Relaciones familiares. Entre esposos. Entre padres e hijos. Entre hermanos.
El ámbito natural donde se acoge al ser humano sin reservas, por el mero hecho de ser persona, es justo la familia. En cualquier otra institución —en una empresa, pongo por caso— resulta legítimo, y a menudo necesario, que se tengan en cuenta determinadas cualidades o aptitudes, sin que al rechazarme por carecer de ellas se lesione en modo alguno mi dignidad (el igualitarismo que hoy intenta imponerse para «evitar la discriminación» sería aquí lo radicalmente injusto).
Por el contrario, una familia genuina acepta a cada uno de sus miembros teniendo en cuenta, sí, su condición de persona, como el resto de las instituciones (de ahí el famoso precepto kantiano); y además… su condición de persona. Y basta. Y, al acogerlos, les permite entregarse y cumplirse como personas.
Por eso cabe afirmar que sin familia no puede haber persona o, al menos, persona cumplida, llevada a plenitud. Y ello, según acabo de sugerir, no primariamente a causa de carencia alguna, sino al contrario, en virtud de la propia excedencia, que «nos obliga» a entregarnos… o quedar frustrados, por no llevar a término lo que demanda nuestra naturaleza, nuestro ser.
La realización y la madurez de la persona dependen en gran medida de la armonía que logre en sus diversas relaciones, y en primer lugar, en las que se refieren a la vida de familia.
Las relaciones en familia tienen características que las hacen únicas: son íntimas, continuas, variadas y complejas.
Existen diversas formas de relaciones familiares:
1. Relaciones entre esposos (conyugales).
2. Relaciones entre padres e hijos
3. Relaciones entre hermanos
1. RELACIONES ENTRE ESPOSOS
La primera relación familiar es entre los cónyuges. Es una relación entre dos personas que, libre y voluntariamente, por amor, decidieron unir sus vidas para formar una nueva familia, y que se han comprometido ante Dios Nuestro Señor, a amarse y respetarse todos los días de la vida. Esta unión es bendecida por el mismo Jesucristo a través del sacramento del matrimonio.
La armonía familiar depende de que esta relación sea amorosa, amable y sólida. Si los esposos se aman, se comprenden y se apoyan mutuamente, la unión familiar se dará. Cada uno de ellos aportará al matrimonio y a la familia su riqueza personal, él como hombre, ella, como mujer.
Si esa relación conyugal brilla por la entrega, la generosidad y el amor, los hijos crecerán sanamente, llenos de seguridad, pues saben que sus padres se aman.
Desgraciadamente, en muchos matrimonios, se olvida la relación conyugal como base de la armonía familiar, se olvidan de que primero son esposos, antes que ser padres. Se centran en ser padre o madre y destruyen su matrimonio y a la familia entera.
La relación conyugal mantiene el diálogo entre esposos, aumenta el cariño, el amor, la ternura y la confianza. Si padre y madre están unidos como esposos y como padres, la familia quedará revestida del verdadero amor, y los hijos crecerán aprendiendo a amar al ver el amor de sus padres.
Para este inciso consulta El Edificio del Matrimonio de P. Antonio Rivero.
http://es.catholic.net/familiayvida/159/319/articulo.php?id=25704
Un misterio llamado matrimonio de Guillermo Urbizu.
http://es.catholic.net/familiayvida/159/319/articulo.php?id=26805
Además de la relación de marido y mujer, deberán conjuntar armónicamente otro papel: el de SER PADRES. Ante la disyuntiva de ser padres o cónyuges en determinado momento, la respuesta es por vía de la CONFLUENCIA, más que por el de la incompatibilidad. Deben esforzarse por lograr la armonía de ambas funciones y que para ambos sea de interés común la familia y la educación de los hijos.
2. RELACION ENTRE PADRES E HIJOS.
Para que los hijos se sientan amados y aceptados en la familia, hay que dedicarles un tiempo especial. Convivir con ellos. El padre con todos y cada uno de los hijos, al igual que la madre. Cada hijo es una persona única e irrepetible y necesita atención personal.
Ser cariñoso y atento con todos y cada uno de los hijos. Cuando los padres lleguen del trabajo o de otras actividades, aunque estén cansados, jugar con ellos, escucharlos, atenderlos. Que se sientan amados y aceptados. ¡Que descubran en el rostro de sus padres la alegría y el deseo de estar con ellos!. Cuando un hijo se siente rechazado por el padre o la madre, sufrirá mucho en las diferentes etapas de su vida.
Que esa relación esté llena de cariño, paciencia, interés, amabilidad, detalles. No dejar que la comodidad, la flojera o el egoísmo dominen sobre estos sentimientos. Si los padres están cansados, pedirle a Dios fuerzas para darle el mejor tiempo a los hijos.
Aceptar a los hijos tal cual son, con sus cualidades y sus defectos; dar gracias a Dios por tenerlos, ser cariñosos, afectuosos, amorosos; respetarlos, comprenderlos y tenerles mucha paciencia.
Ser responsables de su educación, ser justos con ellos y tratarlos según su edad.
Deberes de los padres
El papel de los padres en la educación de sus hijos tiene tanto peso que, cuando falta, difícilmente puede suplirse. Lo que sus padres no hagan por ellos, nada ni nadie lo hará. De ahí que el derecho y el deber de los padres de educar a sus hijos sean la primera obligación que no se la pueden delegar a nadie. Ellos son los que deben realizarla.
Para llevar a cabo esta educación a los hijos, los padres deben de verlos como hijos de Dios, como imágenes y semejanza de Dios. Más aún, ver al mismo Jesucristo en ellos:
Nos dice San Mateo:Porque tuve hambre, y ustedes me alimentaron; tuve sed y ustedes me dieron de beber;... Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, sediento y te dimos de beber,... ? ... En verdad les digo que, cuando lo hicieron con alguno de estos más pequeños, a mí me lo hicieron.
Así, al ver a Jesucristo mismo en esas caritas inocentes de los hijos, los padres de familia los educarán respetando ante todo su dignidad como personas.
Los padres son los primeros responsables de la educación de sus hijos. Al crear el hogar adquieren esta responsabilidad. Por tanto, un hogar, especialmente si es cristiano, tendrá como normas a la ternura entre todos sus miembros, el perdón sincero y amoroso ante los errores, el respeto en el trato entre todos, la fidelidad y el servicio desinteresado a los demás miembros del hogar.
a)La educación de las virtudes
El lugar más apropiado para que los hijos crezcan en las virtudes es la familia. Será necesario su esfuerzo constante y asiduo por dar buen ejemplo constantemente. Pues es parte de su gran responsabilidad. Pero, ¿cómo podrán los padres educar a sus hijos en algunas virtudes que ellos mismos no tengan, si se ha dicho que es fundamental educar con el ejemplo?. No es necesario ser perfecto. Basta a los hijos ver que los padres también se esfuerzan en practicar esa virtud. El ejemplo del esfuerzo es lo que arrastrará a los hijos.
Al reconocer ante los hijos los propios defectos, un padre de familia se hace más apto para guiarlos y corregirlos.
Nos dice la Sagrada Escritura:
“El que ama a su hijo, le corrige sin cesar... el que enseña a su hijo, sacará provecho de él” (Si 30, 1-2).
“Padres, no exasperéis a vuestros hijos, sino formadlos más bien mediante la instrucción y la corrección según el Señor” (Ef 6,4).
El hogar es un medio natural para que los hijos aprendan a vivir en sociedad. Aprovechen los padres esta realidad para enseñar a sus hijos a guardarse de los peligros, riesgos y degradaciones que amenazan a las sociedades humanas.
b)La educación en la fe
Por la gracia del sacramento del matrimonio, los padres han recibido la responsabilidad y el privilegio de evangelizar a sus hijos. Los papás serán los primeros mensajeros de la fe para sus hijos. ¡Qué hermoso es ver a una madre y a un padre que, desde los primeros años de vida de su hijo, le empiezan a hablar de Dios! ¡Qué alegría le da al Señor ver a aquellos niños muy pequeños acercarse a Él en la Iglesia y mandarle un beso cariñoso! ¡Benditos los padres que van introduciendo poco a poco a sus hijos al contacto personal con Dios!
¿Cómo será la vida de fe del niño cuando sea adulto? Será según los cimientos que sus padres le dieron de niño.
Los padres tienen la misión de enseñar a sus hijos a orar y a descubrir su vocación de hijos de Dios. Así, en ese contacto con Dios, la familia crecerá como cristianos. ¡La familia que reza unida, permanecerá unida!.
c)Proveer a las necesidades físicas y espirituales de los hijos
El respeto y el afecto de los padres se traducen, durante la infancia de los hijos, ante todo en el cuidado y la atención que consagran para educar a sus hijos, y para proveer a sus necesidades físicas y espirituales.
No basta procrear a los hijos. Es necesario proveerles de todo lo necesario para que puedan desarrollarse integralmente como personas. Esfuércense los padres en dar a sus hijos, en la medida de sus posibilidades, todo lo que requieran: casa, comida, sustento. No escatimen los esfuerzos para lograrlo.
Dentro de las necesidades espirituales se encuentra el enseñar a los niños a pensar bien, para que sean capaces de decidir por lo mejor. Esto es educarlos para la vida.
Finalmente, será deber de los padres, apoyar a sus hijos cuando sean mayores al elegir su profesión y estado de vida. Ellos decidirán lo que crean más conveniente, siempre que sea algo honesto. En esos momentos, los padres, en un ambiente de confianza y respeto, den sus consejos y pareceres a los hijos. Al igual, no presionen a sus hijos en la elección de su futuro cónyuge. Sin embargo, ayuden a sus hijos con consejos juiciosos.
Deberes de los hijos
Dado que la paternidad humana tiene su fuente en la paternidad divina, los hijos honren a sus padres. El respeto de los hijos a sus padres se nutre del afecto natural nacido de la familia. Es exigido por el precepto divino, el cuarto mandamiento de la ley de Dios: honrarás a tu padre y a tu madre
La piedad filial, es decir, el respeto a los padres, está hecho de gratitud para quienes con su amor, su trabajo y su vida, han traído a sus hijos al mundo y les han ayudado a crecer en estatura, en sabiduría y en gracia.
Recordemos lo que dice el libro del Eclesiástico, en las Sagradas Escrituras:
Con todo tu corazón honra a tu padre, y no olvides los dolores de tu madre. Recuerda que por ellos has nacido, ¿cómo les pagarás lo que contigo han hecho?. (Si 7, 27 - 2
El respeto de los hijos se expresa sobretodo en la docilidad y la obediencia verdaderas.
Guarda, hijo mío, el mandato de tu padre y no desprecies la lección de tu madre. Grábalos constantemente en tu corazón, cuélgalos a tu cuello. Ellos guiarán tus pasos, te velarán cuando duermas, y te hablarán al despertar (Proverbios 6,20-22).
Mientras el hijo vive con sus padres, debe obedecer a todo lo que éstos dispongan para su bien o el de la familia.
San Pablo en su carta a los colosenses: Hijos, obedezcan en todo a sus padres, porque esto es grato a Dios en el Señor(Col. 3,20).
El cuarto mandamiento de la ley de Dios, recuerda a los hijos cuando ya sean mayores de edad su responsabilidad para con sus padres. En la medida de sus posibilidades han de prestarles toda la ayuda material y moral en los años de vejez y durante sus enfermedades, incluso en momentos de soledad y de abatimiento.
Nos dice la Sagrada Escritura:
El Señor glorifica al padre en los hijos, y afirma el derecho de la madre sobre su prole. Quien honra a su padre expía sus pecados; como el que atesora es quien da gloria a su madre. Quien honra a su padre recibirá contento de sus hijos, y en el día de su oración será escuchado. Quien da gloria al padre vivirá largos días, obedece al Señor quien da sosiego a su madre (Si. 3,2-6).
Hijo, cuida de tu padre en su vejez, y en su vida no le causes tristeza. Aunque haya perdido la cabeza, sé indulgente, no le desprecies en la plenitud de tu vigor... Como blasfemo es el que abandona a su padre, maldito del Señor quien irrita a su madre (Si 3,12-13.16).
Educar es fascinante Emilio Aviles.
http://es.catholic.net/familiayvida/158/320/articulo.php?id=33419
3. RELACIONES ENTRE HERMANOS
Los hermanos deben aprender a cultivar la solidaridad entre ellos. Los padres deben ayudar y fomentar el amor entre los hermanos, el respeto entre ellos y sobre todo, el sentido de amor por el más débil. Son los hermanos el principal sostén cuando uno de ellos pasa una dificultad económica, de salud o trabajo y si no aprenden a ayudarse desde pequeños, de mayores les será más difícil.
El gran fruto de las relaciones familiares será el amor, la confianza, el cariño, la unión familiar, la alegría de vivir.
Buscar el ejemplo de la Sagrada Familia: en la Biblia, en San Lucas 1-3, se puede observar a José dedicado a su familia, María educando a Jesús, y el niño Jesús sujeto a sus padres.
Contemplar la relación amorosa de Jesús con su Padre Celestial. Siempre dialogando con Él a través de la oración, contándole todas sus alegrías y sus penas. (Oración en el Huerto de Getsemaní: San Lucas 22, 39-46)
Lo propio de las relaciones fraternas es estar unidos, debe ser fuente de amor y solidaridad entre ellos. Suelen ser extensas y profundas, abarcan las distintas etapas del desarrollo.
La amistad entre hermanos no siempre se da, aunque exista un fuerte lazo de cariño. Es necesario enseñarles a ser buenos hermanos, hablando con ellos sobre el valor de la fraternidad. Si nosotros tenemos hermanos, poner de ejemplo situaciones positivas.
Es también labor de los padres prevenir situaciones conflictivas y de rivalidad, que se originan muchas veces por competir por el amor de los padres o por las preferencias que perciben. Por ello es muy importante evitar siempre las comparaciones.
Cuando se dan conflictos, debemos saber actuar:
· Tolerando algunos conflictos cuando no sean de importancia.
· Hablando con cada hijo por separado para escuchar su versión.
· Enseñándoles a resolver sus conflictos mediante el perdón.
· No tomando partido ni involucrándose.
· Aprovechando los conflictos para educar en valores y virtudes.
· Propiciando un ambiente de alegría, aceptación y cariño.
· Reforzando conductas positivas: promoviendo proyectos en común, viajes, visitas, jugando juntos, compartiendo, haciéndose favores entre sí, ayudándose a realizar alguna tarea.
Debemos cuidar algunas obligaciones que los hijos deben cumplir con sus hermanos:
Amor incondicional, comprensión, respeto, ayuda material y espiritual.
Los hermanos mayores ayudan a la transmisión y cumplimiento de normas y costumbres con su buen ejemplo.
Amor de hermanos P. Fernando Pascual
http://es.catholic.net/familiayvida/158/320/articulo.php?id=33777
Envidias entre hermanos Irene Gutiérrez.
http://es.catholic.net/familiayvida/158/287/articulo.php?id=7157
Para terminar, retomemos la función de los padres que corresponde a SERVIR.
En nuestra sociedad, pareciera que existe un rechazo al servir o al sacrificio. Tendemos a pasarla bien a cualquier precio. Cada vez es menos frecuente que nos enseñen que también se aprende sufriendo o renunciando, si las circunstancias así lo exigen.
Lograr dar trato personal en la vida de familia, cuidar y hacer crecer la intimidad de cada uno, implica necesariamente esfuerzo y una continua actitud de servicio de los padres (sin hacer por los hijos lo que ellos pueden hacer).
El SERVICIO, con el sacrificio que implica, se justifica por el AMOR. Basta con preguntar a una mamá que se despierta en la madrugada varias veces a dar de comer a su bebé, si se cuestiona el sacrificio que implica. Pierde su calidad de “víctima” porque lo hace por amor. El significado positivo de servir, es poner a disposición de otros, lo que somos, sabemos y tenemos, para ayudarlos a crecer y a ser felices.
miércoles, 20 de agosto de 2008
martes, 19 de agosto de 2008
12.- EL EDIFICIO DEL MATRIMONIO
El Edificio del Matrimonio
El matrimonio como un gran edificio se va construyendo día a día, minuto a minuto, segundo a segundo
Quiero comparar el matrimonio a un gran edificio que se va construyendo día a día, minuto a minuto, segundo a segundo. El día del casamiento se pone el primer ladrillo. Y el día de la muerte, el último.
Del esposo y de la esposa, junto con los hijos, depende:
· La solidez de ese edificio.
· La belleza de ese edificio.
· La luminosidad de ese edificio.
· La limpieza de ese edificio.
· La altura de ese edificio.
1. Solidez del edificio
¿De qué depende la solidez del edificio matrimonial?
De los cimientos y columnas. La solidez de una casa no depende de los cuadros que colgamos en la pared, ni de la antena parabólica, ni de la hermosa chimenea que hermosea y calienta el rincón de nuestra casa. Para que un matrimonio sea sólido, resistente a todos los vientos, huracanes y sismos, es necesario que tenga unos cimientos bien sólidos, graníticos, macizos.
¿Cuáles son esos cimientos y columnas sólidos y macizos en el matrimonio?
La piedad, esa virtud hermosa que reúne a toda la familia en torno a Dios todos los domingos, que junta todos los días a padres e hijos junto a un cuadro o una imagen de la Virgen a quien rezan un poco. La piedad es la que mueve a esa familia a bendecir los alimentos antes de las comidas.
La fe es otro cimiento y columna sólida en el matrimonio. La fe que les permite ver todas las cosas que les ocurren a la luz de Dios, es más, ven la mano de Dios en todo. La fe les hace superar las crisis y posibles vaivenes de la vida.
El amor es una columna sin la cual el edificio del matrimonio se derrumba. El amor como entrega, sacrificio, donación, capacidad de comprensión y bondad.
La fidelidad no puede faltar como cimiento que sostiene toda la casa matrimonial. La fidelidad a la palabra dada. La fidelidad al otro cónyuge. Fidelidad a los deberes del propio estado. Fidelidad en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad.
Y sacrificio, como cimiento macizo del edificio matrimonial. ¿Qué es el sacrificio? Es ese saber sufrir, soportar, aguantar todos los contratiempos de la vida. Ese poner buena cara a lo que nos cuesta o nos desagrada. La vida matrimonial y cualquier vida humana está llena de sacrificio, porque el sacrificio es ingrediente del devenir humano. Es el sacrificio el que nos hace madurar y va quitando de nosotros esas actitudes egoístas y caprichosas.
Si estos son los buenos y sólidos cimientos, ¿cuáles serían los cimientos débiles, de paja, de barro? Los gustos, los caprichos, el egoísmo, la indiferencia religiosa.
2. Belleza del edificio
La belleza de una casa depende del buen gusto en las dimensiones, proporciones, simetría.
Y la belleza de un matrimonio, ¿de qué depende? Del amor. El amor es el embellece al matrimonio, le da sus perfiles hermosos, permite la serenidad en cada rincón de casa, hace sonreír a padres e hijos.
¿Qué es el amor? Es difícil definir el amor, pues el amor no es para explicar. El amor es para vivir, para dar, para recibir. El amor es esa fuerza interior que me hace salir de mí mismo para darme a los demás, para entregarme a mi amado, sin buscar compensaciones, sin obligarle ni forzarle a que me ame. El amor es saber callar los defectos del otro, salir al encuentro del otro cuando lo necesita, es ofrecerme al otro, perdonar al otro, comprender al otro, ofrecerle limpiamente mi cariño. El amor exige una buena cuota de desprendimiento personal, de sacrificio y de renuncias por la persona a quien amo.
¿Por qué el amor embellece el edificio matrimonial? Porque va quitando aristas que sobran, puliendo superficies rugosas, limpiando azulejos sucios, empapelando con buen gusto paredes descarapeladas o en mal estado. El amor se fija en el detalle bello del ramo de flores para mi esposa, en ese dejar la ropa olorosa a mi esposo. El amor es el perfume del hogar. El amor es afecto, es decir, ternura, acercamiento cariñoso al estado del otro. El amor es amistad, es decir, quiere el bien del otro y une las personas. El amor no se empolva. El amor verdadero embellece el hogar. El amor hace crecer sanos física y psicológicamente a los hijos. El amor rejuvenece al matrimonio.
La falta de amor afea el matrimonio, desteje el paño familiar, raya las escaleras que hermosean la casa, quiebra las lámparas colgantes, ensucia las alfombras de los recibidores y exhala un mal olor en toda la casa. La falta de amor provoca las discusiones, hace subir el tono, hiere los sentimientos de las personas a quien más deberíamos amar. La falta de amor distancia los corazones, las almas y los cuerpos. La falta de amor descuida los detalles y le hace a uno ser grosero. La falta de amor envejece al matrimonio.
El amor es fuego que calienta esa casa. La primera que lo enciende es la madre, que es el corazón de la familia y es la primera en levantarse. Ese fuego que el marido, el papá, debe mantener a lo largo del día, desde su trabajo, llamando por teléfono a su mujer, trayendo a casa siempre y todos los días, algo de leña para alimentar ese fuego del amor en el hogar. ¡Que no traiga el cubo de agua de sus disgustos, para echarlo encima y apagar ese fuego! Ese fuego del que se alimentan los hijos, les hace crecer sanos, física, psicológica y espiritualmente. Este fuego hay que colocarlo en el centro del hogar y desde ahí se irradiará a todos los rincones. Ese fuego se alimenta cada día con la piedad, el rezo en familia, la devoción mariana.
Que no pase un día sin alimentar y acrecentar ese fuego con la oración en familia. A veces cuesta encender ese fuego en los hogares, sobre todo, si se dejan todas las puertas y ventanas abiertas a todos los aires, o se cuela el hielo del invierno y de la indiferencia. ¡Familias, enciendan el fuego del amor durante su vida, poniendo cada uno la leña del sacrificio que han ido consiguiendo a base de esfuerzo y trabajo! ¡Defiendan ese fuego, aunque tengan que quemarse las manos y el corazón! Sin el fuego del corazón, se destruye el hogar, la familia, los matrimonios
3. Luminosidad del edificio
¿De qué depende la luminosidad de una casa? De los ventanales. Una casa sin ventanas al exterior se convierte en una casa lúgubre, oscura y propensa a la humedad.
