cuando ya no queda nada más. En lo más hondo de nosotros, todos lo recordamos cuando —más allá de nuestros fracasos, de nuestras separaciones, de las palabras a las que sobrevivimos— desde la oscuridad de la noche se eleva, como un canto apenas audible, la seguridad de que, por encima de los desastres de nuestras biografías, más allá incluso de la alegría, de la pena, del nacimiento, de la muerte, existe un espacio que nadie amenaza, que nadie ha amenazado nunca y que no corre ningún peligro de ser destruido: un espacio intacto que es el del amor que ha creado nuestro ser» (es decir, el amor recíproco de nuestros padres).
Y, en cierto modo como resumen, y en la esfera de la gracia, explica Alfonso María de Ligorio: «¡Ojalá que todos entendieran esta verdad, que solo una cosa es necesaria! No es necesario allegar en la tierra muchos caudales, ni granjearse la estima de los demás, ni llevar vida regalada, ni escalar las dignidades, ni ganar reputación de sabio; una soca cosa es necesaria: amar a Dios y cumplir su voluntad. Para este único fin nos creó y conserva la vida, y solamente por este camino llegaremos un día a conquistar el paraíso.»
Todo el esfuerzo educativo de los padres ha de dirigirse, pues, en última instancia, a incrementar la capacidad de amar de cada hijo y a desterrar cuanto lo torne más egoísta, más cerrado y pendiente de sí, menos capaz de descubrir, querer, perseguir y realizar el bien de los otros.
Solo así contribuirán eficazmente a hacerlos felices, puesto que la dicha —como muestran desde los filósofos clásicos hasta los más certeros psiquiatras contemporáneos… y la experiencia sincera de cada uno de nosotros— no es sino el efecto no buscado de engrandecer la propia persona, de mejorar progresivamente: y esto solo se consigue amando más y mejor, dilatando las fronteras del propio corazón… con objeto de que, al término de nuestro paso por este mundo, «nos quepa más Dios en él» y seamos, consiguientemente, mucho más dichosos.
El empeño educativo de los padres ha de dirigirse a incrementar la capacidad de amar de cada hijo y a evitar cuanto lo torne más egoísta
Educar para la felicidad
Con otras palabras. Pese a cualquier apariencia en contrario, la felicidad es directa y exclusivamente proporcional a la capacidad de amar de cada persona, expresada en obras:
1. Quien ama mucho, es muy feliz.
2. Quien tiene un amor mediocre, nunca alcanzará una dicha completa.
3. Y quien no sabe o no quiere amar, por más que triunfe en los restantes aspectos de la existencia humana, será un auténtico desgraciado… aunque a veces pretenda encubrirlo o negarlo: ¡cuántos famosos acaban por reconocer que llevan una vida insufrible!
De ahí que San Juan de la Cruz pudiera sostener, con expresión que casi nunca se cita literalmente (yo tampoco lo hago ahora):
«En el atardecer de nuestra existencia, se nos examinará del amor»… ¡y de nada más!
El amor encarnado
En conclusión-conclusión: cualquier acción educativa tendrá validez en la exclusiva medida en que el motor de lo que se aconseja hacer o dejar de hacer, de lo que uno realiza u omite, sea:
1. Un amor auténtico e inteligente hacia la persona que se pretende formar.
2. O, con otras palabras, el bien real de esa persona.
2.1. Que siempre habrá de prevalecer sobre el nuestro.
2.2. Y que consiste, a su vez, en que el ser querido esté más pendiente del bien de los demás que del suyo propio… y no en un sinfín de concesiones que interpretamos como signo de amor, pero que no son sino trampas en las que caemos con más o menos conciencia y con más o menos dosis de egoísmo y comodidad.
Certeros y templados, también por caminar contracorriente, me parecen los siguientes juicios:
«Los padres que adoptan un igualitarismo exagerado, o una permisividad excesiva (“¡Ya es mayor para hacer lo que quiera!, ¡cada uno es libre de tomar sus propias decisiones!”), no proporcionan a sus hijos la clase de apoyo que necesitan.
Muchos padres adoptan esta actitud al no sentirse comprometidos ni implicados en la educación de sus hijos (padres despreocupados, negligentes o con pocos recursos educativos), otros a causa de nociones deformadas (¡y muy extendidas!) de cómo debe establecerse la relación padres-hijos. En familias de clase media se incrementa el riesgo de que los adolescentes presenten conductas socialmente desviadas, consuman drogas, etc., cuando los padres se declaraban partidarios de valores como la individualidad, la comprensión de sí mismo, la disposición a aceptar cualquier innovación, la necesidad del igualitarismo en la familia, pero que realmente utilizaban dichos valores para eludir sus obligaciones de la responsabilidad educativa que corresponde a los padres.»
El bien más radical de cualquier persona —lo que la perfecciona y hace feliz— consiste en que, olvidada de sí, se ocupe de procurar el bien a quienes la rodean
Tomás Melendo
Catedrático de Filosofía (Metafísica)
Director de los Estudios Universitarios en Ciencias para la Familia
Universidad de Málaga
Comentarios al autor: tmelendo@masterenfamilias.com
http://www.edufamilia.com
¿Qué hace diferente a cada persona?
La herencia genética, las circunstancias de la gestación y parto, los estímulos o educación recibidos, el número que se ocupa en la familia, las amistades, las enfermedades, la etapa de crecimiento en que se encuentra, el temperamento, el carácter. Todo ello se relaciona y logran hacer de cada uno, una persona diferente en aptitudes, gustos, intereses, aficiones, etc.
Por todo esto, necesitamos conocer a nuestros hijos a fondo, a través de una convivencia estrecha, a fin de que cada uno se sienta importante y querido de forma especial.
Es necesario dedicar un tiempo a solas con cada uno de ellos para lograr una comunicación profunda, conocer en cada momento qué piensan, cómo se sienten, cuáles son sus intereses y sus gustos, promover la verdadera amistad de los padres con los hijos, con una relación de confianza y sinceridad. Y cuanto antes sea, es mejor. Hoy estamos a tiempo, mañana puede ser muy tarde. Hay que saber abrir esas puertas oportunamente.
Cada hijo, por lo tanto, debe ser educado y tratado según sus características y necesidades. Para ello nos será útil conocer las siguientes circunstancias:
Educar en la Infancia
Las primeras etapas por las que va pasando tu hijo de Francisco de P. Cardona Lira
http://es.catholic.net/familiayvida/158/287/articulo.php?id=32904
En los primeros años de vida el niño no razona de Salvador Casadevall
http://es.catholic.net/familiayvida/158/287/articulo.php?id=32904
Educar en la Infancia Sección Catholic.net
http://es.catholic.net/familiayvida/158/287/
Educar en la Adolescencia
Adolescentes en acción de Emilio Avilés Cutillas
http://es.catholic.net/familiayvida/158/154/articulo.php?id=32796
Cuatro ideas para educar a adolescentes en la afectividad de Angel Mª Gutierrez
http://es.catholic.net/familiayvida/158/154/articulo.php?id=30743
Educar a los jóvenes en la fe, una tarea fundamental VIS
http://es.catholic.net/familiayvida/158/154/articulo.php?id=30255
Adolescencia, edad difícil de Gaston Courtois
http://es.catholic.net/familiayvida/158/154/articulo.php?id=25378
¡Auxilio...! Hay un adolescente en mi casa de German Sánchez Griese y Benjamín Manzano Gómez
http://es.catholic.net/familiayvida/158/154/articulo.php?id=2995
Educar en la Adolescencia Sección de Catholic.net
http://es.catholic.net/familiayvida/158/154/
Comentarios a los autores: crecerenfamilia@prodigy.net.mx
Con todo, esta especie de resistencia resulta comprensible. Y es que la misión paterno-materna de educar no es nada sencilla. Está llena de contrastes en apariencia irreconciliables, y hoy, si cabe, más agudizados.
Por tal motivo, antes de señalar algunas de esas dificultades, copio el diagnóstico de la (disminución de la) «capacidad educativa» de la familia media actual, realizado por Fernando Sebastián. Aunque las reflexiones establecen como punto de partida la enseñanza de la fe en el seno del hogar cristiano, pienso que constituyen una buena toma de contacto con el problema en su conjunto:
«El cambio no está únicamente en que los padres no eduquen cristianamente, sino que, en realidad, la familia, los padres, han perdido buena parte de su capacidad educadora en general.
En el estilo actual de vida, los padres no tienen tiempo para convivir tranquilamente con sus hijos. Los hijos están muy poco tiempo con sus padres. No hay apenas espacios tranquilos, ociosos, en los que puedan surgir temas de interés. El trabajo de la mujer fuera de casa se ha introducido rápidamente sin tener apenas en cuenta la función de la madre en la vida familiar, sin una suficiente atención a las exigencias de una adecuada educación de los hijos.
Tanto el padre como la madre tienen sus tareas específicas, además de las comunes, en ese delicado y decisivo proceso que es la educación y la maduración afectiva y personal de los hijos. Puede ser que no estén siendo suficientemente respetadas por el modelo de vida vigente en nuestra sociedad ni las del padre ni las de la madre.
Hay además un concepto equivocado de la educación, que favorece comportamientos equivocados. El objetivo de una buena educación no es que el hijo “esté contento”, que no le falte nada, sino que se desarrolle como persona en el conocimiento y en su comportamiento, en sus convicciones y sus actitudes, enriquecido con las virtudes cardinales y teologales.
[…] Para que una persona perciba la llamada de la fe y la acoja positivamente hace falta que tenga una actitud vital determinada: que esté abierto a los mensajes de la realidad y no esté encerrado en el mundo estrecho de sus gustos, de sus preferencias, que se sienta recibido en un mundo más amplio que él, que no se sienta el centro del mundo, que no esté cerrado sobre sí mismo, ni por egoísmo, ni por temor o resentimiento.
Para dar el paso de la fe hace falta sentir y vivir la realidad como un seno acogedor, amable, en el que nuestra vida tiene que ser posible, en donde podemos vivir seguros. Hace falta además vivir la propia vida como respuesta, con responsabilidad frente a la realidad, a nuestra realidad y la realidad de los demás, hace falta percibir y vivir la propia libertad como respuesta positiva a una realidad buena y acogedora, y hace falta que seamos sensibles al don del amor y a la interpelación del amor, “vivimos del amor de los demás, pero a este amor tenemos que responder lealmente con más amor”.
Estas actitudes de realismo, responsabilidad, generosidad son fruto de una buena educación. La renuncia a educar puede privar de estas disposiciones a un hijo desde sus primeros años.
Quien ha crecido encerrado en el gusto de las propias apetencias, sin sentir el valor de la vida como don y respuesta en el amor, será incapaz de entender lo que es “creer” en Dios, ni creer en nadie. Hace falta percibir las consecuencias de una vida dialogante, compartida, recibida. Cuando un niño sabe que vive del amor de los demás, y que el amor recibido merece y reclama una respuesta de amor, entenderá mejor las explicaciones y los testimonios acerca del buen Padre de Dios y de la necesidad de tenerle en cuenta en su vida.»
Y paso ahora a exponer algunos de…
Los contrastes
1. A lo largo de toda su existencia, los padres han de acoger a cada hijo —único e irrepetible, en virtud de su condición personal— tal como es, aun cuando en ocasiones no responda a sus expectativas… o incluso «les caiga mal».
(Tal «antipatía» —e incluso un inicial rechazo— no debería asustar a nadie, pues es perfectamente humana y compatible con el amor más puro, que reside en la voluntad y no es propiamente un sentimiento.
Y esto, tanto de manera habitual, que habrá que intentar vencer, como en momentos de particular enfado. En un estupendo escrito sobre educación, Nancy Samalin recuerda que bastante a menudo «… los padres normales se enfurecen con sus hijos normales. Es inevitable llegar a sentir una rabia intensa hacia los niños, con independencia del amor que sintamos hacia ellos.»)
2. Han de saber comprender, pero también exigir, sin ceder inoportunamente.
3. Respetar la libertad de los chicos y hacerla crecer… ¡siempre!, superando todo afán de posesión y sobreprotección; pero, a la vez, deben guiarles y corregirles.
4. Ayudarles en sus tareas, pero sin sustituirlos ni evitarles el esfuerzo formativo y la satisfacción que el realizarlas lleva consigo, y que robustece su autoconocimiento y su autoestima… ¡y su capacidad de desenvolverse en la vida, sin depender siempre de sus mayores!
5. Y otro sinfín de dificultades y de aparentes contradicciones que sería largo enumerar y que irán apareciendo a lo largo del escrito.
Una primera aproximación se encuentra en estos sensatos párrafos de Murphy-Witt, que no tienen desperdicio:
«En la actualidad, los niños ya no crecen espontáneamente. Han cambiado demasiadas cosas en nuestra sociedad. No hace mucho tiempo se decía: “Lo que llegue, bien recibido será”. Pero hoy en día prácticamente no quedan familias con una visión tan distendida. Abuelas que prefieren viajar por todo el mundo en lugar de ocuparse de sus nietos, pisos pequeños y condiciones adversas para los niños, falta de oferta para cuidarlos y una presión continua, tanto en términos de tiempo como de rendimiento, para combinar trabajo y familia: ¡los padres de hoy en día no lo tienen precisamente fácil!
No solo falta un apoyo útil, sino que también la vida diaria de las familias es cada vez más complicada: comida rápida y falta de ejercicio físico, culto a las marcas y consumismo, televisión publicitaria y videos violentos, Internet y juegos de ordenador, conductas agresivas en el parque y mobbing en el colegio, dificultades para leer y déficit de atención, trastornos alimentarios y éxtasis: el mundo de nuestros hijos es multiproblemático.
En este contexto nuestros retoños necesitan una buena línea directriz, instrucciones intensivas y pautas inamovibles para encontrar su camino. La responsabilidad que los padres tienen sobre sus hombros es grande. Se exige mucho de las madres y los padres, más bien un trabajo a tiempo completo que una ocupación temporal. Muchas parejas jóvenes opinan que se puede ir aprendiendo sobre la marcha, que se consigue de algún modo. Pero, por desgracia, las cosas se tuercen con demasiada frecuencia. Cada vez más familias se ven atrapadas en el estrés de la educación. Los problemas se convierten en dominantes y las disputas continuas envenenan el ambiente en el hogar. Año tras año aumenta la demanda de asesoramiento educativo. Y cada vez hay más familias que no pueden solucionar solas sus conflictos.»
Más escueto, pero también más esencial, es el panorama que ofrece Diego Macià:
«La tarea de educar supone esforzarse por comprender, respetar y enriquecer al “otro” y esto en una sociedad como la nuestra, siempre con prisas, dificultades de comunicación, horarios de trabajo incompatible con los hijos, etc., no siempre resulta fácil. De hecho, parte del precio que estamos pagando los seres humanos por el progreso de nuestra sociedad es dejar en segundo plano las relaciones amorosos entre padres e hijos, fundamentales para que estos alcancen una personalidad madura e independiente.»
Y que, como es lógico, concuerda casi a la letra con el de otros dos especialistas en psicología y educación (Fernández Millán y Buela-Casal):
«Si algo es importante en la educación de los hijos, es conocerlos y que ellos conozcan a sus padres. Desgraciadamente la sociedad en la que vivimos nos roba una gran parte del tiempo que deberíamos usar para hablar entre los miembros familiares; tiempo que empleamos en el trabajo, el desplazamiento, la televisión, etc. Se ha dejado de contar cuentos a los más pequeños o trasmitir las historias de nuestros antepasados (es sorprendente como muchos niños apenas conocen la vida de sus abuelos), las sobremesas son fugaces o individuales, llegamos muy cansados del trabajo o el hijo debe de hacer los deberes de clase…, hay miles de excusas para no sentarse y dialogar, empezando por escuchar.»
De ahí que los padres tengan que aprender por sí mismos a serlo… y desde muy pronto
Capacitarse
En ningún oficio la capacitación profesional comienza cuando el aspirante alcanza puestos de relieve y tiene entre sus manos encargos muy comprometidos o de alto riesgo. No ocurre así ni en la albañilería, la mecánica, las artes gráficas o el diseño; tampoco en medicina, arquitectura, ingeniería, informática, derecho, en la carrera militar o política, en la administración o en el seno de una empresa…
¿Por qué en el «oficio de padres» debería ser de otra forma? ¿Tal vez porque su responsabilidad es menor que la de quienes trabajan en una profesión convencional? Da la impresión de que no, sino más bien al contrario: en fin de cuentas, educar es poner los medios para que una persona llegue a ser feliz, y ¿existe algo de más trascendencia que «eso»?