Lo mismo en el matrimonio. La luminosidad en el matrimonio depende de los grandes ventanales. ¿Para qué los grandes ventanales? Los grandes ventanales permiten airearse todos los rincones de la casa, para que no se acumulen los malos olores. Los grandes ventanales permiten la entrada de luz al hogar...y entrando la luz mueren las bacterias, la humedad, los hongos. Entrando la luz, se puede percibir mejor el polvo y las cosas sucias, y así poder limpiarlas, barrer bien todo. Los grandes ventanales permiten descansar la vista y alargarla hacia los anchos horizontes, ver las necesidades del mundo y de los hombres. ¡Familias, construyan en sus hogares grandes ventanales! No para que dejen meter los malos aires que hoy soplan por ahí: el aire del egoísmo que quiere limitar los nacimientos por medios ilícitos, artificiales, porque –según dicen- “familia pequeña, vive mejor”; ¡esto es egoísmo!; el aire del hedonismo, que busca el placer por el placer mismo; el aire del consumismo, que prefiere una heladera o un nuevo apartamento, a un nuevo hijo; los aires de la emancipación y liberación de la mujer, a quien se le obliga trabajar fuera de casa todo el día “porque así se realiza mejor, profesionalmente”, pero nunca está en casa para educar a sus hijos, para convivir con sus hijos; los aires de matrimonios a prueba, mientras tanto, a ver si funciona; los aires divorcistas, separatistas, para hacerse un nuevo amigo sentimental. ¡Grandes ventanales para que entre el aire renovado del Espíritu que sopla donde quiere y trae aromas del cielo! ¡Grandes ventanales para que la brisa suave de la oración matutina y vespertina consuele a toda la familia! ¡Grandes ventanales para poder ver la Iglesia de nuestra zona y acordarnos de ir a misa en familia y rezar antes de las comidas, o ante una imagen de la Virgencita! ¡Grandes ventanales para ver lo mucho que sufren nuestros hermanos, los hombres, y poderles echar una mano! ¡Grandes ventanales como los del portal de Belén, que era todo ventanal para mirar a todos los hombres y permitir que todos se acercaran a adorar al Salvador! ¡Que no haya recovecos en nuestros hogares, puertas secretas y oscuras, teléfonos escondidos desde donde llamar a piratas que quieren destruir nuestro hogar, nuestra familia, nuestros hijos!
Luminosidad en el matrimonio, y no mentira, falsedad, apariencia, infidelidad.
4. Limpieza del edificio
¿De qué depende la limpieza del matrimonio? De los mil detalles de cada día. De quitar cada día lo que ensucie, ese polvo que cae casi sin percibirlo. De no dejar acumulada ropa sucia, ni arrinconada la basura.
Limpieza en el dormitorio. Nada debe haber ahí que manche la intimidad del matrimonio. Limpieza de palabras, de gestos, de miradas. ¡Qué conversaciones tan limpias deberían hablarse ahí! La oración común, en el dormitorio va limpiando a la pareja cada noche y la va fortaleciendo en sus vínculos.
Limpieza en la mesa. Es la mesa la que va a unirnos varias veces al día a los miembros de la familia, para compartir el pan, las alegrías, las lágrimas, los proyectos. En la mesa se da el banquete familiar. Por eso, ahí debe haber limpieza suma. Allí en la mesa, nos miramos mutuamente, sonreímos, charlamos, disfrutamos de ese gozo de sabernos amados, queridos. En la mesa tenemos la oportunidad de practicar y crecer en muchas virtudes: apertura, respeto, servicialidad, moderación, generosidad. Sobre la mesa se pone el pan, las flores y el cariño. El pan que se parte, se reparte, se comparte. Las flores que adornan y embellecen la mesa familiar. Ahí se ofrece el cariño, que es esa corriente cordial que electrifica a todos los miembros y les permite el darse mutuamente, el abrirse, el comprenderse, el perdonarse. En la mesa hay que evitar el discutir, el pelearse, el encerrarnos en nosotros mismos...., pues todo esto ensuciaría el amor del matrimonio e impediría una buena digestión, creando un clima de crispación y rivalidad. En la mesa hay que evitar el querer comer a solas, en un rincón, o después de todos...como islas...; así simplemente se corta con esa corriente afectiva y familiar, y se convierte uno en su misma casa en un huésped extraño que entra y sale. Ha convertido su casa en un hotel, o posada, donde se va a comer, a dormir, a tomar una ducha o a cambiarse de traje, cuando se quiere.
Limpieza en la sala de estar. No permitir hablar mal de nadie, cuando vienen huéspedes o amigos. La sala de estar debe estar limpia de envidias, maledicencias, calumnias. La sala de estar debe tener siempre el florero lleno de flores olorosas: el buen humor, la benedicencia, el respeto, la jovialidad, la alegría. No la sala de estar no debe acumularse el humo de cigarrillos de la frivolidad y de la chabacanería. La sala de estar debe vista al patio o al jardín, para que allí se vea lo que se hace sin intenciones torcidas.
Limpieza en el patio, porque ahí deben jugar los niños. Que haya árboles y columpios y jardín. Pero todo limpio. La limpieza ayuda a los hijos a oxigenarse, airearse y a crecer sanos.
5. Altura del edificio
La altura del edificio matrimonial depende de la generosidad en el amor fecundo, abierto a la vida. Dios dijo a la primera pareja de la historia, Adán y Eva: “Creced y multiplicaos”.
Así como Dios es generoso con nosotros, así también los matrimonios deben ser generosos en transmitir la vida. ¡Qué hermoso es ver esas familias numerosas, donde los hijos alegran cada rincón de la casa! ¡Cómo se ejercitan en el cariño, en la donación, en la preocupación de unos por otros...cuando son muchos hermanos! Comparten todo, juegan juntos. También a veces se pelean, pero después se reconcilian. Si sólo hay un hijo en casa, ¿con quién juega, con quién comparte sus cosas, a quién sonríe, con quién se pelea, con quién hace las paces? No tiene hermanos. El niño que no tiene hermanitos es más propenso a la tristeza, al egoísmo, al aislamiento. Se le acorta el crecimiento afectivo y psicológico.
Familias, sean generosas. ¡Amen, sean portadoras de amor, defiendan el amor, protejan el amor, den amor!
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El matrimonio como un gran edificio se va construyendo día a día, minuto a minuto, segundo a segundo
Quiero comparar el matrimonio a un gran edificio que se va construyendo día a día, minuto a minuto, segundo a segundo. El día del casamiento se pone el primer ladrillo. Y el día de la muerte, el último.
Del esposo y de la esposa, junto con los hijos, depende:
· La solidez de ese edificio.
· La belleza de ese edificio.
· La luminosidad de ese edificio.
· La limpieza de ese edificio.
· La altura de ese edificio.
1. Solidez del edificio
¿De qué depende la solidez del edificio matrimonial?
De los cimientos y columnas. La solidez de una casa no depende de los cuadros que colgamos en la pared, ni de la antena parabólica, ni de la hermosa chimenea que hermosea y calienta el rincón de nuestra casa. Para que un matrimonio sea sólido, resistente a todos los vientos, huracanes y sismos, es necesario que tenga unos cimientos bien sólidos, graníticos, macizos.
¿Cuáles son esos cimientos y columnas sólidos y macizos en el matrimonio?
La piedad, esa virtud hermosa que reúne a toda la familia en torno a Dios todos los domingos, que junta todos los días a padres e hijos junto a un cuadro o una imagen de la Virgen a quien rezan un poco. La piedad es la que mueve a esa familia a bendecir los alimentos antes de las comidas.
La fe es otro cimiento y columna sólida en el matrimonio. La fe que les permite ver todas las cosas que les ocurren a la luz de Dios, es más, ven la mano de Dios en todo. La fe les hace superar las crisis y posibles vaivenes de la vida.
El amor es una columna sin la cual el edificio del matrimonio se derrumba. El amor como entrega, sacrificio, donación, capacidad de comprensión y bondad.
La fidelidad no puede faltar como cimiento que sostiene toda la casa matrimonial. La fidelidad a la palabra dada. La fidelidad al otro cónyuge. Fidelidad a los deberes del propio estado. Fidelidad en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad.
Y sacrificio, como cimiento macizo del edificio matrimonial. ¿Qué es el sacrificio? Es ese saber sufrir, soportar, aguantar todos los contratiempos de la vida. Ese poner buena cara a lo que nos cuesta o nos desagrada. La vida matrimonial y cualquier vida humana está llena de sacrificio, porque el sacrificio es ingrediente del devenir humano. Es el sacrificio el que nos hace madurar y va quitando de nosotros esas actitudes egoístas y caprichosas.
Si estos son los buenos y sólidos cimientos, ¿cuáles serían los cimientos débiles, de paja, de barro? Los gustos, los caprichos, el egoísmo, la indiferencia religiosa.
2. Belleza del edificio
La belleza de una casa depende del buen gusto en las dimensiones, proporciones, simetría.
Y la belleza de un matrimonio, ¿de qué depende? Del amor. El amor es el embellece al matrimonio, le da sus perfiles hermosos, permite la serenidad en cada rincón de casa, hace sonreír a padres e hijos.
¿Qué es el amor? Es difícil definir el amor, pues el amor no es para explicar. El amor es para vivir, para dar, para recibir. El amor es esa fuerza interior que me hace salir de mí mismo para darme a los demás, para entregarme a mi amado, sin buscar compensaciones, sin obligarle ni forzarle a que me ame. El amor es saber callar los defectos del otro, salir al encuentro del otro cuando lo necesita, es ofrecerme al otro, perdonar al otro, comprender al otro, ofrecerle limpiamente mi cariño. El amor exige una buena cuota de desprendimiento personal, de sacrificio y de renuncias por la persona a quien amo.
¿Por qué el amor embellece el edificio matrimonial? Porque va quitando aristas que sobran, puliendo superficies rugosas, limpiando azulejos sucios, empapelando con buen gusto paredes descarapeladas o en mal estado. El amor se fija en el detalle bello del ramo de flores para mi esposa, en ese dejar la ropa olorosa a mi esposo. El amor es el perfume del hogar. El amor es afecto, es decir, ternura, acercamiento cariñoso al estado del otro. El amor es amistad, es decir, quiere el bien del otro y une las personas. El amor no se empolva. El amor verdadero embellece el hogar. El amor hace crecer sanos física y psicológicamente a los hijos. El amor rejuvenece al matrimonio.
La falta de amor afea el matrimonio, desteje el paño familiar, raya las escaleras que hermosean la casa, quiebra las lámparas colgantes, ensucia las alfombras de los recibidores y exhala un mal olor en toda la casa. La falta de amor provoca las discusiones, hace subir el tono, hiere los sentimientos de las personas a quien más deberíamos amar. La falta de amor distancia los corazones, las almas y los cuerpos. La falta de amor descuida los detalles y le hace a uno ser grosero. La falta de amor envejece al matrimonio.
El amor es fuego que calienta esa casa. La primera que lo enciende es la madre, que es el corazón de la familia y es la primera en levantarse. Ese fuego que el marido, el papá, debe mantener a lo largo del día, desde su trabajo, llamando por teléfono a su mujer, trayendo a casa siempre y todos los días, algo de leña para alimentar ese fuego del amor en el hogar. ¡Que no traiga el cubo de agua de sus disgustos, para echarlo encima y apagar ese fuego! Ese fuego del que se alimentan los hijos, les hace crecer sanos, física, psicológica y espiritualmente. Este fuego hay que colocarlo en el centro del hogar y desde ahí se irradiará a todos los rincones. Ese fuego se alimenta cada día con la piedad, el rezo en familia, la devoción mariana.
Que no pase un día sin alimentar y acrecentar ese fuego con la oración en familia. A veces cuesta encender ese fuego en los hogares, sobre todo, si se dejan todas las puertas y ventanas abiertas a todos los aires, o se cuela el hielo del invierno y de la indiferencia. ¡Familias, enciendan el fuego del amor durante su vida, poniendo cada uno la leña del sacrificio que han ido consiguiendo a base de esfuerzo y trabajo! ¡Defiendan ese fuego, aunque tengan que quemarse las manos y el corazón! Sin el fuego del corazón, se destruye el hogar, la familia, los matrimonios
3. Luminosidad del edificio
¿De qué depende la luminosidad de una casa? De los ventanales. Una casa sin ventanas al exterior se convierte en una casa lúgubre, oscura y propensa a la humedad.
Lo mismo en el matrimonio. La luminosidad en el matrimonio depende de los grandes ventanales. ¿Para qué los grandes ventanales? Los grandes ventanales permiten airearse todos los rincones de la casa, para que no se acumulen los malos olores. Los grandes ventanales permiten la entrada de luz al hogar...y entrando la luz mueren las bacterias, la humedad, los hongos. Entrando la luz, se puede percibir mejor el polvo y las cosas sucias, y así poder limpiarlas, barrer bien todo. Los grandes ventanales permiten descansar la vista y alargarla hacia los anchos horizontes, ver las necesidades del mundo y de los hombres. ¡Familias, construyan en sus hogares grandes ventanales! No para que dejen meter los malos aires que hoy soplan por ahí: el aire del egoísmo que quiere limitar los nacimientos por medios ilícitos, artificiales, porque –según dicen- “familia pequeña, vive mejor”; ¡esto es egoísmo!; el aire del hedonismo, que busca el placer por el placer mismo; el aire del consumismo, que prefiere una heladera o un nuevo apartamento, a un nuevo hijo; los aires de la emancipación y liberación de la mujer, a quien se le obliga trabajar fuera de casa todo el día “porque así se realiza mejor, profesionalmente”, pero nunca está en casa para educar a sus hijos, para convivir con sus hijos; los aires de matrimonios a prueba, mientras tanto, a ver si funciona; los aires divorcistas, separatistas, para hacerse un nuevo amigo sentimental. ¡Grandes ventanales para que entre el aire renovado del Espíritu que sopla donde quiere y trae aromas del cielo! ¡Grandes ventanales para que la brisa suave de la oración matutina y vespertina consuele a toda la familia! ¡Grandes ventanales para poder ver la Iglesia de nuestra zona y acordarnos de ir a misa en familia y rezar antes de las comidas, o ante una imagen de la Virgencita! ¡Grandes ventanales para ver lo mucho que sufren nuestros hermanos, los hombres, y poderles echar una mano! ¡Grandes ventanales como los del portal de Belén, que era todo ventanal para mirar a todos los hombres y permitir que todos se acercaran a adorar al Salvador! ¡Que no haya recovecos en nuestros hogares, puertas secretas y oscuras, teléfonos escondidos desde donde llamar a piratas que quieren destruir nuestro hogar, nuestra familia, nuestros hijos!
Luminosidad en el matrimonio, y no mentira, falsedad, apariencia, infidelidad.
4. Limpieza del edificio
¿De qué depende la limpieza del matrimonio? De los mil detalles de cada día. De quitar cada día lo que ensucie, ese polvo que cae casi sin percibirlo. De no dejar acumulada ropa sucia, ni arrinconada la basura.
Limpieza en el dormitorio. Nada debe haber ahí que manche la intimidad del matrimonio. Limpieza de palabras, de gestos, de miradas. ¡Qué conversaciones tan limpias deberían hablarse ahí! La oración común, en el dormitorio va limpiando a la pareja cada noche y la va fortaleciendo en sus vínculos.
Limpieza en la mesa. Es la mesa la que va a unirnos varias veces al día a los miembros de la familia, para compartir el pan, las alegrías, las lágrimas, los proyectos. En la mesa se da el banquete familiar. Por eso, ahí debe haber limpieza suma. Allí en la mesa, nos miramos mutuamente, sonreímos, charlamos, disfrutamos de ese gozo de sabernos amados, queridos. En la mesa tenemos la oportunidad de practicar y crecer en muchas virtudes: apertura, respeto, servicialidad, moderación, generosidad. Sobre la mesa se pone el pan, las flores y el cariño. El pan que se parte, se reparte, se comparte. Las flores que adornan y embellecen la mesa familiar. Ahí se ofrece el cariño, que es esa corriente cordial que electrifica a todos los miembros y les permite el darse mutuamente, el abrirse, el comprenderse, el perdonarse. En la mesa hay que evitar el discutir, el pelearse, el encerrarnos en nosotros mismos...., pues todo esto ensuciaría el amor del matrimonio e impediría una buena digestión, creando un clima de crispación y rivalidad. En la mesa hay que evitar el querer comer a solas, en un rincón, o después de todos...como islas...; así simplemente se corta con esa corriente afectiva y familiar, y se convierte uno en su misma casa en un huésped extraño que entra y sale. Ha convertido su casa en un hotel, o posada, donde se va a comer, a dormir, a tomar una ducha o a cambiarse de traje, cuando se quiere.
Limpieza en la sala de estar. No permitir hablar mal de nadie, cuando vienen huéspedes o amigos. La sala de estar debe estar limpia de envidias, maledicencias, calumnias. La sala de estar debe tener siempre el florero lleno de flores olorosas: el buen humor, la benedicencia, el respeto, la jovialidad, la alegría. No la sala de estar no debe acumularse el humo de cigarrillos de la frivolidad y de la chabacanería. La sala de estar debe vista al patio o al jardín, para que allí se vea lo que se hace sin intenciones torcidas.
Limpieza en el patio, porque ahí deben jugar los niños. Que haya árboles y columpios y jardín. Pero todo limpio. La limpieza ayuda a los hijos a oxigenarse, airearse y a crecer sanos.
5. Altura del edificio
La altura del edificio matrimonial depende de la generosidad en el amor fecundo, abierto a la vida. Dios dijo a la primera pareja de la historia, Adán y Eva: “Creced y multiplicaos”.
Así como Dios es generoso con nosotros, así también los matrimonios deben ser generosos en transmitir la vida. ¡Qué hermoso es ver esas familias numerosas, donde los hijos alegran cada rincón de la casa! ¡Cómo se ejercitan en el cariño, en la donación, en la preocupación de unos por otros...cuando son muchos hermanos! Comparten todo, juegan juntos. También a veces se pelean, pero después se reconcilian. Si sólo hay un hijo en casa, ¿con quién juega, con quién comparte sus cosas, a quién sonríe, con quién se pelea, con quién hace las paces? No tiene hermanos. El niño que no tiene hermanitos es más propenso a la tristeza, al egoísmo, al aislamiento. Se le acorta el crecimiento afectivo y psicológico.
Familias, sean generosas. ¡Amen, sean portadoras de amor, defiendan el amor, protejan el amor, den amor!
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lunes, 18 de agosto de 2008
13.- UN MISTERIO LLAMADO MATRIMONIO
Ante las dificultades objetivas nuestra actitud de entrega, de pureza y de generosidad serán el ejemplo y el impulso cristiano que necesita el mundo
Un misterio llamado matrimonio
El matrimonio necesita de nuestro constante compromiso. Es decir, del amor. Amor diario, esforzado, alegre. Ante las dificultades objetivas nuestra actitud de entrega, de pureza y de generosidad serán el ejemplo y el impulso cristiano que necesita el mundo.
Un hombre y una mujer se enamoran, encuentran su unidad, su destino en común. Insisto: un hombre y una mujer. Así ha sido desde el principio de los tiempos, desde que el hombre es hombre y no esta especie de casuística amorfa, de dirección única, en el que algunos lo quieren convertir. El enamoramiento comienza en la mirada, y transforma todo nuestro existir en un acto infinito. Ya nada es lo mismo. El corazón late desbocado. Queremos al otro en cada detalle de su voluntad, en cada gesto, por nimio que sea. Para siempre. No podemos pasar sin él, sin ella. Nos basta con su presencia, con su perfil, con la gracia de su figura, con la elegancia de su nombre. Desde luego que ya nada es lo mismo. Hemos nacido de nuevo. A un amor limpio, que nos impulsa a ser mejores, a entregar nuestra vida. Es un “camino de perfección” que nos devuelve a la alegría, quizá perdida hace tiempo en el laberinto del yo y sus pasiones alucinógenas. Y poco a poco nos vamos desnudando de nuestro capricho y acariciamos la entraña de la felicidad.
El matrimonio es un conocimiento y un convencimiento, una clara vocación por la espeleología del alma, un sacramento que brota del perfume de los cuerpos. Es una ternura inviolable por la que no pasan los años, ni la unción de las arrugas. Es un noviazgo constante, un compromiso que va mucho más allá de la rutina y del cansancio. Nada que ver con la burocracia, el padrón o las fotocopias del libro de familia. Es un ofrecimiento responsable, un milagro que engendra vida. A pesar de los disgustos y de las lágrimas. Hombre y mujer se entregan al sentido del sacrificio, sin exhibicionismos sospechosos, sin amaneramientos extraños. Y sin vacilaciones. Juntos, sin miedo al camino. La condición masculina se complementa con la femenina (y viceversa), en un misterio solemne e inmemorial. Se funden los labios, se consuman las palabras, en un abrazo tan prodigioso como necesario.
Nuestras sociedades necesitan hoy más que nunca del matrimonio -raíz de la familia- si quieren seguir subsistiendo como tales. Si quieren conservar un ápice de cordura, de esperanza para el futuro. Precisamente ahora es cuando virtudes como la fidelidad, el pudor o la sinceridad son más necesarias, adquieren un sentido más poderoso. A pesar del desuso, de las costumbres viciadas, de la tiranía que ejerce a nuestro alrededor la anomalía. El amor cabal de un hombre y de una mujer se basa en la abnegación, y es la fuente desde donde mana la más urgente solidaridad que necesita el mundo. Esto, y no otra cosa, es el matrimonio.
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Un misterio llamado matrimonio
El matrimonio necesita de nuestro constante compromiso. Es decir, del amor. Amor diario, esforzado, alegre. Ante las dificultades objetivas nuestra actitud de entrega, de pureza y de generosidad serán el ejemplo y el impulso cristiano que necesita el mundo.
Un hombre y una mujer se enamoran, encuentran su unidad, su destino en común. Insisto: un hombre y una mujer. Así ha sido desde el principio de los tiempos, desde que el hombre es hombre y no esta especie de casuística amorfa, de dirección única, en el que algunos lo quieren convertir. El enamoramiento comienza en la mirada, y transforma todo nuestro existir en un acto infinito. Ya nada es lo mismo. El corazón late desbocado. Queremos al otro en cada detalle de su voluntad, en cada gesto, por nimio que sea. Para siempre. No podemos pasar sin él, sin ella. Nos basta con su presencia, con su perfil, con la gracia de su figura, con la elegancia de su nombre. Desde luego que ya nada es lo mismo. Hemos nacido de nuevo. A un amor limpio, que nos impulsa a ser mejores, a entregar nuestra vida. Es un “camino de perfección” que nos devuelve a la alegría, quizá perdida hace tiempo en el laberinto del yo y sus pasiones alucinógenas. Y poco a poco nos vamos desnudando de nuestro capricho y acariciamos la entraña de la felicidad.
El matrimonio es un conocimiento y un convencimiento, una clara vocación por la espeleología del alma, un sacramento que brota del perfume de los cuerpos. Es una ternura inviolable por la que no pasan los años, ni la unción de las arrugas. Es un noviazgo constante, un compromiso que va mucho más allá de la rutina y del cansancio. Nada que ver con la burocracia, el padrón o las fotocopias del libro de familia. Es un ofrecimiento responsable, un milagro que engendra vida. A pesar de los disgustos y de las lágrimas. Hombre y mujer se entregan al sentido del sacrificio, sin exhibicionismos sospechosos, sin amaneramientos extraños. Y sin vacilaciones. Juntos, sin miedo al camino. La condición masculina se complementa con la femenina (y viceversa), en un misterio solemne e inmemorial. Se funden los labios, se consuman las palabras, en un abrazo tan prodigioso como necesario.
Nuestras sociedades necesitan hoy más que nunca del matrimonio -raíz de la familia- si quieren seguir subsistiendo como tales. Si quieren conservar un ápice de cordura, de esperanza para el futuro. Precisamente ahora es cuando virtudes como la fidelidad, el pudor o la sinceridad son más necesarias, adquieren un sentido más poderoso. A pesar del desuso, de las costumbres viciadas, de la tiranía que ejerce a nuestro alrededor la anomalía. El amor cabal de un hombre y de una mujer se basa en la abnegación, y es la fuente desde donde mana la más urgente solidaridad que necesita el mundo. Esto, y no otra cosa, es el matrimonio.
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domingo, 17 de agosto de 2008
14.- EDUCAR ES FASCINANTE
Educar es fascinante
Los pies bien en el suelo y con una gran esperanza de felicidad. ¿Quién se apunta?
Algunas corrientes, denominadas progresistas, animaban ya hace más de 30 años a renunciar a la autoridad. Se vivió entonces un clima de dejadez en el exigir. Actualmente, por contra, se ha puesto en valor el hecho de poder mandar-acompañar-liderar con determinación e ideas claras, evitando pasividades y proteccionismos.
Ahora, a principios de siglo XXI, es el tiempo donde la coherencia y la interpretación sincera del actuar humano son de vital necesidad. Vivir ha de significar una explicación, no una mera opinión o percepción simple de lo que parece ser propio al hombre.
Asimismo, puede ser muy enriquecedor considerar la autoridad, el derecho a recibir un servicio, desde el punto de vista de aquel que obedece o realiza una tarea para los demás. ¡Qué gran valor poder ejercer cualquier profesión honrada, para mejorar personalmente y poder elevar, a todos los niveles, a una sociedad, donde uno esté en cada momento. Y desde ese lugar, poder decir aquello de D. José Ortega Gasset “Yo soy yo y mis circunstancias y si no las salvo a ellas no me salvo yo”. Pues sí, realmente todos influimos de alguna manera, sea cual sea nuestro nivel de responsabilidad, influencia o prestigio. Y podemos y debemos aumentar la excelencia de las personas que tenemos al lado, pues son nuestra gran “circunstancia”.
En el amplio campo de la educación formal, familiar y no formal, habrá ocasiones en que será imprescindible exigir y dejarse exigir con fortaleza, siempre dentro de un ambiente amable y con espíritu deportivo. Esa fortaleza es muestra de verdadera estima, comprensión y confianza mutuas, entre padres e hijos, entre profesores y alumnos, entre amigos.
Esto no excluye la decisión firme, clara, de hacer y mandar hacer lo que se debe. Pero, en todo caso, los gritos o amenazas encendidas son las más de las veces innecesarias. Si esa actitud violenta menudea al ejercer la autoridad, será una muestra de falta de seguridad y preparación. Se descubre entonces una maravillosa ocasión para mostrarse más serenos, templados y prudentes.
También es verdad que en esos asuntos concretos y tan humanos, las cosas no son tan fáciles y evidentes. Pero hemos de poder fijar unos límites, en los que sí se debe actuar con una energía proporcionada a la necesidad educativa.
Al marcar límites ha de quedar manifiesto qué es lo que no se puede hacer, qué es un error, qué es una conducta inaceptable. Parafraseando a D. Julián Marías, esta limitación negativa es de suma importancia, porque elimina una larga serie de conductas injustificadas, inadmisibles, que hay que rechazar. Podrá quedar cierta vacilación respecto a la licitud o conveniencia de las conductas positivas; pero es muy grande el valor que encierra la evidencia de lo que no se debe ni puede hacer.
Importa mucho enunciar, y vivir y ver vividas, conductas que susciten estimación, adhesión sin reservas. Ellas serán sustento firme, posibilitarán seguir adelante sin vacilación, con la seguridad de que el punto de partida es justo y bien cimentado.
Así, aunque no tuviéramos seguridad ante el porvenir, que normalmente sí la habrá, siempre la tendremos respecto a nuestro punto de partida. Los pies bien en el suelo y con una gran esperanza de felicidad. ¿Quién se apunta?
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Los pies bien en el suelo y con una gran esperanza de felicidad. ¿Quién se apunta?
Algunas corrientes, denominadas progresistas, animaban ya hace más de 30 años a renunciar a la autoridad. Se vivió entonces un clima de dejadez en el exigir. Actualmente, por contra, se ha puesto en valor el hecho de poder mandar-acompañar-liderar con determinación e ideas claras, evitando pasividades y proteccionismos.
Ahora, a principios de siglo XXI, es el tiempo donde la coherencia y la interpretación sincera del actuar humano son de vital necesidad. Vivir ha de significar una explicación, no una mera opinión o percepción simple de lo que parece ser propio al hombre.
Asimismo, puede ser muy enriquecedor considerar la autoridad, el derecho a recibir un servicio, desde el punto de vista de aquel que obedece o realiza una tarea para los demás. ¡Qué gran valor poder ejercer cualquier profesión honrada, para mejorar personalmente y poder elevar, a todos los niveles, a una sociedad, donde uno esté en cada momento. Y desde ese lugar, poder decir aquello de D. José Ortega Gasset “Yo soy yo y mis circunstancias y si no las salvo a ellas no me salvo yo”. Pues sí, realmente todos influimos de alguna manera, sea cual sea nuestro nivel de responsabilidad, influencia o prestigio. Y podemos y debemos aumentar la excelencia de las personas que tenemos al lado, pues son nuestra gran “circunstancia”.
En el amplio campo de la educación formal, familiar y no formal, habrá ocasiones en que será imprescindible exigir y dejarse exigir con fortaleza, siempre dentro de un ambiente amable y con espíritu deportivo. Esa fortaleza es muestra de verdadera estima, comprensión y confianza mutuas, entre padres e hijos, entre profesores y alumnos, entre amigos.
Esto no excluye la decisión firme, clara, de hacer y mandar hacer lo que se debe. Pero, en todo caso, los gritos o amenazas encendidas son las más de las veces innecesarias. Si esa actitud violenta menudea al ejercer la autoridad, será una muestra de falta de seguridad y preparación. Se descubre entonces una maravillosa ocasión para mostrarse más serenos, templados y prudentes.
También es verdad que en esos asuntos concretos y tan humanos, las cosas no son tan fáciles y evidentes. Pero hemos de poder fijar unos límites, en los que sí se debe actuar con una energía proporcionada a la necesidad educativa.
Al marcar límites ha de quedar manifiesto qué es lo que no se puede hacer, qué es un error, qué es una conducta inaceptable. Parafraseando a D. Julián Marías, esta limitación negativa es de suma importancia, porque elimina una larga serie de conductas injustificadas, inadmisibles, que hay que rechazar. Podrá quedar cierta vacilación respecto a la licitud o conveniencia de las conductas positivas; pero es muy grande el valor que encierra la evidencia de lo que no se debe ni puede hacer.
Importa mucho enunciar, y vivir y ver vividas, conductas que susciten estimación, adhesión sin reservas. Ellas serán sustento firme, posibilitarán seguir adelante sin vacilación, con la seguridad de que el punto de partida es justo y bien cimentado.
Así, aunque no tuviéramos seguridad ante el porvenir, que normalmente sí la habrá, siempre la tendremos respecto a nuestro punto de partida. Los pies bien en el suelo y con una gran esperanza de felicidad. ¿Quién se apunta?
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sábado, 16 de agosto de 2008
15.- AMOR DE HERMANOS
Amor de hermanos
Un problema real en algunas familias es la falta de amor entre los hermanos
El problema tiene muchas raíces y se produce por motivos distintos. En algunos casos, es debido a errores de los padres en la educación de sus hijos. En otros, a un problema surgido entre los mismos hermanos en un momento puntual de su desarrollo infantil o juvenil. En otros, a conflictos que aparecen ya en la edad adulta: peleas por la herencia, puntos de vista opuestos respecto a la religión o la política, disconformidad por el piso o el trabajo escogido por el otro, etc.
Cada situación merecería ser tratada de un modo específico. Quisiéramos ahora hacer una breve reflexión sobre la necesidad de suscitar, cuidar y acrecentar el amor entre los hermanos.
Lo primero es suscitar o promover. Un grave error en la vida familiar es suponer que por vivir en la misma casa y tener la misma sangre surgirá de modo espontáneo el afecto y cariño entre los hermanos. La realidad es que el amor se construye día a día, a base de educación, de renuncia al propio egoísmo, de apertura al otro, por medio de un trato que vaya más allá de los saludos habituales entre quienes viven bajo el mismo techo.
Los padres tienen una responsabilidad enorme en esta tarea. Desde que los niños son pequeños, buscan darles lo mejor y lograr que cada uno se sienta igual de amado que los otros. Este esfuerzo es un primer paso muy importante, pero hay que ir más allá: hay que conseguir que cada hijo aprecie, respete y ame a sus hermanos.
Desde el amor, los padres pueden ayudar mucho a que entre los hijos se promueva un clima de respeto. Es lícito que cada uno tenga su pequeño espacio de autonomía (donde las dimensiones de la casa lo permitan...). Pero es más importante educar a cada hijo a no encerrarse en su pequeño mundo y a abrirse a sus hermanos con el mismo cariño, o incluso superior, con el que se abren y tratan con sus amigos de escuela o de barrio.
Es muy hermoso, en ese sentido, ver cómo el padre o la madre se sientan junto a la hija de 10 años para explicarle que su hermano adolescente está pasando por una edad difícil, que necesita comprensión, que hay que respetar sus cosas, que hay que rezar por él. O que hablan con la hija universitaria para pedirle que nunca le grite al hermanito pequeño por el caos que provoca en casa, sino que más bien sepa buscar momentos para ayudarle en sus deberes, para enseñarle a ordenar las cosas en la habitación, para motivarle a participar en las mil tareas de casa.
Lo segundo, en parte ya mencionado, es cuidar el amor. La vida familiar implica continuos roces. La niña quiere poner la música a todo volumen mientras que el “niño” (ya tiene 15 años...) ha pedido silencio por las tardes para sacar sus problemas de matemáticas. O el hermano mayor no quiere saber nada de ayudar a limpiar platos, mientras la hermana que le sigue en edad considera eso una injusticia machista que debe desaparecer cuanto antes.
Que haya conflictos es lo más normal del mundo. Pero saber superarlos con paciencia y, sobre todo, con un respeto que nace del cariño y que va más allá de las simples reglas de justicia, lleva a restablecer en seguida los lazos que unen a los hermanos entre sí.
Habrá ocasiones en que antes de ir a misa los padres pedirán a sus hijos que si alguno tiene rencor o rabia hacia algún hermano, antes de ir al altar pida perdón y ofrezca su perdón. Sólo así tiene sentido pleno participar en la misa como familia verdaderamente cristiana.
Lo tercero es acrecentar el amor. Si en casa ha sido promovido el amor; si el amor ha sido preservado y custodiado, a veces también “curado”, a lo largo de los meses; si padres e hijos se sienten no sólo miembros de una misma familia, sino realmente amigos que se quieren y se ayudan... Entonces este tesoro de cariño, que es un don maravilloso de Dios, necesita incrementarse con el tiempo.
El paso de los años lleva, como consecuencia normal, a que cada hijo haga su propia vida. Escoge su carrera, busca un trabajo, empieza el noviazgo, llega al día de bodas, vuela del nido. Pero ese momento no debe convertirse en una despedida o una ruptura. Se trata más bien de un paso hacia la madurez, hacia la creación de una nueva familia, que no debe significar un perder el tesoro de cariño que existe entre los hermanos.
En el respeto a la autonomía normal de cada adulto, es muy hermoso interesarse por el hermano que tiene problemas en su trabajo, que no sabe cómo atender a un hijo nacido con una enfermedad peligrosa, que no alcanza a pagar la mensualidad para su piso... Las situaciones son infinitas, y los tipos de ayuda que se pueden ofrecer varían mucho de caso a caso.
Es cierto que quien está necesitado no puede “abusar” de sus hermanos ni pedir continuamente dinero u otras ayudas. Pero también es cierto que existen muchas maneras de mostrar y vivir el cariño mutuo, especialmente cuando los problemas son más graves y uno necesita sentirse apoyado por quienes son de la misma sangre y, sobre todo, por quienes han aprendido a vivir unidos como “buenos hermanos”.
En la oración se encontrarán fórmulas para lograr esa armonía que hace tan hermosa la vida familiar. El amor entre los hermanos será, entonces, el mejor fruto de la siembra paterna, la mejor manera de vivir el cariño hacia unos padres que supieron promover, en un hogar que quiso vivir con alegría el Evangelio, ese amor en el que cada uno deja de lado sus gustos para servir al prójimo más prójimo: el propio hermano.
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Un problema real en algunas familias es la falta de amor entre los hermanos
El problema tiene muchas raíces y se produce por motivos distintos. En algunos casos, es debido a errores de los padres en la educación de sus hijos. En otros, a un problema surgido entre los mismos hermanos en un momento puntual de su desarrollo infantil o juvenil. En otros, a conflictos que aparecen ya en la edad adulta: peleas por la herencia, puntos de vista opuestos respecto a la religión o la política, disconformidad por el piso o el trabajo escogido por el otro, etc.
Cada situación merecería ser tratada de un modo específico. Quisiéramos ahora hacer una breve reflexión sobre la necesidad de suscitar, cuidar y acrecentar el amor entre los hermanos.
Lo primero es suscitar o promover. Un grave error en la vida familiar es suponer que por vivir en la misma casa y tener la misma sangre surgirá de modo espontáneo el afecto y cariño entre los hermanos. La realidad es que el amor se construye día a día, a base de educación, de renuncia al propio egoísmo, de apertura al otro, por medio de un trato que vaya más allá de los saludos habituales entre quienes viven bajo el mismo techo.
Los padres tienen una responsabilidad enorme en esta tarea. Desde que los niños son pequeños, buscan darles lo mejor y lograr que cada uno se sienta igual de amado que los otros. Este esfuerzo es un primer paso muy importante, pero hay que ir más allá: hay que conseguir que cada hijo aprecie, respete y ame a sus hermanos.
Desde el amor, los padres pueden ayudar mucho a que entre los hijos se promueva un clima de respeto. Es lícito que cada uno tenga su pequeño espacio de autonomía (donde las dimensiones de la casa lo permitan...). Pero es más importante educar a cada hijo a no encerrarse en su pequeño mundo y a abrirse a sus hermanos con el mismo cariño, o incluso superior, con el que se abren y tratan con sus amigos de escuela o de barrio.
Es muy hermoso, en ese sentido, ver cómo el padre o la madre se sientan junto a la hija de 10 años para explicarle que su hermano adolescente está pasando por una edad difícil, que necesita comprensión, que hay que respetar sus cosas, que hay que rezar por él. O que hablan con la hija universitaria para pedirle que nunca le grite al hermanito pequeño por el caos que provoca en casa, sino que más bien sepa buscar momentos para ayudarle en sus deberes, para enseñarle a ordenar las cosas en la habitación, para motivarle a participar en las mil tareas de casa.
Lo segundo, en parte ya mencionado, es cuidar el amor. La vida familiar implica continuos roces. La niña quiere poner la música a todo volumen mientras que el “niño” (ya tiene 15 años...) ha pedido silencio por las tardes para sacar sus problemas de matemáticas. O el hermano mayor no quiere saber nada de ayudar a limpiar platos, mientras la hermana que le sigue en edad considera eso una injusticia machista que debe desaparecer cuanto antes.
Que haya conflictos es lo más normal del mundo. Pero saber superarlos con paciencia y, sobre todo, con un respeto que nace del cariño y que va más allá de las simples reglas de justicia, lleva a restablecer en seguida los lazos que unen a los hermanos entre sí.
Habrá ocasiones en que antes de ir a misa los padres pedirán a sus hijos que si alguno tiene rencor o rabia hacia algún hermano, antes de ir al altar pida perdón y ofrezca su perdón. Sólo así tiene sentido pleno participar en la misa como familia verdaderamente cristiana.
Lo tercero es acrecentar el amor. Si en casa ha sido promovido el amor; si el amor ha sido preservado y custodiado, a veces también “curado”, a lo largo de los meses; si padres e hijos se sienten no sólo miembros de una misma familia, sino realmente amigos que se quieren y se ayudan... Entonces este tesoro de cariño, que es un don maravilloso de Dios, necesita incrementarse con el tiempo.
El paso de los años lleva, como consecuencia normal, a que cada hijo haga su propia vida. Escoge su carrera, busca un trabajo, empieza el noviazgo, llega al día de bodas, vuela del nido. Pero ese momento no debe convertirse en una despedida o una ruptura. Se trata más bien de un paso hacia la madurez, hacia la creación de una nueva familia, que no debe significar un perder el tesoro de cariño que existe entre los hermanos.
En el respeto a la autonomía normal de cada adulto, es muy hermoso interesarse por el hermano que tiene problemas en su trabajo, que no sabe cómo atender a un hijo nacido con una enfermedad peligrosa, que no alcanza a pagar la mensualidad para su piso... Las situaciones son infinitas, y los tipos de ayuda que se pueden ofrecer varían mucho de caso a caso.
Es cierto que quien está necesitado no puede “abusar” de sus hermanos ni pedir continuamente dinero u otras ayudas. Pero también es cierto que existen muchas maneras de mostrar y vivir el cariño mutuo, especialmente cuando los problemas son más graves y uno necesita sentirse apoyado por quienes son de la misma sangre y, sobre todo, por quienes han aprendido a vivir unidos como “buenos hermanos”.
En la oración se encontrarán fórmulas para lograr esa armonía que hace tan hermosa la vida familiar. El amor entre los hermanos será, entonces, el mejor fruto de la siembra paterna, la mejor manera de vivir el cariño hacia unos padres que supieron promover, en un hogar que quiso vivir con alegría el Evangelio, ese amor en el que cada uno deja de lado sus gustos para servir al prójimo más prójimo: el propio hermano.
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viernes, 15 de agosto de 2008
16.- ENVIDIAS ENTRE HERMANOS
Envidias entre hermanos
¡Mi hermano es el preferido! ¡A él le queréis más que a mí!...
Éstas, como otras muchas acusaciones semejantes, pueden llegar a cruzar, casi sin darnos cuenta, nuestra sala de estar una tarde cualquiera.
Son nuestros hijos. Esos niños a los que a pesar de quererles con toda el alma y aún demostrándoselo a diario no se sienten lo suficientemente seguros de sí mismos como para reconocer que en casa nadie prefiere a nadie.
En estos casos, lo mejor es analizar la situación: ¿Celos o simple pelusilla? Para descubrirla tendremos que buscar los motivos que han hecho pensar de este modo a nuestro hijo.
Aunque siempre hayamos intentado comportarnos justamente con nuestros pequeños, dando a cada hijo el cariño que necesita, cubriendo con afecto todas sus necesidades... Eso no quiere decir que uno de nuestros hijos, sobre todo en esta etapa escolar, no llegue a sentir en algún momento celos de sus hermanos.
Al fin y al cabo, todos los chicos de esta edad desean lo mismo, el “exclusivo” amor de sus padres. Para ellos, ser el orgullo de papá o mamá lo es todo en la vida y no conseguirlo o, suponer que no se ha conseguido, puede dar lugar a la aparición de envidias o celos.
Una experiencia
Este sentimiento, suele tener su origen en la falta de autoestima. El niño inseguro suele tener más propensión a sentir celos que aquel que se siente a gusto consigo mismo y optimista. En cualquier caso, estas situaciones son bastante normales.
Por ello, ante los celos de nuestro hijo es conveniente actuar con tranquilidad pues una vez atajado el problema lo más probable es que todo quede en una experiencia más que le ayude, incluso, a moverse mejor en sociedad el día de mañana.
Asimismo, conviene recordar que no es necesario que exista una situación concreta en casa para que nuestro hijo sienta celos de alguno de sus hermanos.
En algunos casos, es la propia inseguridad del niño la que le lleva a forjarse cientos de ideas totalmente equivocadas sobre quiénes son nuestros preferidos o a quién queremos más.
De ahí, esa tan habitual pregunta que muchos niños de estas edades suelen hacer a sus padres: ¿Cuánto me quieres papá?
Cariño y paciencia
El origen de estos celos, de esta necesidad de ser el más querido suele ser distinto en cada caso. Muchos niños se sienten celosos de sus hermanos por culpa de algún complejo. Es decir, si nuestro hijo lleva aparato en los dientes o es "un pato mareado" montando en bicicleta y en cambio su hermano mayor no sólo es un “as” del deporte sino que además es atractivo, no es extraño que el chico en su inseguridad sienta celos del primogénito.
En ambas situaciones las reacciones suelen ser de lo más variado: rabietas, mal humor, mentiras, una especial propensión a “chinchar” al hermano envidiado... En cualquier caso, para todas ellas existe una excelente medicina: la calma.
Alegría
Asimismo, es conveniente que recordemos que los niños suelen imitar las conductas de sus padres. Por ello, siempre es bueno que evitemos hacer delante de ellos ciertos comentarios.
Si el ascenso injusto de nuestro compañero de trabajo nos sienta mal, por ejemplo, procuraremos no manifestar nuestro malestar delante del niño. Al fin y al cabo, podría hacer una generalidad de lo que no deja de ser una mera anécdota.
Para evitar que nuestro hijo se convierta en un envidioso el día de mañana conviene despertar en él la capacidad de admiración por otras personas, entre ellas sus hermanos, así como la necesidad de sentir y demostrar alegría por el triunfo de los demás.