¿Acaso, entonces, porque se trata más de un arte que de una ciencia? Aunque se pudiera estar de acuerdo en este último extremo, en ningún arte bastan la inspiración y la intuición; es menester también instruirse, formarse, ejercitarse… como confirman justamente los artistas que en apariencia trabajan sin apenas esfuerzo: cuanto más «natural» parece la obra maestra, más trabajo (en ocasiones, previo y sedimentado a modo de habilidades) ha llevado consigo.
Cuanto más «natural» parece la obra maestra, más trabajo suele encerrar en su seno
Llegar al fondo
Por otro lado, aprender el «oficio» de padre y educador no consiste en proveerse de un conjunto de recetas o soluciones ya dadas e inmediatamente aplicables a los problemas que van surgiendo. Ni tampoco de un racimo de técnicas infalibles.
Tales recetas y técnicas no existen. Hay, por el contrario, principios o fundamentos de la educación, que iluminan las distintas situaciones: los padres deben conocerlos muy a fondo, hasta hacerlos pensamiento de su pensamiento y vida de su vida —¡ser de su propio ser!—, para con ellos, y casi sin necesidad de deliberaciones, encarar la práctica diaria.
Y no se trata, tampoco, de una labor sencilla: comporta mucha atención a los hijos, mucha reflexión y cambio de impresiones de los esposos entre sí… y mucho sacrificio para saber prescindir del propio bienestar —incluso del necesario y no caprichoso— en pro del bien de los hijos.
Tal como explica Macià, «… educar en el sentido más amplio es, sin duda, una tarea compleja. Educar de forma responsable a los hijos requiere responsabilidad, respeto, conocimiento y ejemplo. Ser padres es una oportunidad maravillosa que nos proporciona la naturaleza, pero es también “un oficio”, “una profesión” que hay que aprender. Por tanto, requiere de un proceso de instrucción que supone reflexión, adquisición de conocimientos teóricos y puesta en práctica de los mismos. El oficio de ser padres se puede aprender y mejorar.»
Una mejora y aprendizaje que se resume en lograr que, de forma espontánea y habitual, impere la siguiente máxima:
El tú de la persona amada debe prevalecer siempre sobre el propio yo: ¡he aquí la regla de oro de toda labor educativa, de la vida entera… y de la auténtica felicidad!
Teniendo esto claro, y sin demasiadas pretensiones, ofreceré un memorando, el más accesible y concreto que se me ocurre, de los principales criterios y sugerencias sobre «el arte de las artes», como ha sido llamada la educación.
En la confluencia de tres amores
Si planteamos el asunto del modo más hondo y radical posible, las claves de la educación, y de todas las tareas que lleva consigo, se encierran en un solo término y misión —amar (amar ¡bien!)—… y en los dos corolarios que de ahí se siguen:
1. ¡Aprender a amar inteligentemente!, sin nunca, nunca, dar por supuesto que uno ya sabe hacerlo, en contra de lo que a menudo sucede («… el amor debe ir a la escuela», me gusta recordar con Benavente).
2. Y sin imaginar tampoco que va a lograrlo como por arte de magia, sin poner de su parte cuanto fuere necesario para querer cada vez mejor (lo cual supone, como vengo diciendo, esforzarse por ser mejor persona).
1. Amor a los hijos
El requisito ineludible
La primera cosa que los padres necesitan para educar es un verdadero y cabal amor a sus hijos: querer efectiva y eficazmente su bien, el de «cada uno de todos» ellos.
Según escribe G. Courtois en El arte de educar a los muchachos de hoy, la educación requiere, además de «un poco de ciencia y de experiencia, mucho sentido común y, sobre todo, mucho amor».
Algo similar sostienen Charles y Laura Robinson, animando a los padres a asumir su tarea educadora:
«Podéis hacer de ellos unos seres fundamentalmente felices; podéis darles el gran impulso inicial para la carrera de la vida. Ese impulso, en el ser humano tendrá que constar, en buena parte, de una gran dosis de amor.
Porque el amor es la suprema actividad humana y la que tiene más virtud para equilibrar y potenciar a los hombres.»
Con otras palabras, es preciso dominar algunos principios pedagógicos y obrar con sensatez, pero sin suponer que baste aplicar una bonita teoría para obtener seguros resultados. Todo ello sería insuficiente sin el elemento indispensable de un amor auténtico y cabal… y hondamente enraizado en lo más íntimo de nuestro ser.
[Esto se aplica tanto a los padres como a los educadores «de profesión»: maestros y profesores. Así lo muestran las siguientes palabras de Francisco Gómez Antón, Catedrático con muchos años de experiencia universitaria. Cuando le preguntaron por el «secreto» de su triunfo en las aulas, contestó: «Para dar una buena clase hay que hacer muchas cosas. La primera de ellas, querer mucho a los alumnos».]
Lo primero que los padres necesitan para educar es un verdadero amor a sus hijos
Amor clarividente…
¿Por qué? Entre otros muchos motivos, porque «cada niño —justo por su condición de persona— es una realidad absolutamente irrepetible», distinta de todas las demás.
Antes que nada, en contra de lo que implícitamente pensamos… o ni siquiera pensamos, pero guía a menudo nuestros comportamientos, estamos ante un niño: no ante una suerte de mini-adulto o de adulto virtual y en construcción, que necesita ser tratado «como si fuera mayor» para lograr la plenitud que le corresponde… ¡o para que no turbe la tranquilidad en que nos hemos instalado!
Parece absurdo decirlo y, sin embargo, resulta de capital importancia: un niño es… un niño. Y tiene el derecho y el deber de vivir como niño, justo para después dejar de serlo y transformarse en el varón o la mujer cumplidos, a través de ese amargo trago en que nos empeñamos que sea la adolescencia.
El niño piensa como niño, imagina como niño, percibe el tiempo y el espacio —también el propio cuerpo— como niño, se relaciona con el mundo, con sus semejantes ¡y con Dios! como niño, y un muy extenso etcétera.
Y respetuoso
Y los adultos, en lugar de agostar esa condición con nuestras pretensiones «de mayores», deberíamos dedicarnos a contemplarlo, para aprender de él —más a menudo de lo que suponemos— en qué consiste ser humanos (aunque también sin ingenuidades a lo Rousseau).
Lo sostiene, bella y agudamente, Bartolomé Menchén: el «… estudio del hombre en la etapa inicial de su vida […] nos indica —con sus capacidades y sus necesidades— el camino adecuado para su educación, o, mejor dicho, para su formación. Porque para poder acertar a guiarle, hay primero que dejarse guiar por él; es decir, observarle con atención para ayudarle a desarrollar sus capacidades y poder responder a sus necesidades.»
Y concreta después: «… todo lo que sé de importancia sobre los niños lo he aprendido de ellos; y podría decir, también, que observándolos y reflexionando he aprendido muchas cosas sobre mí. La relación con los hijos hace profundizar enormemente en el conocimiento de quiénes son ellos y quiénes somos nosotros.»
Ideas similares a las que resume, con plasticidad un tanto agresiva, Murphy-Witt:
«Los niños no son pequeños adultos. Esto es algo que los padres olvidan a veces, por desgracia. Sobre todo cuando su retoño es tranquilo, está adaptado y da pocos problemas, lo desbordan rápidamente con una ración demasiado grande de vida adulta: mundos relucientes de consumismo en lugar de un espacio para jugar, espacios de cemento en lugar de experiencias en la naturaleza, restaurantes ruidosos en lugar de comidas agradables en la mesa familiar. Conversaciones de adultos en lugar de amigos de la misma edad.
Todo ello exige demasiado de los pequeños. No pueden explotar su afán natural por moverse, no se pueden manchar, los visten con ropa de moda con la que no pueden andar dando saltos, tienen que estar sentados en un rincón callados. Cuando no hay otra posibilidad, los sientan delante del televisor o de un video. Así por lo menos dejan de molestar. De este modo, los padres tienen siempre a un niño limpio y pulcramente vestido que los sigue. Sin embargo, estas condiciones vitales no son en absoluto adecuadas para los niños. Después, que no se sorprendan mamá y papá cuando en algún momento su retoño salga de la jaula de oro y quiera ser un niño de una vez.»
Y concluye, con buen humor:
«Así pues, ¡se acabó la obligación de tener que jugar al miniadulto! Los niños se hacen mayores y se ven enfrentados a la cruda realidad.
Concedámosles tantos hermosos días y experiencias infantiles como sea posible. Dejemos que jueguen, correteen y también se ensucien en función de su edad. A arreglárselas en el mundo de los adultos tienen que aprender de todos modos bastante pronto.»
El niño piensa como niño, imagina como niño, percibe el tiempo y el espacio como niño, se relaciona con el mundo, con sus semejantes ¡y con Dios! como niño…
Que no siempre lo es
Mas, como veremos más tarde, es frecuente que los adultos, después de sofocar al niño que debería pervivir en nosotros —y precisamente por ello—, impidamos a nuestros hijos vivir su infancia como tal.
En este contexto pueden leerse las advertencias de Robinson:
«Todo ser humano tiene también su marcha, su velocidad de crucero. Como padres, tenéis que conocerla bien y luego tratar de lanzarles a esa velocidad, pero sin pretender forzar su marcha.
Forzar su marcha sería insensato. No conseguiríais otra cosa que estropear su maquinaria y dejarles expuestos a serias averías.»
Aunque más directa resulta, de nuevo, la exposición de Menchén:
«Os preguntaba por vuestra infancia —observa, en un diálogo imaginario—, porque la madurez humana consiste en ir pasando de una etapa a otra de la vida llevando con nosotros los mejores recuerdos; lo que es tanto como decir que no son imágenes de un pasado que se fue, sino momentos constituyentes de nuestra personalidad, de nuestro ser más profundo, y que están presentes en la actualidad. Si fuimos auténticamente niños nunca dejaremos de serlo.»
Y no solo por los recuerdos, me atrevería a añadir, sino por el conjunto de hábitos que únicamente en la infancia pueden forjarse.
De ahí que quepa proseguir: «… todos hemos sido niños, pero se puede decir de algunas personas que no han tenido infancia.»
Y explicar, con sugerente metáfora:
«La armonía afectiva y espiritual es el eco que va resonando en el interior del niño al compás de las acciones que va realizando; y esos ecos interiores tienen que ser ordenados, matizados, amplificados o moderados por los padres. Va surgiendo así una maravillosa melodía. De otra forma, serán sonidos inconexos o ruidos que se lleva el viento. La armonía afectiva y espiritual del niño necesita de unos maestros músicos, que son los padres. Si me permitís seguir con el símil de la música, os diría que al pentagrama en blanco de la vida del niño van llegando todo tipo de notas que, si no se integran en una melodía, se pierden en gran parte; y, así, cuando crecemos, desaparece la música de nuestra infancia.»
Para concluir: «Viendo el modo de hablar y actuar de muchas personas adultas, metidas en un mundo de ambiciones demasiado humanas, de ansias de poder y dinero, es difícil descubrir en ellas a los niños que fueron, quizá porque los adultos les ayudaron muy poco a serlo.»
Y si no le permitimos ser niño durante su infancia, es muy probable que el resto de su vida arrastre ese déficit, que, en ocasiones, le impedirá incluso ser un joven y un adulto cabal
Amor, por tanto, clarividente y respetuoso
Por otro lado, admitida, fomentada y consolidada su condición infantil, jamás se tratará de un caso más entre muchos. De ahí que ningún manual sea capaz de explicarnos ese presunto «caso» concreto.
Hay que aprender, pues, a modular los principios a tenor del temperamento, la edad y las circunstancias en que se encuentren los chicos, teniendo en cuenta que lo que en este preciso instante puede resultar oportuno e incluso imprescindible para uno de ellos, en otro momento y en otra situación ha de ser evitado a toda costa… para ese mismo hijo.
Pero solo el amor permite conocer a cada uno de nuestros hijos tal como es hoy y ahora y actuar en función de ese conocimiento: aun concediendo la parte de verdad que encierra el dicho de que «el amor es ciego», resulta mucho más profundo y real sostener que es agudo y perspicaz, clarividente; y que, tratándose de personas, solo un amor auténtico nos capacita para conocerlas con hondura y tratarlas en consecuencia.
Solo el amor permite «andarse con contemplaciones» —conocer a cada uno de nuestros hijos tal como es hoy y ahora— y actuar de acuerdo con ese conocimiento
Jugar las mejores bazas…
De hecho, será el amor el que enseñe a los padres a poner en práctica una de las claves más importantes de la educación. Lo que suele llamarse «educar en positivo», cuyo principio fundamental consiste quizá, una vez anclados con fuerza en la condición personal de cada uno de ellos, en:
1. Descubrir y, si es necesario, poner por escrito —con sus nombres propios, para que queden bien claras y para repasarlas y perfilarlas todavía más cuantas veces fuere conveniente—, las cualidades que sus hijos ya poseen y deben ser potenciadas.
2. Procurar no insistir monótona, reiterativa y exclusivamente:
2.1 En la corrección de sus defectos.
2.2. O en los que lleva anejos el papel o función en que —siguiendo una mala costumbre tremendamente extendida— lo hemos encasillado: tozudo, holgazán, manazas, payaso, desordenado, cachaza, intransigente, protestón, desaliñado…
(Defectos que, precisamente por serlo, resultan difíciles de vencer. Atender, por el contrario, a sus puntos fuertes, y solicitar en esos campos mejoras asequibles, permitirá a los chicos:
1. Ir obteniendo pequeñas victorias, con la alegría que a ellas va aparejada.
2. Aumentar de esta forma la propia estima y las ganas de luchar.
3. Ponerse, con el crecimiento conjunto de su persona, en condiciones de superar unos defectos que antes eran invencibles.)
De igual modo, el amor llevará a los padres a advertir el momento más adecuado para «estar» —de forma más o menos activa, o simplemente «estar»— y para «desaparecer», para hablar y para callar; el tiempo para jugar con los niños e interesarse por sus problemas sin someterlos a un interrogatorio y el de respetar su necesidad de estar a solas… con su propia intimidad; las ocasiones en que conviene «soltar un poco de cuerda» y «no darse por enterados», frente a aquellas otras en las que procede intervenir con decisión e incluso con resuelta viveza y una pizca de agresividad fingida…
Y, según decía, en todo este difícil arte los padres resultan irreemplazables: porque solo quien ama con locura —incondicional, incondicionada e incondicionablemente— es capaz de descubrir los tesoros inauditos de grandeza que cualquier persona encierra en lo más íntimo de su ser y prestarle el vigor y el apoyo imprescindibles para hacer que despunten, se desarrollen, maduren y alcancen su plenitud.
Un matrimonio muy agobiado por su trabajo profesional buscaba en una tienda de juguetes un regalo para su niño: pedían algo que lo divirtiera, lo mantuviese tranquilo y, sobre todo, le quitara la sensación de estar solo.
Una dependiente inteligente les explicó: «lo siento, pero no vendemos padres»
Pues nadie lo hará en nuestro lugar…
Como ya apunté, la experiencia muestra que normalmente insistimos más en los defectos de nuestros hijos que en sus atributos positivos.
Escribe Nancy Samalin: «Nosotros nos fijamos demasiado en las correcciones rojas del trabajo de Historia, en la palabra mal escrita, en el resultado equivocado del problema de Matemáticas o en los acentos que faltan. Tenemos la costumbre de fijarnos en lo "malo", en lugar de hacerlo en lo "bueno", de nuestros hijos, no solo en el ámbito escolar, sino también en otros aspectos de la vida. Si usted es capaz de romper este esquema […] y fijarse en lo positivo, su hijo mostrará una mayor motivación, cooperación y seguridad en sí mismo.»
Y algo semejante suelen hacer los demás: casi sin pretenderlo, advierten lo más negativo.
Una de las más tristes consecuencias de este modo de obrar es que los chicos pueden pasar muchos años ignorando no solo su grandeza constitutiva e inalienable —¡amigos potenciales de Dios!—, sino también aquellas cualidades en las que, con un mínimo de esfuerzo, podrían sobresalir y apoyarse para mejorar el conjunto de su persona.
Lo ilustran estas sensatas —y tal vez un tanto excesivas— reflexiones de Faber y Mazlish:
«Parece ser que elogiar un comportamiento cabal no brota espontáneamente. La mayoría de nosotros somos prontos en criticar y tardos en aplaudir. Como padres, tenemos la obligación de invertir ese orden. […]
El lector habrá constatado que el mundo exterior no es muy proclive a las alabanzas. ¿Cuándo fue la última vez que otro conductor le dijo: “Gracias por ocupar solamente una plaza de aparcamiento. Así cabrá también mi coche”? Nuestros esfuerzos de colaboración se dan por sentados. Si en cambio sufrimos un desliz, la condena será virulenta.