Aunque eso suponga que tengamos que esforzarnos por esbozar una gran sonrisa cada vez que nuestro hijo pierda un partido. A cada hijo debemos aceptarlo tal y como es. Con sus puntos débiles y fuertes. Eso sí, siempre intentando potenciar sus cualidades, haciéndole ver cuántas tiene y lo mucho que le queremos.
Si aún así nuestro hijo siente cierta envidia de sus hermanos, tendremos que hacerle entender cuando esté tranquilo cuáles son las consecuencias de su desmesurada actitud: que no disfruta de nada, que sus hermanos lo están pasando mal por su culpa...
Si nuestro hijo siente celos de su hermano mayor, por ejemplo, conviene que durante una temporada no exageremos nuestros halagos o recompensas hacia aquel delante del niño.
Las comparaciones entre hermanos suelen dar lugar a que surjan rencillas. Para evitarlo podemos intentar descubrir las cualidades de cada uno elogiándolas por igual y por separado.
Por lo general, a estas edades los chicos son mucho más sutiles a la hora de expresar sus enfados. Por ello, no nos debe extrañar que nuestro hijo no dude en esperar a que nos demos la vuelta para "chinchar" a sus hermanos.
¡Fuera comparaciones!
En cualquier caso, antes de que estas situaciones se produzcan es conveniente evitar ciertas formas de actuar.
Las comparaciones entre hermanos, por ejemplo, suelen dar lugar a que surja el gusanillo de la envidia entre ellos. Por ello, intentaremos buscar cosas en las que destaque cada uno para elogiar individualmente sus cualidades.
En cuanto a las peleas, debemos procurar no tomar partido por ninguno de nuestros hijos por mucho que seamos conscientes de que la paciencia del mayor tenía que tener un límite. Si lo hiciésemos estaríamos dando lugar a posibles acusaciones como: ¡Siempre le defiendes a él! Aunque esto no sea del todo cierto.
Por último, conviene que recordemos que cuando nuestro hijo se siente celoso, sufre. Por ello, no es conveniente que aumentemos su pesar con castigos, regañinas o recordándole constantemente lo envidioso que es. En esta tarea también pueden participar sus hermanos.
Si nadie le acusa de ser celoso, si poco a poco consigue entender cuanto le queremos y la gran cantidad de cualidades que posee, lentamente su personalidad se irá afianzando.
Pronto su pelusilla no será más que una anécdota de la que el mismo se reirá dentro de unos años.
Un buen método para conseguir que nuestro hijo supere sus celos es ofreciéndole responsabilidades que sepamos con antelación que puede llevarlas a cabo con éxito.
Si se le dan muy bien las manualidades, por ejemplo, podemos proponerle que nos ayude a realizar pequeñas chapuzas en casa: dar una capa de pintura a unas sillas viejas, cambiar las cortinas del cuarto de baño... De este modo, poco a poco, su personalidad se irá afianzando al irse dando cuenta de que cada uno destaca en una determinadas capacidades y que nadie es globalmente mejor que otro.
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¡Mi hermano es el preferido! ¡A él le queréis más que a mí!...
Éstas, como otras muchas acusaciones semejantes, pueden llegar a cruzar, casi sin darnos cuenta, nuestra sala de estar una tarde cualquiera.
Son nuestros hijos. Esos niños a los que a pesar de quererles con toda el alma y aún demostrándoselo a diario no se sienten lo suficientemente seguros de sí mismos como para reconocer que en casa nadie prefiere a nadie.
En estos casos, lo mejor es analizar la situación: ¿Celos o simple pelusilla? Para descubrirla tendremos que buscar los motivos que han hecho pensar de este modo a nuestro hijo.
Aunque siempre hayamos intentado comportarnos justamente con nuestros pequeños, dando a cada hijo el cariño que necesita, cubriendo con afecto todas sus necesidades... Eso no quiere decir que uno de nuestros hijos, sobre todo en esta etapa escolar, no llegue a sentir en algún momento celos de sus hermanos.
Al fin y al cabo, todos los chicos de esta edad desean lo mismo, el “exclusivo” amor de sus padres. Para ellos, ser el orgullo de papá o mamá lo es todo en la vida y no conseguirlo o, suponer que no se ha conseguido, puede dar lugar a la aparición de envidias o celos.
Una experiencia
Este sentimiento, suele tener su origen en la falta de autoestima. El niño inseguro suele tener más propensión a sentir celos que aquel que se siente a gusto consigo mismo y optimista. En cualquier caso, estas situaciones son bastante normales.
Por ello, ante los celos de nuestro hijo es conveniente actuar con tranquilidad pues una vez atajado el problema lo más probable es que todo quede en una experiencia más que le ayude, incluso, a moverse mejor en sociedad el día de mañana.
Asimismo, conviene recordar que no es necesario que exista una situación concreta en casa para que nuestro hijo sienta celos de alguno de sus hermanos.
En algunos casos, es la propia inseguridad del niño la que le lleva a forjarse cientos de ideas totalmente equivocadas sobre quiénes son nuestros preferidos o a quién queremos más.
De ahí, esa tan habitual pregunta que muchos niños de estas edades suelen hacer a sus padres: ¿Cuánto me quieres papá?
Cariño y paciencia
El origen de estos celos, de esta necesidad de ser el más querido suele ser distinto en cada caso. Muchos niños se sienten celosos de sus hermanos por culpa de algún complejo. Es decir, si nuestro hijo lleva aparato en los dientes o es "un pato mareado" montando en bicicleta y en cambio su hermano mayor no sólo es un “as” del deporte sino que además es atractivo, no es extraño que el chico en su inseguridad sienta celos del primogénito.
En ambas situaciones las reacciones suelen ser de lo más variado: rabietas, mal humor, mentiras, una especial propensión a “chinchar” al hermano envidiado... En cualquier caso, para todas ellas existe una excelente medicina: la calma.
Alegría
Asimismo, es conveniente que recordemos que los niños suelen imitar las conductas de sus padres. Por ello, siempre es bueno que evitemos hacer delante de ellos ciertos comentarios.
Si el ascenso injusto de nuestro compañero de trabajo nos sienta mal, por ejemplo, procuraremos no manifestar nuestro malestar delante del niño. Al fin y al cabo, podría hacer una generalidad de lo que no deja de ser una mera anécdota.
Para evitar que nuestro hijo se convierta en un envidioso el día de mañana conviene despertar en él la capacidad de admiración por otras personas, entre ellas sus hermanos, así como la necesidad de sentir y demostrar alegría por el triunfo de los demás.
Aunque eso suponga que tengamos que esforzarnos por esbozar una gran sonrisa cada vez que nuestro hijo pierda un partido. A cada hijo debemos aceptarlo tal y como es. Con sus puntos débiles y fuertes. Eso sí, siempre intentando potenciar sus cualidades, haciéndole ver cuántas tiene y lo mucho que le queremos.
Si aún así nuestro hijo siente cierta envidia de sus hermanos, tendremos que hacerle entender cuando esté tranquilo cuáles son las consecuencias de su desmesurada actitud: que no disfruta de nada, que sus hermanos lo están pasando mal por su culpa...
Si nuestro hijo siente celos de su hermano mayor, por ejemplo, conviene que durante una temporada no exageremos nuestros halagos o recompensas hacia aquel delante del niño.
Las comparaciones entre hermanos suelen dar lugar a que surjan rencillas. Para evitarlo podemos intentar descubrir las cualidades de cada uno elogiándolas por igual y por separado.
Por lo general, a estas edades los chicos son mucho más sutiles a la hora de expresar sus enfados. Por ello, no nos debe extrañar que nuestro hijo no dude en esperar a que nos demos la vuelta para "chinchar" a sus hermanos.
¡Fuera comparaciones!
En cualquier caso, antes de que estas situaciones se produzcan es conveniente evitar ciertas formas de actuar.
Las comparaciones entre hermanos, por ejemplo, suelen dar lugar a que surja el gusanillo de la envidia entre ellos. Por ello, intentaremos buscar cosas en las que destaque cada uno para elogiar individualmente sus cualidades.
En cuanto a las peleas, debemos procurar no tomar partido por ninguno de nuestros hijos por mucho que seamos conscientes de que la paciencia del mayor tenía que tener un límite. Si lo hiciésemos estaríamos dando lugar a posibles acusaciones como: ¡Siempre le defiendes a él! Aunque esto no sea del todo cierto.
Por último, conviene que recordemos que cuando nuestro hijo se siente celoso, sufre. Por ello, no es conveniente que aumentemos su pesar con castigos, regañinas o recordándole constantemente lo envidioso que es. En esta tarea también pueden participar sus hermanos.
Si nadie le acusa de ser celoso, si poco a poco consigue entender cuanto le queremos y la gran cantidad de cualidades que posee, lentamente su personalidad se irá afianzando.
Pronto su pelusilla no será más que una anécdota de la que el mismo se reirá dentro de unos años.
Un buen método para conseguir que nuestro hijo supere sus celos es ofreciéndole responsabilidades que sepamos con antelación que puede llevarlas a cabo con éxito.
Si se le dan muy bien las manualidades, por ejemplo, podemos proponerle que nos ayude a realizar pequeñas chapuzas en casa: dar una capa de pintura a unas sillas viejas, cambiar las cortinas del cuarto de baño... De este modo, poco a poco, su personalidad se irá afianzando al irse dando cuenta de que cada uno destaca en una determinadas capacidades y que nadie es globalmente mejor que otro.
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jueves, 14 de agosto de 2008
17.- LA FAMILIA: PRIMERA ESCUELA DE VIRTUDES
LA FAMILIA: PRIMERA ESCUELA DE VIRTUDES
La madurez natural del ser humano es resultado del desarrollo armónico de las virtudes humanas. Y es difícil pensar conseguirlo sin contar con la familia, ya que en ésta, se puede lograr que las personas las desarrollen motivadas por el amor, por saber que todo miembro de la familia tiene el deber de ayudar a los demás miembros a mejorar.
El hogar y la vida en familia son la primera escuela de virtudes donde se trasmiten de forma natural a través de la vida cotidiana.
Virtud viene del latín vir que significa fuerza, e incluye todo aquello que perfecciona a la persona.
Es un hábito operativo bueno, una disposición estable en el individuo para la acción.
Es fuente de riqueza espiritual y perfección para el hombre que la practica.
En esta repetición de actos, lo más importante es:
* que hacen ser más y obrar mejor
* que potencian y engrandecen la capacidad de actuar
* que facilitan el uso correcto de la libertad.
El ser humano, formado por cuerpo y espíritu en una unidad sustancial, se ve sometido constantemente a impulsos que tiran de él en direcciones opuestas: por un lado, su parte material o sensible lo inclina fuertemente a la obtención de los bienes materiales; y por otro, su razón y su voluntad lo llevan a la búsqueda de la verdad y del bien.
Las virtudes actúan como un principio de unidad que permite al hombre integrar la razón y sentimientos, de modo que ambos converjan en un justo medio, subordinando las tendencias inferiores a las tendencias dictadas por la razón (superiores).
Cuando la persona carece del mando unificador (virtudes), puede fácilmente “absolutizar” el aspecto sensible de la realidad, ya que es el más inmediato y gratificante a corto plazo, pero lleva en sí mismo el germen del descontrol y la dispersión.
Aunque la sensibilidad es lo que permite disfrutar de la realidad viva, es la razón la que está diseñada para dirigir el accionar humano.
Dijimos que la virtud es un hábito operativo bueno, que orienta nuestras acciones al bien de manera continua e implica repetición. Pero esta repetición no puede ser una rutina de actitudes y comportamientos, es necesaria la presencia activa de la inteligencia y de la voluntad para conseguir en cada momento la verdad y la bondad.
Las virtudes son valores hechos vida. Son actos humanos nacidos del amor.
El estudio sistemático de las virtudes tuvo sus inicios en la época de Aristóteles, quien investigó científicamente el funcionamiento de las mismas como base de las perfecciones del hombre.
Hay tres Virtudes Teologales: Fe, Esperanza y Caridad. Siguiendo a Santo Tomás, se pueden considerar como “hábitos operativos infundidos por Dios en las potencias del alma, para disponerlas a obrar según el dictamen de la razón iluminada por la fe”. Tienen por objeto al mismo Dios y son infusas, es decir, recibidas directamente por Dios.
Hay cuatro Virtudes Cardinales: Prudencia, Justicia, Fortaleza y Templanza. Estas son adquiridas, es decir, el hombre puede esforzarse para desarrollar la virtud más y mejor a nivel natural. En torno a ellas giran todas las demás.
A todos los padres de familia les gustaría que sus hijos fueran ordenados, generosos, sinceros, responsables, leales, etc., pero existe mucha diferencia entre un deseo reflejado en la palabra “ojalá”, y un resultado deseado, previsto y alcanzable. Los padres tendrán que poner mucha “intencionalidad” en su desarrollo, para lo que pueden apoyarse en estos aspectos:
a) La intensidad con la que se vive
b) La rectitud de motivos al vivirla
c) La aclaración intelectual de lo que significa cada virtud
d) El ejemplo de la persona que está luchando por superarse personalmente.
Para decidir qué virtudes deberían considerarse prioritarias para cada edad, hace falta tener en cuenta:
1) los rasgos de la edad en cuestión
2) la naturaleza de cada virtud
3) las características y posibilidades reales de quien estamos educando
4) las características y necesidades de la familia y de la sociedad en la que se vive
5) las capacidades personales de los padres.
PRUDENCIA
Toda virtud es prudente. La prudencia es la virtud que nos ayuda en el conocimiento de la realidad objetiva, de lo que es verdad, y en la realización de lo que consideramos bueno.
Tiene una doble función:
* Conocer la realidad objetiva
* Ordenar nuestro querer y obrar para realizar el bien que deseamos.
Al conocer la realidad, la virtud facilita la reflexión adecuada antes de enjuiciar cualquier hecho o situación y, como consecuencia, se podrá tomar la decisión más acertada de acuerdo con criterios rectos y verdaderos.
Se trata por lo tanto de enseñar a discernir, a formar dichos criterios, a enjuiciar y decidir.
Para el conocimiento de la realidad (primera función), será necesario fomentar:
1. La disposición para conocer la realidad y ser coherente con ella.
2. Docilidad y humildad para aceptar lo que nos dicen y reconocer las propias capacidades y limitaciones.
3. Una gran objetividad para afrontar la realidad y decidirse por el bien, venciendo toda tentación de cobardía, injusticia e intemperancia.
Para ordenar nuestro querer y obrar hacia el bien (segunda función), es necesario:
1. Formar criterios rectos y verdaderos.
2. Desarrollar la capacidad crítica para apreciar los acontecimientos de acuerdo a esos criterios. Saber enjuiciar correctamente.
3. Tener la capacidad de decidir, de poner en marcha nuestro querer y obrar para realizar el bien de acuerdo con un enjuiciamiento correcto.
El fin de la prudencia más que conocer, es ayudarnos a decidir correctamente.
Es el modo que el hombre tiene de poseer, mediante sus decisiones y acciones, el bien propiamente humano: la verdad.
Es la madre de las virtudes y conductora de todos los hábitos buenos.
Lo contrario, o el vicio de la prudencia, es la Imprudencia, que incluye la precipitación, la inconsideración y la inconstancia y está relacionada con la falta de dominio sobre las pasiones.
Cuando nuestros hijos empiecen a tomar decisiones personales dentro de una zona limitada de autonomía, necesitarán de la Prudencia. Cuando esto sucede tenemos que guiarlo para que sepa en qué cosas debe obedecer y pedir consejo, y en cuáles puede decidir libremente. Necesitará de nosotros en situaciones nuevas donde no tenga la información adecuada, aunque poco a poco, se tendrá que enfrentar a un mayor número de decisiones que tomar.
Preparar a nuestros hijos para la etapa de toma de decisiones, que por lo general se da en la adolescencia, requiere de un adiestramiento previo por nuestra parte, en el desarrollo de una serie de capacidades en los hijos:
· de observación
· de distinguir entre hechos y opiniones
· de buscar información, distinguiendo entre lo importante y lo secundario
· de seleccionar fuentes
· de reconocer los propios prejuicios
· de analizar críticamente la información recibida y comprobar cualquier aspecto dudoso
· de relacionar causa y efecto
· de reconocer qué información es necesaria en cada caso
· de recordar.
Un ejercicio que ayuda a nuestros hijos a desarrollar estas habilidades es la lectura, pues implica un análisis mental, memoria, reconocimiento del tema principal y secundario, asimilar y sintetizar. Fomentemos con nuestro ejemplo este hábito sugiriendo lecturas formativas para la familia.
El contacto con el arte es otra manera indirecta de desarrollar la capacidad de observación y de sensibilizar, analizando un poco el contexto y vida del artista en cuestión, así como los elementos gráficos que constituyen la obra; investigar sobre ello amplia la información con que contamos.
Otro ejercicio útil es el análisis de programas de TV o anuncios, señalando los valores y antivalores que encontramos bajo un criterio correcto. El juicio nos lleva a poner sobre la mesa los valores, hacerlos tangibles y asimilarlos a nuestros criterios de actuación.
Educar en la prudencia es también permitir que asuma las consecuencias de sus errores, no tratar de resolverles la vida. Un buen consejo oportuno es valioso, pero tomar la decisión por ellos, no los hará madurar.
Se notará que un hijo está desarrollando la virtud de la prudencia, porque pide consejo, porque busca las fuentes adecuadas para documentarse, porque pondera esa información y la discute con sus padres y otras personas, porque llega a ser una persona de criterio y porque actúa o deja de actuar después de considerar las consecuencias del acto para él y para los demás.
JUSTICIA
Es dar a cada cual lo que le corresponde y supone un derecho previo que no puede ir en contra del derecho natural (por ejemplo, la ley del aborto: alegar “este es mi cuerpo y hago con él lo que quiero”, va en contra del derecho a la vida de otro ser humano).
Ser justo significa reconocer al otro en cuanto a otro, que tiene derecho a lo suyo; hacer el bien o el mal significa dar o retener lo que pertenece a otra persona con la que estoy comprometida de alguna forma. No basta la intención de nuestros actos, debe hablar de justicia.
El hombre que merece ser llamado el mejor, es el que es el más justo. La justicia tiene una supremacía sobre la Templanza y la Fortaleza, en cuanto a que no sólo ordena al hombre en sí mismo, sino también la convivencia con los demás.
La más auténtica perversión del bien humano es la injusticia y tiene su origen en dos causas: la falsa prudencia del sabio y la violencia del poderoso.
Como vemos la Justicia se realiza en función de los demás, por lo que no podemos desligarla de la Caridad.
La Justicia reside en la voluntad, no en el entendimiento y encuentra su pleno cumplimiento en tres estructuras:
1. La relación de los individuos entre sí (Justicia Conmutativa)
2. El todo social con los individuos (Justicia Distributiva)
3. Los individuos con el todo legal (Justicia Legal)
El niño pequeño realiza en ocasiones, actos injustos porque no los considera como tales. Pero en cuanto empieza a razonar, reconoce la injusticia al tratar que todos reciban lo mismo. Esto es alrededor de los siete u ocho años.
Hacia los once años se da cuenta que lo justo no es necesariamente el trato igualitario, sino más bien un trato de equidad, teniendo en cuenta la responsabilidad y las circunstancias de cada persona.
Los padres empezamos a mostrar a los pequeños las reglas del juego, luego vendrán las reglas impuestas por el grupo.
¿Qué herramientas son útiles para la construcción de esta virtud?
De 7 a 9 años:
· Aprender a establecer un acuerdo con un hermano o amigo y cumplirlo.
· Aceptar reglas, una vez conocidas.
· Respetar la propiedad ajena.
· Respetar las necesidades y derechos ajenos: las habitaciones de los hermanos, el silencio en momentos de estudio, llamar a la puerta, no interrumpir conversaciones.
De 9 a 13 años:
· Seguir insistiendo en actuaciones justas, explicando lo que es injusto.
· Ayudarles a comprender los motivos para ser justos.
· Aclarar las diferentes condiciones y circunstancias de cada persona.
· Enseñarles a rectificar y por lo tanto, a reparar.
· Ayudarles a reflexionar sobre la actuación adecuada, después de sufrir una injusticia de otro. Esto es muy doloroso, pero tenemos que fomentar el perdón, no la venganza, pues a quien más daña es a él mismo.
· Hablar de los demás con respeto, buscando lo positivo. Evitar el chisme y la calumnia.
· Devolver lo que nos prestan, en buenas condiciones.
· Hacerles ver las posibilidades que tiene los demás de realizar un acto bueno.
· Cumplir con las órdenes de los papás y otras autoridades.
· Evitar actos de injusticia, aunque sean pequeños y parezcan no tener importancia, paro repetidos crean un ambiente en el que es difícil realizar actos positivamente (contar pequeñas mentiras, colarse en la fila del cine, entrar al cine cuando no tienen edad, etc.).
· Fomentar su capacidad de reparar o rectificar ante el error, pedir perdón.
Es importante ser justo con cada uno de nuestros hijos, de acuerdo a su condición y circunstancias: edad, necesidades, estados de ánimo.
Aprovechemos el sentido de idealismo de los jóvenes, por ejemplo, para involucrarlos en alguna labor social. Es importante que nos vean que forma parte de nuestro diario actuar.
Al adolescente también es importante enseñarle lo que implica su papel de hijo, de hermano, de compañero y de ciudadano en su diario actuar, ayudarlo a comprender lo que es justo en cada momento. Esto es el derecho al respeto por parte de los demás, el derecho a la ayuda para alcanzar una mayor plenitud humana, derecho de participar de acuerdo en sus capacidades, derecho a convivir en orden y derecho a la intimidad. Obviamente compensados con el deber de actuar en congruencia, asumiendo las consecuencias lógicas de sus actos, ya sea en el cumplimiento o en la transgresión de sus deberes.
FORTALEZA
Esta virtud admite que el hombre es vulnerable. Tanto la Fortaleza como la Templanza suponen la debilidad del hombre y la existencia del mal que hacemos o que padecemos.
La función de esta virtud es el combatir este mal, nos ayuda a resistir y a cometer en situaciones dolorosas.
Consiste en aceptar el riesgo de sufrir o ser herido por la realización del bien. No es el peligro lo que busca, sino la realización del bien que la razón le demuestra.