Seamos diferentes en nuestros hogares. Recordemos que además de proporcionarles alimento, refugio y vestido, tenemos otro deber con nuestros hijos, y es consolidar sus mejores “atributos”. El mundo entero les afeará los defectos, con vigor e insistencia. Nuestra función es darles a conocer su parte buena.»
Y resulta imprescindible
«El hombre —apunta de nuevo Robinson— es un ser que necesita absolutamente del aprecio de los demás. Esta sensación íntima de que uno es acogido y estimado es un artículo de primera necesidad para el ser humano; lo mismo que el aire, el agua, el alimento y el calor.»
Y precisa, certeramente:
«La aprobación debe estar más dirigida a aquellos que más necesitan de ella y en aquellos sectores que la necesitan. A un muchacho que suele traer malas notas, el saber apreciar las veces que las trae buenas, será acertar en una de las teclas más profundas de su espíritu, será, quizá, remover un desánimo persistente y profundo, abrirle una hermosa esperanza, afirmarle en la confianza en sí mismo.
El alabar con oportunidad la superación, siquiera sea momentánea, de un defecto, será más eficaz que reprimendas y muchos castigos.»
Insistir en sus defectos e ignorar sus cualidades puede llevar al niño a desconocer cuáles son las auténticas armas con las que cuenta para desarrollarse y triunfar en la vida
2. Amor mutuo
Amor entre los cónyuges
La primera cosa que el hijo necesita para ser educado es que sus padres se quieran entre sí (es decir, como esposos).
«Hacemos que no le falte de nada, estamos pendientes hasta de sus menores caprichos, y sin embargo…»
Expresiones como esta las oímos a menudo, proferidas por tantos padres que parecen volcarse sobre sus hijos —alimentos sanos, reconstituyentes y vitaminas, juegos más y más sofisticados, vestidos y demás prendas de marca, vacaciones junto al mar o en la nieve, diversiones sin tasa ni de tiempo ni de precio, resolución de problemas o de gestiones que deberían realizar los hijos, trasportes en coche cuando lo mejor es que tomaran el autobús, etc.—, pero se olvidan de la cosa más importante que precisan los críos: que los propios padres se amen y estén unidos… como esposos (repito con plena voluntariedad, pues solo luchando por mejorar su condición de esposos podrán llegar a ser buenos padres).
El cariño mutuo de los padres es el que ha hecho que los hijos vengan al mundo. Y el mismo afecto recíproco debe completar la tarea comenzada, ayudando al niño a alcanzar la plenitud y la felicidad a que se encuentra llamado.
El complemento natural de la procreación, la educación, ha de estar movido por las mismas causas que engendraron al hijo: el amor de los esposos
Sentirse protegidos y tener un punto de referencia
Hace ya bastantes siglos que se dijo que, al salir del útero materno, donde el líquido amniótico lo protegía y alimentaba, el niño reclama imperiosamente otro «útero» y otro «líquido», sin los que no podría crecer y desarrollarse; a saber, los que originan el padre y la madre al quererse de veras.
Además, cualquier chico o chica necesitan un modelo vivo al que imitar, aunque sea remotamente y de acuerdo con sus propias peculiaridades, para poder desplegar las riquezas de su propia personalidad.
Por eso, cada uno de los esposos ha de empeñarse en un combate constante de mejora personal, según antes apunté, al que los hijos puedan contemplar y referirse; y, como fruto de su amor recíproco, debe asimismo:
1. Mostrar con delicadeza, también para que los chicos lo adviertan, el cariño hacia su marido o su mujer (probablemente nada resulte más gratificante y educativo para un hijo que advertir cómo se quieren sus padres).
2. Y, además, y como consecuencia:
2.1. Engrandecer la imagen del otro ante los hijos.
2.2. Evitar cuanto pueda hacer disminuir el cariño de estos hacia su cónyuge.
Promover el amor de cada hijo hacia el otro cónyuge
Lo anterior puede concretarse, de momento, en los siguientes preceptos.
Desde que los críos son muy pequeños:
1. Además de manifestar prudente pero claramente el afecto que los une, con gestos y palabras («nunca agradeceré lo bastante a mis padres el que se besaran con cariño delante de mí», me comentaba el otro día una chica de unos 25 años).
2. Los padres han de prestar atención:
2.1. A no hacerse reproches mutuos ni comentarios irónicos delante de ellos
.
2.2. A no permitir uno lo que el otro prohíbe (la pregunta refleja, ante una consulta del hijo o la hija ha de ser: «¿qué te ha dicho papá o mamá?», aunque luego, si opinaran de manera distinta, deban hablar a solas para ponerse de acuerdo).
2.3. A evitar de plano ciertas aberrantes recomendaciones al niño, que le llevaría a desconfiar del otro cónyuge: «esto no se lo digas a papá o a mamá», etc.
Cualquier ruptura o disminución de la armonía entre los cónyuges, cualquier asomo de acritud, es inmediatamente advertido por los hijos, hace que les falte el aire que respiraban y provoca, junto a indecibles sufrimientos normalmente inconfesados, una detención o una contrahechura en su desarrollo personal.
Espléndida es la explicación de Menchén:
«El problema es que a los niños pequeños las desavenencias de los padres les generan inseguridad. No tienen capacidad de intervenir en una situación que les desconcierta y se encierran en sí mismos. Si las riñas son frecuentes, les costará abrirse a sus padres con sencillez porque aprecian una cierta amenaza que no saben identificar. La cuestión es aún peor si piensan que ellos son la causa de los problemas. El equilibrio del niño se empieza a romper. Por el contrario, cuando la relación de los padres es profundamente cordial, los hijos se manifiestan —cada uno según su carácter— con gran espontaneidad y alegría.»
Al salir del útero materno, donde el líquido amniótico lo protegía y alimentaba, el niño reclama otra protección y alimento sin los que no podría crecer y desarrollarse: los que originan el padre y la madre al quererse de veras
3. Enseñar a querer
Principio y meta
Como acabamos de ver:
1. El principio radical de la educación es que los padres se quieran entre sí y, como consecuencia de ese amor, que quieran de veras a sus hijos.
2. El fin o meta de esa educación es que los hijos, a su vez, vayan aprendiendo a querer, a amar… pues esa es la actividad más propia y que más perfecciona a cualquier persona y, como consecuencia, la que los hará feliz.
Lo expresan con hondura y fluidez Charles y Laura Robinson:
«Amar a los demás es lo más grande y lo más importante que puede hacer un ser humano en toda su vida. Fomentar y desarrollar en vuestros hijos la capacidad de amar es llevarles a la cumbre de su personalidad. Todas las demás capacidades y cualidades tendrán sentido si ese ser humano sabe amar. Si no es capaz de amar mucho a sus semejantes, las demás cualidades que posea se insertarán en su egoísmo y harán de él un inadaptado, un fracasado, quizá un tirano, un criminal, un monstruo.»
Curiosamente y en compendio, educar es amar, y amar es enseñar a amar: pues no es otro el destino del ser humano ni la clave de su felicidad.
Por consiguiente, educar equivale a enseñar a amar
Un ser-para-el-amor
Según afirma Philippe, «en el plano psicológico y espiritual la necesidad más profunda del hombre es el amor: amar y ser amado.»
A lo que añade C. Singer: «El amor es lo que queda cuando ya no queda nada más. En lo más hondo de nosotros, todos lo recordamos cuando —más allá de nuestros fracasos, de nuestras separaciones, de las palabras a las que sobrevivimos— desde la oscuridad de la noche se eleva, como un canto apenas audible, la seguridad de que, por encima de los desastres de nuestras biografías, más allá incluso de la alegría, de la pena, del nacimiento, de la muerte, existe un espacio que nadie amenaza, que nadie ha amenazado nunca y que no corre ningún peligro de ser destruido: un espacio intacto que es el del amor que ha creado nuestro ser» (es decir, el amor recíproco de nuestros padres).
Y, en cierto modo como resumen, y en la esfera de la gracia, explica Alfonso María de Ligorio: «¡Ojalá que todos entendieran esta verdad, que solo una cosa es necesaria! No es necesario allegar en la tierra muchos caudales, ni granjearse la estima de los demás, ni llevar vida regalada, ni escalar las dignidades, ni ganar reputación de sabio; una soca cosa es necesaria: amar a Dios y cumplir su voluntad. Para este único fin nos creó y conserva la vida, y solamente por este camino llegaremos un día a conquistar el paraíso.»
Todo el esfuerzo educativo de los padres ha de dirigirse, pues, en última instancia, a incrementar la capacidad de amar de cada hijo y a desterrar cuanto lo torne más egoísta, más cerrado y pendiente de sí, menos capaz de descubrir, querer, perseguir y realizar el bien de los otros.
Solo así contribuirán eficazmente a hacerlos felices, puesto que la dicha —como muestran desde los filósofos clásicos hasta los más certeros psiquiatras contemporáneos… y la experiencia sincera de cada uno de nosotros— no es sino el efecto no buscado de engrandecer la propia persona, de mejorar progresivamente: y esto solo se consigue amando más y mejor, dilatando las fronteras del propio corazón… con objeto de que, al término de nuestro paso por este mundo, «nos quepa más Dios en él» y seamos, consiguientemente, mucho más dichosos.
El empeño educativo de los padres ha de dirigirse a incrementar la capacidad de amar de cada hijo y a evitar cuanto lo torne más egoísta
Educar para la felicidad
Con otras palabras. Pese a cualquier apariencia en contrario, la felicidad es directa y exclusivamente proporcional a la capacidad de amar de cada persona, expresada en obras:
1. Quien ama mucho, es muy feliz.
2. Quien tiene un amor mediocre, nunca alcanzará una dicha completa.
3. Y quien no sabe o no quiere amar, por más que triunfe en los restantes aspectos de la existencia humana, será un auténtico desgraciado… aunque a veces pretenda encubrirlo o negarlo: ¡cuántos famosos acaban por reconocer que llevan una vida insufrible!
De ahí que San Juan de la Cruz pudiera sostener, con expresión que casi nunca se cita literalmente (yo tampoco lo hago ahora):
«En el atardecer de nuestra existencia, se nos examinará del amor»… ¡y de nada más!
El amor encarnado
En conclusión-conclusión: cualquier acción educativa tendrá validez en la exclusiva medida en que el motor de lo que se aconseja hacer o dejar de hacer, de lo que uno realiza u omite, sea:
1. Un amor auténtico e inteligente hacia la persona que se pretende formar.
2. O, con otras palabras, el bien real de esa persona.
2.1. Que siempre habrá de prevalecer sobre el nuestro.
2.2. Y que consiste, a su vez, en que el ser querido esté más pendiente del bien de los demás que del suyo propio… y no en un sinfín de concesiones que interpretamos como signo de amor, pero que no son sino trampas en las que caemos con más o menos conciencia y con más o menos dosis de egoísmo y comodidad.
Certeros y templados, también por caminar contracorriente, me parecen los siguientes juicios:
«Los padres que adoptan un igualitarismo exagerado, o una permisividad excesiva (“¡Ya es mayor para hacer lo que quiera!, ¡cada uno es libre de tomar sus propias decisiones!”), no proporcionan a sus hijos la clase de apoyo que necesitan.
Muchos padres adoptan esta actitud al no sentirse comprometidos ni implicados en la educación de sus hijos (padres despreocupados, negligentes o con pocos recursos educativos), otros a causa de nociones deformadas (¡y muy extendidas!) de cómo debe establecerse la relación padres-hijos. En familias de clase media se incrementa el riesgo de que los adolescentes presenten conductas socialmente desviadas, consuman drogas, etc., cuando los padres se declaraban partidarios de valores como la individualidad, la comprensión de sí mismo, la disposición a aceptar cualquier innovación, la necesidad del igualitarismo en la familia, pero que realmente utilizaban dichos valores para eludir sus obligaciones de la responsabilidad educativa que corresponde a los padres.»
El bien más radical de cualquier persona —lo que la perfecciona y hace feliz— consiste en que, olvidada de sí, se ocupe de procurar el bien a quienes la rodean
Tomás Melendo
Catedrático de Filosofía (Metafísica)
Director de los Estudios Universitarios en Ciencias para la Familia
Universidad de Málaga
Comentarios al autor: tmelendo@masterenfamilias.com
http://www.edufamilia.com
¿Qué hace diferente a cada persona?
La herencia genética, las circunstancias de la gestación y parto, los estímulos o educación recibidos, el número que se ocupa en la familia, las amistades, las enfermedades, la etapa de crecimiento en que se encuentra, el temperamento, el carácter. Todo ello se relaciona y logran hacer de cada uno, una persona diferente en aptitudes, gustos, intereses, aficiones, etc.
Por todo esto, necesitamos conocer a nuestros hijos a fondo, a través de una convivencia estrecha, a fin de que cada uno se sienta importante y querido de forma especial.
Es necesario dedicar un tiempo a solas con cada uno de ellos para lograr una comunicación profunda, conocer en cada momento qué piensan, cómo se sienten, cuáles son sus intereses y sus gustos, promover la verdadera amistad de los padres con los hijos, con una relación de confianza y sinceridad. Y cuanto antes sea, es mejor. Hoy estamos a tiempo, mañana puede ser muy tarde. Hay que saber abrir esas puertas oportunamente.
Cada hijo, por lo tanto, debe ser educado y tratado según sus características y necesidades. Para ello nos será útil conocer las siguientes circunstancias:
Educar en la Infancia
Las primeras etapas por las que va pasando tu hijo de Francisco de P. Cardona Lira
http://es.catholic.net/familiayvida/158/287/articulo.php?id=32904
En los primeros años de vida el niño no razona de Salvador Casadevall
http://es.catholic.net/familiayvida/158/287/articulo.php?id=32904
Educar en la Infancia Sección Catholic.net
http://es.catholic.net/familiayvida/158/287/
Educar en la Adolescencia
Adolescentes en acción de Emilio Avilés Cutillas
http://es.catholic.net/familiayvida/158/154/articulo.php?id=32796
Cuatro ideas para educar a adolescentes en la afectividad de Angel Mª Gutierrez
http://es.catholic.net/familiayvida/158/154/articulo.php?id=30743
Educar a los jóvenes en la fe, una tarea fundamental VIS
http://es.catholic.net/familiayvida/158/154/articulo.php?id=30255
Adolescencia, edad difícil de Gaston Courtois
http://es.catholic.net/familiayvida/158/154/articulo.php?id=25378
¡Auxilio...! Hay un adolescente en mi casa de German Sánchez Griese y Benjamín Manzano Gómez
http://es.catholic.net/familiayvida/158/154/articulo.php?id=2995
Educar en la Adolescencia Sección de Catholic.net
http://es.catholic.net/familiayvida/158/154/
Comentarios a los autores: crecerenfamilia@prodigy.net.mx
sábado, 30 de agosto de 2008
10.- CARACTERIOLOGIA
I. Introducción
Cada persona es como es, como Dios la hizo y con la historia de su vida. Puede ser una persona que tiene una fuerza de voluntad enorme, o una que tiene una voluntad débil; una con una inteligencia clara, viva, ágil, o una que hay que decirle las cosas con mucha sencillez y claridad porque no capta fácilmente las ideas. Hay la persona activa y la dada a la inactividad. El emotivo y el no emotivo. Estos rasgos constituyen el temperamento con que todo ser humano nace, pero que moldea, ajusta o perfecciona, de acuerdo a la educación y experiencias que tiene durante toda su vida, formando así su carácter y personalidad, que viene siendo la manera de ser habitual de la persona, lo que le diferencia de los demás.
El Temperamento. Es un fenómeno de la naturaleza emocional de un individuo que condiciona sus reacciones psicológicas y fisiológicas. Incluye la susceptibilidad a la estimulación emocional, la velocidad e intensidad con que habitualmente reacciona, la cualidad del estado de ánimo dominante y sus características. El temperamento es lo que la persona ha recibido de la naturaleza, pero no es todo el individuo. Se tiene que considerar lo que se conquista por la educación y por la propia experiencia. "El hecho de que el temperamento esté fundamentalmente determinado por la herencia no supone que sea inmodificable y esto es importante de tener en cuenta" (Felix Acha Irizar, Introducción a la Psicología, p. 205). La integración de todos los rasgos y características del individuo (somáticas, intelectuales, temperamentales), las condiciones ambientales y las experiencias afectivas y educacionales que experimente, van a determinar su propia forma de comportarse.
El Carácter. Incluye el temperamento y además todos los elementos adquiridos que lo especifican de una manera determinada, esto es, la modificación del temperamento por la educación y el trabajo de la voluntad, y consolidado por el hábito y las experiencias vividas.
Es importante el estudio de los caracteres para tener un conocimiento básico de las cualidades y posibles defectos del formando y así poderle ayudar a potenciar los talentos que ha recibido de Dios. Pero es conveniente señalar que nunca se debe hacer un juicio precipitado o definitivo sobre el carácter de la persona, porque ningún carácter existe puro en la realidad; generalmente se hayan mezclados y con matices muy diversos. Lo importante es conocer los rasgos generales de los caracteres tipo para que el formador los tenga como guía para su observación.
La ciencia que se encarga del estudio de los diferentes caracteres es la caracteriología. Esta ciencia tiene por objeto determinar los distintos caracteres sin dar un juicio sobre ellos. No se trata de saber si uno es mejor que el otro, o si uno tiene más o menos valor, pues todo carácter tiene sus ventajas y sus inconvenientes.
Es importante señalar que a cada tipo de carácter se le puede y debe potenciar: al que haya recibido un talento se le pedirán cuentas de ese único talento que recibió, al que haya recibido cinco tendrá que rendir cuentas de esos cinco. Lo esencial no radica en el carácter que tenga el dirigido sino lo que logre hacer con él. No es el carácter lo que en sí mismo tiene valor, sino el hombre que lo tiene y sabe usarlo para sacar un mayor provecho de él.
También es importante aclarar que aunque la personalidad de todo ser humano se forja sobre todo en los primeros años de su vida, para la gracia de Dios no hay tiempos o límites de actuación, por ello, todo ser humano, en cualquier etapa de su vida, es perfectible.
La clasificación clásica de los diversos caracteres se hace en base a tres factores fundamentales:
a. La emotividad: es una disposición cuya esencia consiste en vibrar interiormente con mayor o menor intensidad frente a los estímulos.
b. La actividad: es una tendencia congénita, íntima y asidua que empuja a obrar y a crearse ocasiones para obrar.
c. La resonancia: es la reacción más o menos prolongada que se produce en la conciencia psicológica, después de una sensación o impresión. Puede ser de dos especies:
* Primaria: es inmediata pero de breve duración.
* Secundaria: la impresión que se da, penetra poco a poco en lo más profundo de la conciencia psicológica y permanece mucho tiempo allí.
A. Carácter Inquieto (Emotivo-noActivo-Primario)
http://es.catholic.net/familiayvida/157/2919/articulo.php?id=34689
B. Carácter Reflexivo (Emotivo-noActivo-Secundario)
http://es.catholic.net/familiayvida/157/2919/articulo.php?id=34691
C. Carácter Dinámico ( Emotivo-Activo-Primario)
http://es.catholic.net/familiayvida/157/2919/articulo.php?id=34692
D. Carácter Apasionado (Emotivo-Activo-Secundario)
http://es.catholic.net/familiayvida/157/2919/articulo.php?id=34694
E. Carácter Realista (noEmotivo-Activo-Primario)
http://es.catholic.net/familiayvida/157/2919/articulo.php?id=34696
F. Carácter Férreo (noEmotivo-noActivo-Primario)
http://es.catholic.net/familiayvida/157/2919/articulo.php?id=34697
G. Carácter Adapatable ( noEmotivo-Activo-Secundario)
http://es.catholic.net/familiayvida/157/2919/articulo.php?id=34699
H. Carácter Conservador (noEmotivo-noActivo-Secundario)
http://es.catholic.net/familiayvida/157/2919/articulo.php?id=34700
DINAMICA
Cada pareja llenará en forma individual el cuestionario para el Estudio del Carácter con el fin de determinar qué tipo de carácter tiene cada uno. Así mismo lo aplicarán a cada uno de sus hijos lo que les dará una visión más clara de la composición familiar con relación al carácter.
Para responder el cuestionario:
Cada número encierra tres preguntas que expresan modos diferentes de actuar.
En la columna “Evaluación del Sujeto” anote en el guión el número de referencia que mejor describa su conducta ordinaria.
Si no puede decidirse por una de las preguntas, escoja la que más le pueda describir. Pero no deje espacios en blanco.
Al final sume la columna de “Evaluación del Sujeto” y divídalo por 10 y obtendrá la evaluación de ese aspecto.
Un carácter será emotivo si tiene una puntuación de cinco o más de cinco. Si es más de ocho se considera muy emotivo.
Un carácter es no emotivo si tiene una puntuación inferior a cinco. Si es inferior a tres, se considerará específicamente no emotivo.
Lo mismo cabe decir en relación con la actividad y no actividad.
Para la resonancia, el carácter será secundario si se obtiene una puntuación de cinco o más de cinco. Y será primario si es inferior a cinco.
Para descargar el Cuestionario
Http://es.catholic.net/catholic_db/archivosWord_db/cuestionario_del_caracter.doc
Cada persona es como es, como Dios la hizo y con la historia de su vida. Puede ser una persona que tiene una fuerza de voluntad enorme, o una que tiene una voluntad débil; una con una inteligencia clara, viva, ágil, o una que hay que decirle las cosas con mucha sencillez y claridad porque no capta fácilmente las ideas. Hay la persona activa y la dada a la inactividad. El emotivo y el no emotivo. Estos rasgos constituyen el temperamento con que todo ser humano nace, pero que moldea, ajusta o perfecciona, de acuerdo a la educación y experiencias que tiene durante toda su vida, formando así su carácter y personalidad, que viene siendo la manera de ser habitual de la persona, lo que le diferencia de los demás.
El Temperamento. Es un fenómeno de la naturaleza emocional de un individuo que condiciona sus reacciones psicológicas y fisiológicas. Incluye la susceptibilidad a la estimulación emocional, la velocidad e intensidad con que habitualmente reacciona, la cualidad del estado de ánimo dominante y sus características. El temperamento es lo que la persona ha recibido de la naturaleza, pero no es todo el individuo. Se tiene que considerar lo que se conquista por la educación y por la propia experiencia. "El hecho de que el temperamento esté fundamentalmente determinado por la herencia no supone que sea inmodificable y esto es importante de tener en cuenta" (Felix Acha Irizar, Introducción a la Psicología, p. 205). La integración de todos los rasgos y características del individuo (somáticas, intelectuales, temperamentales), las condiciones ambientales y las experiencias afectivas y educacionales que experimente, van a determinar su propia forma de comportarse.
El Carácter. Incluye el temperamento y además todos los elementos adquiridos que lo especifican de una manera determinada, esto es, la modificación del temperamento por la educación y el trabajo de la voluntad, y consolidado por el hábito y las experiencias vividas.
Es importante el estudio de los caracteres para tener un conocimiento básico de las cualidades y posibles defectos del formando y así poderle ayudar a potenciar los talentos que ha recibido de Dios. Pero es conveniente señalar que nunca se debe hacer un juicio precipitado o definitivo sobre el carácter de la persona, porque ningún carácter existe puro en la realidad; generalmente se hayan mezclados y con matices muy diversos. Lo importante es conocer los rasgos generales de los caracteres tipo para que el formador los tenga como guía para su observación.
La ciencia que se encarga del estudio de los diferentes caracteres es la caracteriología. Esta ciencia tiene por objeto determinar los distintos caracteres sin dar un juicio sobre ellos. No se trata de saber si uno es mejor que el otro, o si uno tiene más o menos valor, pues todo carácter tiene sus ventajas y sus inconvenientes.
Es importante señalar que a cada tipo de carácter se le puede y debe potenciar: al que haya recibido un talento se le pedirán cuentas de ese único talento que recibió, al que haya recibido cinco tendrá que rendir cuentas de esos cinco. Lo esencial no radica en el carácter que tenga el dirigido sino lo que logre hacer con él. No es el carácter lo que en sí mismo tiene valor, sino el hombre que lo tiene y sabe usarlo para sacar un mayor provecho de él.
También es importante aclarar que aunque la personalidad de todo ser humano se forja sobre todo en los primeros años de su vida, para la gracia de Dios no hay tiempos o límites de actuación, por ello, todo ser humano, en cualquier etapa de su vida, es perfectible.
La clasificación clásica de los diversos caracteres se hace en base a tres factores fundamentales:
a. La emotividad: es una disposición cuya esencia consiste en vibrar interiormente con mayor o menor intensidad frente a los estímulos.
b. La actividad: es una tendencia congénita, íntima y asidua que empuja a obrar y a crearse ocasiones para obrar.
c. La resonancia: es la reacción más o menos prolongada que se produce en la conciencia psicológica, después de una sensación o impresión. Puede ser de dos especies:
* Primaria: es inmediata pero de breve duración.
* Secundaria: la impresión que se da, penetra poco a poco en lo más profundo de la conciencia psicológica y permanece mucho tiempo allí.
A. Carácter Inquieto (Emotivo-noActivo-Primario)
http://es.catholic.net/familiayvida/157/2919/articulo.php?id=34689
B. Carácter Reflexivo (Emotivo-noActivo-Secundario)
http://es.catholic.net/familiayvida/157/2919/articulo.php?id=34691
C. Carácter Dinámico ( Emotivo-Activo-Primario)
http://es.catholic.net/familiayvida/157/2919/articulo.php?id=34692
D. Carácter Apasionado (Emotivo-Activo-Secundario)
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E. Carácter Realista (noEmotivo-Activo-Primario)
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F. Carácter Férreo (noEmotivo-noActivo-Primario)
http://es.catholic.net/familiayvida/157/2919/articulo.php?id=34697
G. Carácter Adapatable ( noEmotivo-Activo-Secundario)
http://es.catholic.net/familiayvida/157/2919/articulo.php?id=34699
H. Carácter Conservador (noEmotivo-noActivo-Secundario)
http://es.catholic.net/familiayvida/157/2919/articulo.php?id=34700
DINAMICA
Cada pareja llenará en forma individual el cuestionario para el Estudio del Carácter con el fin de determinar qué tipo de carácter tiene cada uno. Así mismo lo aplicarán a cada uno de sus hijos lo que les dará una visión más clara de la composición familiar con relación al carácter.
Para responder el cuestionario:
Cada número encierra tres preguntas que expresan modos diferentes de actuar.
En la columna “Evaluación del Sujeto” anote en el guión el número de referencia que mejor describa su conducta ordinaria.
Si no puede decidirse por una de las preguntas, escoja la que más le pueda describir. Pero no deje espacios en blanco.
Al final sume la columna de “Evaluación del Sujeto” y divídalo por 10 y obtendrá la evaluación de ese aspecto.
Un carácter será emotivo si tiene una puntuación de cinco o más de cinco. Si es más de ocho se considera muy emotivo.
Un carácter es no emotivo si tiene una puntuación inferior a cinco. Si es inferior a tres, se considerará específicamente no emotivo.
Lo mismo cabe decir en relación con la actividad y no actividad.
Para la resonancia, el carácter será secundario si se obtiene una puntuación de cinco o más de cinco. Y será primario si es inferior a cinco.
Para descargar el Cuestionario
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viernes, 29 de agosto de 2008
10.A.- CARACTER INQUIETO.
A. Carácter Inquieto (Emotivo-noActivo-Primario)
Una persona con carácter Inquieto es idealista y muy sensible, siente la necesidad de tener emociones y de vivir intensamente.
1. Descripción de los rasgos más característicos.
Una persona con carácter Inquieto es idealista y muy sensible, siente la necesidad de tener emociones y de vivir intensamente. Por su emotividad, su reacción a las impresiones es inmediata e impulsiva, cambia de humor según la emoción del momento, pasa del entusiasmo al desaliento, de la alegría a la tristeza y del amor al odio.
Busca resultados inmediatos y que no impliquen mucho esfuerzo, le resulta muy difícil centrarse en el trabajo. Es perezoso, distraído, inconstante e irreflexivo. Tiene pocos intereses intelectuales. Está mal dotado para la comprensión, la memorización, la abstracción y el razonamiento lógico.
Su inteligencia es más intuitiva que lógica. Tiene una gran predisposición para la literatura, poesía y las bellas artes. Destaca por su imaginación viva y la expresión espontánea.
Entre sus potencialidades se puede decir que es sumamente sensible a la belleza, su comportamiento social es agradable y generoso lo cual le hace tener muchos amigos, aunque sean superficiales. Es delicado, alegre; generalmente optimista y afable. La emotividad es su fuerza. Su valor dominante es la diversión, la alegría de vivir el momento actual.
La mayor limitación caracterológica es su movilidad tanto sentimental como de humor. A veces quiere huir de sí mismo, a base del alcohol o de los amigos, por esa emotividad que le impide sistematizar su vida.
2. Comportamiento religioso.
El inquieto experimenta el contacto con Dios de una manera rápida, muchas veces con mucha fantasía. Este tipo de carácter se siente atraído hacia el ideal religioso. Experimenta una potente necesidad de amar y de imitar a alguien, sin embargo, por ser no activo, no está predispuesto al esfuerzo que supone el servicio de Dios o del prójimo.
Siente la piedad como emoción religiosa y frecuentemente bajo un punto de vista estético o poético. Ama la oración breve y personal que le conmueva. No tiene aptitudes para la meditación, o se distrae, o se duerme. No hace reflexión evangélica, sino que lee el Evangelio como una novela, por esa hambre de emociones y de imágenes rápidas.
Su religiosidad es superficial. Las pruebas: enfermedades, decepciones, la muerte de un amigo, le pueden ayudar a volver momentáneamente hacia Dios, pero su vida no cambia realmente porque sus reacciones son fugaces. A este carácter espontáneo, movedizo y cambiante le resultan duros los compromisos metódicos, la disciplina, los horarios.
No puede estar tranquilo. Sometido a la inspiración del momento, se distrae o se aburre. Le cuesta la vida espiritual y el apostolado organizado. Si se afirma que la santidad consiste en la constancia de hacer la voluntad de Dios, la santidad del nervioso consistirá en la constancia de levantarse de sus inconstancias en el cumplimiento de la voluntad de Dios.
El inquieto está muy expuesto a la incontinencia sexual. Muchas de sus excitaciones terminan en pecado, dada su gran impulsividad, sobre todo cuando se trata de jóvenes. Debido a su gran sensibilidad por la belleza, su afán de novedad y su desmesurada vanidad, busca en el amor sensaciones pasajeras y no la fidelidad de un amor profundo.
3. Pedagogía pastoral.
La iglesia cuenta con grandes santos con este carácter, por ejemplo san Francisco de Asís que, con el amor personal a Jesucristo, encontró un fundamental apoyo para su santificación personal y para influir en la vida de la Iglesia.
a. Flexibilidad y constancia.
El formador requiere de mucha prudencia para no herir la gran susceptibilidad de este tipo de carácter. Hay que escucharlo y acogerlo con paciencia y comprensión. El formador debe mostrarse acogedor, cordial, lleno de confianza y dispuesto siempre a animarle. Su dirección espiritual debe ser flexible pero constante.
Si el orientado es inquieto y en la dirección espiritual siente que se le oprime, fácilmente puede explotar. Por una parte, no hay que aplastarle con brusquedades o ironías, y, mucho menos, ridiculizar su nerviosismo. Pero tampoco hay que favorecer su egocentrismo o dejar que sea esclavo de sus nervios. Tan mala es una dirección espiritual severa como una blanda, ambas corren el riesgo de hundirle en un sentimiento de rebelión o de provocar fugas o agresiones.
Se le debe ayudar a conocerse; de un modo afable, no hiriente, hacerle ver las dificultades de su carácter. Si el formador es hiriente o brusco acaba con toda posibilidad de relación, hay que apoyarle para que el mismo descubra los aspectos negativos de su carácter y sugerirle los medios para controlarlo.
El formador puede tener mucha influencia en su vida, ya que este tipo de carácter siente fácilmente la influencia positiva de las personas, a las que intenta luego imitar. Experimenta la necesidad de la dirección espiritual y quiere colaborar, porque es generoso, además le gustan las conversaciones espirituales.
b. Metas cortas y atractivas.
Es necesario habituarle al esfuerzo personal y progresivo porque le cuesta el trabajo sistemático. Por ser muy primario, el nervioso se desanima pronto, hay que ayudarle a disciplinar su trabajo, a centrarse en lo que hace y a organizarse.
Hay que darle metas escalonadas. Eso ayuda mucho. A un inquieto se le deben proponer programas mensuales o semestrales; incluso, ponerle medios dinámicos para lograrlas, no medios fríos. No se puede abusar de su esfuerzo porque, al contar con bases poco profundas, se puede desmoronar fácilmente. Un esfuerzo por metas y medios ágiles es la clave para su perseverancia y superación.
c. Dominio interior.