La Fortaleza le exige al hombre lo más difícil, sin embargo no es la dificultad ni el esfuerzo lo que constituyen la virtud, sino únicamente la consecución del bien.
La Fortaleza se subordina a la Prudencia y a la Justicia: es una entrega de sí mismo de acuerdo con lo que dicta la razón.
Supone el temor del hombre al mal y el hacerle frente presenta los dos actos capitales de la fortaleza: Resistir y Acometer.
El acto más propio de la Fortaleza es el resistir y exige una enérgica actividad, un valeroso acto de perseverancia en la adhesión y obtención del bien. Y en el acometer, ayuda la iniciativa y la perseverancia.
Otros ingredientes necesarios son la paciencia, que significa no perder la serenidad; la confianza que el hombre pone en sí mismo.
Es la virtud de los convencidos capaces de luchar por un ideal. Como cristianos, es hacer por amor las pequeñas cosas de cada día; que en cada cosa que tenemos que lograr, pongamos todo nuestro esfuerzo.
Si tenemos clara la idea de la necesidad de formar a nuestros hijos, ¡a luchar! entonces por eso aún en contra de mi cansancio, de mi irritabilidad o de la búsqueda de mis propios intereses. Qué importante es enseñarles a esforzarse, a dominarse por lograr el bien; que sepan reconocerlo a pesar de las influencias de su propio medio, a resistir las tentaciones y a luchar por lo que quieren conseguir.
¿Qué podemos hacer como padres por nuestros hijos?
· Dejarlos luchar contra la frustración, no resolverles mágicamente sus problemas.
· Enseñarles a controlar sus impulsos.
· Retrasar los satisfactores inmediatos.
· Cumplir hasta el final con sus tareas asignadas.
· Practicar algún deporte.
· Enseñarles a decir que no ante un peligro.
· No decirles siempre que sí ni ceder a sus caprichos.
· Permitirles medir las consecuencias de sus actos.
· Evitar sobreprotegerlos.
· Permitirles la iniciativa.
· Educar en la perseverancia, de hábitos y de actividades.
Los tres vicios que se oponen a la Fortaleza son:
1. El temor. Se contrapone al valor que tenemos que tener para atacar (la injusticia, por ejemplo). Cuántas veces, por el temor al rechazo social, los jóvenes son incapaces de luchar por sus valores.
2. La osadía. Cuando actuamos con osadía, no tenemos prudencia, no medimos el riesgo. Es el acometer, simplemente por el acometer mismo, sin un bien ulterior buscado.
3. La indiferencia. Por no reconocer el deber de mejorar o por no querer enterarse de las influencias perjudiciales, adoptan una actitud pasiva, cómoda o perezosa.
Por lo que debemos:
* Proporcionar a nuestros hijos posibilidades, no sólo para que hagan un esfuerzo, sino para que aprendan a resistir.
* Estimularlos para que por su propia iniciativa, emprendan caminos de mejora que supongan un esfuerzo continuado.
* Enseñarles la congruencia entre lo que creen y lo que hacen, a pesar del medio en que se desenvuelven.
* Como padres, formarnos y superarnos continuamente, poniendo ejemplo de lucha diaria por un ideal.
El desarrollo de esta virtud les dará la fuerza interior para sobrevivir como personas, reconociendo la situación que los rodea, tanto para resistir como para acometer, haciendo de sí mismos personas sin miedo al dolor. Hombres y mujeres que saben sufrir callando, que no buscan la compasión, sin miedo al sacrificio o a la lucha, que no se rinden ante las dificultades, sin miedo al miedo, sin timideces ni complejos imaginarios, incompatibles con la frivolidad, que no se escandalizan con lo que ven ni oyen. En una palabra, personas enteras.
TEMPLANZA
La templanza tiene un sentido y un fin: poner orden en el interior del hombre, de donde brota la tranquilidad del espíritu. Se refiere al orden en el propio yo.
Lo que distingue a la templanza de las demás virtudes es que opera exclusivamente sobre el sujeto que actúa; se revierte sobre la persona misma.
La tendencia natural hacia el placer sensible (que se obtiene en la comida, la bebida, la inclinación sexual), es el reflejo de las fuerzas naturales más potentes que actúan en la conservación del hombre. Cuando se desordenan pueden sobrepasar a las otras energías en forma destructora.
La templanza regula el orden y medida de estas tendencias naturales. Así, aparece como castidad, sobriedad, humildad y mansedumbre; en contra de la lujuria, el desenfreno, la soberbia o la cólera.
La falta de templanza descompone la estructura moral de las personas.
La virtud que se ve más afectada es la prudencia, ya que provoca una especie de ceguera del espíritu que incapacita para ver el bien y quita la fuerza de voluntad.
La templanza prepara a la inteligencia y a la voluntad para captar la verdad y el bien y capacita para la entrega en el amor.
Unicamente por la templanza se llega al goce de las cosas sensibles, sin reducirlos a su propio placer.
La castidad modera el instinto sexual por medio de un orden dictado por la razón.
La sobriedad distingue entre lo razonable y lo inmoderado en cuanto al uso del dinero, del tiempo y del esfuerzo, de acuerdo con criterios rectos y verdaderos. Se consigue un autodominio.
La humildad implica reconocer nuestros propios límites, aceptar una realidad primaria y definitiva, aceptar la condición del hombre de “ser creado”. La humildad no es otra cosa que la verdad. Está acompañada de la magnanimidad, es decir, el ser capaz de aspirar a lo extraordinario y hacernos dignos de ello; y no porque confiemos en nuestras propias fuerzas, sino porque el hombre se abandona en la fuerza de Dios.
La mansedumbre hace al hombre dueño de sí mismo, debilita la fuerza de sus pasiones, modera la ira y la ordena según la razón.
La ideología del mundo de hoy nos pone, y sobretodo a los jóvenes, una gran cantidad de estímulos en pro de la satisfacción de sus deseos, ya sea vía placer o consumismo. Suele tomar frases como:
· “¿Qué hay de malo en pasarla bien?”
· “Si yo trabajo, porqué no gastar mi tiempo y dinero como quiero...”
· “Cuando me divierto, no le hago daño a nadie...”
· “La moda es...”
No se trata de censurar esta actitud, sino de buscar un fin más importante que rija el modo de actuar del ser humano. Que no se quede en el actuar sólo por el placer. No se trata de no hacer daño solamente, sino de hacer el bien, gastar el dinero en nuestro bien y el de los demás. La “moda” no es justificación suficiente para dejar de lado las decisiones personales, sólo por el hecho de no ser diferente y de quedar aislado.
La sociedad de consumo hace difícil distinguir entre lo necesario y lo superfluo y nos crea necesidades.
El hombre sobrio no se engaña, disfruta de lo que tiene pero no se ata a ello. Controla sus pasiones sin permitir que sus caprichos lo controlen a él.
Vivir la sobriedad con alegría reflejará el testimonio que de esta virtud demos a los hijos: enseñarles a valorar lo que tienen y el esfuerzo que supone conseguirlo.
Si se entiende al trabajo únicamente como una manera de ganar dinero, es probable que la finalidad del tiempo libre sea gastarlo. De ahí la revalorización que debemos hacer no sólo del trabajo, sino del uso de nuestro tiempo.
¿Cómo educar esa sobriedad?
Enseñándoles:
1. A valorar lo que poseen y lo que pueden poseer.
2. A dominar sus caprichos con alegría.
3. A reflexionar el porqué de sus gastos.
4. La importancia que tiene no estar atado al placer.
5. A controlar ciertas apetencias.
6. Ideales elevados que lleven a una satisfacción profunda, en lugar de buscar lo superficial.
7. A actuar congruentemente con lo que perseguimos con voluntad.
8. Que nuestros reconocimientos a sus logros no son materiales.
La madurez natural del ser humano es resultado del desarrollo armónico de las virtudes humanas. Y es difícil pensar conseguirlo sin contar con la familia, ya que en ésta, se puede lograr que las personas las desarrollen motivadas por el amor, por saber que todo miembro de la familia tiene el deber de ayudar a los demás miembros a mejorar.
El hogar y la vida en familia son la primera escuela de virtudes donde se trasmiten de forma natural a través de la vida cotidiana.
Virtud viene del latín vir que significa fuerza, e incluye todo aquello que perfecciona a la persona.
Es un hábito operativo bueno, una disposición estable en el individuo para la acción.
Es fuente de riqueza espiritual y perfección para el hombre que la practica.
En esta repetición de actos, lo más importante es:
* que hacen ser más y obrar mejor
* que potencian y engrandecen la capacidad de actuar
* que facilitan el uso correcto de la libertad.
El ser humano, formado por cuerpo y espíritu en una unidad sustancial, se ve sometido constantemente a impulsos que tiran de él en direcciones opuestas: por un lado, su parte material o sensible lo inclina fuertemente a la obtención de los bienes materiales; y por otro, su razón y su voluntad lo llevan a la búsqueda de la verdad y del bien.
Las virtudes actúan como un principio de unidad que permite al hombre integrar la razón y sentimientos, de modo que ambos converjan en un justo medio, subordinando las tendencias inferiores a las tendencias dictadas por la razón (superiores).
Cuando la persona carece del mando unificador (virtudes), puede fácilmente “absolutizar” el aspecto sensible de la realidad, ya que es el más inmediato y gratificante a corto plazo, pero lleva en sí mismo el germen del descontrol y la dispersión.
Aunque la sensibilidad es lo que permite disfrutar de la realidad viva, es la razón la que está diseñada para dirigir el accionar humano.
Dijimos que la virtud es un hábito operativo bueno, que orienta nuestras acciones al bien de manera continua e implica repetición. Pero esta repetición no puede ser una rutina de actitudes y comportamientos, es necesaria la presencia activa de la inteligencia y de la voluntad para conseguir en cada momento la verdad y la bondad.
Las virtudes son valores hechos vida. Son actos humanos nacidos del amor.
El estudio sistemático de las virtudes tuvo sus inicios en la época de Aristóteles, quien investigó científicamente el funcionamiento de las mismas como base de las perfecciones del hombre.
Hay tres Virtudes Teologales: Fe, Esperanza y Caridad. Siguiendo a Santo Tomás, se pueden considerar como “hábitos operativos infundidos por Dios en las potencias del alma, para disponerlas a obrar según el dictamen de la razón iluminada por la fe”. Tienen por objeto al mismo Dios y son infusas, es decir, recibidas directamente por Dios.
Hay cuatro Virtudes Cardinales: Prudencia, Justicia, Fortaleza y Templanza. Estas son adquiridas, es decir, el hombre puede esforzarse para desarrollar la virtud más y mejor a nivel natural. En torno a ellas giran todas las demás.
A todos los padres de familia les gustaría que sus hijos fueran ordenados, generosos, sinceros, responsables, leales, etc., pero existe mucha diferencia entre un deseo reflejado en la palabra “ojalá”, y un resultado deseado, previsto y alcanzable. Los padres tendrán que poner mucha “intencionalidad” en su desarrollo, para lo que pueden apoyarse en estos aspectos:
a) La intensidad con la que se vive
b) La rectitud de motivos al vivirla
c) La aclaración intelectual de lo que significa cada virtud
d) El ejemplo de la persona que está luchando por superarse personalmente.
Para decidir qué virtudes deberían considerarse prioritarias para cada edad, hace falta tener en cuenta:
1) los rasgos de la edad en cuestión
2) la naturaleza de cada virtud
3) las características y posibilidades reales de quien estamos educando
4) las características y necesidades de la familia y de la sociedad en la que se vive
5) las capacidades personales de los padres.
PRUDENCIA
Toda virtud es prudente. La prudencia es la virtud que nos ayuda en el conocimiento de la realidad objetiva, de lo que es verdad, y en la realización de lo que consideramos bueno.
Tiene una doble función:
* Conocer la realidad objetiva
* Ordenar nuestro querer y obrar para realizar el bien que deseamos.
Al conocer la realidad, la virtud facilita la reflexión adecuada antes de enjuiciar cualquier hecho o situación y, como consecuencia, se podrá tomar la decisión más acertada de acuerdo con criterios rectos y verdaderos.
Se trata por lo tanto de enseñar a discernir, a formar dichos criterios, a enjuiciar y decidir.
Para el conocimiento de la realidad (primera función), será necesario fomentar:
1. La disposición para conocer la realidad y ser coherente con ella.
2. Docilidad y humildad para aceptar lo que nos dicen y reconocer las propias capacidades y limitaciones.
3. Una gran objetividad para afrontar la realidad y decidirse por el bien, venciendo toda tentación de cobardía, injusticia e intemperancia.
Para ordenar nuestro querer y obrar hacia el bien (segunda función), es necesario:
1. Formar criterios rectos y verdaderos.
2. Desarrollar la capacidad crítica para apreciar los acontecimientos de acuerdo a esos criterios. Saber enjuiciar correctamente.
3. Tener la capacidad de decidir, de poner en marcha nuestro querer y obrar para realizar el bien de acuerdo con un enjuiciamiento correcto.
El fin de la prudencia más que conocer, es ayudarnos a decidir correctamente.
Es el modo que el hombre tiene de poseer, mediante sus decisiones y acciones, el bien propiamente humano: la verdad.
Es la madre de las virtudes y conductora de todos los hábitos buenos.
Lo contrario, o el vicio de la prudencia, es la Imprudencia, que incluye la precipitación, la inconsideración y la inconstancia y está relacionada con la falta de dominio sobre las pasiones.
Cuando nuestros hijos empiecen a tomar decisiones personales dentro de una zona limitada de autonomía, necesitarán de la Prudencia. Cuando esto sucede tenemos que guiarlo para que sepa en qué cosas debe obedecer y pedir consejo, y en cuáles puede decidir libremente. Necesitará de nosotros en situaciones nuevas donde no tenga la información adecuada, aunque poco a poco, se tendrá que enfrentar a un mayor número de decisiones que tomar.
Preparar a nuestros hijos para la etapa de toma de decisiones, que por lo general se da en la adolescencia, requiere de un adiestramiento previo por nuestra parte, en el desarrollo de una serie de capacidades en los hijos:
· de observación
· de distinguir entre hechos y opiniones
· de buscar información, distinguiendo entre lo importante y lo secundario
· de seleccionar fuentes
· de reconocer los propios prejuicios
· de analizar críticamente la información recibida y comprobar cualquier aspecto dudoso
· de relacionar causa y efecto
· de reconocer qué información es necesaria en cada caso
· de recordar.
Un ejercicio que ayuda a nuestros hijos a desarrollar estas habilidades es la lectura, pues implica un análisis mental, memoria, reconocimiento del tema principal y secundario, asimilar y sintetizar. Fomentemos con nuestro ejemplo este hábito sugiriendo lecturas formativas para la familia.
El contacto con el arte es otra manera indirecta de desarrollar la capacidad de observación y de sensibilizar, analizando un poco el contexto y vida del artista en cuestión, así como los elementos gráficos que constituyen la obra; investigar sobre ello amplia la información con que contamos.
Otro ejercicio útil es el análisis de programas de TV o anuncios, señalando los valores y antivalores que encontramos bajo un criterio correcto. El juicio nos lleva a poner sobre la mesa los valores, hacerlos tangibles y asimilarlos a nuestros criterios de actuación.
Educar en la prudencia es también permitir que asuma las consecuencias de sus errores, no tratar de resolverles la vida. Un buen consejo oportuno es valioso, pero tomar la decisión por ellos, no los hará madurar.
Se notará que un hijo está desarrollando la virtud de la prudencia, porque pide consejo, porque busca las fuentes adecuadas para documentarse, porque pondera esa información y la discute con sus padres y otras personas, porque llega a ser una persona de criterio y porque actúa o deja de actuar después de considerar las consecuencias del acto para él y para los demás.
JUSTICIA
Es dar a cada cual lo que le corresponde y supone un derecho previo que no puede ir en contra del derecho natural (por ejemplo, la ley del aborto: alegar “este es mi cuerpo y hago con él lo que quiero”, va en contra del derecho a la vida de otro ser humano).
Ser justo significa reconocer al otro en cuanto a otro, que tiene derecho a lo suyo; hacer el bien o el mal significa dar o retener lo que pertenece a otra persona con la que estoy comprometida de alguna forma. No basta la intención de nuestros actos, debe hablar de justicia.
El hombre que merece ser llamado el mejor, es el que es el más justo. La justicia tiene una supremacía sobre la Templanza y la Fortaleza, en cuanto a que no sólo ordena al hombre en sí mismo, sino también la convivencia con los demás.
La más auténtica perversión del bien humano es la injusticia y tiene su origen en dos causas: la falsa prudencia del sabio y la violencia del poderoso.
Como vemos la Justicia se realiza en función de los demás, por lo que no podemos desligarla de la Caridad.
La Justicia reside en la voluntad, no en el entendimiento y encuentra su pleno cumplimiento en tres estructuras:
1. La relación de los individuos entre sí (Justicia Conmutativa)
2. El todo social con los individuos (Justicia Distributiva)
3. Los individuos con el todo legal (Justicia Legal)
El niño pequeño realiza en ocasiones, actos injustos porque no los considera como tales. Pero en cuanto empieza a razonar, reconoce la injusticia al tratar que todos reciban lo mismo. Esto es alrededor de los siete u ocho años.
Hacia los once años se da cuenta que lo justo no es necesariamente el trato igualitario, sino más bien un trato de equidad, teniendo en cuenta la responsabilidad y las circunstancias de cada persona.
Los padres empezamos a mostrar a los pequeños las reglas del juego, luego vendrán las reglas impuestas por el grupo.
¿Qué herramientas son útiles para la construcción de esta virtud?
De 7 a 9 años:
· Aprender a establecer un acuerdo con un hermano o amigo y cumplirlo.
· Aceptar reglas, una vez conocidas.
· Respetar la propiedad ajena.
· Respetar las necesidades y derechos ajenos: las habitaciones de los hermanos, el silencio en momentos de estudio, llamar a la puerta, no interrumpir conversaciones.
De 9 a 13 años:
· Seguir insistiendo en actuaciones justas, explicando lo que es injusto.
· Ayudarles a comprender los motivos para ser justos.
· Aclarar las diferentes condiciones y circunstancias de cada persona.
· Enseñarles a rectificar y por lo tanto, a reparar.
· Ayudarles a reflexionar sobre la actuación adecuada, después de sufrir una injusticia de otro. Esto es muy doloroso, pero tenemos que fomentar el perdón, no la venganza, pues a quien más daña es a él mismo.
· Hablar de los demás con respeto, buscando lo positivo. Evitar el chisme y la calumnia.
· Devolver lo que nos prestan, en buenas condiciones.
· Hacerles ver las posibilidades que tiene los demás de realizar un acto bueno.
· Cumplir con las órdenes de los papás y otras autoridades.
· Evitar actos de injusticia, aunque sean pequeños y parezcan no tener importancia, paro repetidos crean un ambiente en el que es difícil realizar actos positivamente (contar pequeñas mentiras, colarse en la fila del cine, entrar al cine cuando no tienen edad, etc.).
· Fomentar su capacidad de reparar o rectificar ante el error, pedir perdón.
Es importante ser justo con cada uno de nuestros hijos, de acuerdo a su condición y circunstancias: edad, necesidades, estados de ánimo.
Aprovechemos el sentido de idealismo de los jóvenes, por ejemplo, para involucrarlos en alguna labor social. Es importante que nos vean que forma parte de nuestro diario actuar.
Al adolescente también es importante enseñarle lo que implica su papel de hijo, de hermano, de compañero y de ciudadano en su diario actuar, ayudarlo a comprender lo que es justo en cada momento. Esto es el derecho al respeto por parte de los demás, el derecho a la ayuda para alcanzar una mayor plenitud humana, derecho de participar de acuerdo en sus capacidades, derecho a convivir en orden y derecho a la intimidad. Obviamente compensados con el deber de actuar en congruencia, asumiendo las consecuencias lógicas de sus actos, ya sea en el cumplimiento o en la transgresión de sus deberes.
FORTALEZA
Esta virtud admite que el hombre es vulnerable. Tanto la Fortaleza como la Templanza suponen la debilidad del hombre y la existencia del mal que hacemos o que padecemos.
La función de esta virtud es el combatir este mal, nos ayuda a resistir y a cometer en situaciones dolorosas.
Consiste en aceptar el riesgo de sufrir o ser herido por la realización del bien. No es el peligro lo que busca, sino la realización del bien que la razón le demuestra.
La Fortaleza le exige al hombre lo más difícil, sin embargo no es la dificultad ni el esfuerzo lo que constituyen la virtud, sino únicamente la consecución del bien.
La Fortaleza se subordina a la Prudencia y a la Justicia: es una entrega de sí mismo de acuerdo con lo que dicta la razón.
Supone el temor del hombre al mal y el hacerle frente presenta los dos actos capitales de la fortaleza: Resistir y Acometer.
El acto más propio de la Fortaleza es el resistir y exige una enérgica actividad, un valeroso acto de perseverancia en la adhesión y obtención del bien. Y en el acometer, ayuda la iniciativa y la perseverancia.
Otros ingredientes necesarios son la paciencia, que significa no perder la serenidad; la confianza que el hombre pone en sí mismo.
Es la virtud de los convencidos capaces de luchar por un ideal. Como cristianos, es hacer por amor las pequeñas cosas de cada día; que en cada cosa que tenemos que lograr, pongamos todo nuestro esfuerzo.
Si tenemos clara la idea de la necesidad de formar a nuestros hijos, ¡a luchar! entonces por eso aún en contra de mi cansancio, de mi irritabilidad o de la búsqueda de mis propios intereses. Qué importante es enseñarles a esforzarse, a dominarse por lograr el bien; que sepan reconocerlo a pesar de las influencias de su propio medio, a resistir las tentaciones y a luchar por lo que quieren conseguir.
¿Qué podemos hacer como padres por nuestros hijos?
· Dejarlos luchar contra la frustración, no resolverles mágicamente sus problemas.
· Enseñarles a controlar sus impulsos.
· Retrasar los satisfactores inmediatos.
· Cumplir hasta el final con sus tareas asignadas.
· Practicar algún deporte.
· Enseñarles a decir que no ante un peligro.
· No decirles siempre que sí ni ceder a sus caprichos.
· Permitirles medir las consecuencias de sus actos.
· Evitar sobreprotegerlos.
· Permitirles la iniciativa.
· Educar en la perseverancia, de hábitos y de actividades.
Los tres vicios que se oponen a la Fortaleza son:
1. El temor. Se contrapone al valor que tenemos que tener para atacar (la injusticia, por ejemplo). Cuántas veces, por el temor al rechazo social, los jóvenes son incapaces de luchar por sus valores.
2. La osadía. Cuando actuamos con osadía, no tenemos prudencia, no medimos el riesgo. Es el acometer, simplemente por el acometer mismo, sin un bien ulterior buscado.
3. La indiferencia. Por no reconocer el deber de mejorar o por no querer enterarse de las influencias perjudiciales, adoptan una actitud pasiva, cómoda o perezosa.
Por lo que debemos:
* Proporcionar a nuestros hijos posibilidades, no sólo para que hagan un esfuerzo, sino para que aprendan a resistir.
* Estimularlos para que por su propia iniciativa, emprendan caminos de mejora que supongan un esfuerzo continuado.
* Enseñarles la congruencia entre lo que creen y lo que hacen, a pesar del medio en que se desenvuelven.
* Como padres, formarnos y superarnos continuamente, poniendo ejemplo de lucha diaria por un ideal.
El desarrollo de esta virtud les dará la fuerza interior para sobrevivir como personas, reconociendo la situación que los rodea, tanto para resistir como para acometer, haciendo de sí mismos personas sin miedo al dolor. Hombres y mujeres que saben sufrir callando, que no buscan la compasión, sin miedo al sacrificio o a la lucha, que no se rinden ante las dificultades, sin miedo al miedo, sin timideces ni complejos imaginarios, incompatibles con la frivolidad, que no se escandalizan con lo que ven ni oyen. En una palabra, personas enteras.
TEMPLANZA
La templanza tiene un sentido y un fin: poner orden en el interior del hombre, de donde brota la tranquilidad del espíritu. Se refiere al orden en el propio yo.
Lo que distingue a la templanza de las demás virtudes es que opera exclusivamente sobre el sujeto que actúa; se revierte sobre la persona misma.
La tendencia natural hacia el placer sensible (que se obtiene en la comida, la bebida, la inclinación sexual), es el reflejo de las fuerzas naturales más potentes que actúan en la conservación del hombre. Cuando se desordenan pueden sobrepasar a las otras energías en forma destructora.
La templanza regula el orden y medida de estas tendencias naturales. Así, aparece como castidad, sobriedad, humildad y mansedumbre; en contra de la lujuria, el desenfreno, la soberbia o la cólera.
La falta de templanza descompone la estructura moral de las personas.
La virtud que se ve más afectada es la prudencia, ya que provoca una especie de ceguera del espíritu que incapacita para ver el bien y quita la fuerza de voluntad.
La templanza prepara a la inteligencia y a la voluntad para captar la verdad y el bien y capacita para la entrega en el amor.
Unicamente por la templanza se llega al goce de las cosas sensibles, sin reducirlos a su propio placer.
La castidad modera el instinto sexual por medio de un orden dictado por la razón.
La sobriedad distingue entre lo razonable y lo inmoderado en cuanto al uso del dinero, del tiempo y del esfuerzo, de acuerdo con criterios rectos y verdaderos. Se consigue un autodominio.
La humildad implica reconocer nuestros propios límites, aceptar una realidad primaria y definitiva, aceptar la condición del hombre de “ser creado”. La humildad no es otra cosa que la verdad. Está acompañada de la magnanimidad, es decir, el ser capaz de aspirar a lo extraordinario y hacernos dignos de ello; y no porque confiemos en nuestras propias fuerzas, sino porque el hombre se abandona en la fuerza de Dios.
La mansedumbre hace al hombre dueño de sí mismo, debilita la fuerza de sus pasiones, modera la ira y la ordena según la razón.
La ideología del mundo de hoy nos pone, y sobretodo a los jóvenes, una gran cantidad de estímulos en pro de la satisfacción de sus deseos, ya sea vía placer o consumismo. Suele tomar frases como:
· “¿Qué hay de malo en pasarla bien?”
· “Si yo trabajo, porqué no gastar mi tiempo y dinero como quiero...”
· “Cuando me divierto, no le hago daño a nadie...”
· “La moda es...”
No se trata de censurar esta actitud, sino de buscar un fin más importante que rija el modo de actuar del ser humano. Que no se quede en el actuar sólo por el placer. No se trata de no hacer daño solamente, sino de hacer el bien, gastar el dinero en nuestro bien y el de los demás. La “moda” no es justificación suficiente para dejar de lado las decisiones personales, sólo por el hecho de no ser diferente y de quedar aislado.
La sociedad de consumo hace difícil distinguir entre lo necesario y lo superfluo y nos crea necesidades.
El hombre sobrio no se engaña, disfruta de lo que tiene pero no se ata a ello. Controla sus pasiones sin permitir que sus caprichos lo controlen a él.
Vivir la sobriedad con alegría reflejará el testimonio que de esta virtud demos a los hijos: enseñarles a valorar lo que tienen y el esfuerzo que supone conseguirlo.
Si se entiende al trabajo únicamente como una manera de ganar dinero, es probable que la finalidad del tiempo libre sea gastarlo. De ahí la revalorización que debemos hacer no sólo del trabajo, sino del uso de nuestro tiempo.
¿Cómo educar esa sobriedad?
Enseñándoles:
1. A valorar lo que poseen y lo que pueden poseer.
2. A dominar sus caprichos con alegría.
3. A reflexionar el porqué de sus gastos.
4. La importancia que tiene no estar atado al placer.
5. A controlar ciertas apetencias.
6. Ideales elevados que lleven a una satisfacción profunda, en lugar de buscar lo superficial.
7. A actuar congruentemente con lo que perseguimos con voluntad.
8. Que nuestros reconocimientos a sus logros no son materiales.
miércoles, 13 de agosto de 2008
18.- VIRTUDES HUMANAS
Tema: TEMA VII. SEGUNDA PARTE. VIRTUDES HUMANAS
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Las virtudes humanas son los hábitos operativos buenos que giran alrededor de las cuatro virtudes cardinales.
Teniendo en cuenta que cada familia es diferente, y que cada hijo y cada padre requiere una atención diferente, vamos a considerar con brevedad, un esquema de virtudes por edades, teniendo en cuenta los rasgos estructurales de las edades y la naturaleza de las virtudes.
HASTA LOS 7 AÑOS
* Obediencia
* Sinceridad
* Orden
Antes de los siete años los niños apenas tienen uso de razón, y por tanto, lo mejor que pueden hacer es obedecer a sus educadores, intentando vivir este deber con cariño. Se tratará de animarles a cumplir por amor, para ayudar a sus padres y, así, comenzar los primeros pasos de la virtud de la generosidad.
A la vez, debemos de desarrollar en los hijos la virtud de la sinceridad, porque esta exigencia en el hacer tiene que traducirse paulatinamente en una exigencia en el pensar.
El orden es importante por varios motivos:
1. Si no se desarrolla desde pequeños, es mucho más difícil después.
2. Es una virtud necesaria para una convivencia feliz.
3. Tranquiliza a las madres de familia.
Estas tres virtudes formarán una base sólida para luego abrirse a más virtudes en la próxima etapa.
DESDE LOS 8 HASTA LOS 12 AÑOS
* Fortaleza
* Perseverancia
* Laboriosidad
* Paciencia
* Responsabilidad
* Justicia
* Generosidad
Los chicos de estas edades pasan por una serie de cambios de tipo biológico con la llegada de la pubertad, y parece conveniente desarrollar de un modo especial la voluntad para hacer más fuerte su propio carácter. Ahora los hijos empiezan a tomar más decisiones personales, pero necesitan criterios para saber si se dirigen bien al objeto de su esfuerzo.
La perseverancia es importante porque es la edad de los retos (pero razonables). Se trata de “soportar molestias”, de “esforzarse continuamente para dar a los demás”, de “alcanzar lo decidido”, de “resistir influencias nocivas”, etc.
Esta es una edad para “tirar hacia arriba”. Y con esto se quiere decir elevar la vista de los niños hacia Dios.
Quizá parezcan muchas virtudes para perseguir simultáneamente, pero están muy relacionadas. Si se concentra en una o dos de ellas, es muy probable que el niño mejore en las demás.
DE LOS 13 HASTA LOS 15 AÑOS
* Pudor
* Sobriedad
* Sencillez
* Sociabilidad
* Amistad
* Respeto
* Patriotismo
Desde los ocho hasta los doce años aproximadamente, hemos destacado virtudes relacionadas con la fortaleza y con la justicia, en cuanto supone la adaptación del comportamiento a unas indicaciones concretas.
Desde los trece hasta los quince años, parece conveniente, de acuerdo con el descubrimiento más claro de la propia intimidad, insistir de un modo preferente en unas virtudes relacionadas con la templanza en primer lugar. Y esto para no perder de vista EL BIEN a causa de las pasiones incontroladas.
Si anteriormente hemos insistido en la fortaleza, ahora se trata de utilizar esta fuerza para proteger lo más precioso de cada ser: su intimidad. Y con la intimidad, nos referimos al alma, a los sentimientos, a los pensamientos y no sólo a los aspectos del cuerpo. Las virtudes del pudor y de la sobriedad podrían resumirse en llegar a reconocer el valor de lo que uno posee para luego utilizarlo bien, de acuerdo a los criterios rectos y verdaderos.
Es importante darles razones. Nuestros hijos no están dispuestos a imitar nuestro comportamiento como nosotros lo hacíamos con nuestros educadores. NUESTROS HIJOS PIDEN RAZONES. Y se sugiere que se de la información a los jóvenes, de acuerdo con cuatro “C”: una información CLARA, CORTA, CONCISA Y CAMBIAR DE TEMA.
Aparte de estas virtudes, relacionadas con la templanza, hay que insistir en otras que tienen que ver con la persona y sus relaciones con los demás. Se destacan la sociabilidad, amistad, respeto y patriotismo. Se debe orientar a los jóvenes para que lleguen a concretar sus inquietudes hacia los demás, en actos concretos de servicio, ya que son idealistas y también necesitan vivir nuevas experiencias.
Se incluye la virtud de la sencillez, porque es lo que el adolescente necesita para comportarse congruentemente con sus ideales y también para que llegue a aceptarse tal como es.
DESDE LOS 16 HASTA LOS 18 AÑOS
* Prudencia
* Flexibilidad
* Comprensión
* Lealtad
* Audacia
* Humildad
* Optimismo
Las primeras virtudes que destacamos para esta edad, se basan en una capacidad de razonar inteligentemente, es decir, intelectual. En la edad anterior, hemos destacado la importancia que tiene dar una información a los jóvenes sobre el significado de estos conceptos. Ahora, habrá que repetir lo mismo, pero con mayor insistencia.
Los problemas en relación con las pasiones, vendrán seguramente, por unas ideas erróneas. Aquí hace falta la flexibilidad para poder aprender de distintas situaciones pero sin abandonar los criterios de actuación personal. La prudencia, para que el joven abra los ojos a su entorno y busque la información adecuada ponderando las consecuencias antes de tomar decisiones. Hay que obligar a los jóvenes a plantearse seriamente el porqué de sus propias vidas, para que lleguen a actuar coherentemente con unos valores. Aquí la importancia de la lealtad.
También el reconocimiento realista de sus propias posibilidades como persona, que es la humildad. Y una actuación audaz para conseguir un auténtico bien, que es la audacia.
Una virtud muy importante para una sociedad caracterizada por el odio y la desesperación es la del optimismo. Esta es una virtud que hay que desarrollar en niños pequeños y en todas las edades, pero lo incluimos de un modo preferente ahora, porque con la voluntad, se puede adquirir el hábito de ver lo positivo en primer lugar, de ver lo mejor en los demás y ayudarles a mejorar.
Por último, no tiene gran importancia el hecho de destacar una virtud u otra. El conjunto de las virtudes en desarrollo es lo que nos interesa. Por eso, se pide a los padres, una lucha de superación personal, respecto a las virtudes que quieren desarrollar en sus hijos.
De todas formas cada persona tendrá sus preferencias. ¿Cuáles son las tres virtudes que recomendaríamos especialmente para los padres de familia? Perseverancia, paciencia y optimismo.
Se incluye una breve descripción operativa de las virtudes humanas arriba comentadas y también un cuadro de virtudes por edad.
AMISTAD
Llegar a tener con algunas personas que ya conoce previamente por intereses comunes, de tipo profesional o de tiempo libre, diversos contactos periódicos personales, a causa de una simpatía mutua, interesándose ambos, por la persona del otro y por su mejora.
AUDACIA
Emprender y realizar distintas acciones que parecen poco prudentes, convencido, a partir de la consideración serena de la realidad, con sus posibilidades y con sus riesgos, de que pueda alcanzar un auténtico bien.
COMPRENSIÓN
Reconocer los distintos factores que influyen en los sentimientos o en el comportamiento de una persona, y profundiza en el significado de cada factor y en su interrelación, ayudando a los demás a hacer lo mismo, y adecua su actuación a esa realidad.
FLEXIBILIDAD
Adaptar el comportamiento con agilidad, a las circunstancias de cada persona o situación, sin abandonar por ello los criterios de actuación personal.
FORTALEZA
En situaciones ambientales perjudiciales a una mejora personal, es resistir las influencias nocivas, soportar las molestias y entregarse con valentía, en caso de poder influir positivamente para vencer las dificultades y para acometer empresas grandes.
Echar a volar de Alfonso Aguiló
http://es.catholic.net/familiayvida/158/287/articulo.php?id=32960
GENEROSIDAD
Actuar a favor de otras personas desinteresadamente y con alegría, teniendo en cuenta la utilidad y la necesidad de la aportación para esas personas, aunque les cueste un esfuerzo.
¡Viva el prójimo! de P.P. Antonio Rivero, L.C
http://es.catholic.net/familiayvida/158/320/articulo.php?id=26907
HUMILDAD
Reconocer sus propias insuficiencias, sus cualidades y capacidades y aprovecharlas para obrar el bien, sin llamar la atención ni requerir el aplauso ajeno.
JUSTICIA
Esforzarse continuamente para dar a los demás lo que les es debido, de acuerdo con el cumplimiento de sus deberes y de acuerdo con sus derechos como personas (a la vida, a los bienes culturales y morales, a los bienes materiales), como padres, como ciudadanos, como profesionistas, etc. Y a la vez, intenta que los demás hagan lo mismo.
LABORIOSIDAD
Cumplir diligentemente las actividades necesarias para alcanzar progresivamente su propia madurez natural y sobrenatural. Ayudar a los demás a hacer lo mismo, en el trabajo y en el cumplimiento de los demás deberes.
LEALTAD
Aceptar los vínculos implícitos en su adhesión a otros (amigos, jefes familiares, patria, instituciones, etc.), de tal modo que refuerza y protege, a lo largo del tiempo, el conjunto de valores que representan.
OBEDIENCIA
Aceptar, asumiendo como decisiones propias, las de quien tiene y ejerce la autoridad, con tal de que no se opongan a la justicia, y realizar con prontitud lo decidido, actuando con empeño para interpretar fielmente la voluntad del que manda.
¿Porqué mis hijos no me obedecen?
http://es.catholic.net/familiayvida/158/320/articulo.php?id=19970
OPTIMISMO
Confiar razonablemente en sus propias posibilidades, y en la ayuda que le pueden prestar los demás y confiar en las posibilidades de los demás, de tal modo que en cualquier situación, distinga en primer lugar, lo que es positivo en sí y las posibilidades de mejora que existen y, a continuación, las dificultades que se oponen a esa mejora, y los obstáculos, aprovechando lo que se puede y afrontando lo demás con deportividad y alegría.
ORDEN
Comportarse de acuerdo con unas normas lógicas, necesarias para el logro de algún objetivo deseado y previsto, en la organización de las cosas, en la distribución del tiempo y en la realización de las actividades, con iniciativa propia sin que sea necesario recordárselo.
PACIENCIA
Una vez conocida o presentida una dificultad a superar o algún bien deseado que tarda en llegar, soportarlas molestias presentes con serenidad.
PATRIOTISMO
Reconocer lo que la patria le ha dado y le da. Tributarle el honor y servicio debidos, reforzando y defendiendo el conjunto de valores que representa, teniendo a su vez por suyos, los afanes nobles de todos los países.
PERSEVERANCIA
Una vez tomada una decisión, llevar a cabo las actividades necesarias para alcanzar lo decidido, aunque surjan dificultades internas o externas o pese a que disminuya la motivación personal a través del tiempo transcurrido.
PRUDENCIA
En su trabajo y en las relaciones con los demás, recoger información que enjuicia de acuerdo con criterios rectos y verdaderos, ponderar las consecuencias favorables y desfavorables para él y para los demás, antes de tomar una decisión, y luego actuar o deja de actuar de acuerdo con lo decidido.
PUDOR
Reconocer el valor de su intimidad y respetar la de los demás. Mantener su intimidad a cubierta de extraños, rechazando lo que puede dañarla y descubrirla únicamente en circunstancias que sirvan para la mejora propia o ajena.
Elogio al Pudor Jorge Peña Vial
http://es.catholic.net/familiayvida/158/2429/articulo.php?id=30950
RESPETO
Actuar o dejar de actuar, procurando no perjudicar ni dejar de beneficiarse a sí mismo ni a los demás, de acuerdo con sus derechos, con su condición y con sus circunstancias.
Educar en el Respeto de P. Fernando Pascual.
http://es.catholic.net/familiayvida/158/154/articulo.php?id=30829
RESPONSABILIDAD
Asumir las consecuencias de sus actos intencionados, resultado de las decisiones que tome o acepte; de tal modo que los demás queden beneficiados lo más posible o , por lo menos, no perjudicados, preocupándose a la vez de que las otras personas en quienes puede influir hagan lo mismo.
SENCILLEZ
Cuidar de que su comportamiento habitual en el hablar, en el vestir, en el actuar, esté en concordancia con sus intenciones íntimas, de tal modo que los demás puedan conocerle claramente, tal como es.
SINCERIDAD
Manifestar, si es conveniente, a la persona idónea y en el momento adecuado, lo que ha hecho, lo que ha visto, lo que piensa, lo que siente, etc., con claridad y respeto a su situación personal o a la de los demás.
SOBRIEDAD
Distinguir entre lo que es razonable y lo que es inmoderado y utilizar razonablemente sus cinco sentidos, su dinero, esfuerzo, etc., de acuerdo con criterios rectos y verdaderos.
SOCIABILIDAD
Aprovechar y crear los cauces adecuados para relacionarse con distintas personas y grupos, consiguiendo comunicarse con ellas a partir del interés y preocupación que muestra por lo que son, por lo que dicen, por lo que hacen, por lo que piensan y por lo que sienten.
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Las virtudes humanas son los hábitos operativos buenos que giran alrededor de las cuatro virtudes cardinales.
Teniendo en cuenta que cada familia es diferente, y que cada hijo y cada padre requiere una atención diferente, vamos a considerar con brevedad, un esquema de virtudes por edades, teniendo en cuenta los rasgos estructurales de las edades y la naturaleza de las virtudes.
HASTA LOS 7 AÑOS
* Obediencia
* Sinceridad
* Orden
Antes de los siete años los niños apenas tienen uso de razón, y por tanto, lo mejor que pueden hacer es obedecer a sus educadores, intentando vivir este deber con cariño. Se tratará de animarles a cumplir por amor, para ayudar a sus padres y, así, comenzar los primeros pasos de la virtud de la generosidad.
A la vez, debemos de desarrollar en los hijos la virtud de la sinceridad, porque esta exigencia en el hacer tiene que traducirse paulatinamente en una exigencia en el pensar.
El orden es importante por varios motivos:
1. Si no se desarrolla desde pequeños, es mucho más difícil después.
2. Es una virtud necesaria para una convivencia feliz.
3. Tranquiliza a las madres de familia.
Estas tres virtudes formarán una base sólida para luego abrirse a más virtudes en la próxima etapa.
DESDE LOS 8 HASTA LOS 12 AÑOS
* Fortaleza
* Perseverancia
* Laboriosidad
* Paciencia
* Responsabilidad
* Justicia
* Generosidad
Los chicos de estas edades pasan por una serie de cambios de tipo biológico con la llegada de la pubertad, y parece conveniente desarrollar de un modo especial la voluntad para hacer más fuerte su propio carácter. Ahora los hijos empiezan a tomar más decisiones personales, pero necesitan criterios para saber si se dirigen bien al objeto de su esfuerzo.
La perseverancia es importante porque es la edad de los retos (pero razonables). Se trata de “soportar molestias”, de “esforzarse continuamente para dar a los demás”, de “alcanzar lo decidido”, de “resistir influencias nocivas”, etc.
Esta es una edad para “tirar hacia arriba”. Y con esto se quiere decir elevar la vista de los niños hacia Dios.
Quizá parezcan muchas virtudes para perseguir simultáneamente, pero están muy relacionadas. Si se concentra en una o dos de ellas, es muy probable que el niño mejore en las demás.
DE LOS 13 HASTA LOS 15 AÑOS
* Pudor
* Sobriedad
* Sencillez
* Sociabilidad
* Amistad
* Respeto
* Patriotismo
Desde los ocho hasta los doce años aproximadamente, hemos destacado virtudes relacionadas con la fortaleza y con la justicia, en cuanto supone la adaptación del comportamiento a unas indicaciones concretas.
Desde los trece hasta los quince años, parece conveniente, de acuerdo con el descubrimiento más claro de la propia intimidad, insistir de un modo preferente en unas virtudes relacionadas con la templanza en primer lugar. Y esto para no perder de vista EL BIEN a causa de las pasiones incontroladas.
Si anteriormente hemos insistido en la fortaleza, ahora se trata de utilizar esta fuerza para proteger lo más precioso de cada ser: su intimidad. Y con la intimidad, nos referimos al alma, a los sentimientos, a los pensamientos y no sólo a los aspectos del cuerpo. Las virtudes del pudor y de la sobriedad podrían resumirse en llegar a reconocer el valor de lo que uno posee para luego utilizarlo bien, de acuerdo a los criterios rectos y verdaderos.
Es importante darles razones. Nuestros hijos no están dispuestos a imitar nuestro comportamiento como nosotros lo hacíamos con nuestros educadores. NUESTROS HIJOS PIDEN RAZONES. Y se sugiere que se de la información a los jóvenes, de acuerdo con cuatro “C”: una información CLARA, CORTA, CONCISA Y CAMBIAR DE TEMA.