Firmeza para lograr el dominio de sí mismo, es un objetivo importante que se debe lograr. Si se le deja actuar a su antojo puede llegar el momento en que se convierta en un esquizofrénico. Es esencial acostumbrarle a ser reflexivo, no dejarle actuar a lo primero que le salga o a lo primero que se le ocurra. Acostumbrarle a reflexionar antes de hablar y de actuar; que domine esos movimientos desordenados primarios. Aconsejarle una metódica y constante disciplina para salir de su precipitación, ligereza e inconstancia. Que trabaje en el desarrollo de hábitos de la puntualidad, el orden, y la responsabilidad en el trabajo.
El dominio propio y la pureza de intención acabarán progresivamente con sus errores y le pondrán en el camino de Dios. Darle confianza, que se convenza de que puede lograr ese dominio interior profundo. Su formación espiritual deberá centrarse en el desarrollo y control de su emotividad.
d. Reflexionar en las actitudes.
Hay que orientar al inquieto sobre el verdadero sentido del pecado, esto es, que vea su pecado en relación con Dios y no en relación consigo mismo. Luego hay que dirigirle para que reflexione en sus actitudes, porque muchas veces el nervioso analiza sólo lo que ha hecho y no por qué lo ha hecho.
El formador normalmente ve lo exterior y con frecuencia esto le puede mortificar. No hay que fijarse tanto en las faltas que pueden resultar innumerables. Un nervioso hace tantas tonterías que impacienta a cualquiera. Hay que ayudarle a profundizar en las actitudes que producen esas constantes fallas para que ponga soluciones de raíz.
En el campo de la sexualidad y castidad hay que orientarle hacia la calma y el sentido de responsabilidad personal. Todo debe encaminarse hacia las actitudes y el sentido de responsabilidad y de reflexión.
e. El apostolado.
Finalmente se debe encauzar su inquietud y fuerza pasional hacia el apostolado. Su generosidad le puede llevar al sacrificio; su afectividad, a darse y a amar si se le presenta un ideal noble y elevado.
A un nervioso hay que darle responsabilidades, que trabaje, que desarrolle su inquietud en labores perdurables. Pero es necesaria la supervisión, no conviene dejarlo solo por su inconstancia, porque vuelve al egocentrismo y a realizar lo que su capricho le dictamina.
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Una persona con carácter Inquieto es idealista y muy sensible, siente la necesidad de tener emociones y de vivir intensamente.
1. Descripción de los rasgos más característicos.
Una persona con carácter Inquieto es idealista y muy sensible, siente la necesidad de tener emociones y de vivir intensamente. Por su emotividad, su reacción a las impresiones es inmediata e impulsiva, cambia de humor según la emoción del momento, pasa del entusiasmo al desaliento, de la alegría a la tristeza y del amor al odio.
Busca resultados inmediatos y que no impliquen mucho esfuerzo, le resulta muy difícil centrarse en el trabajo. Es perezoso, distraído, inconstante e irreflexivo. Tiene pocos intereses intelectuales. Está mal dotado para la comprensión, la memorización, la abstracción y el razonamiento lógico.
Su inteligencia es más intuitiva que lógica. Tiene una gran predisposición para la literatura, poesía y las bellas artes. Destaca por su imaginación viva y la expresión espontánea.
Entre sus potencialidades se puede decir que es sumamente sensible a la belleza, su comportamiento social es agradable y generoso lo cual le hace tener muchos amigos, aunque sean superficiales. Es delicado, alegre; generalmente optimista y afable. La emotividad es su fuerza. Su valor dominante es la diversión, la alegría de vivir el momento actual.
La mayor limitación caracterológica es su movilidad tanto sentimental como de humor. A veces quiere huir de sí mismo, a base del alcohol o de los amigos, por esa emotividad que le impide sistematizar su vida.
2. Comportamiento religioso.
El inquieto experimenta el contacto con Dios de una manera rápida, muchas veces con mucha fantasía. Este tipo de carácter se siente atraído hacia el ideal religioso. Experimenta una potente necesidad de amar y de imitar a alguien, sin embargo, por ser no activo, no está predispuesto al esfuerzo que supone el servicio de Dios o del prójimo.
Siente la piedad como emoción religiosa y frecuentemente bajo un punto de vista estético o poético. Ama la oración breve y personal que le conmueva. No tiene aptitudes para la meditación, o se distrae, o se duerme. No hace reflexión evangélica, sino que lee el Evangelio como una novela, por esa hambre de emociones y de imágenes rápidas.
Su religiosidad es superficial. Las pruebas: enfermedades, decepciones, la muerte de un amigo, le pueden ayudar a volver momentáneamente hacia Dios, pero su vida no cambia realmente porque sus reacciones son fugaces. A este carácter espontáneo, movedizo y cambiante le resultan duros los compromisos metódicos, la disciplina, los horarios.
No puede estar tranquilo. Sometido a la inspiración del momento, se distrae o se aburre. Le cuesta la vida espiritual y el apostolado organizado. Si se afirma que la santidad consiste en la constancia de hacer la voluntad de Dios, la santidad del nervioso consistirá en la constancia de levantarse de sus inconstancias en el cumplimiento de la voluntad de Dios.
El inquieto está muy expuesto a la incontinencia sexual. Muchas de sus excitaciones terminan en pecado, dada su gran impulsividad, sobre todo cuando se trata de jóvenes. Debido a su gran sensibilidad por la belleza, su afán de novedad y su desmesurada vanidad, busca en el amor sensaciones pasajeras y no la fidelidad de un amor profundo.
3. Pedagogía pastoral.
La iglesia cuenta con grandes santos con este carácter, por ejemplo san Francisco de Asís que, con el amor personal a Jesucristo, encontró un fundamental apoyo para su santificación personal y para influir en la vida de la Iglesia.
a. Flexibilidad y constancia.
El formador requiere de mucha prudencia para no herir la gran susceptibilidad de este tipo de carácter. Hay que escucharlo y acogerlo con paciencia y comprensión. El formador debe mostrarse acogedor, cordial, lleno de confianza y dispuesto siempre a animarle. Su dirección espiritual debe ser flexible pero constante.
Si el orientado es inquieto y en la dirección espiritual siente que se le oprime, fácilmente puede explotar. Por una parte, no hay que aplastarle con brusquedades o ironías, y, mucho menos, ridiculizar su nerviosismo. Pero tampoco hay que favorecer su egocentrismo o dejar que sea esclavo de sus nervios. Tan mala es una dirección espiritual severa como una blanda, ambas corren el riesgo de hundirle en un sentimiento de rebelión o de provocar fugas o agresiones.
Se le debe ayudar a conocerse; de un modo afable, no hiriente, hacerle ver las dificultades de su carácter. Si el formador es hiriente o brusco acaba con toda posibilidad de relación, hay que apoyarle para que el mismo descubra los aspectos negativos de su carácter y sugerirle los medios para controlarlo.
El formador puede tener mucha influencia en su vida, ya que este tipo de carácter siente fácilmente la influencia positiva de las personas, a las que intenta luego imitar. Experimenta la necesidad de la dirección espiritual y quiere colaborar, porque es generoso, además le gustan las conversaciones espirituales.
b. Metas cortas y atractivas.
Es necesario habituarle al esfuerzo personal y progresivo porque le cuesta el trabajo sistemático. Por ser muy primario, el nervioso se desanima pronto, hay que ayudarle a disciplinar su trabajo, a centrarse en lo que hace y a organizarse.
Hay que darle metas escalonadas. Eso ayuda mucho. A un inquieto se le deben proponer programas mensuales o semestrales; incluso, ponerle medios dinámicos para lograrlas, no medios fríos. No se puede abusar de su esfuerzo porque, al contar con bases poco profundas, se puede desmoronar fácilmente. Un esfuerzo por metas y medios ágiles es la clave para su perseverancia y superación.
c. Dominio interior.
Firmeza para lograr el dominio de sí mismo, es un objetivo importante que se debe lograr. Si se le deja actuar a su antojo puede llegar el momento en que se convierta en un esquizofrénico. Es esencial acostumbrarle a ser reflexivo, no dejarle actuar a lo primero que le salga o a lo primero que se le ocurra. Acostumbrarle a reflexionar antes de hablar y de actuar; que domine esos movimientos desordenados primarios. Aconsejarle una metódica y constante disciplina para salir de su precipitación, ligereza e inconstancia. Que trabaje en el desarrollo de hábitos de la puntualidad, el orden, y la responsabilidad en el trabajo.
El dominio propio y la pureza de intención acabarán progresivamente con sus errores y le pondrán en el camino de Dios. Darle confianza, que se convenza de que puede lograr ese dominio interior profundo. Su formación espiritual deberá centrarse en el desarrollo y control de su emotividad.
d. Reflexionar en las actitudes.
Hay que orientar al inquieto sobre el verdadero sentido del pecado, esto es, que vea su pecado en relación con Dios y no en relación consigo mismo. Luego hay que dirigirle para que reflexione en sus actitudes, porque muchas veces el nervioso analiza sólo lo que ha hecho y no por qué lo ha hecho.
El formador normalmente ve lo exterior y con frecuencia esto le puede mortificar. No hay que fijarse tanto en las faltas que pueden resultar innumerables. Un nervioso hace tantas tonterías que impacienta a cualquiera. Hay que ayudarle a profundizar en las actitudes que producen esas constantes fallas para que ponga soluciones de raíz.
En el campo de la sexualidad y castidad hay que orientarle hacia la calma y el sentido de responsabilidad personal. Todo debe encaminarse hacia las actitudes y el sentido de responsabilidad y de reflexión.
e. El apostolado.
Finalmente se debe encauzar su inquietud y fuerza pasional hacia el apostolado. Su generosidad le puede llevar al sacrificio; su afectividad, a darse y a amar si se le presenta un ideal noble y elevado.
A un nervioso hay que darle responsabilidades, que trabaje, que desarrolle su inquietud en labores perdurables. Pero es necesaria la supervisión, no conviene dejarlo solo por su inconstancia, porque vuelve al egocentrismo y a realizar lo que su capricho le dictamina.
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jueves, 28 de agosto de 2008
10,B.-CARACTER REFLEXIVO
B. Carácter Reflexivo (Emotivo-noActivo-Secundario)
El reflexivo es introvertido e inclinado hacia la vida interior. Sensible, templado, tenaz, auténtico, audaz, con piedad profunda
1. Descripción de los rasgos más característicos.
El reflexivo es introvertido e inclinado hacia la vida interior. Sensible, templado, tenaz, auténtico, audaz, con piedad profunda.
Por ser emotivo, los reproches le duelen hondamente, estos le pueden causar un complejo o una represión obsesiva o una sensación de fracaso. Percibe profundamente cualquier impresión, tanto si es buena como si es mala, alegre o triste. La medita lentamente y la revive una y otra vez.
No busca impresiones nuevas, le gusta ser conservador y cuando la vida le presenta una nueva experiencia le cuesta trabajo adaptarse a ella. Es idealista, pero en forma reservada y moderada. Le atrae lo estético.
Es vulnerable, tímido, pesimista, indeciso, con poco sentido práctico. Es una persona que desconfía de sí mismo. Tiende a la inactividad, al aislamiento, al aburrimiento. Está lleno de costumbres y manías.
El reflexivo tiene escasa aptitud para emprender, para la organización lógica y para la abstracción. Trabaja con interés, orden y método y le gusta hacer las cosas bien; sin embargo se desalienta pronto ante las dificultades, desconfía de sus posibilidades y es lento, tanto en la concepción como en la realización de las tareas. Tiene problemas para adaptarse a nuevas actividades y para el esfuerzo prolongado.
Vive muy apegado al pasado, en el cual se refugia muchas veces, mientras que por otra parte se preocupa de organizar "con la imaginación" su porvenir. Sus proyectos e iniciativas se quedan siempre en el estado de aspiración y de sueño.
Es delicado, muy fiel y constante en el afecto, amante de la soledad y el silencio. Muy recto, honrado, veraz. Con poco se contenta, no es nada ambicioso. Da mucho valor a la vida sencilla y pura. Está predispuesto a la comprensión de los demás, porque es reflexivo, procede con mucha calma y posee un espíritu muy noble y delicado.
Su poca actividad provoca en él la necesidad de una vida reposada, regular, bastante egoísta. Más que el instinto sexual, el verdadero peligro para la castidad del reflexivo consiste en la tendencia y en la necesidad de afecto.
2. Comportamiento religioso.
En el campo espiritual, el reflexivo se siente muy atraído por su introspección hacia Dios de una manera íntima y profunda. Se siente atraído por todo lo que es estable, profundo; por tanto, por el Absoluto.
Por ser emotivo, es sensible al amor de Dios, y por ser secundario se inclina a la vida interior y a la constancia. Sin embargo, apoya su vida espiritual en el sentimiento y no en elementos estables; así se deja llevar fácilmente por estados de ánimo de tristeza, alegría, desaliento y escrúpulos. Como es muy escrupuloso y tiene muchos recuerdos del pasado, manifiesta sentimiento de culpabilidad por lo que hay que hacerle ver que también existe la misericordia.
3. Pedagogía pastoral.
El santo Cura de Ars es ejemplo de este carácter. El reflexivo, por medio de una acertada dirección espiritual, puede llegar a ser un gran santo, sobre todo porque uno de sus rasgos más característicos es su profunda vida interior.
a. Actitud del formador.
El reflexivo está inclinado a la intimidad y la veracidad, va a la dirección espiritual en busca de comprensión y de cariño. Puesto que es muy sensible a la influencia de otra persona y del ambiente en que vive, el formador tiene una enorme responsabilidad en el aspecto humano; requiere tener una gran delicadeza de trato, una profunda comprensión y una paciencia ilimitada. Siempre que sea posible se le debe ofrecer la ocasión para expresarse libremente y a sus anchas; que nunca tenga la impresión de que se le apresura o de que cansa escucharle.
El reflexivo necesita acogida. El formador debe ofrecerle cariño, comprensión y bondad; debe ser un apoyo para él, pero sin exageraciones, para evitar el apego excesivo.
b. Seguridad y proyección a los demás.
Crear y mantener un clima de confianza y comprensión es la única manera de salvar al reflexivo de sus complejos. Hay que infundirle confianza en sí mismo valorando los menores éxitos y restando importancia a los fracasos, con el fin de que sea más optimista.
Tiene una gran capacidad de amar y de ser amado por lo que hay que saber explotar esta fuerza. Que salga del propio yo y se proyecte hacia los demás porque el amor, por definición, es donación permanente. Descubrirle la alegría y satisfacción de la entrega, que se sienta feliz de darse, porque tiene capacidad de amar intensamente. Educarle a amar bien; no a amar para ser amado, con interés egoísta.
Todo el trabajo del formador con el reflexivo deberá consistir en suscitar la transformación del amor "humano" de amistad, en amor sobrenatural de caridad fraterna. La caridad deberá ser la base de toda su formación.
c. Su vida espiritual.
Se le debe orientar para que apoye su vida espiritual en la bondad y misericordia de Dios, así como en un amor personal a Cristo. Confiar en Dios y amarle personalmente, he ahí la base de su vida espiritual. El reflexivo requiere vitalmente de apoyos seguros, y quién mejor que Dios y el formador.
No se le debe orientar en una ascética negativa que lo deprimiría. Que sea consciente de sus posibilidades, las valore y las aplique en su vida espiritual. Conviene formarle en la abnegación de sí mismo: mortificar la imaginación, luchar contra la tristeza y el análisis desmedido de las propias faltas. Hay que convencerle de que su carácter es el mejor dispuesto para el verdadero espíritu sobrenatural. Alertarlo para que no sea víctima de los escrúpulos.
Puesto que se inclina a la oración personal en el silencio, conviene desarrollar en su alma el contacto íntimo y profundo con Dios. Su meditación ha de convertirse en un coloquio personal y no en un pasatiempo y ocasión de desahogo de las propias penas y de la incomprensión de que se cree víctima; por ello habrá que aconsejarle que se olvide de si mismo en la oración. Ésta deberá proyectarle hacia afuera, con un sentido de entrega y generosidad al servicio de Dios y al prójimo.
d. El apostolado.
El reflexivo goza de magníficas cualidades para el apostolado individual, como son la comprensión y la delicadeza con las almas. Por esto hay que suscitar el gusto y el valor por el apostolado. Goza de una emotividad intensa que, encauzada hacia los demás, se puede convertir en un gran celo apostólico.