Aparte de estas virtudes, relacionadas con la templanza, hay que insistir en otras que tienen que ver con la persona y sus relaciones con los demás. Se destacan la sociabilidad, amistad, respeto y patriotismo. Se debe orientar a los jóvenes para que lleguen a concretar sus inquietudes hacia los demás, en actos concretos de servicio, ya que son idealistas y también necesitan vivir nuevas experiencias.
Se incluye la virtud de la sencillez, porque es lo que el adolescente necesita para comportarse congruentemente con sus ideales y también para que llegue a aceptarse tal como es.
DESDE LOS 16 HASTA LOS 18 AÑOS
* Prudencia
* Flexibilidad
* Comprensión
* Lealtad
* Audacia
* Humildad
* Optimismo
Las primeras virtudes que destacamos para esta edad, se basan en una capacidad de razonar inteligentemente, es decir, intelectual. En la edad anterior, hemos destacado la importancia que tiene dar una información a los jóvenes sobre el significado de estos conceptos. Ahora, habrá que repetir lo mismo, pero con mayor insistencia.
Los problemas en relación con las pasiones, vendrán seguramente, por unas ideas erróneas. Aquí hace falta la flexibilidad para poder aprender de distintas situaciones pero sin abandonar los criterios de actuación personal. La prudencia, para que el joven abra los ojos a su entorno y busque la información adecuada ponderando las consecuencias antes de tomar decisiones. Hay que obligar a los jóvenes a plantearse seriamente el porqué de sus propias vidas, para que lleguen a actuar coherentemente con unos valores. Aquí la importancia de la lealtad.
También el reconocimiento realista de sus propias posibilidades como persona, que es la humildad. Y una actuación audaz para conseguir un auténtico bien, que es la audacia.
Una virtud muy importante para una sociedad caracterizada por el odio y la desesperación es la del optimismo. Esta es una virtud que hay que desarrollar en niños pequeños y en todas las edades, pero lo incluimos de un modo preferente ahora, porque con la voluntad, se puede adquirir el hábito de ver lo positivo en primer lugar, de ver lo mejor en los demás y ayudarles a mejorar.
Por último, no tiene gran importancia el hecho de destacar una virtud u otra. El conjunto de las virtudes en desarrollo es lo que nos interesa. Por eso, se pide a los padres, una lucha de superación personal, respecto a las virtudes que quieren desarrollar en sus hijos.
De todas formas cada persona tendrá sus preferencias. ¿Cuáles son las tres virtudes que recomendaríamos especialmente para los padres de familia? Perseverancia, paciencia y optimismo.
Se incluye una breve descripción operativa de las virtudes humanas arriba comentadas y también un cuadro de virtudes por edad.
AMISTAD
Llegar a tener con algunas personas que ya conoce previamente por intereses comunes, de tipo profesional o de tiempo libre, diversos contactos periódicos personales, a causa de una simpatía mutua, interesándose ambos, por la persona del otro y por su mejora.
AUDACIA
Emprender y realizar distintas acciones que parecen poco prudentes, convencido, a partir de la consideración serena de la realidad, con sus posibilidades y con sus riesgos, de que pueda alcanzar un auténtico bien.
COMPRENSIÓN
Reconocer los distintos factores que influyen en los sentimientos o en el comportamiento de una persona, y profundiza en el significado de cada factor y en su interrelación, ayudando a los demás a hacer lo mismo, y adecua su actuación a esa realidad.
FLEXIBILIDAD
Adaptar el comportamiento con agilidad, a las circunstancias de cada persona o situación, sin abandonar por ello los criterios de actuación personal.
FORTALEZA
En situaciones ambientales perjudiciales a una mejora personal, es resistir las influencias nocivas, soportar las molestias y entregarse con valentía, en caso de poder influir positivamente para vencer las dificultades y para acometer empresas grandes.
Echar a volar de Alfonso Aguiló
http://es.catholic.net/familiayvida/158/287/articulo.php?id=32960
GENEROSIDAD
Actuar a favor de otras personas desinteresadamente y con alegría, teniendo en cuenta la utilidad y la necesidad de la aportación para esas personas, aunque les cueste un esfuerzo.
¡Viva el prójimo! de P.P. Antonio Rivero, L.C
http://es.catholic.net/familiayvida/158/320/articulo.php?id=26907
HUMILDAD
Reconocer sus propias insuficiencias, sus cualidades y capacidades y aprovecharlas para obrar el bien, sin llamar la atención ni requerir el aplauso ajeno.
JUSTICIA
Esforzarse continuamente para dar a los demás lo que les es debido, de acuerdo con el cumplimiento de sus deberes y de acuerdo con sus derechos como personas (a la vida, a los bienes culturales y morales, a los bienes materiales), como padres, como ciudadanos, como profesionistas, etc. Y a la vez, intenta que los demás hagan lo mismo.
LABORIOSIDAD
Cumplir diligentemente las actividades necesarias para alcanzar progresivamente su propia madurez natural y sobrenatural. Ayudar a los demás a hacer lo mismo, en el trabajo y en el cumplimiento de los demás deberes.
LEALTAD
Aceptar los vínculos implícitos en su adhesión a otros (amigos, jefes familiares, patria, instituciones, etc.), de tal modo que refuerza y protege, a lo largo del tiempo, el conjunto de valores que representan.
OBEDIENCIA
Aceptar, asumiendo como decisiones propias, las de quien tiene y ejerce la autoridad, con tal de que no se opongan a la justicia, y realizar con prontitud lo decidido, actuando con empeño para interpretar fielmente la voluntad del que manda.
¿Porqué mis hijos no me obedecen?
http://es.catholic.net/familiayvida/158/320/articulo.php?id=19970
OPTIMISMO
Confiar razonablemente en sus propias posibilidades, y en la ayuda que le pueden prestar los demás y confiar en las posibilidades de los demás, de tal modo que en cualquier situación, distinga en primer lugar, lo que es positivo en sí y las posibilidades de mejora que existen y, a continuación, las dificultades que se oponen a esa mejora, y los obstáculos, aprovechando lo que se puede y afrontando lo demás con deportividad y alegría.
ORDEN
Comportarse de acuerdo con unas normas lógicas, necesarias para el logro de algún objetivo deseado y previsto, en la organización de las cosas, en la distribución del tiempo y en la realización de las actividades, con iniciativa propia sin que sea necesario recordárselo.
PACIENCIA
Una vez conocida o presentida una dificultad a superar o algún bien deseado que tarda en llegar, soportarlas molestias presentes con serenidad.
PATRIOTISMO
Reconocer lo que la patria le ha dado y le da. Tributarle el honor y servicio debidos, reforzando y defendiendo el conjunto de valores que representa, teniendo a su vez por suyos, los afanes nobles de todos los países.
PERSEVERANCIA
Una vez tomada una decisión, llevar a cabo las actividades necesarias para alcanzar lo decidido, aunque surjan dificultades internas o externas o pese a que disminuya la motivación personal a través del tiempo transcurrido.
PRUDENCIA
En su trabajo y en las relaciones con los demás, recoger información que enjuicia de acuerdo con criterios rectos y verdaderos, ponderar las consecuencias favorables y desfavorables para él y para los demás, antes de tomar una decisión, y luego actuar o deja de actuar de acuerdo con lo decidido.
PUDOR
Reconocer el valor de su intimidad y respetar la de los demás. Mantener su intimidad a cubierta de extraños, rechazando lo que puede dañarla y descubrirla únicamente en circunstancias que sirvan para la mejora propia o ajena.
Elogio al Pudor Jorge Peña Vial
http://es.catholic.net/familiayvida/158/2429/articulo.php?id=30950
RESPETO
Actuar o dejar de actuar, procurando no perjudicar ni dejar de beneficiarse a sí mismo ni a los demás, de acuerdo con sus derechos, con su condición y con sus circunstancias.
Educar en el Respeto de P. Fernando Pascual.
http://es.catholic.net/familiayvida/158/154/articulo.php?id=30829
RESPONSABILIDAD
Asumir las consecuencias de sus actos intencionados, resultado de las decisiones que tome o acepte; de tal modo que los demás queden beneficiados lo más posible o , por lo menos, no perjudicados, preocupándose a la vez de que las otras personas en quienes puede influir hagan lo mismo.
SENCILLEZ
Cuidar de que su comportamiento habitual en el hablar, en el vestir, en el actuar, esté en concordancia con sus intenciones íntimas, de tal modo que los demás puedan conocerle claramente, tal como es.
SINCERIDAD
Manifestar, si es conveniente, a la persona idónea y en el momento adecuado, lo que ha hecho, lo que ha visto, lo que piensa, lo que siente, etc., con claridad y respeto a su situación personal o a la de los demás.
SOBRIEDAD
Distinguir entre lo que es razonable y lo que es inmoderado y utilizar razonablemente sus cinco sentidos, su dinero, esfuerzo, etc., de acuerdo con criterios rectos y verdaderos.
SOCIABILIDAD
Aprovechar y crear los cauces adecuados para relacionarse con distintas personas y grupos, consiguiendo comunicarse con ellas a partir del interés y preocupación que muestra por lo que son, por lo que dicen, por lo que hacen, por lo que piensan y por lo que sienten.
martes, 12 de agosto de 2008
18.1.- FORTALEZA
Echar a volar
Que daño sufren, al comienzo de su vida, quienes tienen todo demasiado resuelto y nada les fuerza a emplear sus propios recursos
Un rey recibió como obsequio dos pequeños halcones y los entregó a uno de sus hombres para que los cuidara. Pasado un tiempo, el instructor comunicó al rey que uno de los halcones estaba ya perfectamente entrenado, pero al otro no sabía qué le pasaba, pues desde el primer día estaba posado en una rama y no había forma de que echara a volar, hasta el punto de que tenían que llevarle su alimento a ese lugar.
El rey mandó llamar a varios curanderos y sanadores, pero nadie lograba hacer volar a aquel pequeño animal. Pidió consejo a otros sabios de la corte, pero no hubo forma de moverlo de allí. Por la ventana de una de sus habitaciones, el monarca podía ver que el halcón permanecía inmóvil.
A la mañana siguiente, vio al halcón volando ágilmente por los jardines. «¿Cómo lo han conseguido? Traedme al autor de ese milagro», dijo el rey. Enseguida le presentaron a un sencillo campesino. «¿Tú hiciste volar al halcón? ¿Cómo lo lograste? ¿Eres mago, acaso?». Aquel hombre contestó: «Alteza, lo único que hice fue cortar la rama sobre la que reposaba. El pájaro no tuvo más remedio que empezar a emplear sus alas y echar a volar.»
Este sencillo relato trae a nuestra consideración el daño que muchas veces sufren, al comienzo de su vida, quienes tienen todo demasiado resuelto y nada les fuerza a emplear sus propios recursos. En cambio, en cuanto las necesidades reales se ponen frente a ellos, demuestran enseguida con satisfacción todo el despliegue de sus destrezas y cualidades.
Cuando se facilitan demasiado las cosas a los niños o a los jóvenes, cuando los adultos se adelantan siempre a resolverles sus problemas, o a protegerles de cualquier peligro, o a satisfacer en seguida sus demandas, o a darles la razón en cualquier conflicto con sus amigos o en la escuela, se dificulta seriamente su desarrollo y se fomenta su indiferencia y su pasividad.
Aprender a decir que no, o a decirse a uno mismo que no, es parte importante de la educación. Sobre todo cuando se vive en una sociedad en la que el progreso económico ha llevado a la gente joven a vivir demasiado expuesta ante las solicitaciones de la industria del consumo. Por eso ha llegado a decir Susanna Tamaro que «para ser padre hoy en día hay que ser un héroe y atreverse a decir que no constantemente. La clase dirigente del mañana serán los niños a los que se les haya dicho que no. Serán los únicos que habrán conservado la capacidad autónoma de pensar.»
El futuro de mucha gente depende de que en la familia y en la escuela seamos capaces de resistir frente a esas oleadas de apetencias y de falsas necesidades que despierta y explota el marketing consumista. El éxito de muchos afanes educativos depende en gran medida de que logremos imponer un estilo de vida fundamentado en la alegría y la satisfacción que provienen del esfuerzo, de la austeridad y del servicio a los demás.
Hemos de perder un poco el miedo a que, desde muy pronto, cada uno afronte por sí mismo los pequeños sufrimientos y desengaños que la vida trae consigo. De entrada, porque muchas de esas contrariedades o decepciones que al principio percibimos como negativas, al final resultan ser un estímulo positivo y traen una enseñanza. Y sobre todo, porque superar obstáculos desarrolla capacidades, potencia la tolerancia a la frustración y permite alcanzar lo que realmente se quiere. Porque si tantos chicos y chicas fracasan en la escuela, sin que les falten capacidad intelectual ni recursos personales para rendir bien en sus estudios, parece claro que el problema, el núcleo de lo que les pasa, no es que no puedan, sino que, como a aquel halcón perezoso al que llevaban la comida hasta su rama, no se les ha ayudado lo suficiente a desarrollar su capacidad de querer, es decir, su capacidad de aplazar la gratificación inmediata para alcanzar un objetivo mejor a largo plazo.
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Que daño sufren, al comienzo de su vida, quienes tienen todo demasiado resuelto y nada les fuerza a emplear sus propios recursos
Un rey recibió como obsequio dos pequeños halcones y los entregó a uno de sus hombres para que los cuidara. Pasado un tiempo, el instructor comunicó al rey que uno de los halcones estaba ya perfectamente entrenado, pero al otro no sabía qué le pasaba, pues desde el primer día estaba posado en una rama y no había forma de que echara a volar, hasta el punto de que tenían que llevarle su alimento a ese lugar.
El rey mandó llamar a varios curanderos y sanadores, pero nadie lograba hacer volar a aquel pequeño animal. Pidió consejo a otros sabios de la corte, pero no hubo forma de moverlo de allí. Por la ventana de una de sus habitaciones, el monarca podía ver que el halcón permanecía inmóvil.
A la mañana siguiente, vio al halcón volando ágilmente por los jardines. «¿Cómo lo han conseguido? Traedme al autor de ese milagro», dijo el rey. Enseguida le presentaron a un sencillo campesino. «¿Tú hiciste volar al halcón? ¿Cómo lo lograste? ¿Eres mago, acaso?». Aquel hombre contestó: «Alteza, lo único que hice fue cortar la rama sobre la que reposaba. El pájaro no tuvo más remedio que empezar a emplear sus alas y echar a volar.»
Este sencillo relato trae a nuestra consideración el daño que muchas veces sufren, al comienzo de su vida, quienes tienen todo demasiado resuelto y nada les fuerza a emplear sus propios recursos. En cambio, en cuanto las necesidades reales se ponen frente a ellos, demuestran enseguida con satisfacción todo el despliegue de sus destrezas y cualidades.
Cuando se facilitan demasiado las cosas a los niños o a los jóvenes, cuando los adultos se adelantan siempre a resolverles sus problemas, o a protegerles de cualquier peligro, o a satisfacer en seguida sus demandas, o a darles la razón en cualquier conflicto con sus amigos o en la escuela, se dificulta seriamente su desarrollo y se fomenta su indiferencia y su pasividad.
Aprender a decir que no, o a decirse a uno mismo que no, es parte importante de la educación. Sobre todo cuando se vive en una sociedad en la que el progreso económico ha llevado a la gente joven a vivir demasiado expuesta ante las solicitaciones de la industria del consumo. Por eso ha llegado a decir Susanna Tamaro que «para ser padre hoy en día hay que ser un héroe y atreverse a decir que no constantemente. La clase dirigente del mañana serán los niños a los que se les haya dicho que no. Serán los únicos que habrán conservado la capacidad autónoma de pensar.»
El futuro de mucha gente depende de que en la familia y en la escuela seamos capaces de resistir frente a esas oleadas de apetencias y de falsas necesidades que despierta y explota el marketing consumista. El éxito de muchos afanes educativos depende en gran medida de que logremos imponer un estilo de vida fundamentado en la alegría y la satisfacción que provienen del esfuerzo, de la austeridad y del servicio a los demás.
Hemos de perder un poco el miedo a que, desde muy pronto, cada uno afronte por sí mismo los pequeños sufrimientos y desengaños que la vida trae consigo. De entrada, porque muchas de esas contrariedades o decepciones que al principio percibimos como negativas, al final resultan ser un estímulo positivo y traen una enseñanza. Y sobre todo, porque superar obstáculos desarrolla capacidades, potencia la tolerancia a la frustración y permite alcanzar lo que realmente se quiere. Porque si tantos chicos y chicas fracasan en la escuela, sin que les falten capacidad intelectual ni recursos personales para rendir bien en sus estudios, parece claro que el problema, el núcleo de lo que les pasa, no es que no puedan, sino que, como a aquel halcón perezoso al que llevaban la comida hasta su rama, no se les ha ayudado lo suficiente a desarrollar su capacidad de querer, es decir, su capacidad de aplazar la gratificación inmediata para alcanzar un objetivo mejor a largo plazo.
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lunes, 11 de agosto de 2008
18.2.- EDUCAR A LOS HIJOS EN LA GENEROSIDAD
¡Viva el prójimo!
Sería bueno preguntarnos: ¿estoy educando a mis hijos para el amor, para la generosidad, para la entrega o, por el contrario, para el egoísmo, el desinterés por el prójimo, para el bienestar y la comodidad?
Si observamos nuestro mundo actual y le tomamos la temperatura para ver cuál es el grado de caridad que tiene, creo que el termómetro acusaría baja presión.
Explíquenme, si no, el porqué del hambre, de las injusticias, las violencias, los asesinatos, las divisiones en la familia, los abortos abiertos o clandestinos, las riñas, las envidias. ¿Por qué existen indiferencias ante las cosas de los demás; por qué nos hemos acostumbrado a pasar como si nada pasase ante el sufrimiento del prójimo, ante el dolor de los demás, ante las heridas físicas o morales de los demás? ¿Por qué se reacciona con tanto desinterés ante los triunfos de los demás? Malos tratos, falta de amabilidad y cortesía, rencores, murmuraciones. No hemos todavía creado la civilización del amor, que tanto anhelaba Pablo VI. La causa es clarísima: no vivimos el mandamiento del amor, de la caridad. Han pasado 20 siglos de Cristianismo y este mandamiento nuevo sigue casi sin ser estrenado.
Y dado que nosotros somos padres de familia sería bueno preguntarnos: ¿estoy educando a mis hijos para el amor, para la generosidad, para la entrega o, por el contrario, para el egoísmo, el desinterés por el prójimo, para el bienestar y la comodidad? Ellos tienen el derecho de ver en sus padres este ejemplo de donación, entrega, amor al prójimo porque "las palabras mueven, pero los ejemplos arrastran".
La Sagrada Escritura es muy clara al respecto. Podríamos resumir su mensaje en esta frase: la caridad es la señal característica del cristiano; tan es así, que quien vive la caridad ese es el verdadero cristiano y quien no la vive, no es cristiano. Así de sencillo y así de claro.
Espiguemos algunos textos que prueben lo que hemos dicho:
"Si hablando lenguas de ángeles...si no tengo caridad, nada soy" (1Cor 13)
"En esto conoceréis que sois mis discípulos" (Jn 13,34)
"Quien dice amara a Dios, pero no ama, es un mentiroso" (1 Jn 4,20).
"Quien no ama, permanece en las tinieblas (1 Jn 2,9).
"En esto se conocen los hijos de Dios y los hijos del diablo" (1 Jn 3,10).
Merecería todo un artículo la explicación de la parábola sobre el buen samaritano, ejemplo de caridad desinteresada, generosa y heroica (Lucas 10,30ss). Los personajes los podríamos dividir en dos grupos: “Los del viva yo”, el homo sapiens, el tío listo; a este grupo de listos pertenecen los bandoleros, los transeúntes y el mesonero. En el segundo grupo está el homo bonus, el hombre bendito pero un poco tonto para esta vida, el que no dice "viva yo" y va por ahí un poco despistado preocupándose por los demás; es el samaritano que recoge, cura y cuida al herido.
Dos grupos que pueden a su vez dividirse en tres actitudes frente al prójimo necesitado de ayuda, de consuelo: la actitud de los ladrones (roban, desvalijan, muelen a palos, critican, matan); la de los indiferentes que pasan de largo para no comprometerse, y se desentienden totalmente porque están pensando en "sus cosas", en sus negocios, van a lo suyo...¿y los demás? "¡que los cuide el gobierno! ¡a mí qué!". Y la tercera actitud, la cristiana y la humana: llega hasta él, lo ve, se para, se compadece, se baja, venda, lo cura, lo sube, lo lleva a la posada, paga por él, se desvive. El, un samaritano, ¡qué contradicción!
¡Qué pocos samaritanos hay en este mundo! Si hubiera más, este planeta tierra sería más humano, más respirable, más amable.
Motivos de mi caridad
1) Cada hombre es hijo queridísimo de Dios, creado por amor, redimido por amor, a quien cuida con su Providencia amorosa. Por eso Dios considera hecho a él mismo todo mal inferido contra su hijo. ¿Acaso uno de ustedes, si matan a su hijo, se queda impasible, indiferente? Dios llora ante los atropellos e injusticias que a diario se cometen contra los hombres, sus hijos.
2) Cada hombre, además, es nuestro hermano. Si Dios es nuestro Padre común, creo que es fácil deducir el silogismo. Si se comprendiera esto no existiría el apartheid, es decir, la discriminación racial, ni los altercados entre los mismos hermanos carnales por la herencia dichosa.
3) Porque es el mandamiento nuevo que Cristo nos dejó. Motivo fuerte y decisivo porque nos define: o somos de Cristo o no somos de Cristo.
Hay que hacer una distinción importante entre caridad y filantropía. La filantropía es el amor que se dirige a los demás hombres sin pasar por Dios, por el simple hecho de que forman una sociedad humana; es puramente horizontal y se mueve por motivos humanos, buenos en sí y laudables en realidad: ayudar a los que están necesitados de dinero, de cultura, de cariño, de servicios...Y la caridad es el amor a los hombres en cuanto hijos de la gran familia de Dios.
Hay que tener presente que la caridad no excluye la filantropía, sino todo lo contrario, la eleva y ennoblece: podemos amar al prójimo como hijo de Dios y además por sus cualidades humanas.
Educar a los hijos para la caridad
¿Para qué estoy educando yo a mis hijos: para la caridad, la donación, la generosidad, la entrega, el aprecio por los demás...o para el egoísmo, la comodidad, la satisfacción de sus gustos y caprichos, antojos?
A cuantos padres de familia yo he visto que se desviven porque sus hijos tengan todo, viajen por todo el mundo, consigan los mejores puestos, las mejores notas; tengan más y mejor; que coman mucho, que se diviertan.