Se sensibiliza muy fácilmente con las miserias humanas. Por consiguiente, lleva el apostolado en el propio temperamento. Pero a la vez le faltan cualidades propias de un apóstol: dinamismo, liderazgo, coraje. Por esto habrá que formarle en el sentido de responsabilidad y de iniciativa (sobre todo, esta última le es necesaria), para que llegue a poseer una "personalidad" recia y desarrolle su capacidad de liderazgo.
Cuando se haya convencido al reflexivo de que se dedique al apostolado como un medio para el bien de su alma y la del prójimo, se habrá conseguido el éxito. Con sus dotes positivas, después de una buena formación, estará en condiciones de nutrir, a su vez, a otras muchas almas y convertirse en un excelente formador .
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El reflexivo es introvertido e inclinado hacia la vida interior. Sensible, templado, tenaz, auténtico, audaz, con piedad profunda
1. Descripción de los rasgos más característicos.
El reflexivo es introvertido e inclinado hacia la vida interior. Sensible, templado, tenaz, auténtico, audaz, con piedad profunda.
Por ser emotivo, los reproches le duelen hondamente, estos le pueden causar un complejo o una represión obsesiva o una sensación de fracaso. Percibe profundamente cualquier impresión, tanto si es buena como si es mala, alegre o triste. La medita lentamente y la revive una y otra vez.
No busca impresiones nuevas, le gusta ser conservador y cuando la vida le presenta una nueva experiencia le cuesta trabajo adaptarse a ella. Es idealista, pero en forma reservada y moderada. Le atrae lo estético.
Es vulnerable, tímido, pesimista, indeciso, con poco sentido práctico. Es una persona que desconfía de sí mismo. Tiende a la inactividad, al aislamiento, al aburrimiento. Está lleno de costumbres y manías.
El reflexivo tiene escasa aptitud para emprender, para la organización lógica y para la abstracción. Trabaja con interés, orden y método y le gusta hacer las cosas bien; sin embargo se desalienta pronto ante las dificultades, desconfía de sus posibilidades y es lento, tanto en la concepción como en la realización de las tareas. Tiene problemas para adaptarse a nuevas actividades y para el esfuerzo prolongado.
Vive muy apegado al pasado, en el cual se refugia muchas veces, mientras que por otra parte se preocupa de organizar "con la imaginación" su porvenir. Sus proyectos e iniciativas se quedan siempre en el estado de aspiración y de sueño.
Es delicado, muy fiel y constante en el afecto, amante de la soledad y el silencio. Muy recto, honrado, veraz. Con poco se contenta, no es nada ambicioso. Da mucho valor a la vida sencilla y pura. Está predispuesto a la comprensión de los demás, porque es reflexivo, procede con mucha calma y posee un espíritu muy noble y delicado.
Su poca actividad provoca en él la necesidad de una vida reposada, regular, bastante egoísta. Más que el instinto sexual, el verdadero peligro para la castidad del reflexivo consiste en la tendencia y en la necesidad de afecto.
2. Comportamiento religioso.
En el campo espiritual, el reflexivo se siente muy atraído por su introspección hacia Dios de una manera íntima y profunda. Se siente atraído por todo lo que es estable, profundo; por tanto, por el Absoluto.
Por ser emotivo, es sensible al amor de Dios, y por ser secundario se inclina a la vida interior y a la constancia. Sin embargo, apoya su vida espiritual en el sentimiento y no en elementos estables; así se deja llevar fácilmente por estados de ánimo de tristeza, alegría, desaliento y escrúpulos. Como es muy escrupuloso y tiene muchos recuerdos del pasado, manifiesta sentimiento de culpabilidad por lo que hay que hacerle ver que también existe la misericordia.
3. Pedagogía pastoral.
El santo Cura de Ars es ejemplo de este carácter. El reflexivo, por medio de una acertada dirección espiritual, puede llegar a ser un gran santo, sobre todo porque uno de sus rasgos más característicos es su profunda vida interior.
a. Actitud del formador.
El reflexivo está inclinado a la intimidad y la veracidad, va a la dirección espiritual en busca de comprensión y de cariño. Puesto que es muy sensible a la influencia de otra persona y del ambiente en que vive, el formador tiene una enorme responsabilidad en el aspecto humano; requiere tener una gran delicadeza de trato, una profunda comprensión y una paciencia ilimitada. Siempre que sea posible se le debe ofrecer la ocasión para expresarse libremente y a sus anchas; que nunca tenga la impresión de que se le apresura o de que cansa escucharle.
El reflexivo necesita acogida. El formador debe ofrecerle cariño, comprensión y bondad; debe ser un apoyo para él, pero sin exageraciones, para evitar el apego excesivo.
b. Seguridad y proyección a los demás.
Crear y mantener un clima de confianza y comprensión es la única manera de salvar al reflexivo de sus complejos. Hay que infundirle confianza en sí mismo valorando los menores éxitos y restando importancia a los fracasos, con el fin de que sea más optimista.
Tiene una gran capacidad de amar y de ser amado por lo que hay que saber explotar esta fuerza. Que salga del propio yo y se proyecte hacia los demás porque el amor, por definición, es donación permanente. Descubrirle la alegría y satisfacción de la entrega, que se sienta feliz de darse, porque tiene capacidad de amar intensamente. Educarle a amar bien; no a amar para ser amado, con interés egoísta.
Todo el trabajo del formador con el reflexivo deberá consistir en suscitar la transformación del amor "humano" de amistad, en amor sobrenatural de caridad fraterna. La caridad deberá ser la base de toda su formación.
c. Su vida espiritual.
Se le debe orientar para que apoye su vida espiritual en la bondad y misericordia de Dios, así como en un amor personal a Cristo. Confiar en Dios y amarle personalmente, he ahí la base de su vida espiritual. El reflexivo requiere vitalmente de apoyos seguros, y quién mejor que Dios y el formador.
No se le debe orientar en una ascética negativa que lo deprimiría. Que sea consciente de sus posibilidades, las valore y las aplique en su vida espiritual. Conviene formarle en la abnegación de sí mismo: mortificar la imaginación, luchar contra la tristeza y el análisis desmedido de las propias faltas. Hay que convencerle de que su carácter es el mejor dispuesto para el verdadero espíritu sobrenatural. Alertarlo para que no sea víctima de los escrúpulos.
Puesto que se inclina a la oración personal en el silencio, conviene desarrollar en su alma el contacto íntimo y profundo con Dios. Su meditación ha de convertirse en un coloquio personal y no en un pasatiempo y ocasión de desahogo de las propias penas y de la incomprensión de que se cree víctima; por ello habrá que aconsejarle que se olvide de si mismo en la oración. Ésta deberá proyectarle hacia afuera, con un sentido de entrega y generosidad al servicio de Dios y al prójimo.
d. El apostolado.
El reflexivo goza de magníficas cualidades para el apostolado individual, como son la comprensión y la delicadeza con las almas. Por esto hay que suscitar el gusto y el valor por el apostolado. Goza de una emotividad intensa que, encauzada hacia los demás, se puede convertir en un gran celo apostólico.
Se sensibiliza muy fácilmente con las miserias humanas. Por consiguiente, lleva el apostolado en el propio temperamento. Pero a la vez le faltan cualidades propias de un apóstol: dinamismo, liderazgo, coraje. Por esto habrá que formarle en el sentido de responsabilidad y de iniciativa (sobre todo, esta última le es necesaria), para que llegue a poseer una "personalidad" recia y desarrolle su capacidad de liderazgo.
Cuando se haya convencido al reflexivo de que se dedique al apostolado como un medio para el bien de su alma y la del prójimo, se habrá conseguido el éxito. Con sus dotes positivas, después de una buena formación, estará en condiciones de nutrir, a su vez, a otras muchas almas y convertirse en un excelente formador .
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miércoles, 27 de agosto de 2008
10.C.- CARACTER DINÁMICO
C. Carácter Dinámico ( Emotivo-Activo-Primario)
El Dinámico ha nacido para actuar, la actividad es su verdadera fuerza y, por tanto, la nota predominante de su carácter
1. Descripción de los rasgos más característicos.
La característica más importante de este carácter es la actividad exuberante. El Dinámico ha nacido para actuar, la actividad es su verdadera fuerza y, por tanto, la nota predominante de su carácter.
En la vida social es muy cordial, es popular por su iniciativa y optimismo, por su alegría y buen humor, es muy extrovertido. Susceptible, inquieto, charlatán, es propenso a la mentira por tender a la exageración. Sus reacciones son instantáneas, violentas, necesita respuestas inmediatas, nada a largo plazo.
Este carácter es idealista al máximo, compasivo, generoso y servicial. Incapaz de guardar algún rencor. Es voluble, cambiando fácilmente de gustos y amigos. Suele cambiar de actividad de manera frecuente y caprichosa y sin terminar lo que ha empezado. Busca éxitos inmediatos ya que es incapaz de subordinar sus actos a un fin lejano.
Eleva a verdadera caridad fraterna su innata inclinación a amar. Es muy caritativo con los enfermos. Sin embargo, por su vigor exuberante, peligra en su vida sexual, sobre todo en su afectividad, donde puede conquistar amores poco duraderos o tener caídas graves.
La inteligencia del Dinámico está inclinada a lo concreto, lo inmediato y lo técnico. Es una inteligencia práctica que comprende con rapidez y demuestra capacidad de improvisación. Prefiere el trabajo en equipo al trabajo individual. Tiene espíritu de camaradería: ayuda con gusto a los demás, colabora siempre que puede, aún más, se adelanta y previene los deseos y necesidades de sus compañeros.
2. Comportamiento religioso.
Ama poco la oración, la meditación, la renuncia y la abnegación; prefiere, en cambio, la actividad apostólica. Se inclina a presentar la vida sobrenatural en forma poco exigente y hasta quisiera acomodarla con la vida del "mundo".
Busca una oración inmediata, sentida, pero breve. No le da importancia a la oración porque le interesa más su apostolado. En la oración piensa en el apostolado, por ello sufre muchas distracciones. Cuando ora, lo hace como si predicara a los demás. Prefiere la oración pública: litúrgica, con canto, meditación hecha en común o al aire libre.
Su generosidad natural le lleva a la abnegación y la caridad; está dispuesto a cualquier trabajo, aun cuando le suponga especial sacrificio. Por su gran capacidad de amar, ama las obras de misericordia espirituales y corporales, el apostolado social y misionero. Sin embargo su acción carece de raíces profundas. Se compromete, sin reflexionar suficientemente.
Es poco favorable a la dirección espiritual, porque no le encuentra utilidad. No experimenta la necesidad de pedir consejo, porque, en general, decide por sí mismo. Le cuesta ser humilde, es propenso a hablar de sí; se resiente si fracasa y atribuye los éxitos a su actividad y a sus cualidades.
3. Pedagogía pastoral
San Pedro Apóstol y san Ignacio de Loyola son dos grandes santos que tenían este carácter.
a. Actitud del formador.
El orientado con carácter Dinámico es fácilmente moldeable. Hay que acostumbrarle a dominar sus explosiones temperamentales, convencerle de las desventajas de la extroversión que le llevan a disiparse, que le empujan a actuar según sus tendencias primarias. Hay que lograr que su trabajo converja en un sólo objetivo.
Se debe usar con él un lenguaje directo, pero no hiriente. No chocar con él por el afán de dominarle, sino moldearle con motivos. Si se le trata de imponer algo, fácilmente se puede poner de malhumor. No tiene conciencia de sus limitaciones y hay que dárselas a conocer, pero con mucho cuidado, pues si se le contradice directamente nunca volverá a la dirección espiritual, o por lo menos quedará inhibido y molesto.
Hay que saber potenciar y proyectar a este temperamento. La labor de Cristo con san Pedro es un gran ejemplo; cómo le fue llevando a ser su vicario en la tierra.
b. Su vida espiritual.
Hay que presentarle la vida espiritual para que se convenza de ella y la asimile como santificación personal con miras a su apostolado. Acostumbrarle al gimnasio de la meditación, ayudándole en su lucha contra las distracciones. Enseñarle el diálogo con Cristo, que hable con El de su actividad, de sus preocupaciones, así su oración será personal y su voluntad se irá conformando con la de Dios.
Puesto que es generoso, hay que presentarle la mortificación interior como purificación requerida por el amor de Dios y necesaria para la eficacia apostólica. Acostumbrarle, sobretodo, al silencio y al recogimiento interior.
Expuesto a serios peligros morales, debe habituarse a una vigilancia enérgica, especialmente del corazón y a tener ideas bien claras en materia de castidad. Hay que invitarle a una total sinceridad en la dirección espiritual, a mantener una sólida vida espiritual y ayudarle a la mortificación de los sentidos. Conviene, antes que nada, ayudarle a descubrir las raíces de sus faltas.
c. Apostolado.
El apostolado puede ser su vida, éste le reporta las mayores satisfacciones, pero también es su caballo de Troya, porque puede caer en la herejía de la acción: hacer por hacer. Su acción carece de raíces profundas, porque es irreflexivo y ama poco la oración y la abnegación interior.
Se le debe hacer reflexionar sobre los motivos, el valor y el fin de cada acción que va a realizar, tanto de cara a su santidad como de cara a su vida apostólica. Así frenará la tendencia a actuar por actuar. La actividad es un arma de defensa y de ataque en el Dinámico. En su actividad pone todo su corazón. Por amor se convierte en un gran apóstol, todo lo que le conmueve, lo apoya; además es muy hábil en arrastrar a los demás a la esfera de su actividad y alegría.
Hay que vigilarle de cerca, pero sin ahogar su entusiasmo generoso; es necesario encontrarle objetivos a corto plazo, pues si no dejará todo a medio camino. Hay que acostumbrarle a la reflexión sobre la obra que va a realizar, sobre los fracasos y sobre el porqué de los éxitos logrados. Que realice ejercicios de constancia y que recapacite en el porqué de la interrupción de su trabajo en una obra importante.
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El Dinámico ha nacido para actuar, la actividad es su verdadera fuerza y, por tanto, la nota predominante de su carácter
1. Descripción de los rasgos más característicos.
La característica más importante de este carácter es la actividad exuberante. El Dinámico ha nacido para actuar, la actividad es su verdadera fuerza y, por tanto, la nota predominante de su carácter.
En la vida social es muy cordial, es popular por su iniciativa y optimismo, por su alegría y buen humor, es muy extrovertido. Susceptible, inquieto, charlatán, es propenso a la mentira por tender a la exageración. Sus reacciones son instantáneas, violentas, necesita respuestas inmediatas, nada a largo plazo.
Este carácter es idealista al máximo, compasivo, generoso y servicial. Incapaz de guardar algún rencor. Es voluble, cambiando fácilmente de gustos y amigos. Suele cambiar de actividad de manera frecuente y caprichosa y sin terminar lo que ha empezado. Busca éxitos inmediatos ya que es incapaz de subordinar sus actos a un fin lejano.
Eleva a verdadera caridad fraterna su innata inclinación a amar. Es muy caritativo con los enfermos. Sin embargo, por su vigor exuberante, peligra en su vida sexual, sobre todo en su afectividad, donde puede conquistar amores poco duraderos o tener caídas graves.
La inteligencia del Dinámico está inclinada a lo concreto, lo inmediato y lo técnico. Es una inteligencia práctica que comprende con rapidez y demuestra capacidad de improvisación. Prefiere el trabajo en equipo al trabajo individual. Tiene espíritu de camaradería: ayuda con gusto a los demás, colabora siempre que puede, aún más, se adelanta y previene los deseos y necesidades de sus compañeros.
2. Comportamiento religioso.
Ama poco la oración, la meditación, la renuncia y la abnegación; prefiere, en cambio, la actividad apostólica. Se inclina a presentar la vida sobrenatural en forma poco exigente y hasta quisiera acomodarla con la vida del "mundo".
Busca una oración inmediata, sentida, pero breve. No le da importancia a la oración porque le interesa más su apostolado. En la oración piensa en el apostolado, por ello sufre muchas distracciones. Cuando ora, lo hace como si predicara a los demás. Prefiere la oración pública: litúrgica, con canto, meditación hecha en común o al aire libre.
Su generosidad natural le lleva a la abnegación y la caridad; está dispuesto a cualquier trabajo, aun cuando le suponga especial sacrificio. Por su gran capacidad de amar, ama las obras de misericordia espirituales y corporales, el apostolado social y misionero. Sin embargo su acción carece de raíces profundas. Se compromete, sin reflexionar suficientemente.
Es poco favorable a la dirección espiritual, porque no le encuentra utilidad. No experimenta la necesidad de pedir consejo, porque, en general, decide por sí mismo. Le cuesta ser humilde, es propenso a hablar de sí; se resiente si fracasa y atribuye los éxitos a su actividad y a sus cualidades.
3. Pedagogía pastoral
San Pedro Apóstol y san Ignacio de Loyola son dos grandes santos que tenían este carácter.
a. Actitud del formador.
El orientado con carácter Dinámico es fácilmente moldeable. Hay que acostumbrarle a dominar sus explosiones temperamentales, convencerle de las desventajas de la extroversión que le llevan a disiparse, que le empujan a actuar según sus tendencias primarias. Hay que lograr que su trabajo converja en un sólo objetivo.
Se debe usar con él un lenguaje directo, pero no hiriente. No chocar con él por el afán de dominarle, sino moldearle con motivos. Si se le trata de imponer algo, fácilmente se puede poner de malhumor. No tiene conciencia de sus limitaciones y hay que dárselas a conocer, pero con mucho cuidado, pues si se le contradice directamente nunca volverá a la dirección espiritual, o por lo menos quedará inhibido y molesto.
Hay que saber potenciar y proyectar a este temperamento. La labor de Cristo con san Pedro es un gran ejemplo; cómo le fue llevando a ser su vicario en la tierra.
b. Su vida espiritual.
Hay que presentarle la vida espiritual para que se convenza de ella y la asimile como santificación personal con miras a su apostolado. Acostumbrarle al gimnasio de la meditación, ayudándole en su lucha contra las distracciones. Enseñarle el diálogo con Cristo, que hable con El de su actividad, de sus preocupaciones, así su oración será personal y su voluntad se irá conformando con la de Dios.
Puesto que es generoso, hay que presentarle la mortificación interior como purificación requerida por el amor de Dios y necesaria para la eficacia apostólica. Acostumbrarle, sobretodo, al silencio y al recogimiento interior.
Expuesto a serios peligros morales, debe habituarse a una vigilancia enérgica, especialmente del corazón y a tener ideas bien claras en materia de castidad. Hay que invitarle a una total sinceridad en la dirección espiritual, a mantener una sólida vida espiritual y ayudarle a la mortificación de los sentidos. Conviene, antes que nada, ayudarle a descubrir las raíces de sus faltas.
c. Apostolado.
El apostolado puede ser su vida, éste le reporta las mayores satisfacciones, pero también es su caballo de Troya, porque puede caer en la herejía de la acción: hacer por hacer. Su acción carece de raíces profundas, porque es irreflexivo y ama poco la oración y la abnegación interior.
Se le debe hacer reflexionar sobre los motivos, el valor y el fin de cada acción que va a realizar, tanto de cara a su santidad como de cara a su vida apostólica. Así frenará la tendencia a actuar por actuar. La actividad es un arma de defensa y de ataque en el Dinámico. En su actividad pone todo su corazón. Por amor se convierte en un gran apóstol, todo lo que le conmueve, lo apoya; además es muy hábil en arrastrar a los demás a la esfera de su actividad y alegría.
Hay que vigilarle de cerca, pero sin ahogar su entusiasmo generoso; es necesario encontrarle objetivos a corto plazo, pues si no dejará todo a medio camino. Hay que acostumbrarle a la reflexión sobre la obra que va a realizar, sobre los fracasos y sobre el porqué de los éxitos logrados. Que realice ejercicios de constancia y que recapacite en el porqué de la interrupción de su trabajo en una obra importante.
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martes, 26 de agosto de 2008
10.D.- CARACTER APASIONADO
D. Carácter Apasionado (Emotivo-Activo-Secundario)
Uno de los caracteres más ricos. La vida del apasionado está hecha fundamentalmente de sacrificio, toma muy en serio cosas tan vitales como la familia, la patria, la religión
1. Descripción de los rasgos más característicos.
Uno de los caracteres más ricos. La vida del apasionado está hecha fundamentalmente de sacrificio, toma muy en serio cosas tan vitales como la familia, la patria, la religión. La persona de este carácter es servicial, honorable, amante de la sociedad. Está dotado de una comprensión inteligente para cualquier tipo de problemas y es compasivo con la debilidad, pena o aflicción ajena.
Es, así mismo, dominador, ambicioso, apto para mandar. A veces fanático e impaciente, hasta agresivo. Peca de temeridad arrastrando a los demás consigo. Se deja guiar por la regla y por la razón, que considera como normas supremas de su obrar. De aquí que observe el orden de una manera meticulosa. Puede convertirse en un hombre o mujer severa, dura, obstinada, de las que atosigan con el ejercicio de su autoridad.
Organiza jerárquicamente su vida afectiva y es generalmente reservado. Tiene una gran capacidad de trabajo, y ese trabajo tiene como base la responsabilidad; se concentra en lo que hace y es constante y organizado. Está siempre orientado hacia la acción que desea resulte lo más perfecta posible y, generalmente, consigue llevarla a feliz término. Es además puntual y de conducta honorable.
El exceso de orden, indiferencia por los deportes, poca resistencia física, desinterés por las artes son otros rasgos de este carácter. La inteligencia del apasionado es muy apta para la abstracción y el razonamiento lógico. Sus intereses intelectuales son de carácter social, metafísico y religioso. Posee capacidad inventiva, gran memoria, buena atención, imaginación y comprensión. Prefiere trabajar solo.
La misma seriedad en lo que emprende ya constituye por sí misma una valiosa ayuda tanto para su castidad personal como en el trato con el otro sexo. Sin embargo, por su orgullo mantiene una excesiva seguridad en sí mismo que le puede hacer caer en la sensualidad y en fallas graves en el campo de la sexualidad.
2. Comportamiento religioso.
El carácter apasionado tiene un profundo espíritu religioso; anhela vivir con sinceridad y coherencia su propia fe. Comprende y siente la necesidad del ideal religioso. Se apasiona por los problemas espirituales. Posee una verdadera piedad y caridad cristianas.
Sus aptitudes le permiten aceptar un ideal elevado y sobrenatural y ser fiel al mismo, aun a costa de un esfuerzo duro y continuo. No se deja dominar por los placeres de los sentidos. Caracteriológicamente hablando, es el que está mejor dispuesto para aceptar y ser consecuente con los principios que impone la religión, especialmente en la vida práctica; no una religión vaga, meramente teórica basada en el sentimiento, sino en acciones nobles y en el esfuerzo continuo. Pero, por ser orgulloso, no acepta el servicio humilde, "yo he nacido sólo para cosas grandes"´ suele pensar.
Experimenta la necesidad de un contacto íntimo con Dios. En la oración se pone a disposición de Dios para trabajar por su Reino, porque lleva el sentido de la grandeza de Dios. Pero en esa oración busca más el objetivo que ha de alcanzar con su actividad que la fuente de donde ha de sacar los recursos para vivificarla sobrenaturalmente.
Además del innato sentimiento religioso, posee una clara disposición a orientar sus acciones y su misma vida al servicio de Dios; es muy generoso y la sobriedad en los placeres de los sentidos le facilita el progreso espiritual. Su orgullo es, sin embargo, su gran defecto, que se manifiesta en la falta de docilidad, en la excesiva confianza en sí mismo, en la independencia de Dios y de los directores en el apostolado.
3. Pedagogía pastoral.
Este es el carácter que más santos ha dado a la Iglesia, como un san Agustín, que de una juventud pecaminosa pasó a una vida llena de amor purismo a Dios. San Bernardo, santa Teresa de Ávila, san Francisco Javier, san Juan Bosco, santo Tomás de Aquino, por mencionar algunos.
a. Actitud del formador.
Al apasionado podrá ser en el plano humano, un gran hombre, y en el plano sobrenatural un gran santo; pero si se inclina hacia el mal, puede llegar a ejercer una influencia totalmente dañina, por eso la formación de apasionado requiere, de parte de los formadores, un gran interés y una grave responsabilidad.
Necesita una dirección sólida. El apasionado experimenta la necesidad de tener un guía de su alma y confía mucho en él. Quiere una dirección seria, elevada, sobrenatural. El formador no debe desvirtuar la dirección espiritual convirtiéndola en una mera conversación para pasar el rato amigablemente, debe valorizar al máximo el sentido religioso que el apasionado lleva innato.
Por ser tan emotivo, posee una marcada sensibilidad y profundo espíritu observador. Siente la necesidad de un guía que lo oriente con firmeza, pero a la vez, con suavidad. Por eso e1 formador deberá mostrársele comprensivo e inspirarle confianza y simpatía. Conocerle lo más exactamente posible para aprovechar su riqueza caracteriológica. Al tratarle, no usar ironías ni palabras ásperas o humillantes que lo desalentarían.
b. Su vida espiritual.
El formador debe hacerle ver la superioridad del ideal cristiano. Se le debe presentar lo sobrenatural bajo el signo de la caridad, como don de sí mismo a Dios y a los hombres; y hacerle ver la grandiosidad del ideal cristiano en medio del mundo actual. Hay que lanzarlo a la conquista de las altas cimas de la contemplación, como vida para su acción apostólica.
c. Combatir el orgullo y la independencia.
El apasionado no comprende la necesidad de su dependencia de Dios. Su formación debe empezar por la lucha constante contra el orgullo, que es su defecto dominante. Que se acostumbre a conocerse a sí mismo con sus cualidades positivas y sus deficiencias. Se debe educar en la aceptación gustosa, por amor a Dios, de los consejos y correcciones. Acostumbrarle a comprender y apreciar las cualidades de los demás y a amarles. A reconocer sus faltas de tacto y de delicadeza. A aceptar los reveses y fracasos, las enfermedades y la inacción. A comprender que él sirve al Movimiento y no el Movimiento a él.
d. Apostolado.
Este carácter posee extraordinarias cualidades para cualquier tipo de apostolado, sólo que le falta a veces concretar la oportunidad e importancia del apostolado. Por lo tanto hay que ayudarle a la reflexión como principio de acción; no es conveniente que tome apostolados individuales por su cuenta. Debe acostumbrarse, sobretodo, a recurrir filialmente a Dios y abrazarse a Cristo en un sentido de abandono total para poder vencer la tendencia al despotismo y a la incomprensión por las debilidades y deficiencias de los demás.
Debe prestar atención a no abarcar un campo de acción superior a sus posibilidades. Debe trabajar con la convicción de que es un pobre instrumento en las manos de Dios y que la obra es del Señor y que él dará mayor gloria a Dios si trabaja con una actitud interior de humildad y desprendimiento. Debe preocuparse por el progreso de la obra más que pensar en el honor en que se tiene su nombre.
Si se consigue convencer al apasionado de que cualquier éxito en su vida debe nacer de la fuente vivificadora de la humildad y de la entrega a Dios, se habrá encontrado el camino ideal para toda una vida de plenitud y de nobleza en todos los sentidos, y su apostolado será sumamente eficaz para el bien de las almas.
Por tanto, primero hay que ayudarle a desarrollar la propia emotividad dirigiéndola hacia un ideal superior. Segundo, fundamentar su emotividad y actividad en su capacidad organizadora. Tercero, acostumbrarle a actuar según los dictámenes de la razón y no de los sentimientos. Cuarto, prevenirle sobre la posibilidad de derrotas penosas.
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Uno de los caracteres más ricos. La vida del apasionado está hecha fundamentalmente de sacrificio, toma muy en serio cosas tan vitales como la familia, la patria, la religión
1. Descripción de los rasgos más característicos.
Uno de los caracteres más ricos. La vida del apasionado está hecha fundamentalmente de sacrificio, toma muy en serio cosas tan vitales como la familia, la patria, la religión. La persona de este carácter es servicial, honorable, amante de la sociedad. Está dotado de una comprensión inteligente para cualquier tipo de problemas y es compasivo con la debilidad, pena o aflicción ajena.
Es, así mismo, dominador, ambicioso, apto para mandar. A veces fanático e impaciente, hasta agresivo. Peca de temeridad arrastrando a los demás consigo. Se deja guiar por la regla y por la razón, que considera como normas supremas de su obrar. De aquí que observe el orden de una manera meticulosa. Puede convertirse en un hombre o mujer severa, dura, obstinada, de las que atosigan con el ejercicio de su autoridad.
Organiza jerárquicamente su vida afectiva y es generalmente reservado. Tiene una gran capacidad de trabajo, y ese trabajo tiene como base la responsabilidad; se concentra en lo que hace y es constante y organizado. Está siempre orientado hacia la acción que desea resulte lo más perfecta posible y, generalmente, consigue llevarla a feliz término. Es además puntual y de conducta honorable.
El exceso de orden, indiferencia por los deportes, poca resistencia física, desinterés por las artes son otros rasgos de este carácter. La inteligencia del apasionado es muy apta para la abstracción y el razonamiento lógico. Sus intereses intelectuales son de carácter social, metafísico y religioso. Posee capacidad inventiva, gran memoria, buena atención, imaginación y comprensión. Prefiere trabajar solo.
La misma seriedad en lo que emprende ya constituye por sí misma una valiosa ayuda tanto para su castidad personal como en el trato con el otro sexo. Sin embargo, por su orgullo mantiene una excesiva seguridad en sí mismo que le puede hacer caer en la sensualidad y en fallas graves en el campo de la sexualidad.
2. Comportamiento religioso.
El carácter apasionado tiene un profundo espíritu religioso; anhela vivir con sinceridad y coherencia su propia fe. Comprende y siente la necesidad del ideal religioso. Se apasiona por los problemas espirituales. Posee una verdadera piedad y caridad cristianas.
Sus aptitudes le permiten aceptar un ideal elevado y sobrenatural y ser fiel al mismo, aun a costa de un esfuerzo duro y continuo. No se deja dominar por los placeres de los sentidos. Caracteriológicamente hablando, es el que está mejor dispuesto para aceptar y ser consecuente con los principios que impone la religión, especialmente en la vida práctica; no una religión vaga, meramente teórica basada en el sentimiento, sino en acciones nobles y en el esfuerzo continuo. Pero, por ser orgulloso, no acepta el servicio humilde, "yo he nacido sólo para cosas grandes"´ suele pensar.
Experimenta la necesidad de un contacto íntimo con Dios. En la oración se pone a disposición de Dios para trabajar por su Reino, porque lleva el sentido de la grandeza de Dios. Pero en esa oración busca más el objetivo que ha de alcanzar con su actividad que la fuente de donde ha de sacar los recursos para vivificarla sobrenaturalmente.
Además del innato sentimiento religioso, posee una clara disposición a orientar sus acciones y su misma vida al servicio de Dios; es muy generoso y la sobriedad en los placeres de los sentidos le facilita el progreso espiritual. Su orgullo es, sin embargo, su gran defecto, que se manifiesta en la falta de docilidad, en la excesiva confianza en sí mismo, en la independencia de Dios y de los directores en el apostolado.
3. Pedagogía pastoral.
Este es el carácter que más santos ha dado a la Iglesia, como un san Agustín, que de una juventud pecaminosa pasó a una vida llena de amor purismo a Dios. San Bernardo, santa Teresa de Ávila, san Francisco Javier, san Juan Bosco, santo Tomás de Aquino, por mencionar algunos.
a. Actitud del formador.
Al apasionado podrá ser en el plano humano, un gran hombre, y en el plano sobrenatural un gran santo; pero si se inclina hacia el mal, puede llegar a ejercer una influencia totalmente dañina, por eso la formación de apasionado requiere, de parte de los formadores, un gran interés y una grave responsabilidad.
Necesita una dirección sólida. El apasionado experimenta la necesidad de tener un guía de su alma y confía mucho en él. Quiere una dirección seria, elevada, sobrenatural. El formador no debe desvirtuar la dirección espiritual convirtiéndola en una mera conversación para pasar el rato amigablemente, debe valorizar al máximo el sentido religioso que el apasionado lleva innato.
Por ser tan emotivo, posee una marcada sensibilidad y profundo espíritu observador. Siente la necesidad de un guía que lo oriente con firmeza, pero a la vez, con suavidad. Por eso e1 formador deberá mostrársele comprensivo e inspirarle confianza y simpatía. Conocerle lo más exactamente posible para aprovechar su riqueza caracteriológica. Al tratarle, no usar ironías ni palabras ásperas o humillantes que lo desalentarían.
b. Su vida espiritual.
El formador debe hacerle ver la superioridad del ideal cristiano. Se le debe presentar lo sobrenatural bajo el signo de la caridad, como don de sí mismo a Dios y a los hombres; y hacerle ver la grandiosidad del ideal cristiano en medio del mundo actual. Hay que lanzarlo a la conquista de las altas cimas de la contemplación, como vida para su acción apostólica.
c. Combatir el orgullo y la independencia.