Y a pocos, a poquísimos padres de familia he visto que enseñen y eduquen a sus hijos para la caridad con el prójimo. ¡Ni ellos mismos les dan ejemplo de verdadera y auténtica caridad, porque están encerrados en su mundillo cómodo, facilitón, preocupados por el tener más y mejor.
Te ofrezco aquí unos consejos para que eduques a tu hijo para el amor a los demás y de esta manera podamos gozar de la civilización cristiana, la civilización del amor.
1) Enseña a tu hijo esta verdad: somos hijos de Dios y todos los hombres formamos una familia, y juntos tenemos que hacer más amable este mundo, más humano y respirable.
2) Dile que los demás merecen respeto, estima y aprecio: jamás les permitas criticar, matar la fama del prójimo.
3) Enséñale a estar siempre abierto a todas las necesidades de los hombres y a tratar de solucionarlas en la medida de sus posibilidades.
4) Incúlcale el saber perdonar las ofensas, pues esto es propio de un cristiano; a saber disculpar y comprender los defectos del prójimo.
5) Demuéstrale que la magnanimidad, el alegrarse por los triunfos del prójimo, el desvivirse por él, le acerca cada día más al ideal cristiano, y le ensancha los límites de su corazón. Y al contrario, que el egoísmo achica el alma, la empobrece y la avejenta.
6) Y esto lo conseguirás, si tú le das el ejemplo. Ahora bien, si en tu familia sólo priva el bienestar, la comodidad, el deseo de tener y poseer, de pasarla bien...entonces los hijos nunca tendrán las fuerzas para ser generosos con los demás.
7) Enséñale las obras de misericordia espirituales y corporales:enseñar al que no sabe, dar buen consejo al que lo necesita, corregir al que yerra, perdonar las injurias, consolar al triste, sufrir con paciencia los defectos del prójimo y rogar a Dios por los vivos y difuntos. Dar de comer, dar de beber, dar posada, procurar ropa a los necesitados, ayudar a los encarcelados y exiliados, acompañar a quienes sufren la muerte de un ser querido.
Pecados contra este amor
1) Odio: consiste en desear y hacer mal al prójimo.
2) Envidia: entristecerse de un bien o alegrarse de un mal ajeno.
3) Discordia: desacuerdo por no querer ceder, debido a mi amor propio.
4) Contienda: es el altercado o discusión violenta con las palabras.
5) Riña: discusión pero con golpes y heridas.
6) Escándalo: es una palabra o un hecho que proporciona a los demás ocasión de pecado.
7) cooperación al mal: ayudar a otro a realizar un pecado, p.e. robar, abortar, asesinar.
Conclusión
Vivamos este primer mandamiento.
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Sería bueno preguntarnos: ¿estoy educando a mis hijos para el amor, para la generosidad, para la entrega o, por el contrario, para el egoísmo, el desinterés por el prójimo, para el bienestar y la comodidad?
Si observamos nuestro mundo actual y le tomamos la temperatura para ver cuál es el grado de caridad que tiene, creo que el termómetro acusaría baja presión.
Explíquenme, si no, el porqué del hambre, de las injusticias, las violencias, los asesinatos, las divisiones en la familia, los abortos abiertos o clandestinos, las riñas, las envidias. ¿Por qué existen indiferencias ante las cosas de los demás; por qué nos hemos acostumbrado a pasar como si nada pasase ante el sufrimiento del prójimo, ante el dolor de los demás, ante las heridas físicas o morales de los demás? ¿Por qué se reacciona con tanto desinterés ante los triunfos de los demás? Malos tratos, falta de amabilidad y cortesía, rencores, murmuraciones. No hemos todavía creado la civilización del amor, que tanto anhelaba Pablo VI. La causa es clarísima: no vivimos el mandamiento del amor, de la caridad. Han pasado 20 siglos de Cristianismo y este mandamiento nuevo sigue casi sin ser estrenado.
Y dado que nosotros somos padres de familia sería bueno preguntarnos: ¿estoy educando a mis hijos para el amor, para la generosidad, para la entrega o, por el contrario, para el egoísmo, el desinterés por el prójimo, para el bienestar y la comodidad? Ellos tienen el derecho de ver en sus padres este ejemplo de donación, entrega, amor al prójimo porque "las palabras mueven, pero los ejemplos arrastran".
La Sagrada Escritura es muy clara al respecto. Podríamos resumir su mensaje en esta frase: la caridad es la señal característica del cristiano; tan es así, que quien vive la caridad ese es el verdadero cristiano y quien no la vive, no es cristiano. Así de sencillo y así de claro.
Espiguemos algunos textos que prueben lo que hemos dicho:
"Si hablando lenguas de ángeles...si no tengo caridad, nada soy" (1Cor 13)
"En esto conoceréis que sois mis discípulos" (Jn 13,34)
"Quien dice amara a Dios, pero no ama, es un mentiroso" (1 Jn 4,20).
"Quien no ama, permanece en las tinieblas (1 Jn 2,9).
"En esto se conocen los hijos de Dios y los hijos del diablo" (1 Jn 3,10).
Merecería todo un artículo la explicación de la parábola sobre el buen samaritano, ejemplo de caridad desinteresada, generosa y heroica (Lucas 10,30ss). Los personajes los podríamos dividir en dos grupos: “Los del viva yo”, el homo sapiens, el tío listo; a este grupo de listos pertenecen los bandoleros, los transeúntes y el mesonero. En el segundo grupo está el homo bonus, el hombre bendito pero un poco tonto para esta vida, el que no dice "viva yo" y va por ahí un poco despistado preocupándose por los demás; es el samaritano que recoge, cura y cuida al herido.
Dos grupos que pueden a su vez dividirse en tres actitudes frente al prójimo necesitado de ayuda, de consuelo: la actitud de los ladrones (roban, desvalijan, muelen a palos, critican, matan); la de los indiferentes que pasan de largo para no comprometerse, y se desentienden totalmente porque están pensando en "sus cosas", en sus negocios, van a lo suyo...¿y los demás? "¡que los cuide el gobierno! ¡a mí qué!". Y la tercera actitud, la cristiana y la humana: llega hasta él, lo ve, se para, se compadece, se baja, venda, lo cura, lo sube, lo lleva a la posada, paga por él, se desvive. El, un samaritano, ¡qué contradicción!
¡Qué pocos samaritanos hay en este mundo! Si hubiera más, este planeta tierra sería más humano, más respirable, más amable.
Motivos de mi caridad
1) Cada hombre es hijo queridísimo de Dios, creado por amor, redimido por amor, a quien cuida con su Providencia amorosa. Por eso Dios considera hecho a él mismo todo mal inferido contra su hijo. ¿Acaso uno de ustedes, si matan a su hijo, se queda impasible, indiferente? Dios llora ante los atropellos e injusticias que a diario se cometen contra los hombres, sus hijos.
2) Cada hombre, además, es nuestro hermano. Si Dios es nuestro Padre común, creo que es fácil deducir el silogismo. Si se comprendiera esto no existiría el apartheid, es decir, la discriminación racial, ni los altercados entre los mismos hermanos carnales por la herencia dichosa.
3) Porque es el mandamiento nuevo que Cristo nos dejó. Motivo fuerte y decisivo porque nos define: o somos de Cristo o no somos de Cristo.
Hay que hacer una distinción importante entre caridad y filantropía. La filantropía es el amor que se dirige a los demás hombres sin pasar por Dios, por el simple hecho de que forman una sociedad humana; es puramente horizontal y se mueve por motivos humanos, buenos en sí y laudables en realidad: ayudar a los que están necesitados de dinero, de cultura, de cariño, de servicios...Y la caridad es el amor a los hombres en cuanto hijos de la gran familia de Dios.
Hay que tener presente que la caridad no excluye la filantropía, sino todo lo contrario, la eleva y ennoblece: podemos amar al prójimo como hijo de Dios y además por sus cualidades humanas.
Educar a los hijos para la caridad
¿Para qué estoy educando yo a mis hijos: para la caridad, la donación, la generosidad, la entrega, el aprecio por los demás...o para el egoísmo, la comodidad, la satisfacción de sus gustos y caprichos, antojos?
A cuantos padres de familia yo he visto que se desviven porque sus hijos tengan todo, viajen por todo el mundo, consigan los mejores puestos, las mejores notas; tengan más y mejor; que coman mucho, que se diviertan.
Y a pocos, a poquísimos padres de familia he visto que enseñen y eduquen a sus hijos para la caridad con el prójimo. ¡Ni ellos mismos les dan ejemplo de verdadera y auténtica caridad, porque están encerrados en su mundillo cómodo, facilitón, preocupados por el tener más y mejor.
Te ofrezco aquí unos consejos para que eduques a tu hijo para el amor a los demás y de esta manera podamos gozar de la civilización cristiana, la civilización del amor.
1) Enseña a tu hijo esta verdad: somos hijos de Dios y todos los hombres formamos una familia, y juntos tenemos que hacer más amable este mundo, más humano y respirable.
2) Dile que los demás merecen respeto, estima y aprecio: jamás les permitas criticar, matar la fama del prójimo.
3) Enséñale a estar siempre abierto a todas las necesidades de los hombres y a tratar de solucionarlas en la medida de sus posibilidades.
4) Incúlcale el saber perdonar las ofensas, pues esto es propio de un cristiano; a saber disculpar y comprender los defectos del prójimo.
5) Demuéstrale que la magnanimidad, el alegrarse por los triunfos del prójimo, el desvivirse por él, le acerca cada día más al ideal cristiano, y le ensancha los límites de su corazón. Y al contrario, que el egoísmo achica el alma, la empobrece y la avejenta.
6) Y esto lo conseguirás, si tú le das el ejemplo. Ahora bien, si en tu familia sólo priva el bienestar, la comodidad, el deseo de tener y poseer, de pasarla bien...entonces los hijos nunca tendrán las fuerzas para ser generosos con los demás.
7) Enséñale las obras de misericordia espirituales y corporales:enseñar al que no sabe, dar buen consejo al que lo necesita, corregir al que yerra, perdonar las injurias, consolar al triste, sufrir con paciencia los defectos del prójimo y rogar a Dios por los vivos y difuntos. Dar de comer, dar de beber, dar posada, procurar ropa a los necesitados, ayudar a los encarcelados y exiliados, acompañar a quienes sufren la muerte de un ser querido.
Pecados contra este amor
1) Odio: consiste en desear y hacer mal al prójimo.
2) Envidia: entristecerse de un bien o alegrarse de un mal ajeno.
3) Discordia: desacuerdo por no querer ceder, debido a mi amor propio.
4) Contienda: es el altercado o discusión violenta con las palabras.
5) Riña: discusión pero con golpes y heridas.
6) Escándalo: es una palabra o un hecho que proporciona a los demás ocasión de pecado.
7) cooperación al mal: ayudar a otro a realizar un pecado, p.e. robar, abortar, asesinar.
Conclusión
Vivamos este primer mandamiento.
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domingo, 10 de agosto de 2008
18.3.- ¿PORQUE NO ME OBEDECEN MIS HIJOS?
La obediencia de los hijos es el reflejo de la unidad conyugal
¿Porqué mis hijos no me obedecen?
Una tarde de otoño ya avanzado el hijo está por salir y la madre le dice: "Va a refrescar. Cuidado de no resfriarte. ponte un abrigo". El padre -delante del niño- interviene diciendo: "¡Déjalo que vaya como está! no hace tanto frío. Vas a hacer un débil de este chico". "¡Claro! -contesta la madre levantando la voz- como no eres tu quien lo cuida cuando se enferma". La escena continúa cada vez más violenta.
El niño observa y escucha. El padre amonesta severamente a su hijo. La madre -delante del niño- recrimina al padre diciéndole: "Eres muy exigente con el niño ¿no recuerdas lo que hacías a su edad?". El padre -casi gritando- le contesta "¡No te metas! yo sé lo que hago. ¿Qué se cree este niño? ¿Que va a hacer lo que quiera?". La madre no se queda atrás. El padre tampoco. El niño observa y escucha.
Un día domingo el padre y el hijo están por salir de paseo. La madre recomienda al primero que cuide que el niño coma. Van a un parque de diversiones y el padre accede a que el niño coma panchos con mostaza (Hot Dogs), etc., pero le advierte: "No se lo digas a mamá. Dile que comiste yogur. Si lo llega a saber nos come crudos". El niño observa y escucha.
"Ud. se queda en cama en penitencia hasta que yo regrese", le dice el padre a su hijo en castigo por alguna travesura. Luego se va al trabajo. Media hora después la madre se acerca a la cama del niño melosamente y le dice: "¡Pobrecito! Bueno -agrega con un gesto en el que trata de ser severa pero que no engaña al niño- Es la última vez que desobedeces a papá ¿De acuerdo?. Por hoy te vas a levantar pero antes que llegue te acuestas de nuevo". El niño observa y escucha. Harta de los desastres que el niño ha provocado, la madre le dice con tono amenazante: "¡Vas a ver cuando venga papá! Le voy a contar todo lo que hiciste. ¡Verás la paliza que te dará!". El padre regresa y su mujer cumple lo prometido. "Este niño estuvo insoportable. Hizo esto y estotro". El padre reacciona malhumorado: "¡Y acaso soy yo un ogro! ¡Por qué no lo has castigado tu misma!. Uno viene de su trabajo esperando encontrar tranquilidad y se encuentra con esto". La madre excitada replica: "¡Y todavía te quejas! Se ve que no tienes que soportarlo todo el día. Y además ¿Qué te crees que hago yo en casa? ¡Trabajo más que tu!". Las palabras van y vienen. Por último, el padre fuera de sí grita al niño y le da una paliza. El niño observa, escucha y llora.
Los padres socavan su autoridad
Las escenas que acabamos de leer ponen en evidencia un error que muchos padres cometen en la educación de sus hijos: socavan su autoridad al poner de manifiesto su falta de unión y entendimiento. Esos padres están derribando los pilares de la obediencia filial sin pensar en que mañana se les caerá en techo encima. Los padres que mutuamente han hecho añicos su autoridad no pueden pretender que sus hijos les obedezcan.
Hay que ponerse de acuerdo
El ejemplo de unidad conyugal facilita la obediencia de los hijos, en cambio, inclinan a la desobediencia los padres que con sus discusiones dan un ejemplo de discordia. En la mente del niño la familia es una unidad y los padres son una soca cosa -como idealmente debe ser-, actitudes opuestas sobre un problema lo desorientan. No puede haber disensiones entre los padres, y si las hay el niño tiene que ignorarlas. En ningún caso deben discutir en frente de los niños y mucho menos sobre problemas que atañen a su educación. La educación de los hijos debe ser encarada entes del matrimonio. Aquellos padres que no lo hicieron oportunamente deben hacerlo en la brevedad posible.
Si uno pierde la cabeza, que no la pierda el otro
Si uno de los cónyuges considera equivocada una medida tomada por el otro, no lo contradiga delante del niño, Si cree absolutamente necesario intervenir en ese momento que lo haga con serenidad y prudencia, y solamente para mitigar las consecuencias de lo que él considera un error. Las críticas, el cambio de ideas y por último concordar, armonizar y concertar una actitud educacional, vendrá después. Nada hay mas perjudicial para los que ejercen la autoridad que discutir frente a los niños. Si uno pierde la cabeza, que el otro la conserve. Así no dará a sus hijos el triste espectáculo de una discusión violenta ente los seres que más ama. Las consecuencias de un error educacional, salvo excepciones, nunca serán tan graves como la de una disputa conyugal delante de los hijos.
No hay que desautorizar al otro cónyuge
En ningún caso los esposos deben desautorizarse modificando una orden dada por el otro, otorgando un pedido negado o levantando una penitencia impuesta. Además de perder autoridad crean mutuos resentimientos -gérmenes de futuras discusiones- e incitan a niño a adoptar una actitud "astuta" frente a sus padres y a oscilar como un péndulo hacia uno y hacia el otro como mejor lo convenga a sus deseos. Igualmente, los padres no deben recurrir a la amenaza de contárselo al otro, en una confesión de impotencia que les quita autoridad moral.
La unidad conyugal solo puede ser producto del amor
La obediencia de los hijos es el reflejo de la unidad conyugal, y ésta es producto del amor que reine entre los padres, de ese amor que fundamentalmente es comprensión, sinceridad, confianza, tolerancia, sacrificio, y búsqueda de una auténtica felicidad de los seres que ama. Cuando en el hogar se vive ese amor, difícilmente llegan a ser un problema los hijos adolescentes. La unión y la buena voluntad de los padres permiten al adolescente superar las dificultades que normalmente se le presentan. Cuando un joven viven en un ambiente en el que se ama y se siente amado y comprendido, tiende a aunar su voluntad con los seres que lo aman y a quienes ama
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¿Porqué mis hijos no me obedecen?
Una tarde de otoño ya avanzado el hijo está por salir y la madre le dice: "Va a refrescar. Cuidado de no resfriarte. ponte un abrigo". El padre -delante del niño- interviene diciendo: "¡Déjalo que vaya como está! no hace tanto frío. Vas a hacer un débil de este chico". "¡Claro! -contesta la madre levantando la voz- como no eres tu quien lo cuida cuando se enferma". La escena continúa cada vez más violenta.
El niño observa y escucha. El padre amonesta severamente a su hijo. La madre -delante del niño- recrimina al padre diciéndole: "Eres muy exigente con el niño ¿no recuerdas lo que hacías a su edad?". El padre -casi gritando- le contesta "¡No te metas! yo sé lo que hago. ¿Qué se cree este niño? ¿Que va a hacer lo que quiera?". La madre no se queda atrás. El padre tampoco. El niño observa y escucha.
Un día domingo el padre y el hijo están por salir de paseo. La madre recomienda al primero que cuide que el niño coma. Van a un parque de diversiones y el padre accede a que el niño coma panchos con mostaza (Hot Dogs), etc., pero le advierte: "No se lo digas a mamá. Dile que comiste yogur. Si lo llega a saber nos come crudos". El niño observa y escucha.
"Ud. se queda en cama en penitencia hasta que yo regrese", le dice el padre a su hijo en castigo por alguna travesura. Luego se va al trabajo. Media hora después la madre se acerca a la cama del niño melosamente y le dice: "¡Pobrecito! Bueno -agrega con un gesto en el que trata de ser severa pero que no engaña al niño- Es la última vez que desobedeces a papá ¿De acuerdo?. Por hoy te vas a levantar pero antes que llegue te acuestas de nuevo". El niño observa y escucha. Harta de los desastres que el niño ha provocado, la madre le dice con tono amenazante: "¡Vas a ver cuando venga papá! Le voy a contar todo lo que hiciste. ¡Verás la paliza que te dará!". El padre regresa y su mujer cumple lo prometido. "Este niño estuvo insoportable. Hizo esto y estotro". El padre reacciona malhumorado: "¡Y acaso soy yo un ogro! ¡Por qué no lo has castigado tu misma!. Uno viene de su trabajo esperando encontrar tranquilidad y se encuentra con esto". La madre excitada replica: "¡Y todavía te quejas! Se ve que no tienes que soportarlo todo el día. Y además ¿Qué te crees que hago yo en casa? ¡Trabajo más que tu!". Las palabras van y vienen. Por último, el padre fuera de sí grita al niño y le da una paliza. El niño observa, escucha y llora.
Los padres socavan su autoridad
Las escenas que acabamos de leer ponen en evidencia un error que muchos padres cometen en la educación de sus hijos: socavan su autoridad al poner de manifiesto su falta de unión y entendimiento. Esos padres están derribando los pilares de la obediencia filial sin pensar en que mañana se les caerá en techo encima. Los padres que mutuamente han hecho añicos su autoridad no pueden pretender que sus hijos les obedezcan.
Hay que ponerse de acuerdo
El ejemplo de unidad conyugal facilita la obediencia de los hijos, en cambio, inclinan a la desobediencia los padres que con sus discusiones dan un ejemplo de discordia. En la mente del niño la familia es una unidad y los padres son una soca cosa -como idealmente debe ser-, actitudes opuestas sobre un problema lo desorientan. No puede haber disensiones entre los padres, y si las hay el niño tiene que ignorarlas. En ningún caso deben discutir en frente de los niños y mucho menos sobre problemas que atañen a su educación. La educación de los hijos debe ser encarada entes del matrimonio. Aquellos padres que no lo hicieron oportunamente deben hacerlo en la brevedad posible.
Si uno pierde la cabeza, que no la pierda el otro
Si uno de los cónyuges considera equivocada una medida tomada por el otro, no lo contradiga delante del niño, Si cree absolutamente necesario intervenir en ese momento que lo haga con serenidad y prudencia, y solamente para mitigar las consecuencias de lo que él considera un error. Las críticas, el cambio de ideas y por último concordar, armonizar y concertar una actitud educacional, vendrá después. Nada hay mas perjudicial para los que ejercen la autoridad que discutir frente a los niños. Si uno pierde la cabeza, que el otro la conserve. Así no dará a sus hijos el triste espectáculo de una discusión violenta ente los seres que más ama. Las consecuencias de un error educacional, salvo excepciones, nunca serán tan graves como la de una disputa conyugal delante de los hijos.
No hay que desautorizar al otro cónyuge
En ningún caso los esposos deben desautorizarse modificando una orden dada por el otro, otorgando un pedido negado o levantando una penitencia impuesta. Además de perder autoridad crean mutuos resentimientos -gérmenes de futuras discusiones- e incitan a niño a adoptar una actitud "astuta" frente a sus padres y a oscilar como un péndulo hacia uno y hacia el otro como mejor lo convenga a sus deseos. Igualmente, los padres no deben recurrir a la amenaza de contárselo al otro, en una confesión de impotencia que les quita autoridad moral.
La unidad conyugal solo puede ser producto del amor
La obediencia de los hijos es el reflejo de la unidad conyugal, y ésta es producto del amor que reine entre los padres, de ese amor que fundamentalmente es comprensión, sinceridad, confianza, tolerancia, sacrificio, y búsqueda de una auténtica felicidad de los seres que ama. Cuando en el hogar se vive ese amor, difícilmente llegan a ser un problema los hijos adolescentes. La unión y la buena voluntad de los padres permiten al adolescente superar las dificultades que normalmente se le presentan. Cuando un joven viven en un ambiente en el que se ama y se siente amado y comprendido, tiende a aunar su voluntad con los seres que lo aman y a quienes ama
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