El apasionado no comprende la necesidad de su dependencia de Dios. Su formación debe empezar por la lucha constante contra el orgullo, que es su defecto dominante. Que se acostumbre a conocerse a sí mismo con sus cualidades positivas y sus deficiencias. Se debe educar en la aceptación gustosa, por amor a Dios, de los consejos y correcciones. Acostumbrarle a comprender y apreciar las cualidades de los demás y a amarles. A reconocer sus faltas de tacto y de delicadeza. A aceptar los reveses y fracasos, las enfermedades y la inacción. A comprender que él sirve al Movimiento y no el Movimiento a él.
d. Apostolado.
Este carácter posee extraordinarias cualidades para cualquier tipo de apostolado, sólo que le falta a veces concretar la oportunidad e importancia del apostolado. Por lo tanto hay que ayudarle a la reflexión como principio de acción; no es conveniente que tome apostolados individuales por su cuenta. Debe acostumbrarse, sobretodo, a recurrir filialmente a Dios y abrazarse a Cristo en un sentido de abandono total para poder vencer la tendencia al despotismo y a la incomprensión por las debilidades y deficiencias de los demás.
Debe prestar atención a no abarcar un campo de acción superior a sus posibilidades. Debe trabajar con la convicción de que es un pobre instrumento en las manos de Dios y que la obra es del Señor y que él dará mayor gloria a Dios si trabaja con una actitud interior de humildad y desprendimiento. Debe preocuparse por el progreso de la obra más que pensar en el honor en que se tiene su nombre.
Si se consigue convencer al apasionado de que cualquier éxito en su vida debe nacer de la fuente vivificadora de la humildad y de la entrega a Dios, se habrá encontrado el camino ideal para toda una vida de plenitud y de nobleza en todos los sentidos, y su apostolado será sumamente eficaz para el bien de las almas.
Por tanto, primero hay que ayudarle a desarrollar la propia emotividad dirigiéndola hacia un ideal superior. Segundo, fundamentar su emotividad y actividad en su capacidad organizadora. Tercero, acostumbrarle a actuar según los dictámenes de la razón y no de los sentimientos. Cuarto, prevenirle sobre la posibilidad de derrotas penosas.
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lunes, 25 de agosto de 2008
10.E.- CARACTER REALISTA
E. Carácter Realista (noEmotivo-Activo-Primario)
El realista es el carácter más extrovertido de todos. Es un amante de la vida, oportunista, versátil y educado
1. Descripción de los rasgos más característicos.
El realista es el carácter más extrovertido de todos. Es un amante de la vida, oportunista, versátil y educado.
Con un gran sentido analítico, buen sentido práctico, una gran inventiva y gran destreza manual, muy independiente en sus juicios y críticas. Destaca por sus dotes
diplomáticas, inteligencia clara y buena observación. La ironía es una de sus armas predilectas.
Está predispuesto al egoísmo y a la codicia. Es propenso a la intriga, la denigración, el cinismo. Es inconstante, falto de sistematización; tiene grandes necesidades sensuales por su curiosidad malsana. Es insensible, sin convicciones hondas, dado a la dispersión, al escepticismo, al libertinaje, a la picardía y a la glotonería.
Su inteligencia tiene muchos puntos fuertes: comprensión rápida, claridad y precisión en las ideas, capacidad crítica y expresión objetiva. Posee una natural inclinación a obrar, admirable adaptación a las circunstancias, a las situaciones concretas, deseoso siempre de conocer, más reflexivo que impulsivo. Se interesa por las cosas concretas, que impresionan los sentidos. Apegado al dinero. Es versátil: tiene el sentido del trabajo y del trabajo hecho inteligentemente, pero se aplica a él de manera irregular; también busca el resultado de inmediato.
El valor que busca instintivamente es la utilidad y el éxito inmediato en el campo social con el fin de saciar su avidez y la propia vanidad. Se fija más en la apariencia que en la sustancia.
2. Comportamiento religioso.
Al carácter realista le faltan convicciones profundas, tiene un verdadero vacío interior; por ello, su sentimiento religioso es muy superficial y muy escasa su piedad. Practica la religión más por costumbre que por convicción religiosa. Puede tener también tendencias racionalistas.
Tiene una cierta curiosidad intelectual por la vida sobrenatural; curiosidad que busca explicaciones. Pero en realidad está poco dispuesto para la vida espiritual, mantiene una actitud crítica, sobre todo contra los caracteres emotivos en el campo religioso, pues él es frío y calculador, en función de sus gustos e inclinaciones.
Reza, pero sólo por el éxito de sus obras. Al carecer de emotividad, se complace poco en la oración; no la cree necesaria y por eso la abandona sin mayores problemas. Se inclina al sacrificio siempre que vea un resultado inmediato. No es humilde ni sensible a la voz del sufrimiento, de la miseria o de la debilidad ajena.
3. Pedagogía pastoral.
Este carácter también ha dado grandes santos a la Iglesia. Ejemplos: santo Tomás Moro, san Bernardino de Sena y san Juan Capistrano
a. Actitud de formador.
El dirigido con carácter realista considera que la dirección espiritual es una pérdida de tiempo, que no sirve más que para complicar la vida, especialmente cuando las conversaciones se hacen frecuentes y largas. En general, quiere resolver por su cuenta los problemas; así se cree más independiente, ya que tiene una gran confianza en sí mismo. Por eso, el formador, además de buscar la forma adecuada de relacionarse con él, porque es difícil de trato, debe cimentar su labor sobre razones y no sobre sentimientos.
Hay que suscitar el desarrollo de la emotividad. Crear un ambiente afectivo, para que a través de la acción de los demás, constate la existencia de valores elevados en el mundo, que llenan el alma. Formarle con razonamientos convincentes y no con reproches, buscando siempre el lado bueno.
Para desarrollar sus cualidades positivas hay que influirle a través de su inteligencia. Habituarle a organizar y dirigir bien su actividad a través de un trabajo metódico y continuo para robustecer su voluntad. En cuanto a la castidad, hay que prestarle mucha atención porque es muy dado a la sensualidad.
b. Vida espiritual.
Aunque el carácter realista se inclina, por una parte, a reducir al mínimo sus deberes religiosos y carece, por lo general, de vida interior; por otra, hay que decir que posee una inteligencia que le ayuda eficazmente a ir conociéndose a sí mismo. Hay que formarle, por tanto, con ideas claras, con energía y a la vez con corazón paternal, de tal manera que vea, comprenda y ame las virtudes que le son necesarias.
Hacerle comprender que la religión no es el resultado de "unos sentimientos" sino que para conocerla, y sobre todo para vivirla, hace falta la inteligencia que busca la verdad y la voluntad que somete la vida entera a la voluntad de Dios.
No hay que dejar que reduzca a la mínima expresión los medios de perseverancia. Hacerle comprender que la vida espiritual no es resultado de unos sentimientos, sino la adaptación personal a todo lo que Dios comunica; por eso, presentársela como la entrega de sí mismo a Dios y a los demás, a imitación de Cristo. Como desea conocer cosas nuevas, aprovechar su inteligencia para que experimente personalmente lo maravilloso que puede ser la vida espiritual.
c. El apostolado.
Necesita cultivar la sensibilidad y la conciencia apostólica. Hay que suscitar también motivos elevados para realizar el apostolado, ayudarle a perseguir objetivos concretos y a seguir un plan de trabajo. De este modo luchará contra la dispersión.
Se le debe inculcar el silencio y el alejamiento del mundo. Educarle el sentido de comprensión y de colaboración social con miras al apostolado ya que para él, un apostolado no se comprende si no es en sentido social.
Es un buen organizador: tiene sentido de lo práctico, demuestra calma ante las dificultades, sabe esperar y, sobre todo, es objetivo, claro y rico en iniciativas. Pero no considera que es un simple instrumento en las manos de Dios y que ha de crear una disposición interior que no impida la acción de Jesús en la santificación de las almas. Debe persuadirse de que el verdadero sentido de la actividad apostólica nace de Jesucristo y es para la extensión de su Reino.
d. Elevar al plano sobrenatural su utilitarismo.
El formador debe ingeniarse para elevar al plano sobrenatural su utilitarismo. En cuanto a las prácticas externas, hay que transformarle ese deseo de aparecer, que actúe no por la mezquina estimación de los hombres, sino por la extensión del Reino de Cristo.
Necesita una formación muy intensa en estos tres puntos:
1) Debe combatir el egoísmo y formarse en la humildad: posee un egoísmo frío, una verdadera indiferencia ante las necesidades de los demás: para él no existe el sentimiento, sino la utilidad; por eso hay que procurar que en su actividad domine el motivo intelectual y su celo apostólico en vez del espíritu utilitario.
2) La formación en la mortificación cristiana: darle motivos para que se desprenda de los bienes terrenos, domine la gula, el afán de comodidad, etc.
3) Hay que espiritualizar su bondad natural con la verdadera caridad: hay que educarle antes que nada en miras a la simpatía y al amor. Animar su sentido comunitario. Acostumbrarle, poco a poco, a la delicadeza, a la lealtad, a combatir con valor y constancia su egocentrismo.
Una vez que el realista se haya formado en la verdadera humildad y en la confianza de poderse corregir, cuando ya esté orientado hacia el amor personal de Jesucristo y quede convencido de la belleza y de la necesidad de la entrega total de sí mismo al servicio de los demás, entonces podrá llegar a ser eficaz colaborador de Jesucristo en la salvación de las almas y un activo apóstol de la Iglesia.
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El realista es el carácter más extrovertido de todos. Es un amante de la vida, oportunista, versátil y educado
1. Descripción de los rasgos más característicos.
El realista es el carácter más extrovertido de todos. Es un amante de la vida, oportunista, versátil y educado.
Con un gran sentido analítico, buen sentido práctico, una gran inventiva y gran destreza manual, muy independiente en sus juicios y críticas. Destaca por sus dotes
diplomáticas, inteligencia clara y buena observación. La ironía es una de sus armas predilectas.
Está predispuesto al egoísmo y a la codicia. Es propenso a la intriga, la denigración, el cinismo. Es inconstante, falto de sistematización; tiene grandes necesidades sensuales por su curiosidad malsana. Es insensible, sin convicciones hondas, dado a la dispersión, al escepticismo, al libertinaje, a la picardía y a la glotonería.
Su inteligencia tiene muchos puntos fuertes: comprensión rápida, claridad y precisión en las ideas, capacidad crítica y expresión objetiva. Posee una natural inclinación a obrar, admirable adaptación a las circunstancias, a las situaciones concretas, deseoso siempre de conocer, más reflexivo que impulsivo. Se interesa por las cosas concretas, que impresionan los sentidos. Apegado al dinero. Es versátil: tiene el sentido del trabajo y del trabajo hecho inteligentemente, pero se aplica a él de manera irregular; también busca el resultado de inmediato.
El valor que busca instintivamente es la utilidad y el éxito inmediato en el campo social con el fin de saciar su avidez y la propia vanidad. Se fija más en la apariencia que en la sustancia.
2. Comportamiento religioso.
Al carácter realista le faltan convicciones profundas, tiene un verdadero vacío interior; por ello, su sentimiento religioso es muy superficial y muy escasa su piedad. Practica la religión más por costumbre que por convicción religiosa. Puede tener también tendencias racionalistas.
Tiene una cierta curiosidad intelectual por la vida sobrenatural; curiosidad que busca explicaciones. Pero en realidad está poco dispuesto para la vida espiritual, mantiene una actitud crítica, sobre todo contra los caracteres emotivos en el campo religioso, pues él es frío y calculador, en función de sus gustos e inclinaciones.
Reza, pero sólo por el éxito de sus obras. Al carecer de emotividad, se complace poco en la oración; no la cree necesaria y por eso la abandona sin mayores problemas. Se inclina al sacrificio siempre que vea un resultado inmediato. No es humilde ni sensible a la voz del sufrimiento, de la miseria o de la debilidad ajena.
3. Pedagogía pastoral.
Este carácter también ha dado grandes santos a la Iglesia. Ejemplos: santo Tomás Moro, san Bernardino de Sena y san Juan Capistrano
a. Actitud de formador.
El dirigido con carácter realista considera que la dirección espiritual es una pérdida de tiempo, que no sirve más que para complicar la vida, especialmente cuando las conversaciones se hacen frecuentes y largas. En general, quiere resolver por su cuenta los problemas; así se cree más independiente, ya que tiene una gran confianza en sí mismo. Por eso, el formador, además de buscar la forma adecuada de relacionarse con él, porque es difícil de trato, debe cimentar su labor sobre razones y no sobre sentimientos.
Hay que suscitar el desarrollo de la emotividad. Crear un ambiente afectivo, para que a través de la acción de los demás, constate la existencia de valores elevados en el mundo, que llenan el alma. Formarle con razonamientos convincentes y no con reproches, buscando siempre el lado bueno.
Para desarrollar sus cualidades positivas hay que influirle a través de su inteligencia. Habituarle a organizar y dirigir bien su actividad a través de un trabajo metódico y continuo para robustecer su voluntad. En cuanto a la castidad, hay que prestarle mucha atención porque es muy dado a la sensualidad.
b. Vida espiritual.
Aunque el carácter realista se inclina, por una parte, a reducir al mínimo sus deberes religiosos y carece, por lo general, de vida interior; por otra, hay que decir que posee una inteligencia que le ayuda eficazmente a ir conociéndose a sí mismo. Hay que formarle, por tanto, con ideas claras, con energía y a la vez con corazón paternal, de tal manera que vea, comprenda y ame las virtudes que le son necesarias.
Hacerle comprender que la religión no es el resultado de "unos sentimientos" sino que para conocerla, y sobre todo para vivirla, hace falta la inteligencia que busca la verdad y la voluntad que somete la vida entera a la voluntad de Dios.
No hay que dejar que reduzca a la mínima expresión los medios de perseverancia. Hacerle comprender que la vida espiritual no es resultado de unos sentimientos, sino la adaptación personal a todo lo que Dios comunica; por eso, presentársela como la entrega de sí mismo a Dios y a los demás, a imitación de Cristo. Como desea conocer cosas nuevas, aprovechar su inteligencia para que experimente personalmente lo maravilloso que puede ser la vida espiritual.
c. El apostolado.
Necesita cultivar la sensibilidad y la conciencia apostólica. Hay que suscitar también motivos elevados para realizar el apostolado, ayudarle a perseguir objetivos concretos y a seguir un plan de trabajo. De este modo luchará contra la dispersión.
Se le debe inculcar el silencio y el alejamiento del mundo. Educarle el sentido de comprensión y de colaboración social con miras al apostolado ya que para él, un apostolado no se comprende si no es en sentido social.
Es un buen organizador: tiene sentido de lo práctico, demuestra calma ante las dificultades, sabe esperar y, sobre todo, es objetivo, claro y rico en iniciativas. Pero no considera que es un simple instrumento en las manos de Dios y que ha de crear una disposición interior que no impida la acción de Jesús en la santificación de las almas. Debe persuadirse de que el verdadero sentido de la actividad apostólica nace de Jesucristo y es para la extensión de su Reino.
d. Elevar al plano sobrenatural su utilitarismo.
El formador debe ingeniarse para elevar al plano sobrenatural su utilitarismo. En cuanto a las prácticas externas, hay que transformarle ese deseo de aparecer, que actúe no por la mezquina estimación de los hombres, sino por la extensión del Reino de Cristo.
Necesita una formación muy intensa en estos tres puntos:
1) Debe combatir el egoísmo y formarse en la humildad: posee un egoísmo frío, una verdadera indiferencia ante las necesidades de los demás: para él no existe el sentimiento, sino la utilidad; por eso hay que procurar que en su actividad domine el motivo intelectual y su celo apostólico en vez del espíritu utilitario.
2) La formación en la mortificación cristiana: darle motivos para que se desprenda de los bienes terrenos, domine la gula, el afán de comodidad, etc.
3) Hay que espiritualizar su bondad natural con la verdadera caridad: hay que educarle antes que nada en miras a la simpatía y al amor. Animar su sentido comunitario. Acostumbrarle, poco a poco, a la delicadeza, a la lealtad, a combatir con valor y constancia su egocentrismo.
Una vez que el realista se haya formado en la verdadera humildad y en la confianza de poderse corregir, cuando ya esté orientado hacia el amor personal de Jesucristo y quede convencido de la belleza y de la necesidad de la entrega total de sí mismo al servicio de los demás, entonces podrá llegar a ser eficaz colaborador de Jesucristo en la salvación de las almas y un activo apóstol de la Iglesia.
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